Capítulo 10

Emma tenía varios problemas encadenados unos detrás del otro, relacionados entre sí y existiendo porque existían los demás. Trastornos alimenticios; trastornos sexuales; trastorno obsesivo-compulsivo y misofobia; tendencias masoquistas; falta de autoestima; y problemas amorosos. Todo junto formaba depresión.

Si ella no quería comer, no tenía porqué. Todo lo que su cuerpo necesitaba entraba dentro de un batido que podía beber en treinta segundos. Proteínas, minerales y vitaminas. Se había olvidado de lo que significaba masticar. Los síntomas de anemia la dejaron de lado, o ella a ellos.

No hay nada mejor para aliviar el dolor del sexo que volver al celibato. Aquella zona de su cuerpo se volvió de nuevo exclusiva sólo para ella y la ignoraba todo el tiempo hasta que sus necesidades fisiológicas le pedían expulsar toxinas. Había vivido toda su vida apartada de los hombres, siendo ella con ella misma, sin más roce que el accidental. Podía volver a aquella época. No tenía nada de malo ser una virgen.

Quería volver a lo que hacía antes, y desde los ocho años solamente había sido limpiar. Era lo que mejor sabía hacer. En lo único que se sentía segura. Frotar hasta que la superficie brillara y las fosas nasales se resintieran por el olor a productos químicos. Así que comenzó a fregar aquella multitud trofeos que gobernaban cada rincón del apartamento. Y cuando no podía más, se quedaba dormida en el sofá de la esquina hasta que volvía a amanecer.

¿Qué hay peor para el cuerpo que todas esas sustancias artificiales atontándote el cerebro y quemándote las manos a través de los guantes? El limpiametales se adhería a sus pupilas como si fueran uno.

Lo único que no podía soportar era su reflejo en el trabajo bien hecho. La solución fue hacerlo desaparecer. Las ropas a las que estaba acostumbrada, las pocas que guardó en la maleta, terminaron en algún lugar que ignoraba y que no le era cercano. Fueron sustituidas por otras que no recordaba cuando fue la última vez que las usó. La ropa deportiva le permitía estar sentada en el suelo cómodamente mientras trabajaba. Los vaqueros y las camisetas para salir a la calle. Sin complementos y sin maquillaje. El tinte moreno terminó de borrarle la identidad que compartía con el DNI y la persona que le había prestado un techo y la llamaba de todo menos Emma.

Con aquello, ya no tenía tiempo para escuchar los quejidos resentidos de su corazón. El móvil sin batería oculto en un cajón impedía que fuese localizada por nadie, tal y como quería.


Le dijeron que el verano se había acabado. Significaba, que su nueva y perfecta rutina también lo hacía. Debía volver a la sociedad y el mundo del dolor que era exactamente por lo que había trabajado tan duro para evitarlo. Estaba bien ella con ella misma. Estaba bien sin pensar. No había nada mejor que vivir sin vivir.

Pero allí estaba de nuevo otro año que no era igual a los demás. Incluso el camino al otro lado de la ventanilla era diferente. Apenas reconocía los muros donde había pasado tantos días.

Miraba sus pies caminar por el asfalto del aparcamiento, subir los escalones y dirigirse a su despacho por el camino más corto con pasos perdidos y extraños.

La habitación con olor a cerrado la agobió. Si tenía que pasar allí ocho horas al día, necesitaba que fuese habitable y nadie lo haría mejor que ella. Tenía todo lo necesario justo ahí y no dudó en utilizarlo.

Le tomó dos días tener el cuarto a su gusto. Nadie la molestó. No había estudiantes que atender. Había olvidado que la hora de la comida existía. No se encontró a nadie y nadie se encontró con ella.

Entonces, unas huellas ensuciaron su recién limpiado cristal de la puerta tras el cuál podía verle perfectamente.

Apartó la mirada y dejó de frotar. No había nada que pudiese hacer para evitar que entrase. Aunque no le invitó, él empujó la puerta y esperó frente a ella en silencio.

No había pensado en las miradas que caerían sobre ella al encontrarse con viejos conocidos. Ella también había cambiado a los ojos de los demás. Sus ropas informales y su pelo oscuro sobre su piel clara. Si no hubiesen permanecido sus ojos, habría sido otra persona y no Emma. Pero era imposible arrancárselos y poner otros.

Seguía sintiendo cómo la observaba perplejo, su boca seguía siendo tan muda como cuando entró.

-¿Qué necesitas? –sus cuerdas vocales llevaban demasiado tiempo descansando y su voz salió ronca y débil. No había tenido necesidad de decir palabras. La última que pronunció había sido su nombre.

Dos compañeros de trabajo compartiendo favores. Los expedientes de los alumnos debían empezar a salir fuera de los cajones.

Pero no era eso a lo que él vino. Tampoco encontró lo que buscaba.

-Tu pelo.

Su pelo estaba perfectamente como estaba. No esperaba su aprobación ni la pedía. No le importaba si tampoco lo aceptaba. Si ahora caía más allá de sus hombros era únicamente asunto suyo. No pensaba responder más preguntas sobre su aspecto, y le echó creyendo que a eso había venido. Pero él se negó y continuó mirándola. Las necesidades de volver a verla, comprobar que estaba bien y explicarse por la última vez habían desaparecido. Sus llamadas sin contestar y la repentina desaparición le había hecho plantearse que algo no estaba bien con ella. Ahora lo sabía y además le molestaba. Esa no era la Emma que conocía.

Las relaciones donde sólo hay sexo no terminan funcionando. Ella sabía que las que no tenían tampoco. Por eso volver a intentarlo no había servido para nada. Terri volvió a Miami tras sus vacaciones y él a las partituras y la enseñanza.

La fría mirada de Emma se clavaba sobre como él tal y como las agujas lo hacían en su corazón. Cuantas más cosas le contara, más difícil sería olvidar.

Por mucho que siguiese frotando las esquinas de la habitación, lo que ella quería sacar de allí no desaparecía con agua y amoníaco. Era más profundo. Estaba grabado en cada resquicio con el fuego de la memoria.


La multitud regresó al McKinley junto con una ola de cuchicheos y narices pegadas a sus cristaleras. Hizo lo mejor que supo para ignorar nada que no estuviese entre aquellas cuatro paredes de las que evitaba salir. Sólo pensaba en volver a su refugio de limpia metales y trofeos apilados juntos los que se quedaría dormida cuando el sueño la venciera.

Podía pasarse días enteros sin relacionarse con nadie. No tenía nada que decir ni que contar. Simplemente esperaba a ver los días pasar por su ventana uno tras otro. No le importó que nadie se preocupase por ella una semana después de principio de curso cuando se habituaron a la nueva orientadora. No les necesitaba. Pero él insistía en venir sin importarle sus rechazos. Entraba, se sentaba, hablaba y se iba. A veces no esperaba a que ella le diese su opinión. Otras, murmuraba algunas frases que no decían mucho. Su empatía se había esfumado. Sus continuas ayudas vacías y panfletos equivocados llegaron a los oídos del director.

Ocupando lugar en el despacho de Figgins, asentía a todo lo que le decía. No estaba trabajando como siempre. Su rendimiento dejaba mucho que desear y debía corregirlo para el próximo trimestre.

Una falsa promesa escapó de sus labios. No podía seguir ejerciendo su trabajo en condiciones. Había perdido su pasión. No podía ayudar a otros cuando era incapaz de mantenerse a flote.

-¿Qué quería Figgins? –la voz a su espalda la sobresaltó. No había escuchado pasos aparte de los suyos recorriendo el suelo del pasillo.

Con sólo ver el rostro de Will, se era consciente de que estaba de acuerdo con su superior. No quería hablar de eso y él la acusó de no querer nunca hablar de nada. Era cierto.

Todo era tan fácil como asentir y seguirle. Dejar que la cuidase y la llevase de nuevo por el buen camino.

Tan lejos y tan cerca.

Continuaba caminado por su desierto de hielo, solitaria y con frío.

Will quería que desayunasen en la sala de profesores juntos como antes. Siempre había sido su hora favorita y ahora para ella ni existía.

-No como –rechazó su propuesta utilizando su excusa con naturalidad.

Entonces, la mano de Will rodeó su muñeca como había hecho varias veces antes, de forma que la hacía estremecer.

Ella era una persona, y las personas se alimentaban. Lo harían juntos más tarde. Y como no quiso, se presentó en su despacho con el almuerzo.

Emma no tenía nada que llevarse a la boca. Un batido por la mañana y otro al llegar a casa. Todavía faltaban varias horas para el segundo.

Pero él insistía, queriéndola hacer comer la mitad de su emparedado.

Enfadada, lo cogió y lo mordió sosteniéndole la mirada. Ahora tendría que estar contento. Hacía lo que él quería. En cambio, no apareció en su rostro ningún atisbo de sonrisa.

Mientras, los sabores se fundían en su boca, mezclándose y deshaciéndose. Sus muelas masticaron de nuevo disfrutando de volver a ser activas y útiles. Era extraño sentir el bolo alimenticio recorrerle el esófago hacia su estómago donde le perdía la pista. Otro recuerdo más que florecía, trayendo multitud de compañeros de la mano.

El sándwich resbaló de su mano y terminaba de caer en el momento que ella abandonaba su asiento y su despacho en busca de un lugar solitario.

Por primera vez, después de tres meses, lloró.


Estaba demasiado preocupada por los sentimientos que florecían en ella de nuevo como para notar el golpe contra otro ser viviente antes de encerrarse en el baño del fondo. No era exactamente la comida en su boca lo que la asqueaba, si no todo lo que su sabor le revivía. Tantos almuerzos, tantas risas y tanta normalidad. Una vida donde no tenía que preocuparse por si se caía inconsciente en la siguiente esquina. Antes, su rostro sabía cómo dibujar una sonrisa sincera y las mariposas que habitaban en su estómago se retorcían cada vez que Will Shuester cruzaba una mirada con ella.

Pero esa época había acabado tiempo atrás y aunque se había negado a reconocerla como suya, su cuerpo la obligaba.

Ella no tenía porque pasar por eso. Quería volver a su sofá, beber uno de esos potingues y esconderse tras el metal brillante lo que le restaba de vida. Era lo que su cabeza había razonado como más lógico. Si se aislaba nada podría tocarla. Entonces, ¿por qué no lo hacía? Nunca fue valiente para tomar decisiones que no eran las que se esperaban de ella. Venía a trabajar porque era lo que su contrato le decía que hiciese. Pero los contratos se pueden acabar.

Las arcadas subieron por su garganta como un río ardiente.

Odiaba aquello, no quería hacerlo. Pero lo necesitaba más que nada.

Sus nudillos blancos la sostenían para mantenerse de pie en el suelo mientras su estómago se vaciaba con brío. Podía sentir aquel desagradable sudor frío bajo su ropa, obligándola a sentirse sucia dentro y fuera.

Jadeó limpiándose la boca con un trozo de papel higiénico.

No podía ser. Lo que deseaba echar seguía dentro. El dolor la aspiraba y atormentaba como una bola pesada en su vientre. Había otra cosa más que continuaba aferrada a todo su tubo digestivo y que además jugaba a circular por sus venas de forma que alcanzaba cada parte de su cuerpo.

Introdujo los dedos hasta lo más profundo de su garganta, allá donde la campanilla. Su ración de batidos luchó por ver quién llegaba antes al exterior.

Se forzó, una y otra vez, tratando de expulsar su amor por Will de una manera imposible. Él y sus estúpidas sonrisas en sus ojos. Él y su estúpida voz en sus oídos. Él y su estúpido tacto en su piel. Él y su estúpido olor a hombre. Él y su estúpido sabor a sueños en sus labios. Él y sus estúpidas preocupaciones. Sólo bastaba con arrancarse los sentidos para dejar de pensar en él, pero aún así, temía no poder dejar de quererle con el resto de células de su cuerpo maltrecho.

Su puño golpeó con la escasa fuerza que le quedaba a su pierna. La herida que se abrió cuando quiso que estuvieran juntos por primera vez se había cerrado dejando tan sólo una cicatriz como recuerdo.

Repitió con más energía mientras el resto de su cuerpo se deslizaba por la pared, agotado.

Lo necesitaba. La sangre brotando de sus venas y huyendo libre y carente de responsabilidades. Aunque fuera solo un poco...

Apoyó la cabeza contra la madera y con los ojos cerrados, se mordió los labios hasta por fin sentir el líquido espeso enjuagarle la boca.

Al otro lado de la puerta cerrada, Rachel Berry era testigo de todo lo que sucedida dentro de aquel cuartito de un metro por dos metros.


Ya no quería volver a ver a Will, pero era difícil esquivarle cuando no hacía más que acosarla. Se sentía controlada todo el tiempo. Trece pares de ojos hacían turno para vigilarla todo lo que era posible. Sus ocasionales intentos de sorprenderles fueron inútiles. Eran más listos que ella y eran más.

No quería gente en sus asuntos.


La Navidad se acercaba. Los exámenes agobiaban a los alumnos, el frío helaba los huesos por la calefacción inútil de las aulas. Había pañuelos, estornudos y microbios reinando los pasillos del McKinley. Todo el mundo parecía querer ser feliz durante aquellos días marcados en el calendario. Pero el espíritu navideño no llamó a su puerta ese año.

El ruido en el interior de las clases se filtraba a través de las puertas mientras Emma recorría el corredor. Sus zapatillas hacían ruido sordo sobre el mármol del suelo.

Entregó su dimisión a su superior y dio un par de vagas explicaciones. La firma del director se dibujó junto a la suya aceptando la pérdida de un miembro del equipo docente. Se negó a la baja. Ella no quería un descanso para volver en tres meses, quería desaparecer.

El día de final de trimestre sería su último en aquel lugar. Era el favorito de todos. Sin exámenes, era un día libre. Villancicos, risas, felicitaciones y regalos pasaban de mano en mano.

Obligada a estar sentada junto a él en el auditorio, esperaba que los chicos salieran al escenario.

Las canciones del día habían llegado también hasta sus oídos. No tenía la necesidad de volver a escucharlas en exclusiva, pero Will no la dejó levantar.

Le devolvía rudas palabras sobre rudas palabras. Pero ni siquiera así la hacía volver a su tono dulce de antes. Aunque lo ignorase, le estaba haciendo un favor amargándole sus últimos días. Es más difícil volver a un sitio cuando tus últimos recuerdos no son buenos.

La música empezó a inundar la sala con sus melodías. Ante sus ojos, los chicos se movían, ocupando sitios, bailando. Su cerebro desconectado no era consciente de la trabajada coreografía. Pero estaba lo suficientemente despierta para darse cuenta de que aquello no era un villancico.

Tan sólo tuvo que mirar a la derecha para verle estudiando sus facciones. No hubo nada que analizar cuando Emma desapareció por la puerta dejando la estrofa en el aire, sin saber lo fucking perfect que era.


Sus pasos la perseguían por el aparcamiento. El frío le golpeaba las mejillas y le agrietaba los labios. Sus manos habían perdido la sensibilidad.

La puerta del maletero chirriaba cuando se abrió. Empujó la caja de sus pertenencias al fondo, bien cerrada. Ya no le volvería a hacer falta durante un largo tiempo. Al menos iría acompañada de un par de mantas, la misma maleta con la que había dejado su casa tres meses y medio atrás y un par de trastos más. También tenía algunos batidos hechos a espaldas de su anfitriona. Todo lo que necesitaba cabía en aquel maletero, a excepción de su bolso que viajaría de copiloto.

Para entonces, las pisadas se habían parado a su lado. Habiéndola seguido para una cosa, ahora exigían respuestas a diferentes preguntas.

Su ida le tomaba por sorpresa. No le había contado a nadie que se iba, ni siquiera a la entrenadora. Había dejado el llavero con su nombre, "Zanahoria", en la mesa de su despacho mientras no estaba. Bajo ellas, una nota con un "Gracias" y su firma.

El miedo a que le impidiesen marchase le había aconsejado mantener el secreto. Will no debería haberla seguido. Él no lo entendía. No la entendía. Ella tampoco se explicaba. Eran causas perdidas. Estaba decidido.

No se dejó embadurnar por sus tiernas palabras. Le pidió que volviese a ver la actuación. Todos habían trabajado mucho por ella.

Sus manos no acertaban a encontrar el tirador de la puerta, pero las de Will si supieron llegar hasta su cintura y pegarla al auto. Un beso la hizo quedarse la primera vez, pero no la segunda.

Con sus labios aún presionando contra los suyos, su respiración empezó a acelerarse. No entendía por qué él siempre insistía en hacerlo todo más difícil de lo que ya era.

Le apartó bruscamente con una mirada de odio.

-No te necesito –le aseguró montándose por fin en el asiento de conductor y arrancando el motor.

Evitó volver a mirarle, ni siquiera a escondidas por el espejo retrovisor antes de torcer la esquina y perderle de vista para siempre.

Las lágrimas ya habían empezado a resbalar por su rostro, empañando la carretera.

I don't know if I can yell any louder
How many time I've kicked you outta here?
Or said something insulting?

Sus dedos habían buscando consuelo encendiendo la radio.

I always say how I don't need you
But it's always gonna come right back to this
Please, don't leave me...

Y la música también se volvió contra ella. Aquellas eras las palabras ahogadas en su garganta que le gritaba a Will cada vez que se acercaba.

Una última estrofa escapó por los altavoces antes de que golpeara el aparto haciéndolo callar.

El coche se echó a un lado. Con el motor aún vibrando, dejó la cabeza caer sobre el volante para desahogarse.

I forgot to say out loud how beautiful you really are to me
I can't be without, you're my perfect little punching bag
And I need you, I'm sorry