Notas de autor: buenas, yo sólo vengo aquí a hacerlos crear más preguntas y darles muy pocas respuestas xD disfruten del capítulo.


Siempre hay que estar preparado para huir.


―¿Qué ves? ¿Por qué haces eso? ―le cuestionó la mujer, riendo por la forma en la que el niño pasaba su mano por encima de su cabeza.

―Es que veo número por encima de tu cabeza.

―¿Números?

―Sí. Como si fueran horas, y resta cada segundo.

Al abrir los ojos poco y nada le quedó de la cara de la mujer ni del niño que hablaban. A los dos minutos olvidó por completo el sueño, como solía sucederle siempre. Pero, aunque él no recordase los rostros tanto del niño como el de la mujer, cada vez lograba diferenciar los alrededores y ya se le había vuelto costumbre dibujarlos cuando tenía ese tipo de extraños sueños―que, ahora que se ponía a pensar qué demonios había soñado, no lo recordaba―. Gintoki entonces se dispuso a estirarse un poco en la cama y tratar de quitar el brazo que tenía por encima de su cuerpo…

Un momento, ¿un brazo?

Se giró violentamente y al notar la cara del policía cerca a la suya y que el brazo le pertenecía a él, lo tiró de la cama sin contemplaciones. No, él definitivamente no bateaba para ese lado.

―¡¿Qué demonio?! ―gritó Hijikata en cuanto su espalda tuvo contacto con el suelo frío.

―¡Aléjate de mí, policía pervertido! ―le gritó. ―¡Puede que Gin-san ya no sea virgen, pero lo es del de atrás y así pretende mantenerse!

Hijikata intentó comprender la situación. Primero había pensado que se encontraba en su cómoda cama al lado de su linda, delicada y frágil esposa, pero con lo que se encontró fue con un hombre que tenía los rizos más despeinados que de costumbre. En cuanto se dio cuenta de que él había confundido el precioso cuerpo de Mitsuba con el de ese vago, se paró sombrío y caminó como zombi.

―¿Qué haces? ―preguntó Gintoki sin comprender nada.

―Voy a la cocina por un cuchillo. No merezco vivir.

―En eso estamos de acuerdo, poli, pero si te vas a matar, hazlo fuera.

El pelinegro simplemente lo miró mal, sobándose la cabeza después por el dolor de cabeza recién adquirido, y tan temprano en la mañana. Una vez se quedó solo, agarró lápiz y papel de por ahí y comenzó a trazar líneas al azar―no era un dibujante después de todo―; lo que lograba recordar de aquellas borrosas escenas en su cabeza. Unos quince minutos después, decidió que ya era suficiente, pues ya no podía exprimir más a su cerebro para sacar más imágenes. Miró el papel y frunció el ceño, porque no entendía muy bien sus propios garabatos, pero algo debía significar. Encogiéndose de hombros, guardó el papel en la mesa que había en la habitación y en cuanto escuchó movimiento de ollas proveniente de la cocina, supo que ya era un buen momento para bajar a tomar su desayuno―rezando para que hubiese sido la rubia de pechos grandes la que hubiera cocinado y no Otae. En realidad cualquiera, menos Otae―.

―¡Buenos días, Gin-san! ―le dijo el pequeño niño apenas bajó las escaleras. Tan temprano y Seita ya tenía tantas energías. ―Es que dormí muy bien anoche, por eso ando enérgico.

―¡Deja de leerme la mente! ―le reprendió para después darle una pequeña palmada en la cabeza.

Luego fue él quien sintió el "pequeño" golpe en la cabeza. ―No le golpees. ―había dicho Tsukuyo.

Que mala su suerte, pensó. Estaba rodeado de mujeres gorilas. Intentó pensar en otra cosa en el instante en que vio que Seita lo miraba―el niñito tenía la manía de decir todo lo que escuchaba de las mentes ajenas―, porque no quería ganarse otro golpe por parte de la mujer.

―Ya, ya, si sólo fue un golpecito. No le dolió.

―Gin-san, me sorprende que estés despierto tan temprano. ―la voz de Shinpachi se escuchó en cuanto el peliplata atravesó las puertas de la cocina. Se sintió aliviado al ver que era el joven quien preparaba el desayuno.

―Gin-san, Otose-san ha venido a visitarnos. ―comunicó Otae, quien se encontraba en el comedor con la mujer en cuestión.

―¿Qué haces aquí, vieja?

―Vine por mi explicación.

¿Y ahora qué le decía? ¿Qué tenía una partida de fenómenos en sus manos potencialmente destructivos? Ah, y no olvidar que los buscaban por todas partes y que probablemente sean fugitivos de la ley por falsificación de identidad además de tener supuestamente retenida a la hermana de Tokugawa Shigeshige.

―Gin-san, que nosotros no somos fenómenos. ―le dijo Seita.

―¡Pero por todos los cielos, ¿en qué idioma es que te hablo yo a ti?! ―el niño lo miró inocentemente. ―¡¿Te tengo que decir las cosas en chino para que entiendas?! ¡No le leas la mente a Gin-san!

―¿Él lee la mente? ―Otose miró sorprendida al niño. Gintoki cerró la boca inmediatamente. Necesitaba una salvación; la que fuera que le hiciese ganar tiempo para inventar una mentira o algo.

―Tal vez la China pueda ayudarte con eso del idioma. ―¡ahí estaba su salvación!

―Sádico idiota. ¿De dónde sacas semejante estupidez?

―Es que cuando no se duerme bien, no se consigue razonar hermanita.

Aquel trío se sentó en el comedor bajo la atenta mirada de todos los presentes, restándoles importancias a todos.

―¿Qué hay para desayunar? ―preguntaron al unísono.

Silencio.

―¡¿Qué carajo les ha pasado?! ―gritaron Hijikata y Gintoki al unísono.

A simple vista parecían un saco de basura. Estaban sucios y por si fuera poco, heridos. Kagura tenía sangre seca que iniciaba desde algún punto de su cabeza y se había detenido en su barbilla. Sougo tenía un hematoma de un tamaño considerable en la nariz―que Gintoki podía afirmar, le debía doler como el infierno―, y el labio inferior rajado. Por último, Kamui era el más lamentable. Su brazo derecho estaba envuelto en una sábana―qué ocurrente―como si se lo hubiese fracturado y parecía estar aun sangrando, además también parecía haber tenido rastros de cortes en sus mejillas que se habían seguramente curado gracias a su habilidad.

Ellos se miraron entre sí y cuando corroboraron su aspecto de desechables, parecieron sufrir una conexión cósmica para mentir al mismo tiempo.

―Tuvimos un pequeño accidente.

Tsukuyo y Otae se miraron entre sí y luego de asentir, la rubia fue a por el botiquín que se había improvisado―ya sabían ellas que lo necesitarían con esos chicos―. Una vez llegó, Otae llamó a los tres muchachos para que saliesen a la sala y ellas poderle dar el tratamiento que parecían necesitar. Gintoki observó todo esto con pánico, porque evidentemente lo estaban dejando a él sólo para responder ante Otose. Miró a Shinpachi en busca de algún tipo de ayuda o salvación pero este, al igual que los otros, había desaparecido del interior de la cocina. Hijikata hacía rato se encontraba fumando afuera en el jardín para calmar sus nervios por lo que tratar de pedirle ayuda estaba fuera de cuestión.

―¿Y bien? ―la mujer lo miró, exigiendo una explicación que el peliplata no podía darle.

―Venga, que yo ya te lo había dicho. ―le manifestó en cuanto tomó asiento en el comedor. ―Estos chicos son algo especiales y ahora los tengo bajo mi cuidado.

Tras unos minutos de completo silencio, ella habló. ―¿Pretendes que me quede sólo con eso? me inmiscuyes en tus mentiras y yo te ayudo con eso, por lo que creo merecer al menos la verdad.

Otose tenía un punto, Gintoki debía admitir. La situación no erradicaba tanto en el tema de la confianza porque, si a alguien en el mundo le tenía toda la confianza, era precisamente aquella mujer. El problema era que él no quería inmiscuir a más personas en aquel asunto; mucho menos personas que a él le importaban. Más, mirando directamente a los ojos de la vieja, se dio cuenta que ella estaba decidida a sacarle la verdad fuese como fuere.

Suspiró, derrotado. ―Lo que te dije es verdad. Son chicos especiales, porque hacen cosas que un ser humano normal no haría.

―¿Cómo qué? ―preguntó.

―Tienen algo así como súper habilidades. Seita lee la mente, Shinpachi mueve objetos que están lejos de él, el cuñis del poli se hace invisible, Soyo es una planta de energía andante, Kagura dice poder controlar fuego, tierra, agua y aire y Kamui es híper-mega fuerte y con rápida curación.

La mujer lo miró como un bicho raro en primera instancia, pero después de acomodar los hechos en su cabeza y darle un poco de sentido a la situación, terminó por creerle. Sabía que Gintoki le gustaba la cerveza, pero hasta dónde tenía conocimiento el hombre no consumía drogas para inventarse tal disparate.

―Por lo tanto, los están siguiendo y por eso tuvieron que esconderse aquí.

―Correcto. ―estaba de más decirle que guardase el secreto; él sabía perfectamente que ella lo haría sin que se lo pidiese.

―Y todo esto, ¿qué es lo que tiene que ver contigo? ―le preguntó.

―No mucho, la verdad. Me interesa saber por qué motivo Sakamoto me metió en esto y por qué carajo mi empleado tiene poderes geniales y yo no.

Otose sonrió, porque si bien la razón podría ser verdadera, ella sabía que el peliplata estaba preocupado a su manera por lo que le estaba ocurriendo a Shinpachi y también, podría afirmar, que tampoco dejaría que le ocurriese nada a esos chiquillos. Era un mal hábito que él tenía de inmiscuirse en asuntos que para nada le competían. Pero así era desde que lo conoció cuando era un crío, y no parecía haber cambiado ese aspecto.


Durante los últimos tres días, para Soyo era extraño despertar aun en aquella habitación. El techo era tan blanco que parecía como si fuese perteneciente a un hospital. Parpadeó muchas veces antes de tener la suficiente fuerza de voluntad para levantarse de la cama.

―¿Cómo te sientes? ―la pelinegra giró su cabeza en la dirección que venía la voz, pero su boca inmediatamente dejó escapar un gemido de dolor por el tirón que sintió en su cuello, lo que le recordó lo cerca que estuvo de encontrarse con sus padres en el cielo.

―Mucho mejor, gracias, Shinpachi-san. ―le respondió, aunque parecía estar padeciendo disfonía. ―Espera, ¿cómo sabes que me siento mal?

Shinpachi ladeó la cabeza, sin comprender muy bien la pregunta. ―B-bueno, con todo respeto, es que te ves horrible.

Soyo giró todo su cuerpo―porque sólo el cuello no podía―para poder ver su reflejo en el espejo que había frente a su cama y se dio cuenta de que su ropa estaba echa una miseria y además, manchada de sangre suya y de él.

―Además, abajo están curando a Kagura-chan, Okita-san y Kamui-san porque realmente se veían mal. No hay que ser muy listo para saber que tú también estuviste en ese "accidente" que tuvieron. ―continuó Shinpachi con su discurso.

―En realidad yo..-

―¡Soyo-chan! ―Kagura había entrado a la habitación, teniendo en la cabeza una venda bien ajustada. ―¿Cómo estás? lo siento mucho, Soyo-chan. Debía haberte salvado antes. Realmente debía haber mandado a volar a mi idiota hermano a Neptuno.

―No te preocupes por esas cosas, Kagura-chan. ―le dijo, forzándose de más para poder ser escuchada correctamente. ―No fue tu culpa. Fue mía en todo caso y además, yo a tu hermano casi…

―Casi me deja sin brazo.

El terror la invadió. Nunca antes había sentido tanto miedo por la presencia de una persona en el mismo lugar que ella. Incluso Kagura pudo sentir el horror que ella tenía, porque sus ojos marrones mostraban alarma y se ensancharon aún más cuando Kamui se acercó casualmente a la cama de su hermana menor en busca de quién sabe qué cosa. Shinpachi la vio tiritar, posiblemente de miedo. Él estaba de acuerdo con que el pelirrojo daba razones para temerle, pero para que ella reaccionase así era porque el muchacho debía haberle hecho algo verdaderamente traumante, porque se podía oler el miedo que le tenía.

―¿Qué quieres? ―escupió Kagura en cuanto lo vio coger la mochila que ella traía desde la Central.

―Relájate que no vengo por la princesa. ―sonrió infantilmente y a sus ojos no se escapó la forma en que Soyo apretó las sábanas. ―¿Dónde está lo que nos dieron Abuto y Mutsu?

La pelirroja frunció el ceño. ―¿Crees que soy tan estúpida para darte eso y que así obtengas paso libre para dañar a Soyo-chan?

―¿D-dañarla? ―Shinpachi sabía que Kamui no era muy fan de la chica que conseguía hacerle daño, ¿pero intentar hacerle algo a ella? no podía creérselo.

―La Chispitas no es de mi interés por el momento. Además, no he podido leer ni una mísera palabra de lo que dice ahí y probablemente, conociéndote, tú ya lo hiciste. Me parece justo que me los des.

Soyo observó cómo Kagura se acercaba a su almohada y de ahí sacaba aquellos papeles que había estado leyendo la otra vez; parecía que era algo verdaderamente importante. ―Si te largas de aquí ya mismo, te prometo que los leeremos más tarde.

Aquello podría considerarse como manipulación, pero era lo único que Kagura podía usar contra su hermano si quería que verdaderamente se mantuviese alejado de la chica que yacía aterrada sentada en su cama. Los tres chicos que inicialmente se encontraban en aquella habitación vieron como el pelirrojo salía, acomodándose la sábana que tenía para mantener su brazo cubierto y flexionado.

―Hermanita, recuerda que no es bueno jugar mucho con mi paciencia. ―advirtió. ―Que te mejores, Chispitas.

Cuando ya no hubo rastros del muchacho, Soyo volvió a respirar con tranquilidad.

―¿Me pueden explicar qué fue lo que pasó? ―preguntó luego Shinpachi.


Que tranquilo estaba todo. Si se ponía a pensar las cosas, era bastante sospechoso. Después de que tuviesen el desayuno, Tsukuyo y Otae fueron a ese supuesto trabajo que tenía la rubia―que no les venía mal en todo caso―mientras que Gintoki, luego de despedir al a mujer que les había ayudado a conseguir la casa, había salido en busca del tipo que tenía por el momento todas las respuestas.

Hijikata suspiró una vez más y se acomodó mejor en el sofá para continuar viendo la televisión. No era especialmente fan de estar echado sin hacer nada, pero por el momento no encontraba más oficio. A esas alturas, muy probablemente ya lo habrían sacado de la policía local por incumplimiento laboral o algo así.

Y volviendo a lo de la tranquilidad y el silencio, no era bueno. En realidad si era bueno, pero en aquella casa no era normal. Más cuando tenía pequeños monstruos que destruían todo lo que había a su paso en la planta de arriba. O eso creía; la verdad era que no sabía muy bien en dónde estaban metidos, pero sabía que ninguno había salido. ¿Debería temer por su vida? quizá. Los niños ya habían intentado matarlo una vez―aunque Soyo y Shinpachi aseguraron que fue sin querer―y, por si fuera poco, tampoco había obtenido ninguna agresión por parte de Sougo, lo que verdaderamente le asustaba.

―Hijikata-san. ―y hablando del diablo. Había escuchado su voz desde atrás, por lo que se tiró del sofá en reacción. Tantos años de maltrato lo habían llevado hasta ese punto. ―Estamos aburridos.

El pelinegro se levantó del suelo y visualizó a Sougo con su ahora nuevo mejor amigo, el niñito pelirrojo.

―¿Y qué se supone que debo hacer yo? ―miró al par de adolescentes con cara de inocencia.

―Yo que sé, préndete fuego y sal corriendo. El punto es que nos entretengas. ―el castaño se encogió de hombros.

―¡Oh! también podemos amarrar lazos en sus extremidades y tirar de ellas para ver hasta dónde aguanta. ―secundó Kamui.

―Eso suena bastante divertido.

―¡¿Su forma de diversión es causarle daño a alguien?! ―Hijikata pidió piedad a los altos mandos, porque se habían juntado el hambre con la necesidad y él tendría que pagar las consecuencias.

―Sí. ―respondieron al unísono.

―¡Seas niños normales y diviértanse como los niños normales! ―les gritó. ―Yo que sé, búsquense a alguien más para joder y…

El timbre de la casa sonó. Por un demonio, ¿quién podría estar molestándolos a esas horas? vale, que no estaba tan tarde, pero era muy poco probable que fuese alguien de los que habían salido y vivían ahí, además porque con ellos llevaban llaves hasta dónde él tenía entendido. Hijikata se encaminó a la puerta y la abrió, revelando la cara de Amayu, la vecina de enfrente. ¿Qué esa mujer no tenía nada más que hacer por su vida que ir y molestar la de ellos?

―¡Hola, Hijikata-san! ―le saludó amablemente y sin esperar a que la invitasen a pasar, entró en la casa.

―Hola. ―le respondió mientras la vio saludar a los otros dos chicos.

―¿Y el resto de la familia? ―ella miró por todas parte, en busca de alguien más aparte de ellos tres.

―¿Qué necesitabas, Amayu-san? ―le preguntó, intentando no sonar con ganas de matarla, que vaya que sí las tenía.

―¡Invitarlos a la fiesta! ―dijo en tono alegre. Aquello no le sonó para nada al pelinegro.

―¿F-fiesta?

Entonces la mujer procedió a explicarle que, unos días antes de que fuese la celebración de año nuevo, la vecindad organizaba una fiesta y que, como era lógico, todos los vecinos estaban invitados puesto que todos se conocían. También le dijo que era la oportunidad perfecta de que ellos se relacionasen con los demás residentes y que los niños conocieran más niños. Se iba a negar, por supuesto, pero la mujer era demasiado insistente y además no aceptaba un no por respuesta. Y tampoco ayudó mucho el hecho de que, en cuanto ella mencionó que abría comida hasta para indigestarse, Kamui de inmediato dijese que sí, que ellos irían. Sougo dijo que, al no haber nada mejor que hacer, quería ir. La opinión de los demás les importó un comino, por lo que a Hijikata no le quedó de otra más que aceptar la invitación de Amayu.

―Eso es estupendo. ―dijo ella mientras se dirigía hacia la puerta. ―Los estaremos esperando, que la fiesta empezó desde hace una hora.

―Sí, sí. ―y el pelinegro le cerró la puerta en la cara. ―¡¿Pero es que ustedes están locos?! ―les gritó a los chicos cuando se volteó a mirarlos. ―¿Cómo demonios iremos a una de esas fiestas? si no se comportan estando entre ustedes, no lo van a hacer estando con más gente alrededor.

―Hasta el momento, me he relacionado bien con las demás personas, Hijikata-san. A mí no me tires en ese saco.

―Bueno, sí, tienes razón, pero este y su hermana son los que más me alteran.

―Yo solo voy por la comida. No voy a pelear ni matar a nadie. Lo prometo. ―aseguró Kamui.

―Y la China también irá por comida, seguramente. ―continuó Sougo.

Ah, él sabía que eso no era ni por asomo una buena idea, pero no pudo objetar más ante esos chicos. De todas formas, tampoco es como si pudiese prohibirles no ir, que igual no lo escucharían.


―¡¿O sea que puedo comer y comer sin preocuparme por nada más, Toshi?! ―Kagura miró asombrada al hombre que estaba recostado en el marco de la puerta.

―Sí, y no me llames Toshi, mocosa. ―le reprendió. ―Pero piénsalo bien. Las fiestas no son tan divertidas.

―¡Yo me apunto! ―dijo ella, restándole importancia a lo otro que quisiese decir Hijikata. ―Pero Soyo-chan no puede ir. ―su rostro se puso serio de un momento a otro. ―Así no será muy divertido.

―Kagura-chan, no hay problema. Ve y come mucho que yo me quedaré aquí descansando. De todas formas me duele mucho la espalda.

Si bien la pelirroja amaba la comida, ella quería compartir tiempo con la chica. En sólo cuestión de días se había acostumbrado rápido a ella. Tal vez el hecho erradicaba en que era la primera niña que podía considerar como su amiga. Pero, no podía tampoco obligarla a ir, puesto que a leguas se veía lo mal que debía sentirse ella y lo doloroso que debía ser mover el cuello; la marca de los dedos de su hermano ya había aparecido alrededor del frágil cuello de Soyo y Kagura había sido testigo del gran hematoma que tenía ella en la espalda. Definitivamente, no era una buena opción para ese día que ella se moviese.

―Bueno, pero te traeré mucha comida, Soyo-chan. ―le sonrió y como respuesta también obtuvo una sonrisa. ―¡Vamos a por la comida, Toshi!

―¡Qué no me digas así, niña! ―

Y con eso, Kagura cerró la puerta de su cuarto, dejando a allí a la persona más agradable que había podido conocer, para después toparse con la persona más desagradable que había podido conocer.

―¿El sádico también va? ―preguntó, sintiendo una increíble repulsión por el hecho.

―Que no se te note tanto la felicidad. ―le dijo Okita, sonriendo con burla. Kagura le mostró el dedo medio.

Hijikata se tocó la frente, intentando ganar paciencia. ―No peleen, por favor, es lo único que les pido.

―Pero si ella es la que empieza.

―¡Yo no te he hecho nada!

―Me rompiste la nariz, estúpida. ―Kagura lo vio acercarse, por lo que cerró sus manos en puños por si él quería hacerle algo. No obstante, ella no contó con que él sólo iba a susurrarle algo al oído. ―Y me las cobraré. ―en el momento en que le terminó de decir aquello, Hijikata ya había agarrado del cuello de la camiseta al muchacho para llevárselo.

―¿Qué no puedes vivir sin molestarla? ―fue lo que ella escuchó que le dijo.

El aliento de Okita le había hecho cosquillas en la oreja y de alguna extraña forma ella se había sentido rara. Y se había quedado allí, rememorando la sensación, intentando comprenderla.

―¿Qué haces? ―se sobresaltó al escuchar a su hermano. ―¿Qué tienes en la oreja? ―le preguntó curioso.

Kagura no se había percatado que su mano estaba tocando su oreja desde aquel susurro. ¿Qué nombre se le ponía a aquella sensación? ¿Asco? debía ser.

―Nada. Escuché un molesto mosquito zumbar cerca. ―comenzó a caminar, siendo seguida por Kamui. ―¿También vas?

Él se encogió de hombros. ―Me convenció la comida.

A veces ella se asustaba de lo terriblemente parecidos que podrían llegar a ser ella y su hermano.


No había imaginado que pondría un pie en aquella casa en tan corto tiempo. Asegurándose de que nadie lo hubiese seguido, sacó la llave de repuesto bajo la alfombra de la entrada y abrió la puerta. La casa se encontraba tal y como la habían dejado ellos esa noche que huyeron. ¿Qué Zura o Sakamoto no volvieron? al parecer, parecía que nadie había estado allí por un buen rato. Incluso la concia había sido ya colonizada por cucaracha y hormigas comiendo los residuos en los platos sucios que él no se había molestado en lavar. Seguramente a Shinpachi le daría un soponcio el ver aquella escena.

Subió a lo que antes había llamado su habitación y buscó el dichoso teléfono celular que Sakamoto le había regalado para contactarse. En realidad, la tecnología le podía, pero necesitaba eso si quería dar con el paradero del cabeza de alcornoque. Lastimosamente, aquel aparato carecía de batería, por lo que no podría comunicarse tan prontamente como le gustaría. Lo guardó en el bolsillo de su pantalón y se dispuso entonces a irse de ese lugar, porque muy seguramente podría estar custodiado o algo. Una vez estuvo fuera de la casa, se encontró de lleno con la cara de un hombre que parecía estar rondando la edad de él, sino un poquito mayor.

Él sabía que debía haber venido con el poli para que lo matasen a él en lugar suyo.

―¿Eres Sakata Gintoki? ―le preguntó aquel hombre de largos castaños cabellos.

―No, ese no soy yo. ―negó rápidamente. ―Estoy seguro que ese tipo no se vería como yo, para nada. Debe ser un hombre apuesto y con muchos billetes, sí señor.

―¿El nombre de Sakamoto Tatsuma le suena? ―el peliplata abrió de par en par los ojos por una fracción de segundo. ―Esa reacción me dice que sí.

Tres segundos le tomó reconectar su cerebro y hacer lo que mejor sabía hacer él: huir por su vida. Le dijo una patada sin previo aviso al hombre y salió corriendo a todo lo que sus piernas le daban en dirección al auto que les quedaba―porque al parecer, el dichoso accidente de los mocosos había sido en el otro auto, que estaba horrendamente destrozado―, pero, cuando ya sólo le faltaban poco para llegar, aquel hombre apareció frente a él de la nada. Se detuvo en seco antes de chocar contra él.

¿Cómo demonios había hecho eso? ¿Aquel hombre era como los mocosos?

―Que problemático… ―se rascó la cabeza. ―No voy a matarte ni nada de eso, hombre.

―Que genial…porque Gin-san no está para morir siendo tan joven. ―tragó saliva. ―Y más importante, ¿cómo es que conseguiste alcanzarme tan rápido?

―Entonces si eres Sakata Gintoki. ―había ignorado la pregunta que le hizo.

Ah, mierda, él si era estúpido. Se había echado la soga al cuello solito. ―Joder sí, soy yo. ¿Qué quieres de mí?

El castaño sacó dos fotos del bolsillo. ―Kamui y Kagura, ¿dónde están?


Notas de autor: No hay mucho que decir hoy, sólo que por cuestiones universitarias, la actualización de este fanfic se hará ya sea los días sábados o, si no se puede, en su defecto los días domingos. Gracias por los comentarios :3 ¡Nos leemos la próxima semana!