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Capítulo X

—Hemos llegado a la cueva de la perdición. —Les explicó Yuritzi.

—¿Y tú quién eres? —La interrogo Vladimir con su potente voz masculina y grave.

—Yuritzi. Es mi deber el cuidar de los túneles embrujados. —Se presentó orgullosamente.

—Eres divina. —La alagó Linda.

—Te agradezco. —El hada dorada destelló contenta.

—Yuritzi, ¿de quienes eran las pinturas en las paredes? —Rapunzel estaba verdaderamente intrigada.

—¡Oh! —El hada sonrió dulcemente. —De todos los enamorados que han pasado por mis túneles.

—¿Acaso es el destino turístico número uno para los que salen de Luna de Miel? —Bromeó Garfio.

—Cada año pasan por aquí varias parejas, si logran pasar ese desafío comprobaran que su amor será eterno.

Narizón y Linda compartieron una tierna mirada; Eugene le dio un rápido besito a su princesa.

—A mis murciélagos les gusta tener compañía. —Rió el hada brillando como una estrella.

Un par de murciélagos marrones volaban alrededor de Pascal, los tres sonreían y jugaban como si llevaran años de conocerse. El pequeño camaleón intentaba alcanzar a un murciélago con su elástica lengua rosada.

—Lástima que los túneles tienen mala fama. —Garfio comentó acariciando el murciélago que se había posado sobre su hombro.

—Sí, creen que hay fantasmas, ¡háganme el favor! Si supieran que después de que pasan la prueba los acompaño hasta su aldea. —Les contó el hada.

—¿Y cómo cruzaremos esto? —Rapunzel admiró angustiada el profundo abismo que debían cruzar para seguir su riesgoso trayecto.

—No te preocupes los acompañaré hasta que veamos a Xcaret, ella protege a quienes están lo bastante locos para desear recorrer está cueva.

—¡Gracias! —Le dijo Flynn con sarcasmo.

Las altas paredes conformadas por rocas grisáceas, parecían haber sido talladas y dispuestas de ese modo intencionalmente. Vladimir y Garfio se asomaron al fondo del abismo donde abundaban huesos de dinosaurios, cráneos blancos con expresiones vacías. La Cueva de la perdición estaba recubierta por una enorme piedra pulida y blanquecina. Una luz pálida que permitía ver las virutas de polvo alumbraba el delicado camino.

—Sigamos. —Yuritzi jugaba con la dorada caída de su vestido y encabezaba la expedición.

Eugene y Rapunzel caminaban con precario equilibrio sobre la columna vertebral de un diplodocus, Max y Garfio trepaban no sin cierta dificultad las costillas de un triceratops. Linda y Narizón escalaban sin mucho éxito los huesos de un pterosaurios. Por otra parte Vladimir y Pascal estaban recios a pisar huesos de reptiles extintos.

—¡Dense prisa! —Los instaba Flynn saltando de cráneo en cráneo, con un ímpetu envidiable.

—¿Y cuál es el peligro aquí? —Le cuestionó Garfio a Yuritzi a voz de grito.

El hada con líquidos rizos dorados se echó a reír sonrojándose sus mejillas.

—Ninguno, no han estado en verdadero peligro.

—Casi nos come un ogro, estuvimos a punto ahogamos por culpa de unas ranas, pudimos perdernos para siempre en los túneles, ¡y ahora estamos entre restos de dinosaurios! —Enumeró Narizón sacudiéndose el polvo que se adhería a su ropa.

—Puede que sean huesos polvorientos pero es un hecho que tienen vida. —Afirmó el hada.

Pascal corría tan velozmente como podía con sus patitas verdes, pero se resbaló y fue a chocar contra un cráneo alargado, el pequeño camaleón retrocedió un poco y vio como el cráneo del dinosaurio chocaba los dientes. Eugene y Rapunzel casi llegaban al otro lado de la cueva, Linda alzó la vista para verlos cuando sintió unas garras jalando su vestido, se dio la vuelta y vio una pata blanca aferrándose a la tela, ¡un segundo antes ese dinosaurio no estaba ahí! Vladimir se había rezagado y delante de él Max avanzaba sin soltar su espada, Vladimir sintió algo delgado bajo su bota y escuchó un quejido chillón, al levantar el pie un dinosaurio del tamaño de una gallina salió disparado.

—¿Qué es esa cosa? —Gritó Narizón con la vista borrosa y el sudor bajando por su frente, estaba por desmayarse, ¡cómo le temía a los fantasmas!

El pequeño y veloz dinosaurio pasó junto a la princesa Rapunzel y temblando sus huesitos se detuvo junto a Yuritzi. Al lado de la parpadeante hada dorada, empezaron a verse una especie de juegos artificiales a pequeña escala, tonos morados en sincronía con resplandores violetas, los esqueletos de los dinosaurios empezaron a moverse, los cráneos sonreían y los huesos se reacomodaban para completar los cuerpos imponentes y poderosos.

—¡Vuelven a la vida! —Garfio se abrazaba al cuello de un diplodocus.

—¡La única manera de llegar a Laetitia es a dinosaurio! —Xcaret al fin apareció con sus ropas de lentejuelas moradas. —Yo me encargaré desde aquí Yuritzi.

—¡Suerte! —El hada de rizos rubios desapareció entre humos dorados.

—¡Ahora todos monten un dinosaurio! —Les instruyó el hada purpura.

Flynn ayudo a Rapunzel a subir al lomo de un dinosaurio con púas, Linda y Narizón cayeron sobre un triceraptors, Vladimir subió a un tiranosaurio rex, Maximus quedó sobre un cuello largo y Pascal volaba sobre un pterodáctilo. El grupo de amigos contempló fascinado como cada grupo de huesos se reacomodaba y las manadas de distintas especies se unían en una travesía hacía el reino de las hadas.


Izel CrazyShy