Lucy se agarró con fuerza al lateral de la litera para que Laxus no utilizara el movimiento como excusa para decir que lo había incitado a acercarse a ella.
Se atrevió a mirarlo sólo un momento, permanecía en silencio y con la mirada al frente. Llevaba una toga algo más corta de lo acostumbrado, con lo que quedaban a la vista sus fuertes piernas, unas piernas que hacía muy poco habían estado entrelazadas con las suyas. Recostado sobre los cojines con ese aire despreocupado, resultaba muy fácil imaginarlo seduciendo mujeres en aquella misma litera, donde protegidos de las miradas de los transeúntes por las cortinas, se respiraba sensualidad. Sin duda Laxus lo sabía y había creído que Lucy caería en sus brazos.
Lucy se puso recta, decidida a resistir. Hacía sólo una hora que habían hecho la apuesta y ya estaba pensando en ser seducida.
—No pareces de los que se mueven por Roma en litera —comentó para intentar pensar en otra cosa.
—Sólo cuando voy acompañado por una mujer hermosa —respondió él con media sonrisa, como si supiera de su turbación.
—Algo que sin duda ocurre a menudo —recordó las historias que le había contado Lisanna. ¿Con cuántas mujeres se habría acostado allí mismo?
—Últimamente, no —respondió frunciendo el ceño—. Pero contigo estoy dispuesto a hacer una excepción.
Lucy trató de concentrarse en sus manos, incapaz de encontrar una réplica ingeniosa o de controlar los latidos de su corazón. Tenía que demostrarle que no era como las mujeres a las que estaba acostumbrado.
Abrió la cortina ligeramente para apartar sus pensamientos de él. Aún no había dado la sexta hora y la calle estaba completamente llena de gente que impedía que la litera avanzara. Varias veces tuvieron que detenerse y esperar a que el camino se despejara.
—Parece que la calle está bloqueada —comentó Lucy mientras colocaba un cojín entre su cuerpo y el de él.
—¿Sí?
Laxus convocó todas sus dotes de negociador para no dejarse delatar por la expresión de su rostro. No sabía si sentirse halagado porque Lucy sintiese la necesidad de interponer una barrera entre los dos, o molesto por su determinación de evitar hasta el más mínimo contacto físico.
—Los baños están a la vuelta de la esquina. No tardaremos.
—¿Qué clase de tratamientos ofrecen? Los del Palatino tienen masajes y peluqueras.
—Puede que no sean tan nuevos como los del Palatino —admitió Laxus—, pero los tratamientos son buenos. Prueba el que te apetezca.
—Eso haré, no te preocupes.
La litera se detuvo y los esclavos la dejaron en el suelo, momento que Lucy aprovechó para bajarse y comenzar a caminar hacia los baños sin mirar atrás. Laxus se puso las manos en las caderas y vio cómo se alejaba meneando las caderas. Sólo con verla moverse sentía que su cuerpo se excitaba. Esbozó una sonrisa. Quizá no fuera a resultarle tan fácil como había pensado.
/—/
Cada vez que se frotaba con el strigil Lucy pensaba que se estaba quitando de encima los restos de la pasión que había compartido con Laxus y al salir del baño de vapor se creía capaz de todo. Tenía la sensación de haberse limpiado de todo recuerdo del tiempo que había pasado con él. Ahora podría concentrarse en ganar la apuesta.
Después de la sesión con la peluquera tuvo que admitir que el resultado no tenía nada que envidiar a los peinados de Spetto o a los que le hacían en los baños del Palatino. Tendría que disculparse con Laxus, pues lo cierto era que aquellos baños habían resultado estar más que a la altura de sus necesidades.
—¿La señora gusta? —le preguntó la peluquera con su marcado acento galo.
—Mucho.
—Su hombre gustará —añadió con picardía—. Todas las mujeres vuelven y me dicen… mi hombre gusta.
—Mi hombre… —en su mente apareció la imagen de Laxus, pero se esforzó en borrarla de inmediato mirándose de nuevo al espejo. El resultado del maquillaje con kohl para los ojos y posos de vino en los labios y mejillas era más que satisfactorio—. No importa si a Laxus Dreyar le gusta o no.
La sala se quedó en completo silencio. Todas las mujeres la miraron y Lucy se preguntó qué había hecho. ¿Tanto detestaban allí a Laxus?
—¿Su hombre es el Lobo de Mar?
—Mi esposo —corrigió Lucy con aire desafiante, por si alguien tenía intención de contarle algún chismorreo.
—Es un buen hombre —dijo la muchacha—. Él pagó las obras de mejora de los baños y siempre ayuda a los pobres. Mi hombre piensa votar por él en las próximas elecciones.
Las otras mujeres se mostraron de acuerdo con la opinión de la peluquera. Lucy las observó con verdadero interés. Quizá las historias de Lisanna fueran algo exageradas.
—¿Ha hecho mucho por el distrito?
A continuación escuchó un detallado relato de todos los proyectos que Laxus había auspiciado. La lista era impresionante.
Finalmente Lucy se puso en pie y pidió la cuenta.
—Para la esposa del Lobo de Mar, no es nada. Él ha hecho mucho por mí. Le arreglaré el pelo siempre que quiera. El Lobo de Mar es un hombre bueno y generoso.
Después de salir de allí, Lucy encontró a Laxus en el patio conversando con otro hombre, un senador a juzgar por la banda púrpura de su toga. Decidió quedarse a un lado a esperar a que terminarán, pero Laxus no dio señal alguna de saber que estaba allí, así que dio unos golpecitos con la sandalia en el suelo para atraer su atención.
—Menuda hermosura —comentó el senador—. Sé que eres conocido por tu magnífica colección de… obras de arte, pero desde luego ésta es una adquisición admirable.
—Mi esposa —aclaró Laxus con evidente enfado.
Quizá debería haberse quedado esperando.
—Claro. Debo disculparme por no haber asistido a la ceremonia, Laxus Dreyar.
—Los augurios fueron favorables —comentó Lucy sin saber muy bien por qué.
—Sí, sí —el senador levanto una mano como quitándole importancia—… pero el almacén principal de la casa Lupan ardió esa misma noche. No sería la primera vez que los augures se equivocan.
—Depende de cómo se mire —respondió Lucy apresuradamente. Lo que le faltaba en aquel momento era que alguien dijera que las bases de su matrimonio no eran buenas—. El fuego puede ser bueno o malo. El almacén volverá a levantarse de sus cenizas como el fénix. Tengo entendido que los augures dijeron que el fuego era un buen presagio.
—El fénix —repitió el senador con una sonrisa en los labios—. Me gusta. Tu esposa es una mujer inteligente, Laxus. Lamento que no consideres necesario pagar por mis servicios para asegurarte un lugar en el senado. Estoy seguro de que a tu mujer le gustaría ser la esposa de un senador.
—Mi padre, Jude Heartfilia, tiene influencia suficiente con los censores para asegurarle a Laxus la entrada en el senado sin necesidad de pagar a un intermediario —Lucy pronunció la última palabra con verdadero desprecio—. Aunque no creo que sea necesaria ninguna influencia para que mi marido pase a formar parte del senado. Sólo tiene que ver lo que ha hecho en el distrito; desde la renovación de los baños a todos los empleos que ha dado a los hombres de la zona para reconstruir el almacén. Lo que importa es la gente. Algún día Laxus será magistrado y quizá incluso tribuno.
Se hizo el silencio y Lucy se preguntó si no se habría excedido.
—Tu esposa tiene razón —el senador inclinó la cabeza—. No es necesario que me hagas ningún regalo, Laxus Dreyar. Ya has hecho mucho por la gente de Roma. Puedes contar con mi voto cuando decidas presentarte a las elecciones de magistrado.
—Es todo un honor —Laxus hizo una ligera reverencia, pero su rostro resultaba inescrutable—. No había pensado pedir tal ayuda.
Lucy esbozó una sonrisa. Al menos podría ser amable; su rapidez mental había salvado la situación.
—Tonterías, Laxus Dreyar, yo conocía a tu padre; era un hombre bueno y honesto. Fue una lástima que lo proscribieran, pero de eso hace ya mucho tiempo.
Lucy miró a Laxus sin comprender. Tenía sentido. De pronto entendió la presencia de tan importante auspex en la boda o los restos de un santuario que había visto en el jardín. Había creído que Laxus fingía provenir de un importante linaje, pero parecía que no había habido fingimiento alguno. Recordó también el anillo que llevaba colgado al cuello y pudo muy bien imaginar el tipo de promesa que había hecho.
—¿Estás diciendo que Laxus es hijo de uno de los proscritos? —preguntó Lucy.
Pero el senador hizo caso omiso a su pregunta.
—Claro que no ha lugar a ningún tipo de resarcimiento. Todo eso a quedado ya en el pasado. Makarov fue un dirigente sabio y generoso mientras duró.
—Creo que nos entendemos —dijo Laxus inclinando de nuevo la cabeza—. Ahora debo atender a mi esposa.
—Tienes que traerla a cenar —el senador se llevó la mano de Lucy a los labios—. Hace mucho tiempo que una mujer tan hermosa e inteligente no honra mi mesa. Estoy deseando saber más sobre usted, mucho más.
—En otro momento —la respuesta de Laxus fue casi un gruñido.
El senador no tardó en despedirse y marcharse. Entonces Lucy se volvió hacia Laxus con una mano en la cadera.
—¿Vas a decirme a qué ha venido eso?
—No me preguntes nada —Laxus parecía furioso.
—Pero tienes intención de presentarte a senador la próxima vez que se reúnan los censores.
—Eso es —asintió brevemente—. Hice una promesa pretendo cumplirla.
—¿Entonces por qué no has aceptado su invitación a cenar? —decidió que le preguntaría por su padre en otro momento, no estando delante de tanta gente.
—Porque no me gusta que mire el escote de mi mujer de ese modo —admitió—. Ese hombre es conocido por su afición a las mujeres.
Lucy se colocó el manto de manera que el pecho quedara completamente tapado.
—Eso no tiene nada que ver conmigo.
Laxus se encogió de hombros.
—En cualquier caso, ya no necesito de su apoyo… Te has cambiado el pelo.
—¿Te gusta? —preguntó ella llevándose la mano a los rizos que ahora su melena—. La peluquera me ha asegurado que es la última moda. No me ha dejado pagar, dijo que te debía mucho.
—Me gustaba más como lo llevabas antes —su mirada la recorrió con dureza—. El maquillaje es algo excesivo.
—Cómo decida peinarme o maquillarme no es asunto tuyo —replicó en tono desafiante—. Fuiste tú el que me trajo aquí, así que no puedes quejarte si no te gusta el resultado.
Laxus enarcó una ceja.
—Yo no he dicho eso. Sólo he dicho que no me gusta que un viejo libertino le mire el escote a mi mujer.
Laxus hizo una señal a uno de sus sirvientes. Lucy apretó los dientes al darse cuenta de que había llegado el momento de volver a casa; él se iría a algún lado y volvería a dejarla sola en la casa. Tuvo que admitir que le apetecía pasar más tiempo con él, quería aprender más del hombre que se había convertido en su marido.
—¿Qué vas a hacer ahora? —le preguntó.
—Había pensado dar un paseo hasta el templo de Diana. Me parece un plan mejor que escuchar los chismorreos de un viejo senador, ¿no crees?
—¿Puedo acompañarte? —dijo a pesar de ser consciente de que era más sabio volver a casa para no tener que luchar contra la atracción que sentía por él.
Laxus respondió con una sonrisa antes de hablar.
—Está bien, no haré que supliques.
—No tenía intención de suplicar, sólo he preguntado.
—Es una broma —su sonrisa se volvió algo más pícara—. Es muy fácil provocarte. Será un placer contar con tu compañía, esposa mía.
/—/
Lucy descubrió que le gustaba charlar con Laxus sobre las últimas obras de teatro o sobre las carreras del circo. Al principio lamentó no ser partidaria de la misma facción que él, pues dicha diferencia había ocasionado una discusión con Pretch en la última conversación que había tenido con él. Pero, a diferencia de su primer marido, Laxus no intentó convencerla de que cambiara de equipo, sino que comentaron los méritos de una y otra facción.
—¿Qué te juegas a que los azules ganan a los verdes en la próxima carrera? —le pregunté él.
—Un lazo para el cabello —Lucy se humedeció los labios para no caer en la tentación de jugarse un beso y ver qué decía él—. Nada más y nada menos.
—¿Estás segura? —tenía la mirada fija en sus labios—. ¿No puedo tentarte a que te juegues otra cosa? ¿Algo más estimulante?
—Un lazo —insistió Lucy—. No tengo intención de perder. Los verdes tienen un equipo muy fuerte.
—Yo tampoco tengo intención de perder y, como ya te he dicho, rara vez lo hago —añadió mirándola a los ojos—. ¡Que gane el mejor!
Antes de que pudiera responder, dos hombres se acercaron a Laxus para pedirle trabajo en la reconstrucción del almacén. Laxus les dijo que estuvieran allí con la primera luz del día para ver si se les necesitaba.
—¿Qué te parecen? —le preguntó en cuanto se hubieron alejado.
Lucy titubeó. Aquella era su oportunidad de demostrarle que era algo más que un accesorio, que podría serle de utilidad en los negocios.
—Resulta extraño que se te acerquen en mitad de la calle en lugar de acudir al almacén.
—Corren tiempos difíciles.
—Eso no tiene nada que ver. Por muy desesperados que estén por encontrar trabajo, esos dos hombres saben cómo funciona el sistema —miró a los dos individuos de lejos—. Hay algo que no me gusta de ellos. Creo que he visto al más alto en algún sitio, pero no recuerdo dónde. Quizá vinieran con Orga cuando firmó el acuerdo sobre el garum. Tengo buena memoria para las caras.
—Puede que tengas razón —Laxus los observó de nuevo—. Los interrogaré mañana en el almacén.
—Si trabajan para Orga, sólo conseguirás que mientan. Puede que sea mejor enviarlos a trabajar a algún proyecto sin importancia donde alguien pueda vigilarlos.
Lucy tuvo la impresión de que su marido la miró de pronto con más respeto.
—¿Qué le prometiste a tu padre? —le preguntó mientras caminaban colina arriba.
—Que devolvería el buen nombre y la fortuna a mi familia —respondió ofreciéndole el brazo como punto de apoyo—. Pero eso fue hace mucho tiempo.
—¿Por eso quieres entrar en el senado? —Lucy lo comprendía sin problema. Cualquier patricio era educado en la creencia de que el lugar que le correspondía estaba en el senado.
—Quiero formar parte del senado para hacer cosas buenas. La gente del Aventino necesita que los protejan de hombres como Orga. No deseo que se repita lo que le ocurrió a mi familia.
—¿Y el dinero que habrías dedicado a pagar a ese senador para que te metiera en el senado?
—Como bien le dijiste, tu padre y la gente de Roma me servirán de apoyo, ya no necesito intermediarios.
Lucy no se hacía falsas ilusiones sobre el pueblo de Roma, pero desde luego hablaría con su padre para que ayudara a Laxus. Pero eso sería después de haber ganado la apuesta y haber vuelto a estar bajo la tutela de su padre. Le demostraría a su marido que podía ganar sin perder la cortesía.
—Mi madre solía traerme aquí cuando era niña —le contó en cuanto entraron en el templo.
—Debiste de ser una niña preciosa —dijo él con una divertida sonrisa en los labios.
—No, era horrible. Tenía el pelo indomable y la nariz demasiado grande para la cara. Estaba muy delgada, extremadamente delgada.
—Debo decir que no veo en ti ninguno de esos defectos.
—He crecido.
—Y yo me alegro de que lo hicieras —el susurro de su voz fue como una caricia para sus oídos—. Creciste estupendamente bien.
En lugar de arriesgarse a responder, Lucy se empapó de la belleza del templo. Muchas veces había pensado en volver a visitarlo tras la muerte de su madre, pero nunca había llegado a hacerlo por culpa de una cosa u otra de la que debía ocuparse en casa. Al final había acabado por olvidarse de ello, había olvidado la paz que se sentía allí.
Ahora estaba allí con Laxus y, si no tenía cuidado, acabaría en sus brazos. Se clavó las uñas en la palma de la mano para recordarse que debía ser fuerte y ganar la apuesta.
—Gracias por traerme aquí y por hacerme recordar cosas que había olvidado.
—¿Cosas buenas?
—La mayoría, sí. Algunos recuerdos son agridulces, pero no quiero olvidarlos.
—La casa está muy cerca, puedes venir siempre que quieras, pero acompañada de algún sirviente.
Aquellas palabras le provocaron una enorme alegría, pues significaban que iba a recuperar parte de su libertad.
—Pero prométeme que irás acompañada en todo momento —le pidió Laxus con gesto grave.
—Lo prometo —la insistencia empezaba a ponerla nerviosa. ¿Quién se creía que era? No tenía ninguna intención de pasearse sola por Roma.
Fue entonces cuando vio una margarita blanca que había crecido en una grieta del muro del templo y fue a arrancarla. Estaba a punto de rozar los delicados pétalos cuando oyó un gruñido. Al levantar la vista se encontró con dos fieros ojos que la miraban.
—¡Lucy, no te muevas! No te pongas nerviosa —le dijo la voz de Laxus.
—No tenía intención de ponerme nerviosa —dijo mientras bajaba la mano muy despacio sin apartar la vista del perro.
—Seguramente es el guardián del templo. Ven muy despacio hacia aquí.
Lucy fue dando un paso tras otro. El perro había salido de entre las sombras mostrando los dientes.
—Llame a su perro —oyó que Laxus le decía a alguien.
No oyó respuesta.
—He dicho que llame a su perro. Nosotros iremos hacia un lado y usted hacia el otro.
El último paso. Apenas había levantado el pie cuando el perro echó a andar hacia ella. Podía imaginar sus fauces cerrándose alrededor de su pierna. Pero entonces apareció Laxus, la levantó en brazos y la alejó de allí.
Se oyó un silbido. Lucy levantó la mirada y vio a un hombre corpulento, el equivalente humano del perro.
—¿Por qué no llamó a su perro? —le preguntó Laxus.
—Lo hice, pero no obedeció. Lo llamaré ahora a cambio de su monedero —añadió el hombre encogiéndose de brazos.
Parecía más y más grande a medida que se acercaba a ellos. Lucy sintió que se le encogía la garganta. No debería haber intentado cortar ese flor, había distraído la atención de Laxus.
—Me parece que no —dijo Laxus con la misma tranquilidad de quien estuviese hablando del tiempo—. Será mejor que se marche.
El hombre avanzaba hacia ellos con gesto amenazante. Lucy quería gritar, pero de su boca no salía ningún sonido. Podía ver la cicatriz de su rostro y el brillo del cuchillo que llevaba en la mano. Quería decirle a Laxus que tuviese cuidado, pero de pronto se lanzó sobre el hombre y lo inmovilizó en un abrir y cerrar de ojos. El cuchillo cayó al suelo.
—¿Quién va a quitarme el monedero? —le preguntó apretándose el cuello con un brazo.
—Yo no —respondió el hombre casi sin aliento—. Sólo un tonto intentaría algo así con alguien como usted.
—Y supongo que tú no eres ningún tonto.
—No.
Laxus lo soltó. El hombre cayó al suelo y miró a Laxus como si fuera la primera vez.
—¿Sabes quién soy? —le preguntó Laxus.
—Todo el mundo sabe quién es, Lobo de Mar —se llevó las manos a la cara—. He cometido un error, no me di cuenta.
—Esta mujer es mi esposa —dijo señalando a Lucy—. Confío en que tus amigos y tú la tratéis con la cortesía que se merece o tendréis que responder ante mí.
—Desde luego. Lo que mande.
—Muy bien. Ahora puedes irte.
Al ver al hombre salir corriendo, Lucy buscó al perro con la mirada y lo vio tumbado en el suelo. Parecía herido.
—Vamos, Lucy, no quiero que ese tipo vuelva con sus amigos. No te acerques al perro.
—Creo que no era de ese hombre.
Cuando quiso darse cuenta, Laxus estaba junto a ella agarrando al perro del collar para asegurarse de que no la atacaba.
—Me parece que simplemente se asuntó —entonces vio que tenía un cristal clavado en la pata.
El animal empezó a llorar cuando Lucy le quitó el cristal, pero luego se puso panza arriba como hacía Korina cuando buscaba cariño.
El animal empezó a llorar cuando Lucy le quitó el cristal, pero luego se puso panza arriba como hacía Korina cuando buscaba cariño.
—No podemos dejarlo aquí.
Sin pensárselo dos veces, Laxus se quitó el cinturón de la túnica y lo ató al collar del perro a modo de correa. Lucy lo miró, maravillada. Pocos hombres estarían dispuestos a volver a casa con la túnica suelta. Aparecer así era como invitar a la censura.
—No es la mejor de las soluciones, pero al menos nos aseguramos de que venga con nosotros —dijo con una sonrisa al tiempo que le ofrecía el brazo a ella.
Pero Lucy no lo aceptó, pues sabía que, con sólo tocarlo, desearía besarlo. El perro lamió la mano de Laxus. Cualquiera habría dicho que el Lobo de Mar tenía un poder sobrenatural con los perros, pero Lucy sabía que era amabilidad. El animal había visto la bondad que había en él.
—Vamos a casa, el mozo agradecerá que le lleve un perro; el suyo murió de viejo hace unas semanas.
—¿Y el hombre? —preguntó Lucy.
—Si sabe lo que le conviene, se marchará del Aventino y no volverá.
Lucy se agachó y agarró el cuchillo que había tirado el atacante. Al verlo de cerca se le cortó la respiración.
—¿Cómo ha llegado esto aquí?
—¿Qué ocurre, Lucy? Deberíamos irnos.
—Este cuchillo es de mi padre —anunció levantándolo para mostrárselo—. Tiene el símbolo de los Heartfilia. Mi padre tiene uno igual en su estudio, perteneció a su padre y a su vez al padre de éste. Había otro, pero Natsu lo perdió hace tres años.
Laxus se acercó a ella y agarró el arma.
—Debe de ser éste y sin duda ha pasado por muchas manos desde que dejó las de Natsu. ¿Qué motivo tendría un padre para atacara su hija?
—Tienes razón —dijo forzando una sonrisa—. Simplemente me pareció extraño.
—¿Reconociste a ese hombre? —parecía haber impaciencia en la voz de Laxus.
—No, pero lo haré si vuelvo a verlo.
—Espero que no sea así —respondió con extrema frialdad—. Es hora de volver, Lucy.
—Sí, volvamos a casa.
/—/
Los dioses no estaban con él aquel día, pensó Laxus, a solas en su estudio intentando dejar de pensar en su esposa. La litera había sido un error, igual que la visita al templo. Había creído que le sería fácil besarla y sin embargo había acabado rescatando un perro. A diferencia de la mayoría de mujeres que conocía. Lucy no se había puesto histérica después del ataque.
Trató de concentrarse en las tablillas que tenía sobre la mesa, pero no había manera. Una llamada en la puerta hizo que levantara la vista.
Era Lucy, su piel iluminada por la luz de las lámparas de aceite, sus ojos luminosos y sus labios rojos. El cuerpo se le estremeció nada más verla, pero se esforzó por controlarse.
—Quería darte las gracias —anunció después de que él la invitara a entrar y sentarse.
—¿Por qué?
—Por salvar al perro, por todo.
Laxus necesitó todas sus fuerzas para no levantarse a estrecharla en sus brazos. Por desgracia había hecho esa estúpida promesa y debía cumplirla. Tenía que ser ella la que fuera a él.
—No ha sido nada. Cualquiera habría hecho lo mismo.
—No, la mayoría de los hombres habrían pasado de largo. Ni mi padre ni mi hermano habrían sacrificado su cinturón por un perro.
—No creas que soy ningún héroe —se permitió una leve sonrisa—. Ya descubrirás que soy un hombre normal con gustos sencillos. Ya ves, he recuperado el cinturón y Clodio está muy contento con su nuevo perro.
Ella también sonrió.
—Está claro que eres un héroe. ¿Cenarás conmigo?
—Me temo que no —Laxus se puso en pie.
Si cenaba con ella, no podría resistirse a la tentación; sería mejor que se distrajera haciendo planes para cuando ganara la apuesta.
—Lo comprendo —dijo ella con tristeza, escondiendo toda pasión como la perfecta matrona—. ¿Dónde cenarás?
—Fuera.
—Sin duda esperas que te suplique que te quedes.
—Se me ha pasado por la cabeza —respondió con cautela. Tenía que marcharse antes de que fuera él el que empezara a suplicar—. Pero si deseas que me quede, me quedaré.
Lucy se quedó en silencio unos segundos y, antes de decir nada, se humedeció los labios con la lengua, haciéndolos aún más apetecibles.
—Te advierto una cosa, Laxus Dreyar, no vas a ganar esta apuesta.
—Lamento informarte de que siempre cumplo mis promesas, incluso cuando parecen… imposibles —hizo una reverencia y salió de la habitación.
