Los personajes de CardCaptor Sakura pertenecen a las CLAMP. Tanto en historia como en diseño.
TERCERA PARTE
Capítulo 10
—Nunca más volveré a creer en el amor —me mofé; haciendo como si fuera a llorar, burlona, observando la T.V. al tiempo que me zampaba un buen puñado de palomitas de maíz. Todo al mismo tiempo. Es más, había hablado con la boca llena, para ser precisa.
¿Qué más quieres que te diga? La película ya lindaba en lo ridículo...
… O quizás realmente había dejado de creer en el amor.
Yukito, a mi lado, sentado entre mi hermano y yo, dedicó un segundo para obsequiarme una mirada entre horrorizado y asqueado.
—Eeeww, ¡Sakura, contrólate! Así no se comportan las niñas.
—Ella no es una niña —dijo mi hermano—. Es un monstro.
Torcí el gesto, odiosa. Y muy puerilmente abrí todo el ángulo de mi boca para que, tanto Yukito como mi hermano, pudiesen apreciar, en alta resolución, la hermosa imagen de un mazacote de palomitas de maíz bañado en saliva.
—¡Aaaaaaahg! —expelí como pude—. ¡Damita un cuerno!
Estoy consciente que aquel comportamiento dejaba mucho que decir de mí. Pero, en mi defensa, nos encontrábamos todos reunidos en una tranquila tarde familiar, observando una película que, como ya mencioné anteriormente, era tan ridícula como romántica.
Lo que estoy tratando de decir es que había confianza en el ambiente. No obstante, la susodicha confianza no fue excusa alguna para evitarme un reproche de mamá, quien con tono indignado me dijo:
—¡Ya basta, Sakura! Tan grande y cochina… ¡Madura!
Touya y yo nos reímos por lo bajo. Él era tan, y hasta más animal que yo de vez cuando. No nos importaba.
—Sí, hermanita —dijo él—. Madura.
Y, acto siguiente, se lanzó un pedo.
El hedor nos aturdió a todos. Pero los más afectados, indudablemente, fueron mamá y Yukito.
—¡TOOOUYAAA! ¡AAASSSCCCOOO! —gritó este último.
—Hijo, por Dios, ¿qué te comiste…? —inquirió mamá, con un tono de voz gracioso aunque preocupado. Posiblemente estaba aguantando la respiración.
—¡Un cadáver! —solté, riéndome. Esta vez con la boca libre de golosinas.
Touya siguió carcajeándose, provocando que Yukito se levantara de su puesto y tomara asiento cerca de mi padre. Por aquellos lares el terreno estaba sereno.
—¡Dios, no puedo con ustedes dos, Kinomotos! —terminó de declarar Yukito, ojos en blanco y ventilándose con una mano. La propia diva.
—Bienvenido a mi mundo —declaró papá.
—Ay sí, ay sí, papá… —dije.
—No te hagas el inocente —continuó mi hermano—. Tenemos pruebas que demuestran que los tuyos son peores.
—Touya, hijo, no sé de qué diablos hablas.
Y de la nada, un sonido parecido al de un trombón rompió con el esquema del ambiente. Otro hedor, aún peor que el de Touya, se aglomeró por toda la habitación y penetró en nuestras fosas nasales.
Yukito volvió a gritar, horrorizada:
—¡SEÑOR KINOMOTO!
Tanto papá como Touya y yo nos revolcamos de la risa. Hacía tiempo que no jugábamos entre nosotros de esta manera, ya sabes… puercamente.
Con los matrimonios de Tomoyo de por medio, las cenas; los invitados; las constantes visitas que se aparecían por la casa para felicitarnos y conversar durante horas y horas, nos habíamos visto obligados a guardar las apariencias de ser una familia más o menos ejemplar y decente.
Como es natural, la que estaba felizmente a sus anchas con aquel pequeño teatro armado era mamá. Pero Touya, el verdadero puerco de la familia, ya empezaba a presentar síntomas de larga abstinencia.
—Ya basta, trío de Kinomoto, ¡compórtense! —sentenció mamá (que en este instante se consideraba más Amamiya), levantándose y yendo a la cocina. En seguida reapareció sosteniendo un aerosol aromático—. Son tan infantiles. No puedo creer que le sigas la corriente a ellos, Sakura; siendo tú una dama… Menos mal que Syaoran no está aquí.
Y aquello era cierto. En estos precisos momentos, Syaoran Li se encontraba con Eriol, en Tokio, haciendo no-sé-qué-no-me-importa de diligencias.
Me sacudí el reclamo de mamá con un encogimiento de hombros que lindó en lo altanero. La verdad era que, desde que me exigió a no dormir más en la habitación de huéspedes con Syaoran, estaba un poco resentida con ella. ¡Quién podía entenderle! Es decir, en un principio me obligó frenéticamente a estar las 24/7 junto a Syaoran; y ahora, debido a la presencia de mi hermano, quería despojarme aquellas condiciones. Jamás, en ninguna de las dos ocasiones, me preguntó qué era lo que yo opinaba al respecto. Simplemente demandaba y exigía, cual Napoleón de la tiranía.
Me molestaba que mi madre me controlara de aquella manera; aparentemente, sin que su conciencia experimentara ni una pizca de remordimiento.
Más aún, me molestaba haberle permitido con tanta facilidad aquella clase de comportamiento. Pues yo jamás perseveré lo suficiente en mis reproches, ni me mostré firme con respecto a mis decisiones. Es más… ¡creo que en ningún momento tomé alguna decisión siquiera! Simplemente obedecí con un que otro "pero" de por medio, que evidentemente estuvo lejos de crear algún tipo de trascendencia en el asunto.
Resentía mi relación tan despótica con mi madre. Además resentía, con igual magnitud, recordar el momento en que tuve que notificarle la noticia a Syaoran...
Estábamos en el cuarto de huéspedes, cuando, sin previo aviso, abrí mis labios para decir:
—Syaoran, tengo una mala noticia. Ya no podremos dormir juntos.
Él me miró con un matiz de incomprensión inyectado en sus ojos color ámbar. Se acercó a mí. Apartó sus lentes del rostro. Me rodeó la cintura con un brazo. Me acercó a él. Apareció Touya tras su espalda. Yo grité. Syaoran le disparó. Touya cayó al suelo. Syaoran volvió a observarme. Guardó la pistola en su cintura. Me tomó el rostro entre ambas manos. Acercó el suyo al mío. Y me plantó un suave pero fogoso beso en los labios.
—Nadie me apartará de ti, pequeña —me dijo. Y me hizo el amor en su Ferrari descapotable.
O eso hubiera querido yo que ocurriera.
Pero no.
Lamentablemente, lo que realmente aconteció fue lo siguiente…
... Estábamos en el cuarto de huéspedes, cuando, sin previo aviso, abrí mis labios para decir:
—Oye, ya no podemos dormir juntos, ¿sabes?
—¿Y eso? —preguntó él. Así nomás.
—Es por mi hermano. Mi madre considera prudente que mantengamos cierta distancia; a decir verdad, estamos procurando evitar tu homicidio —desmantelé el pequeño catre sobre el cual llevaba durmiendo por casi un mes, y al que, a pesar en un principio detesté, eventualmente le cogí cariño—. En fin, compadre —continué—, fue divertido mientras duró. Aunque, no cantes victoria: todavía seguimos con la farsa de ser novios; sólo que actuaremos más distantes.
Syaoran permaneció buen rato sumergido en silencio mientras yo almacenaba sábanas y demás guarniciones. Luego emitió algo parecido a un bufido.
—Tsk… compadre —repitió en voz muy baja, sin dirigirse a mí.
Y hasta allí llegó todo. Yo salí de la habitación y él no me persiguió. Ni envolvió mi cintura con su brazo. Ni me besó. Ni mató a Touya. Y tampoco me hizo el amor en su Ferrari descapotable. Syaoran siquiera era dueño de un Ferrari. Es más, Syaoran siquiera estaba usando sus lentes en ese momento. Mi fantasía se encontraba a años luz de volverse realidad.
...
Por ello, me importó un pepino mostrarle a mi madre, hace media hora, el mazacote de palomitas de maíz mal masticadas. Aquel acto había sido una protesta. Mi manera de rebelarme ante su gobierno hipócrita y dictatorial. Algo así, como la situación del pueblo venezolano en Venezuela…
… Nos había contado mi hermano, que el pueblo venezolano, un pueblo en general alegre y de naturaleza inofensiva, se encontraba patas arriba lidiando ante las reformas de un gobierno pelele que hacía y deshacía a sus anchas. Y cuyo actual jefe supremo era más incompetente que un chimpancé… O que tenía la mitad del cerebro de un chimpancé. O que un chimpancé podía gobernar mejor… En fin, no recuerdo las palabras exactas que utilizó mi hermano; simplemente estoy resumiendo uno que otro de sus varios testimonios. Que a la vez, fueron resúmenes de otros varios testimonios, pertenecientes a varios grupos de venezolanos que conoció por allá. Fueron resúmenes de testimonios de testimonios resumidos de testimonios resumidos. Algo parecido a la película Inception.
Pero, de vuelta a Japón, Tokio. Provincia de Tomoeda, casa de los Kinomoto: Yo reconocía que mi manera de protestar era un tanto ridícula; no obstante, funcionaba de las mil maravillas ante una mujer como mi madre, con complejos de Primera Dama Presidencial.
Lo cierto del caso era, que yo últimamente me había estado comportando con muy poca femineidad. Contestaba de forma antipática y tajante; no ayudaba a recoger los platos de la mesa; y masticaba con la boca abierta. Ocurrían veces en las que me encontraba en silencio, deseando ser un chico; así mi vida se limitaría a comer, beber, maldecir y rezongar.
No obstante, no me comportaba de tales maneras frente a Syaoran. Y poco a poco, fui abandonando dichas conductas, pues mi rebeldía no me confería nada desde un punto de vista positivo: Mi madre me reprendía más de la cuenta, y mi relación con Syaoran continuaba distante.
Y aquí me hallaba yo, viendo una película romántica terrible, en la cual la protagonista tenía la peor de las suertes con los chicos, entre tanto me zampaba desconsoladamente mi buen plato de palomitas de maíz. Era la manera más patética que tenía de alimentar mi despecho. La verdad es que suelo ponerme más ácida, cínica y falta de respeto cuando estoy despechada.
Pero, ajá, por ahora es lo que hay.
Continué observando con resentimiento a la protagonista, felizmente envuelta en los brazos del patán que estaba acostándose en secreto con una de las ex-novias de su hermano (del hermano de él. Pues al parecer el refrán "Hermanos antes que Putas" no figuraba en su manera de pensar).
¡Era injusto! Tanto la dulce protagonista como la perra de la ex-novia del hermano del novio de la dulce protagonista tenían un romance, por muy patético que fuera el prospecto. En cambio, mi romance, lejos de ser un cuento de hadas, pero mil veces más sano y con mejores prospectos que aquel barato enredo proyectado en la televisión, había llegado a su fecha de caducidad. ¡Tan pronto! Era muy injusto: no hace más de un mes que había empezado, ¡y ya se estaba acabando!
Sentí cómo la saliva se tornaba amarga en mi boca.
Como dije anteriormente: solía volverme exageradamente cínica e insoportable ante la conclusión de un romance en mi vida. No era mentira: mi piel se endurecía, metafóricamente hablando, y sentía mi lengua tornarse viperina. Y, de la nada, contestaba cualquier trivialidad con frases del tipo "Hombre tenía que ser" y "No necesito de aquello en mi vida."
Durante esta etapa, sentía pena por mis amigos más cercanos; especialmente Tomoyo, que debía de soportarme en tal estado de crítica amargura.
Esto me rememora la época en la que había recién terminado con mi ex-novio, X. O mejor, vamos a llamarle: El-que-no-quiero-nombrar. (Oye, si la saga de Harry Potter pudo sustentar siete libros con dicha táctica literaria, ¿por qué entonces yo no un capítulo?).
En aquel entonces no había nada que pudiese reconfortarme. Recuerdo incluso que una vez reproché a un niño por no botar su cartón de jugo en un pipote de basura.
—¡Hombre tenías que ser! ¡Malagradecido! —le reprendí amargamente, mientras el pobre niño me miraba estupefacto, acumulando las ganas de llorar en sus dulces ojos negros.
Pero no se preocupen, que el niño supo defenderse a través de un épico berrinche que me obligó a intermediar con una patrulla de policías, y pedirles disculpas a sus padres.
El punto del caso es que, mi Yo conflictivo volvía a hacer acto de aparición. Pues, no hace poco, Tomoyo me había recomendado usar un accesorio para el día de su boda que, según ella, me haría ver radiante; y yo le respondí con un odioso: "¡Bah! Al diablo. No necesito de eso en mi vida."
Todo ese extraño comportamiento formaba parte de mi modus operandi de afrontar recientes circunstancias negativas. Yo vivía en constante negación psicológica cuando se trataba de encarar malas situaciones. Debido a ello arrojé, confisqué e ignoré, en la profundidad más obscura de mi subconsciente, mi pretérita y rancia relación con El-que-no-quiero-nombrar. Creo que jamás mencioné a Syaoran sobre él. No me gustaba hablar de las fallas de mis ex. Y aquél ex había sido, todo él, una falla.
¿Me creerías si te digo que en los cuatro años de relación que estuvimos juntos, lo que hizo fue montarme los cuernos como si se tratasen de lindos y sofisticados cintillos?
Pero mentiría al afirmar que todo fue culpa suya. Es decir, desde un principio yo estaba bien consciente del baile en el que me había metido. Y, para ser sincera, su flirteo patológico era una de las características que me atraían mucho de él. Viéndolo en retrospectiva, supongo que ambos poseíamos una especie de comportamiento masoquista. Como aquellas personas que se enamoran de su secuestrador, y el secuestrador de su víctima. O esas parejas BDSM, que tan de moda están hoy en día; donde cada individuo tiene un rol definido, y buscan la satisfacción con un rol complementario.
Yo era de esas chicas que parecían disfrutar la sumisión psicológica, y que su pareja las tratara de forma poco ortodoxa. Así, como la tipita Anastasia Steele de 50 Sombras de Grey.
Me atraía de forma sombría que mi ex novio se portara mal conmigo, o que me mortificara perennemente de manera psicológica: «¡Está en línea, pero no me escribe a mí! ¿Por qué? ¿Estará escribiéndole a su tipita? ¿Cuántas tipitas tendrá? Sigue en línea ¡y no me escribe! Ya debe de saber que estoy en línea yo también… ¡Se está comunicando con esa tipa, la que le ha dado me gusta a todas sus fotos de perfil, excepto en la que sale conmigo, estoy segura! ¡La misma que retwitteó uno de sus tweets! ¡Voy a escibirle! ¡No! Es más, ¡voy a llamarle! Esperaré un minuto a ver si cae en cuenta que estoy en línea, y me escribe. 5… 4… 3… 2… 1… ¡Voy a escribirle! El muy patán, consigue tiempo para ella pero no para mí. ¡Voy a llamarle! Pero… ¿y si no quiere contestarme la llamada? ¿Y si le escribo y me deja en "visto"? ¡Querrá decir que ya no me ama!».
Al instante recibía un mensaje de él, y la paranoia se me esfumaba. Me tranquilizaba mórbidamente el pensar que seguía amándome.
La verdad es que fue todo un tormento psicológico aquella relación. Y yo influí, por unos cuantos años, a que siguiera así. Porque, a pesar que yo tenía mis sospechas (incitadas por instintos y terceras lenguas) sobre su misterioso comportamiento, jamás tenía pruebas corpóreas que me gritaran: «¡NO SEAS ESTÚPIDA Y TERMINA DE UNA VEZ CON ESTA TÓXICA RELACIÓN QUE NO HACE MÁS QUE EMPONZOÑAR A AMBOS!». (En serio, si alguien no me hablaba de esa manera, yo nunca iba a convencerme de ponerle fin a mi martirio amoroso).
No obstante, una vez las cartas estuvieron cada una sobre la mesa, se me presentó la oportunidad de tomar un rol activo y decisivo. Jugaría las Cartas Sakura a mi favor…
… Así que encaré a mi ex. Y él lo que hizo fue avasallarme con mentiras y mentiras y más mentiras. Y defendió su falsa inocencia con una actitud tan impresionante, aunque alarmante; como si no hubiese cometido delito alguno. ¡El muy descarado! De haber formado parte del mundo de los súper héroes de la Marvel o la DC, sería un villano llamado Dr. Mentiras. ¿Y saben cuál sería su súper poder? Mentir.
Pero sinceramente no tenía adónde correr. El Facebook le había delatado. El Facebook de la tipa, para ser precisa; y las fotos que habían en él. Además de los ridículos mensajes de buenas noches que encontré en su celular (el de él) cuando aquel había caído accidentalmente sobre mis manos, inexplicablemente abriendo, justamente, el chat de sus conversaciones.
No tuve de otra que leer —de mala gana y contra mi voluntad— los más de 400 mensajes que se habían enviado.
Y el muy patán se atrevía a llamarme "cariño". Y a saludar a mi familia como si nada. Y jugar al futbol con Touya. (Menos mal mi hermano nunca le trató bien.)
Y, sin embargo, a pesar que yo sabía que me estaba mintiendo… Aun así, le escuché. Y no le formé el arrebato de ira que se merecía, sino que más bien tiramos de lo lindo aquella noche.
Pero la relación ya estaba acabada. Y fue más que evidente a la mañana siguiente, cuando nos despedimos en definitiva. Creo que fue un alivio para él que yo descubriera sus gamberradas. ¡Vale, fue todo un alivio para mí! Fue un alivio para los dos.
No obstante, tardé más de la cuenta en cerrar aquel capítulo amoroso.
En mi defensa, le había dedicado mucho, emocionalmente, a la relación; y me dolía el ver cómo algo por lo que había luchado tanto tiempo por mantener decente, se venía abajo, así, de la forma más vulgar. Además, ¿adónde se habían ido las palabras bonitas? ¿Y las fantasías maritales? ¿Y la lista de los nombres de los supuestos futuros hijos?
Citando a Carrie Bradshaw, de Sexo en Nueva York: ¿Adónde se iba el amor cuando una relación terminaba?
A la hora de la verdad, nada de eso tenía importancia.
De esa manera fue que comprendí que el amor no era más que sensaciones bonitas y promesas que jamás iban a cumplirse. Y, por voluntad propia, decidí alejarme de todo aquello. Y la razón no era necesariamente porque había sufrido. Es decir, sí, experimenté sufrimiento… pero tampoco fue nada del otro mundo. Nada que el tiempo no curara. Y, sinceramente, tampoco se necesitó de tanto tiempo…
Me alejé, simplemente porque, no quería darle inicio a otro fracaso. Me repugnaba sobremanera la idea de dedicar mi tiempo y emociones a algo que tarde o temprano llegaría a su fin inevitable. Yo no quería seguir tomándome molestias, la verdad.
Pero entonces, apareció Syaoran, y giró mi mundo.
O quizá me estaba engañando a mí misma. Quizá Syaoran estaba destinado a ser no más que un Fuck & Run (como dicen los americanos).
Bueno, vale, quizás Syaoran era un poco más que eso: un Fuck fuck & Run.
O más bien un: Fuck fuck & Run… «¡Oye, nos hemos vuelto a encontrar… qué casualidad! Hagamos Fuck fuck una vez más, pero, vale, en esta ocasión, en vez de correr, te dejo mi número, porque, admitámoslo, hay buena señal entre tú y yo».
En fin, no es sorpresa alguna: yo hace siglos que había admitido que sentía algo especial por Syaoran. Mariposas y todo.
La verdadera pregunta a formular era ¿sentía Syaoran algo más por mí?
...
Para ser sincera, me daba miedo descubrir la respuesta. No quería afrontar la situación y comprobar, alarmante, que había sido seducida por mariposas traicioneras.
(Nota personal: Esas hijas de puta existen. Te hacen sentir los mismos síntomas, las mismas cosquillas, y al final, no son más que simples polillas mentirosas; tan traidoras como Judas Iscariote o el Senador Palpatin, de Star Wars).
Lo interesante e insuperable de mi relación con Syaoran, era que me permitía el lujo de ser espontánea. Con mi ex, El-que-no-quiero-nombrar, luchaba febrilmente por ser Señorita Triple D (decente, disponible, delgada), porque ¡a saber en qué momento iba a dejarme por otra! Y, si lo hacía, yo debía de estar preparada, asegurando mi entrada en mis tejanos de talle más pequeño porque, si tocaba pasar despecho, lo haría junto a mis amigas, en un bar y, como dice Yukito, viéndome: «¡FABULOSA! ¡EXQUISITA! ¡Y EN PUNTAS!».
Ya sabes, la típica perorata de: «Al sentirte aceptada (delgada) y bien contigo misma, los eventos negativos de la vida no ejercerán efecto sobre tu autoestima. Tú tienes el control de tu vida. Nadie puede hacerte sentir como mierda sin tu consentimiento», etcétera, etcétera, etcétera.
En cambio, con Syaoran no me importaba comerme un combo de McDonald's y no compartir mis papitas.
Tampoco significaba que se me iría la vida haciendo aquello. No, no. Sino que, con él, no sentía el típico sentimiento de culpa que me inducía el comer en McDonald's. Me gustaba mucho más la versión espontánea y mentalmente tranquila de mí, que originaba la presencia de Syaoran a mi lado, por sobre la meticulosa, mental y alimentariamente reprimida versión de mí, que había sido con mi ex. Es más, con él (mi ex) sí que me provocaba comer en McDonald's todos los días. Supongo que la perpetua represión me volvía más endeble ante las tentaciones.
Con Syaoran, era diferente. Me sentía natural, bonita, tranquila… Y más importante aún, me sentía feliz.
...
Pero, como de costumbre, la vaina llegó a su fin. ¡Qué rabia! Sentía tanto coraje a raíz de los últimos acontecimientos, que me provocaba desayunar, almorzar y cenar en McDonald's todos los días.
Sé que no es buena idea comer como consuelo emocional pero, ajá, mis padres nunca aprobaron que hiciera el curso de manejo de armas de fuego. Y, hablando de padres y familia, hacía rato que todos se habían ido a dormir. La película había concluido hace horas. Y creo que tengo un recuerdo efímero de haber acompañado a Yukito hacia la entrada de la casa y haberme despedido de él.
Lo inusual era, que el reloj marcaba ya más de las 12.30 a.m. y el hijo de puta aún no había llegado.
(Como hijo de puta me refiero a Syaoran, obviamente). Espero que no te ofenda que últimamente lo esté llamando así en mis pensamientos (y otras veces por lo bajo, tras sus espaldas). Es que estoy en mis días.
Prosigamos.
La ausencia de Syaoran a estas horas de la noche empezó a germinar una rabia inesperada e irracional sobre mí, que necesité de un sándwich para apaciguarla.
Justo cuando estaba husmeando los compartimientos de la nevera, en busca de algo suculento que comer, escuché el retintín de unas llaves, y luego, la puerta de la entrada abrirse. ¡Ajá! El hijo de puta hacía acto de presencia.
Remplacé el sándwich por una botella de vino tinto que saqué de la nevera. Mientras me servía una copa, Syaoran se apareció por la cocina.
—¿Todavía despierta?
Asentí.
—Acabo de terminar de ver una película. No puedo dormir —tomé un sorbo de vino—. ¿Quieres? —le pregunté, posicionando la copa a la altura de sus ojos.
Syaoran hizo un gesto moderno con su boca, como diciendo «Claro, vale, ¿por qué no?».
Me dispuse a buscarle una copa. Luego nos explayamos en el sofá de la sala, a ver qué había de bueno por la T. V.
—Y, ¿qué más? —pregunté. Tan amigable e informal como si fuéramos familia—. ¿Cómo estuvo el día?
Syaoran bebió un poco de su vino y me respondió:
—Bien.
—Me alegra… ¿Cómo estuvo la salida con Eriol? ¿Lograron hacer todo lo que tenían que hacer?
—Sí.
Mmm… Monosílabos. Uno seguido del otro.
Genial.
No me sorprendía que Syaoran volviera a ser el Sr. Frío que en un principio conocí. Pues, de un tiempo para acá, había disminuido sus conversaciones conmigo.
Lo que yo no lograba comprender era el por qué. Es decir, yo jamás me hice ver antipática con él. Pero él se comportaba como probando lo contrario; como si yo fuera enemigo acérrimo o alguna clase de comezón fastidioso. Bebí de mi vino, batallando internamente con la inquietud, para que no me invadiera. ¡Ya Syaoran no me quería!
Empecé a cambiar los canales convulsivamente.
Syaoran continuaba impertérrito, mirando la televisión. No había nada que pudiese leer en su rostro. Estaba totalmente apático.
Me removí sobre mi asiento, y empecé a sudar de forma incómoda. Me molestaba su actitud.
No iba a soportarlo durante mucho tiempo. Y mucho menos en mis días, estando propensa a la paranoia y al mal humor.
—Y, ¿qué fue lo que hicieron? —pregunté. Luchando por sonar agradable.
Syaoran se explayó contándome varios sucesos de sus actividades con Eriol, pero ninguna interesante. Le preste más atención a la serie de crímenes y detectives que estaban pasando por la T.V.
No le convenía tratarme con odiosidad, pensé. Se estaba buscando un pleito catastrófico conmigo. Mi carácter empático y racional se veía obstruido ante mis cambios hormonales. Tanto así, que en esos precisos momentos, mientras él hablaba, yo estaba identificándome a nivel mental y emocional, más con el asesino que con la víctima.
—Ah, ¿y sabes a quién nos encontramos en el bar?
—¿A quién? —pregunté, observando la pantalla.
—A tu amiga Ichigo.
Me petrifiqué.
—Conversamos un rato —siguió él—. Le presenté a Eriol.
El vino se me fue a la cabeza. Pero no de la forma habitual que solía gustarme. Empecé a transpirar por las axilas y el cuello. La boca se me puso amarga. La vista se me nubló; veía todo en color rojo escarlata. ¡Ichigo! Aquella peliroja falsa del local en Tokio.
—Ah, ¿sí? —emití. Mi voz sonó extraña—. No me digas…
Volteé mi rostro hacia él, y la moción se sintió forzada. Él continuaba viendo la T.V. Tranquilo. Aunque pude apreciar en su cara un matiz de diversión; leve, pero allí estaba.
¿Conque tratando de ponerme celosa, Syaoran Li?
—Qué buena noticia —dije falsamente—. Seguro te alegraste al verla…
Syaoran se encogió de hombros.
—Me dio igual. Es una chica simpática, normal. Estaba junto a un grupo de amigas. Agradables, también… A Eriol le pareció simpática.
Eriol, murmuré para mis adentros. El muy traidor. Y tomé nota mental de asesinarlo cuando estuviera a solas con él, y Tomoyo no estuviese presente.
—Ah, ya veo… Qué bien —tomé vino y callé.
Continuamos en silencio, hasta que Syaoran lo interrumpió, levantándose para decir:
—Me iré a acostar. Ha sido un día agotador.
Reí como chiflada.
—Sí, claro. Ja, ja, ja. Apuesto a que conversar de lo lindo con Ichigo fue todo un ajetreo.
—Ya te lo dije: sólo nos la encontramos. Estaba con unas amigas.
—Ajá. Sí, sí. Claro, claro…
Syaoran exhaló un suspiro. Y tomó camino hacia la cocina, diciendo:
—Piensa lo que quieras, Sakura.
La sangre me hirvió a millón. ¿Quién se creía él, provocándome de esa manera?
Envalentonada por el vino, me levanté, y fui en pos de él, pisándole los talones; dispuesta a formarle tremendo pleito, prometido hace unas líneas más arriba. No iba a permitirle este grado de provocación.
Dejé mi copa sobre la mesa de la cocina y me crucé de brazos.
—¿Quién te estás creyendo tú? —lo fulminé con la mirada.
Él me la devolvió, con cara de idiota. Como si desconociera la magnitud de la situación.
—¿Disculpa?
—¿Qué carrizo te pasa, Syaoran? Llevas días tratándome tan... así…
—¿Así cómo?
—Así… ¡indiferente! ¿Qué te he hecho yo? Y ahora, de la nada, me vienes a contar que te encontraste en un bar a la gran… —medí mis palabras— tipita de Ichigo. ¿Y pretendías que yo, Sakura Kinomoto, reaccionara a la ligera?
—¿Qué tiene de malo?
—¿Qué tiene de malo? ¿Qué tiene de malo? —repetí amargamente—. Nada. Excepto el hecho de que te la encontraste, conversaste con ella y hasta le presentaste a Eriol.
Syaoran se llevó los dedos hacia el puente de su nariz.
—¿Estás acaso escuchando lo que dices, Sakura? ¿Qué tiene de malo que converse con alguien como Ichigo?
Exploté.
—¡Todo tiene de malo! Porque se trata de una chica a la que le gustaste. Y quien no trató de disimular el hecho de que se sintió atraída por ti.
Syaoran se rió.
—¿O sea, que no puedo conversar con nadie que se vea atraído por mí?
—¡No! No ahora —contesté— ¿Qué no entiendes? Además, lo hizo en mi cara.
Syaoran, a continuación, se acercó a mí de una forma sombría. Sus ojos me perforaron con frialdad. Su mirada, gélida, me puso nerviosa.
—¿Y qué te importa a ti, Sakura, que una chica se vea atraída hacia mí? ¿En qué te incumbe?
Balbuceé, aturdida. Aquella pregunta me tomó desprevenida.
—Yo… yo…
No respondí. Me quedé mutis. Además, ¿qué esperaba él escuchar?
—Nada —sentencié—. No quiero hablar del tema.
Syaoran no exigió explicación alguna. A él también le pareció conveniente dejar la discusión hasta aquí.
—Me lo suponía —dijo. Y me pasó por un lado con total indiferencia.
Los ojos empezaron a picarme, pero contuve rápidamente la molestia, hasta que, en segundos, se esfumó por completo. Soy una chica fuerte, me infundí.
—Cuando tengas tus ideas claras, Sakura —dijo de pronto Syaoran, a mis espaldas—. Cuando ya comprendas, me avisas, y conversamos.
Y se fue sin decirme más.
(N. de A): Hace tantos, tantos años… Lo siento mucho. Pero es increíble que hasta hace un mes recibí uno que otro review.
Muchas gracias por su apoyo. No sé qué decirles. Perdonen por nunca haber actualizado. Habían surgido varias situaciones. Aunque sé que no es excusa.
La cuestión es que agradezco muchísimo el apoyo. Voy a intentar terminar la historia. En vista que ha gustado… Y bueno, yo también le tengo cariño. Sepan que, tenía ideas escritas, pero las había perdido. Y no me surgía nada interesante, ni prácticamente igual a lo que tenía. Pero, esta vez le eché cabeza al asunto, y traje un nuevo capítulo. Uno largo a decir verdad! Y algo pesado, quizás. Todo narrado desde el punto de vista de Sak. Pero que igual fue divertido escribir. Espero se diviertan leyéndolo.
Mis personajes desde un principio han sido muy OOC… Pero no es algo que me moleste, realmente. Es más, ha sido divertido. Espero que les guste. Muchas gracias de verdad, por su apoyo. Trataré de aparecerme más seguido, para terminar la historia. Un beso gigante. Se les aprecia mucho el apoyo, en serio! No tengo mucho que decir, estoy con el rabo entre las piernas, jajaja. Un beso. Y saludos.
