Fate Dystopia
Hacinamiento
—Nunca debes dudar. Eras tu o él. Jamás olvides eso, Sayaka.
—¡Goro! —gritó Aratani.
El Apostol Muerto hizo un amago de detenerse, pero siguió su recorrido. Levantó el brazo y lo impulsó hacia las hermanas, apartándolas del camino. Aratani y Fumiko cayeron al suelo.
Goro fijó su mirada en Sayaka.
—¡No la mates! —exclamó Aratani.
Volvió a correr, esta vez en dirección a Sayaka. Ella titubeó, era la única persona viva que les quedaba a aquellas hermanas, y ahora sería la encargada de asesinarlo. Apretó los dientes con fuerza.
Pero de pronto, se dio cuenta de que había perdido demasiado tiempo analizando la situación; el Apóstol Muerto estaba casi encima de ella.
—Trace on! —conjuró Archer.
Una especie de daga pequeña y curva, excéntrica en su diseño y color; se materializó en la mano del Servant.
Archer se posicionó casi detrás de Sayaka, dándole un puñetazo al Apóstol Muerto; el impulsó del golpe lo envió hacia la muralla.
—¡Archer! —gritó Sayaka, pero ya era demasiado tarde.
El Servant incrustó la daga en el pecho del Apóstol Muerto. Una breve e intensa luz iluminó la habitación, desvaneciéndose de inmediato.
Los gruñidos inentendibles del Apóstol Muerto, se convirtieron en quejidos de dolor. Las venas de su cuerpo seguían visibles, pero el rojo de los ojos desapareció, volviendo a su color natural.
Goro Apoyó su espalda en la muralla y con lentitud, comenzó a deslizarse hasta el suelo. Tosió con dificultad. Su respiración era pesada, como si se quedase atorado y tuviese que esforzarse a sí mismo para inhalar oxígeno.
Aratani corrió hacia donde estaba su hermano, en ningún momento soltó la mano de su hermanita pequeña. Fumiko salió del trance y su mirada se enfocó en Goro, se acercó a su hermano mayor, abrazándolo junto a Aratani.
—¡Goro! ¿Estás bien? ¿Me reconoces? —preguntó Aratani.
El hermano mayor reclinó la cabeza en la muralla y observó a su hermana.
—¿Ara… Aratani? —dijo Goro con voz débil, luego miró a la niña pequeña—. ¿Fumiko? —y la acarició en la cabeza.
La chica abrió los ojos, sorprendida porque su hermano la había reconocido. Aratani repetía el nombre de Goro una y otra vez y Fumiko lo seguía abrazando, aferrada a él.
Sayaka estaba sorprendida, la daga había impactado en el pecho del Apóstol Muerto, y sin embargo, Goro no murió; había vuelto a la normalidad.
—Archer. Él dejó de ser un Apóstol Muerto. ¿Qué es esa daga? ¿Es tu Noble Phantasm?
—Rule Breaker. Esta arma es capaz de romper cualquier hechizo y contrato mágico.
Archer frunció el ceño, mientras seguía observando a Goro. Parecía preocupado por algo.
El hermano mayor tosió con brusquedad, parecía que le costaba respirar. Sayaka se dio cuenta de que la piel de Goro se estaba secando con rapidez, como si se estuviese deshidratando a cada segundo.
Sayaka corrió a la cocina, revisó las alacenas y los muebles. En un rincón, tenían las reservas de agua en un barril. Sacó una taza de arcilla y la llenó con agua.
Se acercó a los hermanos, le tocó el hombro a Aratani y cuando ella se volteó, miró la taza y asintió, dejándole espacio. Sayaka le acercó la taza a Goro.
Él bebió un poco de agua, luego apartó la taza con cuidado.
—Gracias —dijo Goro y luego miró a Aratani—. No me siento bien… creo que ya no podré seguir adelante… Aratani, tienes que cuidar a Fumiko.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Aratani—. Estamos los tres juntos de nuevo, no nos puedes abandonar. Por favor, Goro, te lo ruego, no nos dejes.
—No te vayas —dijo Fumiko, mientras seguía aferrada a él.
Goro acarició la cabeza de la niña pequeña, y luego la apartó con suavidad.
—Ya no puedo seguir más… me duele todo el cuerpo —el hermano mayor trató de ponerse de pie, pero casi trastabilla. Sus hermanas lograron sujetarlo y lo volvieron a sentar en el suelo, con la espalda apoyada a la muralla—. ¿Sabes? Cuando ese tipo me mordió… perdí todo el control de mi cuerpo. Fue como si alguien me estuviese controlando… no odien a mamá por la muerte de Takeshi… no tuvo la culpa.
El hermano mayor inclinó la cabeza, parecía que ya no podría levantarla. La piel de Goro se había secado, era como si le hubiesen succionado la sangre y el agua de su cuerpo.
—Aratani… —prosiguió Goro—. Prométeme que cuidaras de Fumiko… y que sobrevivirán… cueste lo que cueste.
La chica asintió al pedido de su hermano, con lágrimas en sus ojos.
Goro, aún con la cabeza inclinada, sonrió. Quizás era su última sonrisa. Fue cerrando los ojos con lentitud.
—Tengo… mucho… sueño…
Aratani se acercó a Goro y lo abrazó, junto a Fumiko.
—Está bien —dijo la chica, con voz quebrada—. Puedes descansar, yo protegeré a Fumiko.
Y prevaleció el silencio, a veces, interrumpido por los sollozos de ambas hermanas. Goro había pasado a mejor vida.
Sayaka fue en búsqueda de alguna manta para cubrir el cadáver de Goro; como directora de la clínica, había vivido esta experiencia una y otra vez. La muerte de las personas se le estaba haciendo algo natural e indolente. A veces, le daba miedo perder su humanidad o lo poco que quedaba de ella.
Entró a una de las tres habitaciones de la casa pequeña. Había seis futones japoneses. Familias enteras vivían hacinadas en pequeñas habitaciones; padres, hermanos, abuelos, e incluso hasta parientes lejanos si es que no tenían donde vivir.
Agarró la manta del futón y se la llevó al living. Aratani estaba de pie, sosteniendo la mano de Fumiko mientras observaba a Goro, ambas estaban llorando su muerte.
Sayaka acomodó el cuerpo de Goro en el suelo y lo tapó con la manta. Él había muerto con una sonrisa en el rostro, al menos ellas pudieron despedirse de él, familias enteras no tuvieron esa dicha en Tsukimigaoka.
—Entren y refúgiense en una habitación, cualquier clase de ruido podría llamar la atención de esos seres. Procuren guardar silencio. —dijo Sayaka, lamentó su falta de tacto pero no tenía mucho tiempo.
—¿Y el señor del abrigo rojo? —preguntó Aratani, con voz aún conmocionada.
Archer se había materializado para defenderla del Apóstol Muerto, pero en algún momento se había retirado.
—Le daremos una sepultura digna —dijo Sayaka, mientras miraba el cadáver de Goro. Desvió el foco de la conversación—. Pero antes, necesito que se escondan. No salgan de ahí hasta que vuelva. ¿Entendido?
Aratani asintió, al parecer había desistido en volver a preguntar.
Sayaka las guió hacia la habitación donde antes había encontrado el futón. Aratani apoyó la espalda en la muralla, reclinó ambas piernas con las rodillas a la altura del pecho y las rodeó con el brazo derecho; con la mano izquierda se mantenía aferrada a su hermanita pequeña. Fumiko se había acurrucado al lado de Aratani.
Luego, Sayaka cerró la puerta con suavidad. Aunque temía lo peor, habían generado mucho ruido durante la muerte de Goro. Hasta el momento, ningún Apóstol Muerto había irrumpido en la casa. Intuyó que la tranquilidad se la debían a Archer.
Salió de la pequeña casa. Miró a los alrededores pero no había nada, tampoco escuchaba ruidos. Reinaba el silencio en esa zona del pequeño pueblo de Tsukimigaoka.
Archer se materializó al lado de ella, parecía molesto por algo.
—Nunca debes dudar. Eras tú o él. Jamás olvides eso, Sayaka.
Desvió la mirada hacia el suelo, Archer tenía razón, había dudado mucho y si el Servant no la hubiese defendido, habría sido mordida por el Apóstol Muerto.
—Tienes razón, Archer. Nunca más volveré a dudar.
El Servant se llevó una mano al mentón, pensativo.
—Por cierto, los Apóstoles Muertos desaparecieron de este lugar después de haber usado la Rule Breaker.
—Quizás se asustaron cuando vieron todo tu poder en acción —dijo Sayaka, con una sonrisa burlona.
Archer arqueó una ceja, quizás no se esperaba una broma por parte de Sayaka. Luego, movió la cabeza de lado a lado.
—Me refiero a que ellos no actúan en grupo, salvo si son controlados por un ente superior.
—¿Entonces estábamos en lo correcto? ¿Esto fue obra de algún Servant y su Master?
—Puede ser incluso peor. La Rule Breaker repele cualquier clase de hechizo, por más poderoso que este sea; pero alguien casi anula este efecto. No lo consiguió, pero pudo retenerlo hasta absorber gran parte de la energía vital del Apóstol Muerto.
Sayaka guardó silencio. No podía imaginar qué tipo de seres podían ser incluso más fuertes que los Espíritus Heroicos.
Mientras caminaban por la zona céntrica del pueblo, pensó en llevar a los sobrevivientes de Tsukimigaoka a Tonomachi, pero en el pueblo estaban muy mal económicamente. El único consuelo que le quedaba era que al menos tendrían agua potable; las napas subterráneas del pequeño pueblo eran casi inagotables debido a la cercanía con el mar.
—No deben existir testigos de la guerra por el Santo Grial. —dijo Archer.
Sayaka se detuvo, desconcertada por las palabras de Archer; la había pillado desprevenida. El Servant también detuvo su marcha.
Las hermanas habían sido testigos al ver a Archer en su forma materializada. Abrió los ojos y lo miró, al percatarse de lo que había detrás de las palabras de Archer.
—¿Sugieres que debemos eliminarlas solo porque te vieron? —soltó Sayaka.
—Cualquiera que sea testigo de la gran guerra, tiene que ser silenciado. Es un deber que cada Espíritu Heroico debe cumplir, aunque un acto así carezca de honor —replicó Archer. Siguió caminando en silencio.
Sayaka cruzó los brazos. Al menos ella tenía una solución sensata antes de recurrir a la barbaridad que había planteado Archer. Adelantó sus pasos hasta caminar al lado del Servant.
—Mi mentor nos explicó a Takahiro y a mí, que la hechicería se debía mantener en secreto a como dé lugar. Creo que tenemos el mismo problema, pero existe una solución menos salvaje que la que acabas de insinuar, Archer. —dijo Sayaka. La respuesta del Servant fue una breve sonrisa, aunque ella no pudo detectar si era sarcástica o real—. Lo primero que aprendimos a dominar, fue la manipulación de la mente humana. Podemos borrar recuerdos e incluso modificarlos. Es una solución poco ética, pero es mucho mejor que cargar en tu espalda con la vida de los inocentes. ¿No lo crees así?
Archer asintió.
—Si puedes hacerlo, entonces hazlo —replicó Archer.
Sayaka frunció el ceño y lo miró enfadada por la respuesta tan seca del Servant. Pero al verlo, se dio cuenta de que el rostro de Archer parecía sereno; como si ella le hubiese quitado un peso de encima.
De pronto, sintió una pesadez en todo el cuerpo. Trató de moverse, pero parecía como si le hubiesen aumentado la gravedad.
—¿Archer? —dijo Sayaka, alertada por la extraña sensación que estaba sintiendo.
—Veo que también lo percibes. Delante de nosotros, hay un muro ilusorio.
Sayaka miró hacia adelante, pero no veía nada fuera de lo común, salvo unas cuantas casas deterioradas. Aunque no podía negarlo, ella quería evadir ese lugar antes de continuar por esa ruta.
Archer extendió el brazo y tocó el muro ilusorio con la punta de los dedos. Se formaron pequeñas ondas circulares que se alejaban con rapidez y crecían de tamaño, produciendo un efecto similar al lanzar una piedra a una laguna en calma.
Sayaka hizo acopio de fuerzas y se adentró al muro ilusorio. Las casas desaparecieron, dejando a la vista un único edificio que Sayaka identificó de inmediato. Era el centro cultural de Tsukimigaoka, un gran galpón donde se desarrollaban pequeños eventos en el pueblo.
Escuchó la voz de una niña pequeña que llamaba a su madre, sonaba débil, casi como si estuviese agonizando. La siguieron los lamentos de un hombre y de pronto, se dio cuenta de la gran cantidad de gente que rogaba por ayuda.
Sayaka se acercó a la ventana del edificio cultural. Solo había oscuridad, pero pudo distinguir las sombras humanas, se movían débilmente y reptaban, como si buscaran la salida.
Puso atención en las zonas donde el sol iluminaba a través de las ventanas, gente con la piel extremadamente pálida, con las venas hinchadas en casi todo el cuerpo similar a los Apóstoles Muertos, pero con las corneas completamente blancas; ellos se arrastraban por el suelo del edificio cultural. Era el infierno en vida.
—Dios mío. —Sayaka se llevó la mano a la boca y se mordió el puño, tratando de aguantar el shock.
—Están absorbiendo la energía vital de todas estas personas; crearon una especie de granja humana.
—¿Fue ese miserable que controla a los Apóstoles Muertos?
—Así es. Ya no hay dudas. Existe un único ser detrás de todo esto —respondió Archer, con una voz sería y casi sin expresión; como si se hubiese enfrentado a este tipo de situaciones durante toda su vida pasada.
Sayaka seguía consternada al ver a toda esa gente agonizando en el galpón cultural.
—Al igual que una granja —prosiguió Archer—, no dejarán morir a esta gente. El que hizo esto los necesita vivos. —el Servant miró por la ventana, con el rostro inexpresivo durante algunos segundos—. ¿Cuál es el pueblo más cercano a Tsukimigaoka?
—Es un pueblito más pequeño llamado Daiganji, está al oeste de aquí.
—Debemos movernos rápido, pueden existir más sobrevivientes en Tsukimigaoka. Además, pronto tendremos que partir hacia ese pueblo, es probable que lo ataquen tarde o temprano, si es que no lo han hecho ya.
Sayaka asintió en silencio; se dejó guiar por Archer mientras pensaba en las consecuencias que la guerra estaba dejando en región Fuyuki. Los hechiceros no debían intervenir en la vida cotidiana de las personas y sin embargo, nadie parecía seguir esa regla.
Apretó el puño y hundió las uñas en la palma de la mano, abriéndose un pequeña herida debido a la frustración.
