Ni la historia ni los personajes son míos.
gracias por vuestros geniales rewiews a: Jime (mi querida amiga, este capítulo te lo dedico a ti), beakis, lucyarg, alimago niki y a esa persona que no pone nada en el nick xD
CAPÍTULO 10
Bellaestaba despierta y muy inquieta cuando Esme fue a verla por la mañana.
— ¿Lo ves? —Su suegra se sentó en el borde de la cama—. Edward tenía que haberte examinado en el momento que llegaste. Gracias a Dios que no se trata de algo más grave.
— ¿No? —preguntó Bella, preocupada.
—No, dentro de unos días volverás a la normalidad y podrás co menzar a adaptarte a tu nuevo hogar.
—Esme, creo que ha llegado el momento de discutir con usted ciertas cosas...
— ¿Qué cosas? ¿Tu nueva vida? No hay mucho que discutir. Den tro de poco, Carlisle y yo nos iremos a " Valmonte"...
—No, de ninguna manera —la interrumpió Bella, angustia da—. No quiero que se vayan por mi culpa.
Esme le cogió una mano cariñosamente.
—Ya sé que no deseas que se haga ningún cambio, pero cuando vengan los niños... —Se interrumpió, sonriendo, y después agregó—: Ya estaba perdiendo las esperanzas de que me dierais un nieto, un digno heredero de estas tierras.
Bella iba poniéndose cada vez más inquieta y cuando por fin Esme salió del dormitorio, sintió un gran alivio.
Al anochecer comenzó a sudar de nuevo y la fiebre le subió consi derablemente.
Durante la larga noche que siguió, Bella pudo percibir unas manos frescas y amables que le enjugaban el sudor y la refrescaban, aplicándole agua fría con una esponja. También sintió que alguien le cambiaba el camisón de cuando en cuando. Pensó que podía ser Sancha o Esme, pero en realidad, Edward estuvo junto a ella todo el tiempo, cuidándola y vigilando su estado.
Al día siguiente, la fiebre volvió al atardecer. Bella pudo tomar un poco de sopa que le sirvió Esme, pero después volvió a sumirse en un sopor letárgico que se prolongó hasta la mañana.
Edward hizo su aparición en el momento que Sancha le ayudaba a lavarse. La sirvienta se retiró de inmediato, dejándola sola con su marido. Bella, consciente de su lamentable estado, se deslizó entre las mantas y se tapó casi por completo.
Edward se le acercó y se las quitó para hacerle el examen de costumbre:
—Te sientes mejor, ¿verdad?
—Sí, gracias.
—¿Por qué me hablas con tanta frialdad?
—Es que me siento muy mal, tan desarreglada y pálida.
— ¿Deseas que te halague los oídos?
— ¡No! —replicó, indignada—. No estoy mintiendo. Hubiera querido arreglarme el pelo y maquillarme un poco antes que vinieras a verme.
— ¿Para qué? Eso no podrá borrar de mi mente tu imagen, tal como la vi hace veinticuatro horas.
—No me lo recuerdes —le dijo ella en tono de súplica.
Edward se encogió de hombros, quitándole importancia a sus pala bras, y le preguntó solícito:
— ¿Tienes hambre?
—Un poco.
— ¿Te sientes capaz de comer un huevo pasado por agua?
—Claro que sí, ¿puedo?
—Naturalmente; aquí también hay gallinas —repuso Edward, diver tido.
—Me gustaría mucho tomar un huevo —aceptó sonriendo y cuando él se incorporaba, Bella le retuvo para decirle—: Edward, muchas gracias. Te agradezco de verdad todo lo que estás haciendo por mí.
—No es nada —respondió él y salió rápidamente de la habitación. Parecía conmovido.
Al día siguiente, Bella pudo comer con normalidad y también se le permitió que se pusiera de pie. Tomó un buen baño y por fin logró cepillar su pelo, limpio y brillante.
Dos días después, Edward le indicó que podía bajar al salón. Se puso una túnica de algodón de color ámbar y, cuando se ajustó el cinturón, se dio cuenta de que había perdido peso. Sin embargo, seguía con servando sus encantos y las delicadas líneas de su rostro se habían acentuado.
Esme subió para ayudarle a bajar la escalera y la acompañó hasta la mesa.
Chiquita sirvió el té y las dos mujeres estaban enfrascadas en una amena charla cuando apareció Carlisle.
—Me tenías muy preocupado, Bella —exclamó el caballero al acercarse para saludarla con un beso en la mejilla.
—Pero ya pasó todo —señaló Esme, sonriendo—. Ahora está bien y eso es lo importante.
Carlisle se sentó y aceptó la taza de té que le ofrecía su esposa. —Edward nos dijo que a causa de este desagradable incidente, has decidido regresar a tu país.
Por unos momentos, Bella no supo qué decir. Al principio se sintió ofendida porque pensó que Edward trataba de deshacerse de ella, pero después creyó que debía sentirse agradecida, porque estaba po niendo en sus manos la solución para uno de sus más graves pro blemas.
—En realidad no he decidido nada todavía, pero quiero que sepan que nunca olvidaré las atenciones y las bondades que me han brin dado.
— ¿Bondades? —inquirió Carlisle, extrañado—. No, Bella, como esposa de nuestro hijo te recibimos con los brazos abiertos en el seno de la familia. Has caído enferma y nosotros te cuidamos con cariño y tratamos de ofrecerte la mejor atención médica posible. ¿De dónde vienes, Bella, que te parece extraño lo que aquí es na tural?
—No tengo familia. Mi padre murió siendo yo pequeña y perdí a mi madre hace dos años, después de una larga enfermedad —explicó la joven, sonrojada.
— ¡Pero nosotros somos tu familia! —Exclamó Esme, cogiéndola de la mano—. Eso es lo que Carlisle trata de explicarte. Lamentamos que tus padres hayan muerto, pero no debes sentirte sola nunca más.
—Ustedes son muy buenos conmigo —murmuró Bella con un nudo en la garganta y se sintió aliviada cuando entró una sirvienta para avisar a Carlisle que alguien deseaba hablar con él.
El caballero se disculpó y salió de la habitación. Esme ofreció a Bella otra taza de té y la conversación se desvió hacia temas menos personales. Poco después, apareció Edward. Llevaba pantalones vaque ros y camisa de algodón, manchada de sudor. Pidió perdón por su apariencia y, volviéndose a su esposa, le dijo:
—Estás bellísima, Bella.
—Muchas gracias. Me siento como nueva. —Se sonrojó otra vez.
—Si me lo permitís, voy a tomar un baño —dijo Edward y salió rá pidamente.
Bella le siguió con los ojos y Esme le lanzó una mirada enig mática.
— ¿Por qué lo hiciste, Bella? —le preguntó, intrigada.
— ¿Cómo dice? —inquirió la joven, sobresaltada.
—Te pregunto por qué decidiste venir al cabo de tanto tiempo.
—Porque... pues yo... —balbuceó Bella, por completo descon certada y después agregó—: ¿Por qué cree usted que lo hice?
Esme frunció el entrecejo y le explicó:
—Cuando Edward nos contó que se había casado en Inglaterra, nos sentimos un poco defraudados, pero en realidad, la noticia no nos sorprendió. Sospechábamos que había alguien en Inglaterra que le hacía volver una y otra vez. Durante muchos años, intentamos que se interesara por alguna joven de la localidad, pero sin ningún éxito. Incluso llegamos a convencernos de que quería hacerse sacerdote, pero después del matrimonio tomó otros derroteros. Al llegar tu telegrama, comencé a sospechar que no conocíamos toda la verdad. Pensé que Edward era el responsable de tu ausencia, que habías querido venir, pero que él no te lo había permitido. Pero anoche, cuando nos dijo que...
Bella no sabía qué contestar. ¿Cómo podía contarle a su suegra toda la verdad sin provocar su disgusto y su desdén?
—Pues... lo que ocurre es que yo era muy joven entonces —explicó con voz trémula.
—Sí, Edward nos habló de eso. Nos dijo que necesitabas tiempo para adaptarte a la situación.
—Así es...
— ¿Y ahora? —inquirió Esme con gesto de preocupación.
—Pues... no lo sé.
Y no lo sabía. No se sentía capaz de dar el paso irrevocable que de manera definitiva la pondría para siempre fuera del círculo de los afectos de Esme. Se dijo a sí misma que estaba muy débil, que tales decisiones requerían lucidez y serenidad, pero en el fondo sabía que no quería destruir aquel vínculo familiar, por tenue que éste fuera.
Edward regresó, esbelto y atractivo, con pantalones verdes de ter ciopelo y camisa de seda beige.
Su madre le lanzó una mirada inquisitiva a causa de su apariencia y el joven le dijo con cierta arrogancia:
—Deseo celebrar esta ocasión. Bella ya se siente bien y eso es para mí motivo de alegría.
—Me parece muy buena idea —contestó Esme, y se marchó alegando que tenía algo que hacer.
Edward se sirvió una copa de cierta bebida típica de la región y tomó asiento junto a la joven.
— ¿Has ido al pueblo? —preguntó Bella por decir algo, pero Edward movió la cabeza negativamente.
—No, a una hacienda cercana. La esposa de uno de los gauchos estaba esperando su décimo hijo y por desgracia llegó antes de tiempo.
— ¿Se encuentra bien?
—Está viva.
— ¿Y el niño?
—También está vivo, pero me parece que ninguno de los dos lo estará por mucho tiempo.
— ¡Qué horrible!
—Consuelo ya no tiene edad para estar embarazada. Me parece que tiene más de cuarenta años. Ya ha cumplido como madre, pero continúa teniendo hijos y cada vez se destruye más y más.
— ¿Ya pasó lo peor? —inquirió Bella, interesada.
—Ha perdido mucha sangre y Vasco, su marido, no me permite que la lleve a un hospital.
— ¿No te lo permite?
—Eso es algo que tú no puedes comprender. Aquí, el hombre es el único que manda en su casa —repuso Edward, mirándola.
— ¡Claro que no puedo comprenderlo! Su mujer se está murien do...
—Él no lo cree. Consuelo está viva y el niño también. Servus et humilis y Dios proveerá; ésa es la idea.
—Todo eso me parece imposible... —replicó Bella, llena de asombro.
—Dómine non sum dignus —declaró Edward con irónica solemni dad y después se volvió hacia ella para preguntarle—: ¿Qué te decía mi madre?
—Me... me preguntaba cómo me encuentro.
— ¿Eso era todo?
—Sí.
— ¿No te ha dicho que yo les comenté que no estás a gusto aquí?
—Sí, tu padrastro lo ha mencionado.
—¿Y?
—Les he dicho que aún no sé lo que voy a hacer.
— ¿Por qué les has dicho eso? —Edward la miró a los ojos.
—Porque es la verdad.
—Pero ahora te sientes completamente bien, ¿no es cierto?
—Así es.
—En ese caso, creo que debemos hablar con toda claridad.
— ¿De qué?
— ¿Y todavía me lo preguntas? —Se inclinó hasta quedar muy cerca de ella, que percibió su aroma a jabón y a lavanda—. Sabes mejor que yo cuál es el motivo de tu viaje.
—Pues sí, pero me aseguraste que no me dejarías partir.
—Eso quiere decir que yo soy el culpable de esta situación.
—No, Edward, tan sólo te recuerdo que esas fueron tus palabras.
—De acuerdo, y creo que no las tomaste muy en cuenta.
—Es verdad. Sin embargo, no he podido pensar en el futuro du rante estos días porque estaba muy enferma.
—¿No?
Los dedos masculinos recorrieron la piel que el escote de la túnica dejaba al descubierto.
— ¿Te gusta que te acaricie?
La pregunta fue tan inesperada y tan incisiva, que Bella reaccionó retirándose de inmediato.
—Yo... no...
La sonrisa burlona de Edward revelaba su escepticismo.
— ¿Por qué no me detienes? —Le preguntó, mientras con los labios acariciaba uno de sus hombros—. Detenme, Bella, o bésame.
La joven abrió la boca para protestar, pero no pudo pronunciar las palabras porque la presión de los labios de Edward se lo impidió. Toda su resistencia se desvaneció. Prisionera entre sus brazos, perdió la noción del tiempo y del espacio. Edward la besaba de tal modo, que despertaba en ella deseos insospechados. Se sintió empujada hacia aquellos brazos con una fuerza desconocida y terrible que, de manera inconsciente, le exigía algo más que besos.
—Meigo —murmuró Edward sobre sus labios trémulos—. Deus sabe, tu quería...
—Siento mucho interrumpir.
Las palabras de Rosalie, pronunciadas con un acento extraño para Bella, cayeron como piedras en un estanque y la estela que dejaron les envolvió a los tres en un ambiente de tensión y vergüenza.
Las reacciones de Edward eran más lentas que las de Bella, ya que continuó besándola tranquilamente y, cuando por fin se apartó, lo hizo con evidente desagrado. Las manos de ella, automáticamente buscaron los tirantes de su túnica para ponerlos en su sitio y después ascendieron hasta su cabello para ordenárselo con torpes movimien tos. Edward se arrellanó en el sofá y, con cínica resignación, le dijo a Rosalie:
—Si lo sientes tanto, ¿por qué no te has largado al ver que eras inoportuna?
—Si te dedicas a seducir a tu esposa a la vista de todos los sir vientes, ¿por qué no habría yo también de disfrutar del espectáculo?
—No la estaba seduciendo —corrigió Edward, indiferente, ante el desconcierto de Bella—. Si así hubiera sido, ni siquiera tú te habrías atrevido a molestarnos.
—Es o porco! —Exclamó la joven con ademanes elocuentes y agregó—: Epena sua esposa...
— ¡Habla en inglés! —Le ordenó Edward, impaciente, poniéndose de pie—. Si pretendes insultarme, por lo menos hazlo en un idioma que entienda mi mujer.
—Me parece que ella debería hacer un esfuerzo para aprender nuestro idioma —y volviéndose a Bella, agregó—: Le decía a mi hermano que es un cerdo. ¡Ojalá tú puedas enseñarle buenos mo dales!
Bella se vio obligada a levantarse también, pero una vez de pie, no supo qué hacer. La mirada de Edward la recorrió de arriba abajo y ella sintió su tremenda intensidad quemándola como el fuego.
—Lo siento... —murmuró, turbada—. Es culpa mía...
— ¿Qué quieres decir con eso? —inquirió Rosalie casi a gritos.
—Que debí aprender portugués hace mucho tiempo. Eso es lo que quiero decir.
—Pues sí, a estas alturas debías hablarlo perfectamente. Si Edward se hubiera casado con una mujer en lugar de hacerlo con una niña, tal vez ya te hubieras acostumbrado a las privaciones de la vida cam pesina.
El ataque inesperado cogió a Bella por sorpresa, mas cuando Edward estaba a punto de abrir la boca, ella logró responder con calma:
—Es posible, pero tu hermano nunca me dio oportunidad de ello.
Edward la cogió por un brazo, pero Bella se negó a acatar su si lencioso mensaje y continuó mirando de frente a su cuñada.
— ¿Sí? —Replicó Rosalie—. Estoy comenzando a entenderlo todo —y dirigiéndose a Edward le dijo—: ¿Así que de esa forma lograste eludir una situación difícil? Mamá ya estaba impaciente porque te negabas a buscar una esposa adecuada, y casándote con Isabella le callaste la boca. Debí imaginarlo. Te ruego que me disculpes, cuñada. Me pa rece que estás portándote lo mejor posible, teniendo en cuenta las cir cunstancias. Te felicito.
Bella aceptó sus palabras sin la menor satisfacción. Se sentía confundida y avergonzada por lo que había escuchado. Se volvió para mirar a su marido con la esperanza de que desmintiera a su hermana pero el rostro de Edward era tan enigmático como siempre.
La aparición de Esme y Carlisle, en lugar de confortar a Bella la inquietó aun más. Pasó el resto de la velada sopesando las palabras de su cuñada, que habían desatado en su interior una batalla de emociones.
Bueno, ahora todo se complica porque no es solo la idea esa loca de Edward de que Bella se vaya a Inglaterra sino que ahora ella se ha dado cuenta de lo que Edward ganaba casándose con ella... bueno, no os preocupeis chicas, que todo se soluciona (para bien o para mal) ya mismo, ya que solo quedan tres capis!
espero que os haya gustado y que me mandeis muchos rewiews!
un beso
Tricia
