Capítulo 10.
Malvaviscos y competencia.
Pruebo mi primer malvavisco asado, cocinado por Vegeta después de haber quemado cinco. Está delicioso. La porrista le pide que le cocine uno, y porque él sigue siendo Vegeta el Cortés, lo hace. No tengo que preguntar. Me hace otro, luego tantos como quiero, sin siquiera tener que pedirlo. Eso le molesta a ella.
Yaciendo en la tienda con ella esa noche, miro a través de la pantalla del techo abierto al impresionante despliegue de estrellas sobre nuestras cabezas. Nunca he visto tantas estrellas, pero Vegeta me explicó que siempre están ahí, solo que no podemos verlas por todas las luces de la ciudad. Trato de encontrar las constelaciones que me señaló.
—¿Bul? —Mi nombre susurrado viene del saco de dormir de la porrista.
—¿Qué? —Espero que mi tono transmita efectivamente mi irritación por la interrupción de mi satisfacción.
—Así que, ¿estas, como, tras Vegeta?
—Tras él, ¿cómo?
—Quiero decir, ¿te gusta?
—Por supuesto que me gusta.
—No, ¿te gusta, gusta?
—Es mi amigo. Por supuesto que me gusta.
—¿Estás siendo deliberadamente densa? —Suena frustrada, y sonrío, porque lo estoy siendo. Dejo caer la sonrisa, me giro para enfrentarla, apoyándome en mi codo.
—¿Qué estas preguntando, Lázuli? ¿Qué quieres?
—Es bastante lindo —dice.
—Supongo. Si te gustan los nerds.
—Es muy agradable también. Fuerte. Te cargo como si fueras nada. Es divertido. Y tiene una gran voz. —Hay un ligero fuego en mi estómago ante sus palabras, así que las mías son duras.
—¿Hay un punto para esta estúpida conversación sobre las características superiores de Vegeta?
—Creo que como que me gusta. Así que si no estás interesada en él de esa manera, entonces pensé, ya sabes, que yo podría…
—¿No eres un poco mayor para él? —la interrumpo.
—No, solo tengo dieciocho años. Y él tiene diecisiete, ¿verdad?
—Estás en la universidad.
—Me gradué antes. Probablemente soy sólo un año mayor que él, si acaso.
No me había dado cuenta de que está tan cerca de mi edad. Está dos años por delante de mí en sabiduría escolar, así que me imaginé que era algo parecido en sabiduría de años también.
—Si no tienes un problema con ello, creo que podría ir por él.
Sus palabras me hacen querer estrangularla, pero ¿qué puedo decir? ¿No, él es mi proyecto favorito, quien me gusta aunque no lo planee así y quien cree que soy algo que no soy, así que mantente alejada hasta que termine con él?
—Haz lo que quieras —le digo irritada, rodando sobre mi espalda para mirar hacia afuera otra vez. No creo que Vegeta se aleje. Se ha enganchado muy bien en mi trampa. Creo. Espero. Esto podría ser divertido de ver, de todos modos.
Pretendo que no hay lágrimas corriendo por mis mejillas.
Ella se levanta temprano y se convierte en una linda corredora, apresurándose para cronometrar su salida de la tienda de campaña mientras que Vegeta y su padre están calentando. Está obviamente vestida para ir a correr, ¿así que, que podía hacer la amable pareja más que invitarla a unírseles?
Para crédito de Vegeta, asoma la cabeza en mi tienda y me pregunta si quiero ir.
—Ampollas —le digo, señalando mis pies.
Ella lo sigue sin tregua durante todo el día, coqueteando descaradamente, riendo estúpidamente por todo lo que dice. Más tarde en el día, se las arregla para deshacerse de ella, no es tarea fácil, y tira de mí rápidamente lejos a los densos árboles que rodean el campamento, caminando rápidamente hasta que estamos fuera del alcance del oído de los demás.
—¿Podemos bajar la velocidad, JarJarBlinky? Los pies están protestando —me quejo.
Se vuelve hacia mí con una disculpa.
—Lo siento. Y es JarJarBinks.
—Sí, claro, lo sabía. ¿Cuál es la prisa?
—Escapar.
—¿Escapar? —Bajo el tono de mi voz de forma conspiradora—. ¿De quién? ¿O es quiénes? Nunca puedo recordar.
—De tu hermana. —Suena acechado.
—No tengo una hermana —le digo con firmeza, el tono burlón se ha ido de mi voz.
—Está bien. Tú hermana de acogida. Lo que sea. Me está volviendo loco.
Esta pequeña noticia me hace feliz.
—¿Sí? ¿Qué está haciendo?
—Donde quiera que voy, ahí está. Está constantemente siguiendo mis pasos, haciéndome toda clase de preguntas y riéndose de todo lo que digo, incluso cuando ni siquiera es gracioso. ¿Cuál es su problema?
Asiento seriamente, considerando su cuenta su dilema.
—Creo que puedo ayudarte, mi joven pad—a—man.
—Padawan —me corrige.
—No me corrijas —continúo, jugando mi papel de detective, paseándome y acariciando mi barbilla con la mano en la cadera—. Estoy en algo.
Lo miro en silencio hasta que su paciencia se termina—lo que es un total de unos cinco segundos.
—¿Qué? —explota. Me encojo de hombros y vuelvo a ser sólo yo.
—Le gustas. —Me mira fijamente, aturdido.
—¿Le gusto? ¿No es un poco mayor para que le guste un chico de secundaria?
—No, ella tiene sólo dieciocho años, se graduó antes. Debería ser de último año, yendo a la escuela con nosotros. ¿No sería una alegría?
—¿Por qué le gustaría yo?
Levanto una mano, destacando las palabras que ella dijo con mis dedos.
—Dice que eres lindo, divertido, tienes una gran voz, eres fuerte... —Mi voz se va apagando y dejo caer mis manos, encogiéndome de hombros—. Lo más probable es que pueda sentir que me gustas, y ella es extremadamente competitiva.
Me mira sospechosamente.
—¿Cómo sabes todo esto?
—Ella me lo dijo.
—¿Ella qué? —Está incrédulo.
—Anoche me preguntó si pensaba que debería ir tras de ti.
—¿Y qué dijiste?
—Le dije que hiciera lo que quisiera.
—¿Qué? —Su tono indica su indecisión sobre si debe estar más enfadado o sorprendido por esto.
—Nunca dejes que se diga que limité tus opciones —digo, levantando un dedo para enfatizar mis palabras.
Él me mira por unos minutos. Finalmente camina hacia mí, deliberadamente, de una manera que me pone a la defensiva.
—Vas a pagar por esto —dice.
—Ah, ¿sí? ¿Cómo?
No responde, sólo tira sus labios hacia atrás sobre sus dientes en una mueca amenazante. Me mantengo firme en mi terreno.
—No te tengo miedo.
—Deberías tenerlo —dice mientras se abalanza y me tira encima de su hombro como un saco de patatas.
—Bájame, imbécil —grito, riendo, golpeando su espalda.
Me ignora, caminando con propósito. No puedo ver a dónde vamos desde que estoy colgando en su espalda, pero no pasa mucho tiempo hasta que escucho la corriente del río. Me pongo rígida.
—No te atrevas, Vege.
—Tienes que aprender una lección, Cassandra.
—¡Viaje a las estrellas! Sé de donde es eso. ¡Eso tiene que ser mi tarjeta para salida gratis de la cárcel!
—Lo siento, pero no esta vez —dice, pero no suena como que si lo sintiera en absoluto.
Entra en el río hasta la cintura, dejándome caer completamente, agua helada me zambulle. Salgo escupiendo y riendo, y él está de pie, piernas extendidas, la cabeza de perfil, con los brazos cruzados sobre su pecho en señal de victoria, luciendo feroz. Me río porque conozco esta postura.
—Vas a caer, Hércules —le digo mientras lo tacleo alrededor de las rodillas.
Él cae fácilmente, ni siquiera tratando de mantenerse parado, saliendo resoplando y salpicando como si se estuviera ahogando. Así que empujo un puñado de agua hacia él, y la lucha continúa. Finalmente, me toma por la cintura y me jala tan cerca que no puedo salpicarlo de nuevo.
—Tus labios están azules —me dice.
—Los tuyos también —digo, envolviendo mis brazos alrededor de sus hombros.
—Sé como calentarlos —dice.
A pesar del agua fría que nos rodea y humedece nuestros cuerpos, este beso tiene más calor en el que cualquier otro que me haya dado antes.
Mientras caminamos de vuelta al campamento, entrelazados y temblando, pregunta:
—¿Podrías por favor calmar a tu hermana?
Dejo que use el término, sabiendo que está tratando de irritarme.
—Por supuesto que no. Esto va a ser demasiado divertido de ver. —Sólo recuerda que dijiste eso —amenaza—. Porque el cambio de sentido es juego limpio, ¿verdad?
—¿Qué significa eso? —pregunto con desconfianza. Él sólo sonríe en señal de mal auguro en respuesta.
Vegeta se vuelve hacia Lázuli, siendo demasiado encantador y cortés con ella. Por supuesto, esto la anima, y presiona su propio traje más fuerte, lo que sólo termina fastidiando a Vegeta. Muy divertido. Después de apenas un día se da cuenta que sólo está cavando su propia tumba, por lo que regresa a abandonarla cada vez que puede, llevándome con él.
Cuando ella no entiende sus intenciones, canta una cursi canción de amor en la fogata, mirándome directamente, claramente cantándome. Ella todavía no lo entiende. Él decide que tiene que ser aún más descarado.
Estoy apoyada contra un árbol, viéndolo tratar de maniobrar lejos de ella mientras ella se sienta a su lado, ayudándolo a pelar maíz. Me había pedido que les ayudara con una mirada suplicante en sus ojos, pero ella rápidamente se negó a eso. Así que simplemente estoy viendo, controlando mi sonrisa ante su desconcierto. Él termina su pila en un tiempo récord y se acerca a mí. Pone una mano en el árbol, inclinándose hacia mí.
—Por favor, ayúdame —suplica. Su plegaria es genuina, y decido darle un poco de misericordia.
—Ella va a la tienda —le digo—. Bésame.
—¿Cómo es que eso va a ayudar si no puede ver?
—¿Necesitas una razón para besarme?
Piensa acerca de esto por medio segundo completo.
—Buen punto.
Se inclina, labios sobre los míos, colocando su otra mano contra el árbol en el lado opuesto de mí, sin tocarme de otra manera. Unos segundos más tarde, escucho el grito revelador, y sé que ella ha visto. Él lo escucha también si su sonrisa contra mi boca es indicación de ello. Lázuli se va pisoteando ruidosamente
—Gracias —dice, apoyando su frente contra la mía—. Es implacable. —Un pequeño gusano de culpa se retuerce a través de mí. Ella no es la única que es implacable. Mi objetivo está más cerca con cada beso.
—Por cierto, ha sido agradable ver tu cara durante toda la semana.
—Ves mi cara todos los días—le digo, confundida.
Toca mi mejilla. —Me refiero a tu verdadera cara, la que no está oculta detrás de todo ese maquillaje. Eres tan hermosa.
—Eres un idiota, Vege —le digo, apartando la mirada, avergonzada por el cumplido.
—No, no lo soy. Soy Hércules. Me dijiste eso tú misma. —Me río y lo empujo.
Esa noche él pone su brazo a mí alrededor cuando nos sentamos alrededor del fuego, y me burlo del estúpido gesto en mi mente, para asegurarles a mis amigos que lo hice. Debajo me siento cálida y difusa.
Toma mi mano, y sé que lo estoy tambaleando, incluso si mi corazón repiquetea un poco cada vez que lo hace.
Él me besa, y finjo no darme cuenta de que mis dedos se encogen un poco cada vez que lo hace.
Decido que realmente me gusta acampar.
