Disclaimer: Está demás decir que ningún personaje de Percy Jackson me pertenece. Sólo una historia para entretenimiento, sin fines de lucro.

Summary: Una misión simple hace surgir asuntos complicados. Quizá Percy no sea el héroe invencible que el creyó. Los dioses están más metidos en su vida de lo que él cree.

Cronología: Después de "La batalla del Laberinto" y antes de "El último héroe del Olimpo" (Percy Jackson y los dioses del Olimpo).


X

La misión.

Ajustó el tirante de su vestido por cuarta ocasión. La prenda pasaba olímpicamente resistiéndose a ser portada de forma adecuada. Quizá la talla no era la correcta y su vestido se movía de su lugar a la primera oportunidad. Sólo sabía que detestaba los vestidos, el perfume de diseñador, y Las Vegas.

Creyó darse por rendida, cuando en un acto de desesperación, recurrió a los consejos de los chicos de la cabaña de Afrodita con respecto a ocultar su origen semidiós: nada mejor que dosis fumigantes de perfume de diseñador. Pero al llegar al séptimo piso sin ser detectados, tuvo que admitir que funcionaba de maravilla. Imaginó lo que pasaría si sus hermanos en la cabaña de Atenea, llegaran a enterarse de los métodos de infiltración adoptados esa noche. La idea le abrumó tanto, que mejor pasó a olvidarla. Así que volvió a cerciorarse que el bendito tirante de su vestido estuviese en su lugar por quinta vez, antes de volverse hacia su acompañante.

Al menos, alguien parecía sentarle bien el disfraz. Portaba con gracia su traje negro satinado, con el saco desabotonado y una playera azul bajo ella, que le daba un toque casual. Su cabello no estaba para nada espectacular: lucía igual de desaliñado y alborotado que siempre, resistiéndose a ser sometido. Pero incluso hasta su estúpido cabello lucía bien con el conjunto, dándole ese aire juvenil y desenfadado que podía derretir a cualquiera. Se obligó a posar sus ojos en otro punto del elevador para no babear en el proceso.

Quizá si esa fuese una noche de sábado cualquiera, y ellos un par de mortales juerguistas, estaría impaciente porque la noche comenzara. Lamentablemente, no era así.

Aún ataviado en un espectacular atuendo, la mirada de Percy permanecía impasible. Mantenía el gesto de apático, balanceándose entre el fastidio y un fugaz remanso de tristeza que no descifraba. Y además, estaba la misión. Se dirigían directo al punto que supuso, aguardaría lo que fuese que el Olimpo reclamaba. Un acceso seguro se encontraba justo en el ducto de instalaciones, oculto en el vestíbulo de los baños de la sala privada del casino. Entrarían por allí, desbloquearían el acceso principal a la bóveda de seguridad y desentrañarían el misterio de la misión, a la espera que Thalía y Nico se unieran. En teoría, sonaba fantástico. No era la primera misión en la que eran compañeros. Pero sí la primera en la que, aún con el hijo de Poseidón a su lado, Annabeth se sentía desconsoladamente sola.

Un suave timbre detuvo la marcha del elevador, anunciándoles la llegada a su piso. Las puertas doradas se abrieron para ser tragados por la oscuridad, humo de tabaco y luces centellantes. Las pequeñas lamparillas distribuidas en las mesas eran la única fuente de luz estable, les revelaron la zona de juego y la pista. Al fondo, el bar se enmarcaba con un espectro de azul vibrante que describía sutilmente las siluetas de las personas cercanas. Tomó una gran bocanada de aire antes de abandonar la seguridad del iluminado elevador.

El cosquilleo en su espalda la asaltó. No. Todo saldría bien. Debían actuar según el plan. Se sobresaltó al sentir una mano que la envolvía por la cintura. Se giró al descubrir a Percy, permitiéndole acogerla a su lado, reduciendo el espacio entre los dos, mientras ella se rendía ante el gesto.

– No me gusta como luce este lugar –le murmuró cerca al oído. Ella solo asintió, sintiéndose sofocada por su brazo. Tampoco le agradaba. La oscuridad que les rodeaba era un arma de doble filo: favorecía su camuflaje entre los mortales, pero les ocultaba cualquier indicio de engendros abominables que se encontraran el en lugar.

– Recuerda, veinte minutos de diversión y nos colamos de aquí –le susurró de vuelta Annabeth.

Él movió su cabeza en respuesta, transformando su mueca en una sonrisa coqueta. En algún punto de aquel oscuro salón, alguien le observaba. No necesitaba saber quién, sólo que Percy acababa de entrar de lleno en su papel, y una parte de ello, no le gustaba.

– Vamos a tomar algo –ofreció dirigiéndola al fondo del salón.

Se acercaron a la barra, una gruesa pieza de cristal azulado por la luz, que a excepción de un par de chicos en el extremo derecho, estaba vacía. El barman no preguntó dos veces y les ofreció de inmediato un par de bebidas profusamente decoradas.

– ¿Puedes ver algo por lo cual preocuparnos? –le susurró Annabeth, provocando una simulada risa divertida en su compañero, como si le hubiese contado un chiste privado.

– Sólo un grupo de chicas al fondo, lucen particularmente terroríficas –respondió con un gesto despreocupado en su rostro.

Se forzó a dibujarse una sonrisa relajada y manejarse junto con Percy. Clavó su vista en su bebida, sospechando de pronto, estuviese envenenada, y tuvo que armarse de valor para dar el primer trago. Recordó con pesar, que en ese sitio, cualquier objeto podía dañarles.

– Y bien, ¿qué es todo eso de meterte con la mitad del campamento? –luego de unos minutos en silencio, soltó la pregunta torpemente, ocultando el nerviosismo en un sorbo a su bebida. La sonrisa de Percy no desapareció, pero su mirada se endureció.

– No estamos aquí para hablar de ello –liquidó él.

– Sólo intentaba aprovechar el tiempo muerto, ya sabes.

Asintió casi imperceptiblemente, con la mirada fija en su bebida.

– Pues no es un buen momento.

– Nunca será un buen momento –le devolvió ella.

– Quizá podrías considerar que no quiero hablar de ello –lanzó entre dientes Percy.

– Nunca está demás aceptar un poco de ayuda –replicó Annabeth, con un poco más de dureza de la que quería. Percy se removió de su asiento, tensando su mandíbula, como intentando controlarse.

– Ojalá alguien pudiera ayudarme –soltó en un murmullo, apenas audible, como si lo dijese para sí mismo. Un deje de una honestidad, ausente estos últimos meses, impregnaron esa simple frase. Por un momento, un destello del antiguo Percy emergió en su contenida impotencia.

– Oye, Percy…

– Creo que tenemos problemas –cortó él, precipitado. Vigilaba de reojo la esquina del salón hacia donde antes, había lanzado una sonrisa –Los dientes de esas chicas lucen demasiado afilados.

Ella asintió.

– Hora de ir al tocador.

Bebieron hasta el fondo de sus bebidas antes de apartarse de la barra. Percy torció la boca en disgusto, contemplando el fondo de su vaso.

– No entiendo como la gente bebe esto cada fin de semana.

– Ni como las mujeres pueden usar vestidos y sobrevivir en el intento.

Él soltó una ligera carcajada y se puso serio inmediatamente, mientras se abría camino entre las mesas.

– Te sienta bien –murmuró Percy torpemente. Ella le devolvió una sonrisa nerviosa, sin saber qué decir. Aún si fuera el tipo de chica que recibía cumplidos todo el tiempo, sospechaba que su cerebro no sabría cómo procesar uno que viniese de él.

– ¿Cómo se supone que luce la entrada a un ducto de instalaciones? –preguntó Percy al llegar al vestíbulo. Incluso con la débil luz de ambiente, sus mejillas lucían sonrojadas.

– Pequeña e inconvenientemente mal ubicada –dijo ella mientras se acercaba a explorar los muros cercanos.

– ¿Y oculta?

– De preferencia. No es un detalle que les gustaría agregar a la decoración –las manos de Annabeth recorrían el muro, de vez en cuando golpeándolo ligeramente.

Él comenzó a imitarla desde el otro extremo del muro. Avanzaron hacia el centro de la pared cubriendo de toques su camino. Unos cuantos pasos se unieron a ellos, acercándose. En un acto instintivo, Percy la tomó de su antebrazo, atrayéndola hacía él. Pegó la espalda de Annabeth al muro, plantándose frente a ella y encerrándola con sus brazos apoyados contra el muro, a cada lado de su cabeza. La frenética respiración de Percy rozaba la piel de su cuello. Comprendió el movimiento como un intento de pasar desapercibidos, haciendo lo que cualquier pareja de adolescentes haría en el vestíbulo, durante una fiesta en Las Vegas. Ella hundió su cabeza en la curva de su cuello, ocultando todo lo que fuera posible su rostro. Debajo de las dosis de perfume, detectó ese olor de brisa de mar que tanto recordaba.

Unas cuantas risas estridentes se unieron a los pasos. Percy deslizó una de sus manos del muro a su cintura, y luego hasta su espalda. Estaba tenso y rígido, como ella, esperando en cualquier momento lanzarse a atacar. La velocidad de los pasos se redujo cerca de ellos. Unos cuchicheos, risillas agudas y el pivotar de la puerta. Annabeth levantó su vista justo cuando el grupo de cinco chicas se escabullía dentro del baño. No eran más que unas adolescentes.

En un último vistazo, reparó en una singularidad de su anatomía.

Empusas –susurró contra la piel de Percy, cuando el grupo de cuatro chicas desapareció tras la puerta.

– Encantadoras –agregó él, encontrando sus rostros a pocos centímetros entre ellos– Sabía que las había visto antes.

– No me sorprendería que el resto de la sala este infestado de ellas –atinó nerviosa, dejando caer su mirada sobre los insistentes ojos de Percy. Sondeó su rostro, tensado en una extraña expresión, intuyendo un leve sonrojo reaparecer en sus mejillas. Se reprendió a sí misma cuando se encontró contemplando los labios entreabiertos de su compañero.

– Pues tengo buenas noticias –alardeó él en un murmullo, sin gesto alguno de aumentar la distancia entre los dos.

– ¿Ah sí? –retó Annabeth, sintiendo su rostro arder en rojo, aturdida por la cercanía. Percy se dibujó una media sonrisa, divertido, mientras hacía resonar la sección de muro tras su cabeza.

– Encontré tu ducto.

Tan pronto reventaron el cerrojo, se escurrieron dentro. Era apenas un poco más de metro de ancho, con un sofocante olor a humedad y se perdía en la oscuridad. Tuberías de todos colores subían, bajaban y giraban.

– Que elegante –murmuró Percy.

Annabeth sacó una linterna de su bolso de mano y buscó la tercera puerta a su derecha. La encontró enseguida, la única con cerradura hacía el ducto.

– ¿Es esa? –preguntó incrédulo Percy.

– Según el plano, sí. Comunica a la bóveda.

– ¿Sólo una cerradura? ¿Ningún otro mecanismo anti-semidioses-ladrones?

– Vamos a averiguarlo –propuso Annabeth, apartándose de la puerta mientras Percy desplegaba su espada y destrozaba la cerradura de un tajo.

–.–

Cayeron con un sonido sordo provocando un eco. Se encontraron en una sala grande, con doble altura y muros grises, abarrotado de paneles de control con maquinaria compleja y pesada. Una sección circular del techo era de cristal, que en ese momento les permitía ver el cielo contaminado de luz artificial de la ciudad. Bajo él, del mismo diámetro, una enorme cisterna acristalada de unos cuatro metros de altura, burbujeaba ligeramente con agua cristalina. Brillando con un tenue color plata, un cilindro se sujetaba justo al centro de la cisterna, conectado a una especie de bobinas que sobresalían del agua hasta terminar en una suerte de antena.

– ¿Eso es todo? –replicó Percy.

Ella negó, dando uno que otro paso cauteloso y devorando con la vista los detalles. La antena emergía del agua hasta conectar con el techo acristalado. A sus pies, un perímetro de metro y medio marcado en amarillo rodeando la base de la cisterna. Pero nada más. Ni alarmas, vigilantes o cámaras. Lo único que les separaba, era la puerta de acceso plomada al fondo del salón.

– Está claro que mi parte será la pecera gigante –lanzó frío Percy.

– Y sacar el cilindro de allí –pronunció Annabeth, cuestionándose la situación –Pero algo no está bien –terminó susurrando.

Tras ella, Percy farfulló algo de dar la señal, arrastrándose hacia los tableros eléctricos al fondo de la sala.

– Es demasiado fácil… –volvió a susurrar. Un par de crujidos sellaron de golpe el ducto por el que se colaron, sobresaltándola.

– ¿Percy?

– No fui yo –se defendió él alejando sus manos de los controles.

– Entonces…

Gritos agudos, inhumanos, se colaron desde el acceso principal, al otro lado de la sala. La puerta plomada tambaleó como una hoja.

– Parece que ya nos notaron –le susurró Percy, deslizándose hasta ella y desplegando Contracorriente– Acabemos con esto.

– Debemos esperar a Thalía y Nico –le recordó ella.

– Iré por esa jodida cosa y nos vamos –escupió entre dientes Percy, pero apenas le escucho. Bramando entre el romper de cristales y estallidos de muebles, los gritos humanos se mezclaban dolorosamente.

– ¡No funcionará así! –rugió Annabeth, rozando el límite de su paciencia. Algo fuera estalló, acallando por un instante el caos. Ambos giraron hacía la puerta, con sus respiraciones aceleradas por el terror. Un segundo embate, desató otra oleada de caos y estruendo.

– Si nos quedamos aquí, esas cosas destruirán todo el lugar –bramó él, lanzándose hacia la cisterna.

– ¡Espera! –Ordenó, aprisionando el antebrazo de Percy, reteniéndolo –Se necesita una descarga potente para desbloquear el mecanismo que lo retiene.

Él le devolvió una mirada iracunda, zafándose de su agarre.

– ¡Entonces esperemos a Thalía, mientras escuchamos como se divierten esas cosas descuartizando mortales! –estalló Percy.

Reconoció en su rostro, el gesto airado que lució en su discusión con Clarisse. Allí estaba de nuevo, su versión explosiva y temeraria. Por solo un segundo, detectó algo que la heló. Era como si toda la destrucción al otro lado de la puerta se condensara en su mirada. Una profunda devastación, y en el fondo, un tono de dolor. Annabeth había estado a punto de noquearlo para controlarlo, hastiada de su actitud. Pero en ese momento, supo que ese no era el problema. La otra ecuación en la misión, era él. Y aún no lograba resolverla.

Apartó de él su mirada. ¿Qué estaba mal con él? Lo escuchó rugir rabioso alejándose, estrellando su puño contra algún objeto más adelante. Se volvió a la enorme cisterna cristalina. La claridad y serenidad de aquel líquido contenido le devolvieron un fragmento de aquella mirada verde mar, cautivadora y dulce, que antes conocía. Aquella con el poder de sacarla de quicio a veces, y en otras, sumirla en la más profunda paz y seguridad. La desoladora idea de perderla para siempre, la abrumó.

Tuvo que explotar la puerta tras ellos para que lograran reaccionar. Thalía y Nico aparecieron con ondas de humo tras de ellos. Se arrastraron dentro, cerrando tan rápido como se permitieron la puerta tras ellos.

– ¿Ha eso le llaman misión de incognito? –bufó Thalía. Con su Egida extendida y ataviada con vestido de encaje, parecía venir de una fiesta de disfraces.

– ¿Cómo está todo allá fuera? –preguntó de inmediato Percy.

– Como debería lucir una guerra civil, supongo.

Percy giró por un instante hacía Annabeth, como si fuese a reclamarle, pero de inmediato se volvió con Thalía, recordando la discusión de antes.

– Debemos sacar a toda esa gente de aquí –insistió, autoritario.

– Estarán bien. Activaron las alarmas de emergencia, creerán que es un incendio –devolvió Thalía– Creo que hay que preocuparnos más por nuestro pellejo.

– La mitad ya estaba fuera cuando entramos –agregó Nico– retendrá un momento a las empusas.

Percy asintió a regañadientes, no del todo convencido.

– ¿Qué tenemos? –inquirió Thalía, acercándose.

Se detuvieron frente a la cisterna, con el ceño fruncido.

– Necesitamos de tu truquito favorito de hija de Zeus –respondió Percy. Se arremangaba las mangas de su saco, masajeando disimuladamente el antebrazo que Annabeth le sujetó. Era el brazo herido por Beckendorf –Justo allí.

Él les señaló a los recién llegados la cisterna.

– No hay problema –dijo Thalía. Percy asintió, conteniendo una mueca de dolor. Su mal atendida herida se había reabierto.

– ¿Dónde entro yo? –mustió Nico. Los tres semidioses se giraron hacía él. No era evidente su intervención. Pero cualquier cosa que requiriera control por poderes del inframundo no debía ser buena.

– Supongo que lo descubriremos en el proceso ¿no es así? –Annabeth le confirmó moviendo su cabeza levemente, en respuesta a Thalía.

– Creo que tengo que subir –murmuró Thalía, incómoda con la idea de elevarse metros sobre el piso.

– Vaciaré esto –se adelantó Percy.

– No es buena idea –pronunció con voz mecánica Nico, su mirada perdiéndose en el fondo del agua.

– ¿Disculpa? –inquirió Thalía, enarcando una ceja. Nico volvió su mirada hacia ella, vacía y perdida.

–Es del río Cocito –pronunció al fin, con un hilillo de voz.

Percy estaba a punto de espetar en contra, pero se petrificó. Annabeth sabía de cierta experiencia de ellos tres en el inframundo, buscando la espada de Hades, que involucró desviar ríos del Inframundo. Aunque nunca se enteró de los detalles, concluyó que no era algo sencillo.

– Ni una sola gota ¿no? –dijo al fin Percy.

Pero la confirmación vino de Thalía, tragando saliva.

– En cuanto estés listo, dame una señal, ¿vale?

Intercambiaron una mirada pesada, que iba más allá de un acuerdo no verbal. Transmitía comprensión. Un poco de aquella que quizá sólo un hijo de los Tres Grandes le podía brindar a otro, en su misma condición. Sus pasos vibrando lejos, subiendo por la escalerilla marina hacia la azotea, les aviso que Thalía daba por iniciado el plan. Desde el otro lado de la puerta plomada, una creciente ola de rugidos amenazaba, acercándose.

– Te cubrimos –indicó Nico desplegando su espada. Ella lo imitó, con daga en mano.

– Y Percy –murmuró Annabeth, antes de alejarse –Perdón…por lo de tu brazo.

Pero antes de que alcanzara a posicionarse junto a Nico, un sonido sordo tras de sí la obligo a volver. Una ráfaga de incredulidad y terror marcaba el rostro de Percy, con sus ojos como platos. Aún sobre sus rodillas, mantenía los brazos extendidos hacía el frente, como si detuviera algo invisible.

– Imposible –le escuchó susurrar.

– Es porque no es agua –agregó la voz de Nico tras de él. Percy asintió, incorporándose.

– Entonces no de…

– Puedo hacerlo –cortó Percy a Annabeth, volviendo a elevar sus brazos.

Por un instante, sólo lo observó tensar su mandíbula y estrechar sus ojos. Después, no tardó mucho en sentirlo. Vibraba como si taladrara el piso bajo ellos, la energía circulando en el aire. Podría haberlo visto cientos de veces usar sus habilidades, pero nunca antes se sintió tan intimidada por la magnitud de poder que irradiaba Percy. Incluso su cuerpo parecía querer volverse líquido, para doblarse ante su voluntad.

Era temiblemente fascinante.

Se encontraron tan absortos, que no notaron de inmediato la oscuridad densificándose en torno a ellos. Así que cuando sintió el frío penetrando sus huesos, las sombras ya estaban bastante densas a su alrededor. Escuchó a Nico gritar órdenes hacia la espesa niebla, sin comprender el porqué, hasta que aquella mano aprisionó su brazo. En un acto reflejo, su daga se clavó en el cuerpo gelatinoso, librándose de aquel fétido zombie.

– Así que este es el mecanismo anti-semidioses-ladrones –atinó Annabeth, cuando la espalda de Nico se encontró con la suya.

– Eso creo –replicó Nico.

– ¿Puedes controlarlos?

– ¿A todos? –inquirió él de vuelta, incrédulo.

– ¿A qué te refieres?

– Oh, claro –clamó Nico, como si resolviera un gran acertijo –No puedes verlos.

Analizó la niebla que los replegaba al perímetro de la cisterna. Para Annabeth no era más que espesa oscuridad, pero para el hijo de Hades era más que eso.

– ¿Qué son? –le preguntó.

– No te gustaría saberlo –respondió Nico, antes de verlo lanzar un tajo tragado por la niebla, retirándose un poco.

– Sea lo que sea, hay que mantenerlo a raya –Nico asintió. Se volvió un segundo hacia atrás. Percy tenía el cabello pegado a la frente por el sudor, y lucía pálido. La envolvente de cristal apenas vibraba. Lo que sea que fuese aquel líquido, le drenaba rápidamente la energía. Para cuando lograra mover todo esa materia fuera, ya no tendría la fuerza suficiente para darle tiempo a Thalía. Tenía que encontrar otra forma…

– ¡No necesitas sacarla! –Avisó a Percy, apenas formó la idea en su mente –Sólo necesitas alejarla del centro.

Percy se volvió durante un segundo con ella.

– ¿Qué dices?

– ¡Fuerza centrífuga! – gritó Annabeth a Percy.

– ¿Qué rayos…?

– ¡Tienes que aplicar una fuerza circular sobre el agua para que la fuerza cen…!

– Dioses, ¡habla claro, listilla! –le devolvió él, cansado.

Annabeth rodó los ojos.

– ¡Sólo haz girar el agua como una maldita licuadora! –zanjó ella, volviendo con Nico.

Hordas de nebulosa oscura serpenteaban cada vez más cerca de ellos. Nico lanzaba tajos cada vez que una figura emergía de ella, esfumándola en vapor blanquecino. Sólo que no estaban disminuyendo. Annabeth se lanzó contra otra silueta que se densificaba cerca de ella. Cortó de un tajo lo que debía ser su extremidad, pero este no se volatizó. Cayó junto a ella, profiriendo un gemido, antes de volver a reincorporarse. Y duplicarse.

– ¡Se multiplican! –gritó, llamando la atención de Nico.

– ¡No! –dijo él, volviéndose a cortar un par de sombras más –Es por el bronce celestial.

No con el acero estigio. Cada estocada de Nico dispersaba la niebla. Diseñado solamente para ser vencido por un sujeto en específico.

Por un hijo de Hades.

– Intentaré algo –escupió él –Sólo…aléjate de las sombras.

Más gemidos infrahumanos chillaron cuando Nico se internó en la oscuridad. Pero no desapareció. Su silueta brilló, como si la piel del chico estuviese ardiendo en llamas, iluminado entre las sombras. Lo contempló arremeter a la nada, como una coreografía sincronizada a los lamentos infernales. Cuando creyó no poder percibir más allá, el rugido del trueno la sacudió.

Se volvió con Percy, al otro lado de la cisterna. El flujo sacudía el contenedor de cristal, ganando velocidad y comenzando a crear un vórtice libre al centro.

– ¡Funciona! –alcanzó a escuchar a Percy vociferar, en una mezcla de terror y euforia. Su semblante se tornaba grisáceo, cómo si la fuga de energía le succionara el color.

– ¡Sólo un poco más! –gritó Annabeth, apenas superando el zumbido y la algarabía de lamentos en el aire.

El ritmo de giro siguió acelerándose, rugiendo como una criatura salvaje al ser sometida. Las sombras le seguían de cerca, en expansión a la par del oleaje.

– ¡Thalía! –bramó Percy con voz ronca y sus brazos temblando – ¡Ahora!

Sobre ellos, el cielo de las Vegas relampagueaba, como miles de fotógrafos luchando por una exclusiva. Nadie respondió.

– ¡THALÍA!

El cristal del techo colapso en una lluvia de fragmentos tintineantes. La onda de energía del rayo los lanzó hacia el piso, desorientándolos. Annabeth no sabía si el furor del trueno silencio todo, o eran sus oídos dañados los que no registraban nada más. Con la poca definición que le brindaba su visión, se encontró con el resplandor del cilindro liberado. El líquido a su alrededor parecía haberse congelado, dejándole expuesto.

"¿Percy?". No logró escucharse a sí misma. En la bruma de la confusión, decidió que aquel bulto inerte a unos metros de ella era un Percy. Buscó con desesperación algún rastro de Thalía, sin éxito. Una mano se posó en su hombro, sacudiéndola. Nico hablaba. O eso parecía. Annabeth le señaló la cisterna, delante de ella, aún sin saber si en realidad era Nico o su cerebro se encontraba afectado por la electricidad.

–…que…ir… –descifró Annabeth de la boca de Nico, antes que él desapareciera frente a sus ojos. Un borrón oscuro parpadeó un par de segundos dentro de la cisterna. Al siguiente, el hijo de Hades dejaba caer el cilindro en sus manos, para luego desplomarse juntos.

–.–

– ¡Annabeth!

Una bofetada.

– ¡Dioses!

Se incorporó, mareada, encontrándose cara a cara con Thalía.

– ¡Lo siento! –se lamentó su amiga, sorprendida –Pero no podía despertarte y…

– ¿Percy?

Thalía señaló al bulto estático a su derecha.

– Y Nico también. Vamos, tenemos que sacarlos de aquí.

– ¿Cuál es el problema?

La observó tragar saliva, intranquila. Su semblante estaba pálido, y el azul eléctrico en sus ojos se había esfumado, dejándole un tenue gris.

– Licántropos.

Ni siquiera se detuvo a analizarlo. La secuencia de sus actos se esfumó en su mente borrosa. Guardó el cilindro dentro de su bolso de mano y se lanzó por Percy. A diferencia de Nico, que ya se incorporaba tirado por su amiga, el hijo de Poseidón se encontraba severamente aturdido. Daba un traspié tras otro, como si se moviera sobre la cubierta de un barco en altamar, sin poder equilibrarse. Con las pupilas dilatadas, escudriñó todo su campo visual, confuso. No fue hasta cuando él registró el rostro de Annabeth como algo conocido, que le siguió.

– ¿Por qué…? –balbuceó Percy, dando tumbos a su lado.

– Tenemos problemas.

– ¿Problemas? –atinó apenas.

– Licántropos –terció Annabeth –Hay que salir de aquí…

Él se detuvo en seco, sus pasos chapoteando en la tinta negra que ahora cubría el piso.

– No –cortó apenas Percy.

Conectó con su mirada unos instantes. En algún punto de su conmoción, su sobreprotectora parte reaccionaba.

– ¡Hey, chicos! Salgamos de aquí –insistió Thalía, deteniéndose unos pasos más adelante.

Lo conocía lo suficiente para saber que su negativa, en ese momento, era irrevocable. Se quedaría a asegurar que la menor cantidad de personas salieran dañadas. Aún si éstas fuesen un montón de mortales libertinos y él estuviese tan agotado que cualquier ínfimo esfuerzo más, podría matarle. Dejarle tan débil, hacerse cargo, no era una opción. Sería como servirles un banquete de semidiós a los licántropos.

Y que los dioses la protegieran, pues Annabeth Chase nunca sería capaz de abandonar Percy Jackson.

– Vayan, despistaremos a los licántropos –lanzó ella, sin despegar su mirada con la de Percy. Él asintió, como aprobándolo, y dieron marcha atrás. Thalía no discutió y salió disparada lo más rápido que Nico le permitía.

– ¿Cuál es el plan? –inquirió ella, cuando se aseguró de que sus amigos estaban ya fuera de su alcance.

– El mismo de siempre –atinó Percy, encogiendo los hombros –Improvisar.


¡Piedad! Guarden sus lanzas y espadas. Juro que este es el último flash back de todo el fic. Sé que estaban ansiosos por saber la continuación del encuentro con Hermes, pero ésta parte de la historia no iba a quedarse en el limbo. Además de casi dos meses sin actualizar, les debía la versión entera de la misión en Las Vegas, y todas estas piezas más que embonarán en los próximos capítulos.

Y los pequeños destellos Percabeth de este capítulo. Espero que sean suficientes para que me perdonen la vida. Afortunadamente, el siguiente capítulo ya está avanzado –parte de él estaba escrito desde hace meses- así que me daré prisa por el siguiente.

El final se acerca ;).

Atrasadas, felices fiestas navideñas, de año nuevo y un adelantado Feliz San Valentín. No sean crueles, y dejen sus comentarios, observaciones o amenazas en el recuadro de abajo.

¡Hasta la próxima!

Bethap.