Soy consciente de que me he tardado mucho pero con los estudios realmente no tuve ni la moral, ni el tiempo de escribir. Ahora que ya aprobé todo ya no estoy tan estresada, (me falta el TFG pero creo que tengo time), así que ya me iré activando poco a poco. :)


9


Mis sueños no son ligeros, pero tampoco tempestuosos. Las palabras de mi padre se mezclan con la imagen decepcionada de mi hermana, pero entonces vuelve a aparecer el desgraciado del dos y la mata. Llenándome de rabia. Y rojo, así es el color de la venganza. Rojo brillante. Mi razón por estar en los juegos.

No debo preocuparme de nada, llevo adiestrando desde los nueve años y tengo el mentor más carismático del distrito cuatro, para enseñarme lo demás, además de Roy.

Él abogaría por mí, sin dudar, al igual que yo por él. Porque somos amigos y, a menos que quedemos solo nosotros dos, no nos enfrentaremos.

Algo que evitaré por todos los medios posibles.

Son esos pensamientos los que me ayudan a dormir bien, hasta que los gritos de mi escolta me despiertan.

Hemos llegado al Capitolio.

Y yo, estúpidamente, no puedo evitar preguntarme si serán tan ridículos como ella.

Y no lo son, son peor.

Chillan y presumen de cosas tan absurdas como una piel verde, orejas de gato, tatuajes brillantes, y más elementos, que sigo sin entender cómo les gustan. Al menos los hombres y algunas mujeres, las que no están clamando a Finnick Odair como si les fuera la vida en ello.

Y presumiendo de esos atributos ante él.

Como si por parecer seres irreales debieran gustarle.

Y yo al ver como cosas, como un guiño, saludo, o sonrisa suya, las vuelve más histéricas, no puedo evitar reír.

Ridículas.

Roy me observa alucinado, para luego sacudir la cabeza, como si no tuviese remedio. Y opta por imitar a mi mentor. Creo que aquello es lo único que me gusta de que él esté aquí. Me entiende. Mi acompañante está más que indignada, pero ella no me importa. Lo que sí es lo que dice Finnick.

– Annie, no es por nada, pero los juegos no se ganan solos. Vas a necesitar el apoyo de esta gente para sobrevivir y burlándote de ellos no lo conseguirás.– Lo miro avergonzada. Tiene razón.

– Perdona, no sé qué se me paso por la cabeza. – Que no estoy habituada a controlar mis emociones. Pero verlo a él y Roy me da una idea de lo que busca esta gente.

Sonrisas, besos, gestos coquetos, cumplidos... Actuar como si estuviera encantada de toda esta atención porque la necesito para ganar.

Y lo consigo.

Los vítores de mi nombre y la sonrisa triunfal que me dedica mi mentor, al entrar al edificio de tributos, me lo confirman.

.

– Que no se te suba a la cabeza, ¿sí? No lo hice por ti.– Sé que arriesgo lo mío al desafiarlo, pero me gustaría ganar los juegos a mi manera, no a la suya. Él me observa sorprendido, para luego reír.

– ¡Eres todo un reto, preciosa! – Me halaga, entusiasmado. Me vuelvo a enrojecer por la forma en que lo dice y me vuelvo a odiar por ello. – Creo que me va a gustar trabajar contigo. – Lo miro confusa, ¿por qué? – Ahora es mejor que los dos vayáis a recibir vuestro equipo de preparación y acatéis todo lo que digan. Es la mejor forma de que tengan éxito y así os ganéis una atención casi tan buena como la que tuve yo.

Nos guiña un ojo, arrogante, y parte junto a Mags y yo no puedo evitar volver a reír. Idiota. Roy me observa confuso.

– ¿Ocurre algo? –Pregunto.

– Salvo que creo que os complementáis, nada. – Dice entonces y mi rostro se enrojece, al recordar mi antigua admiración por el que, ahora, es mi mentor. Pero termino por sacudir la cabeza.

– No digas tonterías, ¿quieres? – Lo contradigo. – Finnick Odair no es más que un idiota seductor, habituado a tenerlo todo en un chasquido de dedos. La prueba es que él mismo admitió que le gustará trabajar conmigo porque soy un elemento que escapa a su control.

– Entonces no sé si compadecerlo, eres simplemente incontrolable, Annie. – Me halaga él, riendo, y yo sonrío.

– Lo sé. –Admito y con eso nos despedimos.

.

Incontrolable.

Más que un halago, una realidad. Ya desde niña tuve una facilidad asombrosa para escapar del dominio de otros. Un poco como Sean, supongo, pero no tan obvio.

Hasta los nueve años vivía en un mundo de ilusiones con, como único deseo, ser feliz ¿Lo conseguí? Obvio, todos los niños son felices hasta que son obligados a crecer y conocer el mundo en que viven. El deseo de venganza es lo que me ayudó a superar la pérdida de mi hermana, eso y el cariño de mis padres. A resurgir, al igual que el chico Kingsley. Pero, al contrario de él, no tengo esa capacidad de manejar a todos a base de hablar, ese carisma...

Ni lo necesito.

Cuando llego a mi habitación tengo que contener las ansias de reírme de mi equipo de preparación. Dos mujeres y un hombre. Mery, de piel verde limón y pelo rojo ensortijado, es una mujer muy entusiasta, alegre y activa. Grita tres palabras de cada cuatro.

Mona tiene un carácter más sosegado, y, a pesar de no asemejarse, no puedo evitar asociarla con un pequeño gato. Entrañable de no ser por su piel rosada y llena de tatuajes. Me trata con dulzura.

Finalmente Sydney, aunque se pasa el tiempo diciéndome que le chame Syd, (el mismo que me paso no haciéndolo, para molestar), tiene una personalidad chispeante y nerviosa. Se tensa por el mínimo movimiento que hago en su contra. Cosa que me divierte y ayuda a sentir bien en estos juegos, no pensar en que voy a una arena donde hay tantas posibilidades de muerte como de vida. No soy estúpida. Podré ser de las mejores de mi academia, pero, ¿quién no me garantiza lo mismo de los otros profesionales?

Me llevan a una sala blanca, donde me piden desnudarme para lavarme y arreglarme. A cada momento que paso en su compañía no puedo evitar imaginarlos como pequeños animales. Razón por la cual, a su partida, se me escapa una leve risa.

A pesar de la desnudez, me siento relajada hasta que escucho un silbido masculino de admiración. Y giro, encontrando un hombre que rondará los treinta y cuatro años: Dale, mi estilista. Escuché a Mery decir que este será su último año de trabajo. Es alto, de piel bronceada y párpados delineados de violeta, además de unos tatuajes en forma de red en las manos.

– ¡Bueno, bueno! No eres la joven más hermosa que vi pero desde luego tienes estilo. –Valora, animado. – Soy Dale, tu estilista. – Se presenta y me tiende una mano que estrecho, decidida.

– ¡Annie Cresta!–Digo con orgullo.– Según Mery este es tu último año. Espero que lo aproveches bien. – Le guiño un ojo, casi desafiante, y él ríe.

– Con la tributo que me ha tocado no cabe duda de que sí. – Asegura. – Ponte la bata y hablemos. Estoy seguro de que estarás encantada con mis planes para ti.

Me invita a sentarme a una mesa donde pide la comida y charlamos. Descubro que es un hombre de alta cuna, recatado, posesivo, y orgulloso. No me habla de su retiro y yo tampoco pregunto, pero sí de su impresión de mí y, a cada palabra suya me animo más. Quizás nuestro distrito tenga una vencedora este año.