Tomé el brazo de Michael y lo obligue a agacharse a la vez que yo hacía lo mismo. Podía sentir como los músculos de mi hermano menor temblaban bajo el fuerte agarre. Comencé a caminar lentamente, arrastrando al niño con migo, hasta que los dos alcanzamos el final de la fila de casilleros y nos escondimos detrás, pegados a la pared. Mis manos estaban comenzando sudar cuando saque la navaja. Le entregué el arma a mi hermano, obligándolo a que la tomase sin protestar, y luego lo dejé allí escondido, mientras yo avancé hasta refugiarme debajo de una de las mesas. Me quede en ese reducido lugar sosteniendo mi navaja con tanta fuerza que mis manos perdían poco a poco su color natural… y de repente la puerta se abrió con un ruido extremadamente fuerte. Mi corazón se aceleró tanto que creí que me daría un infarto. Dos figuras ingresaron a los gritos, riendo como desquiciados. Intenté tranquilizar mi respiración para no delatar mi posición.
-Tú busca por allí, yo iré por acá.- Ordenó la mujer.
Escuché como unos pasos se alejaban, mientras otros comenzaban a aproximarse. Ella empezó a rebuscar por todas partes, tirando sillas a su paso. No podía dejarla llegar hasta Michael. Quizás por eso reaccione tan rápidamente cuando la mujer paso por al lado de la mesa, en dirección a los casilleros. Clavé la navaja en su tobillo provocando que un grito desgarrador retumbase en la sala. Sin perder tiempo, salí de mi escondite y me abalancé sobre la figura femenina. No lo pensé, solo la apuñalé una vez en el pecho y luego me aleje rápidamente, gateando lo más lejos que pude de ella, hasta llegar a la pared más cercana y apoyar mi espalda contra la misma. No importaba el traje, el terror al contagio aún estaba presente en mí… pero eso solo era otro motivo por el cual había retrocedido tan velozmente. La razón principal era simple. Había matado a alguien. Y esa persona se encontraba enfrente mío gritando de dolor, retorciéndose, desangrándose… agonizando. Todo comenzó a girar, mis oídos se taparon y mi temblorosa mano soltó la navaja ensangrentada. Ni siquiera me percaté cuando el segundo crank avanzó corriendo así mí, sosteniendo en alto un cuchillo, hasta que de pronto el sonido sordo de un disparo me hizo volver en sí. Mis ojos buscaron la fuente del sonido, creyendo ingenuamente que Michael había apretado el gatillo. Sin embargo un hombre de tez negra había sido el responsable. El infectado cayó de cara al piso, luciendo un agujero en la parte posterior de su cráneo.
-¿Brian?
Mi hermano había salido de su escondite y sus ojos azules observaban al hombre que me había salvado. Yo lo imité y de pronto me di cuenta. Era Brian Thomson, el hijo de la señora Thomson. Me paré y corrí a su lado, junto a Michael. El compañero de mi madre estaba mal herido. Cortes profundos en los brazos y en el abdomen. Su cara sangraba por demasiados lugares. Apenas llegue hasta él, el hombre cayó de rodillas, dejando que su arma se resbalase de sus manos y cayera al piso.
-Brian, soy Tori Evans, la hija de Sarah ¿Me recuerdas? -Tomé del brazo al hombre para evitar que se desmoronara completamente.
-Tori… y Michael… Los recuerdo.
Brian escupió sangre y luego nos miró con ojos cansados.
- ¿Qué hacen aquí?
-Venimos por nuestra madre.- Contestó Michael.
-Mi madre debe estar preocupada…- Dijo en tono sarcástico, con una sonrisa triste.
-Brian, ¿Qué ocurrió aquí?
-Julie Stanford… Se negaba a hacerse la prueba luego de que redujimos a un grupo de cranks que atacó el refugio, decía que estaba bien… no era verdad, se había contagiado… su traje estaba rasgado… Ella se volvió loca y mató a Carl, tratamos de esposarla pero rompió tres trajes… todo se volvió un caos… los que no eran inmunes se contagiaron y los que sí lo eran fueron asesinados por cranks…-El hombre se tapó la herida del abdomen y nos miró con ojos llorosos.- No puedo aguantar más.
-Brian, quédate con nosotros, buscaremos ayuda.
El compañero de mi madre negó con la cabeza mientras lentamente se iba desplomando al piso, mis esfuerzos por sostenerlos fueron en vano. Moví su cabeza, tratando de que no cerrara los ojos pero el hombre no tenía salvación.
-¡Brian! Dinos donde esta nuestra madre… ¡Brian! ¡Por favor! ¡Vamos, no nos hagas esto!
Era demasiado tarde. Me quedé allí viendo al hombre morir. Algo dentro de mí quería llorar y gritar al mismo tiempo. Todavía no había procesado el espeluznante hecho de que hacia tan solo unos minutos atrás había tenido que clavar una navaja en el pecho de otra persona, y ya debía estar lidiando con la horrible realidad de que un hombre cercano a la familia acaba de morir frente a mis ojos. Me levanté temblando. Miré a mi hermano quien se encontraba llorando como un bebe. El arma aún en sus pequeñas manos. La tomé con delicadeza y sin decir una palabra regrese al lugar en donde descansaba los cuerpos de los cranks. Agarré la navaja que había tirado y la guarde en uno de los bolsillos del traje. Teníamos que irnos de ese lugar.
-Vámonos.
-¿Ah… ah dónde?
- A Kansas.- Dije mientras salía del refugio. El sol del atardecer me pegó de frente cegándome por unos segundos
-¿Qué hay de mamá?
Me volteé y enfrenté a mi hermano quien milagrosamente había dejado de llorar.
-¿Qué no te das cuenta de lo que está pasando aquí? Debemos irnos si no queremos morir.
-Pero eso significaría que todo lo que hicimos fue en vano…
-Quizás así fue ¿Qué importa? Tenemos que irnos. Ya.
No me quedé para escuchar una respuesta.
Me precipité hacia el auto más cercano con Michael pegado a mi lado. Abrí la puerta del conductor y apenas sentándome en el asiento comprobé la gasolina. Nada. El tanque estaba completa y absolutamente vacío.
-¡Maldición!- Grité dándole un buen golpe al volante.
Caminamos con cautela probando diversos autos y camionetas, pero ninguno funcionaba. La desesperación se estaba asentando en mi pecho. Podía sentir que los cranks merodeaban el lugar y eso me estaba volviendo loca. Intenté nuevamente con un jeep viejo y arrumbado. Nada.
Al salir del vehículo me pase una mano por el cabello alborotado. Mierda. Mierda. Mierda. Por mi cabeza me pasaron un millón de pensamientos mientras sentía como la respiración comenzaba a agitarse. Los ojos estaban comenzando a humedecerse. Mi vista empezó a buscar frenéticamente otro medio de transporte, hasta que finalmente, a unos cuantos metros de distancia, lo encontré, junto a unos viejos árboles. Era nuestra última opción. Me sequé rápidamente la cara con la manga de mi polvorienta campera, con la esperanza de que mi hermano no lo hubiese notado.
-Michael.- Me agaché un poco y coloqué mi mano sobre su hombro. La cara del niño lucía aterrorizada, pero ya no había tiempo de tranquilizarlo. Debíamos irnos, y debía ser en ese mismo momento. Su respiración estaba tan, o más agitada que la mía.- Michael, escúchame, no hay tiempo que perder. Quédate aquí con la mochila, ¿De acuerdo? Yo tengo que tratar de encender ese auto.
Él me podría haber acompañado, pero nuestra vía de escape se encontraba a campo abierto. No podía arriesgar que algún crank nos viese, y poner en peligro a mi hermano. Era preferible que él se quedara en lo seguro con la mochila. Solo intentaba ganar tiempo, si lograba encender ese auto debíamos irnos cuanto antes.
-Ten tu cuchillo- Le dije casi con la voz temblando de miedo ante la sola idea de que realmente tuviese que usarlo.
-Pe… pero…
-No, ocúltate aquí, apenas te haga la señal vendrás corriendo ¿De acuerdo?- Mike asintió con la cabeza.- Okey, ahora.
Tomé todo el valor que tenía dentro de mí y comencé a avanzar hacia el auto con una mano en mi cuchillo, y la otra en la pistola. Aún no sabía que usaría primero en el caso de que me atacaran. Pero lo que sí era un hecho era que no dejaría que ningún maldito loco me matase mientras Michael dependería de mí para sobrevivir.
A medida que comprobaba que nadie estaba allí para asesinarme, mis pies iban acelerando su velocidad, hasta que en un abrir y cerrar de ojos me encontré corriendo, sintiendo como mi corazón se estrellaba una y otra vez contra mi pecho.
Alcancé el auto polvoriento de los militares y abrí en un instante la puerta del conductor. Casi inmediatamente pegué un salto hacia atrás maldiciendo internamente. Desde adentro de automóvil un cuerpo ensangrentado cayó a la tierra. Era un hombre joven, cuyo rostro apenas era reconocible. Uno de sus ojos había desaparecido del cráneo, dejando al descubierto un agujero oscuro y del cual había surgido sangre a borbotones. La sustancia rojiza se encontraba solidificada, pero eso no le quitaba lo repugnante. La boca del sujeto también se encontraba destrozada, y parte de la nariz se hallaba faltante.
Me llevé ambas manos a la boca, en parte para ahogar un grito, y en otra para evitar vomitar. Y quizás lo hubiese hecho si no hubiera sido por la majestuosa visión de una llave dorada y resplandeciente en la tierra. El pequeño objeto había caído junto al inerte cuerpo del soldado. Respiré rápidamente mientras me repetía a mí misma que ese hombre estaba muerto. "¡Crece de una maldita vez, idiota!" Y como si esas hubiesen sido las palabras de un hechizo de magia, mi cuerpo volvió en sí, activándose nuevamente. Me arrodillé junto al cadáver y, con movimientos rápidos y un tanto torpes, tomé la llave. Luego agarré por las mangas de la camisa al sujeto y comencé a arrastrarlo afuera del auto. Cuando considere que el cuerpo ya no me estorbaría, lo dejé quieto en la tierra. Me sentía sucia y con olor a cadáver. Bordeé al pobre infeliz que se había topado con un grupo de cranks hambrientos, eh ingresé al vehículo sentándome en el asiento del conductor.
-Por favor. Por favor funciona.
Tomé aire, rogando a todos los dioses existentes que ese auto sí funcionase. Al poner la llave en su sitio me sentí al borde de un abismo, y cuando el motor rugió, una ola de adrenalina inundo hasta el último centímetro de mi adolorido cuerpo.
-¡Sí! ¡Sí! Oh, dios, gracias. Gracias.
Las lágrimas amenazaron por salir de mis ojos. Pero me contuve. No había tiempo de ponerse emocional, debía ir por Michael. Volteé mi rostro en busca de mi hermano menor, y en un segundo la felicidad reflejada en mi cara se vio desplazada por una evidente desolación. Mike no estaba en el sitio acordado. No había rastro de mi hermano.
Apagué del auto para no gastar la batería, y guardé la llave dorada en uno de mis bolsillos. Avancé, pasando por al lado del cadáver, ya sin siquiera horrorizarme por el mismo. Es raro como las cosas que importan cambian tan rápido según la situación y la perspectiva desde las que se las mire. En segundos el hombre con el rostro destrozado había pasado de resultarme aterrador a convertirse en un simple obstáculo en mi camino hacia mi hermano. Me aproximé a donde minutos antes había estado Michael. El niño no se encontraba por ninguna parte. Lo llamé en voz baja, una… dos… tres veces. A la cuarta mi tono se elevó casi quebrándose por la angustia. Recorrí el lugar, escondiéndome detrás de los autos y sintiendo como el ataque de pánico estaba queda vez más cerca… hasta que de pronto la vi. Reconocería la mochila de Mike en cualquier lugar. Estaba tirada en el polvoriento suelo, abandonada. Me acerqué y la tomé en mis manos.
-¡Tori!
Levanté la mirada y de pronto sentí como si alguien me hubiese dado un puñetazo en el estómago. En frente de mí, a unos cuantos metros de distancia, estaba mi madre, quien sujetaba un cuchillo junto a la garganta de mi hermano, rodeando su cuello con el brazo izquierdo. Ambos miraban hacia mi dirección y tan solo unos tres o cuatro pasos de tras de ellos se encontraba el acantilado. Solté el bolso, no pudiendo superar el shock. Mi hermano se retorcía bajo el fuerte agarre de mi desquiciada madre. Saqué el arma y apunté en su dirección.
-Mamá, suéltalo.- Dije con la voz más firme que pude.
Ella rió exageradamente y luego me penetro con su mirada. Estaba infectada. Mi madre estaba infectada.
-¿Por qué haría eso? ¿Eh? Tú lo quieres solo para ti ¿No es así? Siempre creyendo que podías hacer un mejor trabajo criando a Michael que yo. De seguro que creías que no yo era un estorbo en sus vidas ¿Cierto?...
- Ma, ¿Pero qué estás diciendo? – Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas mientras mis manos se hallaban empapadas en sudor.
-¡Cállate! ¡Tú siempre tienes que ser la niña perfecta! ¡Lo detesto! ¡Te odio! ¿Por qué no te vas y nos dejas a nosotros dos solos?
-Basta… por favor… detente.-No podía ver a causa de las lágrimas. Solo escuchaba los desvaríos de mi madre, y los constantes forcejeos de mi hermano.- Mamá… soy Tori. Tu hija. Por favor, te amo. Michael te ama. Solo déjalo ir ¿De... de acuerdo? Por favor mamá. Escúchame.
-Mamá, somos nosotros. Somos tus hijos.- Mike hablo con la voz más calma que pudo.
Mi madre, Sarah, me miró nuevamente, aun presionando el cuchillo contra la garganta de Michael. Su pelo corto y castaño estaba pegado a su cara por el sudor. Era obvio que su cuerpo temblaba. Y de repente sus ojos se centraron mí, reflejando una esperanzadora ráfaga de cordura.
-Tori…- Susurró lo suficientemente alto para yo la pudiese oír a la distancia. Bajé mi arma lentamente, conmocionada por la reacción de mi madre.- Michael…- Ella soltó a mi hermano, quien se dio vuelta para enfrentarla.
-Mamá, está bien… soy yo, Mike, todo estará bien.
-No… nada estará bien, amor…- Mi madre negó con la cabeza llorando a mares, desvió la vista para enfocarse en mí, y volvió a hablar.-Mátame. No sé cuánto tiempo conservaré la cordura, soy un peligro. Dispárame y váyanse cuanto antes. Los amo. Son mi vida, y odio tener que pedirte algo tan horrible Tori, pero soy una amenaza para mis propios hijos…
-¡Basta! ¿Qué estás diciendo?-Exclamó Mike totalmente alarmado.
-No digas eso, jamás.-Murmuré espantada pero manteniéndole la mirada a mi madre.
-¡Corran ahora!
-¡Ven con nosotros! – Pidió desesperado Michael acerándose un paso hacia ella, pero nuestra progenitora retrocedió acercándose al abismo peligrosamente.
-Mike, ven aquí.- Dije firmemente aterrorizada ante la mera idea de que la situación se tornase aun peor.
-¡Que te alejes!- Exclamó mi madre y de repente se quedó quieta. Observando al piso. Empezó lentamente, primero un musculo del brazo comenzó a convulsionar, y de repente todo su cuero se agitaba con violencia. Su cabeza de levanto y nos miró con esos ojos psicópatas que tenían los cranks.
- ¡Michael ven aquí de una maldita vez!- Grité con toda la desesperación del mundo entero.
Mi hermano retrocedió para atrás un par de pasos, lentamente, pero cuando mi madre comenzó a agitar el cuchillo en su dirección riendo como una demente, el niño se dio vuelta lo más velozmente que pudo en mi dirección…. Sin embargo, mi madre era rápida y cuestión de segundos estaba detrás de él. La navaja se precipitó hacia Michael…. Y fue entonces cuando el sonido sordo de un disparo retumbó hasta en los lugares más recónditos de ese paisaje desolador.
Mi madre gritó de dolor, soltando el cuchillo y llevándose ambas manos hacia la herida en su hombro derecho. Yo aún no entendía que había ocurrido, pero tenía mi arma levantada y podía sentir el olor a la pólvora, por lo que supuse que había sido yo la responsable del disparo. Michael estaba quieto, aturdido, en el medio de nuestra madre y de mí. De repente, aun aullando de dolor, ella comenzó a retroceder, acercándose al acantilado. Mi hermano corrió desesperado, para evitar que cayese, y yo comencé a correr también en su dirección.
Nuestra madre se precipitó al vacío y Michael la hubiese seguido, en su afán de evitar la caída mortal, si yo no hubiese llegado a tiempo, sujetándolo de la remera. Tiré de él y ambos nos estrellamos contra el polvoriento suelo.
-No...¡No! ¡Mamá! ¡Mamá! ¡No! ¡Suéltame! ¡Tori, suéltame! ¡Debe estar mal herida! ¡Suéltame! ¡Mamá!
Trataba de sujetarlo con todas las fuerzas que me quedaban, pero yo estaba a punto de colapsar. Mi hermano lloraba como nunca antes lo había visto hacerlo. Por mi parte, yo temblaba de pies a cabeza, sintiendo asco de mi misma. Me incorporé una vez que Michael se hubiese desplomado en el suelo, agarrando las piernas con sus manos y gritando como si alguien le estuviese quemado vivo.
Me acerqué al borde del acantilado y miré para abajo. Una figura humana se podía distinguir en el fondo. Mi madre estaba muerta. Y yo era la responsable. Me alejé del abismo, y antes de que pudiera evitarlo, vomité la poca comida que había ingerido ese día.
-Mi…Michael… ve al auto…
Miré a mi hermano quien se hallaba parado. Tenía los puños cerrados y me miraba con el odio más profundo que había visto en una persona.
-Tú. Tú la mataste.
