CONTRAATAQUE

No pudo evitarlo.

Aunque no es que tratara de evitarlo, no… Lo hizo porque quiso. No tenía sentido negarlo.

Es que era tan fácil…

La ocasión, allí, a su alcance, servida en bandeja de plata…

Así que lo dijo.

No pudo evitar burlarse de ella un poquito. Pero solo un poquito. No demasiado. No es conveniente más si quiere conseguir que sea su esposa.

Oh, pero es que le encantaba cómo intentaba contener su enojo… Shirayuki apretaba los labios y cerraba los puños sobre el regazo, esos ojos verdes se llenaban de fuego, y un rubor de indignación teñía sus mejillas. Estaba hermosa, sí. Y que conste que tal apreciación no era más que un hecho objetivo.

De no haber intervenido Lord Kyril con alguna tontería más, habría sabido qué insultos le lanzaba a la cara. Bueno, no. Insultos no, porque ella tenía demasiada educación como para eso, pero sí alguna réplica ingeniosa y aguda. Lástima no haber podido oírla.

En fin… Le había rechazado. Nadie le había dicho que no a nada en su vida. Jamás. Ni al hombre ni al rey. Había tenido discusiones, ciertamente, desencuentros y divergencia de opiniones. El recuerdo de Zen, aún doloroso, reivindicando su relación con Shirayuki, era uno de estos casos. Pero ellos habían demostrado la fortaleza de su vínculo y el estatus de Shirayuki había ido subiendo por sí misma, como resultado de su esfuerzo y su trabajo duro. El tiempo les dio la razón y al final, Izana no pudo más que apoyarlos.

Él creía sinceramente que con una exposición lógica de las razones para un matrimonio entre ambos, Shirayuki accedería... Creía que mostrándole las conveniencias de tal enlace, ella entendería. Shirayuki poseía una mente lógica, racional, en ciertos aspectos muy parecida a la suya. Pero, y este es un gran pero, también era apasionada y de firmes convicciones. Y en eso era igual a Zen… Además, ella no nació con el peso de las obligaciones ni de las exigencias de la sangre. Ella nació libre y se forjó y se moldeó a sí misma. Y siguió haciéndolo para mostrarse digna de un príncipe.

Y ahora que era digna de un rey, ¿le decía que no?

Le había rechazado.

Bueno, sí. Había herido su orgullo. No es que él fuera uno de esos tiranos intransigentes que van imponiendo su voluntad sin escuchar opiniones ajenas. No, no podía decirse que lo fuera. Pero jamás se había enfrentado a un rechazo directo. A un no tan rotundo que todavía sonaba como una explosión en sus oídos. No era el tímido no dubitativo que al final siempre se convertía en sí. Ni tampoco el no nacido de la ignorancia de la conveniencia de ser un sí. El no de Shirayuki le había nacido de adentro, del hueco en el pecho donde vivirá para siempre su hermano.

Izana se mentiría a sí mismo si no reconociera que se sentía algo dolido. Pero su orgullo viril magullado se resistía a una negativa y demandaba una justa compensación. ¿Qué debía hacer? ¿Enamorarla? ¿Cortejarla? Eso era absurdo. No es que quisiera enamorarla. No era eso. No haría tal cosa. Eso sería engañarla y llevarla al trono con falsos pretextos. Izana no quería equívocos. Cuando se mezclan los sentimientos las cosas se enredan y se complican. Él no la amaba y ella tampoco a él. A él no le interesaban tales cosas y ella aún amaba a su hermano. Tampoco es como si él quisiera que traicionara su recuerdo, para nada. E Izana no quería ni necesitaba un matrimonio por amor. Quería mostrar al mundo una pareja real fuerte ante las potencias extranjeras. Quería una compañera en el trono. Una que él hubiera elegido y que no le viniera impuesta por consideraciones políticas o cortesanas. Quería poder elegir. Por una vez, quería ser él quien decidiera su destino. Quería una compañera en la vida. Así que su estrategia debía ser otra…

Y por los dioses, si tenía que enseñarle a Shirayuki que él era digno de ser su compañero, lo haría.


Cuando llega la noche y sus hijos ya hace rato que duermen, Shirayuki se levanta de su escritorio, dejando atrás estadísticas y presupuestos. El Consejo Real había accedido a su propuesta de crear un puesto médico estable y subvencionado por el estado en las zonas rurales más apartadas y de peor acceso, y ahora se las veía haciendo malabares para encontrar la financiación. Pero lo conseguiría, oh sí.

El vacío de su cama, enorme sin Zen, siempre la sobrecoge y le llena el pecho de una angustia con la que ha tenido que aprender a vivir. Pero hoy, cuando apaga el candil y su cabeza toca la almohada, ese otro pensamiento con el que no ha querido enfrentarse por fin le da alcance.

Toda esta locura de la absurda propuesta de su cuñado había removido en ella asuntos y temas que había enterrado bajo su dolor. Cosas en las que no quería pensar…

¿Sería capaz de volver a enamorarse?

Ella seguía amando a Zen, los cielos lo saben. Pero…

¿Y si un día su corazón llegaba a amar a otro? ¿Podría llegar a amar a otro como amó a Zen?

No al idiota de su cuñado. A otro. A alguien que pudiera recomponer los pedazos rotos de su corazón y enseñarle a amar de nuevo. Alguien que pudiera aceptar que no ha sido el primero ni en sus afectos ni en su cama. Alguien que la aceptara tal y como está, rota y herida, amando para siempre a un fantasma…

¿Habría sitio en su corazón para alguien más?

Shirayuki se arropa con las mantas y se lleva la mano al pecho, antes de entregarse al sueño y al olvido.

Dos años han pasado y el dolor sigue ahí, justo al lado de su amor por Zen.


A Hanako se le ha caído la cuchara al suelo y se sorbe la nariz, peleando por no dejar salir las lágrimas. Toshiro y Armin le han pintado un bigote de mermelada a la pequeña Akari y los tres están muertos de risa. A Akari le encanta su bigote y se lo come con los dedos. Le vuelven a pintar otro. Kain está leyendo (o fingiendo leer) en silencio mientras desayuna, echándole un ojo de vez en cuando a las travesuras de su hermano y de su primo. Shirayuki está bajo la mesa buscando la dichosa cuchara.

No todos los desayunos son así, por supuesto. Pero el de hoy es especialmente bullicioso. Los días empiezan a ser más cálidos y los chiquillos se mueren de ganas por salir con Kiki a los jardines. Un observador externo podría alegar que Shirayuki no debería dedicarse a tales menesteres que realizaría con gusto alguien del servicio. Pero ella nunca ha encajado del todo en los esquemas de una dama de alta cuna. No quiso nodrizas y se encargó del cuidado de sus propios hijos. Solo cuando fueron creciendo accedió a la asistencia de una niñera en las horas en que debía ausentarse por razones de trabajo. Pero siempre se negó a empezar el día sin sus hijos. Dejaba la farmacia o las oficinas y se presentaba en la hora del desayuno y comía con ellos, ayudándolos amorosamente con la comida, aunque ella ya lo hubiera hecho tres o cuatro horas antes. Se reía de sus bromas y se enorgullecía con sus infantiles formas de aprender el mundo. Luego regresaba al trabajo con una sonrisa en los labios y una canción en el alma.

Después de la epidemia, cuando su familia se rompió, tomó bajo su ala a sus sobrinos y desayunaban todos juntos. Y a pesar del duelo, a pesar de la tristeza, las risas volvieron, porque los niños siguen siendo niños, y está bien que así sea.

Cuando por fin encontró la mencionada cuchara y se disponía a salir de debajo de la mesa, las carcajadas cesaron de golpe. Escuchó el sonido de unos pasos firmes y seguros y luego unas botas de caña alta, relucientes e impolutas, entraron en su rango de visión. Una mano levantó el mantel y luego quedó en el aire, invitándola a salir.

—¿Necesitas ayuda? —dijo una voz que reconoció como la de su cuñado. Su primera reacción fue envararse, pero eso es mala idea si estás bajo una mesa. El 'bonk' contra el tablero arrancó risitas mal disimuladas de los niños.

Cuando Shirayuki por fin salió, negándose a aceptar la ayuda ofrecida, frotándose la coronilla y con la maldita cuchara en la otra mano, se encontró con la mirada divertida de Izana.

—No, gracias —respondió ella, alisándose los pliegues del vestido.

—Buenos días, padre —dijo Kain, visiblemente curioso por su presencia allí.

—Aniue… —saludó formalmente Shirayuki, ahora más recompuesta.

Le sigue un silencio algo incómodo, porque no es para nada habitual que Izana se presente a esas horas. Él soporta las preguntas mudas y con gesto indiferente toma asiento en la mesa, se acerca el té y se sirve una taza.

—¿Me pasas el azúcar? —le pide a Toshiro.

—¿Vas a desayunar con nosotros, padre? —pregunta Armin.

Y mientras se pone el azúcar, una sonrisa torcida se extiende por sus labios.

—De ahora en adelante, hijo.

A Kain se le hincha el pecho de alegría pero no se mueve de su silla. Sonríe, eso sí. Armin, en cambio, salta sobre el regazo de su padre casi sin previo aviso.

Y mientras Izana lo rodea con sus brazos y lo acomoda mejor, alza la vista para encontrarse con los ojos verdes de Shirayuki llenos de ese fuego que tanto le fascina.

Hermoso espectáculo, sin duda.

Solo para él.