Melinda
Aún no sabía qué hacer, lo había pensado por un largo tiempo pero ninguna opción parecía viable. Claro, podía quedarse en casa y dejar que la guerra siguiese su curso, como había hecho hasta ese momento, sin involucrarse en un bando. No quería unirse a los suyos, sabía que había algunos que no eran crueles despiadados como la mayoría. Pero a fin de cuentas no deseaba la esclavización de la humanidad, el cual era el objetivo de los strigois.
Por obvias razones tampoco podía unirse a los lycaons, la destrozarían, o al menos lo intentarían, en cuanto tuvieran oportunidad. Y los humanos comunes le temían y la odiaban.
Suspiro y dejó caer sobre su pecho el libro que estaba leyendo frente a su chimenea. Ahora tenía tiempo de sobra, antes de la guerra trabajaba en una empresa durante la noche, tomando turnos nocturnos, a pesar de que no tenía realmente amigos, le gustaba sentirse parte del ambiente humano y trataba de buscar su lugar siempre. ¿Cuántos empleos había tenido ya durante su existencia? Había perdido la cuenta hacía tiempo.
Se levantó y caminó impaciente por la habitación. La noche recién había comenzado. La única opción viable era seguir un rumor: La hermandad sin estandartes, cuya ubicación era desconocida. Humanos, strigois y lycaons viviendo en un mismo lugar, en paz, ajenos a la guerra y defendiéndose entre ellos. Sonaba demasiado bueno para ser realidad, pero bien valdría la pena el intento de buscarla. Además no podía quedarse en casa sentada todo el día todos los días.
Partió esa misma noche, había luna llena, tomó una vieja mochila y depositó dentro unos cuantos libros, también unas prendas de ropa y objetos personales que deseaba tener cerca de ella, no necesitaba de mucho. Abrió su armario y tomó su sudadera con gorro favorita, era de color verde oscuro.
Salió de la casa y la miró, esperando poder volver algún día.
Se internó en el bosque sin hacer demasiado ruido, debido a la luna llena todo era prácticamente visible. Esperaba no tener que encontrarse con algún grupo de lycaons, no tenía deseos de pelear.
Encontrar a la hermandad no sería tarea fácil, pero al menos sabía dónde empezar: Blackwater Park, la ciudad más grande, y según sabía, impenetrable, habitada por humanos, no estaba tan lejos, para el amanecer ya estaría cerca, si avanzaba a una velocidad considerable, claro. Si había un lugar donde podría conseguir información, era ese.
Miró alrededor rápidamente y emprendió su carrera, si alguien hubiese estado cerca sólo hubiese visto una mancha de color verde desvanecerse en el aire. Mientras corría olfateaba el aire asegurándose de que estaba sola. En un punto pudo percibir el aroma de la niña a la cual había salvado la vida hace poco.
Recordó cuando había visto a la niña, por alguna extraña razón se había identificado con ella, le recordó a sí misma hace mucho tiempo.
Era una noche hermosa, después de unas horas de avanzar salió del bosque y se encontró con una zona totalmente de terracería, con algunas colinas deshabitadas, pasarla no representaría problema. La hermandad sin estandartes... se preguntaba muchas cosas, ¿estarían allí Desmond? ¿Greg? ¿Bety...? O estarían ellos entre las filas de strigois buscándola para terminar asuntos sin resolver.
Demasiadas cuestiones, pero primero a lo primero, debía pensar cómo lograr entrar a Blackwater Park, había escuchado que tanto strigois como lycaons habían logrado entrar, pero habían sido pocos, y siempre terminaban exterminados. No podía confiarse demasiado. Pensaba en esto cuando de repente el hambre la asaltó. Se detuvo en seco y miró alrededor, pero no había una sola criatura a la vista, olfateó en el aire y pudo percibir el inconfundible aroma de liebre no muy lejos de ella.
Vaya, lo último que había comido antes había sido conejo, y ahora liebre. Avanzó unos metros hacia un arbusto que crecía en medio de la nada. Se detuvo y miró hacia el suelo, con un movimiento rápido introdujo la mano en la tierra, cuando la sacó sujetaba firmemente a la liebre, que pataleaba desesperada.
-Lo siento –dijo Melinda.
Fue rápida, el animal sintió la mordida, y luego todo se acabó.
Satisfecha reanudó su camino. Después de avanzar por horas se detuvo y miró su reloj, marcaba las cuatro de la mañana con trece minutos. Revisó un mapa que llevaba en la mochila, se ubicó y miró hacia el norte. No muy lejos de allí, pasando las colinas, podía distinguirse el resplandor característico de las grandes ciudades. Esbozó una sonrisa para sus adentros y reanudó su carrera hacia el lugar.
Finalmente, cuando su reloj marcaba las cinco y treinta de la mañana, y el cielo poco a poco se tornaba azul llegó a lo alto de una colina y se detuvo unos momentos para admirar la situación: A los pies de esta sea hallaba la majestuosa y enorme Blackwater Park, estaba rodeada por muros gruesos y altos de concreto en su mayoría, algunos otros hechos de metal, debió de invertirse una buena cantidad de tiempo para rodear toda la ciudad con semejante estructura, fuera de las murallas había una intensa vegetación de tipo bosque tropical.
Se sentó y observó un poco mejor la situación, en lo alto de las murallas podían verse pequeños puntos en movimiento, que muy seguramente eran personas, también se veían grandes faros recorriendo las cercanías de las murallas, era como una gigantesca prisión. Las carreteras que otrora entraban a la ciudad habían sido todas cortadas por la muralla, a excepción de dos, en las cuales había dos grandes portones de metal donde seguramente la seguridad era aún mayor.
Lo más seguro es que tenían sensores térmicos, con los cuales podían distinguir el espectro de los strigois, el cual estaba por debajo de un humano normal, y el de los lycaons, quienes parecían siempre estar con la sangre hirviendo.
Aún así no era una medida cien por ciento segura, debían de tener más maneras de detectar a los no humanos. Eso sin mencionar que muy seguramente había centinelas fuera de los muros patrullando constantemente, y que seguramente uno de ellos la estaba observando en ese mismo momento.
Lo primero que se le ocurrió fue escalar y saltar el muro empleando su toda su velocidad, los humanos ni siquiera se darían cuenta de que pasó junto a ellos. Pero nadie le aseguraba que no la esperaba alguna barrera, algún campo magnético que la detendría en cuando intentara atravesarlo.
Tenía aún unos sesenta minutos antes de que se dejasen asomar los primeros rayos de luz, debía pensar en un buen plan o el sol le daría con todo y la haría sentir enferma, y no quería eso.
Entonces la idea llegó a su cabeza como un flechazo, sonrió ampliamente y cruzó los brazos sobre su pecho, silbó la melodía de una canción que había escuchado cuando la guitarra eléctrica daba sus primeros pasos. Y esperó, confiada en que todo daría resultado.
