¡Hola otra vez! Perdón por la tardanza, es verano, y ya sabéis lo que eso significa. Por no hablar de las minivacaciones sorpresa que me tomé a finales del mes pasado y de la tragedia de Santiago... estaba tan afectada por esto último que no quise continuar ninguna serie hasta pasados unos días. Pero bueno, ya volví, y tengo para vosotras un nuevo capítulo que espero que os guste. Doompadee doo~.

Axis Powers Hetalia no es mío, pertenece a Hidekaz Himaruya-san.

No reclamo ningún derecho sobre "Charlie y la fábrica de chocolate".


El pasillo por el que les conducía el señor Oxenstierna y Berwald era espacioso, aunque tortuoso y umbrío; un par de lámparas de neón bañaban la estancia cada pocos metros, dejando entrever el blanco de las paredes en la penumbra. La escena resultante era inquietante, como sacada de una película de terror, y los invitados a la fábrica no tardaron demasiado en darse cuenta.

–Espero que me perdonéis por esto, no suelo ir por aquí –dijo el señor Oxenstierna con una voz alta y clara que retumbó en el corredor.

–Entonces, ¿por qué nos lleva por este sitio? –preguntó Emil, fijando su mirada violeta en la nuca de su anfitrión. Éste rió.

–Veo que eres muy curioso, pequeño –comentó, volteando la cabeza y sonriéndole–. Ésa es una cualidad que aprecio mucho, sobre todo en un niño.

–Señor, no ha respondido…

–A partir de aquí –informó el señor Oxenstierna, elevando la voz– el camino empezará a tener muchos más giros. No tengáis miedo y seguidnos; pronto llegaremos a nuestro destino.

–¿A dónde estamos yendo? –quiso saber Lukas, aburrido y evidentemente conteniendo las ganas de mascar toffee– No sé por qué, pero tengo la impresión de que estamos yendo bajo tierra…

–¡Crees bien, hijo! Todas mis estancias más importantes están bajo tierra. ¿O crees que arriba habrían tenido espacio suficiente? Ya lo veréis en cuanto lleguemos, ¡aquí abajo hay habitaciones grandes como auditorios, o incluso como campos de fútbol! Ya lo veréis. Personalmente, creo que es lo mejor que haya podido hacer en mi vida, dulces aparte.

Nadie se atrevió a contradecir a su entusiasta anfitrión con algún argumento basado en la humedad o en la geodinámica y se limitaron a seguirle, mirando a su alrededor como esperando que una grieta se abriera de repente y los tragase.

Tal y como se les había dicho, el camino se hizo más laberíntico cuanto más avanzaban: izquierda, derecha, derecha, izquierda, recto, derecha… El dolor de pies que empezaba a sentir disuadió a Tino de seguir fijándose por dónde iban, pero no le impidió continuar, siempre adelante, en dirección a un destino que parecía cada vez más lejano.

Miró con disimulo a su alrededor, fijándose en la impaciencia y el desconcierto exhibido por chiquillos y progenitores y que contrastaba con la actitud de su abuelo Ukko y, muy probablemente, con la del señor Oxenstierna. Éste último, siempre al lado del joven alto e intimidante –¿dónde estaría su perra, ahora que lo pensaba?–, no emitía ni un solo sonido, pero parecía reír y palmotear con cada movimiento. Era curioso, se dijo; el dueño de la fábrica parecía más niño que todos ellos juntos. ¿Sería por el sitio al que les estaba llevando?

Aunque pareciera imposible, la ya avivada curiosidad de Tino había alcanzado un nuevo nivel.

Sin previo aviso, el señor Oxenstierna y su acompañante dejaron de caminar y se quedaron de pie, rígidos e impasibles como dos estatuas gemelas. Tras ellos, sus invitados trastabillaron, sin duda desprevenidos; nadie cayó, por suerte, aunque sí hubo protestas.

–¡Pero bueno! ¿A qué ha venido esto?

–¡Ya podía haber avisado!

–Inútiles.

El señor Oxenstierna se dio la vuelta, ignorando el malestar de los que le seguían, y les sonrió. Sólo entonces, Tino vio por primera vez la puerta que se alzaba ante de ellos, medio escondida por las siluetas de sus guías, y la inscripción indescifrable que en ella había.

–¡Muy bien, pequeños, prestadme atención! –empezó, muy contento– Antes de entrar aquí, me gustaría deciros un par de cosas. ¡Ejem! No me gusta cómo son las fábricas actualmente. Sí, Mathias, no te rías –miró muy severo al susodicho hasta que éste contuvo sus carcajadas–. Decía, no me gustan. Son muy frías, sin calor humano. Creo que desmotivan mucho al personal y eso, en una fábrica como ésta, es algo que no debe permitirse bajo ningún concepto. Es por eso que -como podréis observar- tengo mis estancias puestas de tal forma que mis trabajadores pueden hacer sus tareas de manera fácil y rápida, casi como si fuese un juego. Ya lo veréis. ¡Disfrutad!

Nada más exclamó el señor Oxenstierna aquella palabra, su acompañante sacó un enorme llavero de su bolsillo con el cual, tras escoger una llave, abrió la puerta de par en par.

Las mandíbulas de todos se desencajaron a la vez, a la vez que un maravillado "¡ooooooooh!" salía de sus gargantas al unísono. Hasta el abuelo Ukko parecía sorprendido, lo cual hizo pensar a Tino por breves segundos que o bien no había entrado nunca en aquel lugar o bien todo había cambiado tras el cierre de la fábrica.

El espectáculo era indescriptible: ante sus ojos se extendía un enorme valle en el que crecían flores, árboles de todo tipo y arbustos dispuestos con tal gracia que parecía más bien el jardín de un emperador chino que el recinto de una fábrica. Entre las primorosas arboledas, tres ríos de color marrón, dorado y negruzco dividían el valle en cuatro partes, conectadas unas con otras por medio de una intrincada sucesión de puentes colgantes y acueductos que formaban lagunas de colores curiosos; al fondo, tres cascadas caían con fuerza, señalando el respectivo origen de cada río con un fuerte y rítmico rugido.

Pero, sin duda, lo más espectacular era que, de vez en cuando, unos tubos descendían de un techo inexistente y se sumergían en los ríos, junto a la cascada, para absorber su contenido.

–¡Vaya! –exclamó Tino, casi sin aliento, observando cómo los tubos ascendían. A su lado, el abuelo Ukko le apretó la mano.

–Así que éste era el famoso "Recinto del Salmiakki" –murmuró éste, con los ojos fijos en el río más oscuro–. Qué hermoso…

Ciertamente, a pesar del inusual color de los ríos, el valle era impresionante.

–¿Nunca habías estado aquí, isoisä? –preguntó el pequeño con cautela, apenas alzando la vista en dirección a su rostro. Éste negó levemente.

–¡Muy bien, escuchadme todos!

Toda conversación se interrumpió cuando la voz del señor Oxenstierna, alta y potente, se impuso sobre las demás. Todos los niños, así como sus familias, miraron con desgana a su anfitrión.

–Ésta es la sala más importante de todas las de esta fábrica–dijo en voz alta para hacerse oír por encima del estruendo–. Aquí es donde tratamos el salmiakki antes de hacer con él nuestros dulces. Tras hacer la mezcla en la habitación de al lado, lo hacemos pasar por la cascada, donde esos tubos que visteis lo llevarán a una sección en la que harán con él deliciosas barritas, o pastillas, o incluso refrescos.

–¿Refrescos? –preguntó Lukas, enarcando una ceja.

El señor Oxenstierna rió.

–Por supuesto, pequeño. Ya os lo enseñaré, yo lo llamo "Salmiakkisoda".

Lukas asintió imperceptiblemente, permitiendo que un rictus de desdén deformase levemente su rostro.

–¿Y no usan batidoras para hacer eso?

Quien había hecho la pregunta había sido el señor Stéfansson, quien tiraba pacientemente de la mano de Emil para que éste no fuese en busca de algún exótico pájaro en aquel valle.

–¿Batidoras? ¡Oh, no, mi querido señor! –contestó su anfitrión alegremente– La cascada bate la mezcla mucho mejor que cualquier otro artilugio. Le da al salmiakki ese toque suave y cremoso que tanto adoran los niños. Sí, usamos batidoras, pero en el proceso final, mientras hacemos los dulces; pero es imprescindible que el salmiakki haya pasado primero por esta fase.

Todos asintieron, muy interesados.

–En cuanto a los otros dos ríos que veis –prosiguió, señalándolos con el bastón–, uno está hecho de caramelo y otro, de chocolate. Con el chocolate, la cascada hace maravillas; en cambio, con el caramelo… no sé a ciencia cierta si pasa algo o no, pero parecía divertido cuando lo pensé. De todos modos, al mezclarlo así con el chocolate o con el salmiakki, sale algo verdaderamente delicioso.

. –Una sorpresa más. ¿Veis esos árboles? ¿Y las flores? Todo cuanto veis aquí es comestible, ¡hasta la hierba que pisáis! Incluso Berwald y yo somos comestibles, pero el canibalismo está condenado en la mayoría de las sociedades, así que no lo aconsejaría.

El señor Oxenstierna empezó a reírse con su propio chiste, permitiendo así que su acompañante le tomase la palabra.

–'Xploren c'nto qu'ran –dijo secamente, haciéndoles un discreto pero elocuente gesto con la mano.

El abuelo Ukko soltó la mano de Tino y le empujó con suavidad.

–Umm, isoisä, ¿tú no vas?

–Un poco, pero después de haber hablado con el señor Oxenstierna –respondió éste, dándole otro ligero empujón mientras sonreía–. No te preocupes por mí, ¿hm? Ve a explorar este sitio; sé que lo deseas.

Aquellas cuatro palabras bastaron para que Tino se decidiese a irse corriendo colina abajo y sin mirar atrás, decidido a investigar hasta cansarse aquel valle tan maravilloso. Al igual que él, Emil y Mathias salieron disparados; en cambio, Lukas se limitó a caminar tranquilamente, moviendo la cabeza de un lado al otro para poder apreciar lo que le rodeaba, mientras que Elín habló a sus padres en un insistente islandés.

También los adultos se vieron seducidos por el Recinto del Salmiakki: aquí y allá podía verse por lo menos una silueta adulta que cogía uno o más frutos de colores para comérselos, o que intentaba adivinar qué sabor era cada flor, o incluso que se guardaba dulces de manera no tan disimulada en los bolsillos o en el bolso. Pero poco le importaban a Tino o a los demás niños lo que los mayores hicieran: estar en el Recinto, un sitio que nunca, ni en sus más locos sueños, podrían encontrarse, era suficiente.

Mientras los demás se divertían, Tino se dedicó a explorar él solo el valle. Cruzó varios puentes, notando con sorpresa que estaban hechos de sólidos bloques de salmiakki; trepó a varios árboles y probó sus frutos; correteó por entre los arbustos mientras reía, feliz, creyendo por breves instantes que había muerto y que se hallaba en el cielo.

Algo le distrajo en su investigación: un árbol alto, con frutos de un color sospechosamente parecido al del salmiakki, que se estiraba apenas imperceptiblemente por encima de uno de los meandros del río de caramelo. El pequeño se acercó a él de inmediato, ansioso por probar alguna de aquellas pequeñas delicias, pero se encontró con la desagradable sorpresa de que las ramas estaban demasiado altas para él. Aún peor: el tronco era liso y duro, por lo que no podía treparlo. Intentó saltar, pero sus piernas cortas estaban demasiado debilitadas como para que sus esfuerzos sirviesen de algo. Al final, desesperanzado y solo, decidió quedarse de pie y limitarse a contemplarlo.

De repente, tras él, un brazo se estiró y arrancó de una rama un fruto de tamaño considerable que luego le ofreció. Tino alzó la vista, extrañado y agradecido, y se encontró con la cara del acompañante del señor Oxenstierna. El mismo que le había presentado a su perrita y le había regalado una bufanda.

–T'n –le dijo, agachándose y acercando a su mano el dulce, hasta que el niño por fin lo aceptó.

Kiitos –contestó con una sonrisa, mordiendo la fruta y descubriendo con asombrado placer que sabía a salmiakki con caramelo.

El joven asintió, con las mejillas teñidas misteriosamente de rojo, y lo observó mientras comía. Se aclaró la garganta, tal vez para hablar, pero…

–¡Mirad!

La voz de Elín Fréysdottir resonó en el Recinto del Salmiakki. Todos se interrumpieron y miraron a la niña, extrañados por su actitud, y ella señaló algo en la distancia.

–¡Mirad! –repitió, y todos voltearon la cabeza en la dirección a la que apuntaba su dedo. Algo que parecía una personita recogía frutos rojos de un árbol, junto a la cascada de salmiakki. No estaba sola: a su lado, otra intentaba llenar una tina metiéndola en el río. Y pronto apareció otra, y otra, hasta que se congregó una pequeña multitud en torno a las dos primeras.

–¿Qué son?

–¡Miradlos, son muy pequeños!

–¡Si queréis que os diga la verdad, a mí me parecen niños!

–¿Sus hijos?

–¿Tantos?

El joven se enderezó y, sin mirar a Tino, cogió su mano y se lo llevó de allí. Éste quiso protestar, pero, antes de poder darse cuenta, ya se había reunido con los otros.

–¡Yo creo que son robots! ¿No crees, mor? ¡Qué pasada!

–¡Mamma, yo también los quiero! ¡Cómprame esos robots, anda!

Mientras que el joven, sin soltar la mano de Tino, se los quedó mirando fijamente, el señor Oxenstierna se echó a reír.

–¿Robots? ¡Oh, no, no, hijo! Son personas de verdad, como tú y como yo… pero no, tampoco son mis hijos, mi querida señora –le sonrió a la señora Bondevick a modo de disculpa–. Sólo tengo uno, y es mi Berwald.

Automáticamente, todos se giraron para mirar a su joven acompañante, cuyas mejillas se tiñeron al instante con un delator tono carmesí. También mirándole, como los demás, Tino se quedó mudo de la impresión: aquél que había sido tan amable y bueno con él, que le había dejado mimar a su mascota e incluso ayudado y regalado cosas, esa persona… Esa persona estaba estrechamente relacionada con su ídolo. De haber podido –la mano de Berwald Oxenstierna todavía apresaba la suya–, habría caído de rodillas al suelo.

El abuelo Ukko sonrió.

–Ya decía yo que te conocía –dijo afablemente, yendo hacia él y dándole una palmada amistosa en un hombro–. ¡Cuánto cambiaste, Berwald! ¡Estás altísimo!

–S'ñor V'nämöin'n… –replicó el aludido, todavía más encarnado que antes y muy incómodo.

–Entonces, si no son robots ni hijos suyos, ¿qué son y por qué están aquí? –preguntó Emil, muy serio, atrayendo toda la atención hacia él (para alivio del sonrojado hijo del confitero).

–¡Eso mismo quería oír yo! –celebró el señor Oxenstierna, casi dando saltos de la emoción– Son unas criaturas muy curiosas que Berwald y yo encontramos en uno de nuestros viajes. Los encontré en una isla perdida en medio del Atlántico, a donde jamás ha llegado hombre alguno. De hecho, los descubrimos nosotros.

–¿Cómo se llaman? –quiso saber Lukas.

–No lo sé muy bien, nos dijeron su nombre, pero es tan largo y complicado… Sabemos que empiezan por "tomtar", pero nada más, así que decidimos llamarlos así.

–¿Y cómo los descubrieron? –éste había sido Tino, quien, con las mejillas rojas por la emoción, no se perdía palabra del relato de su anfitrión.

El señor Oxenstierna sonrió, travieso, y miró a Berwald de manera elocuente. Éste negó con la cabeza, dándole a su padre carta blanca para continuar con el relato.

–Veréis, niños…el barco en el que íbamos Berwald y yo había sufrido una avería, por lo que tuvimos que atracar en la isla más cercana para poder arreglarlo –empezó, jugueteando distraídamente con su bastón–. Una vez allí, decidimos investigar para ver si había algo que pudiésemos usar para hacer golosinas; pero, en vez de un ingrediente, nos encontramos algo mucho mejor.

Hizo una pausa dramática en la que paseó la vista por los rostros de sus invitados, quedándose complacido al ver que tenía su atención.

–Nos encontramos con todo un poblado de unas criaturas asombrosas -los tomtar, mis queridos niños-. Todo era pequeñito, como en una tienda de juguetes, y las casas, y las tiendas, todo en general, estaba pintado de muchos colores… Recuerdo que lo que más me sorprendió era que ahí no había nada más que niños. Intrigado, me fui con Berwald a hablar con el jefe, quien enseguida me puso al corriente.

.–Resulta que los tomtar son una extraña especie de… sí, de niños eternos. Por lo visto, sus cuerpos dejan de crecer cuando alcanzan los doce años, aunque su mente sigue desarrollándose -lentamente, eso sí- con el paso del tiempo. Curioso, ¿no? Y… bueno, al ser niños eternos, lo que había empezado como un orden frágil corría peligro de convertirse en una amenaza para su supervivencia. Costaba mucho hacer que cumpliesen las normas, y no había modo de obtener comida y agua para todos. Es más, cuando llegamos, estaba a punto de gestarse una revuelta.

.–Cuando el jefe nos contó su problema, Berwald y yo nos pusimos a pensar en una manera para ayudarles. Y, sí, fue él quien dio con la solución.

Berwald miró al suelo, como queriendo fundirse con él.

–Ellos necesitaban comida, y nosotros, trabajadores. No tardé mucho en hacerle la proposición a nuestro interlocutor. "Escucha", le dije, "creo que tengo la solución. Si os venís conmigo, podréis trabajar en mi fábrica. Así tendréis techo y comida y no os faltará de nada".

.–Él me miró, no muy convencido, y añadí: "Trabajo en una fábrica de dulces. Si aceptas, podréis tener todos los dulces que queráis cuando queráis. Incluso os puedo pagar con ellos, si queréis. Y tengo una pequeña zona en la que podréis jugar tranquilos y comer todo el dulce que queráis".

.-Con estas palabras, la cara del jefe se iluminó. Se puso de pie y me estrechó la mano, tras lo cual corrió a darles la noticia a los demás. Así, nos las amañamos para hacer un par de arreglillos a mi barco y nos los llevamos a todos a la fábrica; desde ese momento, siempre han estado con nosotros, y debo decir que son unos trabajadores estupendos. Eso sí, son muy traviesos y adoran las canciones y los juegos. Por lo demás, son muy simpáticos.

Para cuando el señor Oxenstierna finalizó su historia, todos los niños le miraban, con una mirada intensa en sus ojos brillantes y con las mejillas coloradas. Todos, menos uno.

–¿Y hablaban su idioma? –preguntó Lukas, cruzándose de brazos.

Nej, pequeño.

–Entonces, ¿cómo hicieron para hablar con él?

Era obvio que, para el noruego, la historia era demasiado inverosímil como para ser tomada como cierta. El señor Oxenstierna se dio cuenta de esto, pero su eterna sonrisa no desapareció de sus labios.

–Muy fácil, con señas y dibujos. Ahora, además, saben un poquito de finés y de sueco.

Mamma! Mamma! ¡Yo también quiero una isla! ¡Y también quiero ríos de chocolate, y árboles comestibles, y tomtar que trabajen para mí, y…!

–Mathias, honning (cariño), no creo que debas hacer eso.

Todos se giraron. En algún momento de la historia, Mathias debió de haberse escabullido, y en aquel momento bebía golosamente del río de caramelo.


¡Hahahahahahaha! ¡Cliffhanger! 8D (No conozco el nombre en español, así que mil perdones) Espero que os haya gustado este capítulo, a pesar de la tardanza, y prometo que trataré de volver con alguno más antes de que acabe el verano.

¡Respuesta a reviews!

Pompy Mimusi (antigua australianLiquorice/yuikominamoto): Me alegro mucho de que te vaya gustando tu regalo, estoy intentando hacerlo todo lo feliz y bonito que soy capaz :D ¡Muchas gracias! (Y PERDÓN POR HABERTE ASUSTADO D:)

Sakhory: Aww, perdón por haberte hecho esperar, te aseguro que no quería u_u Por eso no te disculpes, mujer, en aquel momento ya me estaba extrañando de que nadie llamase a mi puerta con antorchas... digo, que nadie me preguntase qué había pasado (?) Y muchas gracias por todo :)

lol07: ¡Jajá, acertaste! *le entrega un paquete de salmiakki* Ya puedes ir saltando floripondiosamente, seguro que es todo un espectáculo xDD De nada... y no, no son muñecos feos ni aliens zanahorios xD Para la próxima ya los verás cantar.

merry kirkland, SAKURITA HIWATARI, JellyJuice, Gaby Wang, Drake-vampire y todas las demás: ¡MUCHAS GRACIAS!

¡Hasta la próxima!