El Samurái Naranja

Capitulo 10: Problemas sentimentales.

Disclaimer: Naruto le pertenece a Masashi Kishimoto yo solo uso a los personajes con el fin de entretener

El día nuevamente había llegado a la aldea de Konoha y Juushiro ya estaba entrenando como de costumbre, utilizando su Hakama como única prenda. A diferencia de otros días, el joven samurái se encontraba practicando con su Nodachi, una espada de una hoja con cinco pies de longitud. Las katas que practicaba eran específicamente para esa arma, ya que al ser una espada demasiado larga para los estándares de las katanas. Por ser un arma enorme, era notablemente más lenta que su Sanae, pero compensaba esa debilidad con una gran alcance y una mayor fuerza de corte.

Juushiro lanzó un mandoble oblicuo y otro horizontal, luego de eso dio un poderoso y largo salto hacia atrás, de cuatro metros al menos. Medio segundo después, Juushiro cargó hacia adelante, extendiendo la larga hoja de su Nodachi de forma horizontal en una fuerte estocada, cayendo nuevamente en el lugar en que inicio. Su pierna izquierda estaba flexionada hacia adelante y la derecha estaba extendida hacia atrás, mientras que su mano derecha estaba extendida con el arma en sus manos y la derecha se encontraba apuñada y reposando a la altura del corazón.

―Me sigue faltando mucha velocidad con esta arma ―murmuró consternado, viendo que un enemigo más experimentado pudo haberle golpeado con facilidad. Quizás el uso del Nodachi no era su fuerte, si bien como aspirante a maestro samurái debía de manejar perfectamente todas las armas blancas para poder adaptarse a cualquier situación.

Caminó hacia el porche y se sentó para descansar un poco mientras se secaba el sudor con una toalla. Una vez seco, se quedó estático viendo el césped que ondeaba con una suave y cálida que alertaba la proximidad del verano que casi estaba a la vuelta de la esquina. Levantó la vista hacia el cielo y vio las nubes danzando por el cielo, pasivas y despaciosas; con paciencia infinita. Cerró sus ojos y sintió la brisa rodear su cuerpo, abrazándolo con afecto. Todo le recordaba a Sanae: el césped a sus gráciles movimientos y a su gran vitalidad, las nubes a su paciencia y perseverancia; y la brisa al suave roce de sus manos sobre su cuerpo, el cual despertaba en él mil y una sensaciones agradables.

Juushiro decidió concentrarse en su meditación y enseguida se puso en posición de loto con su katana en su regazo. De todas las cosas que Juushiro amaba, la meditación estaba en tercer lugar, luego de Sanae y el camino del samurái. Aquella simple acción de quedarse quieto sin hacer nada era revitalizante y calmante. Era como tener un tiempo para él siempre que quisiera… o sin que nadie interrumpiera.

Juushiro abrió sus ojos rápidamente y en solo un parpadeo se puso de pie, desenfundó su arma y se puso en posición de combate. Frente a él se encontraba una chica de cabello rosa y ojos de jade –que le recordaron por un momento a Sanae-. Su vestimenta y su protector delataban que era una ninja, de rango bajo por la sorpresa con la que lo contemplaban sus ojos y la lentitud que con la que había desenfundado su arma, tanta que a Juushiro le hubiera dado tiempo de cortarle la garganta o la mano.

― ¿Qué buscas aquí? ―preguntó Juushiro, más áspero que un paquete de lijas. En ningún momento dejó de mirarla de forma seria ni tampoco bajó su arma.

―So-solo vine porque Hokage-sama me mandó llamar a primera hora ―respondió la chica, sintiendo el impulso de querer salir corriendo.

― ¿A las cuatro y media de la mañana?

―No goza de mucho tiempo libre durante el día ―se excusó la chica, decidiéndose a bajar su arma.

―Minato-san debe de estarse duchando ―dijo Juushiro, bajando su arma y dándose media vuelta para volver a su posición inicial―. Espéralo dentro si quieres ―añadió antes de volver a cerrar los ojos y no volver a hablar con la chica.

Sakura se le quedó viendo embobada, ciertamente era muy atractivo, más que Sasuke… y también mucho más serio. Sakura tampoco pudo evitar lo ver sus firmes músculos expuestos y brillosos por el sudor que bañaba su cuerpo. Un sueño de hombre. De lo poco que lo había tratado, dejó entrever que era muy reservado y callado.

Largo tiempo se quedó la pelirosa viendo al joven samurái, quien la ignoraba en pos de seguir con su meditación sin ser interrumpido. Sakura después de un rato se encogió de hombros y pasó cautelosamente al lado de Juushiro, quien en ningún momento dio señales de prestarle atención. Una vez dentro de la casa, se sentó en uno de los muebles de la amplia sala y se dedicó a leer una revista sobre moda que estaba tirada en una mesita al lado de un sillón. Mientras ojeaba la revista, Sakura se preguntó qué sería lo que querría el Hokage y que tan importante sería como para haberla hecho madrugar tanto.

―Lamento haberte hecho esperar ―dijo alguien a sus espaldas, voz que reconoció inmediatamente como la de su líder, quien ya se hallaba bañado y cambiado, usando su siempre fiel atuendo de Hokage.

Sakura se enderezó rápidamente como si fuera un muelle y dar la cara al Hokage.

― ¡Bu-buenos días, Hokage-sama! ―exclamó Sakura, haciendo un saludo militar al mismo tiempo que se ponía firme como una secuoya―Estoy lista para la misión que me encomiende ―añadió, tratando de parecer lo más profesional posible, tratando de ignorar la hermosura del hombre frente a ella.

―No te preocupes ―agitó una mano y se sentó en un sillón frente a ella, apoyó sus palmas en sus rodillas y se enderezó perezosamente―. Lamento haberte llamado tan temprano, pero es que tengo un mensaje importante de parte de ella y dudo mucho que luego tenga tiempo para transmitírtelo.

Sakura se tensó y en sus ojos se dibujó una notable expresión de sorpresa, un examen más meticuloso de su comportamiento hubiera demostrado que estaba ansiosa y levemente excitada, cosa que trató de contener, recurriendo a su adiestramiento ninja.

Sakura tragó saliva y asintió―Dígame.

Aquella palabra había sonado más ansiosa de lo que hubiera querido.

―Dice que vendrá dentro de cinco días y que espera que para entonces hayas mejorado tus técnicas.

Aunque Minato había dado un serio tono cuando avisó sobre el mensaje, la verdad es que ahora lucía una sonrisa casual, viendo de forma entretenida el cumulo de sensaciones que era Sakura. Miedo, alegría, cautela y ofuscación. Todo ello visible a simple vista, para quien estuviera suficientemente entrenado.

―Veo que estás muy emocionada, pero no te alegres demasiado, que seguramente trae algún otro entrenamiento desquiciante para probar en ti ―comentó Minato, regresando a Sakura a la realidad.

―La maestra siempre es así ―dijo Sakura, sonriendo de forma casi forzada, ya que no le hacía demasiada gracia el que Minato se divirtiera con su sufrimiento.

―En fin, eso era todo lo que tenía para decirte ―dijo Minato, levantándose del sillón para estirarse y botar la modorra.

Sakura también se levanto se despidió, no sin antes hacer una reverencia. En su camino hacia fuera de la casa, decidió que saldría por donde entró, así tal vez podría deleitar la vista un poco más con el guapo rubio.

Cuando salió al patio trasero, Sakura se quedó impresionada por lo que sus ojos veían. Frente a ella, Juushiro hacía una serie de fintas y elaborados movimientos con su katana, los cuales parecían estar dirigidos a confundir al oponente, por momentos parecía desaparecer, pero luego reaparecía desde arriba, ejecutando un poderoso ataque vertical.

Tal era la velocidad que el joven samurái empleaba, que Sakura era apenas capaz de seguirlo; en un momento estaba en el centro del patio, en otro en la esquina superior derecha y en el siguiente, en la inferior derecha. Sakura no quería ni pensar en lo que sería una lucha a muerte con alguien de ese calibre. Fácilmente podría alcanzar a un jounin medio con las habilidades que estaba demostrando. Y ella estaba segura de que no mostraba todo su arsenal.

Una vez que Juushiro se sintió satisfecho con su entrenamiento, caminó hacia el porche para descansar, recoger sus cosas e ir a ducharse. Se sorprendió un poco al ver a Sakura aplaudirle con cierto entusiasmo.

― ¡Eres impresionante, Juushiro-san! ―exclamó la pelirosa, alcanzándole una de las toallas limpias que él había llevado para secarse.

―…gracias ―respondió Juushiro de forma estoica y ausente. Por un momento había visto nuevamente los ojos de Sakura, y estos le recordaron a los de Sanae, su Sanae.

Juushiro no pudo evitar pensar en qué estaría haciendo su amada en esos momentos.

Muy lejos, en el país del hierro, Sanae se encontraba jugando con su pequeño hermano, quien se divertía con su hermana ya que su madre estaba haciendo el desayuno. Ambos se encontraban en el cuarto que Mifune compartía con su esposa, ya que Tokagero era aun muy pequeño para dormir solo. Era una habitación muy grande, digna de un general, bien amueblada y muy acogedora. Lo único que desentonaba eran los juguetes del pequeño, los cuales estaban tirados por el piso.

Mientras que el pequeño se divertía, la mente de la joven divagaba sobre la llegada de su amado, ese día tendría que llegar la caravana del Daimyo, seguida de los samuráis de la fortaleza. Desde la noche anterior, su corazón no dejaba de palpitar fuertemente, como si le avisara de que algo malo estaba por suceder.

Un apretón en su índice derecho le recordó que aun se encontraba con su hermanito, quien sostenía un muñeco de un samurái, el cual usaba una armadura llena de ornamentos y una katana larguísima.

― ¡Lon! ¡Lon! ―balbuceaba el pequeño, agitando el muñeco de un lado a otro.

Sanae miró con infinita ternura a su hermano y acarició su mejilla con el dorso de su vendada mano. Desde que Tokagero nació, ella y su madre se habían turnado para cuidarlo, para que ambas pasaran tiempo de calidad con él. Juushiro solía decirle que lo cuidara lo mejor posible y que lo tomara como un entrenamiento para cuando ellos tuvieran sus propios hijos, cosa que la sonrojaba de sobremanera y ocasionaba que su madre saliera de la nada para darle a su prometido en la cabeza con algún objeto contundente. Sonrió al pensar en ello.

Los minutos pasaron y al cabo de un rato, Sanae decidió que ella y su hermanito tomarían un paseo, aun faltaba tiempo antes de que su madre terminara el desayuno y aun más para que la caravana volviera. Tomo a su hermano y salió de la habitación con él en brazos. Salieron de la casa y comenzaron a pasear por el extremadamente cuidado jardín que Mifune siempre se esmeraba en proteger de Naruto e incluso de su pequeño. Este último porque aun era muy travieso y algunas plantas eran verdaderamente difíciles de encontrar o de hacer crecer en un lugar como ese.

Mientras caminaba, Sanae admiraba el árbol de cerezo que ella y Juushiro habían plantado años atrás. Apenas tenía hojas y su altura era poca, pero para ella, ese árbol era hermoso. Se acercó y tocó su corteza, era suave y a la vez rustica.

A su mente vinieron cientos de recuerdos y sensaciones, todas agitándose fuertemente en su corazón. Cuando miraba aquel cerezo, solo podía pensar en una cosa, amor. En aquel amor puro que Juushiro le profesaba y que ella, tímidamente y a su modo, también le profesaba.

― ¿Nae? ―preguntó el pequeño, viendo de forma inexpresiva a su hermana, quien ciertamente se veía decaída.

―No pasa nada, hermanito―dijo, mientras trataba de secarse unas lágrimas que ni siquiera habían alcanzado a salir y que incluso dudaba que hubieran sido reales―. Volvamos a casa para ver que hizo mamá para el desayuno ¿Bien?

El pequeño Tokagero asintió feliz y comenzó a revolverse en los brazos de su hermana, ya que quería caminar un poco. Al igual que toda la familia, le gustaba caminar por el jardín y sentir el césped bajo sus pequeños pies.

Sanae sonrió, le acarició la cabeza y lo depositó cuidadosamente en el suelo, cuidando de no soltar su mano para que no se fuera a caer. Todavía le faltaba para caminar bien.

Llegaron a la cocina justo para ser recibidos por Moriko, quien vestía un kimono amarillo, sobre el cual llevaba un delantal rosa con flores bordadas que ella misma había hecho.

―Hola ―dijo amorosamente, viendo como su hija mayor ayudaba a su pequeño a caminar―. Espero que les guste el desayuno.

Sirvió la comida y tomó a su pequeño en brazos, quien sonrió y se recostó contra el cuello de su madre. Moriko sentó a Tokagero en una sillita para bebés y ella se sentó al lado, mientras que Sanae se sentó frente a ella.

El desayuno era bastante silencioso, siendo los únicos sonidos, los hechos por el bebé. Moriko trataba de que su bebé no se embarrara de comida mientras, que Sanae simplemente jugueteaba con su arroz. Eso no pasó desapercibido para Moriko.

― ¿Qué sucede, hija? ―preguntó a sabiendas de cuál era la respuesta.

―Estoy preocupada por él ―admitió con tono ausente y depresivo, casi como si hubiese sido un susurro. Con su madre no tenía ninguna reserva―, me preocupa que no vuelta. Que haya encontrado a alguien más y se olvidara de mí.

Las últimas palabras las había dicho derramando pequeñas lágrimas, hasta que no pudo más y estalló en llanto. En ese momento, Moriko dejó de alimentar a Tokagero y fue a abrazar a su hija, quien lloró aún más fuerte cuando sintió el calor de su madre. Tokagero también se puso a llorar, puesto que no le gustaba ver a su hermana llorar y tampoco sabía cómo reaccionar ante esa situación.

―Mi pequeña ―dijo Moriko, acariciando la morada cabellera de su hija―. Él te ama más de lo que incluso yo admito, él volverá y todo seguirá como antes. Debes de calmarte.

―Él solo está conmigo por lástima ―murmuró, hundiendo el rostro en el pecho de Moriko.

― ¡Eso no es cierto! ―gritó Moriko, separándose abruptamente de su hija, quien se veía algo sorprendida― ¡Eres una muchacha con la que cualquier hombre podría soñar! ¡Eres bonita, amable y siempre das lo mejor de ti!

― ¡¿Qué no ves que soy un monstruo?!

Sanae por fin estalló. Y se arrancó las vendas que cubrían su rostro, mostrando sus cicatrices y su ojo ciego, el cual no derramaba ni una lágrima, porque ni en eso podía ayudarla a desahogarse. Sus labios estaban fruncidos y su rostro rojizo por el cumulo de sensaciones que estaba experimentando.

― ¡Todo el mundo habla a mis espaldas! ¡Dicen que no soy la mujer que él merece y que debí de haber muerto! ¡Que estoy marcada para siempre!

Moriko no aguantó más y lanzó una sonora bofetada, la cual desconcertó a Sanae, quien la veía con ojos verdaderamente sorprendidos. Ya ni siquiera se esforzaba en contener las lágrimas que tanto luchó por no derramar. Escuchar como su amada hija se torturaba a sí misma de esa forma la mataba, estrujaba su corazón y la ponía en un estado de desasosiego que solamente había experimentado en el día del ataque.

― ¡Jamás hables así! ―rugió Moriko―. No quiero oír cómo te torturas por algo que no fue tu culpa ―añadió, dulcificando su tono y abrazando nuevamente a su hija.

― ¿Y qué tal si tienen razón? ―preguntó Sanae. ― ¿Qué tal si él se dio cuenta de que no me amaba y se fijó en otra chica? Él es muy guapo, podría tener a la mujer que quisiera.

―Él jamás haría eso. Pareciera que no lo conoces. Incluso aunque afecta de cierta forma mi orgullo, no hay otra persona aparte de mí en el mundo que te ame como él. Si no fuera así, no buscaría cada oportunidad para tocarte, besarte o abrazarte. Hay muchas chicas aquí que ciertamente caerían rendidas por una sonrisa suya y que nada dudarían en entregarse a él si se los pidiera. Pero tú eres diferente, te respetas y te das tu lugar, eso es lo que él ama de ti. Por ello jamás se irá de tu lado, no importa cuánto lo apalee por tratar de besarte o por esos abrazos raros que siempre te está dando.

Sanae pareció tranquilizarse con aquellas palabras; su madre siempre conseguía tranquilizarla. Aunque aun albergaba sus dudas, ahora que se había descargado, ciertamente se sentía mejor.

Estuvieron largo tiempo abrazadas, hasta que un movimiento a su lado las alertó, se trataba del pequeño Tokagero, quien se había bajado de su sillita y caminaba torpe pero seguro hacia su hermana, sus ojos aun estaban húmedos por el llanto y al parecía había contraído hipo. Sanae le sonrió y lo sumó al abrazo. Madre e hijos estuvieron mucho tiempo abrazados, tanto que incluso el tiempo pareció detenerse.

Cuando se separaron, Tokagero se había dormido en sus brazos y ellas rieron al ver eso. Sanae se reacomodó sus vendas y cargó a su hermanito hacia la habitación de su madre, lo recostó en su cuna y lo arrulló para que no fuera a despertarse.

Para cuando volvió a la cocina, Moriko se hallaba lavando los trastes, los cuales aun tenían algo de comida. Sanae corrió ayudarle y juntas terminaron el doble de rápido.

De pronto escucharon varios golpes a la puerta y de inmediato fueron a ver qué sucedía, ya que quien quiera que fuera, tocaba de manera muy insistente y rápida.

Sadi abrió los ojos y se dio cuenta de que seguía en la casa del Hokage; lo de anoche no había sido un sueño. Por un momento pensó en saltar de la felicidad, pero vio que eso podría molestar a sus nuevas hermanas, por lo que prefirió solamente levantarse y sacudirse la pereza, para luego bajar y ayudar a Kushina en el quehacer. Después de todo, no quería quedarse sin hacer nada, puesto que no quería ser una carga para su nueva familia.

Cuando bajó no vio a nadie, al parecer todos se levantaban un poco más tarde en esa casa. Pensó en ir a recostarse un rato más, pero unos extraños sonidos provenientes del patio atrajeron su atención. Tímidamente se aproximó a la puerta que conectaba al patio trasero, al asomarse vio algo sorprendente. Juushiro se encontraba practicando con su katana, haciendo una serie de movimientos difíciles que ella pensaba eran imposibles. Más que una lucha desordenada, parecía una danza, en la cual empleaba su espada más como un listón que como arma, incluso podría compararla a las pinceladas de un artista sobre un lienzo desnudo.

Con Juushiro ya no se encontraba Sakura, puesto que esta tuvo que irse a recibir sus misiones del día y no podía quedarse más tiempo a observarlo.

Sadi abrió la puerta lentamente, con la intención de no hacer ruido, ya que no quería distraer a Juushiro, poco a poco se acercó y se sentó en el porche, viendo embobada los movimientos del joven samurái y además teniendo cuidado de no tocar las cosas de Juushiro.

Cuando Juushiro terminó su última rutina del día, no esperó recibir aplausos nuevamente, siendo que no se había percatado de la presencia de la pequeña Sadi.

―Buenos días ―saludó el joven samurái, mientras caminaba hacia Sadi.

― ¡Buenos días! ―exclamó alegremente la pequeña, extendiendo una toalla al sudoroso guerrero.

―Gracias.

― ¡Estuviste asombroso!

Juushiro se secó el sudor y luego sonrió hacia la pequeña, revolvió sus cabellos y se sentó a su lado.

―Te levantaste temprano ―señaló el joven samurái.

―La costumbre ―respondió Sadi.

―Voy a darme un baño y luego prepararé el desayuno, ¿Sí?

Sadi asintió y Juushiro se encaminó hacia su habitación, mientras la pequeña esperaba pacientemente en la cocina. Cerca de diez minutos después, el samurái asomaba a la estancia luciendo su atuendo naranja y, como siempre, su katana a la cintura. Juushiro tomó una sartén y frió unos huevos con tocino, exprimió unas naranjas y preparó unas tostadas con mermelada. Su dominio de la sartén era ciertamente hábil y había terminado en menos de media hora.

Juushiro sirvió para ambos y luego se sentó frente a Sadi, quien estaba embobada viendo el rico desayuno que estaba frente a ella.

―Adelante, come ―dijo el joven samurái.

Sadi no perdió tiempo y rápidamente comenzó a devorar los huevos, seguidos del tocino y luego las tostadas, para luego finalizar bebiéndose el jugo de naranja de un sorbo. Semejante hazaña la había logrado en menos de un minuto y ahora simplemente se acariciaba su pancita, mientras murmuraba contenta.

―Dios mío, parece que fuiste criada por lobos ―murmuró el rubio con una sonrisa burlista. Ciertamente no podía reprocharle nada, puesto que él comía de la misma forma cuando era un niño, cosa que Mifune le había quitado a base de regaños… y bastonazos. En efecto, no usaría unos métodos tan rudos con una niña pequeña, por lo que no trató de reprenderla; tampoco significaba que no lo haría en el futuro.

Sadi enrojeció como un tomate de la pena, por un momento creyó que Juushiro se había enojado con ella, pero luego vio sus sonrisa y se tranquilizó.

―Lo siento ―susurró de forma lenta, casi pareciendo un susurro.

Juushiro agitó la mano para restar importancia y luego retomó su labor de consumir sus sagrados alimentos.

Una vez que ambos habían desayunado y lavado los trates, se pusieron a limpiar la casa, puesto que no había sirvientas que lo hicieran por ellos. Juushiro lavó la ropa y limpio los pisos, mientras que Sadi limpio los muebles. Casi una hora después todo estaba reluciente y limpio, tanto que hasta se podría comer en él.

― ¿Y ahora qué? ―preguntó la pequeña.

―Ni idea ―respondió el joven samurái, puesto que ya no quedaban quehaceres y también habían comido, por lo que decidieron quedarse en la sala y esperar a que Kushina y las mellizas se levantaran.

Mientras esperaban, Juushiro decidió ponerse a leer un libro y Sadi decidió jugar con algunas muñecas que sus nuevas "hermanas" le habían dado.

Minato nuevamente se hallaba firmando papeles y leyendo nuevas propuestas de matrimonio, cosa que ya lo tenía desquiciado. Aun estaba fresco el recuerdo de aquellas dos propuestas del día anterior; una era de parte del Daimyo del país del fuego, un hombre cálido y bonachón que se había ganado a pulso el amor y respeto de sus súbditos; la otra era de uno del Daimyo del país del viento, un hombre menos filántropo que su colega vecino, quien también tenía una especie de competición enfermiza con el Daimyo del fuego. Para su desgracia, ahora el objetivo de su competencia era su propio hijo, quien había dicho de estar seriamente comprometido y que incluso había nombrado a su espada con el nombre de su amada, ciertamente las cosas iban de mal en peor. Minato no podía dar a conocer públicamente esto, puesto que podría crear ciertos roces entre ambos Daimyos e incluso desencadenar una guerra y un completo baño de sangre. Por el momento solo necesitaba tiempo para pensar las cosas, esperaría a que la maestra de Sakura o su sensei volvieran de sus viajes y apelar a su infinita sabiduría, puesto que no se hallaba en fuerzas de tomar una decisión solo. Dios fuera piadoso y ellos llegaran lo antes posible, ya que el tiempo se agotaba y debía de dar una respuesta, ya que había tiempo límite de una semana para poder responder.

Un dato curioso que había llamado la atención de Minato, era que las propuestas de matrimonio no incluían heredar el trono ni nada, casi parecía un contrato más que una boda. Eso lo tranquilizó un poco, ya que si una propuesta de matrimonio directa de un Daimyo era malo, que esta fuera para heredar el trono era mucho peor. En el mejor de los casos, su hijo terminaría casado con una princesa menor y con su actual prometida como concubina, cosa que sabía él rechazaría inmediatamente.

― ¡Demonios! –maldijo Minato, al tiempo que dejaba los papeles de lado y se masajeaba las sienes. Más tarde tenía que ir a una reunión con los jefes de los clanes y esperaba poder estar mentalmente fuerte para ello.

En todos sus años no le había tocado una situación como aquella, había podido detener una guerra desde el campo de batalla, pero nunca había tenido que evitar que comenzara. Debía de tratar ese asunto con la mayor de las delicadezas.

Nuevamente en el país del hierro, Sanae y su madre habían ido a atender la puerta y al abrirla, descubrieron que se trataba de un samurái amigo de Juushiro, el cual se había quedado para cuidar a la familia del general en su ausencia. El samurái se veía joven, de corto cabello negro y ojos plateados, su rostro era agradable a la vista y sus facciones finas, era de buena estatura y vestía la armadura de los samuráis, siendo la excepción el casto.

― ¿Qué sucede, Toki? ―preguntó una preocupada Moriko, viendo que el joven estaba muy agitado por haber corrido desde algún puesto de vigilancia hasta la residencia.

― La caravana del Daimyo ha vuelto ―dijo con una sonrisa en el rostro.

Tanto Moriko como Sanae se apresuraron a tomar en brazos a Tokagero, para luego ir lo más pronto posible a recibir a sus amados que al fin volvían de su travesía. El corazón de Sanae estaba agitado y feliz de volver a ver a su querido samurái nuevamente.

Les tomó varios minutos llegar a la entrada de la fortaleza, ya que la casa estaba un poco alejada. Una vez que llegaron, pudieron ver a lo lejos como la caravana se iba acercando poco a poco. El corazón de Moriko saltó de emoción al ver a su esposo regresar sano y salvo.

Sanae por su parte se preocupó al no ver aquella distintiva armadura naranja, la cual era imperdible. Por un momento sus peores miedos se hicieron realidad, pero se tranquilizó y prefirió pensar que Juushiro se hallaba hasta atrás, protegiendo la retaguardia o incluso dentro del carro, listo para detener cualquier ataque dirigido hacia la vida del Daimyo. Porque él nunca la abandonaría… ¿Verdad?

Esperaron pacientemente hasta que la caravana llegó a la fortaleza y que los samuráis se quedaran atrás. Una vez que el Daimyo se había alejado, Sanae Moriko y los demás familiares de los valientes guerreros fueron a recibirlos.

― ¡Papi! ―gritó Tokagero, atrayendo la atención de Mifune, quien se dio la vuelta para recibir a su familia y soltar aquella noticia que se había estado guardando desde que habían salido de la aldea de la hoja. El momento había llegado.

Tan pronto como estuvieron cerca, Tokagero se lanzó a los brazos de su padre, quien lo recibió gustoso.

―Me alegro que haya regresado sano y salvo, Mifune-sama ―dijo Moriko, sonriendo dulcemente hacia su esposo, quien le regresó la sonrisa.

― ¿Dónde está Juushiro?

Ante aquella pregunta, Mifune se quedó estático, pensando bien las palabras con las que daría la noticia. Regresó a Tokagero a los brazos de su madre y centró toda su atención en su hijastra.

―Él ya no está entre nosotros ―soltó, haciendo que a ambas féminas les diera un vuelco en el corazón, también Tokagero se puso a llorar al ver que su madre y su hermana lo hacían.

Sanae estaba destrozada, nunca hubiese esperado recibir tan fatídica noticia. El shock había sido tan grande que incluso las piernas le fallaron, ocasionando que cayera de rodillas al suelo, mientras cubría su rostro con sus manos y soltaba amargas lágrimas, que eran acompañadas por desgarradores sollozos.

― ¡Él no puede estar muerto! ―gritó Sanae, completamente fuera de sí.

Mifune maldijo sus propias palabras y la forma en que aquella noticia se había deformado de tan mala manera. Rápidamente se agachó y la tomó por los hombros.

― ¡Tranquilízate, Sanae! ―gritó, atrayendo la atención de la ojiverde ― ¡Él no está muerto! ―añadió, consiguiendo calmarla un poco.

― ¿Y entonces…Sniff… por qué dijo eso? ―preguntó Sanae, con su ceño levemente fruncido.

―Elegí mal las palabras ―reconoció el samurái, quien ya estaba sintiendo la pesada aura de su mujer tras de él.

Moriko era un alma noble, dulce y amable a niveles increíbles, pero un solo mal gesto hacia sus retoños o un atentado hacia el bienestar de estos la transformaba en un iracundo demonio sediento de sangre, justo como estaba en ese momento.

Mifune incluso recordó una vez que trató de jugarle una broma a Sanae cuando era pequeña, puesto que había roto un plato y él le dijo que ahora debería de cometer sepukku, incluso le había extendido un tanto. Naturalmente Sanae, al ser pequeña y no entender que era una broma, se puso a llorar fuertemente, cosa que atrajo la atención de Moriko e hizo que se apresurara a llegar a la cocina.

Sanae corrió hacia ella para buscar protección, también rogándole que la perdonara, que no quería morir y que jamás volvería a romper un plato en su vida. Desconcertada, preguntó a Mifune qué es lo que había sucedido, a lo que Mifune explicó que se trataba de una simple broma.

Aquello la había hecho enojar a niveles incontrolables, lo que terminó en ella dándole un fuerte golpe a Mifune en la cabeza, tan rápido que el viejo samurái no lo vio venir y tan fuerte que sintió que moriría. Todo al grito de "¡Así no se bromea con los niños!

Desde Hanzo la salamandra, Mifune no había sentido semejante golpe en la cabeza y aquellas dos horas de inconsciencia y una que otra fractura de cráneo, sumada a una fría Moriko que no le dirigió la palabra en días, fueron suficientes para que pensara dos veces las palabras con las que hablaría a Sanae.

― En vez de dar explicaciones, mejor díganos que pasó con Juushiro-sama ―pidió la castaña, con un tono serio y una mirada de desprecio absoluto.

Mifune esta vez decidió que mejor irían a un lugar más privado y prometió contarlo todo en casa.

Una vez en la mansión del general, Mifune sentó a su mujer y a su hijastra en la sala, mientras que el pequeño Tokagero jugaba con sus juguetes en el suelo.

― ¡Dígame de una vez que pasó con mi Juushiro! ―exigió Sanae, con el alma en un hilo.

― Él se quedó en Konoha, para formar parte de la familia del Hokage ― soltó, dejando a Sanae peor que antes, pero se apresuró a continuar, para que las cosas no fueran a torcerse y su mujer no le diera muerte con su propia espada.

Y así, Mifune procedió a contar toda la verdad de lo que había pasado en Konoha, jurando por su honor de samurái que todo era cierto. Les contó sobre cómo habían descubierto su parentesco con el Hokage y de lo mal que él se lo había tomado al ser hijo de ninjas, lo que preocupó a Sanae de sobremanera, ya que sabía perfectamente lo mucho que su amado odiaba a los ninjas.

Mifune también les contó cómo Juushiro quiso regresar lo antes posible a la fortaleza, pero que él le había ordenado quedarse para conocer un poco mejor a su familia y que tal vez así perdería en parte su odio hacia los ninjas, aparte de que debía de pasar tiempo con ellos, y que luego de conocerlos, si quería regresar, sería bien recibido.

Sanae no se lo había tomado tan bien, incluso pensó que Juushiro se había olvidado de ella.

―Él también me encargó darte esto ―dijo Mifune, mientras sacaba el estuche que contenía un bonito collar con un colgante en forma de remolino color rojo. Era en verdad hermoso, sencillo y agradable, como ella―. También me encargó decirte que te ama y que vendrá tan pronto como pueda.

Sanae acaricio el collar en sus manos y nuevamente se puso a sollozar, esta vez menos triste. Saber que ya no vería a su amado a diario la había dejado muy mal. Ya no se levantaría con los gritos de su madre tratando de espantar a su Juushiro, el cual a veces trataba de infiltrarse en su habitación para despertarla con un beso. Tampoco tendría el gusto de reposar en sus brazos como hacían de vez en cuando para ver el atardecer. Ciertamente todo aquello la ponía triste.

Mifune también sacó un par de regalos que Juushiro le había dado el día anterior de partir y que eran para su esposa e hijo. Para el pequeño Tokagero, había mandado un simpático peluche en forma de rana, con el cual jugaba alegremente. Para Moriko había mandado un rodillo de madera de aspecto muy firme y duro a la par de pesado, el cual ella se puso a blandir como si fuera un arma, dándole un mal presentimiento a Mifune.

― ¿Cree que pueda visitarlo? ―preguntó Sanae, con una voz triste y al mismo tiempo esperanzada.

―Cuando tú quieras ―respondió el samurái, tratando de ser amable.

― ¡Quiero partir mañana mismo! ―exclamó la pelimorada, con una expresión decidida.

Esto tomó por sorpresa a Mifune, no se esperaba que ella quisiera ir a visitarlo tan rápidamente, aunque no podía reclamarle por querer estar cerca de su amado, él había sufrido todos esos días al estar lejos de su querida esposa.

― ¿No crees que es un poco repentino? ―preguntó Mifune, tratando de disuadir a su hijastra de hacer las cosas tan a la ligera. Vio la decidida mirada de la chica y decidió no seguir, ella iría con o sin su aprobación. Mifune suspiró cansado y dijo―: Está bien, que Toki y Kagura te acompañen.

Sanae se sintió muy feliz e incluso abrazó a Mifune de forma cariñosa, cosa que fue bien vista por su madre y su padrastro. Luego de ellos se fue a su cuarto para preparar sus cosas para el viaje.

Mifune se sorprendió de lo rápido que había cambiado de actitud, verdaderamente las mujeres eran un misterio, pero bueno, así las querían. Incluso su esposa lo había abrazado y besado en la mejilla como agradecimiento.

Mientras tanto en Konoha, Juushiro sonreía contento por alguna razón, no lo sabía muy bien, pero algo bueno se acercaba y esperaba que llegara pronto. Al mismo tiempo se sintió preocupado, ya que ese día era el previsto para el regreso de la caravana a la fortaleza y esperaba que su Sanae no se tomara a mal la noticia, él mejor que nadie sabía lo insegura que podía ser debido a sus heridas, razón por la cual siempre se había esmerado en dejarle en claro lo mucho que la amaba.

― ¿Qué pasa? ―preguntó Sadi, viendo lo feliz que Juushiro se encontraba.

―No es nada. Solo es un buen presentimiento ―respondió Juushiro, sonriendo ampliamente. Recobró su lectura y justo después escuchó los pasos de su madre y hermanas, las cuales seguramente venían a desayunar, por lo que se fue a la cocina a preparar el almuerzo, al mismo tiempo que tarareaba una canción que sonaba como una canción de amor.

¡Hasta aquí!

Espero que les haya gustado el cap, no sucedieron muchas cosas relevantes, pero más que todo es transición para lo que viene en el próximo cap, que si se va a poner emocionante. Por cierto, mi próximas historias a actualizar son "Mi cielo prohibido" y "Un sentimiento inesperado" seguido del capítulo final de "¿Qué pasó ayer?". Lamento haber tardado tanto en volver, pero ya saben, trabajo. Además de que ahora me he propuesto iniciar mi propio libro, aun estoy en la fase de la creación de ideas, por lo que todavía me falta mucho camino y siempre agradecería a los más experimentados en la escritura que me ayudaran a mejorar mis historias. Yo sé que algo les falta, pero no sé qué y me gustaría que me dieran algunos consejos sobre cómo mejorar tramas y consejos sobre redacción.

En fin, también me alegra comunicarles que inicié una nueva historia llamada "Almas Oscuras" la cual es un crossover entre Fairy Tail y Dark Souls, que son dos de mis cosas favoritas. Por el momento prometo no seguir publicando y centrarme en lo que ya tengo, puesto que no quiero atascarme demasiado luego.

Se despide Payaso Coronado.

¡Hasta la próximaaa!