Hola!

¿Cómo están? Bueno, aquí las dejo con un nuevo capítulo. Muchas gracias por sus review, es muy gratificante recibirlos.

Un besote,

Karen

Capítulo X

Conozcámonos

Corrí al baño en cuanto me di cuenta de que estaba solo. Encendí la regadera y me di una rápida ducha, en un principio quitada de hielo y luego muy caliente. Sólo tuve tiempo de ponerme un poco de muss en el cabello que, por lo demás, ya lo llevaba bastante largo. Cogí unos jeans azules oxidados, una polera gris y una camisa blanca encima, que la dejé abierta. Cogí un par de zapatillas, demasiado juveniles, quizás, y corrí donde mi vecina del frente. Toqué sutilmente, pero nadie salió ¿Dónde se habría ido o era que, simplemente no me quería abrir? Insistí un poco más, hasta que pasó una mucama por mi lado. Le hice un par de señas para saber si me entendía y resultó que hablaba español mejor que yo.

—¿Ha visto a la chica que aloja aquí? —mostré la puerta del dormitorio.

—¿Una muchacha más pálida que la nieve? —exclamó divertida. Asentí —creo que la vi abajo, desayunando —rió un poco presumida.

—Gracias —respondí con una gran risita de alivio. Ella no se había ido.

Marché escaleras abajo y caminé hacia el salón. Busqué rápidamente, hasta que mi vista se fijó en el rincón derecho que daba hacia la calle, con un gran ventanal que mostraba la maravillosa playa de Leblon. El corazón volvió a tomar su lugar. Tragué saliva y me acerqué a ella con cautela, pero esbozando una placentera sonrisa.

Bella no me había visto, leía. Frente de ella había una taza de café vacía y una copa con fruta media llena. Sentí hambre. Miré hacia atrás, pero ya habían retirado el buffete del desayuno, ya eran pasado las once de la mañana. Me acerqué a ella y le besé el cuello.

—Buenos días —dio un saltito, sorprendida. Sus ojos chocolates me fulminaron con la mirada.

—Hola… Edward —pareció un poco consternada y quizás, incómoda.

—¿Me puedo sentar? —le indiqué la silla en frente de ella.

—Claro —contestó en un débil susurro.

Miré hacia atrás en busca de un garzón.

—Creo que la hora de desayunar a expirado —sonreí, intentando que no notara mi ansiedad. Ella asintió. Elevé la mano para llamar la atención de una garota buena moza que atendía las mesas— ¿Me trae un chocolate caliente? —la chica se ruborizó un poco, y Bella me pegó por debajo para que dejara de coquetear con la garzona. Le abrí los ojos, esbozando una sonrisa culpable de inocencia. Bella negó con la cabeza, sonriendo. La chica fue por mi pedido.

—¿Por qué te gusta incomodar a la gente? —me reprendió como una madre.

—¡Vaya! No es eso… sólo pedí mi chocolate –enarqué una ceja, ahora filtreando con ella.

—¡Ja! Menudo modo que tienes de solicitar tus pedidos —se echó hacia atrás y bufó, mientras miraba el esplendoroso día.

—¿Estás celosa? —repliqué fascinado.

—¿Celosa de qué? Nosotros no somos nada, Edward. Tan sólo un par de compañeros de trabajo —enarcó una ceja con malicia y sus palabras me calaron hondo.

Mmmmm… que particulares compañeros de trabajos somos… tan solidarios que compartimos hasta la cama —¡Uy, uy, uy! No pude evitar decirlo ¡Qué idiota! Ahora sí que se enfadaría y me mandaría a la cresta. Apreté la mandíbula esperando su reacción. Inspiró profundo y sonrió de medio lado, aplacando su molestia.

—Bueno, el alcohol no es el mejor de los compañeros y claro, de vez en cuando induce a errores —su mirada asesina me remeció por completo.

—¿Errores? ¿Ah? —exclamé con el ego herido. Ella sonrió. Llegó mi chocolate, olía de maravilla.

—¿Acaso no piensas lo mismo que yo? —cuestionó indolente. Negué con la cabeza.

—Creí que al menos te mantendrías conmigo hasta esta mañana —musité con la voz afilada. Bella me miró con los ojos redondos, pero complacidos.

—No hubiésemos alcanzado a desayunar —contestó indiferente, era evidente que desviaba el tema. Levanté las manos de la mesa, negando con la cabeza. Se puso de pie, se inclinó levemente y me besó la frente, pero esta vez, le cogí la mano con fuerza.

—No te vayas —le di una orden suplicante. El cuerpo de Bella se tensó y al mirarla, noté que sus mejillas se repletaron de rubor.

—Edward, por favor… —espetó inquieta, pero se devolvió a la silla. No la solté hasta que se sentó. El calor que emanaba su piel quemaba la mía. Nos quedamos mirando un par de minutos, sin decirnos nada, hasta que por fin pude articular un par de palabras.

—¿Te gustaría hacer un tour por Río? De todos modos nos quedamos hasta mañana en la noche… —mastiqué con alegría está última frase, nosotros solos por más de veinticuatro horas ¡Uf! ¡El paraíso terrenal! Ella sonrió y asintió con la cabeza, ya más entregada.

Su piel blanca parecía relucir entre la mayoría de morenas que nos rodeaban. Siempre me había parecido que ser tan blanco era una desventaja, considerando lo hermosa y perfecta que eras las pieles bronceadas, pero la de ella, la de Bella me parecía sensacional. Terminé de beber el chocolate y me conduje hasta la recepción. No pude dejar de seguirla con la vista. Sus caderas se movían de un lado a otro, de un modo tan sensual que me erguía la piel tan sólo de recordarla. Hace tan pocas horas yo había estado dentro de su cuerpo y la había hecho mía. Sonreí.

El tour había quedado fijado para la una. Nos llevarían a conocer el Pan de Ázucar, el Cristo, el Maracaná y el Sambódromo. Subí las escaleras para informárselo. Toqué su puerta con calma y ella no tardó en abrir.

—A la una nos pasan a buscar —le advertí, deseoso que me dejara entrar a su habitación.

—Per…fec… to —balbuceó nerviosa. La quedé mirando, rogándole que me permitiera entrar.

Mis ilusiones se desvanecieron por completo, cuando cerró la puerta en mi cara. Di media vuelta, entré a mi habitación desmotivado. Abrí el ventanal y me apresuré en salir a la terraza a tomar aire puro. Observé el esplendoroso mar verde azulado que golpeaba la costa con bravura. La gente caminaba por la costanera de mosaicos y una leve brisa se asomaba con timidez en el paisaje, removiendo, sutilmente, algunos árboles y palmeras. Entré a la habitación nuevamente, eran las doce y media.

Sentí unos golpecitos en mi puerta y cuando abrí me encontré con la sutil figura de Bella plantada al otro lado del umbral de la puerta.

—¿Puedo? —pidió permiso con delicadeza. Sonreí. Iba con unos vaqueros ajustados, una polera azul, zapatillas y un morral colgado de un hombro ¡Parecía una colegiala! La quedé mirando con agrado y ella me observó de medio lado con una sonrisa— ¿Qué? —interpeló.

—Pareces una niñita de quince —respondí de inmediato.

—Bueno tenía que ponerme a tono con mi acompañante ¿o no? —torció los labios en una sonrisa caprichosa— sino parecería tu tía o tu… —vomitó una de sus antipáticas indirectas.

—¿Mamá? —completé su frase. Ella se empinó de inmediato— ¡Jamás! —repliqué sarcástico— más bien pareces mi novia –solté está última frase como si fuera una consecuencia de nuestra conversación.

—Ninguna de las anteriores —aclaró de inmediato. Acomodó su bolsito a un costado de la mesa de centro y me llamó—¡Ven! —caminé hacia ella como un idiota— ¡Siéntate! —me ordenó con una pícara sonrisa en los labios. La seguí sin decir nada. Abrió el morral y sacó un tubito de bloqueador— ¿Apuesto a que ni siquiera traes uno? —se mordió el labio inferior. Tomó el frasquito y se vació una buena cantidad en una de las manos. Luego se frotó ambas y comenzó a cubrir mi piel con esa crema húmeda y fría, pero que, sin embargo, era muy agradable a través de la tersura de sus dedos.

Comenzó con los bordes de mi nariz, continuó hacia fuera por las mejillas, la frente y el mentón hasta el cuello. Cogió una de mis manos y terminó de cubrir de ese espeso producto mi piel. Crucé mis brazos alrededor de su cintura y ella se inclinó para besarme.

Unimos nuestros labios en una sensual sincronía. Su boca estaba húmeda y tibia y se abrió sin dificultad para dejar pasar mi lengua. No pude evitar jadear al besarla, esto era demasiado bueno. La tomé por las caderas y ella se inclinó de inmediato, doblando sus rodillas para sentarse sobre mis muslos. Sus delicadas piernas se acomodaron una a cada lado de mis caderas. Quedamos frente a frente. Podía sentir el sensual calor que emanaba desde su interior y cómo se posaba éste, sobre mi pelvis.

Enredé la yema de mis dedos sobre su cabello largo, mientras su boca bajaba hacia mi cuello largo. Me estremecí por completo al experimentar la tibieza de sus labios sobre el lóbulo de mi oreja y de inmediato pasé mis manos por debajo de sus glúteos firmes y contorneados para apegarla más hacia mí. Sus caderas se comenzaron a mover instintivamente, logrando que mi "hermano menor" se irguiera por completo, sintiéndose un prisionero tras mis gruesos pantalones. Rodeé su cintura con mis manos, delineando la deliciosa curva que se formaba, hacia arriba con sus pechos y hacia abajo con sus caderas. Posé mis dedos sobre el botón de sus jeans y lo desabroché, bajándole también el cierre y pasando una de mis manos entre sus ajustados pantalones y las bragas, comprobando la humedad de su entrepierna. Sus caderas culebrearon aún más… hasta qué…

¡Trn, trn, trn!

¡Sonó el teléfono insistentemente! ¡Arg! Lo obvié. Mis labios ya estaban sobre uno de sus pechos, evidenciando con delicia como sus pezones se erguían y cambiaban de textura y color.

¡Trn, trn, trn! ¡Trn, trn, trn! ¡Trn, trn, trn!

Sus delicados y finos dedos estaban, piel a piel, sobre mi masculinidad.

¡Trn, trn, trn! ¡Trn, trn, trn! ¡Trn, trn, trn!

Los pantalones de Bella estaban un poco más por debajo de sus glúteos, el borde superior de sus pantaletas estaban enrollándose hacia abajo y yo me preparaba firmemente para liberar mi parte íntima… hasta que…

¡Toc, toc, toc! ¡Toc, toc, toc!

¡La puerta! ¡Arg!

—Señor Cullen, lo esperan en el hall para el tour —¡Mierda, mierda, mierda! Bella sonrió, absolutamente sonrojada y comenzó a subir sus pantalones ¡Noooooooooooooooo! ¡Qué tour ni nada! Yo prefería quinientas mil veces quedarme con ella encerrada aquí, antes de ir a ver cerros, trajes y el monumento del fútbol. Ya era tarde, ella estaba completamente vestida y me ayudaba a subir mis jeans.

—¡Quedará pendiente! —me susurró al oído. Subí los pantalones y respondí con un grito furioso.

—¡Voy! —Bella me peñisco el trasero y no pude evitar sonreír.

Salimos de la habitación absolutamente acalorados. Comenzamos ascendiendo hacia el Cristo, luego pasamos por el Maracaná, seguimos por el Sambódromo y finalmente acabamos en el Pan de Ázucar. Ya estaba anocheciendo cuando volvimos al hotel.

—¿Vamos a cenar? —le propuse.

—¡Claro! Muero de hambre —nos dimos unas duchas, lamentablemente separados, y nos volvimos a ver a la salida de nuestras respectivas habitaciones. Cogimos un taxi que nos llevó a un lujoso restaurante en la playa. Bebimos unas caipiriñas y su piel no tardó en sonrojarse.

La besé tantas veces como si fuera mi novia. Ella respondía con sensuales risitas sin importarle quién nos viera. Comimos pescado y bebimos más cachaza. Reíamos de cuantas tonteras se nos vinieron a la cabeza. Finalmente me atreví a preguntar.

—Bella, ¿Te puedo hacer una pregunta? —la miré fijamente a los ojos, que esperaban expectantes.

—Dime… —contestó sin dejar de mirarme.

—¿Por qué sales con mi padre? —tragó saliva incómoda y rápidamente, sus dientes superiores mordieron su labio inferior.

—Bueno, a C… a tu padre —carraspeó para aclararse la garganta— lo estimo bastante.

—Lo "estimas" —remedé divertido— ¡Vaya! Eso es muy bueno… no es nada cercano a "lo amo" –exhalé aliviado. Ella sonrió y continuó sin que le dijera nada más.

—Él era muy amigo de mi padre…

—¿Era? —la interrumpí.

—Charlie murió cuando tenía dieciséis… —sus ojos chocolates se derritieron de nostalgia.

—¡Lo siento! —agregué.

—Y tu padre se había comprometido a ayudarme en caso de que el mío no pudiera hacerlo. Algo así como mi padrino… —continuó.

—¡Vaya! Padrino pervertido —escupí sin filtro— que sepa, el padrino es una especie de guía espiritual… —dije molesto. Ella negó con la cabeza, con una sonrisa y siguió.

—Nunca supe que él era quien había pagado mis estudios, hasta que mi abuela me lo confesó cuando ya estaba trabajando en el banco de New York. Yo quería agradecerle todo lo que había hecho por mí. Mi abuela se negó, pero no fue necesario hurgar más… una noche, en la fiesta anual del banco, llegó un hombre de negocios, muy sofisticado, encantador, amable y…

—¡Es suficiente! —le recordé cortésmente, pero con la voz irritada— ¿Era él, cierto? —Bella asintió.

—Nos conocimos esa noche… me contó que se estaba separando tras veinticinco años de matrimonio y bueno, me ofreció trabajar en su compañía. Al parecer ya lo había acordado con Cayo, el dueño del banco. Le dije que lo pensaría, pero hizo una oferta que no pude rechazar. Cuando se lo conté a mi abuela me reveló la verdad, y con mayor razón no pude negarme —moví mi cabeza de un lado de izquierda a derecha, enrabiado ¡Él se había aprovechado de su amistad con el padre de Bella! ¡Arg!

—Es mentira que ese estaba separando —la corregí y ella se tensó.

—Ahora lo sé. Lo supe el día que los conocí a ustedes —me miró con preocupación.

—Bella, no es necesario que le devuelvas nada. Fue horrible de su parte cobrarte la ayuda que le había prometido a tu padre —intenté convencerla.

—Jamás me lo pidió por ese motivo… —contraindicó de inmediato.

—No de buenas a primeras, pero finalmente fue lo que hizo —negué con la cabeza molesto, pero ella estaba triste, así que continué con otro tema— ¿y tu madre?

—Bueno, ella se suicidó cuando yo tenía seis —su cuerpo se estremeció ¡Oh, oh! Mi interrogatorio iba de mal en peor, mejor pedí la cuenta.

Caminamos por la orilla de la playa de Leblon, bajo la plateada luz de luna que iluminaba la playa. Bella iba callada, de seguro la había incomodado. Un impulso sobre protector me llevó a rodearla por la cintura, con mi mano derecha, aferrándola hacia mí. Me interpuse en su camino y atrapé su rostro entre mis manos.

—¿Te gustaría quedarte unos días más aquí en Brasil? —le besé el labio superior y ella se sacudió. Elevó el rostro y volvió a sonreír.

—¡Claro! —ahora fue ella quien acercó sus labios a los míos.