Gracias, bellas criaturas.
Fuegos para ustedes.
Y era esa misma Rachel la que observaba el enorme y poco habitado pasillo en esos momentos.
Caía la tarde y el hospital sería la ultratumba de toda película de suspenso… Cuán grato sería si aquello fuera una película; esperaría con ansias la orden del director para cortar la escena, dejaría de actuar como marioneta, despertaría a Quinn de su trance e irían a comer un emparedado de algo sustancial y sabroso. Pero aquello no era una filmación, todo era palpable, solitario y triste.
Beth siempre decía que las tristezas eran injustas, y dentro de ese razonamiento infantil, Rachel estaba en completo acuerdo con ella; las tristezas eran muy injustas.
Podían llevar una mirada verde con un atisbo de luz a la más profunda opacidad.
Así había sido a penas cruzaron las puertas de ese hospital.
Antes de que los humores de Quinn pudiesen alterar al personal de turno, Rachel le había asegurado que haría las averiguaciones ella misma; le había pedido un nombre, aunque sea de algún doctor que recordara, y finalmente con un solo apellido había hecho la recorrida a otros pasillos sin tener demasiado éxito.
Las cabinas de informes estaban vacías, y los pocos médicos uniformados para la guardia que encontraba no tenían mucho para decirle, ni del doctor ni de la paciente ingresada desde el mediodía.
Instantes después y sin datos volvió con Quinn… y tuvo que calmarla, ya que había estallado de furia: "¡Primero me estuvieron buscando y ahora todo el mundo desaparece como si nada! ¡Qué demonios pasa aquí dentro!".
Qué podía decirle si tenían razón; tenían que conseguir información sobre su madre o las cosas empeorarían.
Rachel solo le había prometido que todo estaría bien entre palabras cortadas, y le había asegurado que Levar llegaría y encontrarían una solución. Sin embargo esa falta de respuestas era muy extraña.
Nadie había aparecido, ni policías ni asistentes, todo lo contrario a lo que Quinn le había contado que vivió durante esas primeras horas de agonía y soledad.
Con muy poca colaboración por parte de ella, después de mucho insistir, Rachel la había obligado a sentarse; aparte de la cordura que pretendía dar con su presencia, también sentía esa persistente necesidad de estar en contacto con su cuerpo: una silueta endeble y húmeda, que por momentos se tornaba silenciosa, acurrucada en sí misma, y en otros estaba cargada de una frustración y fuerza incontenibles.
Todo sucedía en minutos y con una vorágine muy difícil de explicar, no obstante Rachel seguía allí, como un pequeño soldado erguido delante, igual de incómoda por las ropas mojadas, pero observando al mismo tiempo a esa mujer que en los últimos meses se había convertido en una visión diaria y abrumadora, y que culminaba en esos instantes de reveladora conexión espiritual.
Rachel deseaba tanto preguntarle cómo había sucedido todo, cómo había encontrado a su madre, por qué Judy estaba en una habitación de hospital luchando por su vida, y no bronceándose en el paraíso que su hija le había proporcionado en alguna parte de California.
A pesar de esos interrogantes calló como ella callaba, quedándose a su lado, observando su cuerpo inclinado hacia delante, con todo el cabello enmarañado acompañando su cabeza.
Quinn apoyaba los codos en sus piernas y retorcía sus manos, y Rachel no lo soportó más, se acercó un poco más y tomó una de sus manos. La otra la apretó sin palabras, e instantáneamente comenzó a jugar con sus dedos de forma nerviosa.
Esa acción dejó a Rachel pasmada, porque había encontrado en ese gesto algo particular y conmovedor. Beth solía hacer eso cuando se encontraba en sus brazos, mirando una película y se aburría. Cuando empezaba a jugar con sus dedos era la señal inconfundible de que su hermana quería distraerla para hacer todo menos continuar con lo que estaban haciendo.
Y allí, en una demostración abrumadora de más genética, miraba y sentía cómo su madre biológica hacía exactamente lo mismo pero atrapada por los nervios.
—Levar no estaba muy lejos de aquí; estoy segura de que llegará pronto —murmuró Rachel con la voz temblorosa, a lo que la otra respondió nada más que con un escueto murmullo.
La aparición de una doctora que se acercaba a paso presuroso llamó la atención de ambas. Rachel iba a interceptarla, pero no hizo falta, la mujer se detuvo al llegar a ellas.
Quinn se levantó rápidamente.
—¿Rachel Berry? —preguntó la recién llegada directamente hacia Rachel.
—Sí, soy yo —respondió ella con sorpresa.
—Soy la doctora Mandy Grandant; necesito que me acompañe unos minutos.
La actitud de la joven mujer incomodó a Rachel y enfureció a Quinn, que inmediatamente se interpuso entre las dos.
—¿Por qué no me explica a mí de qué va toda esta mierda, doctora? —murmuró con el gesto contraído—. ¡Tengo todo el derecho de ver a mi madre y ustedes me lo están negando! No van a recibir una denuncia a la policía, porque no creo en esos miserables, directamente llamaré a mi abogado y…
—La entiendo perfectamente, señorita Fabray, y le pido que se calme —espetó la mujer con un tono comprensivo—. Yo fui una de las doctoras que atendió a su madre, y ella ha despertado hace pocos minutos…
—¡Entonces déjeme ir a verla! —Quinn dio un paso exasperado hacia ella, y ahora le tocó a Rachel interponerse entre las dos al ver como aquélla, desbordada, parecía que iba a lanzarse a su cuello.
Le tomó el rostro que enrojeció en segundos entre sus manos, y sus ojos se volvieron vidriosos por las lágrimas.
—Tranquila, tranquila, por favor —susurró, logrando que sus miradas se encontraran brevemente, luego se volvió hacia la doctora—. No iré a ningún lado sin ella.
Mandy Grandant suspiró resignada, acercándose a ellas de forma confidencial.
—No puede ser ahora mismo, y te pido por favor que no me comprometas más —pidió con evidente impaciencia, para después dirigirse a una desencajada Quinn—. Tu madre está bien, y te doy mi palabra de que la verás en cinco minutos, pero antes tú debes acompañarme, señorita Berry.
La mujer concluyó con una última mirada hacia la referida, y retrocedió unos pasos. Silenciosamente le pedía comprensión, y aun sin entender nada y con un conocido escalofrío recorriéndole la espina dorsal, Rachel se giró hacia Quinn.
La joven respiraba con pesadez, sin quitarle la mirada rencorosa a la tercera en discordia. Rachel, por su parte pestañeó varias veces, tratando de controlar su respiración. Estaba sintiendo la ansiedad, el escalofrío, el ahogo… maldita sea, no ahora… ¡No ahora!
—Quinn, mírame… —pidió en un susurro, alejándola al mismo tiempo.
Aquélla lo permitió con reticencia, cambiando drásticamente las emociones en su rostro al encontrarse con las facciones agobiadas de Rachel. La extenuación y el dolor se multiplicaron ante esa mirada oscura; en cualquier momento caería.
—Me voy a volver loca… —graznó, bajando la mirada llorosa.
Temblando, Rachel se colgó de sus hombros, pegándose a ella en un abrazo desesperado, y Quinn la recibió, estrechándola fuertemente, mitigando esa realidad contra su cuello.
—No lo permitiré —susurró Rachel con vehemencia—. En cinco minutos yo misma te llevaré con tu madre.
Con esa última sentencia se separó con pesar del abrazo y sin mirar atrás se marchó detrás de la doctora, que ya volvía a caminar por el pasillo.
Quinn se quedó allí, completamente sola, mirando a la nada.
Rachel no estaba mejor que la que dejó en mitad del tétrico pasillo iluminado con esas horribles luces leds. Lo único que entendía era que debía seguir a aquella doctora tan joven como ella.
—¿Dónde vamos? —preguntó jadeante cuando cruzaron una puerta vaivén y se internaron en lo que parecía ser una de las tantas salas, con algunos enfermeros realizando su trabajo. Rápidamente salieron de allí para cruzar otro pasillo interno.
—Hemos ubicado a la señora Ballard en una habitación privada —respondió Mandy Grandant sin mirarla.
—¡Es una locura! —replicó Rachel con consternación—. ¡Su hija debe verla primero! Está aquí desde hace horas y ustedes no fueron capaces de…
La doctora se detuvo frente a una puerta blanca, y se giró hacia ella con expresión algo desencajada.
—No puedo responderte a ninguna pregunta, lo siento. Solo… solo entra...
Con esas palabras abrió la puerta y Rachel pestañeó al tener ante sus ojos los pies de una cama hospitalaria. La integrante se movía en ese momento, y a la joven no le quedó otra opción más que entrar.
Con un respingo escuchó cerrarse la puerta detrás, y el silencio sobrecargado la inmovilizó.
La recién llegada dirigió sus ojos impávidos hacia la mujer que yacía acostada, vuelta hacia el otro lado. Judy…
Cuando la mujer se giró para enfrentarla, la visión la impactó.
A pesar de los años y de haberla visto muy pocas veces en su vida, y no en las mejores épocas, Rachel recordaba a la madre de Quinn.
Su estampa soberbia, muy parecida a la de la hija, sus modos elegantes y corteses… recuerdos que contrastaban violentamente con este nuevo panorama.
El cabello de la hasta ahora desconocida señora Ballard, se expandía sobre la almohada blanca, denotando su color rubio opaco con algunas canas aquí y allá.
Enmarcaba un rostro desfigurado profundamente por la angustia y los golpes; el pómulo izquierdo estaba destrozado y amoratado, al igual que sus labios cortados.
Tiesa en su lugar, Rachel no podía articular palabra, se retorcía las manos al mismo tiempo que su mirada recorría las muñecas vendadas. Judy la estaba escrutando de la misma manera.
—Acércate, hija —murmuró ésta con voz trémula—. No existe más vergüenza que la mía, y aceptaré todo lo que tengas para decirme, pero primero escúchame.
—N-no, señora… yo no tengo nada qué decirle… —murmuró perturbada, callándose al ver cómo la mujer le extendía una mano.
Rachel después de todo avanzó con ese gesto que pedía perdón en silencio y una comprensión imposible en ese momento.
A pesar de sentirse una intrusa por estar allí, agarró firmemente esa mano pálida y al hacerlo sus ojos agrisados se volvieron acuosos.
—Un ángel te ha traído aquí, Rachel, uno que te ha enviado cerca de Quinnie... por eso te ruego que la cuides.
—Señora, yo… siento tanto todo esto.
—Lo sé, lo sé querida —lloró, apretándole la mano—. Agradezco a quien sea que te haya enviado, y te pido perdón. Y te pido algo más… No importa lo que escuches, no importa lo que pase, no te alejes de mi hija... Llévala lejos de aquí…
Rachel igualó las lágrimas de emoción que estaban batallando en las facciones de la víctima, porque esa mujer era una víctima. Los golpes y las consecuencias vividas gritaban eso.
—S-sí, yo… haré todo lo posible…
—¡Prométemelo! —pidió con urgencia.
—Lo prometo —aceptó ella, asintiendo de forma instintiva.
En ese momento una puerta se abrió y la figura que apareció hizo trastabillar a Rachel.
—Hola jovencita…
—¡Cielos…! ¿Levar? —musitó azorada, mirando como la enorme figura vestida de negro se acercaba—. ¿Cómo es que estás aquí? —preguntó sin voz, comprendiendo al segundo el hermetismo de la doctora y del porqué "nadie sabía nada".
No entendía muy bien los métodos de Levar Damprey, pero sabía que cuando él aparecía todo se convertía en una misteriosa nebulosa, y una urgencia por resolver que daba vértigo.
El hombre se le acercó y le besó la frente; la muchacha elevó un brazo y se quedó unos segundos más en ese escueto contacto. Hacía meses no lo veía.
—Todas las puertas se abren para mí, lo sabes —intentó bromear él con una levísima sonrisa que pasó desapercibida.
Rachel continuó mirándolo con un asentimiento mecánico, sin saber qué decir. Estaba tan confundida… Su mirada recayó también en Judy, que a su vez los observaba muda, especialmente en ese silencio resentido cada vez que Levar tenía fugazmente su atención.
—Ya veo… ¿pero… cómo sabías? No entiendo nada…
Esa forma de mirar de la madre de Quinn le causó cierta curiosidad.
—Eso no importa ahora —dijo él rápidamente—. ¿Han podido hablar?
La miró a una y a otra.
—Sí —contestó Rachel por las dos—. Judy… ya me habló.
La más joven le sonrió de lado, y la otra le apretó la mano que no había soltado.
—Gracias —susurró Judy, y cerrando los ojos la dejó libre.
Rachel apretó esa mano en un puño, sintiendo más responsabilidad de la que había tomado ya por voto propio.
No supo cómo salió de allí, solo se encontró con la presencia de Levar a su lado, caminando de regreso por el mismo lugar que había ingresado con la doctora.
—Espera… —se detuvo y lo detuvo, molesta con él—. Entiendo que aparezcas como fantasma, pero merezco saber qué diablos está pasando aquí, y la que más merece una respuesta es Quinn, que está del otro lado luchando por mantenerse en pie. ¡Ambas te esperábamos por otra puerta! —siseó enojada.
Levar tensó las mandíbulas, y la tomó por los hombros.
—Hice mi trabajo, Rachel. No debes preguntar nada más porque, como se ve, el panorama no es nada alentador.
Rachel hizo un ademán furioso con las manos, llamando la atención de algunas personas que deambulaban por ese otro corredor de ese laberinto hospital.
—¡Maldita sea! ¡Estoy harta de que me impidan preguntar, como si esto fuera un maldito secreto de Estado!
—Prácticamente lo es. Ya he hablado con la víctima y hay denuncias de violencia física y psicológica en contra su ex esposo.
La joven se llevó una mano al cuello, escuchando alarmas por todo el cuerpo. Ahora por fin podía comprender los reticentes comentarios de Quinn.
—No puede ser cierto… ¿Russel Fabray? No me ha dicho nada…
Levar ensombreció más su rostro.
—Esto será un escándalo. Tu amiga es una figura reconocida por ella misma y por su… padre. Lo que menos se necesita ahora es que estalle todo por los aires.
—Pero y la policía… ¡Las denuncias! —exclamó descompuesta—. Cómo puede ser que no haya nadie que la cuide... ¡Esa mujer intentó suicidarse!
—Baja la voz —advirtió él con un poco de dureza.
—No puedo —espeto con la voz quebrada—. ¿Así es todo esto? ¿Es porque es un maldito senador? La mujer recibe amenazas, golpes… ¿y solo encuentra la salida cortándose las venas?
El hombre alejó las manos de sus hombros, apretando los labios.
—Haremos que esto cambie, confía en mí. Ahora Quinn te necesitará, porque lo que se vendrá no será nada grato. Debes estar con ella.
Otro pedido y la misma responsabilidad. Rachel se abrazó a sí misma, tratando de comprender qué es lo que debía hacer.
—Yo…no puedo trasladarme a New Haven.
—Encuentra una forma, Rachel. Quinn necesitará contención y Judy requerirá más atención y tratamiento para su recuperación.
La joven asintió, tocándose la frente. Más tarde pensaría en la justicia invisible y ciega; ahora lo que precisaba era una solución, y a medida que pasaban los segundos ésta se iba revelando en su cabeza.
—¿Qué sucederá con Judy? —preguntó nerviosa.
—Puedo trasladarla ya mismo a New York.
—Demonios… —musitó abatida, y no tuvo tiempo de nada más, porque Levar la tomó del brazo y la obligó a caminar.
Una puerta más se abrió y el corredor ya le era familiar: volvían a ingresar al pasillo central.
Quinn los divisó a la distancia y se levantó de un salto, yendo hacia ellos.
—Rachel, ¡¿qué pasó…?! —sus ojos se posaron en ella un segundo, y después examinaron a su acompañante con recelo—. ¿Quién es usted?
Levar se aclaró la garganta y le extendió la mano.
—Señorita Fabray, soy Levar Damprey, amigo de la familia Berry.
Quinn elevó una ceja sarcástica, aceptando esa mano con sequedad.
—¿De dónde salió?
—Él estuvo aquí todo el tiempo, Quinn —explicó incómoda Rachel, adelantándose.
—Vaya con las influencias de tus amigos —espetó irónica—. ¿Le contaste que mientras ejercía la burocracia yo casi incendio este endemoniado hospital?
El hombre interceptó la réplica que iba a hacer Rachel dando un paso.
—Sé por lo que está pasando señorita Fabray, pero le aconsejo que aplaque su temperamento. Le comunico que sí poseo influencias que la ayudarán en estos momentos tan críticos; soy jefe de seguridad, y trabajo en los distritos de New York, Queens y Brooklyn —explicó, observando en esa joven un carácter que conocía muy bien—. Puedo ayudarla a que todo esto se quede en Lima, pero habrá condiciones. Su madre tendrá que trasladarse fuera de Ohio.
Quinn se cruzó de brazos con una mueca incrédula; como era de esperarse ese he-man ignoraba sus planes, pero ella se encargaría de hacérselos saber.
—Por supuesto —reafirmó entre dientes—; no hace falta que me lo comunique. Mi madre vendrá conmigo a New Haven. ¡Y ya me harte de todos! ¡Nadie me va a impedir llevármela y mucho menos verla! ¡Se pueden ir todos al infierno!
Después de su iracundo descargo Quinn bajó la mirada, dispuesta a esquivar el cuerpo del robusto hombre y hacerse paso, pero el brazo de éste fue más rápido que el gemido de Rachel y la violencia de la otra.
Quinn fue interceptada por la cintura con un doloroso apretón.
—¡No me toque! —gritó, forcejeando hasta desligarse.
El rostro de aquél se volvió de granito, y en dos parpadeos pareció crecer varios centímetros más.
—Antes de ver a su madre tiene que saber que se seguirá un protocolo de seguridad, y no puede negarse.
Su tono crispó los nervios destruidos de Quinn, que aplaudió de forma sardónica a pocos centímetros del rostro masculino.
—¡Ah!... El protocolo de seguridad… sí… He escuchado un par de veces esa palabra y ya puedes imaginar dónde me gustaría que te la guardes. Mi madre sufre una depresión tan grave que intentó quitarse la vida… ¡yo misma la encontré…! —masculló con la garganta apretada, intentando contener el sollozo de rabia que cosquilleaba en su pecho; no le daría la satisfacción de verla más acabada—. ¡Así que de qué protocolo me estás hablando! Tú no eres nadie para decirme qué debo hacer, porque por lo visto, "ustedes" son pura basura.
—Quinn… —murmuró Rachel temerosa, elevando las manos, mas aquélla la detuvo con un gesto sin quitar la mirada llena de resentimiento hacia el hombre que intentaba detenerla.
—No, Rachel. ¿Tú querías saber? También se lo diré a tu amigo; le diré que hay cuatro denuncias hechas a mi… padre por violencia intrafamiliar —se detuvo para exhalar hondamente—; sí, tiene esa carátula porque es el ex marido, el buen senador Fabray, que un día se levantó con ganas de molerla a golpes y desde entonces no ha parado... Cuatro denuncias en ocho meses, malditos bastardos de seguridad norteamericana, y no han hecho una mierda por ella —escupió con odio.
La expresión indescifrable de Levar no conmovió a la acusadora, pero en Rachel causó una impresión mayor, ya que lo conocía, y algo en sus ojos la inmovilizó.
—Ya te dije que pertenezco a una agencia de seguridad privada, no a la fuerza policial estatal, y tú has aceptado acudir a mí. No puedo hacer nada por lo que no se ha hecho, pero sí podemos hacer algo por tu madre, hoy.
Quinn negó con la cabeza.
—¡Rachel fue la que te llamó, y no me dijo que me quitarías a mi madre…! —acusó, señalándolo con un dedo.
—Espera, por favor… escúchalo, Quinn… —rogó Rachel, impresionada por lo que escuchaba.
Aunque ya estaba al tanto de los hechos después de lo que había visto, que la otra protagonista los volviera a describir con tanta crudeza, era seguramente más desolador.
—Esto es una broma… ¡No tiene sentido! ¡Dime que es una broma! —le exigía Quinn al borde del abismo.
¿No lo podía ver ella? La tan comprensiva Rachel, la de gran corazón, ¿no lo podía ver? ¡Tenían que irse de allí! ¡Había recurrido a un lunático para que la ayudase!
Se llevó una mano a la frente, sintiéndose desfallecer. Las fuerzas la abandonaban…
Y como si de pronto Rachel estuviese escuchando a esa pulsión, que la había acompañado hasta esos momentos, dejar un último vestigio en su cuerpo, desprendió la mano de su rostro y se la colocó contra el pecho palpitante.
Quinn no había abierto los ojos, mas ya conocía ese calor.
—Levar tiene razón; se llevará a tu madre a New York hasta que pueda recuperarse. Debe salir de aquí lo antes posible, y solamente él conseguirá hacerlo como si nada hubiese pasado —le susurró muy cerca, intentando convencerla de que era lo mejor, porque así lo creía—. No tiene que ser un escándalo, nadie tiene que saberlo... Y cuando todo esto termine, tú y yo enterraremos a tu padre en el fondo de la basura. Te lo prometo.
Quinn por fin abrió los ojos, envuelta en ese susurro y la confianza que tanto le hacía falta.
—No sé qué hacer… —susurró Quinn, recorriendo con la mirada perdida a las pocas personas desperdigadas por el lugar, con sus propios dramas, y sin embargo el de ella le parecía el más grande, el inabarcable.
—Solo despierta, corazón.
Era inevitable para Rachel, se sentía tan unida a esa mujer, que todo el cariño con el que siempre se desenvolvía aparecía sin límites desde que la había encontrado.
—Ve a ver a tu madre, Quinn. Ya se ha borrado todo registro de ella aquí dentro. De aquí en más deberán esperar mi llamado sin interferir.
La rubia lo observó ausente, como si no estuviese allí, Rachel en cambio lo hizo con admiración y temor. Jamás lo había escuchado hablar de ese modo.
La vorágine de sentimientos hizo asentir a la primera, entregada. Aceptaba todo cuando hacía segundos pensaba que este hombre también era su enemigo. Ya estaba dicho, las cartas del destino habían sido echadas; la cuenta regresiva empezaba y la vida le daría otro giro inesperado.
Libre por fin de todo impedimento, aferró con más fuerza la mano salvadora y se la llevó con ella. Agitada, Rachel tomó la delantera y la condujo. Comprendía que Quinn lo aceptaba porque no le quedaba otra opción, y el alivio fue tan grande que estuvo a punto de sollozar.
Cuando por fin llegaron, Rachel se detuvo, escrutando la vacilación en el cuerpo frente a ella.
Detrás de esa puerta blanca estaba su madre, Quinn lo sabía y no estaba preparada. La vida y la muerte se ven con caras diferentes por separado, ¿pero cómo se veían juntas? ¿Qué mirada era la más adecuada, y qué palabras las más justas?
El aire le faltaba, la visión se le nublaba y el amor más puro la atravesaba.
Y de pronto un beso, salido del aire de tan suave, que le rozó una de sus mejillas húmedas de lágrimas. Ése era un beso de valor, porque las lágrimas se multiplicarían.
—Estoy aquí para ti, así que aquí me encontrarás cuando salgas.
Y de pronto ese murmullo...
—Te llevaré conmigo; no estarás sola.
Y de pronto la promesa… una que tenía sabor a viejo, y que en ese presente volvía a erguirse con ímpetu arrollador.
Una mano le abría la puerta porque ella no se atrevía, y otra la empujaba suavemente hacia el interior, porque tampoco se atrevía. Una vez dentro, la imagen que llegó hasta Quinn azotó el centro de su cuerpo con un golpe de acero.
Sus ojos se inyectaron de un padecimiento desconocido hasta ahora, anclados en los de su madre, que proyectaban el mismo sufrimiento.
Dio un paso y el llanto quebró su pie; dio un segundo paso y un sollozo más quebró el otro, pero pudo llegar a ella, inclinarse y esconderse en su pecho.
Festejaba la vida de alguna manera extraña y hasta impropia, porque había visto cómo su madre la perdía, y ahora estaba allí, respirando su olor.
Madre e hija lloraron en brazos de la otra, en un llanto que sobrepasaba las paredes y los espacios, tanto que Rachel, desde afuera, lloró con ellas, acariciando también el perdón pedido y entregado en murmullos, pero que se escuchaba como un alarido desesperado.
