Disclaimer: Todo lo reconocible en esta historia es propiedad intelectual de J. K. Rowling, sólo la trama es mía.
Nota: Alexandra, si por esas casualidades de la vida eres Anne Cullen, pues sí me han llegado tus mensajes, aunque tarde, por alguna razón desconocida xD Y si no lo eres, igual ¡gracias! No sabes cómo me alegra leer tu opinión :) Y ya dije, paciencia con el M, ya llegará, ya llegará ;)
Ahora sí, capítulo. ¡Espero que lo disfruten! :3 No olviden dejar su review ;)
LUNA DE PLATA
Capítulo 10
NO PASA NADA
Los ojos café del gran ciervo en el que se había convertido James mostraron su completa sorpresa al ver ingresar a un enorme perro negro a la habitación donde se encontraba con Peter, en su forma de rata, y Remus, habiendo sufrido ya su transformación en lobo. No esperaba verlo allí, ya que a pesar de haber sido tan insistente, se había negado por completo a acompañarlos esa noche.
Pero allí estaba, jadeando, con la lengua afuera, como si hubiera recorrido la distancia que separa la torre Gryffindor de la Casa de los Gritos en un minuto. También percibió, con creciente curiosidad, el collar que llevaba al cuello, apenas distinguible entre los largos pelos del animal. En los ojos de éste había una mezcla de emociones. Disculpa, emoción, alegría, hacían un menjunje que, luego de pasada la sorpresa, fue sencillo identificar la razón.
Y a partir de allí, James se sintió más tranquilo, sabiendo a ciencia cierta que el ridículo enojo que su mejor amigo mantenía con Remus había sido superado.
El hombre lobo, igual o más sorprendido que Cornamenta, observaba a Sirius con mucha atención. No estaba del todo consciente, ni tenía sus sentimientos humanos demasiado definidos en ese momento, pero sintió una sincera alegría recorrer su cuerpo al verlo allí.
Y después de mucho tiempo, disfrutaron de una luna llena los cuatro juntos, la cual resultó casi tan buena como la anterior, antes de las vacaciones.
Al día siguiente, Remus no apareció durante las clases de la primera mitad del día. Era algo completamente normal, ya que luego de la transformación, quedaba exhausto. Además, estaba obligado a tratar las heridas producidas por su condición. Después de dormir durante toda la mañana, se despertó para la hora del almuerzo, con las tripas rugiéndole y el corazón contento.
Atravesó las puertas de la enfermería con andar animoso, y se dirigió hacia la entrada del Gran Salón, donde los cientos de alumnos de todas las casas devoraban su comida con energía. Con el mismo paso ágil y una sonrisa extendiéndose cada vez más sobre el rostro, se abrió paso hacia la mesa de los leones, donde sus tres amigos lo esperaban guardándole un lugar.
Se sentó al lado de Sirius, en la silla vacía.
—¿Qué tal Historia de la Magia? —preguntó alegremente, comenzando a servirse alguno de los tantos platos que los elfos domésticos habían preparado con esmero.
James lo miró con pesadumbre, envidiándolo por haber podido faltar a ella.
—Tan divertida como siempre —respondió con notorio sarcasmo en la voz.
—Yo no sé cómo logré quedarme despierto —comentó Peter, entrecerrando los ojos con sueño.
—Al menos intentaste no dormirte —dijo James, y luego miró a Sirius—. Canuto ni siquiera se molestó en disimular sus ronquidos.
El aludido, que observaba distraídamente su tenedor con fijeza, con la mente muy lejos de ese lugar, pareció reaccionar ante la acusación. Fijó la vista en James, y luego la pasó a Remus, desorientado.
—Yo no fui —se escudó, sin saber de qué estaban hablando sus amigos. Ante aquello, el joven Potter y Lupin intercambiaron una mirada divertida, y luego se largaron a reír. Confundido, Sirius les observó, pasando la vista de uno a otro.
A diferencia de Lupin, los tres animagos no podían darse el lujo de faltar a las primeras clases luego de la luna llena. Tenían que volver a la habitación lo suficientemente temprano como para que los profesores y el resto de los alumnos no se percataran de su ausencia, y retomar el día sin haber pegado un ojo en toda la noche. Pero aún teniendo en cuenta eso, sus apariencias no semejaban ni por asomo las profundas ojeras de Remus y la palidez característica que adquiría su piel durante los días que rodeaban "su fecha especial".
—¿Qué les pasa? —les espetó finalmente, con una nota de recelo e impaciencia en su voz, al ver que seguían riendo, ignorándolo. Aquello lo despertó un poco.
—Nada, nada… —con un gesto de la mano acompañado con una negación de la cabeza, Remus le quitó importancia al asunto, y luego se enjuagó los ojos. No había sido tan gracioso como para que pudiera llorar de la risa, pero en su interior había muchas emociones entremezcladas, haciendo que reaccionara de manera más sensible ante cualquier cosa, divertida o triste.
Sirius lo miró fijamente, arrugando el entrecejo, con suspicacia. Ese gesto logró que el chico volviera a reír. Estaba muy feliz de volver a ser lo que siempre habían sido, y tener la posibilidad de interactuar con esa persona que era tan importante para él con normalidad. Algo en su risa contagió a Sirius, que lo imitó, y pronto todos los integrantes de los Merodeadores se desternillaban en sus asientos sin ningún motivo aparente. Pero ellos sabían que no necesitaban de ninguno, estaban más que contentos de estar los cuatro juntos y bien de nuevo.
Entonces, el chico de ojos grises pasó uno de sus brazos por encima de los hombros de Lupin y lo atrajo un poco hacia sí, acercando la boca a su oído.
—Gracias por el regalo —musitó con una sonrisa, y el licántropo luchó con todas sus fuerzas para no ponerse colorado. Se apartó de él y le devolvió la sonrisa.
—De nada —respondió. James los observó con una ceja levantada.
—Nada de arrumacos en público —siseó en broma, haciendo que Sirius soltara una carcajada perruna, y Remus se sonrojara a pesar de su esfuerzo para impedirlo.
—Idiota —masculló, pero luego se sumó a las risas del resto de los Merodeadores.
Continuaron todos hablando alegremente, hasta que la hora de la comida finalizó, y se vieron obligados a levantarse para asistir a sus siguientes clases.
Caminaron los cuatro juntos hasta un pasillo en el que se separaron, tomando Remus hacia la derecha, y sus amigos continuaron recto. Ellos tenían clase de Adivinación, mientras que él tomaba Runas Antiguas.
En el camino se encontró con Lily, quien compartía la clase con él, y se acercó al muchacho con mirada expectante. Al principio parecía preocupada, pero al percatarse de la gran sonrisa en el rostro del chico, se relajó y también sonrió, cómplice.
—Parece que ha ido todo bien —comentó en un susurro, colocándose al lado de Lupin y manteniendo su paso.
—Eso parece —corroboró él, y Lily pudo percibir en su voz la alegría que lo embargaba. Suspiró, aliviada. Su corazonada había dado en el clavo. Seguramente, la noche anterior, al cruzarse con Sirius, éste corría para alcanzar a su amigo, donde quiera que estuviera. Paciente, decidió esperar para escuchar los detalles cuando se encontraran alejados de oídos curiosos.
Las cosas no podían ir mejor.
Durante la semana que siguió a la noche de la reconciliación, todo había regresado a la normalidad. Casi parecía mentira que alguna vez hubieran estado peleados. Los cuatro estaban más juntos que nunca. Asistían a clases, pasaban los ratos libres, acompañaban a James a sus duras sesiones de entrenamiento de quidditch, todo como lo habían hecho siempre.
Todo era absoluta y perfectamente normal.
Hasta que un día, en una de las clases de Adivinación, mientras observaban las bolas de cristal con aburrimiento, James les llamó la atención a los dos con un gesto, indicándoles que se acercaran a él.
Curiosos, Sirius y Peter no dudaron en obedecer, y acortaron las distancias que había entre ellos.
—Quiero que me ayuden con algo —musitó Cornamenta, con los ojos brillantes.
—¿Qué tramas? —preguntó Sirius, aún más interesado. Hacía bastante que no armaban algún lío, y estaba extrañando meterse en problemas. James sonrió, y le dedicó a cada uno de los chicos una mirada que no supo exactamente cómo interpretar.
—En una semana es San Valentín —comenzó a explicar, y repentinamente, sus dos amigos perdieron por completo el interés. Molesto ante la actitud, les recriminó en voz baja—. ¡Hey! ¡Escuchen!
Los dos se volvieron hacia él con renuencia. La expresión en sus semblantes dejaban traslucir con claridad que pensaban que se trataba de alguna ridícula estrategia para intentar –otra vez– conseguir una cita con Evans. Hizo un ligero mohín al darse cuenta de ello, pero mantuvo su compostura para dejarles saber lo que había estado pasando por su mente.
—Sirius, ya dejó de molestarte que a Remus le guste Anne, ¿cierto? —el aludido se removió en su lugar, incómodo. Sí le molestaba un poco, pero asintió a la afirmación de su amigo—. Bien, entonces no tendrás inconveniente en darme una mano.
—¿A qué te refieres?
—Verán —dijo, acomodándose los anteojos, empujando con el dedo índice de su mano derecha el puente de los mismos—. Todos sabemos que Remus es muy tímido —los otros asintieron, dándole la razón—. Él no se acercará a ella de forma voluntaria, sobre todo después de la escena que montaste —aseguró, dirigiéndole a Canuto una mirada severa. Éste se mordió el labio, sintiéndose avergonzado—. Así que estaba pensando que, como sus amigos, deberíamos darle un poco de ayuda en ese aspecto —prosiguió, doblando apenas la comisura de sus labios hacia arriba.
—¿Qué planeas? —lo cuestionó entonces Peter, quien enseguida estuvo de acuerdo con la idea.
—Armarle una cita a sus espaldas —aclaró—. Y obligarlo a ir —agregó. Sabía que si no lo hacían, él no aceptaría de ninguna manera—. ¿Qué piensas, Sirius? ¿Me ayudarás? —preguntó casi suplicante, observando con atención al chico que aún no había movido un músculo del rostro, impasible.
Éste lo pensó durante algunos minutos, y con cierta reticencia, finalmente aceptó.
Refunfuñó mentalmente, molesto por la excesiva emoción de James al contar con su aprobación y su ayuda. No lo hacía porque realmente le agradara la idea, porque sinceramente no le agradaba para nada, pero pensó que sería la mejor manera de disculparse con Remus, por cómo había estado actuando con él por algo que no merecía la pena.
Remus se sentía un poco excluido en ciertas ocasiones. Pasaron unos cuantos días en los que, de vez en cuando, descubría a sus amigos cuchicheando emocionados. Pero al verlo, callaban, y actuaban como si nada hubiera pasado. Algo raro había allí, pero no quiso preguntar. Se lo dirían, tarde o temprano, y se sacaría finalmente la duda. Posiblemente no era más que la última broma que estaban planificando, y no le contaban por el simple hecho de que, siendo prefecto, si la consideraba demasiado peligrosa los detendría.
Sí, seguramente sería algo similar.
La tarde del día anterior al catorce de febrero, caminaba sin demasiada prisa hacia el comedor, luego de su clase de Artimancia, cuando una voz femenina lo llamó, deteniéndolo.
—¿Daphne? —preguntó, incrédulo, cuando reconoció a la muchacha que se había acercado a él. Pero no lo miraba, sino que tenía la vista clavada en el suelo. Le sorprendió mucho que le hablara, porque después del incidente del baile apenas si se cruzaban por los pasillos. Aunque claro, tampoco se había esforzado demasiado en volver a entablar conversación con ella—. ¿Qué ocurre?
La muchacha pareció pensar durante unos instantes, y finalmente levantó los ojos para sostenerle la mirada. Estos estaban acuosos, y le dieron a Lupin la sensación de que se encontraba mirando el mar. Pero también tenían la determinación plasmada en ellos.
—Lamento mucho haber actuado como lo hice —se disculpó. Remus no esperaba aquello, por lo que abrió los ojos más de la cuenta.
—No, soy yo el que debería disculparse —la corrigió, rememorando lo mal que se había portado. Aquello hizo que recordara la razón de todo el problema, y sintió como si le aguijonearan el estómago. La muchacha negó lentamente con la cabeza, y luego esbozó una sonrisa triste.
—¿Sabes, Remus? Me gustabas —confesó, haciendo que el licántropo se sonrojara y apartara de su mente por un momento la desagradable imagen de Sirius besando a Anne.
—Eh, esto, yo… —tartamudeó, incómodo, pero ella lo calló con un gesto.
—No importa, ya sé que te gusta mi hermana —dijo, a lo que Remus quedó completamente estupefacto—. Te gustaba en ese entonces también, ¿verdad? —continuó, y el chico no sabía qué pensar o qué decir—. Es por eso que te pusiste tan mal cuando la viste besando a tu amigo, ¿no es cierto? —el chico abrió y cerró la boca varias veces, incrédulo. Sí, ciertamente le había molestado, pero no era Anne la razón. Aunque no iba a decírselo—. No te preocupes, ahora lo entiendo —aseguró, sonriéndole a modo de disculpa, aunque su mirada continuaba triste—. Adiós, y suerte con tu cita —murmuró a modo de despedida, y se alejó, dejando al chico completamente solo y boquiabierto en el solitario pasillo.
Tardó un buen rato en procesar lo último que había salido de los labios de la muchacha. ¿A qué hacía referencia?
Por más que lo intentó, no le encontró sentido a esas palabras. No, al menos, hasta que sus tres amigos lo abordaron más tarde para hacerlo partícipe de su plan.
No se lo esperaba, y no pudo responder enseguida por la impresión.
—¿Qué cosa? —jadeó, incrédulo, pensando que había entendido mal.
—Mañana. Honeydukes. Cita —repitió James, haciendo un resumen parsimonioso de todo lo que había dicho. Remus palideció, dándose cuenta que sus oídos no lo habían engañado. Entonces comprendió a qué se refería Daphne.
—Eh, pero, yo… —con los ojos muy abiertos, y la alarma y el miedo impregnando su expresión, pasó a escrutar el rostro de Sirius, quien estaba a un lado del chico de anteojos. No pudo ver ninguna señal de molestia, ni tampoco de felicidad. Simplemente, estaba tranquilo.
Al notar la dubitación del chico, Cornamenta le dio un codazo a Canuto en las costillas.
—Ah… —murmuró éste, y buscó las palabras que tenía que decir—. No te preocupes, Lunático —aseguró, con una sonrisa queda, que enseguida se ensanchó—. No me molesta para nada, deberías aceptar —lo urgió, intentando sonar alegre.
Remus abrió la boca, con la intención de negarse, pero no pudo decir nada. ¿Qué hacer? Ya habían organizado absolutamente todo, y sería cruel por su parte dejar a la muchacha plantada. Se mordió el labio inferior un momento, bajando la mirada y tratando de luchar con el sentimiento que en su interior bullía, instándole a mandarlos a todos al carajo y gritar que eran un montón de idiotas. Cerró los ojos y procedió a inspirar y exhalar lentamente, calmándose.
—De acuerdo —aceptó finalmente, con una vaga sonrisa—. Lo haré.
No le gustaba que hubieran armado todo eso a sus espaldas, y sobre todo no le gustaba que Sirius hubiera colaborado con ello. Le hacía sentir poco importante. Pero entendía las buenas intenciones que llevaban, y por eso decidió no oponerse. Sólo intentaban ayudarle con la persona que supuestamente quería. Pero sentía que era incorrecto, de todas maneras, que Anne pensara que estaba interesado en ella. Tendría que aclarárselo desde un principio, para que no esperara nada de él.
Sirius resopló.
Sin saber de dónde venía el impulso, de repente sentía unas ganas terribles de gritar que no estaba de acuerdo, que no lo permitiría, que era una completa idiotez y que Lupin no tenía por qué aceptar aquello.
¡Ni siquiera parecía feliz!
De acuerdo, podía tratarse solamente de que todavía no estaba muy seguro de cómo se lo tomaría él al salir con su antigua novia. ¡Como si le importara!
Tuvo que contener la respiración durante unos cuantos segundos, para evitar proferir un gruñido de rabia. Se obligó a sonreír, aunque tenía más ganas de repartir mordidas.
No pasa nada, no pasa nada, Sirius, intentaba tranquilizarse mentalmente. Sólo es una cita arreglada, nada más. Pero su subconsciente lo traicionaba, obligándolo a clavarse las uñas en las palmas de sus manos, haciéndose daño.
No es nada...
