Observaba el horizonte intranquilo. El alcohol era su único amigo en estos momentos. Siempre había sido su único amigo. Nunca lo había defraudado… había sido su acompañante durante todos estos días y estaba bien con eso.

Era suficiente.

Como si no sintiera el peso de una vida en su espalda.

La idea de su escapada era para poder pensar y para alejarse del mundo por unos días, pero se había convertido en una tortura el desaparecer y no saber nada de ella.

¿Qué estaría haciendo?

¿Qué estaría pensando?

¿Lo extrañaría?

Sabía que su hermana estaría histérica buscándolo y que estaría preocupada por su paradero. Una semana lejos había sido un acto egoísta por su parte y Alice debía estar vuelta loca, pero lo que más le alteraba era saber cómo estaría ella.

Necesitaba escuchar su alegre voz y observar sus muecas divertidas y resignadas cuando él blasfemaba contra el mundo y contra todos, sin importarle que su ángel estuviera siendo perturbado.

¿Por qué había desaparecido en un principio?

Entre los celos y la rabia de saber que no le pertenecería nunca lo volvían un idiota y él lo sabía.

Dios sabe que intentó alejarse, pero él era solo un hombre. Un hombre egoísta y codicioso que sabía lo que quería… y era a ella.

¿Tal vez eso era amor?

Debía serlo porque si no… ¿Qué sería de él cuando la amara realmente?

Bella lo hacía sentir como si todavía tenía una esperanza en el mundo. Como si con su sola sonrisa y sorprendente personalidad le dieran ganas de seguir viviendo. Por ella soportaría una vida tras las rejas o peor aún. Soportaría una vida al lado de su padre, quizás más.

Edward siempre sería ese idiota con complejos de grandeza y un cigarro entre sus labios, pero sería el idiota de ella y eso parecía ser suficiente.

Sabía que su regreso era inevitable. Tarde o temprano volvería, solo que pensó que sería con la indiferencia de siempre… esperando que ella lo hubiera olvidado, tal cual él pretendía hacer. Pero hasta ahora estaba fracasando estrepitosamente.

¿Y que si ella sí lo había olvidado?

Sería lo justo. Se lo merecía por ser un canalla y un presuntuoso… pero no quería eso.

Como el ser egoísta que era, quería que ella lo estuviera esperando, listo para recibirlo de vuelta. Como si nada hubiese pasado.

Edward Cullen era solo un hombre y solo quería una cosa en este mundo… Que ella lo amara tan perdida y locamente como él lo hacía.

Le tomó unos días entenderlo, pero finalmente lo descifró. Lucharía por ella. Lucharía hasta que fuera tan solo polvo y dejara de existir.

Ella se merecía algo mejor, eso seguro. Pero mirándolo desde su perspectiva, él era lo mejor que le pasaría a ella. Sacudiría su mundo de tal forma que su amor sería destructivo e inevitable.

Bella lo odiaría al final de esta historia, pero sabrá que con él habrá vivido esa aventura a la que tanto aspiraba. Serán invencibles. Serán esa estrella que nunca se apaga.

Él se encargará de que nunca deje de amarlo y necesitarlo, porque chicos como Edward necesitan a chicas como Bella y nada los podrá detener. Ni siquiera la vida misma.

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Su motocicleta no podía andar más lento esta vez. Iba a ciento veinte kilómetros por hora en la carretera y consideraba que ella cada vez estaba más lejos. Necesitaba verla pronto o moriría.

No le importaba no ir a su casa primero. No le importaba que fueran las dos de la mañana y ni que podrían pillarlo. Solo necesitaba asegurarse de que ella seguía pensando en él.

Llegó a las afueras de Forks después de dos horas e incluso aceleró todavía más para llegar a su hogar. En estos momentos ni un policía podría detenerlo.

Observó la casa en silencio y en total penumbra. La oscuridad dominaba su habitación y su corazón pegó un brinco. Nuevamente tan lejos y tan cerca.

Tenía que hallar una forma de verla. La mejor forma de llamar su atención sería golpeando su ventana. Eso tendría que funcionar.

Lanzó la primera piedra que encontró y falló miserablemente.

-¡Rayos!- balbuceó molesto.

Al quinto intento sintió el golpe de la piedra hacer su efecto y al cabo de unos segundos, la luz de la habitación había sido encendida. Una confundida Isabella asomó su rostro dormido a través de la ventana.

-¡Bella!- gritó tenuemente alguien desde afuera.- ¡Bella!-

-¿Edward?- inquirió confundida. Intentó buscarlo con la mirada, pero no veía nada. ¿Se estaba volviendo loca?

-¡Bella!- Escuchó nuevamente su nombre desde la penumbra. No podía estar soñando.

-¿Quién está ahí?- inquirió hablándole a la nada.

-¡Soy yo! Aquí bajo el árbol. ¿Puedes bajar?- preguntó susurrando ansioso.

Bella casi entró en pánico. ¿Edward estaba aquí? ¿Realmente estaba aquí? No tuvo tiempo de procesar la idea. Se calzó unos zapatos rápidamente y corrió escaleras abajo tratando de hacer el menor ruido posible. No quería despertar a sus padres. Estaba muy nerviosa…. Y enojada.

Cerró la puerta al salir lentamente y buscó a su chico problemas. ¡Lo iba a matar!

-Isabella- susurró él mirándola atentamente, casi sentía que podría haber olvidado un detalle de su rostro durante estos días. Sonrió gratamente al encontrarse con su inusual vestimenta. Llevaba un pijama rosado de pies a cabeza. Se sentía en casa.

Aunque al subir la mirada a su rostro, le sorprendió ver la mueca de enojo que tenía plantada. Sería más difícil de lo que pensaba.

-¿Dónde mierda has estado?- vociferó molesta.

Edward estaba estupefacto, sus ojos se abrieron asombrados. Bella estaba realmente enojada… ¡incluso maldecía!

-Bella cálmate- balbuceó confundido. No se esperaba que ella estuviera tan alterada. Hubiera preferido su llanto.

-¡¿Cómo quieres que me calme?! Estuviste quizás donde, solo y sin avisarle a nadie ¡Alice estaba vuelta loca! Estaba muy preocupado por ti- dijo tratando de tranquilizarse un poco.

-¡Estoy bien! Fue una estupidez irme. Lo siento- respondió mirando al suelo.

-¿Por qué te fuiste así Edward? ¿Pensaste que no me iba a afectar? ¿Qué no me importaría?- preguntó ya más calmada, con un semblante triste.

-Necesitaba alejarme de ti. No soy bueno para esto Bella- declaró ofuscado.- Yo no soy Riley y no soy lo que necesitas-

-¡Pero eso es lo que me gusta de ti! ¡No quiero a Riley!-

-No es tan simple, Bella. Tienes expectativas de lo nuestro. De mí… y no sé si seré capaz de cumplirlas. No sé si quiero tampoco-

-¿De qué estás hablando? Edward, nunca te he pedido que cambies. Me gustas tal cual eres-

-No es suficiente, Isabella-susurró enojado consigo mismo, más que todo.

-¿No me quieres?- inquirió afligida.

-¡No puedo hacer esto! Sé que te dije que te esperaría, pero no puedo. Te quiero para mí y mientras ese idiota esté de por medio…-

-¡Detente!- gritó determinante.- Riley y yo acabamos. Cuando tú te fuiste, entendí que no podía hacernos esto-

Edward la miro confundido ¿Ya no estaba con Riley?

-¿Quieres decir que ya no estás saliendo con ese imbécil?- preguntó sorprendido.

-No podía estar con alguien a quien no quiero- sentenció.

Eso era todo lo que él necesitaba oír para sentir su corazón volver a latir. Por fin estarían juntos. Se acercó a besarla descaradamente, ya no podía esperar más tiempo. La besó como si solo le quedaran minutos de vida. Como si quisiera transmitir todos sus sentimientos a través de sus labios para poder decirle cuánto la necesitaba y la quería.

Para él… y sólo para él.

Bella estaba en una nube de emociones. Nunca había sido besada así. Con tanta pasión y necesidad. Podía ver un futuro juntos. Amándose y siendo una pareja normal.

Pero no todo era color de rosa. Habían muchos problemas de por medio.

Lágrimas sorpresivas se colaban a través de sus ojos… lágrimas inconscientes e inevitables.

Edward se separó de su boca, preocupado.

-¿Qué sucede, Isabella? ¿Por qué lloras?-

-Tengo miedo… Tengo miedo porque no podamos estar juntos- Bella pensaba en sus padres. Pensaba en cómo estos reaccionarían ante Edward y sabía que no podría ser, sabía que se lo prohibirían.

-Yo te voy a cuidar Bella. Si tengo que hacerlo de tus propios padres y del mundo entero, lo haré, porque nada nos podrá separar. Nada ni nadie- Lo abrazó fuertemente, tratando de olvidar todos sus problemas y de concentrarse solo en él.

Edward es lo único que necesitaba. Si él estaba ahí, se sentiría satisfecha y protegida. Era su cura… pero también sería su enfermedad.