Contrato de Amor

Cuando la puerta se abrió, ambos se volvieron. Atemu miró a la figura impasible y se levantó con rapidez para salir del cuarto. Si Yugi hubiera tenido la fuerza suficiente, habría hecho lo mismo.

Se ruborizó. Yami nunca pareció tan lejano; estaba sombrío.

-Me alivia ver que has mejorado. Tu salud ha sido una gran preo cupación para todos nosotros.

Yugi bajó la cabeza. Antes, cuando Susan MacKenzie le dio un es pejo, se dio cuenta de que tenía un aspecto deplorable. ¿Cómo debía parecerle a Yami?

-Lo siento. He causado muchos problemas.

-¿Esa es la impresión que tienes de mí? ¿Te parezco un hombre que espera que su esposo enfermo se disculpe por lo imposible? No soy un hombre así. Si acaso debo culparte de algo, es de que no me hubieras comentado lo que te pasaba. ¿Por qué no me dijiste cómo te sentías?

Yugi se percató entonces de que debió tener fiebre durante la boda. Sólo cuando la tensión y la autodisciplina que se impuso desaparecie ron, en ese mismo cuarto; Yugi se dio cuenta de que estaba enfermo.

Arrugó una esquina de la sábana.

-Estabas ardiendo cuando te toqué. Debes haber sabido que esta bas enfermo -suspiró Yami-. Cuando desfalleciste, me sentí como un hombre que se dispone a cometer una violación.

Al oír esa confesión sorprendente, Yugi alzó la cabeza.

-No soy tan insensible como para hacer el amor con un hombre enfermo, sin importar lo que pienses de mí -afirmó, tenso.

-No lo creí -vio el reproche en sus expresivos ojos-. No pensé que. . : -de alguna parte, surgió el recuerdo de esos ojos cuando es tuvo enfermo. Hermosos y profundos que le inspiraron comparaciones líricas y sentimentales. Se le ocurrió que quizá las dijo en voz alta y quiso esconderse bajo la sábana. Claro, deliró. Sin duda debió decir tonterías.

Yami se sentó a su lado.

- Estaba muy tenso.

-A veces me parece que no tienes una buena opinión de mí. . . pero no necesitamos volver a hablar de esa noche de nuevo -decla ró-. Era obvio que no estabas en tus cinco sentidos. No te haré res ponder por lo que dijiste entonces.

Yugi reprimió su sonrisa. Yami estaba tan serio y prefería lo que en sus términos era un perdón muy generoso. Quizá sólo ahora comprendía lo mucho que lo ofendió esa noche.

-Tenemos mucho que discutir.

Yugi se tensó ya que no quería oír las mentiras que Yami sin duda le contó a su hermano acerca de su amante.

-Sin embargo, algunos asuntos pueden ser pospuestos hasta que estés más fuerte -decretó.

Dejaba que se olvidara la revelación inoportuna de Atemu. Era una jugada espléndida de un hábil diplomático, se dijo Yugi con amargura. Cuando Yami tocara el tema, la inmediatez del drama habría desa parecido y quizá, si no se defendía ahora, aumentaría su inocencia.

-Parece que siempre te estoy criticando -Yami lo tomó de la mano y lo sacó de su ensimismamiento.

-Supongo que crees que tienes motivos para ello -Yugi no estaba de humor para considerarse culpable y considerar desde el punto de vista de Yami lo sucedido antes y después de la boda.

-No. Lo que sucede es que he estado haciendo suposiciones, sal tando a. . . -dudó.

-¿Conclusiones? -terminó el chico, demasiado consciente de la manera como Yami le acariciaba la muñeca.

-¿Por qué no me explicaste antes que tu padre estaba endeudado? -frunció el ceño-. Yo no sabía nada al respecto. Tu familia parecía vivir con comodidad y en prosperidad.

-¿No sabías lo de papá? -Yugi parpadeó.

-Cuando visité a tu familia, no sabía nada de eso. Ahora sospecho que la dote del novio fue para tu padre y no para ti. ¿Es cierto? -urgió-. ¿Le diste el dinero?

Yugi sólo recordaba haber firmado unos documentos a petición de su padre.

-Supongo que sí, pero. . .

-Yo entendí que el dinero era para ti.

-¿Para mí? -repitió, atónito-. Dios mío, ¿qué habría hecho con eso?

-Yo creí que te habías convertido en toda una financiera con nues tro matrimonio. Creía que te casabas para enriquecerte, que tus padres te alentaron a ello. En vez de eso, ahora sé. . .

-¿Cómo lo sabes? -interrumpió.

-Hablaste mucho cuando tuviste fiebre- jadeó y le soltó los dedos de pronto.

Yugi se sonrojó.

-Ahora no importa, ¿verdad?

Yami se levantó de la silla y se dirigió a la ventana. A Yugi la sorprendió que le diera la espalda puesto que era un gesto poco ca balleroso en gente de su cultura. Pero Yami se volvió al empezar a hablar.

-Por el contrario -murmuró-. Ahora te percibo como eres. No te casaste por lucro personal, sino para beneficio de tu familia. Es na tural que esto altere mi punto de vista sobre ti y quizá note guste que te lo diga pero no tengo una buena opinión de los padres que pueden sonreír con tanta felicidad mientras obligan a su hijo a contraer ma trimonio con un desconocido.

-No fue así -murmuró Yugi.

-Olvidas que yo estaba presente. De tener menos prejuicios en tu contra, habría sospechado la verdad antes. Tu conducta es comprensi ble y explica las circunstancias. Tus padres fueron quienes te obliga ron a casarte.

-Yo tomé la decisión -insistió.

-No estoy de acuerdo -negó con énfasis-. Cuando uno toma una decisión, la acepta. Y tú no estabas en un estado de aceptación cuando te casaste conmigo.

Yugi no sabía a dónde quería llegar, así que no dijo nada. De cualquier modo, Yami decía la verdad. Deprimido por lo de Seto y muy preocupado por su familia, Yugi accedió a casarse. Nunca meditó la decisión, siempre rehuyó hacerlo. Recordó a Seto al pensar en el tormento sufrido en la boda y se preguntó por qué ya no sentía emoción. ¿Por qué? ¿Por qué ya no le dolía?

-Ahora debes concentrarte en recobrar tu energía -suspiró Yami-. Me he quedado mucho tiempo. Esa mujer que no deja de parlotear me lastimará los oídos. ¿Qué nunca guarda silencio?

-No, pero es amable. Me simpatiza -lo miró de modo ausente.

-Entonces cumplió su propósito. Pensé que estarías más contento con una enfermera inglesa.

-Gracias por las flores -susurró con timidez antes que Yami llegara a la puerta-. Son hermosas. . . nadie me dio flores antes. Dejó de pensar en Seto y se le ocurrió, al ver las flores, que esos regalos valían tanto como la visita formal que Yami le ofreció. No podía dejar que lo vieran descuidando a un esposo enfermo.

Sólo faltan doce semanas para que sea Navidad, pero, ¿quién lo creería? -Susan Mackenzie miró por la ventana el desierto lleno de sol-. Me muero de ganas de tener frío y de ponerme suéteres -siguió cepillando el cabello de Yugi-. ¿Extrañas la Navidad?

-Sí -los ojos de Yugi se inundaron de lágrimas.

-¡Sonríe! -ordenó Susan-. Ya casi estás repuesta. Lo que pasa es que estás deprimido por la gripe, eso es todo. Tan sólo han trans currido diez días desde que estuviste enfermo. Además, sé que estás harta de esta habitación. Es por eso que hoy recibirás una sorpresa.

Yugi ya había recibido demasiadas sorpresas esa semana. A veces veía a Yami hasta cuatro o cinco veces al día. En ocasiones él se quedaba sólo unos minutos, otras una hora. Nunca llegaba con las manos vacías. Le llevaba libros, revistas o flores. Pero casi siempre guardaba silencio y forzaba así a Yugi a charlar de tonterías.

Yami se caracterizaba por su reserva. Nunca se podía saber lo que pensaba. Parecía oír con mucho interés cualquier frivolidad que Yugi decía. El chico no dudaba de que fuera algo muy útil para hablar de negocios, pero también le parecía enervante.

Nunca estaba relajado en compañía del joven. Caminaba como un animal enjaulado. También guardaba una distancia de la cama que sugería que temía contagiarse.

Yugi recordó una y otra vez la conversación de diez días antes para buscar el origen de su tensión y de la menor intimidad entre ambos. Pero nunca lograba arrojar luz sobre el comportamiento de Yugi. Sospechaba que el que su esposo supiera que fue presionada a casarse con él, lo hería en su orgullo. Quizá le aseguró que lo veía de modo distinto, ya no como a un hombre materialista, pero, ¿por qué tenía Yugi la impresión de que un rubio interesado en su dinero habría planteado menos dificultades para él? Frunció el ceño. Eso era tan sólo uno de los imponderables de los que Yami parecía estar lleno.

-No eres curioso, ¿verdad? -prosiguió Susan-. ¿Qué no deseas saber de qué se trata la sorpresa? ¡Cenarás con tu esposo esta noche!

En vez de reaccionar con confusión, Yugi palideció. ¿Por qué hacía tal esfuerzo Yami? ¿Por un sentimiento de culpa? Al día siguiente partiría para Nueva York. Sin duda se reuniría, costara lo que costara, con su amante. Quizá viajaría con el. De pronto, sus ojos se arra saron de lágrimas y Yugi bajó la vista. Era la gripe lo que la ponía tan triste, ¿o no? Esas altas y bajas de ánimo no eran usuales en el. Leyó una carta de su hermano Joey en donde mencionaba que Seto pasó el fin de semana en Domino. Yugi suspiró y dejó la carta a un lado. La bombardeaban una serie de pensamientos que habrían sido impensables un mes atrás. Su respuesta física ante Yami le seña laba la falta de sentimientos por Seto, lo forzaba a cuestionarse. ¿Cómo pudo amar a Seto sin haber deseado nunca expresar ese amor con su cuerpo? Era algo increíble, pero eso sucedió durante los últimos cuatro años.

¿Acaso confundió el agrado, la admiración y la soledad con el amor?

Esa idea no lo hacía muy feliz, pero, ¿qué otra cosa podía ser? Extrañó muchísimo a Seto cuando éste fue a estudiar. Su compañerismo de niños desapareció en su vida adulta. Pero eso era normal en el crecimiento, ¿no? Seto fue muy maduro para su edad y el no, reconoció. Fue un adolescente tímido e introvertido que de pendió demasiado de Seto como amigo. ¿Acaso se aferró a ese sueño de adolescente?

Los resabios de ese mundo de sueños raros murieron el día de su boda. Claro que le dolió, aunque su amor por Seto hubiera sido impráctico e idealizado. En un sentido, el estar enamorado de Seto le proporcionó la seguridad de no enamorarse de otro hombre y durante todo ese tiempo se preocupó por Seto tanto como él por Yugi.

Si se hubiera tratado de un amor verdadero, no habría estado tan in defenso frente a Yami.

Cuando él llegó, Yugi leía, absorto, y no le oyó.

-¿Es apasionante? -preguntó él.

Yugi levantó la vista y el corazón le dio un vuelco comprensible. Yami vestía una camisa blanca y unos jeans entallados que se amol daban a sus caderas y largas piernas. El estómago de Yugi dio un salto mortal.

-¿Perdón?

-El libro -explicó Yami.

-Ah, eso -lo apartó-. No sabía que usaras jeans.

Yami encogió los hombros, tenso, y se puso una mano en la cadera.

-Como todavía no estás lo bastante fuerte como para vestirte, pensé que yo también vestiría con más informalidad.

Cuando Yugi empezó a pararse, Yami lo levantó en sus brazos de inmediato.

-Sabes, puedo caminar... ¡no soy un inválido! -protestó, jadeante.

-El doctor dijo que tomaras las cosas con calma. No puedes arries garte a tener una recaída. Nuestro clima no es benigno para los de salud delicada -sus ojos miraron el rostro ruborizado de Yugi.

Lo invadía un ligero mareo provocado por el aroma de Yami; su fuerza y color viriles penetraban a través de la delgada bata de Yugi. Empezó a palpitar y, cuando Yami lo colocó sobre una pila de co jines de seda en un gran cuarto austero, estaba demasiado tenso. El deseo era como una intoxicación febril de todos sus sentidos que la hacían sentir que, hasta no haber conocido a Yami. Mientras permaneció en la cama y su esposo se man tuvo alejado y cortés, fue más fácil negar que era tan vulnerable a él. Pero, cuando lo tocaba, sus engaños desaparecían. Era tan consciente de él, que parecía un dolor exquisito. Y, lo peor de todo, que una parte de sí se deleitaba con la aceleración de su pulso, la sequedad de su boca. Apartó la vista de Yami y reprimió esos sentimientos. Su poder lo aterraba tanto, porque señalaba su falta de emoción ante Seto.

Yami se sentó a su lado y la comida llegó, llevada por media do cena de sirvientes.

-Si hubiera sabido antes que estabas lo bastante recuperado como para acompañarme esta noche, habría pedido una mesa y sillas.

Vaya, ¿acaso Susan Mackenzie lo obligó a hacerle esa invitación? Las mejillas de Yugi se encendieron.

-Supongo que habrás notado que estas habitaciones no son muy modernas.

-Asumo que Ryu prefería un estilo más tradicional -Yugi des cartó la cuestión.

-Ryu y yo vivimos en una parte diferente del palacio -Yami se tensó-. Después de su muerte, escogí tener nuevos alrededores.

¿Acaso los antiguos aposentos eran sagrados ahora? Hacía mucho que Yugi había descartado la opinión de Atemu de que Yami fue infeliz con su primer esposo. Hacía cuatro años, Atemu sólo era un niño incapaz de hacer un juicio así. Lo que era más revelador era la sensibilidad de Yami respecto a cualquier recordatorio de Ryu.

¿Entonces, en dónde encajaba el hombre de París? Yami era un hom bre muy viril. Sus necesidades sexuales no habían disminuido con la muerte de su primer esposo. Por fortuna, eso a Yugi no le importaba, siempre y cuando le dejara en paz a el.

-En comparación con tu hogar, quizá esta te parece bastante pri mitiva -prosiguió pero Yugi apenas le prestaba atención-. Esas cosas nunca me han importado, mis necesidades son escasas. Nunca he sido un gran consumidor de bienes de lujo. Además, paso poco tiempo aquí.

Yugi estaba perplejo al ver que Yami estaba avergonzado y que trataba de conservar su aire acostumbrado de gravedad. Por alguna razón, notaba que su hogar tenía la calidez del castillo de Frankestein.

-Bueno, a mí me parece muy cómoda... acogedora -añadió Yugi generoso, como si no estuvieran sentados en una alfombra en medio de un cuarto casi vacío.

-Suelo comer con mi padre.

Era un extraño informe personal. Yami nunca hablaba de sí. Atemu le contó a Yugi que Yami pasó sus primeros años en el desierto, via jando con un tutor. A los diez años, ingresó a una academia militar en Arabia Saudita y concluyó su educación con una licenciatura en administración de empresas. Los dos hermanos tuvieron infancias muy distintas. El faraón Akunancamon quiso evitar que los pe ligros de la influencia occidental ejercieran un efecto demasiado grande en su hijo y heredero. Pero Yugi creía que la niñez de Yami fue poco alegre, muy disciplinada, con poca atención por parte de los padres por los intereses personales de su hijo. Eso explicaba que aún ahora mos trara tanta seriedad.

-No tenías que cenar conmigo -Yugi dejó de pensar en él-. Después de todo, me dijiste que eso estaría en la lista de cosas prohibidas. Claro, Tristan siempre come con Iñaki cuando está en casa; supongo que habrá adquirido malas costumbres por haberse educado en Inglaterra.

Al oír la referencia a su hermano, Yami se tensó.

-No niego que Tristan esté más accidentalizado, pero ahora no quiero hablar de él.

-¿Por qué? A mí me parece muy agradable -insistió Yugi.

-El arte de ser agradable es una de las cualidades de Tristan -levantó una ceja con sarcasmo-. Tiene un encanto infinito con los miembros de tu sexo cuando lo desea. Bueno, como sabes, mañana me marcho a Nueva York -Yugi sólo sonrió, no podía hablar-. Cuando regrese, quizá hayas alterado algunas cosas aquí. Tienes carta blanca. Desearía que te sintieras en casa durante el tiempo que permanezcas aquí-con cluyó con suavidad.

Fue como un piquete de alacrán. Durante el tiempo que permanezcas aquí. ¿Acaso se refería con discreción a un futuro divorció? Su matrimonio ni siquiera había empezado y Yami ya planeaba termi narlo. Yugi fue consumido por una rabia feroz.

-Dime, ¿cuánto tiempo esperas que me sienta como en mi casa? -exigió saber-. Por favor, no hables con acertijos. Si quieres un di vorcio, sólo tienes que decirlo.

Yami no reaccionó ante su furia Lo miró con calma.

-Por ahora no estoy pensado en un divorcio.

-Entonces, ¿para qué diste esperanzas? -replicó, atónito por la frialdad del hombre-. Me gustaría que hubiera un límite de tiempo a esa oración.

-Bueno, hasta que nos cansemos mutuamente, entonces -susurró-. Estas atracciones se marchitan tan rápido como las flores que florecen en el desierto después de la lluvia. Lo que existe entre nosotros terminará con la misma rapidez. No sería justo de mi parte fingir lo contrario. No deseo herir tus sentimientos, Yugi.

Esta contempló su vaso de limonada. ¿Cómo podía hablar con una sencillez tan brutal y hacerlo además con aparente sinceridad? ¿Acaso alguna vez podría entender a Yami? Yugi temblaba ante tan contra dictorias emociones. Lo que prevalecía era el odio. Su orgullo se rebelaba ante la insinuación de que era sólo un objeto sexual, del que se podía gozar y desechar a capricho. Yami no parecía luchar por su matrimonio. Nunca lo consideró una atadura permanente. Pero el decirlo con tanta franqueza, lastimaba mucho a Yugi.

-No tienes ese poder -replicó con los labios apretados. -Quizá ahora practiques la misma sinceridad conmigo -lo observó con ojos insondables y brillantes-. En relación a Seto.

-¿Seto? -el cerebro de Yugi le dio vueltas.