Ah, oh, ocho de la mañana. Horario horrible, hora horrible, cansancio horrible. Y ningún cansancio ni ninguna clase matutina ni ningún nada le iban a arruinar el día, o la vida. El mundo le sonreía ahora que Kageyama le correspondía y por más que pareciera una mala jugada de su mente culpa de las escasas horas de sueño, solo podía sentirse dichoso. Pero nunca había pedido nada más que esto. Quizás humillar un poco a Oikawa y ganarle a Shitorizawa mientras estaba en secundaria eran parte de su lista de pendientes, pero Kageyama había sido siempre el dueño de sus pensamientos. Y ahora era mutuo.

Los pasillos de la universidad se sentían inmensos. La universidad siempre le había parecido enorme, pero a esta hora debería estar en el aula, como el resto, y cuando los pasillos estaban casi vacíos se veían más grandes. ¡Hey! No era su culpa que el autobús se hubiera demorado; tenía una nota de la compañía para justificar el retraso. Estar resguardado siempre era bueno.

Tratando de recordar dónde estaba el aula, Hinata se dio uno de los bostezos más grandes de su vida.

― Pareces un hámster muriendo.

― Soy un cuervo ―respondió automáticamente, antes de darse cuenta que era Kageyama quien le hablaba.

Su corazón dio un vuelco y, sin pensarlo dos veces, saltó sobre él como si fuera una garrapata, en vez de un hámster o un cuervo. Le rodeó el cuello con los brazos y la cintura con las piernas, siendo molesto y cariñoso al mismo tiempo, las dos a propósito.

― Bájate, pesas ―se quejó él.

― Me habías dicho que no pesaba nada ―le reprochó, recordando esa noche después de su pesadilla.

― Tú no pesas nada, pero tu mochila sí ―bufó, empujándolo.

Hinata se quitó la mochila con un movimiento ágil y esta cayó al suelo. Entonces lo volvió a abrazar, esta vez sin saltarle, intentando ser solo cariñoso.

Y fue bien recibido. Ya no le importaba estar llegando tarde. Cerró los ojos, vencido por la flojera mañanera y realimente consideró quedarse dormido de parado. Sintió la nariz de Kageyama rozarle la oreja antes de oír su voz:

― Tengo clases.

Di algo romántico, estúpido, quiso decirle. Porque por un momento creyó que iba a decirle algo romántico. Lo soltó, haciéndole un puchero.

― Yo también, y estoy llegando tarde.

― Entonces nos vemos al mediodía, ¿Está bien?

― Sí... No, ¡Espera!

Kageyama lo observó impasible mientras rebuscaba en el bolsillo de la mochila. Localizó el paquete amarillo de galletitas de limón y se lo entregó, avergonzado por el gesto tan tonto.

― ¿Este es el regalo? ―preguntó él, con tono suave.

― Sí...

Natsu le había dicho que parecían peleados y que la mejor manera de "volver a ser amigos" era con un regalito, y ambos estuvieron de acuerdo en que la comida era siempre un buen regalo. Además, también era una nota de recordatorio del momento en que Hinata se deshizo de aquellas palabras tan pesadas que residían en su corazón. Tradicionalmente, una confesión. Pero una palabra no se iguala nunca a un sentimiento.

Dejando eso de lado, lo importante era Kageyama, que parecía casi, casi casi, sonreír.

― Gracias ―murmuró, como quien no quiere la cosa.

Hinata esperaba un beso. Un beso de despedida, un beso de nos vemos más tarde, un beso de nos encontramos al mediodía. O un beso porque sí. Porque Hinata aun no sabía qué pasos dar, por más que ahora fueran novios, seguía pisando sobre seguro por pura costumbre. No se animaba a hacer nada, todavía, así que esperaba a que el otro se diera cuenta de sus ganas. Para darle una pista sobre ello, se acercó a él, expectante.

― Tengo clases ―le informó, sin comprender, porque Kageyama nunca entendía nada de estas cosas.

― Yo también.

― Bueno.

Y se fue. Eso fue todo. Hinata se quedó como un bobo en el pasillo, y no podía echarle la culpa a Kageyama por no tomar la iniciativa cuando lo podría haber hecho él, pero sí podría culpar a los dos por esa despedida incómoda y torpe.

Durmió en la siguiente clase. Nadie le decía nada, a nadie le importaba. Era la universidad. Si no aprendía, era toda su culpa y ya no era responsabilidad de un profesor, así que al final asistió en vano. Pero a pesar de eso, la siesta le sentó bien y cuando fue a comer se sentía mucho más animado que antes.

Sin embargo, había algo fuera de lo normal. Sus amigos estaban callados y no apartaban la vista de él cuando se sentó en el banco junto a ellos. Suga tenía esa expresión inquisitiva que lo estaba tentando a llevárselo a un costado a hablar a solas para contarle de todas sus alegrías como un niño emocionado. Pero enseguida llegó Kageyama y la atmósfera se volvió aun más incómoda y extraña. No fue capaz de notar eso. No fue capaz de notar nada más que su presencia, su rostro calmado y relajado, las galletitas que llevaba en la mano, sin abrir, de limón, suyas. Se encontró, como miles de otras veces, con esos ojos azules, con esa sensación rara de no poder descifrar qué era lo que pensaba cuando lo veía. Nunca se le pasó por la cabeza que podría ser amor. Pero en realidad, ahora mismo, no tenía importancia.

Esbozó una sonrisa y de un brinco usó el banco para impulsarse hacia sus brazos. Kageyama lo atrapó como si supiera de antemano lo que iba a hacer. ¿Era tan obvio? Por ahí lo era. Y nuevamente, no le importaba.

― No quiero comer aquí ―le susurró él― vámonos ya.

Hinata no comprendió su deseo, pero estaba dispuesto a cumplirlo. Lo soltó y tomó su mochila, sin decir una palabra, haciendo caso omiso a los ojos de sus amigos clavados en su espalda. Podía entenderlos. ¿Qué les picó? ¿No estaban enojados? Se preguntarían Sugawara y Daichi. ¿No ibas a terminar con todo? ¿Eh? ¿Qué hay con eso? ¿Qué les pasa? ¿Por qué se van? ¿Por qué no dicen nada?

Es difícil de explicar. Hinata no quería explicar. Quién sabe, Kageyama podría estar pensando en lo mismo. "No quiero explicar". Su voz dura y torpe sonó en su cabeza.

Hicieron la fila y se llevaron el almuerzo al campus. Kageyama no le dijo a dónde irían, pero tenía la corazonada que era hacia el mismo árbol en el que habían comido la primera y última vez.

Y no se equivocaba.

― Tenemos que explicarles ―le dijo Hinata.

Esperaba que Kageyama estuviera en la misma línea de razonamiento que él, pero pareció no entender el comentario.

― ¿Eh? ¿Al grupo? ―preguntó.

― ¿No estabas pensando en eso? ―inquirió.

― No.

― ¿Entonces...?

― Tenemos que hablar.

― ¿Por qué?

― No quiero que me abraces más.

Ignoró la opresión en su pecho, esas palabras que buscaban rasgar en su interior hasta dañar. Dirigió su atención hacia algo más curioso, que Kageyama también notó.

Sugawara, Daichi, Tanaka, Nishinoya y Asahi se sentaron en frente de ellos, a varios metros. Desde donde estaban, apenas podían distinguirlos: parecían un grupo cualquiera de amigos, que se sentaba en ronda a pasar el tiempo. Pero cada tanto giraban la cabeza hacia ellos, como si fueran malísimos espías. Estaban lejos, no podían oírlos, pero probablemente estarían analizando cada uno de sus movimientos y eso lo intranquilizaba. Fue perder la privacidad.

― ¿Por qué? ―se atrevió a preguntar.

― Todavía estoy enojado contigo.

Dejó de prestarle atención a ese grupo sospechoso de voleibolistas para volver a la conversación importante. Kageyama ya había abierto la comida y miraba hacia el costado, como quien no quiere tener contacto con el presente. Comía lentamente, casi parecía no tener apetito, ¡Eso era muy raro! Pronto descubrió que tampoco tenía apetito.

― ¿Por qué te grité y eso? Pero estaba enojado por tu culpa, por ser un idiota ―bufó.

Quería que esa pelea quedara en el pasado, que perdiera todo su valor. Porque ahora estaba bien, ¿No? ¿Las cosas estaban bien? La expresión de molestia contenida del otro le decía que no.

Aguardó a que continuara. De verdad esperó. Pero con el transcurso de los minutos, se dio cuenta que Kageyama no iba a decir nada más. Tenía la bandeja de comida en su regazo y no sentía ánimos ni de masticar. Había mucho viento, a pesar de que el día estaba de un radiante color celeste, pero el viento era frío y desalentador. Quería más abrigo. Dejó el tenedor sobre la bandeja sin tocar y se abrazó los brazos, tratando de darse calor.

― ¿Por qué me besaste en el patio? ―preguntó.

― No sé.

― ¿En qué pensabas en ese momento? ―insistió.

― En nada.

Había una tercera pregunta que no quería formular.

¿Me quieres?

No, no quería oír la respuesta. Se dio cuenta que realmente no sabía cuál era la respuesta, ya que sentía que el día anterior había sido un sueño, un onírico y dulce sueño, tan irreal y llevado por el momento, y quién sabe qué fue de verdad. Su mejor amigo podía ser un total imbécil si se lo proponía y empezaba a hacerle daño de nuevo, pero no podía abrazarlo ni besarlo, ni buscar un mísero consuelo, porque estaban enojados y sería extraño. Además, todavía estaban bajo la vigilancia de su grupo de amigos.

¿Me quieres?

No tenía manera de saberlo, porque Kageyama era complicado. Siempre lo había sido. No quería romperse ahora. Intentó recordar las cosas buenas, lo intentó, y se acordó...

¿Me quieres?

Hinata se había vuelto egoísta. Egoísta con sus sentimientos. Egoísta al compartirlos. Egoísta al exponerlos. Egoísta, todo con tal de proteger su corazón en pedacitos. Tan egoísta, que se le pasó de largo que tal vez, solo tal vez, Kageyama sí tenía derecho de estar enojado. Teniendo en cuenta que lo consideraba su mejor amigo, y que encima gustaba de él, se pasó un poco al devolverle la jugada, al usar el filo de las palabras para dañarlo exactamente como quería. Se acordó de su pena, de sus palabras de terca angustia.

Kageyama sí lo quería y Hinata lo había herido, y la diferencia entre ambos era que él lo había hecho a propósito.

Eso hizo que se sintiera fatal. Quiso darle otro estúpido abrazo, acariciarle la espalda y murmurarle que lo sentía, que él también lo había herido todo este tiempo pero que ya no tenía importancia, no realmente, no si el amor era mutuo. Eso era lo precioso que tenía ahora.

No sabía qué estaba pensando él, porque evidentemente no estaban en la misma frecuencia. Comía mecánicamente y no había vuelto a hablar, y parecía que lo había sacado de la mesa del grupo solo para decirle que estaba enojado con él. Pero había sonado sincero y desganado, por lo que todavía estaba enojado de verdad, y triste. Se veía triste.

― Lo siento ―dijo, finalmente.

― Hum.

― ¿Qué más quieres que te diga? ―replicó, frunciendo el ceño― ¡Lo siento! Siento haberte dicho cosas horribles, ¿Si? Pero estaba cansado de estarme guardando una amistad que no quería, es... frustrante. ―Bajó la voz, tratando de no deprimirse ni contagiarse del mal humor―. Odio la frustración. ―Añadió, obviamente, de mal humor.

― Da igual ―dijo, pero a juzgar por su tono de voz, no le daba igual, para nada―. ¿Crees que para mí fue divertido darme cuenta que me gustabas? Ya la estaba pasando bastante mal como para que me vinieras con eso.

― Estás siendo injusto ―escupió, ahora levantando la voz.

― No lo creo.

― ¿Darte cuenta que yo te gustaba? Eso suena a ahora. Me refiero, recientemente. Si sabes que se siente terrible, una semana, un mes, el tiempo que la hayas pasado mal, multiplícalo por dos años, o más. Dime que se siente, dime si aun seguirías fingiendo que quieres ser mi amigo.

Su voz se quebró al final y cerró la boca. El frío lo estaba irritando más de lo que estaba y solo quería golpear algo y correr. O golpear a Kageyama y correr. Pero él no parecía tener las mismas intensiones.

Abrió sus hermosos ojos, claros y oscuros al mismo tiempo. Ese azul lo maravillaba incluso en estos momentos. Ya no parecían enojados, todo lo contrario...

Kageyama parecía incómodo. También parecía tener frío. Dejó la comida a medio terminar a un costado y suspiró.

― Lo siento. Yo... no sabía. Y tú tampoco me explicas las cosas, idiota.

― Tú eres el idiota ―masculló.

Ahora entendía que un "lo siento" no curaba ninguna herida, mucho menos cuando habían sangrado durante tanto tiempo.

― Mira ―le dijo.

Sacó su celular y estuvo un rato pasando el dedo por la pantalla, Hinata tenía tantas ganas de curiosear como de comer. No tenía idea de por qué el celular era relevante, tampoco quería seguir discutiendo sobre temas tan delicados, pero debían. Era algo que debían hacer si querían que esto funcionara... fuera lo que sea que debía funcionar, si funcionaba. Hinata ya no sabía hacia a dónde iban con todo esto.

Kageyama le entregó el celular. Había una conversación en Facebook llamada "problemas en gayland" y enseguida supo de qué se trataba, aunque seguía sin tener la menor idea de por qué se lo mostraba.

Tanaka: ¿Qué es esto?

Kageyama: Quería hablarles de Hinata.

Nishinoya: ¿Qué?

Asahi: ¿Qué le pasa a Hinata?

Kageyama: No lo sé.

Kageyama: Pero algo le pasa.

Nishinoya: Es cierto que está raro...

Tanaka: Siempre fue raro.

Kageyama: Sí.

Tanaka: Jajaja

Asahi: ¿Y si realmente le gusta alguien?

Se tomó su tiempo para leer. Se sorprendió al ver la sugerencia de que podría gustarle Kenma, puaj, no, era como su otro mejor amigo. Del que no gustaba, claro. Se salteó un par de tonterías y al fin entendió qué les causaba tanta gracia en el entrenamiento, lo que le hizo sonreír y sonrojarse al mismo tiempo. No lo leyó completo, era mucho, pero se sorprendió al notar que, de la nada, sabían que Kageyama gustaba de él. El chat se había vuelto caótico y el creador no aparecía en él desde... desde el viernes en la noche.

Nishinoya: Se pelearon, es todo lo que sabemos

Asahi: No dijo nada más

Tanaka: ¿Qué creen que pasó?

Tanaka: No lo encuentro por ninguna parte.

Asahi: Por ahí volvió a su casa

Asahi: Es fin de semana, Hinata hizo lo mismo

Nishinoya: Supongo

Tanaka: No está en la universidad, eso seguro

Asahi: Espero que se reconcilien

Asahi: Aunque se pelean todo el tiempo, no me los imagino peleados de verdad

Nishinoya: Yo tampoco

Lo siguiente eran los chicos acusando a Kageyama de estar conectado y no contestarles. Luego, no había nada más. El grupo había nacido porque él se preocupaba por él y ese tipo de cosas limpiaba su interior, dejando atrás la pena y el dolor para hacerle sentir mejor.

― ¿Qué fue lo que hice para que te enojaras tanto? ―preguntó Kageyama cuando le devolvió el celular.

― ¿Eh? ―respondió, distraído.

― El viernes, que me gritaste y todo eso.

― Ah. No es nada.

Eso no lo aplacó. Al contrario, su amenazante mirada calló sobre él, intimidándolo un poco y haciéndolo hablar. De todas formas, de eso se trataba esta conversación. Hurgar en lo más profundo para que no quede ningún rastro de pesar pasado.

― Fue por... por Nishinoya ―le explicó―. Yo ya estaba harto de todo hace mucho tiempo. Y bueno, me sentía más especial porque tú me dejabas abrazarte, pero al ver lo de... ustedes, solo pensé que eso de ser especial era basura.

― Es por eso que eres un idiota ―contestó, ¿Dulce? No, probablemente oyó mal.

― Cállate. Te hablo en serio. Pero... ¿Por qué se abrazaron? ―Aprovechó para indagar.

Kageyama cambió de posición. Apenas le había dirigido la mirada en todo este tiempo, aunque Hinata no había apartado la suya de él.

― Me contó un secreto, algo suyo. Yo no puedo contarte porque no es mi secreto ―dijo. Eso lo ofendió y pudo percibirlo, así que añadió― Nishinoya fue el que se dio cuenta que... me gustabas, y eso. Me contó algo parecido de su vida y en ese momento, creo que él necesitaba ese consuelo más que yo.

Hinata no podía entenderlo, pero saber que había sido un abrazo pesaroso, de alguna manera, lo relajó. Con el correr de los meses, había aprendido que los celos eran una parte natural en él, y como Kageyama no tenía ninguna atadura a él, la posibilidad de perderlo ante cualquier persona era alta. Es decir, en el pasado. Ahora que sabía que lo quería de esta manera, se sentía bastante aliviado.

― ¿Por qué me besaste? ―volvió a insistir.

― Tus preguntas son molestas ―refunfuñó, aunque no parecía molesto.

― No puedes no pensar en nada en algo tan importante.

― Por eso es que no pensaba en nada, si hubiera pensado en algo no lo hubiera hecho, ¿Por qué no piensas tú? ―Se quedó callado. Kageyama hizo una pausa antes de seguir hablando―. Si nuestra amistad estaba tan jodida, podía terminar de joderla dándome un gusto. En eso pensaba, y en otras cosas tontas como el sol.

― ¿El sol?

― ¡Sí, el sol! Deja de hacer preguntas.

― Está bien, no te enojes...

Ninguno estaba enojado. La tensión había desaparecido como el día en que le había hecho cosquillas, o cuando Natsu entró a la habitación. Cuando pensó en ella, cayó en la cuenta de las galletitas, del paquete sin abrir. Kageyama siguió su mirada y, como si se le hubieran antojado mágicamente, las abrió. Comieron en silencio, un silencio que de a poco iba recobrando su cómoda normalidad.

― Entonces somos novios, ¿No? ―dijo Kageyama.

― ¡Sí! Supongo.

Hinata volvió a agarrar la bandeja de comida. Se sentía alegre. Después de almorzar, hicieron que no veían al grupo de malos espías y fueron al gimnasio a entrenar.

Les permitieron la incertidumbre, esa inquieta inseguridad e incomodidad que veían que sus amigos tenían. No les dijeron nada, actuaron normal como si la pelea no hubiera tenido lugar en sus vidas. Después se las arreglarían para explicarles que estaban juntos, a Hinata le daba vergüenza pero al mismo tiempo quería gritarlo a los cuatro vientos.

Hacia al final de la cena, sus preocupaciones fueron extinguiendo su felicidad. Le había dicho a Kageyama que esta noche dormirían juntos. Fue en chiste, pero en el fondo lo decía de verdad, y su (ahora podía decirlo con orgullo) novio se tomaba las cosas en serio. No era la primera vez que compartirían una cama y eso no era lo que lo intranquilizaba, sino lo que fueran a hacer esta vez. Las ganas de besarlo eran desbordantes, pero no pasajeras. No quería hacerse expectativas, pero no podía evitarlo. No sabía qué iba a pasar y probablemente no pasara nada, pero estaba ansioso de todas formas.

Trató de no hacerse líos en la cabeza y concentrarse en lo que realmente importaba: WOW. Estaban juntos. Novios, había dicho. Cuando cayera de verdad en ello, nadie podría parar su felicidad. Pero se hallaba increíblemente tranquilo. Y sabía que no duraría por mucho.

― ¿En qué cama dormimos? ―le preguntó a Kageyama.

― ¿Aun planeas meterte en mi cama?

― Sí ―afirmó, rogando porque no se le traslucieran las ansias.

― Mmh.

Esa respuesta no le daba seguridad. Aun así, cuando las luces se apagaron, terminaron los dos en la cama de Kageyama. La primera, la original, la que no estaba al lado de la ventana. Se acurrucó contra él como si fuera un gatito, buscando afecto.

― Dos años, ¿No? ―dijo Kageyama, más para sí que para él.

― Sí ―musitó.

Hinata le dio un beso tímido en la mejilla. Unos brazos lo rodearon pausadamente, con duda o lentitud, no supo distinguirlo. Sus labios se encontraron y, esta vez, la oscuridad no lo asustaba. Por el contrario, lo hacía más sencillo. Abrió la boca, pidiendo permiso a la boca ajena con la lengua, con suma lentitud en la que no cabía duda. Kageyama respondió con ganas, devolviéndole el beso con anhelo antes de separarse. El corazón le latía como loco. Una chispa se había encendido dentro de él y había empezado a prender fuego todo lo que tenía en su interior.

Hinata insistió, pero los brazos le apretaron la cintura y sus labios se toparon de nuevo con la mejilla. ¿Le había corrido el rostro? Buscó otro beso, pero fue claramente negado. El incendio en su interior se fue convirtiendo en frustración. Kageyama lo alejó y Hinata lo persiguió, buscando nuevamente el contacto, ese calor, esa chispa...

De repente, Kageyama desapareció y se escuchó un golpe sordo.

Se había caído de la cama.

En cualquier otra ocasión, habría estallado en risas. No se sentía de humor. Estaba experimentando muchas sensaciones al mismo tiempo y todas indicaban que su felicidad tenía un precio y ese era su peor pesadilla: ser rechazado por la persona de la que estaba enamorado. El rechazo era tan horrible como lo había supuesto.

― Eres un idiota.

― Lo siento ―fue todo lo que dijo.

― ¿Qué fue eso? ―preguntó, sonaba enojado.

Su calor ya no era reconfortante en la cama y aunque estuvieran bastante cerca, como siempre había querido, tenía un sabor amargo en la boca y no se sentía cómodo.

― Solo quería... ¿Besarte? ―Era como si estuviera siendo regañado.

― Y yo no, así que mejor durmamos.

Rechazo. Amargo, agrio, desagradable rechazo. Sabía que estaba siendo injusto con la vida, ya que esto era lo que tanto había deseado, ser correspondido. Pero la vida también estaba siendo injusta con él, entonces no sabía qué debía sentir y estaba impotente ante las dificultades que tenían. Porque siempre tenían dificultades.

Kageyama se arrimó contra él, acurrucándose sin abrazarlo ni nada. En el fondo se sentía mal, pero esa sensación empezó a amainar a medida que el calor volvió a ser cosa dulce y el agotamiento adormeció sus sentidos.

Y esto era lo que siempre había soñado. Por más que fuera imperfecto y funcionara mal. Amaba a Kageyama y no podía hacer nada contra eso.


Atención: Les traigo malas noticias. Voy a suspender las actualizaciones por un tiempo. Entre el final de trimestre del colegio y los jodidos (recalco, muy jodidos) problemas familiares, no tengo casi tiempo para escribir, y el poco que tengo lo uso para escribir mis proyectos personales (para quien no sepa, estoy haciendo un libro y una ¿micronovela? Algo así...), así que, lo siento mucho. Puede ser una semana, dos o un mes. No creo que más, porque me encanta esta historia y la quiero continuar. Sepan entender y muchas gracias para los que lo sigan igual.