¡Saludos de casi fin de semana, lectores!

Esta es la última actualización de la un poco -bastante- enredosa historia "Los pasadizos de la intertextualidad". Los autores y los caballeros respiran tranquilos, ya que después vendrá su revancha.

Tot12: Sí, dos enormes creadores de mundos, Poe y Wilde. Creo que yo amo mucho más al segundo que al primero, ¡es que tiene una manera tan elegante de escribir! Y son tan tristes sus cuentos, tan sutiles, tan bellos. Aunque Poe también me late un chorro, la primera vez que leí Lady Ligeia me dejó con miedo a salir hasta al baño, ja, ja, ja. La literatura es hermosa. (Tu juguete es Shun, jajajajjaja)

InatZiggy-Stardust: ¡El cuervo! ¡Nunca jamás! Pobre Poe, su vida fue trágica, pero creo que más la de Wilde, pues se hizo más cruel su sufrimiento luego de probar el éxito. ¡Lo adoro! Y el cuento de "El ruiseñor y la rosa" es uno de los mejores, una historia de un sacrificio inútil, pobre ruiseñor, la rosa termina deshecha... Y con ella la sangre de su vida, desperdiciada. De Poe, de lo mejor es "Lady Ligeia", ¡me encanta ese cuento! Y pues también "El retrato oval", de donde salió la idea para Aarón. (Horrible cuando te dejan un buen de tarea y la haces para que ni la revisen... Los que se salvan son los que no la terminan, jeje).

SakuraK Li: ¡Sí, yo también voy a preguntar a las tiendas así! Había una a una calle de mi trabajo, y se cambiaron. Sólo me quedé sin el número 19 de la serie original, pero lo conseguiré, no sé dónde ni cuando pero lo conseguiré. Aarón ahí quedó, verá la pintura de la Catedral del bosque y será Hades... En este capítulo termina la loca historia de la trenza de cuentos, novelas y cómics.

Kumikoson4: A mí me encanta que una mujer dibuje una historia enfocada básicamente a hombres. Aunque ahora ya no hay tanto, creo, eso de los temas de hombres y de mujeres, es padre que una chica cree algo que podría no estar en su línea, en su perfil. Y pues doble gusto, viendo también cómo para las mujeres ha resultado más difícil dedicarse al arte (sí, estoy leyendo "Un cuarto propio" de Virginia Woolf, y trata de eso, es bastante interesante y triste, al mismo tiempo, ver las opiniones misóginas y denigrantes que muchos grandes tenían de las mujeres... y siguen teniendo, aunque a mi parecer es en menor medida, o las creadoras han tenido la fortuna de no toparse con hombres y opiniones que las denigren). Oky, me explayé. Afrodita y Oscar Wilde, ¡me encantó su encuentro! Wilde es tan elegante, creo que me imaginé como si hubiera sido yo -con la diferencia que yo no me hubiera atrevido siquiera a respirar cerca de Wilde, ¡me muero de la emoción!

A todos quienes me siguieron hasta aquí, muchas gracias. En este fragmento final encuentran el camino de regreso Deutheros y Tenma, aparición especial de Afrodita de Piscis, luego de servir de inspiración a Oscar Wilde para El retrato de Dorian Gray. Sus admiradoras prepárense a verlo con la nariz metida en un libro, ¿cuál será?

Por última vez, copyright a Kurumada y Teshirogi por los personajes que crearon y no me pertenecen, a los grandes de la literatura por permitirme mudarme a otros mundos y por su obra y vida.

Ahora sí, pasen a leer, que hay función doble...


10.- Las palabras mágicas (II)

Se parece a una película que vio hace poco más de diez años, una donde tres mosqueteros ya mayores cambian al joven y rubio rey por su gemelo menor, Felipe, más digno del trono que el cruel Luis; también tiene algo de un libro que no ha leído. Se parece mucho, aunque la imagen de la computadora sea semejante a una furia sólida, confinada al encierro dentro de una máscara con sólo dos aberturas para desbordarse a medias. Una máscara. No creo que sea de hierro, murmura mientras pasa con el cursor a la siguiente página. Más bien es de cuero sin curtir, o algo así. Aprieta los ojos imaginándose la tortura durante el verano, las caricias de esos dedos, amarillos y calientes, empujando la cara rugosa del material contra el rostro lastimado del adolescente.

–Pobre.

La hora por la que pagó está a punto de terminar. La muchacha se levanta y camina hacia el mostrador detrás del que el encargado aguanta un bostezo. Un par de monedas, gracias. Atrás, la computadora ya no muestra la figura en blanco y negro del adolescente enmascarado, sino un foro donde los usuarios vierten opiniones acerca de libros.

Más tarde otro cliente del cybercafé se sienta frente a ese monitor. Y gracias a que el encargado olvidó cerrar la sesión de aquella chica, el hombre encuentra las ventanas del foro literario y del buscador, ventanas que tienen en común un nombre y una novela escrita en el siglo XIX: Alejandro Dumas, padre, y El vizconde de Bragelonne. Hay una más, minimizada. Es la imagen del adolescente de la máscara de cuero o de metal, una página de comics japoneses en línea.

–Jóvenes perdiendo el tiempo–, murmura y dice no con la cabeza. Luego cierra todas las ventanas e introduce una memoria USB; los documentos de la oficina, un presupuesto que debe enviar antes de las dos.


Deutheros sigue viendo cómo la lejanía se tragó la costa, cómo el embarcadero se volvió un jirón más en esa niebla. El demonio de Isla Kanon se revuelve un poco, se acomoda entre el cargamento del barco, y vuelve a asomarse a la mirilla. Sólo dos lienzos turquesas, uno sobre otro: el agua y el cielo. Ni la costa ni la bruma existen.

Recuerda al hombre del embarcadero. El moreno, el grueso, el único que notó su presencia mientras intentaba colarse en el pesquero con destino al Mediterráneo y pasar desapercibido. Edmond, le dijo, como si lo conociera. Deutheros no respondió. Apenas si consiguió esconder el rostro, fingir que buscaba algo en sus bolsillos, mientras los empleados seguían acarreando cajas y un hombre rubio los apresuraba con un "estamos retrasados" hecho a gritos.

El gemelo de Aspros se alejó del hombre en cuanto pudo, cuando alguien lo abordó para preguntarle sobre la próxima entrega de su novela. El hombre respondió con monosílabos y asintiendo apenas a los ¿cuándo la terminará, monsieur Dumas, falta mucho?, yo siempre lo he leído, igual que mi esposa, en tanto Deutheros aprovechó la ausencia de los empleados para abordar el barco en calidad de polizón.

Le pareció tan repentino el puerto en esa ciudad desconocida y minúscula. Como si lo hubieran clavado para mí, susurró, mirándose las palmas.

Durante unos segundos temió ir en la dirección equivocada. Los carruajes, las calles empedradas, los bailes reales y los vestidos largos, y de pronto la playa, un barco hacia el Mediterráneo. Y si… pensó sin atreverse a completar el supuesto. Pero fue sólo al inicio; ahora, después de tres semanas de lienzos turquesas y verdes, de robar carne salada para comer y beber apenas unos cuantos sorbos de agua en el cambio de turno, después de haber ganado la simpatía del único adolescente del navío, pareciera que esos presentimientos se originaron en otra cabeza.

Porque ahí está. El volcán, la columna de humo, la amenaza constante. Deutheros sonríe; no cayó en ningún error. Aprovechará el desembarco de mercancías para bajar. Tenma debe estar ahí, rogando a los dioses del magma por un poco de fuerza. O quizá no. Quizás haya escapado, temeroso de sus ojos de demonio, de la mirada que al fin libre de la máscara con la que la rodearon durante años, derrama su furia sin nada para impedírselo. Una mirada roja y quemante, idéntica al magma del volcán.

–Seguro escapó–, susurra, y la brisa le baña las mejillas; el más joven de los auxiliares ha abierto la puerta para avisarle que casi tocan tierra.


Cuenta con unos minutos antes de salir del trabajo. El catálogo minimizado. En la pantalla, la historia que hace tres semanas la dejó como telenovela en viernes. Al fin los administradores de la página tuvieron la amabilidad de actualizarla, dice, tamborilea los dedos. Su jefe inmediato recorre otras oficinas mientras una sombra altísima prende al niño. ¡Era uno de los ladrones!, grita hacia adentro. En ningún cubículo notaron su asombro. Nadie, bien. Sonríe, vuelve a la historia hecha de páginas escaneadas, de dibujos coloridos en alta resolución. Se muerde el labio inferior, quiere meterse a la pantalla. El niño rubio agradece tener de vuelta su saco de viaje y el colgante de estrella, su posesión más valiosa. Al ladrón se le condena a muerte de inmediato. Un nuevo asombro, los ojos muy abiertos. La víctima del robo, ¿qué hace?, ¿piensa salvarlo? De seguro le va a decir que se los regaló, piensa, cambia de página.

–¡Momento jeanvaljeanesco!

La oficina entera escucha ese grito. Jean Valjean, Los miserables, Víctor Hugo, ¡lo sabía!, son frases dichas de nuevo en secreto, murmullos que apenas si traspasan la mano izquierda, los dedos que los contienen. Lo bueno que el jefe sigue lejos. En unos segundos será el cambio de turno.


Tenma se aleja de la alcantarilla, de la muerte aposentada en esa esquina, en otras tantas. Camina de prisa, las manos en los bolsillos, hasta encontrarse con un río. El Sena, aunque el niño no sabe su nombre. Sólo es otro hilo de agua que parte en dos una ciudad.

Se sienta en el suelo, se asoma a ese espejo, un poco turbio. El oleaje bajo una mañana ventosa le devuelve su rostro sucio al tiempo de recibir algunas lágrimas.

–Aarón.

El nombre se le escapa de la garganta. ¿Se referirá al niño rubio, al de la cabaña? Tal vez sí; es de los pocos nombres ajenos que conoce, es el único amigo que tiene. ¿Amigo?, piensa. Sí; aunque a un amigo no se le roba. El niño rubio lo considera su amigo, pues le quitó el peso de una sentencia de muerte. Pero Tenma… Sí, también piensa en Aarón como en un amigo. En cuanto regrese a la cabaña ofrecerá disculpas y prometerá no cometer de nuevo un delito.

–Parece poca cosa–, piensa. Pero de momento no se le ocurre qué más hará para borrar el hurto, para merecer la confianza del rubio.

Tenma sonríe levemente. Al ponerse en pie tropieza con un hombre de edad avanzada.

–Lo siento–, dice y sale corriendo.

El hombre reprime el impulso de revisar sus bolsillos. Sonríe a su vez mientras observa cómo el niño castaño se aleja, cruza el puente más cercano, se pierde en las callejuelas de París.

–No todos deben ser Gavroche–, se dice.

Y es que hace poco tuvo un tropiezo con otro niño. Una plasta de tierra andante, al parecer. Él acababa de regresar del exilio, asistiría a una de esas cenas de champange y trajes de gala. Cuando una mujer se acercó a felicitarlo por Los miserables, por la maestría con la que retrataba a la sociedad en su novela, él agradeció inclinándose para después, ya a solas, revisar el bolsillo donde guardaba su reloj. Estaba vacío.

De pronto empieza a nevar.

–¿En otoño? ¿Tanto ha cambiado el clima?

El niño ya no es ni siquiera un recuerdo. La nieve guardará muchas huellas, todas apresuradas, todas camino de algún refugio. Muchas, menos las de él.


De momento, Afrodita no reconoce el callejón al que llegó luego de salir del restaurant.

–Apesta igual–, murmura, pensando en el escondite que usó con Albafika para huir de los guardias de la prisión. –Ojalá no tuviera esta ropa, ¿dónde estaré?

Unas cuantas voces lo hacen orientarse.

–El Patriarca mandó llamar al Escorpión.

–No, nadie lo ha visto, fue a Jamir y se niega a volver.

–Los caballeros del oriente…

Afrodita asoma los ojos, alcanza a ver a un grupo de guardias que conversan cerca de una fuente. Sonríe; está en la aldea cercana al Santuario. Cosmos, velocidad de la luz… Se sirve de ellos para ocultar ese disfraz de carnaval. Para regresar a la decimosegunda casa sin ser visto.

Más tarde la armadura, la capa blanquísima y un baño tibio, ponen al guardián de Piscis en condiciones de aparecer en público. Afrodita sonríe, asiente a los saludos de algún guardia ocasional, atiende su jardín; sin embargo no parece tan altivo como en otras ocasiones. Se le nota en el mentón un poco bajo y en el ceño fruncido, en la mirada ausente. Algo le falta, pareciera.

Afrodita revisa el sendero hacia el cuarto del Patriarca y las habitaciones de la diosa. En orden. Tan rojo y cundido de espinas como en otras ocasiones. De presentarse una amenaza, se hundirá en el sopor de su jardín de Rosas Diabólicas Reales.

–Pero…

A la mañana siguiente, luego de cumplir con su ronda, con el entrenamiento, baja al pueblo para caminar un poco. Quizás en el polvo de las calles le sea posible dejar ese malestar que lo incomoda desde su regreso.

Baja sin armadura, el cabello enredado, sólo recogido en la nuca. El sudor aún le humedece los brazos y el cuello.

Los repartidores de pan, la anciana de las flores, lo ven pasar. De pronto no les parece tan presumido, de pronto tienen la intención de obsequiarle la mejor orquídea, la primera pieza de trigo salida del horno. Aunque Afrodita, como tantas veces, pretenda ignorarlos.

Un local pequeño llama la atención del caballero dorado. Están abriendo, una joven acomoda libros en la estantería. No son nuevos, tal vez un solo soplo sea capaz de volverlos polvo.

–Adelante, señor, está abierto.

La voz de la chica, su sonrisa, hace que Afrodita entre en el local. Recorre lomos sucios con los dedos, se acomoda un mechón, sigue viendo títulos.

Entonces ocurre. Al bajar la mirada y volverse hacia atrás, descubre varios títulos del autor que brindó con él desde aquella mesa, al centro de la atención general.

–Me los llevo.

Y hace el ademán de buscar dinero en su bolsillo. Pero lo ha olvidado.

–Es un regalo, usted es mi primer cliente, señor. Acéptelo.

Las palabras de la joven interrumpen sus disculpas, le sacan una sonrisa, una reverencia igual a la que le dedicó a Oscar Wilde.

Afrodita no espera a llegar a la casa de Piscis para revisar los libros. Les quita el plástico que los protege, se sienta en una banca, y empieza a hojearlos. Antología de cuentos, El retrato de Dorian Gray, De profundis.

–No me hizo caso–, murmura, hay un quiebre en su voz. Entre sus manos, De profundis, la larguísima carta que pone de manifiesto los abusos de lord Alfred Douglas, Bosie, los reproches de Wilde hacia su amante y hacia sí mismo, carta escrita en la prisión de Reading, mientras el autor cumplía una condena de dos años a trabajos forzados.

El caballero interrumpe su lectura. Desde el puesto de periódicos una nota le llama la atención. "Regresó después de tres años de no acudir", dice el encabezado. La sección cultural.

–¿Qué hace eso ahí?

El texto no es la nota amarillista de un abandono de hogar, como pensó Afrodita al inicio. Se levanta y lee: "El admirador de Edgar Allan Poe retomó anoche la costumbre de visitar la tumba del poeta nacido en Boston, en 1809. Luego de tres años de ausencia, creímos que dicho homenaje se había interrumpido definitivamente. No es así; ahora en la piel de un pariente, quizás una mujer, su nieta, a juzgar por el cabello largo y azul de tan rubio, el admirador ha regresado para continuar dejando tres rosas rojas y media botella de cognac ante la lápida del también autor de El cuervo (aunque esta vez se olvidó de la botella). ¿Se prolongará otros sesenta años el homenaje interrumpido hace tres y retomado ayer por la noche? Sólo el tiempo lo dirá. Las visitas del hombre misterioso comenzaron en el centenario de la muerte del autor, en 1949".

Debajo del texto una fotografía muestra una silueta delgada y alta, vestida de negro, sin un sobretodo ni un sombrero. La imagen es borrosa y lejana, pero es suficiente para arrancarle una carcajada al caballero dorado de Piscis.

–Así que fuiste a rendirle homenaje a un poeta mientras a mí me llevaban preso, mal compañero–, dice antes de alejarse ante la mirada de signo de interrogación del hombre del puesto. Pronto será hora de su guardia y el Patriarca no debe encontrarlo fuera de su templo. Los cuentos de Wilde serán una agradable compañía.


Víctor Hugo y Alejandro Dumas, dos grandes del romanticismo, prolíficos y aclamados. Los miserables, El vizconde de Bragelonne, que confieso no haber leído hasta ahora, aunque debí consultarla para efectos de la historia. De Dumas sólo he leído El conde de Montecristo.

...Este es el final, pero en la siguiente entrega, viene el tan temido discurso de la autora ante un auditorio molesto, desinteresado y burlón.