Capítulo X

Bajo la lluvia, tú

"Aquí estoy a tu lado,
y espero aquí sentado hasta el final,
no te has imaginado,
lo que por ti he esperado pues eres...
....lo que yo amo en este mundo eso eres..."

Escuché su voz y el corazón se me paró, me quedé por algunos segundos de pie sin emitir palabra, sin respirar, sin parpadear, sin saber si mi corazón volvería a latir.

- Kagome… - dije en un suspiro casi imperceptible.

Y vi como ella se acomodaba un mechón de cabello empapado tras la oreja.

- ¿Me invitas a pasar?

Me apresuré a responder, ella estaba mojada igual que yo y no quería que enfermara.

- Claro – respondí con premura y abría la puerta.

En cuanto la sentí pasar junto a mí, cerré los ojos impregnándome de su aroma, me acerqué y tuve el impulso inconsciente de tomar su bolso, para que ella no cargara con él, pero me detuve a mitad de camino, comprendiendo que había una barrera entre Kagome y yo, que ya no podía rebasar, antes me escondía tras la ignorancia que ella tenía de todo lo que yo sentía, pero ahora era diferente, ella estaba ahí por algún motivo y yo estaba casi seguro que no era para decirme que me amaba.

- Bien – dijo sin más, sonaba tan lejana, tan extrañamente seria, como si contuviera el enfado y me parecía incluso lógico, después de todo la había engañado, había mentido por mucho tiempo. Subió la escalera hasta la entrada de mi apartamento.

Metí la llave en la puerta e hice un repaso mental de las condiciones en que se encontraba el lugar, no me sentí demasiado inquieto, gracias a Myoga, había aprendido mucho de cómo llevar una casa, así que estaría en orden. La invité a pasar y volví a respirar profundamente su aroma, me recordó a las violetas que había en mi jardín, la última vez que nos vimos.

Me obligué a ser consciente de mí mismo y entré también.

- Puedes dejar tus cosas por aquí – le indiqué una silla que estaba junto a la cocina.

Tuve que escapar a la habitación para respirar profundamente, me sentía tan abismalmente perturbado por su presencia, que no era capaz ni de mirarla. Tomé una toalla para secarme el pelo y le lleve una a ella. Tragué con dificultad y me armé de valor para salir nuevamente de mi precario escondite.

La visualicé de reojo y ella estaba observando todo alrededor, seguramente evaluando el sitio en el que yo vivía. Mi hermano probablemente habría escogido algo más sofisticado y yo no estaba seguro de si ella no lo habría preferido también. Este último tiempo me había estado planteando en cuanto de lo que las cartas contenían hablaban de la realidad cotidiana de Kagome o mía, todo eran metáforas de un amor, metáforas de lo que contenía el alma, pero eso no significaba que estuviera anclado a la razón.

- La chaqueta está empapada – me dijo, su voz sonaba calma, no me permitía adivinar la razón de su visita. Le extendí la toalla y le recibí la chaqueta. Quise mirarla entonces, en ese momento en que la tenía tan cerca, pero sentía miedo, el beso que le di antes la última vez que la vi, aún me quemaba en los labios, y al tenerla ahí tan cerca, parecía revivir en mi interior todo lo que había intentado arrinconar en algún lugar de mi corazón.

Continué pensando en algo más que hacer, no quería enfrentarla, no quería preguntarle que hacía aquí. Algo en mi interior me decía que el dolor se aproximaba, que me asechaba como un depredador en espera de que yo le permitiera cazarme, así que me movía de un lado a otro sin permitirle que me diera caza.

Tomé uno de mis pantalones de deporte, había notado que los suyos estaban mojados, todos eran bastante grandes para ella, pensé en su figura menuda tras el biombo en el que me encontraba y sonreí levemente. Kagome despertaba en mí tanta ternura, como furia o desconsuelo, tenía la facultad de hacerme pasar por toda la gama posible de emociones y yo me rendía a ellas sin lograr exorcizarme.

Salí de mi habitación y se lo pasé.

- Te quedará un poco grande, pero puedes ajustarlo de la cintura, ahí está el baño – intenté parecer todo lo impersonal que pude, tanto que me recordé a mi hermano.

Nuevamente quise mirarla, pero la cordura me pidió que no lo hiciera, sentía una fuerte presión en el pecho y era como si la casa entera me pesara en la espalda, si levantaba la mirada ya no podría dejar de mirarla y no quería que se sintiera incómoda, porque estaba seguro que mi amor por ella ya no podría ocultarse más.

Cuando ella entró en el baño, pude respirar nuevamente, me sentía tan tenso, avancé hasta la cocina y puse un poco de agua a calentar, quizás sería bueno que le diera un té, algo debía ofrecerle, sabía que el té verde le gustaba más que el rojo. Suspiré nuevamente habían tantas cosas que ella que sabía, tantos pequeños detalles desde que era una adolescente. Me fui a un armario en busca de una estufa eléctrica, no sabía cuánto tiempo se quedaría, tendría dónde dormir esta noche, sabría Sesshomaru que estaba conmigo.

Cuando la escuché salir del baño, le pedí de inmediato su ropa, sentía que no debía dejarle espacio a decir nada, me estaba ahogando en el mar de mis propios sentimientos y no encontraba el modo de salir a la superficie.

- ¿Me das el pantalón? – le dije mientras fingía regular la estufa, para no tener que mirarla.

Ella me entregó la prenda y la puse sobre una silla, junto con las toallas con las que antes nos secáramos el pelo, de ese modo al menos podría volver a ponerse su ropa algo más seca antes de irse. Me fui hasta la habitación sin decir nada y la dejé ahí, con su blusa blanca y mi pantalón que le quedaba notoriamente grande. Comencé a quitarme la ropa mojada, primero la camiseta que se había humedecido con mi pelo, era tan consciente de la presencia de Kagome al otro lado del biombo que cuando quise quitarme el pantalón, tuve que detenerme un momento y respirar, porque me temblaban las manos, me quité el resto de la ropa y me puse la que tenía sobre la cama. Volví a respirar antes de salir de mi escondite.

- ¿Quieres un té? – le ofrecí, con la mirada fija en la ropa que llevaba entre mis manos, sabía que tenía que ponerla a secar, pero era lo que menos me preocupaba en ese momento.

-¡¿Cuándo vas a mirarme?! – me exigió con un tono de voz tan alto, que no pude evitar mirarla y me dolió tanto ver en sus ojos el enfado, ahí estaba concretándose mi mayor temor, tenía tanto miedo de ver en sus hermosos ojos castaños el reproche, que había evitado por todos los medios enfrentarla. No estaba seguro si el dolor que sentía en el corazón en realidad era físico.

- Necesito… necesito que hablemos – continuo, con la voz un poco más calma.

Supe que el momento había llegado.

- Dame un segundo – le pedí y entré en al baño, necesitaba serenarme, necesitaba al menos intentar no derrumbarme delante de ella. El sentimiento que me anticipaba el desastre no me dejaba respirar. Me apoyé en el lavamanos y miré mi rostro ante el espejo intentando infundirme fortaleza.

Salí del baño y caminé hacía ella, le indiqué el sillón que tenía a su espalda y Kagome se acomodó en él. Yo hice lo mismo en el mío.

- Te escucho.

Le dije simplemente, mientras apoyaba mis codos en las rodillas. Dios, como me pesaba la vida en ese momento, como me pesaba el amor y el engaño, me pesaba la mentira, como si no hubiese sido del todo consciente de ella.

- Leí la carta que me dejaste – la escuché decir con seriedad, casi podría decir que había solemnidad en su voz.

- Bien – me limité a decir.

Lo suponía, leer esa carta sería el paso previo a tenerla aquí. Quizás siempre supe que existía la posibilidad de que viniera, solo que no pensé que tardaría tanto, Kagome suele ser de actuar de inmediato, sin demasiada meditación. Quizás por eso mismo le temía tanto a su decisión.

- En un principio pensé dejar todo esto… como quedó la última vez que nos vimos,- continuó y yo no podía levantar la cabeza, había una claridad en sus palabras que me llevaban inevitablemente al desastre - pero creo que esta conversación es necesaria.

- Bien – volví a responde, qué más podía decirle.

- No puedo esperar que olvidemos este incidente… - noté como se daba tiempo para escoger las palabras adecuadas – pero sí espero que lo dejemos atrás.

Casi me puse a reír, encontró la mejor manera de decirme que me quería lejos de su vida, que yo había sido solo un "incidente", creo que aquella resultaba una forma muy elegante de decir que mi amor era un error. Me sentía tan hundido.

- Dentro de tres meses me casaré con Sesshomaru.

Ahora sonaba casi orgullosa y yo sentí como la cólera comenzaba a invadirme. Su amor era mío, tenía que ser mío, no podía ser todo una mentira, acaso sus palabras de amor eran una ilusión. Sí. Me respondía a mí mismo, yo había creado una ilusión en mi cabeza, había guardado la pequeña esperanza de que un día entendiera que me amaba.

La escuché ponerse de pie, pero aún no era capaz de moverme, todo mi cuerpo estaba en tensión. Sus manos me tomaron por los hombros y me sacudió con toda la fuerza que poseía.

- ¡Mírame!... ¡dime algo!- me exigía.

Y ya no me sentí capaz de controlar el torbellino de sentimientos que se agolpaban en mí. La ira, el amor, la decepción, la violencia inusitada, las ganas de llorar, los deseos de gritar a todo pulmón para desahogarme. La tomé por las muñecas y la sostuve con fuerza. Qué quería que le dijera, qué quería, qué hacía aquí, por qué no se quedó en Nagato con su novio, por qué venía hasta aquí para atormentarme.

-¡Qué quieres que te diga! – mi voz sonó violenta, no me sentía capaz de controlarla, la vi palidecer, pero eso no detuvo mi ímpetu. Me puse de pie y continué hablando con algo de sarcasmo - ¡¿qué te de mi bendición?!… ¡¿quieres limpiar tu consciencia de todas las palabras que me escribiste?!... ¡¿quieres que olvide las veces que me dijiste que me amabas?!

Decir todo lo que sentí debía liberarme, pero no lo lograba, me sentía más hundido más perdido incluso.

- Yo…. Yo le escribía a Sesshomaru… - me dijo y aquello se clavó en mí como un puñal. Él jamás la había amado como yo, él jamás la había mirado y reconocido como lo hacía yo, él jamás le dedico ninguna de las palabras de amor a las que Kagome respondía. No.

- ¡No!... – le grité con tanta dureza, que casi no me reconocí, había algo dentro de mí que se liberaba, que ya no podía ser contenido - ¡tú me escribías a mí!... ¡era a mí a quien amabas!... a quien deseabas…

Miré sus labios que estaban en silencio y la sangre me ardió en las venas, quería probarla, volver a sentir el tacto de sus labios, quería llenarla por completo con mi amor. Recorrer cada húmedo rincón de su cuerpo, embriagarme de ella hasta perder la conciencia. No me di cuenta que estaba besándola hasta que la noté desfallecer entre mis brazos, aún así no la solté. Solo liberé su boca lo justo para respirar. Sentía como una fuerza excepcional me llenaba, la sangre parecía fluir por mis venas como lava caliente y me dejé caer sobre su cuerpo, arrastrándola sobre la alfombra. Sentir su cuerpo menudo bajo el mío me hacía desfallecer.

- ¿Qué quieres que te diga?... – le dije respirando irregularmente sobre su oído, acariciándolo con mis labios, anhelando escuchar su propio deseo, recordando tantos y tantos momentos en los que había ansiado delirando de pasión, tenerla así. Mi voz era apenas un ronco gemido- … ¿Qué no tengo paz sin tu amor?... ¿Qué me siento como un muerto de hambre sin ti?... ¿qué te busco entre mis sábanas cada noche?... ¿Qué le hago el amor a un sueño?...

Mi mano busco bajo el pantalón que ahora vestía, como tantas noches en medio de mis sueños lo había hecho, quería tocarla, quería que mis dedos se quemaran en su interior, quería palpar su deseo. La escuchaba resoplar y aquello me excitaba más, el corazón bombeaba la sangre con frenesí y ésta se agolpaba en mi sexo exigiéndome calmarlo. Mis besos se perdían en la exquisita piel de su cuello.

A mí mente venían las palabras apasionadas que leía en sus cartas, las que me llevaban por las noches a elucubrar fantasías que ahora parecían tan cercanas.

"… quiero oler el perfume que emana de tu cuerpo luego del amor…"

La sentí aferrarse a mi espalda y de su boca salían gemidos exaltados de placer, sentía que podía ir más lejos, que Kagome estaba respondiendo a mis caricias.

"… promete que me amarás sin restricción, que harás de mí una mujer completa…"

Sus caderas comenzaron a buscar mi mano, que hurgaba inquietamente para escucharla extenuada, anhelaba más que ninguna otra cosa escuchar su voz atormentada por el placer. La piel me ardía y los sentidos se me nublaban. La amaba tanto.

"… quiero en tus manos abiertas buscar mi camino y sentirme mujer solamente contigo…"

Sentí sus besos en mi cuello y aquello fue como un latigazo en mi interior, sentía como las lágrimas se me escapaban, buscando un modo de liberar las emociones que me estaban ahogando. Quité la mano de entre sus piernas y la miré a los ojos, quería ver la suplica en ellos, quería ver algo, no sabía qué, que me hablara de amor, tomó mi rostro entre sus manos y me besó. Quizás solo era su compasión la que me estaba dando algo de consuelo, pero no me importó, deseaba tomarlo. Como un sediento bebe de un río, necesitaba apagar la sed de mi alma.

Le quité la blusa como un desesperado, sentí sus manos bajando su propio pantalón, sé que me quité el mío, pero no dejé de apresarla con mi cuerpo. La escuché quejarse cuando la medio aplasté, no sabía hacerlo mejor, pero no me importó. Llené mis manos con sus senos desnudos que se acoplaron perfectamente al tamaño de mi palma. Su piel era tan suave, tan caliente. Apresé con mis labios sus pezones y ella gemía bajo mi cuerpo.

Me sentí enfebrecido, enfermo de pasión, cuando su mano rodeo mi sexo. Sus caricias eran inexpertas y yo las dirigí, indicándole como acariciarme, la sangre lo enardeció más, consiguiendo que experimentara una necesidad imperiosa de liberarme, algo se agolpaba en ese lugar luchando por redimirse, haciendo de aquella sensación un instinto básico de supervivencia, como si toda mi vida dependiera de derramarme dentro de ella.

No lograba enfocar la mirada, no podía encontrar razón que me ayudara a articular palabra. De pronto sentí como su mano guiaba mi sexo hasta la entrada de su intimidad. Entonces atrapé su boca en un beso angustiado, intentando robarle el aire, respirando agitado por la excitación y solo entonces, con mucho esfuerzo logre articular lo que mi alma pedía clamara.

- Soñé tanto con este momento…- incluso, y a pesar del esfuerzo mi voz sonó tan gastada que mi petición casi se perdió – dime que me amas… por favor… dímelo.

Su respuesta no llegó, porque me empujé dentro de ella antes que dijera nada, quizás por miedo a su respuesta. Abrí sus pliegues con mi ímpetu, notando el modo en que su carne ardía y me ceñía en torno a mí, incendiándome. Sus uñas se clavaron en mi espalda y el dolor se confundió con el placer en un gemido intenso. Kagome se movía más contra mí y mi intuición me llevaba a buscar un ritmo, que al principio no lograba acoplarse al de ella, hasta que ambos coincidimos de forma tan exacta, que ya no logré separar la realidad de los sueños, me sentí sumergido en una nebulosa que me angustiaba, que me hacía buscar desesperado la salida, el modo de liberarme. Me empujé dentro de ella con tanta fuerza, que en un momento sentí miedo, pero sus quejidos y su voz plagada de deseo me hacían confiar.

El golpe que me dio el placer fue tan intenso que pensé que morir debía ser así, perdí la consciencia de mí mismo, sintiendo como mi vientre se arremolinaba en espasmos que empujaban fuera de mí la vida. El corazón me latía frenético y casi no podía respirar, sintiendo como me derramaba dentro de Kagome, queriendo enterrarme tan dentro que nunca más pudiera separarse de mí. Quería que su cuerpo y su alma me reconocieran como el amor, como su sustento y su vida, como la voz en su interior, como su única razón, como su forma de ver el mundo.

Caí agotado sobre ella, respirando agitado, volviendo poco a poco a mí mismo y entonces la sentí sollozar, me sentí desesperado porque mi cuerpo no era aún capaz de obedecer a mi mente, me obligué a moverme y la miré. Sus ojos anegados por las lágrimas.

- ¿Qué te he hecho Kagome?- le pregunté angustiado, mientras salía de su interior y le permitía moverse.

- Nada – me respondió y me pareció que su boca intentaba una sonrisa, se incorporó y buscó entre la ropa su blusa – estoy bien.

- Estas llorando… Oh Dios… - exclamé hundiendo una de mis manos entre el cabello, no me importaba mi desnudez, me estaba desesperando.

- Lo siento – la escuché decir mientras buscaba con manos temblorosas los botones para abrocharse la blusa. No me miraba.

- ¿Te he hecho daño?... –le pregunté y entonces caí en mi propia pregunta – oh… claro que te lo he hecho.

Me sentí abrumado por la realidad. Había dejado que mi amor, mis deseos y mis instintos se apoderaran de toda mi razón.

- No, no… - me dijo intentando tocarme, pero se reprimió justo antes de hacerlo, seguía llorando – InuYasha, no me has hecho nada… - los sollozos seguían y yo sentía como mi propio llanto pugnaba por salir – nada que yo no permitiera…

Volvió a buscar los botones para abotonar su blusa y los dos nos dimos cuenta que faltaban dos de ellos, que en mi ímpetu había arrancado. Me sentí como una bestia, donde estaba todo el amor que decía sentir por ella, dónde se había ocultado que no me había permitido detenerme a tiempo, detenerme antes de hacerle daño.

Sonó una melodía y nos hizo reaccionar a ambos.

- Mi móvil – dijo ella secándose las lagrimas con la manga de la blusa, hizo un gesto para ponerse de pie, tomando el pantalón que antes vistiera y que ahora estaba en el suelo, me miró de reojo y noté su nerviosismo ante la idea de mostrarse desnuda ante mí y me giré buscando mi propia ropa. Era lo mínimo que podía hacer.

La melodía dejo de sonar antes que Kagome lograra vestirse, se había puesto su propio pantalón finalmente, aunque yo dudaba que estuviera seco del todo. La melodía volvió a sonar y esta vez me miró con el teléfono en su mano. Sus ojos expresaban algo que no logré comprender.

- Sesshomaru – la escuché decir y la garganta me ardió por la tristeza. Mi hermano jamás se habría comportado así con ella. Nunca – sí estoy bien… sí ya he estado… no, no volveré más… sí era por esta única vez… bien… sí… yo también.

Sentí como se me revolvía el estómago ante lo que yo mismo había hecho. Las nauseas se acentuaron y entré en el baño de inmediato. No pude evitarlo, eché a correr el agua de la ducha para que Kagome no me escuchara vomitar.

Nunca pensé que pudiera sentirme tan miserable.

Mi estómago no se calmó hasta que solo salía bilis de mi boca y aún así insistía en devolver más. Me mojé la cara y me lavé la boca.

Salí del baño dispuesto a disculparme, a hablar de todo esto, a decirle a Kagome que necesitaba escuchar que ella estaba bien. Cuando miré en la sala ella ya no estaba. Se había llevado su bolso y me eché a la calle, bajé los escalones corriendo descalzo, solo con los pantalones puestos, en cuento estuve en la calle, miré hacía todos lados, la calle estaba desierta.

Kagome se había ido.

La lluvia me mojaba y sentía el frio mordiéndome la piel.

Continuará…

Sé que me han pedido que InuYasha no sufra más, pero lo siento, no puedo darles en el gusto si quiero darle forma a esta historia, además, siempre les he dicho que los personajes se mandan solos… jejejeje

Espero que el punto de vista de InuYasha les parezca bien, creo que los hombres sienten de un modo diferente la intimidad a nosotras, más física, claro que si lo acompañamos con los sentimientos que este hermoso Inu *¬* tiene, qué nos queda… el hombre perfecto, que nos llenaría de besos y palabras hermosas después del amor, un príncipe azul en tiempos modernos… uyyy creo que ya me embolé…

El trocito de canción de hoy "Eres" de Café Tacuba…

Besitos y muchas gracias por los mensajitos

Waaa… ya quiero seguir escribiendo, pero la vida me tiene deparada otras cosas, la cocina por ejemplo… en fin…

Siempre en amor.

Anyara