There are plenty of ways that you can hurt a man

and bring him to the ground

You can beat him, you can cheat him

You can treat him bad and leave him when he's down


Parte Dos: Another One Bites the Dust

Mila era su prima favorita.

Claro, vivía con ella en Moscú, por lo que debía serlo luego de convivir tanto tiempo juntos. Fue testigo de la forma en que sus ojos adquirieron un brillo esplendoroso una vez que regresó de un viaje a Estados Unidos clamando haber encontrado al hombre más maravilloso de la tierra.

Víctor se había burlado, diciendo que el hombre más maravilloso de la tierra vivía con ella y ella terminó empujándolo con el pie, fuera de la cama. Fue en ese momento que Víctor supo que su prima estaba perdida.

Y cuando conoció al tipo en cuestión, lo entendió.

Phichit era agradable, se relacionaba con facilidad, tenía sonrisa fácil y era muy carismático y extrovertido. Aunque tenía una idea por todo lo que Mila contaba, no fue hasta que el muchacho se mudó ahí que lo descubrió. Si no hubiese sido un tanto grosero lo habría sabido antes y con seguridad también habría conocido la personalidad del amigo que había acompañado a Phichit a Rusia y después se había marchado solo de regreso a Estados Unidos.

Pero se había sentido un poco celoso de tener que compartir la atención de su confidente y mejor amiga, sabía que no era una excusa válida, pero después de todo nunca se había caracterizado por ser alguien que pudiera ser falso. Él siempre era sincero, con lo que sentía y quería y no podía simplemente callarse su malestar, si había sido inintencionadamente cruel, podría disculparse. A veces, sabía, se excedía con sus palabras. Pero eso tenía que ver con su actitud caprichosa para con las personas que quería.

Al final, y sabiendo que la felicidad de su prima era lo más importante, se prometió ser más amable. Con Phichit había logrado cierto entendimiento y llegó a considerarlo parte de su círculo cercano. Se lamentó que con el amigo de éste no hubiese sido así.

El asunto quedó relegado en su mente y luego de que Phichit asegurara que no había rencor entre ellos, Víctor terminó olvidando el asunto.

Su vida continuó, trayéndole éxito profesional, escalando vertiginosamente en la empresa que lo había reclutado y que tenía presencia internacional y tras varios años, unos cuantos ascensos, el último de ellos y por el cual había obtenido poco más de dos semanas de vacaciones lo envíaba lejos del continente, a la sede con más presencia del consorcio.

Mudarse de pronto al otro lado del océano parecía algo tan radical que tardó un par de días en decidir, pero luego de ver la felicidad de Mila y Phichit, la forma en que ambos se habían arriesgado, decidió que era su turno de aventurarse y terminó aceptando.

La boda, además de ser un evento maravilloso para su querida Mila, serviría también para despedirse de su familia. Su mejor amigo Chris también estaba ahí y su querido primo Yuri terminó por cerrar el círculo de las personas a las que más quería Víctor y a quienes quería contarles de su próxima partida, claro, contando también a sus adorados padres adoptivos.

Todo sería sencillo, comenzaría una nueva etapa en su vida, aprendería y disfrutaría tanto como pudiera y mientras cada cosa parecía tomar el lugar que le correspondía… él llegó.

Ver de nuevo aquella mirada fiera que le lanzó cuando se toparon en el aeropuerto le hizo recordar el incidente de unos cuantos años atrás. La expresión dolida y la disculpa que no pudo llegar a formular. Pero el rostro amable y las sonrisas que formó mientras miraba el paisaje cuando se dirigían al lugar en el que se llevaría a cabo la boda le hicieron darse cuenta que más allá del chico simplón y regordete que recordaba había un joven atractivo que parecía esconderse bajo montañas de ropa abrigadora, uno que merecía que se tragara la vergüenza que sentía y tuvieran un nuevo comienzo.

Uno que le mostrara que Víctor ya no era un malcriado consentido… o que por lo menos descubriera que lo era sin intención de ser malo.

Pero Yuuri… ah… Yuuri había demostrado ser una pequeña fierecilla que no encajaba en nada de lo que Victor hubiera conocido antes. No tenía la pasión arrolladora de su querido primo, ni el pícaro encanto de su mejor amigo, si siquiera desbordaba alegría y entusiasmo como Mila y Phichit y sin embargo, algo tenía que hacía imposible que sus ojos siguieran cada paso que daba.

Era taciturno. Parecía perderse en sus sentimientos, pero era amable de cierta manera, sólo un poco inseguro, desafortunadamente todo se intensificaba por el claro contraste de las personalidades de hombres crecidos en la fría Rusia.

Verlo interactuar con su pequeño Yura hizo crecer la idea de que el pequeño americano era más de lo que se podía apreciar a primera vista. Y aunque toda esa interacción le abrió un poco más los ojos, no evitó que sintiera celos incipientes y aprovechando toda la situación, él, junto con Chris y otros de sus parientes se dedicaron a aterrorizar un poquito a Yura.

Y cuando las duras palabras de Chris, haciéndole ver el claro odio que el joven pelinegro derrochaba cada que lo miraba, aquel maravilloso momento, cuando ambos terminaron en el suelo, le demostró que no le era indiferente a Yuuri, que no lo odiaba tanto como parecía demostrar y que su rostro sonrojado, con los labios entreabiertos era algo que Victor quería definitivamente admirar con más frecuencia.

El acabose llegó de la mano de un par de descaradas palabras.

Sintió un nudo formarse en su estómago, el aire abandonó sus pulmones y escapó entre sus labios con un suspiro que más bien había parecido un gemido y antes de que pudiera abrazar al joven y acceder a sus deseos, aceptando la implícita promesa en su mirada, Phichit, deshaciéndose en disculpas se llevó a un balbuceante Yuuri, mientras parecían recordar unas cuantas anécdotas entre risas de un hombre acostumbrado a lidiar con un borracho problemático.

"Se vuelve un poco desinhibido."

"Una vez se desnudó y corrió directo a la nieve."

Y un par más de graciosas anécdotas que Phichit contaba entre risas a Mila quien reía ante la desconocida faceta del serio Yuuri. Yura hacía bastante rato estaba dormida apoyado en la mesa, mientras su abuelo se reía de lo débiles que eran los jóvenes en esos días.

Victor entendió y sintió un poco de pena por los dos jóvenes, pues sabía que el abuelo Plisetsky disfrutaba de probar la resistencia de cualquiera que cayera en sus manos. Fue una pena, aunque no le sorprendió si debía ser sincero, que Yuuri no recordara nada al día siguiente. Y pensó mucho en ello. Se mantuvo alejado, pero mirándolo de reojo, notando lo buen amigo que era, lo mucho que se alegraba sinceramente por Mila, y lo bien que había congeniado con Yuri. Ambos eran bailarines excepcionales después de todo… y esa última noche, cuando los escuchó hablar, tan ensimismados en la propia burbuja que habían creado para ellos, deseó ser él quien hubiese logrado ese acercamiento con el americano.

Y reconocía que quizá no habían comenzado de la mejor manera, pero eso se encargaría de arreglarlo el siguiente día… pero no pudo hacerlo, entre el ajetreo de la fiesta y la repentina partida de Yuuri, Victor sólo corrió lo más rápido que sus piernas le permitieron, luego de que su pequeño primo le informara que el moreno se había marchado ya.

Cortó camino por las propiedades de sus parientes hasta salir a la calle, en donde los taxis solían recoger a las personas, una calle un poco más transitada y en mejores condiciones que aquellos pequeños caminos que se perdían entre las propiedades. Se apoyó en la pared. aspirando profundo, tratando de normalizar su respiración.

Fue cuando lo escuchó, el ruido de las ruedas de aquella ridícula maleta girando por el pavimento le hizo sonreír al darse cuenta que había logrado adelantarlo.

—No dijiste adiós.

Victor no había pensado siquiera en que decir, y aquellas palabras salieron por si solas, habría preferido que no salieran con ese tono un tanto molesto, sobre todo cuando el ruido del motor de un vehículo se escuchaba cada vez más cerca.

Quería extender su mano, presentarse de nuevo, abrazarlo era una mejor opción, pero la mirada de Yuuri, como aquel que mira con desconfianza algo -alguien- lo congeló en su sitio.

—Lo siento… —había musitado Yuuri y Víctor deseó estrecharlo más que nunca… tan ensimismado en aquel deseo como estaba, no pudo hacer nada cuando Yuuri pasó a un lado de él.

—No es el mejor momento para mí, Yuuri —comenzó, molesto. No podía retenerlo en ese momento, no era tan egoísta como para hacerle eso. Tampoco podía seguirlo, su inminente partida a Estados Unidos le daba al menos la esperanza de encontrarlo en un futuro.—. Pero no lo olvidaré, será mejor que te acuerdes pronto.

Después de todo, Yuuri le había ofrecido huir juntos, y aunque Yuuri pareciera haberlo olvidado, su ofrecimiento era tan inocente y lleno de verdadero anhelo, que Víctor sabía que había sido sincero y aunque en ese momento se hubiese marchado, lo buscaría, una vez todo se estabilizara con su nuevo empleo.

—¿Cuantas horas de vuelo son a América? —escuchó la voz de su primo Yuri hablando con Phichit y Mila.

—Muchísimas menos que a Japón.

—¿Japón?

—Sí, Yuuri va a Japón. Es japonés, ¿no te conté?

—¡No! Creí que era de Estados Unidos, no se le nota el acento…

La conversación siguió, entre risas y comentarios de Mila y Phichit que Víctor no se quedó a escuchar.

Yuuri se iba a Japón. No a América como había creído. No estarían en el mismo país, ni siquiera el mismo continente… creyó que tendría todo el tiempo del mundo para encontrarlo pero tarde se había dado cuenta que no debió de haber dejado que se subiera a ese taxi.

Lo había perdido.