Capítulo 09
Natsu envolvió con una soga mental su impaciencia y tiró firmemente. El olor que antes le había vuelto salvaje ahora estaba cerca de conducirlo a la locura. Había estado en lo cierto sobre su fertilidad, porque los sutiles cambios en su olor le decían inequívocamente que Lucy estaba embarazada.
Su bestia dio un grito mental de triunfo y tuvo que luchar para no hacerlo en voz alta. El oleaje de emociones generadas por ese conocimiento amenazaba con estrangularlo, sin importar lo mucho que tratara de retrocederlas. Los sentimientos de orgullo y entusiasmo, alegría y posesividad se agitaban dentro de él y le golpeaban en el culo. Pero eso no era nada en comparación con la oleada de amor.
Amor.
¡Maldita sea! ¡Se había enamorado de ella! ¿Qué demonios se suponía que iba a hacer ahora? Quería que ella fuera la única. Desear su generosamente redondeado culo y la suave curvatura de su vientre estaba bien con él. Todo eso estaba muy bien. Incluso sentirse atraído por sus flashes de inocencia y audacia no le molestaba. No le importaba reírse con sus chistes o valorar su opinión, pero maldita sea, ¿Por qué su estúpido corazón tenía que llenarse de amor? ¿Por qué no podía ser feliz con la lujuria, la amistad y el respeto?
Ella se aclaró la garganta y apretó los labios, y Natsu luchó contra el impulso de retorcerse como un niño de ocho años frente al pelotón de fusilamiento de sus padres.
—Estoy esperando a que me lo expliques, Natsu —Dijo—. Y no me vengas con el cuento de que no lo voy a entender. Quiero una respuesta.
Se pasó la mano distraídamente sobre el pecho, justo encima del corazón, y supo que no estaba dispuesto a decirle su gran secreto. Si todavía estaba luchando por entender la forma en que ambos se quemaban cuando se apareaban, sin importar quién estuviera mirando, entonces no estaba jodidamente dispuesta a escuchar que la amaba y que deliberadamente la había dejado embarazada, sabiendo que ocurriría y podría haberlo evitado. Algunas cosas era mejor no decirlas. Al menos hasta estar seguro que no había vuelta atrás para ninguno de los dos.
—Hueles —Exclamó, entonces vio como sus ojos se abrían y luego se entrecerraban resentidos.
—¿Huelo? —Gruñó, haciendo una imitación bastante buena de su humor—. ¿Me estás diciendo que quieres que sea tu compañera porque apesto? De algún modo, estoy perdiéndome en tu lógica.
—No hedor. Olor —Aclaró—. Un olor maravilloso —Sus labios aún estaban fruncidos, así que siguió adelante y trató de explicar algo que nunca antes había tratado de definir—. Los dragones tienen un sentido del olfato miles de veces más potente que el de los humanos. Incluso mejor que la mayoría de los perros. Todo a nuestro alrededor tiene su propio olor, y muchas de nuestras costumbres sociales están basadas en la información que obtenemos de esa manera. Es algo arraigado. Nacemos con un olor, incluso si nos toma algunas horas antes de poder abrir nuestros ojos.
Su boca se suavizó, sólo una fracción, pero lo vio.
—Es completamente lógico que usemos el sentido del olfato con nuestros compañeros. Nos dice quién nos atrae y quién no —Dijo—. La mujer más bella del mundo no va a atraer a un dragón si no huele de la forma correcta.
—¿Que huele de forma correcta? —Preguntó. Podía oír la reacia curiosidad en su voz, pero aun así era un progreso.
—Tú lo haces.
—Está claro que no soy la primera mujer que lo hace. ¿Les dijiste a todas ellas que eran tu compañera?
¡Maldita sea! ¿Por qué no había encontrado una compañera estúpida? Habría hecho su vida un infierno más fácil.
—No, porque ninguna lo fue. Tú lo eres —Repitió, tan fuerte como pudo sin agarrarla y sacudirla hasta que el sentido común entrara en ella—. Los hombres dragón se aparean de por vida, ni siquiera los dragones lo hacen siempre. Pero igual que los humanos, no siempre esperamos a nuestros compañeros para tener sexo.
—Lo que significa que aún tienes que explicarme como la forma en que huelo me convierte en tu compañera.
Se pasó una mano por el pelo con frustración y la miró.
—Me estás pidiendo que te explique un instinto —Se quejó—. Es como si te pidiera que me expliques por qué los humanos se asustan cuando nos ven las noches de luna llena.
—Eso podría tener algo que ver con el factor escamoso —Dijo, su tono irónico.
—Mira, algunas personas se aferran a la loca idea de que los hombres dragones no existen. Me han dicho que les ayuda a dormir por la noche.
—Lo que quiero decir es que el miedo que sientes es instintivo, no racional. Realmente no se puede explicar algo así.
—Al menos lo intenté.
—¡Tú tan sólo hueles diferente! —Estaba frustrado ahora, y se notaba en su voz. Consideró que era una suerte que no le mostrara como cambiaba a algo un poco menos humano y desgarraba el relleno del sofá—. Las otras mujeres huelen a sexo. Huelen... disponibles. Como a almizcle y perfume. Tú hueles diferente. Es... fascinante. Toda rica dulzura, como miel y vainilla.
Hizo rodar los ojos.
—Genial. Huelo a vainilla. El más aburrido de todos los sabores. ¿Y esto se supone que va a convencerme que soy irresistible para ti?
Salió disparado hacia adelante tan rápido que vio la sorpresa ampliar sus ojos cuando parpadeó y lo encontró apoyado tan cerca de ella que sus narices casi se besaban.
—Eres cualquier cosa menos aburrida, Luce —gruñó, mirando a sus ojos marrones y manteniéndole la mirada—. Recuerda, la vainilla viene de las orquídeas y una vez fue considerado un gran tributo por los emperadores aztecas. Si ellos hubieran podido oler tu aroma como yo lo hago, te habrían exigido a ti en lugar de las vainas de las orquídeas.
Sus labios se separaron, llamando a sus ojos como un faro. Incapaz de resistirse, se inclinó una pulgada más cerca y trazó la suave línea con la punta de la lengua. Sintió la ráfaga de aire cuando se quedó sin aliento y cerró los dientes con delicadeza en su labio inferior, mordisqueando, pellizcando y tirando de la sensible piel.
—Nadie huele como tú, Luce —Murmuró, curvando las manos alrededor de su nuca—. Nadie más lo tiene, y nadie más podría. Tu olor de miel y vainilla, y cálida y sexy mujer.
Vio como sus ojos se suavizaban, sintió que la tensión se aflojaba de sus músculos hasta que sus brazos se descruzaron y su cuerpo se fundía con el suyo. Sus manos se cerraron sobre ella, firmes y posesivas, y respiró profundamente para tomar su esencia.
—Hueles serena y deliciosa y podría devorar hasta la última gota de ti y aún no estaría satisfecho —Lamió sus labios, despacio, lamiendo el sabor que atraía más de su esencia dentro de él y creando nudos de hambre salvaje en su estómago—. Hueles a mi compañera.
Se extendió para acercarla, pero el movimiento debió de sobresaltarla porque se escapó en el último segundo y puso la mesita de café entre ellos.
—De acuerdo, tal vez tengas razón —Dijo, mirándole con cautela—. Tal vez es el concepto de compañero para un hombre dragón lo que no entiendo, pero entiendo que esta Caza que vosotros glorificáis es una excusa para una violación, así que perdóname si decido llamar a esto un fracaso y suspender lo de esta noche.
¡Mierda! ¿Podía un dragón morir de frustración? Porque si no había ocurrido antes, Natsu estaba bastante seguro de que ocurriría en los próximos minutos si no le dejaba poner sus manos sobre ella. No importaba que sus manos, y varias otras partes, hubieran estado dentro y fuera de ella la mayor parte de las últimas doce horas. Todavía quería más, y no hacerlo se sentía como una tortura en su forma más pura. No podía mirar a Lucy sin quererla, y el dolor le hacía estar de mal humor.
—Como he dicho, realmente no tienes opción —Espetó—. Vas a ir a la Caza, y yo voy a cazarte, y cuando te joda cambiaré de nuevo a mi forma humana y volveré a follarte hasta que estés demasiado cansada como para atormentarme más. Entonces seremos declarados compañeros, y volveremos aquí para que pueda follarte un poco más. ¿Comprendes?
—No uses ese tono conmigo, Natsu Dragneel —Saltaban chispas de ira de sus normalmente apacibles ojos marrones y casi le prende fuego—. No recibo órdenes tuyas, no importa que ilusiones te hayas hecho, así que no creo que puedas decirme que puedo o no puedo hacer.
—¡Jesús, Lucy! —Bramó, su frustración haciendo eco en las paredes—. ¿Qué coño quieres que haga? ¿Cazar a otra persona? ¿Quieres que vaya al parque sin ti, que persiga a alguna dragona sin rostro y la folle en tu lugar? ¿Eso te haría feliz?
La acechó hasta quedar pie con pie y poder reflejarse estrecha y personalmente el uno en el otro. Aparentemente insatisfecha con la posición, Lucy trepó sobre la mesa, dejándola más o menos al nivel de sus ojos.
—¡No!... No, no me haría feliz, pero maldita sea, Natsu ¿Qué quieres de mí? Estoy fuera de mi entorno aquí, y puedo sentir absolutamente todo a mi alrededor girando completamente fuera de mi control. ¿Quieres que haga una pequeña celebración y me quite la ropa antes de entrar al parque? ¿Para poder hacer tu vida mucho más fácil? ¡Dame un respiro! ¡Tengo miedo!
Las palabras salieron de su boca como el corcho de una botella de champaña, y toda la efervescente bravuconería salió de ella como la pálida espuma. Pareció encogerse mientras la miraba hasta que una vez más se pareció a la mujer tímida y vulnerable que había recogido en el jardín de Gray. Envolvió los brazos a su alrededor y se acurrucó contra él.
—Oh, pequeña. Lo siento —Murmuró—. Sé que tienes miedo y lo siento. No tenía intención de hacerte infeliz. Te lo juro. Shh... Está bien. Te lo prometo, todo irá bien.
Se quedó rígida en sus brazos por dos segundos y medio antes de fundirse contra él como dulce y cremosa vainilla. Enroscó sus brazos alrededor de su cuello y se mantuvo cerca, escondiendo su rostro en su hombro y temblando.
—Tengo miedo —Repitió, su voz ahora un susurro suave y ahogado por la emoción, la mitad de la cual le pareció ira—. En doce horas has conseguido poner todo mi mundo al revés —Levantó la cabeza hasta que pudo ver su expresión, y la frustración y ansiedad de allí le causó que quisiera patearse su propio culo por trastornarla—. Ayer estaba enseñando a una habitación llena de niños de cinco años cómo atarse los zapatos, y hoy me dices que esta noche voy a tener que correr por mi virtud a través de Magnolia, perseguida por una manada de hombres dragón, uno de los cuales piensa que soy su compañera. Me siento como si me hubiesen aspirado a una realidad alternativa, y no puedo decidir si está basada en sueños o pesadillas.
Natsu se acercó y le metió un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Lo siento. Debí de haberme dado cuenta de lo mucho que te estaba empujando. No es justo para ti. Lo sé.
Le miró con esos grandes ojos marrones, sus exuberantes, completamente besables, temblorosos labios, y se maldijo de nuevo, porque por mucho que lamentara asustarla, no había mucho que pudiera hacer para que el miedo desapareciera. Tenía tan pocas alternativas con lo de la Caza como ella, y estaría maldito si la dejara por su posición en la manada. Ésas eran dos cosas con las que no podía vivir.
Le dio un ligero beso en la frente y le acarició la cabeza con la mano, masajeando su cuero cabelludo con la yema de los dedos.
—Shh... —La calmó, pasando ligeramente la otra mano en círculos suaves por su espalda—. Todo irá bien. Te lo prometo.
Levantó la cabeza y la echó para atrás, un total de tres o cuatro pulgadas que le permitía, para encontrar su mirada con el ceño fruncido.
—Maldita sea, ¿querrías dejar de ser todo perfecto por unos minutos?
Natsu parpadeó.
—¿Huh?
—Estás haciendo el ser caballero de brillante armadura una rutina, pero su efecto queda empañado por el hecho de que estás jurando sacarme de una situación en la que me has metido tú. Es como si robaras mi coche y luego te ofrecieras para ayudarme a presentar la reclamación del seguro.
La mujer podía cambiar sus estados de ánimo tan rápido, que lo tenía mareado, Natsu detectó que los primeros apretones de un dolor de cabeza se le estaban formando detrás de los ojos. Mierda. ¡Ella era la causa de su angustia mental! ¿Y ésta era su compañera?
—En primer lugar —Gruñó. Suspiró, respiró hondo y comenzó de nuevo en un tono más normal—. En primer lugar, yo no te he metido en esta situación...
—¿Sí? ¿Entonces cómo llamas a eso de la Caza de Compañera?
—...Porque no tengo más control en todo esto del que tú tienes —Continuó como si no le hubiera interrumpido. Sólo que más fuerte. Era más seguro que ceder a la tentación de sacudirla—. Yo no he convocado la Caza de Compañeras. Yo no empecé la tradición que dice que tengo que tener una compañera para ser el Alfa de mi propia jodida manada. Yo no me recogí en una fiesta, volteando mi mente, me invité a mi casa y luego traté de escapar a la mañana siguiente sin siquiera decir adiós y gracias por los múltiples orgasmos. Todo eso lo hiciste tú, Lucy. No yo.
Hizo una mueca como si hubiera comido algo agrio.
—Tú eres el que tenía que ir y ser un hombre dragón.
Soltó una corta carcajada.
—Sí, porque Dios sabe que lo hice para molestarte.
Se sonrojó con eso.
—Sabes que no es eso lo que quise decir. Simplemente haces que todo parezca jodidamente... complicado.
—Bienvenida a la vida real.
Esas palabras la cogieron con la boca abierta y los pulmones llenos, seguramente porque se estaba preparando para decir más. En cambio cerró la boca y se apartó de la mesa para acercarse a la ventana. No le gustaba que sintiera la necesidad de poner distancia entre ellos, pero no la presionó. No cuando tendría que empujarla tan lejos y tan duro por la noche.
Sin embargo, pudo escuchar su suspiro agotado por toda la habitación.
—Si tienes que follar con alguien esta noche, preferiría que fuera conmigo que con otra mujer, imagino —Dijo—. No es como si no quisiera olvidar que existe toda esta insana tradición vuestra, pero no me suena como una de las opciones.
Ella miró por encima de su hombro, y él buscó en su expresión por algo que le diera una idea de qué demonios hacer a continuación. Al final, se conformó con ser honesto.
—No lo es.
—Sí. Es más o menos lo que pensaba. —Se giró para volver a mirar por la ventana, lo que molestó a Natsu. Quería ver su rostro, y parecía que lo estuviera escondiendo de él—. Así que supongo que llegaré a ver una Caza de Compañera dragón en vivo y en directo. Incluso si acaba conmigo.
—No dejaré que nadie te haga daño.
Apenas pudo oír su respuesta, de lo bajito que habló.
—Lo sé.
