Cat Noir se despertó al día siguiente aún abrazado a Marinette. Tardó unos segundos en comprender dónde se encontraba, porque lo primero que pensó fue que seguía sumido en un sueño maravilloso del que de ningún modo quería despertar. Cuando fue consciente de lo que sucedía abrió los ojos al máximo, tratando de dominar el pánico. ¿Se había quedado dormido junto a Marinette? ¿En su cama? ¿Toda la noche? ¿Y si...? Alzó una mano y la vio todavía enfundada en el guante negro de Cat Noir. Exhaló un suspiro de alivio. No había utilizado su Cataclysm en aquella transformación, pero nunca antes había sido Cat Noir durante tanto tiempo y no sabía si se revertiría automáticamente en algún momento. Era bueno saber que podía aguantar varias horas si no utilizaba sus poderes, aunque suponía que Plagg estaría exhausto a aquellas alturas.

Frunció el ceño. ¿Qué hora era? Pronto, sin duda, porque Marinette seguía durmiendo y no había sonado ninguna alarma. Alzó la cabeza para mirar el reloj sobre la estantería y comprobó aliviado que, en efecto, todavía era temprano. Tendría tiempo de volver a su casa y asearse un poco antes de salir para ir al colegio. Descubrió también allí un plato con delicias de la pastelería que sin duda Marinette había preparado para él la noche anterior. Habían estado tan centrados el uno en el otro que probablemente ella había olvidado comentarlo.

Se incorporó y contempló a Marinette, profundamente dormida a su lado. Sonrió sin poder evitarlo. Había sido la mejor noche que había pasado en mucho tiempo, a pesar de que lo único que habían hecho era hablar, besarse y quedarse dormidos el uno en brazos del otro. Y ronronear, al menos en su caso. Sacudió la cabeza, perplejo. Jamás lo habría creído posible. «¿Qué me está pasando?», se preguntó. «¿Será posible que me esté enamorando otra vez?». Su corazón brincó ante aquella idea y volvió a mirar a Marinette con ternura. Reprimió un suspiro y trató de centrarse. «Tengo que marcharme o se me hará tarde».

Pensó en despertarla, pero dormía tan a gusto que finalmente decidió no hacerlo. Se separó de ella, con cuidado. La muchacha se revolvió y suspiró en sueños, pero no se despertó. Cat Noir sonrió de nuevo y se puso de cuclillas sobre la cama, dispuesto a alcanzar la trampilla que llevaba al balcón. Pero volvió a dirigir una última mirada a Marinette y no pudo evitarlo: se inclinó sobre ella para depositar un último beso sobre sus labios entreabiertos.

Ella suspiró otra vez, pero no se despertó. Sin duda tenía el sueño pesado, pesó Cat sonriendo. Era una suerte que él estuviese acostumbrado a levantarse todos los días bien temprano y a la misma hora, con alarma o sin ella.

Antes de irse se aseguró de vaciar el plato de la bollería para desayunar por el camino. Y así, con los bolsillos repletos de comida y un croissant entre los dientes, Cat Noir abandonó por fin la habitación de Marinette, al filo del amanecer, silencioso como una sombra.


Ella se despertó un rato después, cuando la alarma de su móvil comenzó a sonar. Se incorporó enseguida, sobresaltada y con los ojos muy abiertos.

–¡Cat Noir! –exclamó.

Miró a su alrededor, pero él no estaba. ¿Habría sido un sueño? Entonces vio el plato vacío de la estantería y comprendió que él había estado allí realmente. Pero no recordaba que se hubiese marchado. Frunció el ceño mientras apagaba la alarma, pensativa. Sí, Cat Noir había ido a visitarla la noche anterior. Habían estado allí mismo, los dos tendidos en su cama, abrazados, hablando de varias cosas e intercambiando besos y caricias. Y Cat había ronroneado. ¿O eso sí que lo había soñado? Era lo último que recordaba, el sonido vibrante en el pecho del chico mientras le peinaba el pelo con los dedos como si estuviese acariciando a un gato de verdad. Después... debía de haberse quedado dormida. Y Cat se había marchado sin despertarla. ¿Cuándo? No lo sabía.

Buscó alguna señal de su marcha, una nota o incluso una rosa como la noche anterior. No había nada, pero percibió que las sábanas del otro lado de la cama aún conservaban el calor de su cuerpo. Comprendió, súbitamente sonrojada, que había dormido a su lado toda la noche.

–Acaba de marcharse –confirmó Tikki a su lado, elevándose para situarse a la altura de sus ojos.

Marinette se llevó la mano a los labios, evocando de pronto una súbita calidez.

–Sí, y te besó antes de irse –confirmó el kwami con una risita.

–No te ha visto, ¿verdad?

–No, tranquila. Estaba bien escondida.

Marinette vaciló antes de atreverse a formular la siguiente pregunta.

–Y... ¿seguía siendo Cat Noir?

–Sí –respondió Tikki, y Marinette suspiró, aliviada.

Se habría sentido muy mal si él le hubiese revelado accidentalmente su verdadera identidad solo por acudir a visitarla. Pero aquella información tenía también otras implicaciones.

–Eso quiere decir que... ¿ha pasado toda la noche transformado? Pero es un poco arriesgado, ¿no?

–No creo que lo hiciera a propósito. Probablemente se quedó dormido sin darse cuenta –Tikki suspiró–. Ha sido muy tierno, Marinette. La forma en que te miraba... creo que le gustas mucho.

Ella enrojeció todavía más y bajó la mirada, sonriendo.

–Creo que yo siento lo mismo, Tikki –confesó–. Pero es todo tan raro... ¿lo oíste ronronear anoche? –Sacudió la cabeza–. La verdad, no tengo claro si estoy saliendo con un chico o he adoptado un gato. O las dos cosas. O ninguna de las dos.

Tikki se rió otra vez.

–Bueno, el tiempo lo dirá –dijo simplemente–. Y hablando de tiempo: no deberías entretenerte más. Hoy has conseguido levantarte a la hora, pero si te despistas llegarás tarde otra vez.


Un rato más tarde, Marinette llegaba al colegio aún flotando sobre una nube. Apenas unos días atrás se habría sentido muy alarmada al enterarse de que ella y Cat Noir habían dormido el uno junto al otro, abrazados, en la misma cama. Pero ahora lo único que podía hacer al pensar en ello era suspirar una y otra vez. Había sido tierno y romántico, tal y como decía Tikki. Íntimo y sorprendentemente familiar, como si el hecho de tener tan cerca a Cat Noir fuese algo perfectamente natural.

Y ahora lo echaba de menos. El calor de sus brazos, el sonido de su voz... incluso su olor. «Oh, no, estoy perdiendo la cabeza», se dijo, gimiendo para sus adentros. Y no era la primera vez que pensaba algo así en los últimos días.

Se reunió con Alya y trató de prestar atención a su animada conversación. Pero estaba distraída, y ella lo notó.

–¿Se puede saber qué te pasa hoy? No paras de sonreír como una tonta.

–¡Yo no...! Bueno, vale, puede que sí. Pero no es por nada en particular.

–Hum. –Alya la examinó con ojo crítico–. ¿Seguro?

–Es que... he tenido un sueño muy agradable y me he despertado de buen humor –improvisó Marinette.

–¡Ah, no me digas! ¿Y qué has soñado, si puede saberse?

–No sé, no me acuerdo. Pero sí sé que era muy bonito.

–Apuesto a que sí. ¿Y no saldría en él un atractivo rubio de ojos verdes, por un casual?

Marinette enrojeció violentamente.

–¡N-no, qué va, estás totalmente equivocada!

–¡Ja! ¡Lo sabía! –exclamó Alya con todo triunfal–. Todo ese rollo sobre «distanciarse» sonaba muy sensato, chica, pero te conozco demasiado bien. Puedes negarlo todas las veces que quieras, pero el subconsciente nunca miente.

–¡Buenos días! –saludó entonces la voz de Nino tras ellas.

Se volvieron para reunirse con él y con Adrián, que también mostraba una deslumbrante sonrisa. Marinette lo miró con curiosidad, y él le devolvió una mirada tan tierna que ella se quedó sin respiración un instante.

–Pero, bueno, ¿qué es lo que pasa hoy? –planteó Alya–. ¿Por qué estáis tan contentos, si puede saberse?

Adrián centró su atención en Alya, y Marinette sacudió la cabeza. «Lo habré imaginado», pensó.

–Yo estoy como de costumbre –gruñó Nino–. Dormido y sin ganas de entrar en clase.

–No estaba hablando de ti. –Alya lanzó una mirada curiosa a Adrián–. ¿Qué es lo que te ha puesto de tan buen humor de buena mañana, Agreste? ¿Te han dado una ración extra de vitaminas para desayunar?

Él esbozó una sonrisa de disculpa mientras se frotaba la nuca, tratando de encontrar algo que responder.

–Es que he dormido fenomenal –soltó por fin–. Vale, no me miréis así, sé que no parece gran cosa..., pero llevo tiempo teniendo problemas de sueño. Duermo mal, me despierto a menudo y a veces tengo pesadillas. Y el caso es que añoche dormí como un leño, un montón de horas seguidas, y me he despertado como nuevo. Hacía tiempo que no me sentía tan descansado.

Su voz sonó convencida, porque todo lo que había dicho era estrictamente cierto. Había dormido maravillosamente bien junto a Marinette.

–Bueno, me alegro por ti... –empezó Alya; pero se calló al sorprender la mirada furtiva que Adrián le dirigió a Marinette sin que ella se diera cuenta.

«¿De qué va todo esto?», se preguntó desconcertada.

Cogió a su amiga del brazo y tiró de ella para separarla de los chicos, que ya caminaban el dirección al aula.

–¿Viste a Adrián ayer por la tarde? –susurró.

–¿Qué? ¿Yo? ¡No!

–Y entonces, ¿por qué estáis los dos tan contentos? ¿Por qué te mira tanto?

–¿Cómo? –Marinette se quedó mirándola con la boca abierta–. ¡No tengo ni idea! No sé lo que le pasa a Adrián, pero te puedo asegurar que mi buen humor de hoy no tiene absolutamente nada que ver con él.

Alya no parecía muy convencida; pero el desconcierto de Marinette era sincero, de modo que lo dejó pasar.

–Ya lo averiguaré –le advirtió sin embargo.


Marinette se esforzó por prestar atención a las clases, pero no podía dejar de pensar en Cat Noir. Cuando sonó el timbre se dio cuenta de que había llenado los márgenes de sus notas con dibujos de pequeños gatitos negros. Trató de guardarlo antes de que alguien lo viera; pero Alya, que había estado muy pendiente de ella toda la mañana, lo descubrió enseguida.

–¿Qué es esto, Marinette? ¿Ahora te da por dibujar gatos?

En el banco de enfrente, Adrián se irguió, atento; pero ninguna de ellas se dio cuenta.

Marinette se devanaba los sesos tratando de encontrar algo que decir.

–Sí, es que... ¡me parecen muy monos!

–No me digas –replicó Alya–. Creía que tú eras más de perros. O de hamsters, ahora que lo pienso. ¿A qué viene ese repentino arrebato felino?

–Es que... he adoptado un gato –soltó de pronto Marinette.

–¿En serio? ¿Cómo es eso? Pensaba que tus padres no querían animales en casa.

–No ha sido nada planificado, y en realidad no es mío, estrictamente hablando... ni vive en mi casa tampoco.

–Pero, entonces, ¿tienes gato o no tienes gato?

–No estoy muy segura. Es un gato callejero que a veces se pasa por mi balcón, y bueno... el otro día apareció herido y hambriento, así que lo curé y le di de comer... y ahora viene casi todas las noches. Creo que me ha cogido cariño.

–Y tú a él también, por lo que parece –comentó Alya señalando los apuntes.

Marinette se ruborizó un poco.

–Si le das de comer a un gato callejero, luego no te librarás de él –intervino Nino, que había estado siguiendo la conversación desde el banco de delante.

–No estés tan seguro –dijo Kim–. Los gatos callejeros van a lo que van; el día en que dejes de alimentarlo, si te he visto no me acuerdo. No son ni la mitad de leales que los perros, así que no te encariñes mucho con él porque cualquier día dejarás de verlo.

–Eso no es así –saltó Adrián–. Los gatos pueden ser muy leales si consideran que alguien lo merece. Lo que pasa es que son muy independientes; a muchas personas, de hecho, les gustan más los gatos que los perros precisamente por eso.

–Y tan independientes –replicó Kim con una sonrisa de suficiencia–. Apuesto lo que quieras a que visita más balcones, Marinette. Si te busca, se frota contra tus piernas y ronronea pidiendo comida no es porque te tenga aprecio, sino porque ya ha aprendido que el truco funciona. Así que lo probará con más gente. Y seguro que ya habrá encontrado por ahí más almas cándidas como tú que le den lo que quiere a cambio de un par de arrumacos y ronroneos.

El gesto de desconsuelo de Marinette era tan evidente que Adrián se sintió fatal. Quiso decir algo, pero una voz se les adelantó:

–Vaya, vaya, así que Marinette ahora tiene un gato. Pues menuda noticia.

–Nadie te ha pedido tu opinión, Chloé –gruñó ella.

Pero la rubia se acercó de todos modos, plantó una mano sobre la mesa de Marinette y se inclinó hacia ella como si no la hubiese oído.

–Y tenía que ser un gato vulgar y sarnoso, naturalmente. No esperaba menos de ti.

–Para tu información, mi gato no tiene sarna –saltó ella–. Y es de todo menos vulgar.

El pecho de Adrián se inflamó ante aquellas palabras. «Ha dicho mi gato», pensó.

–Bueno, pero seguro que tendrá pulgas. Después de todo es un gato callejero, y ya sabemos que se les pegan todos los bichos. No lo habrás dejado entrar en tu casa, ¿verdad?

–Pues...

–¡Ja! Ya lo decía yo –se rió Chloé–. Lo habéis oído todos, ¿verdad? Pues si veis que Marinette se rasca mucho ya sabéis por qué es.

Marinette enrojeció de ira.

–¡Yo no tengo pulgas, y mi gato tampoco! Así que métete en tus asuntos para variar.

–Ejem –carraspeó Alya–. Siento decirlo, pero por una vez y sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con Chloé... en parte. Si vas a quedarte con ese gato deberías desparasitarlo por lo menos.

–Sí, y llevarlo al veterinario para asegurarte de que no está enfermo –añadió Nino–. Además hay que ponerles vacunas y todo eso.

–Y castrarlo –prosiguió Alya–. Para que no vaya por ahí preñando a todas las gatas del vecindario.

–¿Castrarlo? –se alarmó Kim–. ¡Pobre gato!

Adrián carraspeó, tratando de decir algo, pero no fue capaz. Se había puesto pálido; afortunadamente, nadie lo notó. El rostro de Marinette, por otra parte, había adquirido una tonalidad que habría podido rivalizar con el color del traje de Ladybug.

–Es la única manera de evitar que la población felina crezca de forma incontrolada, Kim –estaba diciendo Alya–. Luego la gente se encuentra con que su gata ha tenido una camada indeseada y ¿qué hacen con los bebés? Los abandonan. Mucho compartir vídeos de gatitos monos, pero luego nadie se los quiere quedar.

–También hay que arrancarles las uñas –colaboró Chloe–. Para que no destrocen las cortinas y los sofás.

–Bueno, eso sí que es totalmente cruel e innecesario –rebatió Alya.

Adrián no podía estar más de acuerdo.

–Si no le quitas las uñas al gato estás cometiendo una crueldad con las pobres cortinas –replicó Chloé.

–Vale ya, dejad de discutir –cortó Marinette muy apurada–. No pienso castrar a mi gato ni arrancarle las uñas. No se va a quedar en casa conmigo, es un felino libre que va y viene a su antojo. Y me gusta tal y como es.

Sus compañeros la contemplaron con sorpresa, desconcertados ante su súbita vehemencia. Adrián se sentía tan orgulloso de ella que la habría besado allí mismo.

–Bueno, Marinette –dijo Kim al fin–, yo solo te digo que, si de verdad le tienes cariño, intentes convertirlo en un gato casero. Porque si no lo haces, un buen día ya no volverá más, y lo sé por experiencia. Mi vecina estuvo cuidando de uno de esos gatos durante meses. Se pasaba por su casa todos los días, y ella lo cuidaba y le daba de comer. Se sintió muy feliz el día en que el gato le permitió acariciarlo por primera vez. Tiempo después descubrió que iba a pedir comida por otras casas del vecindario, y le sentó un poco mal porque ya lo consideraba su gato...

–Pero eso no tiene nada de particular, tío –razonó Nino–. Los gatos callejeros no son como los de casa; tienen que buscarse la vida de alguna manera.

–Eso no fue lo peor –prosiguió Kim–. El caso es que un día el gato dejó de aparecer. Y poco después mi vecina se enteró de que lo había atropellado un coche.

Sus compañeros guardaron silencio, impresionados.

–Bueno, ¿y qué? –soltó entonces Chloé–. Muchos gatos mueren aplastados por los coches, eso ya lo sabemos.

–Chloé, no seas insensible –protestó Adrián.

–¿Insensible, yo? ¿Por qué? ¿Por decir lo que todo el mundo está pensando?

–Mi vecina se llevó un disgusto tremendo porque estaba loca con ese condenado gato –concluyó Kim–. ¿Y sabes qué? Al final consiguió un gato casero. Lo crió desde pequeño y el animal se convirtió en su mascota, que después de todo era lo que ella quería. –Sacudió la cabeza–. Los gatos callejeros son medio salvajes, Marinette. No te recomiendo que te encariñes demasiado con el tuyo, por lo que pueda pasar.

Marinette iba a replicar, pero entonces Madame Bustier asomó la cabeza por la puerta.

–¿Todavía estáis aquí? ¿Por qué no habéis salido al patio aún?

–Porque Marinette tiene un gato, ya ve usted qué cosa –respondió Chloé torciendo el gesto.

Pero dejaron el tema por fin y salieron del aula.

Marinette se sentía muy decaída. Por supuesto que sus compañeros habían estado hablando de gatos de verdad, pero ella no podía evitar pensar en Cat Noir... visitando otros balcones. Quizá no en busca de comida (aunque era evidente que sentía debilidad por la bollería de los Dupain-Cheng), pero sí de cariño, besos o caricias... que podría encontrar entre los brazos de otras chicas con relativa facilidad. Sabía que había muchas que estarían encantadas de recibir las atenciones de un famoso superhéroe que, además, era innegablemente atractivo y podía mostrarse encantador si se lo proponía.

Sacudió la cabeza. Confiaba en Cat Noir y creía en su palabra.

No obstante, había algo que la angustiaba todavía más, y tenía que ver con las últimas palabras de Kim. Era poco probable que a Cat Noir lo atropellara un coche... pero se jugaba la piel a menudo contra los akumas, y existía la posibilidad de que un día dejara de acudir a visitar a Marinette... porque había perdido la última batalla. «Soy un felino salvaje e indomable, no un vulgar minino casero», había dicho él.

Por supuesto que no se quedaría seguro y a salvo a su lado. Por supuesto que seguiría viviendo aventuras y corriendo riesgos. Lo sabía, y ella lo acompañaría en todas ellas, bajo la máscara de su otra identidad.

Pero ¿quién le aseguraba que su relación con Marinette no era otra aventura más? ¿Que un buen día no dejaría de visitarla o desaparecería sin más, embelesado por otra chica capaz de hacerlo ronronear o abatido por un villano demasiado poderoso?

–Marinette –dijo de pronto una voz a su lado, sobresaltándola.

Se volvió, y descubrió a Adrián junto a ella. Le sonreía con simpatía.

–¿Estás preocupada por tu gato? –le preguntó.

–S-sí, yo... –Tragó saliva–. Sé que parece estúpido, pero... es muy especial para mí.

Adrián volvía a mirarla con aquella intensidad capaz de derretir a las piedras, y Marinette se dio cuenta de pronto que, de nuevo, volvía a estar muy cerca de ella.

–Seguro que tú también eres muy especial para él –dijo él con suavidad.

–¿Cómo lo sabes?

«Porque nadie sería tan estúpido como para rechazar tu cariño y alejarse de tu lado», quiso decirle él. «Ni siquiera yo».

Pero se limitó a responder:

–Porque los gatos son leales a las personas que los merecen.

Marinette le devolvió la sonrisa.

–Pero ¿y si le pasa algo? –preguntó sin embargo–. Sé que lleva una vida bastante peligrosa..., después de todo es un gato de la calle –se apresuró a añadir–. Tampoco estoy segura de querer convertirlo en un gato casero, ¿sabes? Creo que valora mucho su libertad.

Nunca había hablado de ello con Cat Noir, pero lo había visto a menudo corriendo por los tejados, ligero como una hoja al viento y con una salvaje sonrisa de alegría en los labios.

Adrián tenía un comentario bailando en la punta de la lengua. Sabía que no debía hacerlo, pero la tentación era demasiado grande. De modo que finalmente dijo:

–Y supongo que no tienes un especial interés en castrarlo.

Marinette lo pensó.

–Definitivamente no –respondió, y Adrián no pudo evitarlo: estalló en carcajadas.

Ella lo miró perpleja.

–¿Qué te hace tanta gracia?

–Nada, disculpa. Es que de pronto me he imaginado a tu gato destrozando las cortinas de Chloé –mintió.

–Oh, se le da muy bien destrozar todo lo que toca –comentó ella–. Es su habilidad especial.

Adrián se lo estaba pasando en grande con aquella conversación llena de indirectas y dobles sentidos. Pensó de pronto que, si Marinette conociera la verdadera identidad de «su gato», la situación sería mucho más divertida.

Eso le recordó que probablemente nunca podría decírselo.

–¿Te pasa algo? –preguntó ella enseguida–. Te has puesto serio de repente.

–Sí, acabo de recordar que tengo mucho trabajo pendiente para mañana. –Colocó una mano sobre su hombro, tratando de infundirle ánimos–. Seguro que tu gato está estupendamente contigo, Marinette. No hagas caso de lo que diga la gente –concluyó, guiñándole un ojo.

Se despidió de ella y Marinette se quedó mirándolo, perpleja, mientras se alejaba. Durante toda la conversación previa con sus compañeros había sido consciente de que ella sabía mucho más de lo que pretendía mostrarles. Sin embargo, por alguna razón, con Adrián tenía la extraña sensación de que era justo al revés.

Sacudió la cabeza, tratando de apartar aquellas ideas de su mente. Se animó un poco al pensar que acababa de mantener una conversación civilizada con Adrián sin apenas trabarse ni tartamudear, y eso significaba que, a pesar de lo que dijera Alya, su intento de «distanciarse» estaba teniendo éxito.

Había sido muy agradable, sin embargo, poder hablar con Adrián de aquella manera. Reprimió un suspiro y se obligó a recordarse a sí misma que su intención era superar aquel enamoramiento porque era un callejón sin salida, y tratar de construir en su lugar una nueva historia junto a Cat Noir.

Evocó la sensación de sentirlo a su lado y pensó en lo bonito que había sido dormir junto a él. Y fantaseó con la posibilidad de repetirlo. Y de que él siguiera allí al despertar.

«Debo de estar viviendo en una realidad alternativa», se dijo con una sonrisa. «Porque hace una semana jamás me habría imaginado pensando estas cosas sobre Cat Noir».

Naturalmente, hasta hacía poco había sido Adrián el protagonista de aquellos sueños cargados de romanticismo, pero Marinette quiso verlo como algo positivo.

«Significa que soy capaz de madurar y evolucionar», pensó. «Y que no voy a estar obsesionada con el mismo chico toda mi vida. Lo cual, supongo, no deja de ser un alivio».


NOTA: ¡Muchas gracias a todos por seguir leyendo! Espero que os haya gustado este capítulo, me lo he pasado muy bien escribiéndolo. Para quienes preguntan por el futuro de este fanfic, actualizaciones, etc: tengo material para seguir escribiendo esta historia, que trata básicamente de la relación Marichat y de cómo afecta a sus otras identidades, a su vida cotidiana y a sus misiones como superhéroes. No puedo anticipar cuándo va a haber actualizaciones, pero sí prometo ser regular y subir nuevos capítulos cada 2-3 días. Si en algún momento preveo que no voy a poder hacerlo (como sucedió la semana pasada), lo avisaré con antelación.

¡Gracias otra vez por vuestro entusiasmo! Me alegro de que os esté gustando esta historia ¡pero el mérito no es mío! Si estos personajes son tan adorables e inolvidables se debe a los creadores de la serie, y por esto estoy intentando ajustarme al canon en la medida de lo posible. A veces es difícil porque hay taaaaaan poquito Marichat en la serie que hay que llenar los huecos de alguna manera, pero estoy intentando que las cosas que hacen y dicen en mi historia suenen al menos como cosas que ellos harían o dirían si se viesen en esta situación. No sé si lo estoy consiguiendo, pero bueno... hago lo que puedo :)