Se que no tengo perdón, pero debo confesar que hace unos días tengo mi pc y he estado sin iternet, así que no había podido actualizar, ojala no me demore tanto, ya me vienen cuatro días de feriado, asi que ahí espero ponerme al día en mis lecturas de mis historias favoritas y en escribir el siguiente capitulo de este fic... espero les guste este primer lemon entre Bella y el vagabundo jejej ojala no me hayan olvidado...un beso amigas y muchas gracias por los RR que dejaron y a aquellas que solo me dejan en alertas y favoritos también...

bueno aqui les dejo el capítulo...disfrútenlo


Capitulo 9

BPOV

Durante estos meses juntos, mi vida se había transformado muy distinta a lo que era hace un año atrás. Antes era una rutina día a día, en cambio ahora con Edward en mi vida, los días eran todos distintos. Cada vez nos uníamos más, él ya había retomado sus hobbies que solía hacer, y yo compartía mis cosas con él.

Edward durante este tiempo había sido muy paciente conmigo en cuanto al asunto de nuestra intimidad. Aun no llegaba el día en que dejara mis miedos a un lado. Sabía que eso nos estaba perjudicando de algún modo, pero no era que no quisiera estar con él, sino que no sabía porque de mi actitud.

Un día en el trabajo al ser tan torpe al caminar me tropecé y me torcí el tobillo haciéndome una fisura con un esguince. Me llevaron al hospital y al sacarme radiografías determinaron que necesitaba que me enyesaran, llamé inmediatamente a Edward para que me fuera a buscar. Me habían dado dos semanas de licencia, ya que no podía caminar, era una leve fisura que tenía que cicatrizar bien.

Sería primera vez que Edward entraba a mi casa, siempre me dejaba afuera cuando me iba a dejar después de pasar por su casa al terminar mi trabajo. Siempre había una escusa para que le impidiera entrar. De alguna forma utilizaba eso para no estar solos completamente y propiciar un encuentro más cercano. Edward no era tonto, se daba cuenta de mis intenciones, pero nunca me reprochaba nada.

Llevaba una semana y Edward todos los días me visitaba y estaba conmigo muchas horas. Se había hecho muy amigo de Max, era como si fuesen conocidos toda su vida. Edward se ocupaba de hacer las compras, me atendía, ya que los primeros días evité moverme por el yeso, realmente era muy incomodo estar inmovilizada. Edward me lo tenía lleno de dibujos.

Al estar acompañándome en mi cama casi todo el día, Edward evitaba ser meloso, no quería incomodarme, solo que una tarde, nos habíamos quedado dormidos, yo vestía mi típico piyama, unas pantaletas con una polera con tiritas. Sabía que a Edward lo dejaba mal, ya que a pesar que nos besábamos, siempre quedaba con ganas. Se excitaba con facilidad, e inmediatamente lo notaba. Yo no era fría, todo lo contrario, pero trataba de no incitarlo a que fuésemos más allá.

Solo que ese día, al despertar, se veía tan hermoso. Se veía tan sereno al respirar, sus pestañas se movían al compás de los latidos del corazón. Su piel se veía tan tersa. Lo contemplé varios minutos. Mi cuerpo comenzó a sentir un calor que me recorría todo el cuerpo. Mis manos las sentía sudadas por resistirme a no tocarlo. No resistía más.

Me acerqué a él, con gran dificultad porque mi pierna me pesaba. Le desabroché cuidadosamente los botones e su camisa y al tener su pecho descubierto, mis manos se fueron como un imán escondido que encuentra metal para unirse a él. Mis manos estaban en su deleite al acariciar su piel. Mi cuerpo ya estaba por fundirse por tanta calor. Sin pensar más mis labios no resistieron más y le comencé a besar. Sentía su pecho respirar, mis labios recorrían desde el cuello hasta el límite de sus pantalones. Lo besé saboreándolo poco a poco, hasta que e devolví a su pecho y mordí sus pezones.

No me había dado cuenta, pero Edward estaba despierto, se estaba dejando querer. No miramos sin decir nada, nos besamos con toda la pasión que teníamos guardada. Nuestras manos acariciaban todo a su paso, sin más Edward me había sacado la parte de arriba de mi piyama y había quedado solo con mi pantaletas. Mis pechos quedaron a su merced. Edward los devoraba como una gran golosina, mi cuerpo reaccionaba a toda su pasión, sin más le desabroche su cinturón y sus jeans, él como si nada se los sacó tan rápido que los dos quedamos con una sola prenda de ropa.

Me ruboricé al ver su bóxer tan erguido por su gran erección. Era mi primera vez que estaba con un hombre en esa situación. Dejé mi pudor de lado, solo quería saciar mis deseos de estar con Edward y entregarme a él. Sabía perfectamente que Edward era el hombre de mi vida, sabía que solo él me hacía sentir importante, delicada, deseada. Era mi sueño hecho realidad. Había encontrado al hombre que quería dar todo de mí.

Edward era tan delicado. Devoró mis senos con una dulzura que me derretía a su contacto. Mis pantaletas estaban empapadas por tanta excitación que sentía. Sentía como la lengua de Edward recorrían mis pezones y todo a su alrededor. Sus manos no dejaban de acariciarme.

-oh Edward, te amo y te deseo tanto- salieron mis palabras sin importar nada.

-esperaba este día, Bella, hoy consumaremos nuestro amor- Edward con mi pezón derecho en su boca me lo dijo sin dejar de jugar con él.

Lo tomé de sus cabellos y lo atraje a mi boca. Quería saborear su boca, quería demostrarle que lo amaba más que a mi vida. Me abrazó con tanta fuerza mientras nuestras lenguas se enroscaban entre sí para no separase. Mis manos no esperaron más y las llevé a sus nalgas por debajo de su ropa interior. Las sentí tan duras y tersas que las atraje hacía mi pelvis para restregarme en él. Su erección la percibí y sin más le bajé su bóxer y comencé a acariciarle. Le tomé su miembro y lo acaricié suavemente. Era tan grande que apenas mi mano lo tomaba entero. Hasta ahí mi Edward era perfecto. Me separé y me quedé viéndolo sin decir nada, solo mi mano estaba acariciando mi nuevo juguete.

-no pensé que era tan grande- le dije sin pestañar, solo sintiendo y viendo que estaba disfrutando de mis caricias.

-¿y te gusta así?- me preguntó mirándome directamente con sus ojitos verdes.

-me asusta- le dije con sinceridad.

-es tuyo, haz lo que quieras con él- me dijo mientras seguía en mi labor.

Edward estaba disfrutando tanto como yo. Pensaba que esa tremenda cosa entraría en mí, realmente me asustaba, pero sabía que era Edward y que de alguna forma me había guardado para él. El día de entregarme en cuerpo y alma había llegado y ya no resistía más.

Mi mano ya estaba cansada con el vaivén que llevaba, hasta que me atreví a besárselo. Edward quedó en shock, dejó de respirar cuando mi lengua comenzó a recorrer su glande y toda su longitud. Se sentía fantásticamente bien. Su sabor no era desagradable y su olor era realmente extraordinario. La piel de Edward emanaba un olor a canela con aroma a madero, a sándalo, era una mezcla extraordinaria.

Las manos acariciaban mis cabellos mientras me saciaba con su miembro. Yo aún estaba con mis pantaletas que hace altura estaban empapadas. Sin dejar de tragarme mi golosina comencé a bajarme única prenda que llevaba. Mi pierna enyesaba realmente era molesta, ya que no quería pegarle, y menos echar a perder este momento que tanto habíamos esperado.

Los dos estábamos desnudos. Edward tomó mi rostro y lo llevó a sus labios. Se acomodó entre mis piernas y comenzó a dejar besos por todos lados bajando desde mi cuello hasta llegar a mi entre pierna. Me mordí el labio al sentir la lengua de Edward recorriendo mis pliegues y sus labios capturando mi clítoris. Lo mordía suavemente, después lo tiraba y lo chupaba.

-Bella cómo estás de mojada y es solo para mí- me dijo mientras arrasaba con todos mis fluidos que solo él provocaba.

Sentía mi cuerpo como lana, mis músculos estaban sintiendo los estragos de la boca de Edward, comenzaron a tensarse ya que sentía que iba a estallar.

-a…ahh…¡Edward…! –cerré los ojos al sentir una sensación tan exquisita. Comencé a sentir espasmos al sentir que llegaba a la gloria.

Edward volvió con sus labios a posarse junto a los míos y sentí como su miembro rosaba mi vulva. Abrí mis piernas dándole permiso para que me poseyera. Edward me besó como nunca antes y se puso en la entrada. Despegó sus labios de los míos y me miró. Comenzó a entrar lentamente, sentí su gran miembro penetrar mis paredes. Eran estrechas y mis lágrimas no demoraron en salir por el dolor que estaba sintiendo. Era mi primera vez, y realmente estaba sintiendo dolor. Edward no dejaba de mirarme, al ver mis lágrimas se detuvo.

-Bella, si es mucho el dolor no sigo- me dijo sin salirse de mí.

-nooo…sigue, es normal amor, te quiero entero dentro de mí- le dije casi tartamudeando.

-pero aun solo llevo la punta- me dijo.

-lo sé, hazme tuya Edward, ¡hazlo!- me imploró.

Sin dejar mis ojos, nuevamente movió su pelvis y penetró un poco más, hasta que llegó a mi pared. Una vez más se detuvo y me besó.

-Bella, amor, te amo, no sabes cuánto anhele este momento, haz hecho que mi vida vuelva a sentir felicidad plena…

No dije nada, solo comencé a mover mi pelvis para darle a entender que siguiera con su labor, y él recibió el mensaje. De un golpe penetró entero y atravesó mi pared de un golpe. Mis uñas se las enterré y a la vez le mordí su hombro. El dolor era soportable. Comenzó a entrar y salir y de alguna forma comencé a relajarme, el dolor poco a poco se fue desvaneciendo y se convirtió en placer indescriptible.

Le ayudé moviendo mi pelvis siguiendo su ritmo, sentía como nuestros jugos se compenetraban, y eso me excitaba más. Al sentí su cuerpo como vibraba junto al mío nos besamos para así demostrarnos cuanto nos amábamos. Los jadeos de los dos eran más excitante, nuestros cuerpos sudaban por tanto calor. Nos abrazamos sin parar nuestro vaivén. Mis paredes se acoplaron tan bien que su miembro era la pieza que encajaba perfectamente en ese espacio.

No quería que terminara nuestra unión. Le abracé y como pude me puse encima de él. No sabía qué hacer, me quedé paralizada. Edward tomó mis caderas con sus manos y las movió como debía hacerlo. El yeso me molestaba pero no le hice caso y así seguí con el vaivén que me había indicado mi novio. Cabalgué de tal forma que ni yo sé como aprendí tan rápido.

Edward me tomó y me dio vueltas, tomó mi pierna sin yeso y la tomó y la levantó a la altura de su cara y la besó. Era un maestro, ni se había salido ni un centímetro de mi cavidad. Se veía que no había olvidado cómo hacerlo. Tenía mucha práctica. En cambio yo tenía que aprender. Pero me reconfortaba saber que Edward también estaba disfrutando tanto como yo.

-Bella, falta poco para acabar, hagámoslo junto amor- me dijo entre jadeos y besos.

Yo no fui capaz en hablar solo asentí con mi cabeza. Su ritmo fue aumentando hasta que nuestros cuerpos llegaron al final, los dos seguimos moviéndonos pero solo por inercia, no quería que se saliera de mí. Éramos dos locos enamorados entregándonos de tal forma que solo importaban nuestros sentimientos.

-te amo Edward- mis palabras eran entre jadeos y risa, ya que la felicidad me inundaba por completo.

-oh, Bella, cuanto esperé para que te decidieras- me dijo besándome la frente.

-si hubiera sabido que era así de bueno, no lo hubiera dudado dos veces- le dije besándolo tiernamente.

Nuestros miembros aun estaban unidos. Edward aun no salía de mí. Sentía como estaba lacio. Pero no dejábamos de movernos. Nuestras pieles estaban pegajosas, pero en ese momento no nos importaba, los dos nos habíamos amados, después de meses de habernos deseado desde el primer día que nos vimos.

Edward capturó mis labios y me besó, al principio tan suave que sin darme cuenta, enrollé mi pierna sana a su cintura, y comencé el vaivén, con más ahínco. Edward notó que estaba excitada nuevamente ya que él entraba y salía sin dificultad de mi cavidad y siguió mi vaivén. Una vez más nos amamos esa tarde. No recuerdo cuantas veces lo hicimos ese día, ya que Edward no se fue a su casa, se quedó conmigo, pero en un descanso de una de las veces avisó a Esme que no lo esperaran.

Ese día fue maravilloso. Supe lo que era realmente amar a un hombre con todo el corazón. Edward era el mejor amante que cualquier mujer desearía. Desde ese día nuestra unión era muy estrecha. Todos los días Edward me visitaba, aunque no siempre hacíamos el amor. Por parte de los dos no queríamos que nuestra relación se fundara en eso solamente. Y de alguna forma los dos lo queríamos así. Él era muy comprensivo y muy sensato. No quería cometer los mismos errores del pasado y eso me daba tranquilidad absoluta.

Ya mi pierna estaba casi curada y tenía que volver a mi normalidad. Mi trabajo fue entorpecido por varios días pero que me sirvieron para que mi novio y yo pudiéramos conocernos más y sobre todo en la intimidad. Edward había demostrado ser un excelente dueño de casa. Un buen jefe de hogar, ya que se preocupó de todo. Él organizó y me ayudó en todo, incluso fue hasta mi hombre de compañía. Eso fue lo mejor.

Cada vez que nos entregábamos, era cada vez más intenso. Edward era un maestro en el sexo. Me hacía el amor de tal forma que con una sola vez no era suficiente, me dejaba con ganas de más. Me reconfortaba saber que no era un sentimiento que me inundaba solo a mí, él también quedaba con deseos de más.

Nuestros cuerpos se fundían en placer, no hay palabras para describirlo, nuestros cuerpos se unían como un rompecabezas, fuimos hechos para estar juntos. Lo más importante de cada vez que estábamos juntos, era que veía a Edward feliz. Hace mucho tiempo que su mirada ya no existía la tristeza.

Todos los días me iba a buscar a la universidad, pasábamos por su casa, cenábamos con su familia y después me iba a dejar a casa. Ahí se quedaba conmigo por algunas horas, o a veces se quedaba conmigo. Ya me estaba acostumbrando a dormir acompañada en mi cama. Los días que me llegaba mi período eran los más tediosos para los dos, ya que yo me ponía un poco sensible o gruñona, y Edward era tan paciente que me seguía todo y comprendía. Siempre lo echaba para que no pagara el pato por mis arranques hormonales. Él solo me daba un beso y sin decir nada se iba y me dejaba.

Pero ya era algo normal en nosotros. Llevábamos casi un año juntos. El tiempo había pasado muy rápido y no nos habíamos dado cuenta. La vida de Edward era ya normal. Ya había comenzado sus estudios y había encontrado trabajo para ayudar, aunque no era necesario ya que sus padres se lo daban todo.

Un día en busca de Edward lo veo que estaba con una mujer rubia. Estaban conversando cuando de pronto veo que se abrazan. Me estacioné y me vino una angustia muy grande. Estuvieron unos cuantos minutos abrazados. Me percaté que estaba llorando. Sin más me bajé del carro y fui donde estaban los dos. Edward se percató que venía y soltó a la rubia y me encaró.

-Bella, ella es...


Espero sus RR, besos