Capítulo Nueve
—No puedo creer que sois novios y no me lo habéis dicho —estaba diciendo Mina—. Y tú que me hiciste creer que la traías a Tokio solo para hacerme un favor —añadió, mirando a Darien. A Serena le daba vueltas la cabeza. O quizá era el mundo el que estaba dando vueltas. Miro a Darien y éste le puso un brazo sobre los hombros—. ¿Desde cuándo sois novios?
La voz de su hermana parecía llegar desde muy, muy lejos. De hecho, Serena tenía problemas para entender algo en medio del barullo de voces.
Todo era tan raro. Mirando las caras familiares a su alrededor, Serena intentaba descubrir si estaban bromeando. Pero los ojos azules de su madre seguían húmedos y Mimet Chiba seguía mirando a su hijo como si acabara de ganar el Premio Nobel o algo parecido. Sus padres, de pie en medio del salón, los miraban orgullosos y su hermana no parecía capaz de estarse quieta.
—Espera que se lo cuente a mi marido —sonreía, apretando su mano.
—Lo sabíamos —dijo la madre de Darien—. Sabíamos que si pasabais un poco de tiempo juntos, os daríais cuenta de lo que nosotros siempre hemos sabido.
—Que sois perfectos el uno para el otro —terminó la frase Ikuko Tsukino, limpiándose una lágrima.
¿La cabeza de chorlito y el guapo del instituto, perfectos el uno para el otro?
Darien la apretó contra él y Serena agradeció el apoyo porque podría caerse redonda en cualquier momento.
—Esto es maravilloso —decía su hermana, mirándolos como si ella fuera el hada madrina—. ¿Cuándo es la boda?
Todo el mundo se calló en ese momento. Un perro ladró en alguna parte y oyeron el sonido de una bicicleta.
Serena miraba los cinco pares de ojos clavados en Darien y ella. Su familia. Las personas a las que más quería en el mundo. ¿Cómo podía mentirles? ¿Cómo podía haber imaginado por un momento que podría mentirles?
Serena se apoyó en el pecho de Darien, mirando los ojos llorosos de su madre. La verdad estaba a punto de salir de sus labios.
—Aún no lo hemos decidido —dijo Darien entonces.
El hechizo parecía haberse roto y todo el mundo empezó a hablar a la vez.
—En otoño —decía Mimet Chiba.
—O en invierno —murmuraba Ikuko Tsukino, con la mano en la mejilla, pensativa.
—Yo creo que en primavera sería perfecto —apuntó Mina, tomando a su madre y a Mimet por el brazo para volver a la casa—. Para entonces habrá nacido mi hijo y podré comprarme un vestido que no sea una tienda de campaña.
La pequeña mentira estaba creciendo hasta tomar proporciones gigantescas. Serena hubiera deseado confesar en aquel mismo instante. Terminar con aquella mentira antes de que fuera más adelante. Ni siquiera tenía que quedarse a aquella estúpida reunión. Podía tomarse un par de Biodraminas, tomar el primer tren que saliera de Tokio y volver a su casa para meterse en la cama y olvidar todo aquel embarazoso episodio.
No tardaría más de diez o veinte años.
Serena dio un paso para ir con ellas, pero Darien la mantenía firmemente sujeta a su lado.
Con un último golpecito en la espalda, su padre y el de Darien se dirigieron al garaje, probablemente para no tener que aguantar una larguísima discusión sobre los detalles de la boda.
—No me lo puedo creer —murmuró Serena cuando estuvieron solos.
—Es muy raro —asintió Darien.
Él no había apartado el brazo de su hombro y Serena podía sentir la sólida y firme presencia del hombre a su lado. Por un segundo, se dejó a sí misma disfrutar del contacto, pero la magnitud de lo que acababa de ocurrir hizo que pronto volviera a la realidad.
—Tenemos que hablar con ellos. Dentro de una hora, habrán hablado con el párroco y estarán preparando los detalles de la ceremonia.
Darien miraba a las mujeres que entraban en la casa en aquel momento, como si él tampoco diera crédito.
—Quizá lo mejor sería no decir nada —murmuró, mirándola.
—No podemos hacer eso —replicó ella, intentando no perderse en el azul de sus ojos—. Habíamos acordado decirles la verdad.
—Lo sé —dijo Darien. Después, apartó la mano de su hombro y la tomó por la cintura con toda la cara del mundo—. Pero míralo de esta forma. Ahora todo el mundo en Tokio se enterará de que somos novios.
—Es verdad.
Eso era lo que ella quería, ¿o no? Volver a Tokio como una mujer nueva, elegante, independiente, hermosa y con un novio enamorado.
Serena sentía las manos de Darien en su espalda, apretándola contra sí. Su respiración se agito cuando él la apretó contra su pecho. La luz del sol se filtraba a través de las hojas de un roble sobre ellos. Sus ojos verdes brillaban. Sus brazos se apretaban alrededor de su cuerpo hasta que Serena creyó que se le iban a romper las costillas.
Pero si seguía apretándola, no le importaba nada.
—Darien —susurró ella.
—¿Sí? —susurró el también, inclinando la cara hacia ella.
—Los vecinos pueden estar mirando… –dijo ella, entreabriendo los labios.
Con una mano, Darien tomó su cabeza y enredó los dedos en su pelo.
—Que miren. Estamos prometidos, ¿verdad? —susurró, antes de tomar su boca. Aquélla era la última oportunidad de Serena. Podría apartarse, entrar en su casa y decirle a sus padres que todo había sido una broma. O… podía estar prometida. Durante un largo fin de semana, podría vivir la fantasía de ser la mujer a la que Darien Chiba amaba—. ¿Verdad? —volvió a preguntar Darien a un centímetro de su boca.
—Sí —la voz de ella era un suspiro. Serena dejó que el beso del hombre interrumpiera sus pensamientos.
Darien entró en su dormitorio y lo encontró casi igual que cuando se había marchado.
Tiró la bolsa de viaje sobre la cama, dio una vuelta por la habitación y se quedó mirando los recuerdos de su juventud. En la pared seguía habiendo un banderín de su última victoria como capitán del equipo de fútbol del instituto, al lado de un poster de reclutamiento de los marines. Sobre un baúl que seguramente contenía los libros y cuadernos del instituto, dos viejas pelotas de fútbol y una de baloncesto. Su madre nunca tiraba nada.
Sonriendo, se acercó al espejo. Las fotografías que había colocadas en el marco lo devolvían al pasado. Él y sus hermanos al lado del cacharro que Andrew se había comprado. Mina, el día de la graduación del instituto. Mina, Serena y sus hermanos en la playa.
Mirando la sonrisa de Mina, Darien intentaba recordar el amor que había sentido por ella y que había creído que nunca terminaría. Pero no podía hacerlo. Sin darse cuenta, sus ojos se habían deslizado hacia el retrato de Serena.
Serena. Descalza, con pantalones cortos y camiseta, el pelo sujeto en una coleta, sonriendo. Con aquel aparato en los dientes.
Su corazón empezó a latir con fuerza.
Darien tomó aire y se acercó más a la fotografía.
Había crecido, desde luego. Diez años más tarde, era delgada, sofisticada, elegante, pero la sonrisa era la misma. Y tenía tanta fuerza como para dejarlo sin aire en los pulmones.
—¡Por Dios bendito! —murmuró, pasándose la mano por el pelo.
—No sabes cuánto me alegro de que hayas decidido quedarte en casa —decía su madre, mientras la ayudaba a subir el equipaje a su habitación.
—¿Y dónde iba a ir? —sonrió Serena.
Ikuko Tsukino se pasó la mano por el pelo y estudió a su hija durante unos segundos.
—A un hotel. Con Darien.
—Ah —murmuró Serena, ruborizándose.
—Quiero decir… bueno, no es lo que yo lo apruebe, pero después de todo estáis prometidos. Hubiera entendido que…
—No, mamá —la interrumpió ella, quizá con demasiada prisa a juzgar por la expresión sorprendida de su madre—. Darien y yo hemos decidido que queríamos pasar estos días con nuestras familias.
Ikuko Tsukino sonrió.
—Me alegro mucho, hija. Además, vive aquí al lado y podréis veros a todas horas. Cuando Darien salía con Mina estaba todo el día… —pero no terminó la frase.
—No te preocupes, mamá —sonrió Serena—. Yo también vivía aquí, ¿recuerdas?
—Claro —dijo su madre—. Ha pasado tanto tiempo, ¿verdad, hija?
Serena vio que los ojos de su madre se llenaban de lágrimas y se acercó para abrazarla.
—No llores, tonta.
Su madre se limpió las lágrimas y le dio un golpecito en la cara.
—Soy una sentimental —dijo, acercándose a la puerta—. Es que me hace tanta ilusión que se case mi niña pequeña… —sonrió. Serena sintió como si un cuchillo se clavara en su corazón—. Estoy muy contenta por ti, Serena. Tienes todo lo que siempre habías deseado, un buen trabajo, una casa preciosa y ahora, a Darien.
—Sí —murmuró Serena—. Todo lo que siempre había deseado.
—¿Te pasa algo?
—No —contestó ella rápidamente—. Es que estoy un poco cansada. Ha sido un viaje muy largo.
—Descansa un poco antes de cenar —dijo su madre—. Estás muy guapa, Serena. El amor te sienta muy bien.
Después de decir eso, salió de la habitación.
El amor le sentaba bien.
Serena no podía evitar preguntarse qué aspecto tendría cuando volviera a estar sola. ¿La ropa nueva, los cosméticos y el moderno corte de pelo seguirían haciéndola parecer guapa? ¿O se convertiría en calabaza al terminar la reunión en el instituto?
Serena se dio la vuelta para sentarse en el alféizar de la ventana, en el que había pasado tantas horas soñando despierta durante su adolescencia. Fuera, las primeras estrellas empezaban a iluminar el cielo.
Apoyándose en el cristal, miraba las casas y los árboles que habían formado parte de su vida, pero no veía nada. Lo único que podía ver era la cara de Darien Chiba. Intentaba decirse a sí misma que un fin de semana con él sería suficiente para llenar los largos y solitarios años que la esperaban.
Era medianoche y Darien no podía dormir.
Quizá extrañaba aquella habitación, llena de recuerdos del pasado. O quizá era recordar cómo había pasado la noche anterior, envuelto en los brazos de Serena, enterrado dentro de ella.
Estaba empezando a excitarse y tuvo que saltar de la cama para ponerse los vaqueros. Necesitaba dar un paseo. Moverse. Sentir el aire fresco en la cara.
No debería haber ido a aquella reunión. Debería haberse quedado en la base, se decía. En el campamento Lunar, donde todo era tan sencillo. Blanco o negro. Tenía sus deberes y los realizaba a la perfección.
A Darien le gustaban las cosas ordenadas. Prefería las líneas rectas. Tenía un mapa de su vida y seguía el camino que se había trazado. Entonces, ¿qué significaba aquel fin de semana?, se preguntaba.
¿Era una vuelta en el camino? ¿O algo más serio… más duradero?
Mientras se abrochaba los vaqueros, consideraba aquella última pregunta, pero decidió pensar en otra cosa. Intentaba que su mente se concentrara en otros pensamientos, pero la imagen e Serena seguía apareciendo en su cabeza.
Ella lo había hecho recordar que su familia había vivido en bases militares y el matrimonio de sus padres no se había resentido, todo lo contrario. Entonces empezó a pensar en las parejas que vivían en Lunar. Y por primera vez, tuvo que admitir que a veces sentía celos cuando sus amigos volvían a casa con sus esposas… y él se iba a la suya… a ver la televisión.
Un agujero se abrió en su interior cuando se dio cuenta de lo poco que, en realidad, tenía en la vida. Una carrera satisfactoria y buenos amigos, desde luego. Pero no tenía una mujer que lo esperase en casa.
Confuso, se puso una camiseta y la cazadora antes de salir a toda prisa de su habitación. Mirando fugazmente hacia la habitación de sus padres, bajó la escalera sin hacer ruido.
Los Chiba habían aprendido tiempo atrás cuales eran los escalones que crujían. Con destreza, los evitó y salió de la casa en silencio.
Y el silencio lo recibió en la calle.
La noche era fresca y húmeda. Las nubes cubrían el cielo iluminado apenas por la luna y una neblina que llegaba del mar parecía cubrirlo todo con dedos fantasmales.
Subiéndose el cuello de la cazadora, tomó la dirección contraria a la casa en la que Serena, con toda seguridad, estaría durmiendo a pierna suelta.
Los recuerdos lo asaltaban y su mente estaba inundada de imágenes. Todas ellas de los tres últimos días.
Darien se paró en medio de la acera y se volvió para mirar la casa de los Tsukino, un borrón casi escondido por la niebla. De alguna forma, en tres días, Serena había conseguido meterse en su piel.
No podía respirar sin pensar en ella. No podía dormir sin soñar con ella.
Antes de que se diera cuenta, se dirigía hacia su casa. Cuando entró en el jardín, recordó las veces que había ido allí de noche para ver a Mina, pero no recordaba haber sentido la misma urgencia que sentía en aquel momento.
Simplemente, tenía que ver a Serena.
Inclinándose, tomó unas piedrecillas del suelo y empezó a tirarlas hacia la ventana del segundo piso que sabía era su habitación.
El sonido de las piedras contra el cristal de la ventana le parecía una explosión, pero no había respuesta. Tiró algunas más y, un poco más tarde, vio una luz a través de las cortinas. Darien no podía apartar los ojos de la ventana y cuando vio a Serena asomarse, respiró tranquilamente por primera vez en toda la noche.
—¿Darien? —llamó ella en voz baja, colocándose las gafas sobre la nariz—. ¿Qué estás haciendo? Darien sonrió. Serena llevaba un camisón blanco de algodón y llevaba el pelo sujeto con una coleta. Estaba guapísima y adorable. El deseo crecía en sus entrañas, dejándolo sin aire en los pulmones. Y algo más profundo, más rico, apretaba su corazón.
—Baja —susurró él.
—¿Ahora?
—Sí, ahora —rió él.
—Espera un momento —dijo Serena, cerrando la ventana.
Darien se acercó a la puerta, recordando la última vez que había ido allí por la noche. Mina y él iban a escaparse, pero ella se había echado atrás.
Años más tarde estaba de vuelta en aquella casa y esperar a la hermana de Mina lo llenaba de una ansiedad que no había conocido antes.
Darien subió los escalones de dos saltos y estaba esperándola cuando Serena salió al porche.
—¿Pasa algo? —preguntó. Darien la tomo del brazo para llevarla a la parte más oscura del porche.
—Nada —contestó él, sentándola en el balancín de madera, a su lado. Estaba temblando y la envolvió en sus brazos.
—¿Qué estás haciendo aquí a medianoche? —preguntó Serena en voz baja.
—Pues… —empezó a decir él. Pues ¿qué? ¿No podía dormir pensando en ella? No. Ni siquiera él mismo podía admitirlo y no pensaba decírselo a Serena—. Hago esto para darle realidad a nuestro compromiso. Seguro que nuestros padres esperan que busquemos un lugar oscuro por las noches.
—Ah —susurró ella, acercándose un poco al hombre.
—¿Tienes frío?
—Un poco —sonrió Serena—. Debería haberme puesto la bata.
Darien se alegraba de que no lo hubiera hecho.
El sencillo camisón de algodón era la cosa menos erótica que había visto nunca. Y, sin embargo, en Serena era más sexy que cualquier prenda de encaje negro.
Darien volvió a sentir que su pasión se despertaba. Por eso había ido allí aquella noche. Quería revivir la noche anterior para saber si había sido real o solo una reacción a la magia del momento.
Pero no era solo el deseo. Era un sentimiento nuevo y embriagador que lo asustaba… y lo fascinaba a la vez.
—Bésame, Serena —murmuró, con el pulso acelerado, deslizando una mano hasta su cuello.
—Darien…
La niebla los cubría, envolviéndoles en una especie de manta blanca. Estaban solos en medio de la oscuridad, en un mundo que sólo les pertenecía a ellos.
Ella volvió a temblar, pero aquella vez, Darien estaba seguro que no era de frío. Si estaba sintiendo lo que él sentía, estaría quemándose por dentro. Él se estaba consumiendo por un fuego que parecía crecer más fuerte cada segundo.
Cuando Darien inclinó la cabeza para tomar sus labios entreabiertos, sintió la extraña impresión de que estaba en su casa. Al primer roce de la boca femenina en la suya, su interior se tensó como un muelle. Ella se apretaba contra él, suspirando, enredando los brazos alrededor de su cuello mientras él la colocaba sobre sus rodillas.
Levantando la cabeza, la miró a los ojos. Allí tenía la respuesta que buscaba, se decía a sí mismo mientras le quitaba suavemente las gafas y las dejaba en el suelo.
Era real. Los sentimientos que lo envolvían cada vez que se besaban eran reales y abrumadores. Serena le hacía pensar en un hogar. Le hacía desear cosas tan absurdas como matar un dragón por ella. Le hacía desear ser todo lo que ella había sonado.
Darien inclinó la cabeza para tomar con ansia su boca, su lengua, sus labios. No podía saciarse de ella. El deseo, la pasión, lo tomaban al asalto como una invasión de los marines. Pero también había ternura, dulzura, amor. Como lo habría hecho en una campaña militar, Darien respondía con todas sus fuerzas. Sus manos se movían sobre el cuerpo de ella, que se apretaba contra él, restregándose contra su dolorido y excitado sexo.
Darien lanzó un gemido ahogado y colocó la cabeza de Serena sobre su brazo. Ella no apartó los brazos de su cuello mientras apretaba sus pechos contra el torso masculino, gimiendo suavemente.
Darien quería mas, necesitaba más.
Nunca había conocido un ansia tan incontrolable. Nunca había sentido un deseo tan desesperado de conectar con una mujer. De poseerla, en cuerpo y alma. Su corazón latía apresurado, su mente daba vueltas y su cuerpo pedía más.
Aun explorando su boca, deslizó la mano por su muslo, buscando los secretos de su escondida caverna. Ella gimió dulcemente, apretándose contra el musculoso cuerpo del hombre mientras sus lenguas bailaban un antiguo baile de seducción.
La oscuridad los protegía. La niebla envolvía sus cuerpos. Darien ahogaba sus gemidos, protegiendo su privacidad mientras la exploraba con los dedos. Con la respiración agitada, sintiendo los latidos del corazón de Serena contra su corazón, él la excitaba cada vez más. Sus caderas se movían bajo sus manos. Ella apoyó los pies en el balancín y levantó un poco las caderas para que la acariciara más profundamente.
—Esto es una locura —susurró un poco después, con el aliento entrecortado.
Lo era y Darien lo sabía. De hecho, los tres últimos días habían sido maravillosamente locos.
—¿Quieres que pare? —sonrió él.
—No —contestó Serena—. No pares. No pares nunca.
—Nunca —susurró él, introduciendo primero un dedo y después otro dentro de ella. Entrando y saliendo de su cueva, él la llevaba donde quería, urgiéndola a buscar la satisfacción que él mismo deseaba—. Tómalo, cariño —dijo con un hilo de voz.
Serena jadeaba, sujetándose a sus hombros.
—Darien —musitó contra su pecho, mientras movía las caderas contra la mano del hombre.
—Déjate ir, cariño —susurró él, mientras con el pulgar rozaba la parte más sensible de su ser.
Serena lanzó un grito ahogado. Sus músculos interiores se contrajeron y él sintió la primera ola de placer. Su cuerpo temblaba. Darien la sujetó más fuerte mientras ella enterraba la cara en su pecho para ahogar sus gemidos.
Y cuando había terminado y estaba muy quieta entre sus brazos, Darien le bajó el camisón y la apretó contra sí. Una sensación de paz lo cubría mientras la abrazaba. De alguna forma, su propio deseo se había saciado al saciar el de ella.
—No me puedo creer que hayamos hecho esto —susurró Serena, unos minutos más tarde.
Él tampoco podía creerlo. Un marine haciéndole el amor a una mujer en el porche de la casa de sus padres, donde cualquier podría haberlos visto… u oído.
Pero lo único que sentía era que se hubiera terminado.
—Yo no lo siento —susurró él, mirándola a los ojos.
—Yo tampoco —sonrió ella.
En respuesta, Darien la besó en la frente. El sonido de sus respiraciones era lo único que escuchaban.
Él había querido saber si era real y tenía su respuesta, aunque no estaba seguro de qué iba a hacer con ella.
Aparentemente, aquel compromiso de mentira estaba empezando a tener una vida propia.
