Dis: Los Personajes son de Meyer. Esta es una adaptación.
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LA VISITA
"La familia de locos...que pecado cometí, Dios!"
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En la Oficina de Esme
Entretanto, la hija de Diane estaba pasando un buen día. La mayor parte había sido como cualquier otro. Aquella mañana, había entrado con paso firme por la recepción de la Agencia de Publicidad Gibson Bead, con un café oscuro y humeante en una mano y un abultado portafolio en la otra.
Se dirigió al ascensor con el soniquete de sus zapatos de tiras golpeando contra el suelo de mármol, pulsó el botón del ascensor y comprobó el estado de su maquillaje en el reflejo brillante de las puertas. Dejó vagar sus ojos hacia su retaguardia y vio a Marco Vulturi, del departamento creativo, entrar en el edificio y acercarse al ascensor silbando. Ella apartó los ojos de él y fingió estar mirando detenidamente algo en la pared más alejada, un gesto que, según su subconsciente, tenía muchas más posibilidades de atraer su atención que cualquier conversación.
Marco Vulturi era uno de los pocos redactores del departamento creativo con los que a Esme realmente le habría gustado trabajar. Los creativos se distinguían por ser mimados, consentidos e imposibles; sin embargo, Marco se las ingeniaba para convertir esos rasgos en sugestivas pruebas de genialidad. Se trataba del hombre que había sugerido la famosísima campaña de tampones «¡Esto es sangrante! Otra vez esos días» y la gloriosa e irónica campaña en la que copió el eslogan de l'Oréal «Igualdad. Porque yo lo valgo». Al parecer tenía facilidad para penetrar en la mente de las mujeres. Probablemente se debía a que tenía una facilidad similar para penetrar en las propias mujeres.
Esme se enorgullecía de ser la única mujer en toda la oficina que era inmune a los encantos de Marco Vulturi. Sí, era atractivo, creativo, inteligente y seductor, y ella era consciente de todo ello. Sin embargo, desde que tenía tres años, cuando Esme había empezado a amar todo lo que tenía que ver con el sexo masculino, se había sentido atraída por los hombres blancos, rubios. Y aunque Marco Vulturi tenía un espeso cabello que le caía sobre la frente con un ademán juvenil, era muy rubio. Su piel era suave como la seda, pero clara; sus ojos eran profundos y penetrantes, pero eran azules. Esme solo tenía ojos para Carlisle, su encantadora sonrisa, sus maravillosos ojos marrones tan inquietantes, estaba totalmente a salvo.
Marco se puso a su lado y ella mantuvo la mirada clavada firmemente en la pared, consciente de que él se las estaba ingeniando para hacerle un reconocimiento completo sin mover la cabeza. Ella sonrió por dentro. Los hombres eran tan predecibles. Y ella sabía que esa era una de las razones por las que los adoraba.
Se oyó el timbre del ascensor y las puertas se abrieron silenciosamente. En ese momento acusó la presencia de Marco por primera vez, ante lo cual él le hizo un gesto invitándola a entrar primero. Ella sonrió con delicadeza, lo justo para acentuar sus pómulos de manzana sin perder su halo enigmático. Se quedaron uno al lado del otro en silencio mientras el ascensor se elevaba. Esme salió primero. Los creativos estaban en la última planta, también conocida como «el ático», que tenía unas vistas de primera y una moqueta más mullida que el resto del edificio. Mientras se alejaba, pudo sentir los ojos de Marco recorriendo minuciosamente su figura una vez más. Reflejado en el espejo de la recepción, vio a Marco Vulturi hacer caso omiso de las miradas de las mujeres que ya estaban en sus mesas y, a pesar de tener que ladear la cabeza mientras las puertas del ascensor se cerraban frente a él, advirtió que no apartaba la mirada de su imagen en retirada durante el máximo tiempo posible. Sintió cómo sus endorfinas brincaban de satisfacción vengativa al pensar que los hombres seguían encontrándola atractiva.
Cruzó la oficina a paso ligero, el café en alto, la cabeza más alta todavía y la autoestima en algún sitio perdido entre las nubes. Era la mejor parte del día. Por desgracia, estaba a punto de acabar. Entró en su despacho con majestuosa seguridad, cerró la puerta y fue hacia el escritorio. Dejó el café junto a las fotos recientes de sus hijos, el portafolio encima de la mesa, y se sentó con un ademán rápido para abstraerse del bajón, que ya empezaba a tomar posición.
Sonó un toc toc en la puerta.
—¡Pase! —ordenó Esme
De pronto, la puerta se abrió de par en par y Benjamin Gibson, fundador de la agencia y ex gurú de la publicidad, apareció en el centro con gesto teatral y, en los labios, una sonrisa más ancha que su pajarita. Hacía mucho tiempo que los días de las campañas de ideas inspiradas de Benjamin habían tocado a su fin, pero los que fueron una vez lemas que le tomaron el pulso a la nación se habían vuelto tan anacrónicos que ya eran posmodernos y estaban totalmente a la última. Estaba disfrutando de su fase retrospectiva mucho más de lo que había disfrutado de su éxito inicial, cuando había sido demasiado ambicioso como para disfrutar de nada.
—Esme, cielo —rugió a través del puro—, ¡vc quiere cambiar de agencia! ¡Nos han pedido una campaña!
Esme se quedó paralizada. Su archirival, MacFarleys, tenía la cuenta de la codiciada Vital Communications desde hacía casi cinco años. Su última campaña, un osito de peluche muy moderno con su propio teléfono móvil y página web, había ido perdiendo frescura poco a poco; no obstante, dado que las ventas seguían en alza, en el negocio todos pensaban que McFarleys estaría a salvo en los próximos años.
—¡Estás de broma! —gritó Esme
Benjamin estalló en una sonora risotada.
—¿Cómo voy a bromear sobre algo tan grande? —dijo con un brillo en el rostro. De haber podido, su pajarita habría empezado a dar vueltas—. Esos cabrones deben de estar subiéndose por las paredes —rió; luego, de repente, se puso serio—. Quiero el mejor equipo de creativos que tengamos. No me importa si están hasta el culo de trabajo; de hecho, cuanto más hasta el culo estén, mejor. Quiero un equipo creativo que esté tan hasta el culo que no pueda ni respirar. Quiero que te den migrañas, quiero un equipo tan jodidamente bueno que transformen tu vida en una pesadilla. Quiero que te suicides por esto, pequeña.
—¿Quieres que lo dirija yo? —Esme ahogó un grito.
—¿Que lo dirijas? ¿Que lo dirijas? —exclamó Benjamin—. ¡Quiero que lo gobiernes! ¡Quiero que lo tiranices a lo Mussolini! Y espero que elijas a los mejores. La crème de la puta crème.
—Vale —dijo Esme bolígrafo en mano.
—¿Tienes a alguien en mente?
—¿Sabes? —respondió Esme—, nunca he trabajado con Marco Vulturi y Harry Clawter
—¿Estás de coña? —explotó Benjamin—. ¡Eso es criminal! ¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Qué? ¿Ocho años? Convoca una comida de trabajo en Groucho's ya mismo.
—De acuerdo —sonrió Esme—. Tú eres el jefe.
Cogió su café y Benjamin le guiñó el ojo desde el otro lado del humo de su puro.
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Marco Vulturi recorrió con la vista la hilera de premios que tenía en el alféizar de la ventana que daba al Soho, que estaba empezando a vibrar por la expectativa del verano que no tardaría en llegar. Los rumores acerca del lanzamiento de vc ya estaban en marcha.
Harry Clawter era el compinche de Marco; era un artista gráfico que, en sus propias y modestas palabras, podía crear imágenes que conseguirían que «las viejas compren pis embotellado». Harry no era un hombre de palabras. Se sentó en la mesa que compartía con Marco con el ceño tan fruncido que le estaba dando uno de sus dolores de cabeza.
—Como se lo den a Goofy y Gruñón —le dijo a Marco—, me largo. Me largo. Me mudo a una casa flotante a pintar flores en regaderas negras de mierda.
—Por Dios —dijo Marco—. ¿Por qué de buenas a primeras piensas lo peor?
Harry se encogió de hombros.
—Me ayuda a encajarlo —farfulló.
—¿Encajar qué? Todavía no ha pasado nada.
—Cuando pase, estaré preparado. Es pesimismo sano. A Van Gogh le funcionó.
—¿Cómo? Se cortó una oreja y se suicidó.
—Pero mira lo famoso que es ahora.
—Harry: trabajas en publicidad; no te vas a cortar una oreja y nunca serás famoso.
Harry se desplomó en la silla giratoria de cuero que había al otro lado del escritorio de Marco
—Me juego lo que quieras a que esa zorra se lo da a Goofy y a Gruñón. No reconocería el talento ni aunque se lo rociaran por la cara.
—¿Qué zorra? ¿Quién lo lleva?
—Esme Cullen
—¡Mierda! Esta mañana he subido con ella en el ascensor. Debería haberle dado una dosis del viejo tratamiento de Marco
Harry dejó escapar un profundo suspiro y se puso a manosear el imán que tenía Marco en la mesa.
—¿Cómo es que los tíos de traje manejan todo el poder, si el talento lo tenemos nosotros?
—No sé, Harry
El teléfono de Marco empezó a sonar. Él y Harry se miraron y después del tercer tono, Marco contestó.
—Marco Vulturi
—¿Marco? —Era una voz femenina firme pero afable.
—Sí.
—Esme
—¡Hola, Esme!
Harry se incorporó en la silla.
—Iré al grano —dijo Esme—. ¿Sabes que tenemos el lanzamiento de vc?
—He oído rumores.
—¿Os interesa a Harry y a ti?
Marco le sonrió a Harry
—Sí, ¿por qué no? Seguro que le podemos encontrar un hueco.
Harry cerró los ojos de gusto, cayó de rodillas al suelo y se dispuso a pronunciar su discurso de agradecimiento: «Me gustaría dar las gracias a todas las personas insignificantes, más que nada por hacerme sentir tan grande...».
Marco lo hizo callar con un gesto.
—Vamos a reunirnos —continuó Esme—. El lunes es lo más pronto que puedo. Groucho's, a la una. Harry, Benjamin, tú y yo.
—Perfecto. Se lo diré a Harry
Colgó el teléfono y soltó un puñetazo al aire.
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Abajo, Esme dejó el aparato en su sitio muy despacio, sonrió y cerró los ojos. Se repitió mentalmente las respuestas de Marco saboreando la emoción contenida que había oído en su voz. Había algo extremadamente atrayente en un hombre que fingía no sentir el poder que una ejercía sobre él.
A las cuatro en punto, Esme encontró un momento para llamar a Bella a casa.
—¡Hola! ¿Qué tal va?
Bella apoyó el auricular en el hombro. Tenía un oído pendiente de la llegada de Diane, que estaba prevista para dentro de pocos segundos, mientras que el otro todavía sufría reminiscencias del pitido de la alarma de la casa. Sabía que tenía que ponerse con los Krispies, si quería tenerlos listos a tiempo para la cena.
—¿Cómo ha ido en el colegio? —preguntó Esme mientras terminaba el informe sobre los progresos realizados en un anuncio de cereales.
Bella trató de pensar.
—Bien. Emmett ha tenido una prueba de ortografía. Ha escrito «huevo» con hache. El profesor estaba muy contento. Necesita una grabadora nueva porque los mayores han usado la suya como poste de una portería y se ha roto. Jane tenía clase de matemáticas y Alice se ha sentado a pintar con ella.
Amontonó todos los ingredientes en la encimera y se sonrió. Conocía los mandamientos infantiles: «En todo momento habrá ingredientes en casa para hacer barritas de Krispies de chocolate».
—Bien —dijo Esme tiempo que estampaba una firma al final de sus notas—. Apúntalo en el calendario, le compraré la grabadora el fin de semana.
Spiderman se abalanzó al interior de la cocina ajeno al hecho de que sus calzoncillos anchos y arrugados arruinaban de algún modo el efecto de conjunto.
—¿Has cambiado de sitio mi ciberperro? —le preguntó a Bella levantando la voz con inseguridad.
—Creía que te estabas preparando para recibir a la yaya —dijo Bella mirando a Emmet—. No creo que le guste verte así, ¿verdad?
Benjamin asomó la cabeza por la puerta del despacho de Esme
—¿Has hablado con Marco? —le dijo a voces, ignorando el teléfono que tenía ella en la mano.
Esme esbozó una sonrisa y asintió mirando a Benjamin mientras decía:
—¿Qué lleva puesto?
—¿Cómo coño voy a saber lo que lleva puesto? —preguntó Benjamin
—Es Spiderman —respondió Bella al teléfono.
—Ay, madre.
—¿Has cambiado de sitio mi ciberperro? —repitió Spiderman empezando a dar saltitos entre gimoteos.
—He hablado con ellos esta mañana, hace un rato —le dijo Esme a Benjamin al tiempo que levantaba el pulgar en señal de aprobación.
—¿Ah, sí? —preguntó Bella—. No me han dicho nada.
—No, con los creativos, no con los niños.
—¿Los qué?
—¡No encuentro mi ciberperro!
—Si te pones los pantalones y una camisa, te ayudo a buscarlo —dijo Bella
—¿Se ha estado toqueteando la colita? —preguntó Esme
—Por lo que más quieras, dime que no estás hablando con un cliente —le espetó Benjamin
—Tengo que colgar —dijo Esme—. Estoy hasta arriba. Adiós.
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En la Casa Cullen
Bella colgó el aparato, le encomendó a Spiderman la misión secreta de ponerse la ropa de vestir, la que le gustaba a la yaya, para así de paso despistar a los malos; metió el teléfono en la nevera, sacó el teléfono de la nevera y continuó preparando las barritas de Krispies de chocolate. Veinte minutos más tarde, había tres niños arreglados y callados mirando el cuenco.
—¿Mamá sabe que nos has hecho esto? —preguntó Jane
—No —dijo Bella—. ¿Va a querer un poco?
—No nos deja comer mucho chocolate —dijo Emmet—. Es malo para nuestros dientes y, a largo plazo, también para nuestro organismo en general.
Se estaba preguntando si la mamá de mamá sería del mismo parecer cuando sonó el teléfono.
Sin quitar ojo a los niños, fue a contestar.
—Diga —dijo al teléfono—. ¡No os lo comáis todavía! —les gritó a los niños, que se estaban aventurando demasiado cerca del cuenco.
Los niños la miraron y ella los miró a ellos señalándolos amenazadoramente con una cuchara de palo. Cuando oyó el sonido de una voz en su oído, se sobresaltó ligeramente.
—¿Hola? ¿Está Bella, por favor?
—¡Jacob! —Bella estuvo a punto de echarse a llorar aliviada.
—¿Eres tú? ¡Joder! No te había reconocido.
—¡Te echo de menos! ¡No os lo comáis aún!
Recorrió la estancia a toda velocidad y rescató el cuenco con la mezcla.
—Es para el postre, después de hacer los deberes —les dijo—; si no, os tragáis la cuchara.
—¿Quién se la traga? —preguntó Jane
—Dijiste que era una sorpresa por levantarnos —dijo Emmet—, no por hacer los deberes.
—¿Puede ser Emmet? —preguntó Jane
—No —dijo Bella
—¿Por qué?
—Con lo que me gusta oír hablar a niños disfuncionales... —oyó decir a la voz de Jacob—, ahora mismo estoy un poco ocupado. ¿Podemos hablar más tarde?
—Sí —le dijo Bella a la cuchara de madera. Jane le quitó el teléfono de la mano.
—¿Podría devolverle Bella la llamada, por favor? —la oyó decirle a Jacob—. Ahora está un poco atareada. ¿Tiene ella su número?
Luego, mientras Bella se limpiaba el chocolate que tenía en la oreja, oyó decir a la pequeña:
—Si no llamase esta noche, lo hará en cuanto pueda. Gracias por llamar. Buenas tardes.
Jane colgó el teléfono.
—Ha dicho que está bien —le comunicó a Bella devolviéndole el auricular—. ¿Sabes dónde están los moldes para las tartas?
Bella asintió en silencio mientras oía el lejano sonido de un timbre.
—¡Muy bien! Hora de hacer los deberes —anunció al tiempo que se precipitaba en dirección a la puerta de entrada ensayando su sonrisa de persona competente.
Cuando abrió la puerta, allí no había nadie; sin embargo, al principio del jardín, había una señora vestida con gran pulcritud que estaba podando el rosal. Bella la escudriñó un instante, hasta que la mujer se volvió de repente para mirarla y entonces echó a andar hacia ella. No cabía duda de que era la madre de Esme
Al encontrarse en la puerta, Bella le mostró a la mujer su sonrisa y ella le puso en la mano un puñado de pétalos de rosa y entró en la casa. Tenía la piel tersa y suave, el maquillaje inmaculado y llevaba ropa cara. Se conservaba excesivamente bien y parecía incapaz de sonreír cómodamente, un poco como la Mona Lisa, según pensó Bella. Pero lo que más le llamó la atención a Bella fue su pelo. Tenía el aspecto de una corona nueva de hilo de oro y cobre, y cada uno de sus movimientos parecía responder a un entrenamiento para aprender a caminar con ella puesta en la cabeza.
—Vengo directamente de la peluquería —dijo quitándose el abrigo y dándoselo a Bella—, así que no me puedo quedar mucho rato.
—Bien —dijo Bella
—¡Hola, cariños! —gritó dirigiéndose a la casa—. ¡He ido a la peluquería, así que no puedo quedarme mucho rato!
Se volvió hacia Bella y dijo:
—Esta noche voy a jugar al bridge.
Y se metió directamente en la cocina. Allí se encontró con tres niños, cada uno en una fase distinta del proceso de comer barritas de Krispies de chocolate sin terminar con una cuchara de palo.
—¡Ally! —gritó Diane escandalizada al ver la boca marrón y pegajosa de Alice—. ¡Pareces un payaso!
—¡Tú también! —exclamó Alice impresionada—. ¡Quiero pintalabios!
Diane se volvió a mirar a Bella
—¿Eso es chocolate? —le preguntó.
—Sí —suspiró Bella tirando al cubo de la basura las flores arrancadas—. Es una larga historia.
—Ya conozco la historia del chocolate —dijo Diane secamente—. Proviene del fruto del cacao y fue introducido en Europa a través de los españoles, cuando conquistaron México. No me refería a eso.
Bella miró a Diane pasmada.
—No quería decir esa historia —susurró.
—Esta mañana Bella nos prometió una sorpresa si nos levantábamos —explicó Jane
—Por Dios bendito, ¿qué vendrá después? —preguntó Diane a nadie en particular—. ¿Regalos para que se duerman?
—Se despertaron muy tarde, así que... —empezó a decir Bella
—No puedo quedarme mucho rato —repitió Diane—. ¿Quién quiere ver cómo la abuela se hace la manicura?
Las niñas lanzaron una ovación y Emmett emitió una elocuente pedorreta.
—¡Emmett! —gritó su abuela—. Me parece que no hay motivo para eso, ¿no crees?
Bella estaba completamente de acuerdo con Emmett, de modo que se dispuso a preparar tranquilamente la cena.
—Perdón —dijo Emmeet antes de mascullar
—Lo supongo.
—En realidad, estaban a punto de ponerse a hacer los deberes —dijo Bella
—Sí —dijo Emmett—. Tengo un montón.
Y desapareció.
—Niñas —dijo Bella—, cuando hayáis terminado de ayudar a la yaya...
—Abuela —corrigió Diane con su tono de voz más lady Bracknell
—... podéis hacer los deberes —terminó de decir Bella sin convicción. Entonces dio con los moldes de papel para los pastelillos y empezó a distribuir la mezcla con la cuchara mientras las niñas se arremolinaban en torno a Diane para ver cómo se hacía la manicura.
Cuanto más rápido haga esto, pensó Bella, más tiempo tendré para llamar a Jcob antes de darles de merendar a los niños. Nada más terminar de meter todas las barritas en la nevera, sonó el teléfono. Bella miró a Diane, que le hizo un gesto para mostrarle sus uñas húmedas. Mientras Bella se aproximaba al aparato para contestar, oyó que Diane les decía a las niñas:
—Veamos qué tal es la voz de la nueva niñera al teléfono, ¿de acuerdo, niñas? Es la prueba definitiva para una dama.
Emocionadas, Jane y Alice la miraban con expectación.
Muy bien, pensó Bella. Tú lo has querido.
—Buenas tardes —dijo al teléfono imitando a Eliza Doolittle después de su momento «La lluvia en Sevilla»—. Residencia de los Cullen en Seattle. ¿Puedo ayudarle?
Durante el intervalo silencioso que siguió, Bella vislumbró como las cejas de Diane se arqueaban hacia su corona dorada.
—¡Caramba! —del teléfono surgió una cálida voz masculina que Bella reconoció de inmediato—. ¿También llevas delantal y cofia?
Bella miró desconcertada a Diane, que la estaba atravesando con su escrutinio.
—¿Con quién desea hablar? —Ahora Bella había puesto el piloto automático y estaba paralizada de flequillo para abajo.
—Contigo —rió Edward—, eres impagable.
Diane empezó a esbozar una gentil sonrisa destinada a Bella, que ganó la confianza suficiente para seguir adelante.
—¿Desea hablar con algún miembro de la familia Cullen?
—Dios, no, están todos locos.
—La abuela de los niños, Diane, está aquí, jugando con las niñas.
—¿Por qué? ¿Qué han hecho de malo?
Bella se controló para no sonreír y se las arregló para darle un poco la espalda a Diane, sintiéndose temeraria y rebelde.
—Han estado a punto de comer chocolate —dijo remilgadamente.
—¡Oh, Dios mío! —la imitó Edward—. Llamaré a la policía mientras tú los obligas a vomitar.
—Ahora están con su abuela —replicó Bella—, por lo que considero que no será necesario
El «¡Joder! ¿De verdad eres de carne y hueso?» de Edward echó a perder la primera sensación de confianza que había experimentado desde que había llegado. Una cosa era que se mofaran de ti, y otra muy distinta que el que se burlaba fuera un imbécil que no distinguía una broma cuando la oía. La decepción acrecentó su rabia.
—¿Puedo ponerte en el altavoz? —estaba diciendo en ese momento—. Es que los chicos de la oficina no me creen. Felix quiere pedirte una cita, si le dejas usar un chupete.
Bella apretó los dientes.
—Les diré a los Cullen que ha llamado —dijo, y colgó.
Poco a poco, se volvió hacia Diane, que estaba sentada, muy quieta, con la cabeza ligeramente inclinada y una inquisitiva mirada en los ojos. Hacía rato que las niñas se habían ido, al comprobar que la conversación de Bella al teléfono era casi tan aburrida como ver secarse el esmalte de uñas. En su lugar, ahora Diane estaba flanqueada por los sujetalibros Molly y Bolly, que se sumaron a ella en la tarea de lanzarle a Jo una impertérrita mirada de superioridad.
—Era Edward —les dijo Bella
Los tres mostraron una extraordinaria impavidez.
—¿De verdad? —murmuró Diane, aunque pudo haber sido Molly, Jo no se habría jugado nada.
—Entre usted y yo —Bella hizo una tentativa—, no creo que sea una buena influencia para los niños.
—Pues claro que no lo es —dijo Diane al tiempo que se levantaba—. Es hijo de la primera mujer de Carlisle, Tanya, que enseguida descubrirás que es una bruja. Con un camuflaje más bien poco efectivo. Seguro que la conocerás cuando venga a traer a su hijo, Seth, si es que no tiene que salir corriendo a alguna otra parte. Ese crío es el demonio.
—Bien —dijo Bella mientras Diane pasaba a su lado en dirección a la entrada, seguida de los gatos—. Me muero de ganas.
—¡Adiós, cariños! —gritó Diane—. ¡La abuela se marcha!
—¡Chicos! —voceó Bella—. ¡Decidle adiós a la abuela antes de que se vaya a jugar al bingo!
—¡Bridge! —exclamó Diane horrorizada.
—Ah, lo siento. Siempre los confundo.
Diane volvió a gritar hacia la planta de arriba.
—¡No hace falta que bajéis, tengo prisa!
—¡Adiós! —chillaron tres niños desde distintas habitaciones del piso de arriba.
Bella le alcanzó a Diane su abrigo y ella le lanzó una última e interminable mirada, como si Bella le acabara de entregar un ramo de flores como agradecimiento por inaugurar una fiesta. Luego, cuando le hubo abierto la puerta de entrada, Diane le dio instrucciones a Bella para que le diera instrucciones a Esme para que le diera instrucciones al jardinero para que podara el rosal y, acompañada por los sigilosos gatos hasta la verja del jardín, desapareció.
—¡Brócoli, ñam, ñam! —mintió Bella mientras probaba un bocado.
—Odio el brócoli —dijo Alice; los otros dos miraban a Bella tan poco convencidos como ella.
—Imaginad que está cubierto de chocolate —dijo Bella—. Es lo que hago yo siempre.
—¿Por qué no te limitas a no comértelo? —preguntó Emmett
—O a cubrirlo de chocolate de verdad —añadió Jane
—Es que me gusta comer cosas que me hacen crecer —volvió a mentir Bella
—¿Por qué? —preguntó Jane—. Ya eres alta.
—Cuando sea mayor, seré alta —dijo Alice mientras se llevaba a la boca un pedazo de brócoli.
—Yo me pondré tacones altos y ya está —replicó Jane
—He sido un árbol —dijo Bella
Bella acababa de llenar el lavavajillas y se disponía a bañar a Alice cuando Carlisle llegó a casa. Estuvo a punto de caer de rodillas agradecida cuando vio a tres niños abalanzándose sobre él. Mientras lo veía rodar con ellos por el suelo, se preguntó cómo podía ser que aquel «papá oso» fuera el mismo hombre que la entrevistó. Cuando los niños empezaron a usarlo como trampolín mientras él le sonreía con una expresión estúpida, decidió que las primeras impresiones podían ser muy engañosas.
Bella consultó su reloj: las siete de la tarde. Había tenido una jornada de doce horas de trabajo sin un solo descanso y todavía no había terminado de planchar. ¿Acaso todos los en Seattle trabajaban aquella absurda cantidad de horas, o era cosa de los Cullen? Carlisle se percató de la ojeada que le estaba echando Bella a su reloj.
—Ya lo sé —dijo desde debajo de los niños—. No es muy normal llegar a casa a estas horas.
—Ah —suspiró Bella—. Eso pensaba.
—¡Sí, claro! —dijo—. Pero era tu primer día, así que he cerrado la tienda para estar pronto en casa.
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Rews?...Bella tiene mi total admiración! que casa de locos jajajjaj...que les parecio el rews? no me demore tanto verdad?
Nota: Con respecto al one shot "Deseos" como bien dicen por ahi, En la repetición esta el gusto no?
