Disclaimer: los personajes de Card Captor Sakura no me pertenecen a mí, sino a un maravilloso cuarteto de mujeres llamado CLAMP


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Memorias

Somos nuestra memoria,

somos ese quimérico museo de formas inconstantes,

ese montón de espejos rotos.

Jorge Luis Borges

Sakura aún se preguntaba quién o qué era la criatura que la había rescatado. Su mente se tambaleaba entre buscar a Eriol para hablarle al respecto o regresar a casa y platicar largamente con ese Yue que nunca antes había conocido. Lo que le resultaba irónico era la similitud entre ambas criaturas: un par de enormes alas blancas (emplumadas en el caso de Yue; membranosas y con apariencia de dragónen el caso de aquel misterioso leopardo), pero lo más desconcertante eran sus miradas felinas, violetas, gélidas e inexpresivas.

Comenzó a sentir que su cabeza palpitaba dolorosamente. Quizás había sido demasiado para un solo día. Se sentía débil, pero tenía que regresar.

Regresar…

No, eso implicaba volver a ver al Juez que acababa de dictarle su cruel sentencia. Decidió que lo mejor sería buscar a Eriol; hablarle sobre el extraño felino.

—Fly —escuchó su propia voz debilitada al invocarla, pero las alas rosadas no tardaron en surgir de su espalda. Sin embargo, cuando aún debatía qué dirección debía seguir para encontrar al mago, ese extraño presentimiento la golpeó otra vez:

"Eriol está en peligro" frunció el ceño. Al parecer su desastroso día aún no había terminado.


Subaru observó al sujeto hacer un gesto con una mano, que al instante se vio envuelta por un destello azul. Al desvanecerse la luz, una alargada y filosa espada apareció en su palma.

—Así que la mujer que ha atacado a Sakura y Syaoran es tu ama —comenzó una conversación sin sentirse intimidado por el arma del otro. Su oponente asintió con lentitud.

—Sí, y tú has estado interfiriendo a pesar de que no tienes nada que ver en esto.

—Lo siento, pero hice una promesa y no puedo quedarme de brazos cruzados. Además, cada vez que tu señora hace acto de presencia ocurre un desbalance muy inusual tanto en la magia natural como en la espiritual, y eso sí es de mi incumbencia —replicó el treceavo líder del Clan Sumeragi—. No sé bien de qué se trata, pero ella ha hecho algo que no está permitido a ningún mago.

—Tina-sama… no es cualquier mago —espetó irritado Tenebrae.

—¿Y sólo por eso piensa que puede romper con las leyes de la vida y la muerte de la manera en que lo ha estado haciendo?

—Tú… no sabes nada —musitó la criatura entre dientes antes de esgrimir su arma y lanzarse en ataque del médium, quien apenas alcanzó a esquivar el golpe haciéndose a un lado. Ese extraño ser era increíblemente rápido. Sin embargo, el médium aún necesitaba conseguir algo de información, por lo que no se decidió a atacar.

—¿Quién eres… y qué es lo que quieren?

—Ya te lo dije… —habló secamente Tenebrae empuñando nuevamente su espada—: eso es algo que a ti no te incumbe —clavó sus fríos ojos en su contrincante y se preparó para atacarlo.

Al ver su mirada celeste fría y sin titubeos, el líder de los Sumeragi tuvo la clara certeza de algo: ese sujeto estaba ahí decidido a aniquilarlo.


Yue se cruzó de brazos. Encerrado en aquel lugar vacío con nada más que la compañía del otro, tenía que hacer a un lado su repudio hacia aquel ser, al menos de manera momentánea. Más importante que eso era entender lo que estaba sucediendo.

—A pesar de todo lo que dices… lo que le hiciste a Sakura es algo imperdonable. Además… me utilizaste para tu sucio propósito. ¡Ella piensa que fui yo quien le dijo toda esa basura!

El Yue de ropaje oscuro se encogió de hombros, restándole toda importancia al asunto, y su sonrisa guasona apareció nuevamente.

—Si ella así lo piensa, es porque en el fondo te considera capaz de hacerle algo así, Yue-kun… porque no confía en ti —subrayó lentamente—, y eso es porque tú así lo has dispuesto. En el fondo, es tu culpa Yue-kun, no mía.

—Cállate —musitó con ira—. Sé que sólo intentas jugar con mi mente, pero ya no te lo permitiré.

—Si así fuera… ¿Entonces por qué estás tan molesto? Bien dicen que la verdad duele, ¿cierto?

Yue finalmente se hartó de una conversación que no llevaba a ninguna parte.

—¿Qué es lo que quieres y cuál es la razón de que me hayas encerrado aquí?

—¿Qué es lo que quiero? —comenzó el otro acercándose a él para acariciarle una mejilla con una ternura que no parecía suya; un tacto frío como una brisa invernal—. Yo sólo quiero protegerte… del dolor. Ya has sufrido mucho en el pasado, y no deseo que eso vuelva a ocurrir… —a estas alturas, todo rastro de socarronería había desaparecido de su expresión, que se había tornado no sólo seria, sino un tanto triste, según observó Yue.

Yue hubiera deseado alejarse, pero por alguna razón no pudo. Cuando ese tipo le tocaba en esa dimensión una helada sensación le congelaba la sangre, pero aún peor era siquiera imaginar el hecho de rechazarle, como si algo mucho más profundo y terrible que aquello le impidiera hacerlo a toda costa. Lo cierto era que el más ligero tacto de ese sujeto despertaba oleadas de nostalgia en él, un hueco en su interior que parecía llamarlo hacia él.

—En este momento único de lo que debes protegerme es de ti mismo —replicó desviando la mirada con duda y temor—. Tú eres el único que me ha causado problemas últimamente.

"Veo que aún no eres capaz de aceptar lo que te pasa" le contempló el otro con una muy bien disimulada condescendencia y a continuación se encogió de hombros—. Lo siento, pero no puedo permitir que lo empeores todo por un momento de debilidad. En realidad debí encerrarte aquí a la primera señal, mucho antes de que ocurriera esto, tal y como era antes, pero… —se detuvo de pronto y cerró los ojos, golpeado por un repentino presentimiento. Al abrirlos observó que la expresión de Yue no había cambiado: su mirada continuaba fija en el suelo y sus dientes apretados. "Así que estás tan débil que no lo puedes sentir desde esta dimensión" pensó buscando alguna señal en los ojos violetas, algo que indicara que Yue se había dado cuenta de la energía que fluía en el mundo real. Nada. Luego se encogió de hombros "perfecto, es mejor que no sepas lo que sucede ahora mismo con la Reencarnación de tu querido Mago Clow".


"¿Qué es esto?" Kero prestó atención a sus sentidos. No podía equivocarse, era esa presencia otra vez. Levantó el vuelo con sus pequeñas alas y salió de la recámara de su dueña para dirigirse al pasillo dejando atrás la televisión encendida, en cuya pantalla no tardó en aparecer una parpadeante imagen con la leyenda "Game over" plasmada en ella.

—¡Yue! —sabía que el otro guardián estaría en la planta baja, podía sentirlo mientras bajaba volando las escaleras. Lo que no notó fue que su presencia no era la misma de siempre—, ¡Es ella otra vez! —gritó nada más entró a la sala, donde vio a su viejo e impertérrito amigo de pie en el centro con los ojos cerrados—. ¿Qué haces ahí parado? ¡Vamos! Sakura ya debe estar en camino —apremió a su compañero, pero para su sorpresa éste no se movió.

"Kerberos… no molestes".

—¡Yue, no es momento de esas cosas! —insistió el peluche amarillo— ¡Apúrate!

"No importa… Yue no podrá escucharlo si consigo ignorarlo".

—¿No me oyes? ¡Esto no es un juego! —el animalillo ya no estaba solamente desesperado, sino francamente molesto. Bonito momento había escogido el Juez para… hacer lo que fuera que estuviera haciendo.

"Suficiente" pensó el otro exasperado y se cruzó de brazos—. Déjame en paz. No pienso ir a ayudarlo, así que haz lo que quieras, pero déjame solo.

Incrédulo ante lo que le escuchaba decir, Kerberos lo miró ceñudo, pero molesto como estaba y conociendo el posible peligro no se detuvo más antes de revolotear a toda velocidad hacia la salida. "Ese tonto de Yue… ¡Ya verá cuando vuelva!" pensó apretando los dientes, fastidiado. Al salir a la lluviosa noche elevó la mirada al cielo mientras se concentraba en la dirección que debía tomar. Entonces reparó en la oscuridad que ponderaba en la bóveda celeste.

"La luna…" recapacitó al darse cuenta de la ausencia del astro. "Cuando Clow vivía Yue siempre actuó extraño en las noches de Luna Nueva" comenzó a meditar, pero luego sacudió la cabeza enérgicamente. "¡No es tiempo de eso! Tengo que seguir la presencia de esa mujer… ¡Esa maldita me pagará muy caro lo que me hizo la otra vez!"


Un corte rasgó su camisa blanca y pronto percibió una sensación de tibieza en su brazo. La manga blanca no tardó en teñirse del carmín de su sangre. Ese sujeto realmente era mucho más rápido y fuerte de lo que aparentaba. Se hizo a un lado para esquivar otra embestida y, aunque lo logró, su brazo chocó contra una lámpara que cayó de su mesita y fue a dar contra el piso. En ese momento fue consciente de que ciertos ruidos atraerían la atención de los demás huéspedes del hotel.

"¡Rayos!" deseó poder formar una kekkai y así evitar lastimar a personas inocentes, pero sabía perfectamente que su habilidad se había desvanecido mucho tiempo atrás. Hacía dos años ya desde que la última kekkai había sido formada por el Kamui de los Dragones del Cielo.

De tal forma que, sin otra mejor opción, el varón corrió a la ventana y rápidamente la abrió para saltar desde el alféizar hacia la noche, siendo seguido de cerca por la criatura. Ambos aterrizaron en la azotea de un edificio cercano.

Aprovechando la breve pausa, Subaru se examinó y observó que además del corte en el brazo una mancha oscura se expandía rápidamente por su camisa a la altura de su pecho. No se había dado cuenta del momento en que había sido alcanzado en esa zona. Tenebrae alzó su espada y observó la sangre que había quedado adherida a la hoja. Entonces una sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios.

—Creí que el decimotercer líder de la respetada Casa Sumeragi podría defenderse mejor.

Subaru sacó unos pergaminos del bolsillo de su chaqueta y los lanzó hacia él. Al instante los papeles adoptaron la forma de blancas aves que volaron contra Tenebrae, quien se limitó a acabar con ellas con un solo movimiento de su arma.

El médium apretó los dientes; a menos que quisiera morir en ese enfrentamiento tendría que pelear en serio.


—Finalmente nos encontramos, Clow Reed-sama —le recibió una voz sarcástica al fondo y al momento se sintió irremediablemente irritado.

—Mi nombre es Hiragizawa Eriol —replicó a modo de saludo. Dadas las circunstancias olvidaría su habitual cortesía.

—Eres la Reencarnación de Clow —escuchó la voz femenina aproximándose—, por lo tanto es como si fueras el mismo.

Eriol decidió no discutir más. Hubiera querido decirle que él tenía su propia vida, que de Clow sólo quedaban la magia y los recuerdos, pero no era eso lo que urgía en ese momento… sino aclarar algunas cuantas cosas…

—¿Quién eres? —comenzó.

—No me sorprende que no me recuerdes —le pareció percibir ira en su respuesta—. Me olvidaste muy fácilmente, Clow Reed, sin embargo yo nunca pude olvidar lo que pasó… ni mi rencor hacia ti.

¿De qué estaba hablando? Por lo que ella le decía, todo indicaba que la había conocido en su vida anterior. Su voz le resultaba indudablemente conocida, sin embargo no podía distinguir su rostro oculto bajo la capucha de la capa que la cubría. Entonces tuvo una idea.

—Déjame ver tu cara, no puedes esperar que me acuerde de alguien a quien no puedo ver.

—Mi rostro ya no es el mismo de antes —habló ella cortante—, así que no podrías reconocerme aunque lo quisieras.

"No es el mismo de antes" repitió él para sí, confundido. Si ella era una mujer de su pasado, la única manera en la que podría estar hablando ahora con ella sería si ésta hubiera reencarnado. La verdad era que la situación era extraña incluso para él.

Se preguntó por qué ella le habría hecho entrar en una Maboroshi si ellos ya conocían el punto débil de esa técnica, y eso su contrincante no debía ignorarlo. Sin embargo había otra pregunta que quisiera aclarar antes de eso. Sólo esperaba que ella estuviera dispuesta a responderle antes de iniciar un ataque.

—¿Qué es lo que quieres? ¿Por qué estás haciendo todo esto?

Escuchó su risa ahogada y burlona. Entonces el escenario de la ilusión pareció cambiar y rojas lenguas de fuego comenzaron a hacer arder todo cuanto había a su alrededor. El inglés no se movió, pero se puso a la expectativa de lo que pudiera ocurrir.

—Tan sólo quiero que experimentes lo mismo que yo —susurró ella y él apenas pudo oírla a través del sonido de las flamas que chisporroteaban.

—¿Por qué? —frunció el ceño—, ¿Por qué dices que yo tengo algo que ver con esto?

—Yo… nunca rompería una promesa ni traicionaría a alguien que quiero aunque tuviera que morir por ello —le oyó decir con ira—. Hace mucho tiempo creí que tú pensarías igual… pero no fue así.

"¿De qué hablas?" El mago la miró extrañado, a la expectativa de cualquier movimiento que ella hiciera. Pero la mujer guardó silencio. Un silencio que a él le pareció reflexivo a pesar de que no tuvo oportunidad de verle el rostro.

—Ahora… —finalmente ella volvió a hablar— voy a matarte… voy a acabar con todo lo que tenga que ver contigo.

Odio y rencor, pero no eran hacia él, sino a lo que él representaba: el antiguo Mago Clow.

Firey —le escuchó decir y, para aumentar su asombro al oír esta palabra, las flamas que lo rodeaban se intensificaron y una oleada de intenso calor lo envolvió. Entonces observó que, a diferencia del fuego que hacía sólo unos segundos era una mera ilusión, éste era real, al menos para sus sentidos lo era, y a partir de ese momento consideró prudente no bajar la guardia.

—Así que es verdad que tienes un juego de cartas.

—Defiéndete —esquivó ella la pregunta—, sé que puedes hacerlo aunque no cuentes con tus cartas.

—De acuerdo —Eriol no se hizo del rogar y cerró un instante los ojos para concentrar su energía—. Al fuego, agua, como la que cae del cielo —susurró y, apenas unos segundos después, un sonido familiar llegó a sus oídos mientras sobre el suelo caían miles de gotas del vital líquido en una lluvia que pronto extinguió las amenazantes lenguas de fuego.

—Supuse que harías eso… —declaró sin emoción la joven—, y aunque me gustaría que experimentaras la misma muerte que yo, siempre debo estar preparada para cualquier situación en caso de que el plan A no funcione. Por cierto, ésa fue la primera lección que el Maestro me enseñó hace siglos —después de decir esto, una sonrisa se hizo visible en su rostro casi totalmente cubierto. Eriol bajó un poco más la mirada, hacia la mano femenina, y distinguió dos cartas entre sus dedos. Le escuchó susurrar algo tan bajo que no alcanzó a entenderle, pero supuso que sería el nombre de las cartas a utilizar. En ese momento una potente luz iluminó momentáneamente el lugar y el mago entrecerró los ojos para no quedar cegado por su intensidad. Pero eso no fue lo que le hizo abrir la boca en un grito de dolor, sino una fortísima descarga que sacudió su cuerpo cual si se tratara de un muñeco de trapo, haciendo correr una onda eléctrica por su piel húmeda por la lluvia, atravesando su carne.

"El trueno aumenta su poder con un conductor como el agua, por eso sólo es posible evitarlo con un buen escudo" sonrió Tina observando con satisfacción las descargas que sacudían el cuerpo del varón. En cambio, ella era efectivamente protegida por un poderoso campo de energía. The Thunder y The Shield eran dos cartas a las que tenía mucho aprecio. "Con sólo estas dos puedo hacerte esto… pero aún te falta conocer a muchas más…"


La lluvia seguía cayendo sobre ambas figuras que se movían sin cesar entre la oscuridad imperante. Uno de ellos se detuvo y se irguió en lo posible, aunque una nueva onda de dolor y el cansancio se lo impidieron. Se llevó la mano derecha al brazo izquierdo, intentando ejercer presión para detener el flujo de sangre. Asimismo apretó los dientes de manera automática para intentar aguantar el dolor.

—Creo que te rompí el brazo —comentó la figura alada con una nada disimulada alegría. La criatura observó a su adversario. A la mancha roja en el pecho de su camisa blanca ahora se sumaban algunas rasgaduras, incluyendo una de considerable tamaño en un costado, por donde brotaba otro manantial del fluido escarlata. Por su parte se llevó una mano al estómago, donde el último ataque del médium lo había alcanzado, y sintió la tela de su vestimenta impregnada con una sustancia más espesa que la lluvia. Retiró la mano y al observarla pudo ver que estaba impregnada de un líquido cuyo color en la oscuridad le recordó vagamente al vino tinto que a su ama le encantaba beber. Lamió su palma y, por primera vez en su larga existencia, conoció el sabor de su propia sangre. "No está mal".

"¿Qué está planeando ahora?" se preguntó Subaru.

—Suficiente —determinó Tenebrae—. Muere —dijo en un tono inexpresivo y (apenas una fracción de segundo después) de sus manos salió una potente llamarada de fuego azul que se arremolinó alrededor del ojiverde y se cerró sobre él.

—¡Detente! —rugió una voz e instantáneamente el fuego desapareció. Tenebrae revisó los alrededores con la vista. No había nada, ¿entonces quién le había hablado interrumpiéndolo? Pero pronto divisó una figura fantasmagórica que flotaba sobre sus cabezas, mirándolo con furia en sus ojos oscuros.

—El hermano de la Card Mistress —reconoció al hombre—. Eres el que no se resigna a irse aunque éste ya no sea su lugar.

Touya llegó hasta donde Subaru y se inclinó para verlo bien. Lucía herido y cansado, y tras observar con mayor detenimiento su brazo izquierdo torcido en un ángulo anormal se dio cuenta de que definitivamente no estaba en las mejores condiciones para pelear.

—No tenías porqué interrumpir, hubiera podido acabar con él sin causarle más dolor —continuó Tenebrae, ocasionando con ello que la ira del ente aumentara.

—¿Eres tú sirviente de esa mujer? —musitó Touya. El otro asintió sin pronunciar palabra—. Pues tengo un mensaje para tu ama: dile no le perdonaré lo que le hizo a mi hermana. Además, no dejaré que te salgas con la tuya después de atacar a Subaru.

—¿Y qué hará un fantasma como tú? —Tenebrae rió entre dientes—. Ya le has causado suficientes problemas a mi ama en vida, pero ahora estás muerto.

¿Haberle causado suficientes problemas a su ama? Eso sí sorprendió al trigueño, quien le miró ceñudo.

—¿De qué estás hablando?

—Olvídalo —rió de nuevo el otro, pero casi de inmediato su gesto se tornó nuevamente serio—, nada que debas saber ahora, Kinomoto Touya, mejor alégrate porque pronto la Card Mistress y sus amigos se reunirán contigo en el otro mundo.

—¡Maldito! —el moreno enfureció y se lanzó contra él con la intención de golpearlo, aunque su sentido común le gritaba que no lo lograría, sin embargo su deseo de hacerlo trizas era más fuerte que él en ese instante. De pronto sintió que de su cuerpo se escapaba una onda de energía sin que él pudiera detenerla. Lo siguiente que vio fue un resplandor estrellándose contra el cuerpo de Tenebrae, quien no debía estar menos sorprendido que él al ver lo ocurrido. Un estruendo se expandió en el aire y la luz que había visto se fragmentó al momento en cientos de destellos de diversos colores. Cerró momentáneamente los ojos y al abrirlos su sorpresa se incrementó al no ver a la criatura nocturna.

"¿Qué diablos fue eso?" se preguntó, pero sus sentidos se volvieron a poner en alerta al distinguir que algo se movía nuevamente a unos metros de él.

—Eso… no me lo esperaba —la criatura oscura se incorporó e hizo una mueca al sentir que algo le quemaba el ala derecha, un dolor punzante que se expandía desde la negra membrana hacia el resto de su cuerpo. Al clavar sus ojos azules en ésta pudo ver una gran rasgadura que atravesaba el grosor de la resistente piel de la extremidad, casi tan dura como el acero.

"Maldición" lanzó un juramento en silencio "si no me hubiera protegido con ella ese golpe de energía me habría dado de lleno… me tomó totalmente desprevenido"

—Touya —el aludido, que continuaba meditando sobre lo ocurrido, volteó sobre su hombro al escuchar al médium llamarlo—. Vete, tu hermana se acerca, puedo sentirlo.

Era cierto. Había estado distraído, pero ahora que Subaru se lo advertía podía percibir claramente la presencia de su hermana. Sin embargo no se sentía bien dejando al varón de cabellos azabaches ahí.

—Estaré bien —insistió el otro al ver que Touya no se marchaba—. Si no te vas pronto, ella te verá y querrá saber qué diablos haces aquí.

Renuentemente, el mayor se alejó con rapidez, desvaneciéndose prácticamente en medio de la lluvia. Al ver que el intruso se marchaba, Tenebrae se irguió en su lugar y apretó los dientes para aguantar el dolor que reptaba por cada fibra de su oscura ala.

—He tardado demasiado ya, así que acabaré con esto de una vez; mi ama te quiere fuera de su camino cuanto antes —mientras hablaba, en su mano nacía una lengua de fuego que enseguida arrojó contra Subaru. Al hacerlo, la flama adoptó la forma de un remolino cuyas magnitudes se incrementaban a una velocidad vertiginosa.

—¡Shield! —un grito se elevó por encima del sonido de las gotas que caían. El atacante frunció el ceño irritado al ver cómo un campo de energía protegía al médium.

—La Card Mistress —musitó fríamente al ver a la mencionada aterrizar gracias a un par de alas que pronto desaparecieron en su espalda. Antes de continuar, se dio el lujo de esbozar una sonrisa triunfante y burlona en sus labios—. Me sorprende verla aquí. Creí que estaba… "indispuesta" tras los eventos de hace unos momentos.

"Él… él lo sabe… lo que pasó con Yue" Sakura lo miró como se podría mirar a una criatura mitológica apareciendo de la nada: con sorpresa y temor a lo desconocido. "No, no puede ser", intentó convencerse. Era imposible que lo supiera. Además, y más importante aún, ¿quién era él?

—¡Sakura! —la aludida volteó sobre su hombro para ver la enorme figura de Kerberos surcando el cielo. La bestia descendió hasta quedar a su lado—. ¿Estás bien?

—Sí, gracias, ¿Y…?

¿Y Yue?

No, el adonis no estaba con el león alado. Claramente él no vendría, y era mejor no preguntar al respecto. Debía concentrarse en la pelea.

—Asumo entonces que esto se pondrá más interesante —dijo en un tono inexpresivo Tenebrae, quien atentamente los había estado observando llegar uno tras otro. Enseguida, y con un solo movimiento de sus manos, hizo aparecer en cada una de ellas una espada de un fantástico brillo azulado, cada una igual en apariencia y poderío que la que blandía antes.

En la oscuridad, una figura blanca observaba lo que ocurría en aquel lugar. ¿Estaría bien su compañero si peleaba él sólo contra la Card Mistress y la Bestia del Sello? No dudaría de sus capacidades en una situación normal, pero era evidente que el ataque del entrometido fantasma había logrado dañarle. La pálida felina lo reflexionó unos segundos ladeando su felina cabeza, hasta que finalmente lo decidió: sí, definitivamente estaría bien. No habría mayor problema para el Hijo de las Tinieblas. A menos que llegara alguien más, lo cual terminaría por dificultar más las cosas. Por lo pronto, al menos el líder de los Sumeragi parecía fuera de combate debido a sus heridas.

Sin embargo, era demasiado tarde para cantar victoria, y ella lo supo cuando percibió una presencia más acercándose… no, eran tres.

"El descendiente de Clow Reed y los Guardianes de su Reencarnación" identificó de inmediato la energía de los tres sujetos. Siendo así, no había más que pensar: había llegado el momento de actuar.

Illusion —invocó tranquilamente—. Con esto no podrán llegar… porque no sabrán a dónde deben dirigirse —se relamió una pata con satisfacción—. Las cartas de Tina-sama no son como las de Clow Reed ni su heredera.

No… eran muy diferentes, y pronto el chino y las dos criaturas mágicas averiguarían tan sólo una parte de lo que eso significaba.

La luz se tornó verde y pisó nuevamente el acelerador, fijando sus ojos oscuros en el camino. Ya se encontraba cerca, podía sentirlo, así como sentía también que su amada prometida estaba ya en el lugar y había liberado el poder de alguna Carta Sakura. Más allá veía dos siluetas aladas que volaban rápidamente por sobre los edificios. Se había encontrado con los siervos de Eriol hacía unos minutos y ellos tenían el mismo presentimiento que él: esa mujer estaba nuevamente haciendo de las suyas, y esta vez quien se veía envuelto por su aura amenazante era nadie menos que su amo.

Viró en una esquina y continuó su camino, mas de pronto el punto lleno de energías encontradas que percibían sus sentidos se esfumó en la nada, o al menos eso fue lo que sintió. Aquel cúmulo de energía había desaparecido sin más.

—¿Qué diablos…? —tras lanzar un juramento se enfiló en la misma dirección que llevaba antes de perder aquel rastro que lo guiaba.

—¿Qué está pasando? —preguntó la mujer de largos cabellos rojos a la pantera que la acompañaba sobrevolando la ciudad.

—No lo sé, pero no me gusta en absoluto —la criatura de negro pelaje frunció el ceño al perder por completo la sensación de aquella presencia.

—Qué fácil es alterar la mente humana y la de los seres débiles —murmuró para sí la sirviente de Tina—. Ahora es tiempo de que vaguen en los laberintos de su propia mente. Maze —invocó a otra carta.

—¿Qué? —Syaoran frunció el ceño—. No recuerdo que esta calle terminara en un callejón sin salida —luego se sacudió la cabeza, confundido "¡Demonios! Tendré que tomar otro camino", así volvió a tomar el control sobre su auto para sacarlo de ahí y virar en otra esquina. Todo esto le resultaba muy sospechoso, además una extraña presencia parecía perseguirlo en todas direcciones.

—Esto no me gusta, Spinel —habló con toda seriedad la mujer alada deteniendo su vuelo y mirando en todas direcciones. Entonces notó que la ciudad cambiaba a sus pies y todo parecía tomar un matiz totalmente distinto y enrarecido—. ¿Quién está haciendo esto?

Su compañero meneó la cabeza con desagrado.

—No sé, pero sin duda es alguien muy poderoso para poder jugar con nosotros a su placer.

—Están atrapados… —sonrió la felina regodeándose con sus alas de dragón.


Miró a su alrededor, sintiendo cómo su desesperación crecía conforme la bruma se hacía más espesa y se cerraba cada vez más sobre él.

"Esto no aguantará por más tiempo" concluyó cuando notó otra baja en la energía del escudo que lo protegía. Esa mujer había sido muy inteligente al utilizar a The Mist para debilitar el campo que había creado para resguardarse de sus ataques.

Eriol no quería atacar a su agresora, lo único que ahora le interesaba eran respuestas, pero ella no estaba dispuesta a dárselas más que a cuentagotas.

—Has aguantado mucho —le elogió con sorna la dama oscura—. Generalmente puedo destruir con The Mist prácticamente cualquier campo en un santiamén… —una mueca divertida asomó por la comisura de sus labios, pasando desapercibida al inglés—… creo que ya habrás notado que es más fuerte que tu misma carta, pues aunque mis poderes son limitados en la ilusión, la energía de mis cartas sigue siendo… considerable —resaltó con orgullo y presunción, pero él no se permitiría amedrentarse tan fácilmente.

—Respóndeme ya —Eriol se mostró impaciente—, ¿Cómo es que tienes un juego de cartas como las que Clow creó?

—Eres muy testarudo —suspiró ella—, aunque siempre lo fuiste, Reed Clow, pero ya te he dicho que mis cartas no son como las tuyas, sino mejores y mucho más poderosas.

—¿Por qué tienes un juego? ¿Quién te enseñó a crearlo…? —preguntó inquieto, pero no pudo continuar cuando su escudo de energía sucumbió finalmente, destrozado por la niebla. Rápidamente se vio obligado a salir no sólo del destruido escudo, sino de la bruma para buscar a la mujer que insistía en tener que vengarse por algo de lo que él no tenía conocimiento.

Sus cartas eran más fuertes, eso ya lo había notado, pues efectivamente la Maboroshi disminuía el flujo de energía y a pesar de ello el poder con que lo atacaban era impresionante. Si él continuaba sin responder estaría en aprietos muy pronto. Había conseguido librarse ya del ataque de The Thunder y The Mist, pero sabía que no podría defenderse por mucho tiempo más.

En su vida… en sus dos vidas sólo había conocido a una persona capaz de igualar aquel poder, pero ella no podía ser esa persona… simplemente no podía…

Un agudo dolor que se apoderó de todo su cuerpo en decenas de oleadas interrumpió sus pensamientos y demasiado tarde se dio cuenta que se había distraído por completo, un error que no podía permitirse frente a una contrincante como ella. Se sorprendió a sí mismo al distinguir que el ahogado alarido de dolor que siguió a esa sensación no era otro que el suyo y se tambaleó aturdido por las punzadas que asediaban su cuerpo como un millar de agujas atravesándolo.

—Lo siento, pero no me agrada que me estén ignorando como lo estabas haciendo —escuchó la voz sardónica de su oponente y abrió los ojos (que había cerrado inconscientemente por la fuerza del espasmo sufrido) para ver su figura oscura frente a él. Después bajó la vista hacia su propio cuerpo y vio la causa del dolor: pequeños cuchillos que le parecieron por docenas hundidos en su piel, atravesando nervios y músculos, haciendo brotar el vital líquido carmín, decorando el suelo con él.

Dagger es una de mis cartas más… efectivas, por así decirlo —rió ella y se acercó al hombre que cayó de rodillas, debilitado. Luego se formó un silencio profundo entre los dos y ella lo miró desde su altura—. ¿Por qué no me has atacado? Sabes que soy una ilusión y has permitido que haga esto… al menos tu descendiente se mostró más decidido.

—Sé que no eres real —Eriol luchó por reprimir un gemido—, pero no puedo acabar con esto hasta no tener las respuestas que estoy buscando.

—Necio —acusó ella severamente. Un momento después las dagas que lo acribillaban desaparecieron y él intentó levantarse sin éxito, pues una punzada general se adueñó de su cuerpo, entumiéndolo—. Sword —le oyó decir y al instante vio por el rabillo de su ojo la aparición de una refulgente y letal espada que ella sujetó con decisión, apuntando hacia él.

Era ahora o nunca. Debía atacarla ya o ése sería su fin.

Ignorando las heridas que parecían querer consumirlo, se irguió e invocó un arma similar entre sus manos con un sencillo hechizo, pero lo que nunca esperó fue la traición de su cuerpo al encontrarse armado al fin frente a ella. Desde la planta de sus pies hasta el último cabello de su cabeza, sintió cómo cada fibra, cada músculo, cada hueso y hasta la sangre circulando por sus venas se paralizaban sin mayor aviso.

"¿Por qué no puedo atacarla?" se preguntó con una creciente desesperación. En su interior casi creyó escuchar un grito mudo, pero claro: "No lo hagas", y aún sin quererlo se encontró obedeciendo, incapaz de dar un solo paso hacia ella, ni qué decir de blandir la espada en su mano. Pero tenía que hacer algo, de lo contrario moriría en ese lugar.

—Lo dijiste hoy mismo —la voz femenina interrumpió sus pensamientos—, que preferirías que te atravesaran el pecho con una espada a verla sufrir. Fueron ésas tus palabras, ¿no? Bueno, pues aquí estoy para cumplir tus deseos.

"No me gusta verte triste. Creo que preferiría que me atravesasen el pecho con una espada"

Sí, ésas habían sido sus palabras exactas, ahora lo recordaba, sin embargo eso no fue lo que activó la alarma en su mente, sino el reparar en la revelación que ella le estaba haciendo:

—¿Cómo lo sabes? —se decidió a preguntar, esta vez con una mezcla de ira al imaginar que había sido espiado sin siquiera darse él cuenta de algún conjuro que lo estuviera vigilando. "Me distraje demasiado mientras estuve con Tomoyo" se recriminó. Sin embargo hubo algo más que lo preocupó, algo que le hizo dar un vuelco en el corazón al recapacitar sobre el significado implícito en las palabras de la mujer: una amenaza oculta—. ¿Y qué es lo que quieres decir con eso? —apretó los dientes y escuchó su rechinar en su boca. Si tan sólo ella se atrevía a hacerle algo a Tomoyo…

—Que no es necesario que la veas sufrir, porque para entonces tú… estarás muerto —susurró "dulcemente" Tina y blandió la espada—. Ésta es mi venganza, Reed Clow.


Las lágrimas salieron de sus ojos violetas y los nudillos de sus puños apretados se tornaron níveos. No podía, simplemente no podía seguir soportando lo que aquella mente sádica la obligaba a presenciar.

"¡Lo va a matar!" una punzada embistió su corazón de sólo imaginar el destino del hombre que alguna vez fue su compañero de infancia "¡Eriol!"

—Muere —escuchó la sentencia final como un eco que reverberó en toda su cabeza, entrando en su cuerpo por cada poro de piel y apretando su garganta.

—¡No! —gritó cuan alto le permitían sus entrenados pulmones de solista y se tapó los oídos inútilmente, como si con ello consiguiera dejar de escuchar los sonidos que se colaban en su cabeza—. ¡Detente! —imploró nuevamente cerrando sus orbes amatistas.

Una cosa era cierta: no podía quedarse tranquila.

Tenía que hacer algo


La espada bajó, cruenta y lenta como ave de rapiña, y comenzó a hundirse en su carne sin que él pudiera hacer nada. Aún sin comprender el por qué de su cuerpo paralizado, Eriol apretó los dientes al sentir el frío filo atravesándolo sin piedad, sin embargo éste se detuvo repentinamente haciéndolo alzar la mirada para ver que su atacante temblaba de su mano derecha, con la que empuñaba el arma, mientras con la izquierda se sostenía la cabeza como si una gran jaqueca le aquejara.

La espada cayó al suelo envuelta en un estruendo metálico y la mujer se tambaleó hacia atrás, sosteniendo su cabeza con ambas manos esta vez. Pensando que ésta sería su oportunidad, la Reencarnación de Clow intentó avanzar, pero no sólo el dolor se lo impidió, sino esa inexplicable parte suya que no le permitía acercarse a su contrincante. Frustrado y molesto, Eriol intentó blandir nuevamente su propia arma. Estando su vida en juego, lo conseguiría a costa de lo que fuera.

—"No la toques… no te atrevas, por favor" —sentenció una voz en lo profundo de su mente y esta vez logró reconocer a la persona que le hablaba. Contrario a lo que había pensado en un inicio, no se trataba de su propia conciencia ni nada similar, sino de un tono gentil pero autoritario que había conocido en sus sueños.

"Clow-san…"

—Vete —parpadeó al oír esto y, reprimiendo una mueca de dolor, volvió su atención hacia la silueta que se alejaba de él tambaleando—. Vete, por favor, o ella te matará… —la oyó decir con voz débil—. No podré detenerla por mucho tiempo…

—¿Qué…? —se descubrió a sí mismo sin palabras, incrédulo y aturdido—, ¿Quién eres…?

—¡Huye! —le gritó ella exasperada.

—P-pero… ¿cómo?

—Rompe la Maboroshi… —su voz ahora era diametralmente opuesta a la burlona que había escuchado antes de que las cosas dieran semejante giro; se le escuchaba apagada y suplicante—. Atácame, ¡hazlo!

Menudo detalle, pensó Eriol. ¿Cómo podría hacerlo si Clow insistía en lo contrario?

—¡Hazlo, por favor! No puedo más…—insistió ella al verlo titubear. Aunque él no podía ver su rostro, pudo adivinar que ella (quien quiera que fuera) se encontraba en agonía. Pero esa voz… no, era simplemente imposible. Sin embargo, no era momento de detenerse a pensar en las razones por las que le resultaba tan familiar: tenía que hacer algo; el problema era que su cuerpo continuaba obedeciendo a Clow y no parecía estar muy de acuerdo con él en atacarla.

—No puedo —reveló finalmente, abatido.

—Entonces… tendré que hacerlo yo.

La vio empuñar una vez más la espada y se preparó para un nuevo ataque al entender que su tregua había terminado. Si no podía repeler la embestida ni atacar, al menos se defendería hasta el último momento.

Lo que a continuación sucedió el inglés jamás podría explicarlo: su otrora atacante en un abrupto movimiento alzó el arma y al segundo siguiente la bajó nuevamente para clavarla sin miramientos en su propio cuerpo, alrededor de la boca del estómago. Tras emitir un gemido de dolor se dobló sobre sí misma para caer sobre sus rodillas mientras un caudal de sangre comenzaba a hacerse camino hacia el suelo.

—¿Por qué…? —no pudo terminar siquiera. ¿Qué diablos acababa de ocurrir?

—No debes dudar —manifestó ella en apenas un hilo de voz, jadeando y retorciéndose de dolor—, porque la próxima vez no será una Maboroshi… y ella no me permitirá hacer esto nuevamente.

—¿Qué…? ¿Quién…? —pero no pudo preguntar más al verla caer pesadamente al suelo. Al instante la imagen que se desplegaba ante sus ojos comenzó a desvanecerse y tanto el "escenario" como la mujer desaparecieron por completo, dejándolo a solas con su propia confusión y la única certeza de que (de alguna manera) todo se había terminado… por el momento al menos. No obstante, aunque hubiera querido seguir meditando al respecto, no pudo llegar más allá. Todo a su alrededor comenzó a nublarse hasta volverse finalmente oscuro y pronto se sintió caer hacia un costado. Su cuerpo agotado no respondió a sus reclamos y terminó escuchando el golpear de su propia cabeza contra el suelo. Intentó abrir los ojos e incorporarse, pero sus músculos no responderían; era como si todas las reservas de su fuerza le hubieran sido arrebatadas sin mayor preámbulo. Sus energías lo abandonaron finalmente y su mundo se tornó negro.


El aire escapó de sus pulmones cuando cayó pesadamente de espaldas empujada por el fuerte golpe de aquella enigmática criatura.

Había logrado esquivar el filo de una de sus espadas por escasos centímetros gracias a la carta The Jump, pero fue sorprendida aún en pleno aire por una veloz llamarada azul que le dio de lleno en el pecho, sofocándola. Alzó la mirada mientras hacía un esfuerzo por levantarse y vio que el joven de oscuros cabellos ahora caminaba hacia la Bestia del Sello, que se mantenía en posición de ataque y tenía las alas desplegadas listas para cualquier cosa. Kerberos empero no podía moverse libremente con la pata izquierda delantera herida por una profunda abierta que la recorría de arriba abajo sin dejar de sangrar; también su mandíbula estaba lastimada del mismo modo con una herida que subía desde su garganta hasta la naciente de su oreja, además de la profunda cortada que le desgarraba el borde del ala derecha. Sin embargo su fiel guardián no dejaba de mostrar una actitud fiera y lanzaba ardientes lenguas de fuego por el hocico hacia su atacante, aunque éste pareciera mucho más rápido que él en sus movimientos.

El varón preparó sus dos espadas y se lanzó contra la bestia, pero se detuvo en seco a medio camino y de improvisto cambió el objeto de su atención hacia otra dirección, en algún otro lugar perdido en la distancia.

—Tienen suerte —Sakura le oyó musitar antes de extender sus heridas alas y alzar el vuelo con una velocidad que la mujer no hubiera creído posible en semejante estado para perderse en la oscuridad de la noche sin mayor explicación.

Sin pensarlo dos veces la castaña se puso de pie, reprimiendo el dolor que este movimiento le causó, y corrió hacia su querido amigo peludo.

—¡Kero! —llegó hasta él y éste simplemente le sonrió, procurando contener el dolor.

—Se fue porque lo han llamado —se limitó a declarar el animal. La Card Mistress frunció el ceño. Sí, eso también le había parecido a ella. La pregunta era ¿quién?


Ambas figuras aladas se detuvieron en su vuelo cuando el humano que iba manejando debajo de ellos se paró sin dar previo aviso de ello. Ellos bajaron hasta donde se encontraba el automóvil para averiguar qué había sucedido. Quien preguntó primero fue la de la silueta femenina.

—Puedo sentirla otra vez —fue la respuesta del chino—. No sé qué técnica usaron para mantenernos alejados, una especie de ilusión, pero se está esfumando.

—Es cierto —observó la mujer y Syaoran frunció el ceño.

—Pero la energía de Sakura se ha vuelto muy débil. ¡Hay que apurarnos! —no hubo terminado de decir esto cuando arrancó el auto de nueva cuenta.

—¡Hey, espera! —Ruby Moon intentó calmarlo, pero ya era tarde. El vehículo se encontraba ya lejos de ellos, así que se encogió de hombros y le siguió agitando sus alas rápidamente.

—Ése era el poder de una carta —razonó con suspicacia la pantera cuando se vio sola—. El problema es… ¿de qué cartas se tratan y quién las está controlando? Debe ser una persona muy fuerte para hacerlo sin delatar su presencia… —concluyó la criatura—, muy fuerte.


Apretó los dientes mientras caminaba hacia la ventana. Estaba furiosa. Ya había llamado a sus dos guardianes para que regresaran. Ahora no pensaba en luchar contra la Card Mistress, ni contra el descendiente de Clow, ni siquiera contra la Reencarnación del mismo Clow Reed… ahora lo único que pensaba era en esa mujer.

—Esa maldita mujer —farfulló crispando los puños—. ¡Cómo se atreve a detenerme así!

Le había dejado en claro que no intentara siquiera interrumpir en sus asuntos, pero lo había hecho. La había desafiado.

—¿Quién se cree que es? Ésta me la va a pagar con lágrimas de sangre —masculló en medio de la oscuridad de la habitación—. Desearás no haber defendido a ese hombre, desearás nunca haberme desafiado de esa manera.


"Hmmm… finalmente terminó el combate" pensó sin apartar la mirada de esos fríos ojos violetas que lo contemplaban con ira. Una ligera sonrisa socarrona cruzó sus labios: el Hijo de la Luna continuaba sin saber siquiera que la Reencarnación de su querido Mago Clow había sido atacado al igual que su amada dueña.

—¿Cuándo me dejarás salir de aquí? —reclamó Yue, ajeno a sus pensamientos.

—Al amanecer; cuando tu energía esté de regreso no podré hacer nada para retenerte, pero no se te ocurra hacer alguna tontería cuando vuelvas a ser tú mismo —le advirtió.

—¿Tontería? —el usualmente estoico ángel frunció el ceño.

—No te acerques a tu ama.

—Necesito hablar con ellaargumentó Yue sintiéndose cada vez más molesto. ¿Ahora se atrevía a darle órdenes después de mantenerlo cautivo?

—Debes dejarla en paz de una buena vez, ¿es que no lo has entendido? No tienes derecho a amarla… a tener ninguna clase de sentimientos hacia ella; nada que te pueda distraer de tu labor. Tú fuiste creado para servir y proteger únicamente, no para desarrollar emociones ni sentimientos. Eso déjaselo a los humanos.

—¿Sentimientos? —Yue desvió la mirada—. Sigues diciendo tonterías.

—¿Eso crees? —el otro se cruzó de brazos, divertido por la actitud del Juez—. Está bien, como tú le quieras llamar. Por ahora, me es más importante que comprendas que tu destino, al igual que el de Kerberos y las Cartas, es estar solo. Ustedes vivirán mientras exista magia que los mantenga con vida, pero sus amos son efímeros. ¿Aún no lo comprendes? Ellos morirán… ella morirá; tú no, y quedarás solo… nuevamente, como ocurrió con Clow.

—Solo… otra vez —repitió Yue para sí. No, no quería eso. No quería estar nuevamente solo, encerrado durante siglos en espera de alguien, con el corazón destrozado por la partida de un ser amado. Sólo ahora lo entendía. Sakura inevitablemente moriría tarde o temprano, lo dejaría igual que había hecho Clow, pero esta vez sería aún más doloroso, porque él…

—Ahora te das cuenta —el otro se acercó a él—. Ahora comprendes que tú no estás hecho para sentir, de lo contrario solamente sufrirás una y otra vez.

Yue asintió en silencio y sintió la figura del otro acercarse aún más, hasta quedar muy cerca de su oído. Entonces susurró algo que ya no lo tomó por sorpresa como seguramente hubiera hecho anteriormente:

—Entonces aléjate de ella, olvídate de que alguna vez sentiste algo por tu protegida.


Su cerebro registró que no podía moverse libremente aún antes de abrir los ojos. Al hacerlo y devolver poco a poco su conciencia al mundo de los vivos percibió un constante pitido en su oído que sonaba a intervalos a los que pronto se acostumbró y que después de un momento de bruma reconoció como un monitor de signos vitales. Notó también que el aire que respiraba era más fresco de lo normal y entonces bajó un poco la vista hacia su nariz, observando que una mascarilla de plástico cubría la mitad de su cara. No necesitó de un tercer elemento para concluir que debía encontrarse en un hospital.

Había estado en muchas clínicas antes, pero nunca como un paciente más. Era una sensación extraña ser ahora quien estaba tendido inútilmente sobre la cama mientras el mundo continuaba girando allá afuera.

Le dolía el pecho, vaya si le dolía. El simple hecho de respirar le resultaba un suplicio bastante dificultoso. Ni qué hablar del resto de su cuerpo mancillado.

Poco a poco algunas imágenes comenzaron a colarse en su cerebro y supo que se trataban de los recuerdos de la noche anterior. Le parecían ahora tan extraños que incluso se preguntó si no se tratarían de un simple sueño, así que se sacudió aquellas memorias de la cabeza. Estaba demasiado cansado para ponerse a pensar en esa clase de dilemas y prefirió mirar hacia la ventana, pero entonces una sombra en la orilla de su campo de visión llamó su atención y se volvió para ver a su izquierda una oscura cabellera que se desparramaba en larguísimos mechones ondulados sobre las sábanas, haciendo contraste con la blancura de éstas. Sin poder evitarlo sonrió al instante. Pensó en hablarle a su agradable visitante, pero prefirió no despertarla y, olvidando por un instante la presión en su pecho, rió como pudo al sentirse ridículo cuando un pensamiento sobre la belleza de aquella mujer cruzó su mente. Definitivamente debía estar loco… ¿cómo se atrevía a pensar que ella se veía hermosa cuando ni siquiera alcanzaba a vislumbrar su rostro desde su posición?

Pero enseguida ella se removió en su lugar y se irguió para observarlo con una expresión de agradable sorpresa.

—¡Eriol! has despertado. Lo siento, yo sólo estaba… —pero tuvo que interrumpirse cuando un dedo cubrió sus labios.

—Shhh —sonrió él, hablando como podía—. No sé cuánto tiempo llevo aquí, pero creo que he dormido suficiente. ¿Cuánto tiempo llevas aquí sin descansar? Pareces agotada.

Tomoyo sonrió al escuchar aquella pregunta. Sí, ése era el mismo Eriol Hiragizawa; podía haber pasado una noche terrible sosteniendo una lucha a muerte con un despiadado enemigo y aún así ahí estaba, preguntándole a ella si había conseguido dormitar un poco.

—Estaba preocupada.

—¿En serio? —pese a su estado demacrado, él alzó un par de cejas curiosas—, ¿Por qué?

—Porque… —Tomoyo bajó la mirada—, creí que morirías —dijo en voz muy baja, tanto que él tuvo que aguzar su oído para entenderle—. Yo… no quiero que te pase nada. Tenía miedo.

Estaba diciendo la verdad… o casi toda. En realidad ella sabía que no era medio lo que había sentido, sino auténtico pánico. Sabía que sentía miedo cuando su amiga estaba en peligro, incluso cuando Li lo estaba, pero ellos siempre se ponían en riesgo aún cuando eran pequeños y había aprendido a lidiar con esa sensación de angustia. Pero el poderoso mago que tenía ante ella siempre le había parecido imbatible y ahora que lo llegaba a ver en ese estado y que sabía que estuvo a punto de morir en manos de aquella cruel dama…

Era como si toda la confianza que había llegado a albergar de que todo saldría bien se hubiera derrumbado con un único y austero golpe.

Entonces se dio cuenta de algo: la fortaleza de Eriol Hiragizawa, Sakura Kinomoto y Syaoran Li era su propia fortaleza. Ella contaba con amigos como ellos para seguir adelante, pero cuando esta fuerza se vulneraba ella perdía uno de los pilares que la sustentaban.

—No quiero que te pase nada —repitió escuchando un tremor en su propia voz "¡Dios…! Nada va a salir bien" pensó sintiendo que caía rápidamente en la desesperanza, "Ella…"

—Estaré bien… —Eriol tomó una de sus manos entre las suyas—, te lo prometo, Tomoyo.

Ella simplemente asintió con lentitud, pero por dentro sentía que se continuaba derrumbando a pasos agigantados, inevitablemente "No, no estarás bien, porque ella no descansará hasta no haberte matado".

El inglés notó que no había conseguido apaciguar su inquietud y con un esfuerzo se sentó para observarla mejor. También se retiró esa molesta mascarilla de oxígeno, aunque por un instante le costó aún más trabajo aspirar el aire de la habitación.

—De verdad, Tomoyo, no va a pasarme nada. Esta vez me descuidé un poco, eso es todo —le aseguró con una de sus encantadoras sonrisas esperando que ella le creyera, aunque él sabía que había sido más que un descuido; simplemente su cuerpo había dejado de responderle ante la sola idea de atacar a su oponente. Tomoyo lo miró con severidad.

—Li-san te atendió. Fue él quien nos dijo que tienes cuarenta y siete heridas con arma punzo cortante, quemaduras en casi todo el cuerpo y un pulmón perforado. Perdiste mucha sangre y cuando te encontraron estabas totalmente inconsciente, agonizante. ¿No lo entiendes? Si ella te hizo eso esta vez, la próxima… —su voz se quebró y prefirió bajar la mirada y guardar silencio.

¡Vaya!, pensó el varón, ella se preocupaba por él. Era una sensación tan extraña el darse cuenta que alguien que no fuera alguno de sus guardianes podía preocuparse por su bienestar, que alguien estuviera al borde del llanto por pensar que algo podría pasarle. Spinel Sun y Ruby Moon permanecían al pendiente de él, pero estaban tan orgullosos del poder de su amo que no podían concebir siquiera que algo le pasara; sus propios padres habían muerto cuando él tenía ocho años, pero en aquellos años jamás había visto un gramo de mortificación en ellos, que muy bien conocían la identidad y poder de su hijo; nada que pudiera atravesar su escudo de orgullo y autoconfianza.

Sin embargo, de la nada venía esta hermosa mujer y le decía sin mayor razón que no quería que le pasase nada. Él le importaba, quizás no de la misma manera como ella le importaba a él, pero aún así era algo que se sentía bien, como si un vacío en su interior encontrara finalmente la manera de llenarse.

Cuando la primera lágrima escapó tercamente de sus ojos violetas él no pudo evitar alargar una mano y retirar aquella gota salina de su mejilla con el pulgar. Tomoyo se sobresaltó un poco cuando ese dedo rozó su piel y a Eriol le pareció que ella contenía el aliento cuando, respondiendo a un impulso inexplicable, él dejó su mano en aquel tibio lugar y comenzó a acariciar con sutiles movimientos de sus dedos la mejilla femenina.

Entonces la Reencarnación de Clow recordó las palabras que había oído durante su enfrentamiento, aquellas que le habían llenado de incertidumbre y rabia:

"… no es necesario que la veas sufrir, porque para entonces tú… estarás muerto. Ésta es mi venganza, Reed Clow".

Lo comprendió perfectamente: ella no sólo quería vengarse acabando con él, sino que lo haría en todos los aspectos posibles: atacando todo cuanto fuera importante para él. Ya tenía en la mira a Sakura y Syaoran, y ahora su amenaza había incluido a Tomoyo.

"No" apretó los dientes y sintió que la sangre le hervía "no dejaré que te acerques a Tomoyo".

—¿Eriol? —le llamó su visitante al notar su cambio de humor—, ¿Qué ocurre?

El europeo aspiró y suspiró para tranquilizarse. No quería preocuparla, de modo que ella no tenía por qué saber toda la vedad. Estaba decidido, no permitiría que nada le pasara a esa dulce joven, aunque en ello se le fuera la vida. Se acercó a ella y le guiñó un ojo al tiempo que susurraba como si las paredes pudieran oírle:

—No me rendiré, Tomoyo, porque pienso estar aquí para protegerte. Te prometo que nada te pasará.

Ella quedó atónita a sus palabras, pero su sorpresa se incrementó exponencialmente cuando él se inclinó hacia ella y finalmente dio un respingo en su lugar cuando los labios del inglés cubrieron los suyos en suave beso que le detuvo el alma, aturdiéndole en mente y cuerpo. No fue más que un roce cargado de una suave ternura que le provocó un nudo en la garganta. Los dedos del hombre aún continuaban electrizando su mejilla con una etérea caricia.

¿Por qué la besaba? Ni el mismo Eriol lo sabía. Sencillamente no le había sido posible evitarlo por un segundo más. Había sido imperante aquella necesidad de sentirla y demostrarle cuán importante era ella para él, y si no encontraba palabras para explicarle que él hablaba en serio cuando le decía que la protegería con todo su ser, entonces ésta sería la mejor manera de hacerlo.

Tras separarse, Tomoyo se percató de que sus mejillas ardían en mil colores.

—¿Por… por qué…?

Eriol sonrió ocultando la maraña de pensamientos que en ese momento era su mente.

—Creí que ya sabrías la respuesta. Después de todo eres muy perspicaz, Tomoyo.

—¡Pe…pero!

—Lo sé —esta vez la sonrisa varonil se desvaneció en una expresión desolada—, a quien amas es a Kinomoto-san, pero creo que soy un poco obstinado.

Tomoyo no supo qué responder a eso. Sabía que todo eso estaba mal, y no por ella, sino por él. Ella no quería meterlo en más problemas de los que ya tenía. Y si ella se enteraba…

—Además… —él continuó—, comienzo a pensar que no te soy del todo indiferente. Hace un momento me has respondido y puedo verlo justo ahora en tus ojos. No, no hables, por favor —suplicó al ver que ella lo intentaba nuevamente—, permíteme confiar en que aún tengo alguna esperanza contigo —declaró con su habitual soltura. ¿Cómo lo logró? Eso ni él lo supo, pues realmente se sentía apabullado en presencia de la amatista, algo que no era usual en él.

—Yo… —Tomoyo desvió la mirada—, iré por Li-san. Le diré que has despertado —y, sin darle tiempo de decirle nada más, se levantó y salió rápidamente de la habitación, dejando a un Eriol a solas con sus pensamientos.

"Nada te sucederá, Tomoyo, porque yo te protegeré" afirmó una vez más en silencio, "sólo confía en mí, no dejaré que ella…"

Ella.

Eso le hizo pensar en lo ocurrido la noche anterior. Las cartas, aquel enfermizo deseo de venganza, aquella voz familiar…

Firey —repitió en voz baja, reflexionando sobre el significado de esa palabra en especial.

China, cuatro siglos atrás.

Sentados en el camino cubierto casi en su totalidad por hojas de todos tamaños y distintas tonalidades en naranja se encontraban los dos niños. Al verles, cualquiera diría que en su vida no existía mayor preocupación que admirar aquel paisaje mientras el viento otoñal removía las copas de los árboles, desnudándolos de su follaje a cada sacudida.

Uno de ellos, cuya edad no podía sobrepasar los once años, se volvió observando a su compañera con una ceja inquisitiva.

—¿Firey?... ¿Earthy?... ¿Watery?... ¿Windy?... ¿Qué clase de nombres son esos para unas cartas?

La niña simplemente sonrió y se encogió de hombros.

—Pues… se oye más bonito que "Fire", "Earth", "Water" y "Wind", ¿no crees?

El chicuelo elevó sus maravillosos ojos azules al cielo y finalmente se resignó con un suspiro.

—Debí haberlo imaginado… tratándose de ti —y su perspicaz declaración fue inmediatamente seguida por el melódico sonido de las carcajadas de los dos jóvenes cómplices.

Tomoeda, tiempo presente.

Aquellos recuerdos ya casi habían quedado en el olvido, pero la forma en la que habían regresado era tan real que casi pudo escuchar las carcajadas antaño y aspirar la fresca brisa del otoño chino.

Eriol cerró los ojos y volvió a concentrarse en su pasada batalla.

"…siempre debo estar preparada para cualquier situación en caso de que el plan A no funcione. Por cierto, ésa fue la primera lección que el Maestro me enseñó hace siglos"

Eso le era familiar también, pues fue precisamente lo primero que aprendió de su propio maestro.

China, cuatro siglos atrás.

De pie sobre la loza que conformaba el patio del misterioso templo oculto entre los frondosos bosques de Asia, un hombre mayor observaba con suspicacia a dos pequeñuelos cuyas miradas parecían centellear curiosidad e inocencia a cada segundo que pasaba. El chico ostentaba grandes raspones en su mano derecha y sus ropas eran un caos de hierba, lodo seco y tintura de frutas silvestres, en tanto que la niña apretaba con sus pequeñas manos una herida en su rodilla izquierda y se mordía los carrillos para no emitir quejido alguno.

No había esperado un resultado diferente de aquél, pues lo importante de esa primera prueba era que estaba diseñada para no ser superada. Esto tardarían años en comprenderlo sus pequeños aprendices. De cualquier manera, el hombre meneó la cabeza y pasó un recipiente con agua para que ambos chiquillos la compartieran. Mientras los veía beber, habló:

—Lo primero que deben aprender es a estar siempre preparados ante cualquier situación, sea cual sea. Así evitarán ser tomados por sorpresa no sólo durante la batalla, sino en todos los aspectos de la vida. ¿Entendido? —cuestionó con su mirada siempre severa en ellos.

—¡Si, Maestro! —Inmediatamente los dos asintieron con una enorme sonrisa en sus sonrosados rostros infantiles.

—Bien —concedió—, entonces comencemos…

Tomoeda, tiempo presente.

Aquellas memorias eran cada vez mas claras. Apenas podía creer que habían pasado los siglos desde esos instantes grabados en la cabeza de Clow.

Y además estaba eso otro…

"Lo siento, pero no me agrada que me estén ignorando como lo estabas haciendo"

—¡No puede ser…! —se llevó una mano a la frente, no pudiendo… no queriendo creer aquello—, no… no ella…

Inglaterra, cuatro siglos atrás.

—¡Reed Clow, otra vez me estás ignorando! —aquel gritó en su oído lo sacó completamente de su mar de pensamientos. Fue entonces, y sólo entonces, que se dio cuenta de que su mente había estado en todos lados… menos en donde debería de estar.

Se volvió hacia la joven a quien pertenecía esa hermosa voz y le sonrió con su acostumbrada gentileza y seriedad, ocultando magistralmente una carcajada interna.

My most sincere apologies, my Lady.

—No te hagas el gracioso… ¡No tiene caso hablar contigo! —le reprochó ella con una mueca de disgusto y exasperación. Al hacer esto algunos mechones de su largo y oscuro cabello cayeron de su moño perfectamente arreglado. Él sonrió un poco más esta vez y sujetó aquellos sedosos rizos con una mano, acariciándolos cual si se trataran de pétalos de rosa. Su mirada se volvió deliberadamente intensa.

—¿Sabías que te ves aún más hermosa cuando te enfadas?

Al instante ella le dio un golpecillo en la mano para apartarlo y clavó en él sus ojos de un azul tan claro que aún por las noches parecían brillar.

—Joven Reed, esa treta no funcionará conmigo… —pese a sus palabras, un ligero color carmín tiñó sus mejillas y su incomodidad fue evidente—, otra vez… —admitió esto último apenas en un susurro al recordar la frecuencia con que él solía hacerla caer en sus juegos.

—Pero… —él intentó defenderse hasta que uno de los dedos femeninos le señaló directo a la cara.

—Te lo advierto…

Tomoeda, tiempo presente.

El aire en la habitación comenzaba a sofocarlo y las cuatro paredes parecían querer abalanzarse sobre él. Eriol sintió que rápidamente las cosas se desplomaban sin control ni tregua, al ritmo que caían las memorias sobre un lado de la balanza, haciendo añicos su equilibrio mental. Sintiendo claustrofobia, apretó los ojos y su desesperación se acrecentó. No, ella no podía ser… ¡Eso no!

—No, por favor… —imploró quedamente—, esto debe ser una broma.

Inglaterra, cuatro siglos atrás

Ante su amenaza él contraatacó con su mejor arma: la extremadamente conocida y no menos arrebatadora mirada amable y gentil del heredero de los Reed.

—No me mire así, joven Reed —la joven frunció el ceño y se llevó ambas manos a las caderas.

—¿Otra vez hablándome así? —él pareció compungido, una de sus viejas tretas—. Me gusta más cuando me dices simplemente Clow —declaró con una sonrisa—, lo hacías cuando éramos niños.

—Y en ese entonces siempre me metías en problemas —ella entrecerró sus bellos ojos con suspicacia e hizo un ligero puchero que contrastó notablemente con su elegante atuendo de mujer de alta sociedad.

—Porque eres mi amiga —se defendió él encogiéndose de hombros.

—Qué dilema: cada vez tus mentiras se vuelven más creíbles; casi podría jurar que justo ahora hablabas en serio —ella le dirigió una media sonrisa que había aprendido precisamente de él.

Tomoeda, tiempo presente

Aún en negación, Eriol apretó los dientes. ¿Por qué no había pensado en eso antes? No obstante, pese a toda aquella lógica, él no podía aceptarlo tan sencillamente. Simplemente era imposible. Sin abrir los ojos, Eriol se aferró a las sábanas, deseando que las memorias de Clow dejaran de fluir hacia su cerebro, implorando que las sinapsis de sus neuronas cesaran de revivir un pasado que no era el suyo, pero cuyas repercusiones le dolían como si lo fuera.

Pero, por encima de todo, rogaba que todo aquello fuese una vil mentira.

—Por favor… no… —apretó los dientes al sentir que todo arremetía nuevamente. Algo en su interior se fragmentaba rápidamente a cada palabra recordada, frente a aquel rostro alguna vez olvidado.

Inglaterra, cuatro siglos atrás.

—Hablo en serio… —la mirada del varón adoptó un sobrio matiz raramente visto en él—, lo único constante en mi vida has sido tú.

La mujer observó este cambio en su compañero y supo que era sincero. Entonces sonrió mientras admiraba aquella expresión tan inusual en Clow Reed.

—Es lo más sensato que he oído salir de tus labios desde que llegaste a Inglaterra.

El hombre, ahora un prominente mago perfectamente conocido en oriente y un joven prometedor para la alta sociedad de occidente, le regaló una encantadora sonrisa a su amiga de la infancia.

—Es posible.

Ambos quedaron nuevamente en silencio, un pacífico silencio esta vez, disfrutando simplemente de la compañía del otro. Clow se sentó sobre la preciosa fuente para admirar el espectáculo del ocaso.

—Tina… —el joven clavó sus ojos añiles en el sol que comenzaba a ocultarse a lo lejos, tiñendo de múltiples tonos cálidos el cielo europeo.

—¿Hmmm? —preguntó ella abstraída mientras contemplaba el mismo paisaje que él, sentándose a su lado.

—Gracias —susurró repentinamente, sorprendiéndola.

—¿Por qué? —Tina alzó una ceja y se volvió hacia él, viendo que su amigo continuaba observando el horizonte. Entonces Clow sonrió y una apenas audible risa ahogada fluyó de entre sus labios aún cerrados.

—Por nada en especial —se encogió de hombros, pero su expresión no abandonaba aquel misterio que tanto solía rondar su existencia—. Por nada… solamente gracias.

Más allá, el sol culminaba su acto de ocultismo entre un incendio de colores.

Tomoeda, tiempo presente.

—Tina —sus labios repitieron aquel antiguo nombre olvidado—, Tina, tú… no. ¿Tú…? —¿era posible siquiera? No, mejor preferiría que un rayo lo partiese por la mitad y quemara su cuerpo mutilado hasta convertirlo en cenizas.

Pero además había otra cuestión no menos importante. ¿Por qué cuando ella tuvo oportunidad de matarlo su actitud cambió tan drásticamente hasta el punto de ayudarlo a escapar?

Ahora se llevó ambas manos a la cabeza. Todo era tan confuso como frustrante, y su corazón continuaba doliendo con sólo analizar aquella remota posibilidad. Su cerebro le decía una cosa, pero su ser entero se negaba a creerla.


Caminó por el pasillo a toda prisa hasta llegar a la sala de espera, donde fue detenida en seco por un varón de plomiza coleta,

—Tomoyo-sama —la chica dio un respingo.

—Etan-kun —devolvió una mirada a su guardaespaldas y éste frunció el ceño al notar su respiración intranquila y su expresión nerviosa adornada por un encendido color carmín.

—¿Se encuentra bien Tomoyo-sama?

—Sí… s-sí, todo está bien —quiso sonreír, pero ella misma fue consciente de lo patético de su intento.

—Sucedió algo con ese hombre —declaró él sin atisbo de duda—. Por favor, dígame qué es lo que le hizo.

—Nada —ella desvió la mirada.

El varón se irritó y sus ojos grises lo hicieron evidente.

—Sólo intento protegerla, Tomoyo-sama, y sabe usted que puede ocultarme ésta y muchas otras cosas, pero a ella no, y es precisamente ella la única persona de quien no puedo defenderla.

Tomoyo se mordió el labio al comprobar la veracidad de las palabras de su guardia personal.

—Lo sé —y sin decir más se alejó de él para ir a la recepción a preguntar por el doctor Li Syaoran "Y es algo que no puedo olvidar".

Etan Bree se quedó de pie observando a la joven y apretó puños y dientes. No obstante, al saberse entre tantas personas en aquella sala de espera, ocultar su ira contenida le resultó francamente complicado.

"Hiragizawa Eriol… no te acercarás a ella, no le causarás más problemas de los que ya tiene" sentenció en su cabeza y volvió la mirada a la ventana. Afuera hacía un bonito día, lástima que la heredera de los Daidouji no pudiera disfrutarlo como solía hacer antes.

Ojalá él pudiera hacer algo por ella. Si de él dependiera daría su vida gustoso porque ella pudiera estar tranquila otra vez.


—¿Magia Espiritual? —Touya alzó una negra ceja y se cruzó de brazos, observando desde su altura al médium que reposaba en la cama de hospital—, será mejor que me lo expliques, porque no entiendo nada.

El más joven suspiró.

—Existen varios tipos de magia, éstos dependen de la fuente de poder de quien la use… —encontró algunas dificultades para darse a entender, pues nunca antes había tenido que explicar a alguien semejante cosa—, por ejemplo: tu hermana utiliza Magia Astral, de la misma forma que lo hacía Reed Clow. Su prometido, en cambio, utiliza Magia Elemental, pues su poder proviene de los elementos naturales principales; y tú posees Magia Espiritual, ya que tu fuerza nace desde la misma esencia de tu alma… de tu espíritu.

—¿En otras palabras soy una especie de… fantasma mágico? —ironizó Touya con una media sonrisa.

—Un ente mágico, si así quieres verlo —afirmó el otro—, es por eso que ahora es cuando tu verdadero poder está despertando.

—¿Ahora?

—Tú siempre has sido un espíritu Touya, incluso cuando estabas vivo. Así que podías ver a los que, como tú, eran espíritus…

—¿Ahora insinúas que era una especie de "muerto viviente"? —el moreno frunció el ceño y se cruzó de brazos. Cada vez le estaba gustando menos el rumbo que tomaba la conversación. El otro varón se removió en la cama, acomodándose con notable esfuerzo, pues le resultaba de lo más complicado con un brazo fracturado y el cuerpo entero mancillado; luego negó con la cabeza.

—No precisamente. Lo que quiero decir es que, mientras los demás seres humanos son alma y cuerpo como uno solo, tú eras en realidad un poderoso espíritu con vida propia encerrado en un cuerpo. Quizás esto te suene extraño, pero es la verdad —tomó aire y clavó su mirada esmeralda en el que estaba de pie—… El propósito de tu existencia no era precisamente "vivir", como todos los demás…

—¿Qué diablos estás queriendo decir? —La impaciencia de Touya era cada vez más evidente—. ¿Cuál era el propósito de mi existencia, Subaru?

—Morir —respondió el otro sin rodeos—. Tu único propósito era morir para liberar tu espíritu del cuerpo que lo aprisionaba. ¿Acaso nunca lo sentiste?

—¿Se supone que debí haber sentido algo? —el trigueño estaba francamente irritado. Ahora resultaba que alguien venía y le decía que su único propósito en la vida no era otra cosa que morir.

—Que no te sentías tranquilo en donde estabas ni con las personas que te rodeaban. ¿Nunca llegaste a pensar que te resultaba más agradable cuando estabas con uno de aquellos espíritus que podías ver? ¿No sentiste que una parte vital de ti se había desvanecido cuando prestaste tu poder a Yukito-san? ¿no te sentiste vacío?

En esta ocasión el alto sujeto desvió la mirada, algo que él no acostumbraba hacer. La única respuesta que proporcionó a cada una de las aseveraciones del médium fue un incómodo silencio.

—Lo sabía —susurró Subaru y el moreno al fin intentó protestar.

—Pero siempre me sentí bien con mi familia, con Yukito…

—Porque todos ellos poseen magia, aunque ésta sea diferente de la tuya, y así tu alma se sentía identificada con las de ellos. Además, Yukito-san también era un espíritu…

—Yukito no es un espíritu, él es humano.

—Yukito-san albergaba en su cuerpo dos esencias distintas, y, aunque no te dieras cuenta de ello, tú te sentías atraído hacia ambas por la naturaleza de sus espíritus y el poder oculto que había en ellos —objetó sin inmutarse el médium, dejando al otro sin réplica posible. Sólo hasta después de un largo e incómodo silencio fue que el mayor de los Kinomoto se atrevió a hablar nuevamente.

—¿Podré desarrollar esa magia que dices? —decidió dar el tema por zanjado y cambiar a otro no menos importante.

—Ya te lo había dicho: sí.

—Entonces quiero hacerlo y proteger a Sakura de esa fastidiosa mujer. Si ella hace uso de la Magia Espiritual, como dijiste, debe haber algo que yo pueda hacer al respecto.

Al oír mencionar a la extraña atacante, Subaru frunció el ceño y observó al otro con curiosidad.

—Por cierto, ese sujeto dijo que ya le habías causado muchos problemas a su ama. ¿No sabes a qué se refería?

El moreno reflexionó esto por unos instantes y meneó la cabeza.

—A mí también me confundió lo que dijo. Nunca los había visto en mi vida antes de esto.

Subaru iba a hacer otra pregunta cuando la puerta de la habitación se abrió un poco y por ella asomó una cabeza cubierta de cabellos cenizos.

—Me alegra ver que has despertado Subaru —habló con su habitual alegría— ¿Puedo pasar?

—Adelante —concedió el otro y el recién llegado cruzó y cerró la puerta tras de sí. De reojo el médium notó que Touya parecía turbado y ligeramente incómodo, incluso lo percibió en su espíritu.

—Yukito aún no acepta mi muerte, pero tiene que hacerlo lo más pronto posible, así que no tiene que saber que estoy aquí… y que sigo cerca de él, cuidándolo —oyó decir al ente. Subaru no asintió, pero Touya supo que estaba de acuerdo.

—¿Cómo te sientes? —cuestionó el varón de lentes al tiempo que se sentaba en una silla al lado de la cama.

—No me puedo quejar, aunque no podré mover este brazo durante algunas semanas —señaló con su ojo útil su brazo izquierdo, inmovilizado por una férula.

—Sakura-chan me contó lo sucedido. ¿De modo que ese sujeto era sirviente de esa mujer? No entiendo por qué querría atacarte.

El otro no respondió.

—Pero él no te atacó con una Maboroshi, ¿verdad? —continuó preguntando Yukito.

—No, muy pocas personas pueden dominar esa técnica.

—Tu enemigo lo hacía.

—Él… no era mi enemigo… —susurró casi sin aliento y desviando la mirada. Touya por el otro lado suspiró al percibir en el aura del médium una creciente melancolía.

Tokio, dos años atrás.

Aquel hombre de ropas oscuras, el Kamui de los Dragones de la Tierra, anteriormente conocido como Fuuma, estaba finalmente atrapado en su hechizo. Para cualquiera sería imposible salir del área de energía que encerraba la imponente estrella de cinco picos.

—Ya veo —sin embargo Fuuma parecía no sólo tranquilo, sino confiado—, así que esto es lo que planeabas —pero al momento de volverse hacia él, en lugar de sus ojos escarlatas, por un instante, un segundo que fue superior a la existencia media de una galaxia, el joven juró ver un ojo cegado y otro del color de la noche.

"Se parece a él…" la incredulidad podía ser leída en todo su rostro límpido, "no puede ser". Sus manos, que antes soportaban el balance del poderoso hechizo, comenzaron a caer lentamente.

—Si no te concentras, tu hechizo se desvanecerá —aquel hombre sonreía, en él no existía el temor, pero nuevamente esos ojos tan familiares, tan…— Subaru-kun.

Subaru-kun…

Esas palabras terminaron por cortarle de un tajo el aliento. Sus ojos se abrieron inyectados de sorpresa y temor ante el recuerdo que esa voz trajo consigo, ante el impacto de las viejas heridas al abrirse y sangrar nuevamente. Sólo una persona osaba llamar así al poderoso líder del Clan Sumeragi.

El hechizo se rompió y fue devuelto contra él, toda su concentración se había ido al limbo, traicionándolo, al igual que la serenidad de su alma. Docenas de cristales lo atacaron y su cuerpo terminó siendo lanzado hasta ser detenido en su vuelo por una viga de metal que se dobló ante el golpe, luego de lo cual el médium cayó al suelo, debilitado. La sangre corrió carmesí y fugaz por su rostro rasgado . Su oponente caminó con parsimonia hasta él y pronto el médium sintió la fortaleza de una bota contra su estómago.

Su cuerpo desfallecía, aún así… aún así el dolor físico no era comparable con el que le hacía agonizar por dentro.

El mismo pie que de un empellón le sacó el aire del estómago se situó bajo su barbilla y la elevó, apartándose después. Al abrir los ojos su visión era borrosa, pero ahí estaba ese hombre, mirándolo desde arriba con su característica sonrisa cruel y burlona.

—¿Por qué… —musitó débilmente y alzó aún más la vista— Seishirou-san y tú…? —una mano tomó su cabello con brusquedad y comenzó a tirar de él sin piedad, elevándolo hasta alcanzar la altura del otro.

—¿… nos parecemos? —concluyó Fuuma, por él.

Su mirada era fría, tan distinta de la del veterinario de gafas, aquel que había quedado en sus recuerdos para siempre.

—¡Porque eso es lo que tú deseas! —una mano se alzó y lo último que vio fue la amenaza de dos dedos alargados que se dirigían sin titubeos a su ojo derecho. Luego un momento de luz y oscuridad, un momento de paz efímero e inolvidable.

La sangre corrió…

La kekkai con forma de estrella se desvaneció, anunciando que un Dragón del Cielo había sido derrotado… el Dragón de la estrella de cinco picos: un descendiente de los Sumeragi.

Tomoeda, tiempo presente.

Él no había perdido el ojo derecho en memoria de un enemigo…

Yukito pareció confundido con las últimas palabras de Subaru, pero decidió no comentar nada al ver la incomodidad del otro al respecto.

—Yo… quería agradecerte lo que estás haciendo por Sakura-chan —cambió de tema—, aunque te estás arriesgando al hacerlo.

—Tan sólo cumplo con una promesa.

—Sí, la que le hiciste a Touya, lo sé —Yukito lanzó una mirada fugaz a su alrededor antes de volver al hombre en la cama—. Él está aquí, ¿verdad?

Al médium esta cuestión lo tomó por sorpresa y pudo ver lo mismo en la expresión del trigueño.

—¿Cómo lo sabes?

—Llevo más de la mitad de mi vida conociéndolo, sé que él se debe sentir el causante de que tú estés herido aquí en primer lugar; él se siente en deuda contigo y buscará alguna forma de pagarte lo que haces por su hermana.

Subaru volteó entonces hacia el mayor de los Kinomoto, quien se encogió de hombros. Entendió que eso era un sí.

—De cualquier manera, ambos se equivocan —declaró de repente, sorprendiéndolos—, porque no me refería únicamente a la promesa que le hice a Touya. Esto no lo hago por los Kinomoto, sino por mí mismo, porque ahora se trata de algo personal. Tengo que saber por qué esa mujer puede controlar la técnica de un Sakurazuka.

—¿Tanto odias a esa familia? —fue Yukito quien preguntó.

Tokio, dos años atrás.

Al despertar lo primero que vio fue un rostro cargado de tristeza. Su mano se mantenía cálida entre otras dos que la sujetaban con ternura y aprehensión.

—Has estado aquí todo este tiempo, ¿verdad? —recibió con una débil sonrisa al joven Kamui de los Dragones del Cielo.

—Porque tú hiciste lo mismo por mí antes, Subaru —argumentó el muchacho sin soltar su mano. En conjunto, las tres extremidades que se unían en ese gesto se encontraban vendadas; ambos habían sido heridos de gravedad en una batalla, pero no eran las heridas físicas las que dolían, sino aquellas que no podrían cicatrizar jamás…

—Pero yo estoy bien —aseguró el médium desde su posición en aquella cama. La luz entraba por la ventana y era tan bella… aunque ahora no la vería de la misma manera que antes, no con un solo ojo y sin embargo era eso lo que él tanto había anhelado.

La ley del Talión, literalmente. Ojo por ojo…

—Lo siento —la sinceridad total de un jovencito que recientemente había perdido a aquellos a quienes más amaba.

Su ojo único se clavó en la distancia, su expresión lo decía todo y él lo sabía, pero no podía ocultar su miseria.

—No lo sientas… —se llevó la mano libre al ojo derecho, donde un vendaje lo cubría—, esto es lo que yo quería.

Cuando la habitación fue abandonada por el muchacho, el ocaso ya caía en el exterior, la luz naranja entraba por la ventana, reflejando su sombra entre las sábanas de la cama al momento de sentarse.

Su mano derecha sobre su ojo derecho, sintiendo únicamente en su palma la textura de la blanca tela que lo cubría. Sabía, aún sin que tuvieran que decirlo, que no volvería a utilizarlo.

"Había pensado que estaría bien aunque ya no pudiera ver con mi ojo derecho" pensaba en medio del silencio "¿Pero cómo es posible que él…?"

Casi podía escuchar la última sentencia de Fuuma:

"Porque esto es lo que tú deseas"

"¿Cómo… Cómo lo sabía el Kamui de los Dragones de la Tierra?"

Sin embargo ésa no era la pregunta que más quería responderse…

"¿Sabrá también cuál es mi verdadero deseo?"

Tomoeda, tiempo presente.

Al ver en tan reflexivo silencio al médium, Yukito sonrió con evidente tristeza.

—Comprendo. Eso que sientes es algo que va más allá del odio, Subaru. Tú… amas a un Sakurazuka.

—Esas palabras jamás han salido de mi boca. Nunca, en todos estos años, he dicho algo semejante —objetó el otro con severidad.

—No es necesario que lo hagas.

Touya permaneció en silencio. Sabía que Yukito difícilmente se equivocaba al llegar a una conclusión de semejante índole. Además, él mismo lo había pensado y su sospecha se vio confirmada al observar el rostro desencajado del joven Sumeragi, quien cerró los ojos y en vano parecía querer luchar contra sí mismo.

Tokio, dos años atrás.

El puente sobre la bahía de Tokio era una estructura colgante bellísima. La vista de este punto de la ciudad era maravillosa por la noche cuando las luces se encendían por todo lo largo, iluminando su magnificencia sobre el agua que lo reflejaba a sus pies.

Lo vio venir a lo lejos y lo reconoció al instante: Seishirou Sakurazuka. Aquella silueta, aquella sombra, aquellas ropas oscuras. Ambos caminaron con medida paciencia hasta encontrarse.

El hombre de las gafas oscuras sacó un cigarro. Fue Subaru quien lo encendió por él. Después el otro continuó caminando y pasó a su lado, de modo que ya no pudo verle más el rostro. Ambos se daban la espalda, como dos desconocidos… como dos enemigos.

—Al fin nos encontramos, Subaru-kun, no has cambiado ni siquiera un poquito, estás tan guapo como siempre.

Un rayo se impactó desde el cielo, rompiendo con el silencio que le siguió a esas palabras. Como si se tratase de una señal de inicio, la batalla comenzó.

Una decena de tarjetas blancas, con una estrella negra de cinco picos dibujada en cada una de ellas, salió disparada de la mano del médium, transformándose al instante en veloces aves que otra estrella de cinco picos, esta vez escarlata, detuvo, desmembrando aquel hechizo hasta que no quedó huella alguna de las criaturas blancas, a excepción de su sangre derramada que tiñó el piso.

Una kekkai nació en manos del varón de gabardina blanca. Una enorme barrera verde de cinco picos.

Proteger a los seres queridos.

En el espacio creado, la luz enfrentó a la oscuridad. La energía del cielo chocó y reverberó contra la de la tierra en una batalla de antiguos hechizos nacidos en dos de los clanes más poderosos de Japón, entre asesinos y médiums, hasta que una fuerte explosión dejó en ruinas la perfecta estructura arquitectónica encerrada en la barrera. Esperando a que el humo levantado se difuminara, ambos combatientes se miraron a través del polvo y las cenizas.

El Sakurazukamori (2) metió con toda tranquilidad sus papiros de invocaciones al bolsillo de su gabardina. Había llegado la hora de permitirse una vez más su técnica preferida…

Pétalos de sakura flotaron libremente en medio del desastroso escenario, naciendo de la nada, despertando viejos recuerdos.

Tomado por sorpresa, los ramales de un árbol de cerezo con vida propia sujetaron las extremidades del joven Subaru, quien acabó con ellos haciendo correr el poder de su propia sangre con ayuda de una de sus tarjetas. La ilusión se rompió, mas aquellas hermosas flores continuaban llenando el aire con su bello espectáculo.

—No sirve de nada que utilices de nuevo esa técnica —declaró a su oponente—, mi destino ya está sellado por las flores de cerezo desde aquel día.

—El Kamui de los Dragones de la Tierra me lo dijo… —la voz de Seishirou era tan serena, aterciopelada, tan fascinante como siempre—, que tu verdadero deseo… —se quitó las gafas de sol, pero sus párpados continuaron cubriendo sus ojos— era algo que sólo yo podía concederte, pero que era algo distinto a lo que yo creía —su sonrisa era indiscutible, aunque sus ojos permanecían cerrados, como si se concentrara en disfrutar de ese momento, de la tensión que se alzaba y electrizaba entre ellos—. ¿No es tu deseo matarme? —preguntó abriendo finalmente sus ojos; uno velado, otro irónico, encontrándose con los suyos.

Subaru retiró la venda en su rostro y permitió que el viento del río la arrastrara consigo revelando su ojo derecho, antes hermoso, ahora nublado.

—Estás equivocado.

Pero sólo recibió una sonrisa como respuesta.

Evadiendo el efecto que esa sonrisa tenía en él, el médium brincó hacia las alturas, dispuesto a atacar. El otro hizo lo mismo, encontrándose con él al llegar a lo alto. La mano del temible Dragón de la Tierra se elevó en un rápido y certero movimiento para atacar a su contrincante.

Un nuevo rayo impactó la bahía, estrellándose contra la kekkai que los ojos de la gente común no podrían ver jamás. La barrera, comenzó a desintegrarse desde cada uno de sus cinco picos, anunciando la desgracia a los Dragones del Cielo que pudieron atestiguarlo.

En el puente reducido a escombros, una mano atravesaba letal y cruenta el pecho del enemigo.

Subaru no podía respirar, su corazón se había extinguido en el instante en que la mano había cruzado el pecho palpitante. Sin poder creer lo que ocurría se descubrió a sí mismo de pie y con su alto contrincante hincado ante él, sujetándose del brazo del médium, el mismo que le había perforado y aún permanecía dentro de su cuerpo.

Silencio.

Podía sentir la sangre de Seishirou brotando tibia y limpia entre sus dedos. La mirada oscura atravesándole el alma.

Silencio.

Apartó la mano y contempló la huella de su pecado bañada en sangre que fluía a raudales, derramándose por las vestimentas de un ser amado.

Silencio.

Si acaso sus ojos pudieran liberar las lágrimas que le ahogaban las entrañas.

Fue al ver el cuerpo del Dragón de la Tierra desplomándose que Subaru se obligó a reaccionar, sujetándolo entre sus brazos antes de caer al piso.

—¿Por qué?

Sin embargo, Seishirou aún sonreía…

—Fue por tu hermana. Cuando ella sacrificó su vida… —explicó—, ésta fue su última técnica.

La técnica de Hokuto, su gemela, aquella que había muerto en manos de su mejor amigo sin siquiera poder odiarlo. Subaru debió imaginarlo, era un hechizo que sólo ella podía manejar a la perfección. Si el Sakurazukamori intentaba asesinar a la persona protegida del mismo modo que a ella, sería él quien moriría en su lugar.

Hokuto. Con sus últimas fuerzas había hecho su último hechizo, revelándole la verdad al asesino a sabiendas de que al hacerlo podría arruinarlo todo, dejando todo en manos del veterinario (3) y depositando en él su última esperanza, confiando en un sentimiento que un Sakurazukamori no podía aspirar a tener.

El amor de Seishirou por Subaru.

—Aquel día atravesaste el corazón de Hokuto-chan de este mismo modo y desapareciste de mi lado… —susurró Subaru con el alma reducida a añicos—. En lo más profundo de mi ser me obligué a matarte —confesó—, pensé que así borraría todas las huellas de tu existencia en mi corazón, pero… no pude hacerlo.

Al fin, las dichosas lágrimas se decidieron a rodar por sus mejillas, una tras otra abrazándose al desamparo.

—Por eso tú… —su voz se quebró en el espacio silencioso—, pensé que quería que me matases… y olvidar cuando me mataras…

Olvidar… era el propósito final. Si no podía hacerlo en vida…

—Incluso aunque me convirtiera en un Sakurazukamori —aunque se volviera en vil alimento para el Árbol de la Muerte—, si ya lo sabías, lo de la técnica de Hokuto-chan, ¿Entonces por qué…? —quiso saber, necesitaba saber—, ¿por qué?

El hombre en sus brazos respondió, recargando la cabeza contra su pecho:

—Si lo consideras un poco, porque tú nunca habrías tenido las agallas para matar a nadie, porque tú… —levantó el rostro para mirar aquellos hermosos ojos que tanto había elogiado en su juventud—, porque tú en verdad que eres… —se acercó a él y, cerrando los ojos en un gesto típico en él, sonrió de aquella manera tan encantadora, haciendo que el mundo desapareciera a su alrededor, como si no fuera cierto que ambos estaban destinados a ser enemigos, como si no fuera cierto que el destino de la humanidad recayera en sus manos, como si no fuera cierto que el Guardián del Árbol de la Muerte estuviera letalmente herido, como si no fuera ése el asesino de Hokuto, como si todo hubiera regresado a través de los años hasta aquellos días en los que su única función en la vida parecía ser declarar palabras de amor a un tierno muchachos de ojos verdes y tímida personalidad—… un encanto.

Seishirou abrió nuevamente los ojos para mirarlo ahora con un único sentimiento que a un descendiente Sakurazuka no le estaba permitido tener… no le era posible tener, menos aún a un Sakurazukamori. Sin embargo aquellos ojos oscuros lo revelaban todo en un segundo.

—Subaru-kun, yo… —se acercó, anhelante, a su rostro, susurrando contra su oído aquellas palabras por las que el corazón del médium palpitaba— te… amo.

Su cuerpo cayó, inerte, sobre el frío piso, con un Subaru atónito y tan muerto como el que acababa de gastar su último suspiro en decirle su última confesión, su última declaración de amor.

—Tú siempre… —admitió con voz desgarrada—, me decías esas palabras y yo las quería oír —abrazó el cuerpo yerto aún tibio y en sus entrañas ahogó el grito de su alma, bañando el rostro amado con sus lágrimas en medio de la oscuridad.

En esa batalla se había jugado algo más que la vida, y ambos habían perdido.

Tomoeda, tiempo presente

Suspiró y bajó la mirada hasta ver su mano derecha, la misma que había puesto fin con un certero golpe a la vida de Seishirou Sakurazuka.

—Él mató a mi hermana… y aún así jamás pude odiarlo. Ese día… yo también morí con él —susurró por lo bajo, pero el otro alcanzó a oír su confesión.

Yukito sintió empatía con aquel joven. Al menos en el aspecto de perder al ser amado podía comprenderlo bien, pues él aún sufría tan sólo de saber que Touya seguía ahí. "Lo peor es que no quiero que se vaya", pensó.

Touya apretó los puños y se desvaneció en el aire sin decir una palabra al médium. Subaru pudo sentir que el espíritu del hombre estaba totalmente perturbado. Lo último que oyó antes de que el trigueño partiera a otro lugar fue una maldición entre dientes, aunque no comprendió la razón.

Lo que él no supo fue que el ente maldecía su capacidad de leer la mente humana en los momentos menos oportunos, en especial la de Yukito Tsukishiro.


—¿Te gustó la comida? —preguntó con una sonrisa a la criatura que deglutía rápidamente el último bocado.

—¡Está deliciosa! —exclamó el pequeño Kero con deleite. La mujer observó al animalillo, su pata izquierda delantera y una de sus alas estaban vendadas, además de que tenía algunas banditas que cubrían las heridas de su rostro.

—¿Ya te sientes un poco mejor?

—Estoy perfectamente —habló él con porte orgulloso—. De hecho, ¡estoy tan bien que ahora mismo podría darle una paliza a Yue por ser tan tonto! —dijo con un gruñido amenazador al recordar la actitud del Hijo de la Luna la noche anterior, cuando no quiso ayudar al mago en peligro.

"Yue" pensó la castaña y al instante el alma se le fue a los pies. Cuando habían llegado a casa el Guardián ya no estaba en ella y ella no tenía idea de cuál podría ser su paradero. Él no tenía por costumbre salir a la calle a solas y sin mediar palabra al respecto.

Sakura suspiró. Él la odiaba, eso lo había dejado en claro, y lo último que querría hacer sería volver a verla. De manera que había fallado como dueña de las cartas y como amiga. No había podido darle a sus queridas criaturas lo que éstas más necesitaban tener…

Confianza.


La noche ya había caído sobre la ciudad. En la ventana de la planta alta de la mansión Daidouji la joven heredera observaba el hermoso jardín que se extendía a los pies de la construcción. Hacia el horizonte, la ciudad parecía refulgir como las mismas estrellas. Un paisaje sin duda hermoso, idílico, pero que ella no podía darse el lujo de admirar tan tranquilamente.

"¿Por qué lo besé?" se preguntó incesantemente "No debí hacerlo. Etan tenía razón… ahora ella no me lo perdonará…" y, como deseando interrumpir su discusión interna, una voz llegó hasta ella, helándole la sangre al instante.

—"Tomoyo, ¿qué has hecho?" —todo rastro de vida huyó de su rostro al oírla. Lo había estado esperando desde la noche anterior. Sabía que ella estaría furiosa.

—¡Lo lamento tanto! —exclamó cerrando los ojos y alejándose de la ventana.

—"Te advertí que no te metieras en mis asuntos si no querías que yo no me metiera en los tuyos".

—Lo… lo sé, pe-pero…

—"Yo cumplí con mi parte. Te dejé en paz durante todos estos años, a ti y a todos ellos, pero tú has traicionado nuestro pacto".

Tomoyo intentó cubrirse los oídos para ya no oírla más, pero todo fue en vano. Sabía que la voz no provenía de otro lado que su cabeza.

—Yo… no puedo verlo morir así… no puedo… —las lágrimas brotaron en ríos de sus ojos al saberse impotente—, ¡Por favor!

—"Cállate. Desde un principio lo supiste, él y todos los demás deben morir en mis manos y tú no puedes interferir en ello".

Tomoyo bajó la cabeza. Lo sabía, siempre lo había sabido, pero eso no significaba que pudiera aceptarlo tan fácilmente.

—"Pagarás tu atrevimiento. Tú no tienes voluntad en esto, mucho menos derecho a actuar como lo has hecho, ¿entiendes?"

—Entiendo —asintió sin atreverse a abrir los ojos, con el pecho sofocado e intoxicado de dolor, del rencor que le llegaba a través de aquella mujer. Sintió terror, al igual que coraje.

—"Hay algo más…" —continuó la otra mujer— "lo que hiciste hoy en el hospital… ¿acaso creíste que no me enteraría?"

—No.

—"Entonces no lo hiciste por ignorancia, sino por tu estupidez. Creí que eras más inteligente, Tomoyo".

—¡Lo siento! —Tomoyo se sintió sacudida por una oleada de escalofríos que le erizaron la piel.

—"Eso no podré perdonarlo. Hasta ahora he sido demasiado benévola contigo, al grado que me tomas por estúpida, pero es tiempo de que te demuestre que no estoy jugando. Recibirás tu castigo, al igual que Etan, por permitirlo…"

—Etan no tiene la culpa… —protestó ella sin atreverse a alzar la voz.

—"No vuelvas a interrumpirme" —con la amenaza, de pronto el cristal de su ventana se rompió en cientos de pedazos y Tomoyo dio un brinco por el susto. La había hecho enojar y lo sabía—. "Recuerda que cada una de tus acciones serán pagadas… por ellos".

—N-no… por favor… —más lágrimas rodaron por las mejillas de la joven.

—"No vuelvas a retarme, Tomoyo, o su muerte será una tortura… y tú estarás ahí en primera fila para presenciarlo todo".

—¡No, por favor!... se lo ruego… ¡Tina-sama! —imploró y abrió sus ojos vidriosos, pero sería inútil rogarle más; ella no la escucharía. Su presencia había vuelto a su letargo original.

Cayó de rodillas al piso y continuó llorando por largo rato. Sabía que si esta situación continuaba ella no podría conservar la cordura, su mente se debilitaba cada vez que ella aparecía.

Y cada vez que eso ocurría Tomoyo se sentía morir.

No, la muerte sería mejor a eso…

Cada vez que eso ocurría Tomoyo deseaba morir…

Continuará…


(1) deseó poder formar una kekkai, pero sabía perfectamente que esta capacidad se había desvanecido en el mismo instante en que dejó de ser necesaria para la salvación del mundo. Referencia a X/1999, cuando Kamui construye la última y definitiva kekkai, después de que los demás Dragones del Cielo (incluyendo a Subaru) perdieron sus batallas y las barreras (kekkai) que custodiaban.

(2) El Sakurazukamori. Es el nombre que reciben los guardianes –siempre un miembro de la familia Sakurazuka- de un poderoso árbol de sakura que almacena el poder de aquellos que los Sakurazukamori les ofrecen en sacrificio. El propósito de Seishirou, como buen Sakurazukamori, debería ser alimentar al árbol con la sangre de Subaru. Tokyo Babylon (CLAMP)

(3) dejando todo en manos del veterinario. En Tokyo Babylon, Seishirou es veterinario, una máscara que oculta muy bien su naturaleza asesina.

Notas de la autora: ya ni siquiera sé bien cómo pasa el tiempo acá. No sé si ya pasaron 2 semanas o no desde la última actualización (en serio, apenas sé en qué mes vivo), pero se me hizo como que ya era tiempo y alcancé a hacer algún espacio entre mis deberes, porque (en serio) tengo que estudiarme como 5 libros de hidrología, química, calidad ambiental, etc., antes del próximo lunes, y sumando esto al trabajo extra que me mandan desde la otra universidad consorcio y los trámites que me ponen a hacer porque parece que la gente se olvida de cumplir su deber y quieren que yo lo haga por ellos…

Ok, ok, cambio de tema antes de tener catarsis aquí. En fin, son bastantes las revelaciones en este capítulo (espero que la cantidad de flashbacks y memorias no haya sido excesiva). ¿Por dónde empezar? ¿Qué diablos tiene que ver Tomoyo con Tina? Por otro lado, parece que Clow y la mujer tenían una buena amistad en el pasado. Algo habrá pasado ahí para que ahora ella quiera venganza. Y seguimos con el asunto de Yue y su yo oscuro. ¿Alguna solución habrá para esta situación? Bueno, supongo que no tengo por qué citar más incógnitas, ya que ustedes tendrán las suyas. Por lo pronto sólo mencionaré que ya he subido el dibujo de la guardiana de Tina, Lux. Para quien quiera conocerla se encuentra disponible en mi DeviantArt (IsisTemptation) y en mis imágenes de Facebook (Isis Temp). Espero sus comentarios al respecto (¿es así como la imaginaban? ¿no? ¿Cómo la habían pensado?).

Gracias a quienes me han hecho llegar sus comentarios. Es muy agradable recibir palabras de aliento, y si tienen críticas que hacer, también serán muy bien recibidas.

¡Saludos!