N/A: ¡Hola a todos! No sé si mis antiguos lectores todavía siguen aquí.Ha pasado mucho tiempo desde que subí un capítulo de este fanficSi ya no están aquí, gracias por haber leído de cualquier forma. Y si siguen aquí, o si hay lectores nuevos, ¡gracias por leer! [Sé que este fanfic a veces se pone muy extraño… Gracias por la paciencia.]

Capítulo 10:

Las lágrimas comenzaron a caer inevitablemente por la cara del mago, pero eso no evitó que se moviera rápido. Fue hasta el adoquín de piedra que Floyd le había señalado y lo removió, encontrándose efectivamente con dos astillados pedazos de varitas. No tenía idea si eso le iba a servir de algo en la vida, pero las tomó.

Se puso de pie en medio de la celda divisando una vez más el cuerpo inerte y lleno de sangre de su amigo. Pensó que no podría llevarse la piedra de regreso a su celda si además llevaba los dos pedazos de varita en su boca, así que, pese a que no quería hacerlo, la limpió con su túnica y la colocó cuidadosamente en la mano de Floyd. Iba a ser otro suicidio más dentro de Azkaban.

- Adiós, mi amigo.

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Cuando asesiné a Floyd, destruí la única cosa buena real que quedaba en mi vida. Pensé que sus últimas palabras me darían ánimos para continuar con todos mis planes, pero muy por el contrario, se desvanecieron en el aire más rápido de lo que me hubiese gustado y me quedé completamente solo en Azkaban, por primera vez. Solo con la oscuridad avasalladora allá fuera y también dentro de mi cabeza.

Me di cuenta de que mi deseo de vivir se había ido con James, y que desde el momento en que me habían encerrado hasta entonces, solo había estado haciendo un patético intento de replicar lo que alguna vez había sido. En mi juventud había sido tan avasallador como una fuerza de la naturaleza. Inteligente, sin vergüenza, exitoso… Guapo. No quedaba nada. La caída había sido más dura aun debido a eso.

Cuando me di cuenta, mi cordura se apagó como una bombilla que se ha quemado y que no volverá a funcionar nunca más. Después de todo Floyd tenía razón, la amistad que teníamos me había mantenido vivo. El contacto humano era primordial. Es gracioso, hubiese pensado que comportarme como una persona era algo intrínseco en mí, pero olvidé cómo ser una. Convertirme en un perro desnutrido, de tanto en tanto, tenía más sentido que estar recostado sobre lo que quedaba de mi colchón mirando la pared mohosa y húmeda de mi celda.

Así, espanté hasta al fantasma de James, que dejó de aparecerse para siempre. Me rendí por completo. Añoraba que la muerte llegara rápido, pero la palabra "rapidez" no existe dentro de Azkaban. Así, pasaron dos años completos.

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El hombre escuchó un ruido metálico en la lejanía y despertó con un pequeño sobresalto. Le siguieron los gritos, también lejanos, de una mujer histérica. No se trataba más que de otro encuentro entre dementores y prisioneros, así que volvió a cerrar los ojos para volverse a dormir, como hacía la mayor parte del tiempo.

Cuatro siluetas oscuras se escabullían por un terreno oscuro y cubierto de nieve. Tras de ellos se levantaba la imponente imagen de un castillo que, a diferencia de cualquier otra noche, no tenía ni la mitad de sus luces encendidas ni a la mitad de las personas que solía tener, dentro, calentándose frente a las chimeneas encendidas por los elfos domésticos…

Tomaron asiento en una gran roca que sobresalía desde la ladera de un lampiño cerro y que tenía una vista privilegiada del Bosque Prohibido, no demasiado lejos de allí, y de la cabaña de Hagrid, desde donde sí se veían luces encendidas y desde cuya pequeña chimenea salía humo impregnado de olor a madera quemada.

- ¡Ya estamos en la hora! – dijo un joven James, de unos trece años de edad, mientras abría una botella de hidromiel con una enorme sonrisa -. ¡Feliz navidad, chicos!

- ¡Feliz navidad! – replicaron los otros tres.

- ¡Vamos a emborracharnos! Con mucho respeto, por supuesto – aclaró, dada la solemnidad de la fiesta navideña.

Era la primera vez que los cuatro decidían quedarse en el castillo durante Navidad. Incluso desde ahí podían escuchar los villancicos provenientes desde el Gran Comedor de Hogwarts, en donde, de seguro, pocos alumnos que se habían quedado por distintos motivos, disfrutaban de un gran y cálido banquete.

Ellos habían querido estar juntos. Los años anteriores habían ido de regreso a sus casas, pero con cada día que pasaba se sentían más unidos y con menos ganas de separarse. Además, no querían que Sirius volviera a su casa con su horrible familia, cuando podían pasarlo todos juntos divirtiéndose.

Se rellenaron las copas, emocionados por la idea de emborracharse por primera vez. Nadie los estaba vigilando. Habían podido conseguir aquella botella en su primera ida a Hogsmeade el mes anterior… El único sonido que se podía escuchar en esa noche calma, además del sonido de los árboles meciéndose con el viento a lo lejos, era uno que otro tintineo de las copas al golpearse.

- ¡Salud! – dijo el chico de gafas, alzando su copa.

Sus amigos lo imitaron y todos bebieron un trago largo, intentando reprimir la mueca honesta de asco tras descubrir el verdadero sabor de ese alcohol, fingiendo que les había gustado. Prontamente se dieron cuenta de que esa sensación de asco se desvanecía a medida que más tomaban, o que al menos, valía la pena hacer una que otra mueca cuando la bebida ya comenzaba a hacer efecto. Al rato, ya estaban todos sonrojados, relajados y riendo a carcajada viva en aquella navidad.

James tomó una guitarra acústica que había llevado consigo, entre otras cosas, y la colocó con parsimonia sobre sus piernas, acercando su oído hacia ella para afinarla lentamente.

- ¿Ya aprendiste a tocar una canción completa? – le preguntó Peter.

- Solo una.

- ¿Cuál?

A modo de respuesta comenzó a tocar una melodía lenta, mientras sus amigos lo miraban con atención, aun acalorados por el alcohol. El sonido de la guitarra llenó por completo el silencio en el ambiente, y luego, el sueño mismo en la cabeza de Sirius, que volvió a abrir los ojos, de regreso en su celda. No sabía si habían pasado dos minutos, o dos horas, con el momento aún vívido en sus recuerdos, y con un dejo de melancolía, pensó…

Ya ni siquiera recuerdo cuál era la canción.

- ¿En serio? Fue la única que aprendió a tocar entera – dijo una voz con un tono de total simpleza tras de él.

Se giró, entre sobresaltado y asustado por el repentino y fuerte sonido de una voz que no era la suya propia dentro de su cabeza, sino una dentro de su celda, junto a él. Sonrió cuando vio a Remus Lupin, de unos veintiún años, de pie y mirándolo con su ropa vieja y apolillada, y su cara salpicada con las mismas cicatrices que tan bien recordaba…

- Comencé una broma que hizo llorar a todo el mundo. Pero no me di cuenta, de que la broma era yo – cantó, pero prácticamente sin melodía alguna, más bien como si estuviese recitando algo en un tono triste.

Sirius asintió en su lugar, recordando que a James le encantaba "I started a Joke" de los Bee Gees, porque pensaba que era tremendamente desgarradora pese a que la gente no se daba cuenta. Se sentó sobre su catre, restregándose las cuencas de sus ojos con la palma de sus manos, y agradeció que Remus continuara allí una vez que volvió a abrir los ojos mirando al frente.

- Los estoy olvidando.

- Sí – corroboró el licántropo.

- Nunca más se apareció James.

- Ya no existe – contestó, encogiéndose de hombros.

- ¿Estás enojado conmigo? - El licántropo negó efusivamente con la cabeza, con una expresión seria -. Creí que venías a atormentarme. Entonces, ¿por qué estás aquí?

Sabía que ninguna de las apariciones que había visto en el pasado, James o Peter, habían sido porque sí. James era esa parte de su inconsciente que representaba el mejor lado de él mismo, el que no dejaba ir su cordura ni sus deseos de lucha por sobrevivir. El que lo mantenía, todavía, atado a todo lo bueno del mundo…

Peter, en cambio, era el demonio que aparecía en sus peores momentos de ansiedad y pánico, cuando ya no aguantaba más de Azkaban y deseaba terminar con todo. Era el propulsor de todas sus peores emociones, la fuerza que lo empujaba a salirse del camino para siempre…

¿Qué parte de su inconsciente y de él mismo era Remus?

- Te estás muriendo, Sirius – le explicó el licántropo, mientras contestaba su pregunta -. Y tú lo sabes. Tu corazón se va a detener pronto.

- Oh.

El chico se acercó y se sentó junto a él en lo que quedaba de cama, colocando su mano sobre su huesudo hombro, y por primera vez en muchos años, se miraron como solían hacerlo cuando todavía estaban en el comienzo de la guerra y confiaban el uno en el otro. Sin resentimientos, sin miedo, sin desconfianza y tensiones… Y aunque Sirius sabía que todo era falso, y que el Remus real probablemente lo odiaba hasta el punto de querer asesinarlo, tenía que aprovechar ese momento de lucidez que le daba su mente a través de, irónicamente, una aparición irreal.

- A pesar de que James era tu mejor amigo, siempre me escuchaste más a mí.

- Era la voz de la razón entre nosotros – apoyó el moreno.

- Ahora tienes que escucharme de nuevo, y tienes que tomar una decisión.

- No soy bueno tomando decisiones, Moony. ¿No te enteraste? – preguntó irónico, pero a la vez suave, con una sonrisa melancólica -. La última vez que lo hice, escogí a Peter por sobre a ti.

- Entonces asegúrate de tomar la decisión correcta ahora. Sé que quieres morir y estás a punto de lograrlo… No va a doler. Será como quedarte dormido.

Sirius asintió en su lugar. Sabía que Remus no era cualquier aparición. Sabía que ninguno de los dos estaba, en ese momento, sentado en la cama manteniendo aquella conversación. Si lo pensaba bien, debía de estar acostado, con los ojos cerrados y delirando en su lecho de muerte, demasiado anestesiado y entumecido como para sentir dolor o cualquier cosa… Sabía que solo le quedaban minutos de vida.

- No hay una gran razón para que te quedes. Va a ser más fácil si te mueres – continuó diciéndole la suave voz de Remus -. Todo va a terminar rápido… Y vas a poder reunirte con James, para siempre. Con James y todos los que perdieron la vida en esos años.

- Suena bastante tentador… ¿Cuál es la otra opción? – preguntó.

- Decidir quedarte y terminar lo que empezaste. Luego, salir de aquí para buscarme, y vengar la muerte de James y de Lily juntos.

- No lo creo. En la vida real debes odiarme.

- No te odiaré cuando me expliques todo – lo interrumpió, con un tono un poco más ansioso, como si se estuviera acabando el tiempo -. Ya me conoces. Soy un estúpido sentimental, demasiado comprensivo para mi propio bien. Sabes que finalmente te voy a dar la oportunidad de explicarte, y para peor, te voy a creer. Juntos, vamos a poder ir a buscar a Peter para vengarnos.

- Podría estar en cualquier parte… Y tú también.

- No, yo estoy más cerca de lo que crees – dijo con voz más firme –. El tiempo se acaba, Sirius. ¿Qué vas a elegir?

Se quedaron mirando por unos cuantos segundos, en silencio. Sirius no podía negar que la idea de morir, después de tanto deterioro físico y mental de los últimos cinco años, era bastante más atractiva que la idea de continuar solo y encerrado entre cuatro paredes, siendo asediado por dementores y fantasmas del pasado…

Abrió los ojos de golpe y tomó una enorme bocanada de aire, como si acabara de sacar su cabeza del agua tras tenerla demasiado tiempo dentro. Respiró intensa y profundamente, y luego se puso a toser, ahogado por haber estado varios segundos sin respirar. Se dio cuenta de que se encontraba acostado de espaldas y se giró sobre su eje para poder toser mejor, hasta que finalmente se calmó y solo quedó respirando agitadamente.

Dentro de la celda no había rastros de Remus. En realidad, no había rastros de nadie, o de que la conversación que recordaba haber tenido con él, hubiese pasado en realidad. Había sido todo una ilusión... Y pudo haber sido la última, justo antes de morir y terminar con todo. Pero había decidido quedarse.

Se levantó rápidamente, sintiendo todos los huesos de su cuerpo crujir, y se dirigió hasta un rincón de su pequeña celda. Se agachó y tomó uno de los adoquines de piedra metiendo sus dedos en el pequeño espacio que había entre ella y el resto de las piedras similares; Esta estaba suelta, así que la levantó, dejando al descubierto dos pedazos rotos de una varita de madera. Sonrió sintiéndose repentinamente atrevido.