Hetalia no me pertenece, este es de su respectivo creador.


Las cosas nunca salen como uno lo espera. De haber sido así, Francine habría estado en un taxi enviado por su padre con el propósito de llevarla a donde el vivía y no en el asiento trasero de un bonito Mercedes siendo conducido por un hombre de bigotito y acompañado de la mujer más amable del mundo.

La calidez de su futura madrastra de alguna manera la había golpeado y paralizado como si se hubiese tratado de un electrochoque. Apenas había salido del check point del aeropuerto cuando vio al dúo sosteniendo un cartel blanco con su nombre escrito en el. Isabel esbozo una radiante sonrisa en cuanto la reconoció. Le dio un cálido abrazo, se presentó y le pregunto si tenía frío. A Fran no le había dado tiempo de contestar cuando sintió que le ponían un suéter azul marino sobre los hombros.

A la española le brillaban los ojos.

—¿Tienes hambre?.—Le había preguntado la mujer al momento de poner un sándwich en su mano.—Espero que te guste y si no es de tu agrado podemos cocinar lo que tú quieras.

Fran esbozo una tímida sonrisa.

El hombre pequeño con un gran mostacho le habría agarrado el equipaje y lo llevó hasta donde estaba el Mercedes. Y allí también habrían de llevar a Francine.

La apariencia de aquella mujer le sorprendió en demasía. Cabello castaño, hermosos ojos verdes. Un cuerpo espectacular y una calidez que solo se compraba con el trato que le ofrecía Jaime.

Las cosas estaban marchando muy bien, tanto que pensó que eso no era una buena señal.

Llegaron al hotel donde tendrían lugar los festejos. Ubicado frente a las costas, la brisa marina nocturna y el ir y venir de la olas la distrajo de los malos pensamientos. Isabel la registro e incluso la llevo personalmente hasta la habitación que ocuparía. Se despidió deseándole buenas noches y dándole un beso en la mejilla.

No vio a su padre en ningún momento. Intuyo que por la hora lo más probable es que estuviera dormido.

A decir verdad, a Fran aquello no le importaba. Con algo de suerte ya tendría la oportunidad de verlo por la mañana.

Se fue a dormir pensando en ello.

La luz del sol filtrándose por la ventana fue lo que la despertó. Minutos después llamaron a su puerta.

La chica se desperezó y corrió a abrir.

—Perdona si te he despertado.—Isabel se veía radiante y feliz.— Solo quería comentarte que estaremos desayunado en el salón número dos en unos veinte minutos.

—Entiendo, bajaré en un momento.

La castaña se quedo pensativa. Le tomó una mano y la estrechó entre las suyas.

—También...— Dudó por unos instantes y prosiguió.— Si necesitas algo no dudes en pedírmelo. ¿De acuerdo?

—Claro.—Fran respondió. Comenzó a sentirse un tanto abrumada.

La mujer lo percibió.

—Bien.—Isabel asintió y se fue.

Fran cerró la puerta del cuarto y procedió a bañarse. Lavo sus dientes después de ello y se puso la mejor ropa que tenía. Un pantalón de mezclilla, una blusa de amarillo canario y unos zapatos bajos del mismo color.

Bajo al salón esperando encontrar unos cuantos comensales sentados frente a simples mesas de centro. Volvía a estar equivocada.

Fue como entrar a otro maldito mundo. Uno con personas agraciadas, de cuerpo perfecto y modales excelentes. Uno donde por ley todo debía de ser hermoso. No había allí cosa que no fuera de acuerdo con la moda. Sintió vergüenza de sus vaqueros desteñidos de segunda mano y la blusa amarilla que estaba deshilachandose. La gente de allí reía y hablaba sin parar. Hacia tanto que no escuchaba su lengua materna como un ruido de fondo. Caminó entre los presentes buscando a su padre y lo encontró después de unos minutos.

Sentado en la mesa principal junto a su futura esposa, el hombre conversaba animadamente con algunas personas. Isabel la divisó entre la multitud y empezó a hacerle señas con la mano en un intento por acercar a su casi hijastra.

A Francine le empezaron a sudar las manos en cuanto comenzó a caminar hacia aquella mesa. Las limpio reiteradamente con la tela de la blusa. Cuando estuvo frente a ellos, Francis aún seguía hablando con un hombre increíblemente bronceado.

Père.

A partir de allí, Francine sintió que la rabia se le subía a la cabeza y de allí bajaba a su corazón.

—Oh mon amour.— El frances interrumpió su charla al tiempo que se levantaba de la mesa circular, dio un rodeo y abrazó a su hija.— Ha pasado tanto tiempo. Mira que grande estas. Todo una Femme. Estás tan hermosa...

Oui.— Francine envolvió a su padre con sus brazos, tan solo esperando el momento de sacárselo de encima.

—Está es mi hija Francine.—Se dirigió al grupo de personas que desayunaba con el.— A que es divina ¿no es así?

Las sonrisas burlonas mal disimuladas se hicieron presentes. Una joven la vio de arriba a abajo con total aversión. Como si fuese un plato de comida echada a perder que debiera ser arrojado a la basura de inmediato.

La española intervino.

—Bueno cariño, deja que se siente, debe de tener hambre.—Isabel se había levantado y con suavidad tomó una de las manos de la francesa. La sentó a un lado suyo y pido a un camarero un plato con comida.

Su padre había vuelto a la charla grupal que no la incluía a ella. De no ser por Isa probablemente no hubiese aguantado todas las miradas.

Francine era un pollito que acababa de ser arrojado a un nido de víboras.

En cuanto el desayuno termino Fran prácticamente había corrido a su habitación. Luego de cerrar la puerta rompió a llorar.

En el instante en que vio a su padre luego de tantos años, había caído en la cuenta del gran abandono en el la sumió. Aquel hombre vestido con una playera tipo polo, bermudas y un tratamiento dental impecable era el que solo le enviaba postales, cartas que siempre decían lo mismo y un regalo por demás genérico cada que era su cumpleaños. El mismo que la había dejado en manos de una mujer a la que le interesaba más el esposo que su propia hija mientras que el se daba la gran vida viajando y centrándose por completo en su propio universo. El la había dejado en las garras de Scott. La habría dejado completamente sola.

Comenzaba a arrepentirse de haber emprendido aquel viaje.

Escucho toquidos en su puerta. Limpio sus lágrimas, se tranquilizó y la abrió. De nuevo era su futura madrastra.

La mujer se veía un poco animada.

—Francine, ¿quieres venir conmigo? Iremos a dar una vuelta, solo nosotras dos. ¿Que te parece?

La chica lo meditó. No ganaba nada amargándose y encerrándose en la habitación. Asintió y siguió a la castaña. Veinticinco minutos después se encontraban en una plaza comercial.

La mayor la llevo a varias tiendas de ropa, eligió algunas prendas e instó a que la chica se las probara.

—No me pondré esto.—Fran negó con la cabeza cuando ella le dio una minifalda.

—Te pondrás lo que yo te de, verás que te quedará fantástico.

Y así fue. Cada prenda seleccionada le quedaba bastante bien a la francesa. Pantalones, faldas, algunos vestidos y blusas fueron adquiridas en distintas tiendas. Fran se sentía apenada al ver que Isabel pagaba todo. De algún modo sentía que no merecía tanta bondad. Y el sentirse apreciada en cierto sentido la aterraba.

Después de la ropa vinieron los cosméticos y perfumes, luego los zapatos. Salieron de allí cargadas se bolsas y cajas. Las echaron al Mercedes e Isabel condujo hasta un restaurante italiano. Mientras comían, Fran seguía devanándose los sesos. ¿Por qué aquella mujer era tan amable? No era necesaria tanta bondad de su parte, después de esto lo más probable sería es que no volverían a verse jamás, no mantendrían contacto de ningún tipo. La castaña pregunto qué le sucedía y Fran no pudo evitar cuestionar sus acciones. En si, aquella oración salió como vomito verbal, imposible de parar y con un deje de amargura en la boca.

Isa suspiro, tomó algo de agua y hablo.

—Llevo saliendo con tu padre alrededor de once años, cuando teníamos apenas dos quise conocerte en persona. Por algún u otro motivo el encuentro nunca pudo darse pero yo siempre quise saber de ti. Le preguntaba a Francis detalles de tu vida pero el casi nunca sabía responderme. Emma me ayudó a saber cómo eras pero desde luego que esa información no ha sido suficiente. Después de todo este tiempo lo único que tengo de ti son unas cuantas fotografias de cuando eras una bebé y un montón de historias contadas por la secretaria de tu padre.

Francine asintio sintiéndose un tanto abrumada.

—Entiendo, pero, ¿por qué te tomabas tantas molestias? Al fin y al cabo, yo no era más que una completa extraña.

Isabel volvió a suspirar, la mujer de casi cincuenta años se transportó a cuando apenas había cumplido veinticuatro.

—Mira, nunca me ha gustado el modo en el que tu padre te trata, se que suele ser distraído y que vive en otro mundo, pero esta actitud sobrepasa el límite. Quiero que seas parte de la familia que estoy a punto de formar con Francis. Quiero que sepas que puedes confiar en mí y que cuentas conmigo. Hemos perdido tanto tiempo pero se que nunca es tarde para poder convivir. Y mira, hemos tenido nuestro primer día de compras.

A Isabel le brillaban los ojos, estaba realmente conmovida. Francine no pudo evitar comparar a Isa con su madre. Y se sintió mal por desear que aquella española hubiese sido la mujer que la hubiera traído al mundo.

Llegaron hasta bien entrada la noche. Se despidieron entre risas y la castaña fue a la habitación que compartía con su prometido. El francés estaba recostado en su cama, roncando sonoramente. A sus cincuenta años, el europeo no lograba mantenerse despierto después de las once de la noche. Tan profundamente dormido estaba, que no sintió cuando la española se recostó a su lado.

Isabel se permitió soltar las lágrimas que había guardado durante esa charla en el restaurante. Si, quería que Francine formará parte de su familia, ella se había convertido en su pequeño milagro. Desde que la había visto en aquella foto siendo un bebé en los brazos de su padre esa chica se había ganado su corazón. Fran representaba para ella el sueño que le había sido arrancado tantos años atrás. Cuando su ex novio la golpeó hasta el cansancio aquella noche de mayo. Sin importar que estuviera embarazada de siete meses. Una cesárea, una histerectomia y la muerte de su pequeño un par de semanas después del suceso la habían quebrado hasta los cimientos. Y todo por unos celos infundados y la crueldad sin límites de aquel hombre.

Jamás tendría hijos. Con su útero también se habían llevado sus ovarios. Entro en una menopausia prematura y de no ser por el apoyo de su familia hacía muchos años que se habría arrojado de la ventana más alta de su edificio de apartamentos.

Pensó que nunca sentiría esa oleada de amor puro, ese amor maternal que tanto presumen tener las mujeres con hijos. Creyó haber sentido una chispa de ese sentimiento cuando escuchaba las historias que la belga le contaba. Sus dudas se despejaron en cuanto vio salir a Francine del check point del aeropuerto. Desde ese momento tuvo la certeza de que debia protegerla. Ser lo más cercano a su madre sin usurpar el lugar que poseía Edith.

Pensó en las cosas que tenía planeadas para los proximos dias. En definitiva esa semana sería una de las mejores de su vida.

La gente que viera a Isabel y a Francine pensaría que madre e hija estaban pasando unas vacaciones divinas en un destino paradisiaco. Fueron a un spa, salieron un par de veces más de compras. A instancias de Isa el equipo de maquillaje se había encargado de dejar reluciente a Fran. Depilaron con cera las cejas, el bigote, las axilas y piernas de la francesa. Le dieron útiles consejos sobre cómo podía maquillarse. La española se dio cuenta de que la francesa tenía un buen gusto, solo tenía reticencia a vestirse con prendas que en su opinión eran reveladoras. Le dio un empujoncito y consiguió hacer que se pusiera una minifalda. También le dio un par de zapatos de tacón negros. Francine daba los primeros pasos para obtener un poco de libertad.

—Recuerda Francine.—Isabel caminaba frente a la joven.—La belleza de la mujer está en la planta de los pies.

Fran arqueó las cejas. La castaña procedió a explicarse.

—Una bonitilla, sentadita, claro que causa una buena impresión, pero nada más se levanta y camina como cabra recién parida, no, olvídate mujer.

La menor rió. Después, contempló el momento que estaba viviendo. Las telas de los vestidos traslúcidos dejaban a la vista los bikinis que estaban portando. El sol les resplandecía en la cara y la brisa les movía los cabellos con suavidad. Se dejó llevar. Se permitió ser feliz, aunque solo fuera por un instante.

El domingo llegó y con ello, el día de la boda. Desde temprano un torrencial aguacero había azotado la isla y al parecer no amainaría hasta bien entrada la noche. Desde luego, aquello no importó. Si bien la ceremonia estaba prevista para celebrarse en la playa, Isa traslado los preparativos al gran salón del motel. Había empezado desde tremprano y finalmente para las dos de la tarde tenían completamente listo. El juez estaba allí. Todos estaban en su sitio. Incluso Francine, quien caminaba del brazo de Isabel rumbo al altar, con el vestido rosado que le habían enviado meses atrás. Entregó la novia a su padre y ocupo el lugar de dama de honor que le correspondía.

La pareja juro amarse y respetarse. Sellaron su pacto con una firma en un papel y un beso que hizo estallar a la multitud en aplausos y vítores.

De allí siguió una fiesta que quedaría grabada en la memoria de Fran para siempre.

Llego el lunes y con el la despedida.

Se despidió de su padre en el hotel, Isa la llevo en persona hasta el aeropuerto. Facturó la maleta de la cual había tirado todas las cosas que hubo traído de Londres. Tanto esa petaca como la de mano estaban llenas de los regalos de la española. Se abrazaron, prometieron mensajearse y llamarse por teléfono una vez a la semana. Ninguna estaba dispuesta a perder el contacto. Francine volvió la mirada antes de entrar a la sala de embarque. Vio a Isa llorar y despedirse con la mano. Ella imito el gesto y cruzó las puertas automáticas.

La francesa derramó unas cuantas lágrimas. Se pregunto cómo era posible querer tanto a alguien en tan poco tiempo.


Lo se lo se, perdonen chicos por no haber actualizado. Mi empleo me consume y no he podido sentarme a escribir como quisiera. Pero quiero que sepan que aunque me tome mil años voy a acabar esta historia. Gracias por leerme y por sus comentarios tan bonitos. Se les quiere montones.

Respecto a la canción elegida para este capítulo, es como si Isabel (Nyo!España por si no ha quedado claro) se la estuviera cantando a Francine. No me maten, era una buena idea en mi cabeza XD.

El título del capítulo corresponde a la melodía homónima de Adele.