Primera vez que llego a los 10 capítulos de algo, nueva portada de fic!
Disclaimer: Los dueños legítimos de DBZ no me está pagando nada por este UA... aunque, estaría genial, ¿no?
Queonda.
Krilin estaba viviendo el sueño de cualquier fanático: era parte de la historia que se vivía dentro de ese edificio. ¡Adiós a esas noches sin dormir, pegando sus ojos al zoom de los binoculares, para lograr captar algo entretenido! Ahora lo único que debía hacer era estar sentado frente al mostrador, para observarlos ir y volver rápidamente, saludándolo con jovialidad cada vez que lo veían.
Se sentía como ver a sus estrellas favoritas de televisión y cine, con el beneficio de poder sutilmente fisgonear en sus vidas privadas. Incluso se estaba dejando crecer el cabello, una sombra de vello opacaba el brillo de su calva. Había pasado tanto tiempo desde que se había afeitado la cabeza, que ya no recordaba ni el color ni la forma que éste tenía. Aunque, por lo que las pequeñas raíces mostraban, seguramente sería color negro. Llevaba sólo una semana trabajando en ese edificio, y ya sentía como si toda su vida hubiera pertenecido a ese lugar tan mal mantenido. En una semana, ya había sido requerido para arreglar una fuga de agua en el departamento de Goku y Chichi, notando con emoción interna las pequeñas miradas de cariño que se mandaban entre ellos.
Era un sueño hecho realidad.
Aún no superaba la pérdida de la rubia que lo había enloquecido con su belleza y actitud desde el primer día que la había visto, pero sabía que cuando las aguas se calmaran, volvería a buscarla. No sería nada fácil, puesto que la discusión había sido bastante…
— ¡He! Krilin— interrumpió Yamcha sus pensamientos —No creerás lo que me ocurrió hoy.
Era otra de sus historias románticas que, según él, estaba seguro que llegarían a ser algo más que el intercambio de miradas con mujeres desconocidas.
—Cuéntamelo todo. —se recostó en su silla, moviendo su mirada a diferentes puntos de la calle, intentando fingir interés.
—Estaba limpiando la vereda, cuando una sexy señorita se acercó a mí para preguntar sobre los policías que agobian el edificio cruzando la calle. Entre charlas divertidas y jugueteos, ¡logré invitarla a salir! Es la mujer más hermosa que podrás ver en tu vida. Su cabello es completamente rubio y sus ojos...— pero Krilin ya había dejado de escucharlo.
A través del ventanal de la entrada, pudo visualizar al inquilino más extraño de todo el edificio, Ten Shin Han, hablando con un joven alterado. Se los veía a ambos discutir con firmeza, hasta que cada uno marchó para diferentes lados. El pequeño se alejó por la avenida, Tien ingresó al apartamento, corriendo por las escaleras en vez de usar el ascensor. Krilin, curioso y completamente intrigado, se paró del asiento y lo siguió lentamente, tomando una buena distancia y dejando a Yamcha con las palabras en la boca.
Cuando Tien cerró estrepitosamente la puerta, el calvo se aproximó a la madera y apoyó ligeramente su oreja, intentando escuchar lo más que pudo las palabras que el otro profesaba en la soledad de su habitación.
Él había sido testigo de cómo ese hombre pacífico y meditabundo se había convertido en un antisocial alterado. Bolsas negras bajo sus ojos faltos de brillo y una palidez impresionable habían cambiado su semblante habitual con suma rapidez. Pero algo le había llamado poderosamente la atención a Krilin. Lo había visto diferente, más iracundo.
Al otro lado de la puerta, escuchaba quejas sin sentido. Como si las cosas que tuvieron que haber salido bien hubieran fallado estrepitosamente. Algunas palabras se perdían en el vacío, otras eran más fuertes, ecualizadas en toda la habitación y mezclándose con las palabras que seguían. Era por demás complicado seguir una oración completa. Pero pedazos de palabras sin contexto comenzaron a generar ideas de lo más terroríficas en la cabeza del calvo. Dos palabras habían sido repetidas con completo disgusto por la voz del hombre en el interior de su departamento: matar y mujer.
Fue algo desconcertante.
Por temor a que el joven de pronto se decidiera a salir de su escondite y atraparlo en el acto, retrocedió y bajó las escaleras lo más rápido posible, sin encontrar a Yamcha en los alrededores.
Se encerró en el cuarto de herramientas, aun respirando velozmente. ¡Ese hombre le pondría los pelos de punta si conservara algo de cabello en su cabeza! Ya lo había encontrado vigilando la zona por la ventana del asesinato, y ahora peleaba con un joven para luego murmurar cosas extrañas sobre la vida y la muerte. ¡Ahora podía resolver el asesinato y salir airoso del asunto! Y si preguntaban por qué se había tomado la molestia de investigar, podía justificar el estar trabajando en el mismo edificio. Nadie lo indagaría ni lo procesaría por irrupción en la intimidad. Sería el héroe, la ciudad lo tendría sobre un pedestal, comparando sus hazañas con el mismo Mister Satán, y su querida rubia regresaría a sus brazos y lo besaría como si no hubiera un mañana. Viéndolo de esa manera, todo parecía pan comido.
El margen de error no estaba dibujado en sus planes.
Primero, necesitaba pruebas. Y cómo mejor conseguirlas que esa noche, la noche de lavado de ropa.
—Sigo sin entender— le dijo Krilin esa misma noche a su compañero de cicatrices faciales — ¿Por qué cobramos un servicio de lavado de ropa, si debemos llevar la ropa a la lavandería de aquí a la esquina?—
—Porque así ganamos algo de dinero extra, además que les damos a nuestros inquilinos la sensación de seguridad, para que confíen en nuestro trabajo y dejen a nuestro cuidado sus departamentos. —respondió, arreglando su chaqueta de segunda mano para que se viera elegante y no completamente desgastada.
La noche tarda en llegar para aquellos que esperan, pero para Krilin había tardado poco más de una eternidad. Había estado sentado lo que restó de la tarde observando el reloj, sin siquiera molestarse en curiosear la inesperada llegada de una bien conocida peliazul, desaparecida de ese edificio desde hacían algunas semanas. Las horas había avanzado con suma lentitud hasta que la llegada de Chichi alertó que la noche ya había caído. Era hora de poner el plan en marcha.
Como era de esperarse, y gracias a las inteligentes tretas de Yamcha, los huéspedes que aún confiaban en el servicio del edificio comenzaron a traer bolsas de tela repletas de ropa sucia. Algunas eran ligeras, otras eran completamente pesadas y largaban olores que era mejor no describir. Justamente, el joven de cabellos despeinados Goku había salido del ascensor arrastrando una bolsa de ropa, otra colgada en un hombro. Con toda la fuerza que su cuerpo podía soportar, arrojó la ropa sucia sobre el mostrador, frente a los asqueados ojos negros de Krilin. No pudo reprimir una risa nerviosa, puesto que todas las semanas su ropa era la más sucia y la que más abundaba. Le dejó el pago semanal y, cuando se dispuso a marchar hacia su empleo, una idea apareció en su mente.
Volvió al mostrador, sin interrumpir el trabajo del encargado calvo que ahora debía encontrar la forma de arrastrar todo eso hasta la lavandería. Goku se recostó casualmente sobre la madera, casi resbalándose al intentar parecer demasiado casual.
—Krilin, tú has estado aquí por mucho tiempo…—
—Sólo llevo una semana—
—No importa. Has visto a la señorita Chichi ir y volver, ¿cierto?— Krilin dejó lo que estaba haciendo y lo observó, levantando una ceja en señal de curiosidad. —Es que… ¿Acaso la has visto con…? Espera, reformulo la pregunta. ¿La escuchaste…? No, así no— se detuvo unos segundos a pensar bien lo que intentaba decir sin parecer demasiado obsesionado.
—¿Te refieres a que si la he visto con otro hombre? No, para nada. Sale sola, vuelve sola. Siempre con la misma cara de cansancio, dudo que esté viendo a alguien más.
Ambos se miraron, confidentes. Goku agradeció y salió disparado por la puerta.
Había participado en la trama y drama de una de las historias que se contaban. Esperaba haber interferido para bien, ya que esa era una de las que más le gustaba. Ciertamente le recordaba a la Dama y el Vagabundo, mientras que la confusa relación del masculino de cabellos en punta y la peliazul podría ser algo como Bonnie y Clyde... si Bonnie estuviera hasta las narices de dinero y Clyde... bueno, no tenían muchas diferencias.
Entonces, la figura que en su complejidad era todo un misterio apareció en el ascensor con su mejor cara de seriedad. Una pequeña bolsa de tela llevaba cargando sobre su musculoso hombro a la vez que le echaba un vistazo rápido a sus alrededores, como si esperara un ataque sorpresa desde algún lado o alguien lo siguiera de cerca. Sus miradas nunca se cruzaron, pero los pies de Krilin estaban congelados, sus piernas firmes pero algo tambaleantes. Mantuvo su cabeza gacha sobre algunos archivos sin importancia, observando el suelo sucio y esa pequeña maceta en la esquina del salón de entrada que estaba seca. La regaría más tarde.
Ahora, el recipiente de ropa se interpuso entre sus rostros. Un brazo fuerte se asomó desde el otro lado y le entregó algunos zenis, para luego voltear, aún atento y cauteloso, y marchar hacia el ascensor. Krilin lo siguió con la mirada, intentando esconder sus facciones detrás de sus manos, simulando intentar hacer sombra a los papeles aún en plena noche. El hombre tocó el botón verde que llamaba al ascensor. Las puertas se abrieron hacia la derecha, se tomó su tiempo para entrar. Lo último que Krilin vio de ese misterioso sujeto fueron sus penetrantes ojos, echándole una última mirada directa antes de sumergirse en el aparato electrónico.
El calvo se sobresaltó. Había sentido como si él mirase su alma, pronunciando algo así como "sé lo que hiciste, no lo niegues"... aunque él no hubiera hecho nada grave, o por lo menos así quería creerlo.
Esperó pacientemente al resto de los inquilinos. Su impaciencia por revisar los elementos de Tien fue desapareciendo al ver la cantidad de ropa que debería arrastrar calle abajo. Ya comenzaba a sentir el agotamiento por algo que aún no había hecho.
Ya era tarde cuando el adulto de corta estatura arrastró con fuerzas las bolsas que le habían dejado a su cuidado hasta estar cerca de la puerta. Yamcha estaba dentro de su pequeño cuarto donde dormía y se vestía. Al salir, se dejó ver con el cabello arreglado, usando una colonia importada y con cierto aire de galán. Con algo de estupor, Krilin dejó de observar para entrar en ese pequeño cuarto y pedirle algo de dinero. Pero apenas y el calvo logró meter su mano, Yamcha cerró la puerta de un portazo, quedando ambos afuera. Esa acción casi le arranca la mano, y le hubiera golpeado en la nariz si tuviera una. Sorprendido, y aún con la mano en el aire, volteó su calva cabeza para observar. Sus facciones eran de confusión, y su boca supo articular un bien merecido "¿Qué diablos?"
—No se te ocurra entrar allí. Es privado.
Reacio, Krilin volvió donde los elementos. Cuando se inclinó para hacer fuerza, la puerta de entrada se detuvo. Lentamente, el hombre se levantó para observar al que había entrado. Yamcha saludó con elegancia, una increíblemente dulce voz de mujer le respondió. Los ojos de Krilin no pudieron creer lo que estaban viendo. Ella se acomodó el cabello rubio detrás de su oreja, antes de seguir a su cita hasta la puerta, sin intercambiar miradas con el calvo que estaba al punto del desmayo.
Los siguió con la vista hasta que desaparecieron entre la gente. Presionó sus puños fuertemente, sin permitirse gritar en ira. No pensó en llamar 'traidor' al hombre de las cicatrices, después de todo él no tenía forma de saber quién era esa rubia que el calvo creía que era de su pertenencia. Exhaló por la boca fuertemente y sin miramientos siguió con su ardua tarea.
Esperó unos minutos para luego arrastrar la bolsa de Tien hasta la habitación de herramientas—aun y con todo lo que le había hecho, respetaba la intimidad de Yamcha como para no interferir en su cuarto privado— y la abrió de lado a lado con la ayuda de una pequeña pero filosa llave. El olor a sudor podría resultar insoportable a cualquiera, pero se podría decir que Krilin ya estaba adaptado biológicamente para tales situaciones. Mezcló sin disgusto sus manos entre las prendas sucias, buscando algún indicio de sangre o roturas sospechosas, pero no logró encontrar nada presumible. Y no creía haber pasado nada por alto, la mayor parte eran camisas de entrenamiento blancas.
Se sentó en el suelo con frustración. Resopló y recostó su cabeza sobre la palma de su mano, sin saber qué hacer ahora. Todo se había visto tan perfecto, ya casi podía ver la luz al final del camino. Ahora, no tenía más opción.
La decepción cayó todavía más bajo cuando se encontró a sí mismo arrastrando las bolsas como un burro de carga y ocultando su rostro con una visera a través de la quebrada vereda, imaginando a su rubia y al depravado de Yamcha charlando frente a las velas de un restaurante costoso. La impotencia sólo logró secar su garganta y humedecer sus ojos, sintiéndose más que humillado, mientras le echaba un último vistazo a la ventana de su casa anterior. Permanecía con las luces apagadas y las cortinas cerradas.
—¡Demonios!— exclamó Ten Shin Han sentado en su cama, recorriendo su ahora desnuda cabeza con ambas manos. Se mantuvo en esa posición, con la cabeza entre los brazos apoyados en sus rodillas.
Al fin había logrado encontrarse con ese viejo amigo al que años antes le había confiado una tarea, quizás demasiado riesgosa, pero ahora no dejaba de arrepentirse. ¿Por qué lo había elegido a él? Tal vez por ese aire de inocencia que poseía naturalmente, o porque él era el amigo más cercano que había tenido en años, o incluso jamás. Sin dudas era el mejor amigo que un hombre complicado podría tener: No hablaba mucho, no preguntaba demasiado, y sabía qué decir para calmar una buena situación, como había sucedido ese preciso día. Se había tardado poco más de una semana en contactarlo, pero admitió para sí mismo que se había comportado como un completo animal cuando se habían reencontrado. Luego de casi un año de distanciamiento…
Ya no encontraba un rincón para sonrisas en sus días.
"Tien, no pude hacer nada porque no sucedió nada" habían sido las simples palabras que Chaoz le había dedicado a su amigo con tristeza. Y él no supo comprenderlo en ese momento, sumergido en la ira que venía arrastrando desde la trágica noche de luna llena que había opacado su felicidad. Lo había tratado de una forma muy agresiva, y ahora sólo podía esperar a que el otro lo perdonase. Había hecho todo para evitar lo que sucedió, y aun así no había podido salvarla.
Se recostó en su cama, las cortinas cerradas. El silencio de la noche mezclado con los sonidos urbanos funcionaba como una canción de cuna ruidosa, que adormecía pero no dejaba dormir. Volteó su cabeza a un lado, observando el pequeño cuadro con una foto de Launch, su cabello índigo recogido en un colorido moño rojo, casi tan colorido como sus mejillas de manzana. Y la lista volvía a su cabeza.
Así era, la lista. Tristemente, la vida criminal que ambos habían llevado en su juventud aventurera los acompañaba diariamente. Aún muchas ciudades y comunidades nacionales los buscaban a ambos por las hazañas y robos mediocres que alguna vez habían realizado. Y, de cada uno, él llevaba la lista. Por eso no era ninguna coincidencia que él hubiera elegido ese lugar, ese piso y esa habitación para mudarse a la gran ciudad con esa chica conflictiva.
Años atrás ya lo habían acordado. Launch, con su cabello rubio ensortijado en bucles amplios, le había prometido a Tien el cuidarlo de los enemigos, y él había hecho lo mismo. Fue un pacto que jamás se había roto, aunque momento no había llegado a concebir la profundidad del problema.
Una tarde entre las praderas, se habían sentado a contar la clase de enemigos de las que tendrían que cuidarse, analizando los lugares que Launch solía frecuentar y con las personas que Tien había entrenado en su mayor juventud. La lista los había dejado boquiabiertos, pero no fue hasta que se mudaron a la ciudad que comprendieron que sus errores ahora comenzarían a quemarle los talones.
Así comenzó. Localizaron nombres, lugares, trabajos y relaciones sociales, escondidos en diferentes partes del continente. Había sido un trabajo arduo sólo para comprender que el epicentro de sus problemas había logrado centrarse en un sólo edificio de la Capital del Oeste. Sonaba algo descabellado, en realidad, vivir entre villanos. Pero a simple vista nadie parecía notarlo, o al menos a nadie le importaba.
Tien se volteó hacia el otro lado, tapando su cara con la pequeña almohada de algodón. Había estirado sus manos hacia todas las puertas para intentar cerrarlas.
Había logrado colocar a Chaoz cerca de la mujer que, según creía él, aún recordaba lo que él le había hecho. Chichi. Sabía que ella tenía buena memoria y era voraz, aunque desconocía si ella pretendía una venganza. Pero no se atrevía a dejar cabos sueltos. Aunque ahora se estaba rompiendo la cabeza para averiguar cómo había pasado. ¿Había sido un descuido suyo, o una traición de alguien más cercano?
A veces deseaba no haber conocido a Launch, aun amando cada una de las partes de esa mujer. Si se hubiera deshecho de ella hace tiempo… pero no podría haberlo hecho, no con la forma en la que se había ganado un lugar en su corazón.
Se sentó en su cama, observando por uno de sus ojos por un pequeño espacio entre las cortinas que dejaba pasar la luz de la calle. La ventana que ya había notado con un sujeto adentro hace más de una semana antes ahora permanecía apagada. "¡¿Cree que soy estúpido!?" Pensó para sus adentros. ¡Por supuesto que él sabía que el calvo que ahora sospechosamente trabajaba en su propio edificio era el mismo que los había espiado de forma muy poco sutil cada vez que podía! Aunque no lo culpó por nada, no había razón aparente por la cual él pudo haber hecho algo tan violento… Porque siempre se necesita una razón para actuar, ¿verdad?
