No hay justificación pero les juro que me pasó de todo. Disculpen la tardanza y solo espero que les guste este capítulo y muchísimas gracias por los nuevos reviews. Por cierto, es mi primera escena subida de tono, ya saben a lo que me refiero, así que me cuentan qué les pareció. Besos.
Capítulo X
Sangre de mujer
André la observó con genuino espanto.
- No puede ser, te lastimé… - Habló muy alarmado.
- No es nada de eso. - Oscar tomó su rostro con ambas manos y depositó un corto beso en sus labios. – Estoy bien, es que… - Un extraño rubor apareció en sus mejillas.
- Estás sangrando. – La cargó y la colocó bajo la sombra de un árbol. – Voy a revisarte.
Sus manos grandes sobre su cuerpo la hicieron tensarse.
- No, espera por favor, déjame explicarte… aléjate un poco, me pones demasiado nerviosa. – Lo apartó ligeramente.
André sonrió seductoramente ante la confesión y Oscar se ruborizó.
- Está bien. – Se sentó a su lado, más relajado. – Te escucho, al parecer no es nada grave. – Acomodó un mechón de rubio cabello que caía por su rostro.
El roce de sus dedos la hizo temblar y tuvo que hacer un gran esfuerzo por concentrarse.
- Es… es… - ¡Qué torpe soy!... ¡Cómo pude descuidarme y dejar que esto pasara! Sentía vergüenza, fue un gran error olvidar, que aunque aparentaba ser un hombre, su cuerpo ineludiblemente era el de una mujer. – No ha estado sucediendo con normalidad, mis tiempos están alterados desde hace varios meses, incluso llegué a pensar que tal vez ya no volvería.
André sonrió con dulzura.
- No digas más. - Posó un dedo sobre sus labios al ver lo difícil que había sido tratar de explicar lo que sucedía. - Sé a qué te refieres.
- Si mi padre llega a verme así, no sé cómo podría reaccionar. – Se tocó el vientre. - No puedo regresar así a casa, ¿te imaginas? – Habló angustiada. - ¡Su heredero manchado de esta sangre!
- Sangre de mujer porque eso es lo que eres, y eres la más hermosa de todas. - André miró con profunda adoración sus azules ojos y solo consiguió que su rubor aumentara aún más .
- Nana siempre me ayuda con esto. – Dijo nerviosa. - Es muy molesto, y quisiera regresar y cambiarme pero no puedo llegar con la ropa así. - André la interrumpió.
- Tranquilízate, conozco un lugar al que podemos ir para que te cambies.
- No pienso moverme así a ningún lado.
André se levantó y de una bolsa que colgaba de su caballo sacó una capa.
- Esto servirá hasta que lleguemos.
- ¿Qué lugar es ese? – Preguntó intrigada.
- No está lejos, es una posada y la dueña es una señora muy amable que podrá ayudarnos.
- ¿Y si alguien me reconoce?... ¿Es seguro?
- Jamás te llevaría a un lugar inseguro. ¿Confías en mí?
- Siempre.
Fue tanta la seguridad con la que habló que no pudo evitar acercarse nuevamente para besarla. Con esfuerzo tuvo que separarse.
- ¿Qué pasó? – Habló sedienta de más.
- Si sigo besándote jamás nos iremos. – Besó su frente y mejilla.
- Está bien. – Dijo con la respiración entrecortada.
- Tenemos que hacer tiempo y regresar cuando tu padre ya no esté.
- Nana debe estar preocupada, seguro las chismosas de las sirvientas ya le habrán ido con el cuento más exagerado… cuando regrese… - Voy a desaparecerlas a todas.
- No te preocupes por nada, ya le inventaremos alguna excusa a mi abuela, además si ya le contaron todo, también debe saber que estás conmigo. Todo va a salir bien, confía en mí.
Y Oscar confiaba. Sabía que él no dejaría que algo malo sucediera. Así que se puso de pie. Un hincón en el vientre la hizo doblarse de dolor.
André la cargó como si no pesara nada y la colocó sobre su caballo. Ató el caballo de su patrona al suyo para poder halarlo, y con la misma agilidad subió al corcel y rodeó la cintura de Oscar con uno de sus brazos. Ella se apoyó en su pecho.
- No estoy tan mal, puedes ir más rápido. – Aspiró su varonil aroma, olor que la hacía sentir relajada y protegida.
- Afortunadamente la posada no está muy lejos, no hay necesidad de apresurarnos. - En ese momento Oscar levantó su mirada haciendo que zafiros y esmeraldas se encontraran directamente. Con una somnolienta sonrisa se acurrucó en el pecho de André y se quedó dormida.
- André… - Comenzó a decir la mujer entre sueños.
Su sueño. ¿Estoy soñando? Por favor que no despierte nunca, que nada ni nadie me la quite.
Finalmente llegaron a la casa de una anciana de rostro amable. Era una sencilla casona, muy limpia y acogedora. Dejó los caballos afuera y cargó en brazos a Oscar que aún dormía profundamente. Lucía algo pálida y cansada.
- ¿Cómo está doña Marie?
La aludida lo observó unos momentos y enderezó sus lentes.
- ¡André! mis viejos ojos a veces tardan en responder. - Sonrió dulcemente. - ¿Están bien? – Dijo y su mirada se posó en Oscar.
- Sí.
André conoció a la dueña de la posada en una de sus tantas borracheras, cuando la mejor opción había sido no regresar a la casa de los Jarjayes hasta que estuviera repuesto. Era uno de esos días en los que se sentía especialmente dolido por el desamor de su amiga. Aquella noche había buscando un lugar donde pernoctar, y fue entonces que encontró esa casona. La dueña lo ayudó e incluso lo consoló de la pena que llevaba encima. Desde aquel momento se habían hecho amigos.
- ¡Qué bueno! – Dijo colocando las arrugadas manos en su pecho.
- No tenía preparada esta visita.
- No te preocupes hijito, es un gusto verte, muchas chicas me han estado preguntando por ti. – Dijo en tono pícaro. – Llorarán cuando te vean tan bien acompañado.
André sonrió ante el comentario de la señora.
- Necesito una habitación por unas horas, he tenido un percance.
- Es ella ¿verdad?, la mujer por la que sufrías tanto.
- Sí, es ella.
- ¡Es realmente hermosa!
André pensó que era muy difícil seguir ocultando que la amaba, ni a su abuela había podido confesárselo, aunque quizá ella ya lo sabía.
Además de vergüenza, la mujer pudo percibir inquietud y urgencia en la actitud de André, así que rápidamente le dio la llave de una habitación.
Sin pensarlo mucho, André se apuró en llevar a Oscar a la habitación. La sostuvo con cuidado y abrió la puerta muy rápido para evitar que su brazo cediera al peso muerto de su cuerpo. Fue en ese momento que comenzó despertar. André la sentó en la cama y luego se sentó a su lado. Era muy cómoda y tuvo que concentrarse para no pensar en todo lo que podía hacerle a ahí mismo.
- André… - Dijo perezosamente. – Lamento que hayas tenido que cargarme, es que me sentía tan cansada, no he logrado dormir muy bien durante varios días. – Observó el lugar.
- Deberías seguir descansando, yo regreso en un momento, tengo que ocultar los caballos.
Oscar lo tomó del brazo para impedir que se fuera.
- No te preocupes por nada. - Besó sus manos. – Regreso en unos minutos.
Oscar no pudo apartar la vista de sus verdes orbes. Comenzaba a gustarle tener sus besos y toda su atención solo para ella.
– No tardes por favor, aún estoy muy incómoda por…
- Lo sé. – Interrumpió suavemente. – También voy a traerte lo necesario, no demoraré.
Oscar dudó por un momento de que la dejara sola, pero él volvió a besar sus manos, y entonces comprendió que regresaría, que jamás la dejaría, y la cuidaría tal y como lo ha venido haciendo todos esos años.
André salió de la habitación y ella se tiró en la cama mirando al techo.
André dejó encargado los caballos en una tienda cercana. Regresó a la casona y le explicó a la amable señora el inconveniente que tenían.
- No te preocupes, imagino cómo debe sentirse, yo me encargaré de limpiar su ropa y con el calor que está haciendo, se secarán muy rápido y estará lista justo a tiempo.
- Muchas gracias.
- De nada, ahora toma esto. - Puso en sus manos una bata delgada de color celeste. Luego, sacó de un cajón unos retazos de telas muy blancos, los que envolvió en otro pedazo igualmente limpio. – Siempre estoy preparada. – Guiñó un ojo. - Ella sabrá cómo usarlos, después bajas, me das la ropa y te daré una corta lista para que compres en el mercado unas hiervas que pondré en un té, la harán sentirse mucho mejor.
Veloz, se dirigió a la habitación y tocó la puerta.
- ¿André? Pasa.
- ¿Cómo te sientes? Te traje esta bata. – Oscar se sorprendió por la mención de dicha prenda. – No hay otra cosa y necesito que te la pongas y que luego me des tu ropa, la dueña se encargará. También me dio esto. – Le entregó las telas.
Oscar se tensó. No solo era la vergüenza de estar en medio de esa situación, sino que también estaba la posibilidad de desvestirse ante él, algo que jamás imaginó, sin embargo, tenía que aceptar que la idea de tener intimidad con André era algo que le parecía natural ahora que ya habían confesado su amor, claro que pensarlo era mucho más fácil que ejecutarlo.
- Te dejaré para que te pongas más cómoda.
- Espera… - Oscar sintió un mareo que la obligó a sentarse en la cama.
- Tranquila, será mejor que aproveches para descansar.
Oscar se puso de pie y comenzó a hablar de espaldas a André.
- Nunca me he sentido tan agotada, y sé que no es solo algo físico. – Respiró profundamente. – Durante muchos días he estado llena de dudas, de preguntas sin respuestas, de sentimientos que no alcanzaba a comprender, que incluso aún no comprendo del todo… - Lo miró directo a los ojos. – Sin darme cuenta, comenzaste a ser el objeto de mi incertidumbre, de mi angustia, no podía dormir, a veces no tenía ganas de comer.
- Lo siento mucho Oscar. – Habló conmovido por sus confesiones.- No sabía que te estaba generando tanto pesar.
- ¿Por qué nunca dijiste nada? – Interrumpió con vehemencia.
- Porque tenía miedo de perderte. – Elevó la voz. – Tenía pavor de perder tu amistad, porque ese ha sido mi único consuelo todos estos años.
¿Años?
André se tensó. Había dicho en una sola frase todo lo que había guardado a lo largo de mucho tiempo. Además, la sola idea de estar juntos en una misma habitación y bajo esas circunstancias le recordaba que lo que más deseaba en el mundo, era hacerla su mujer. Trató de calmarse. Estaba muy claro que no podría tenerla en ese momento de la forma que añoraba, debía comprender todo lo que Oscar había pasado y su repentina situación actual.
Una sombra de confusión se reflejó en su mirada y decidió que lo mejor era salir del lugar.
- Espera por favor. - Lo colocó frente a ella.
Oscar se había sacado las botas y tenerlo en frente hizo que se diera cuenta de lo pequeña y delgada que era en comparación de su amigo. Le pareció una imagen tan sensual y varonil que no pudo evitar abrazarlo. Como hipnotizada por su olor, hundió su rostro en su cuello. No quería seguir haciéndose la fuerte. Con toda su alma, quería rendirse a ese amor que de pronto había nacido, que tal vez solo había estado dormido, porque sí, ella también lo amaba y había sentido celos y angustia de solo imaginarlo al lado de otra mujer. Inmediatamente la sombra que se había asomado por los ojos de André desapareció y él correspondió el abrazo.
- Te amo de una forma que no puedes ni imaginar. – Dijo en un susurro muy cerca de su oreja.
- Yo también, te juro que yo también te amo. – Aspiró su aroma – Pero todo es tan nuevo, me siento nerviosa, me siento otra persona, estoy tan incómoda… - André la soltó inmediatamente, pero ella hizo que la volviera a abrazar jalándolo de los brazos. - No por ti, es este malestar, lo siento peor que nunca y… - Tengo que armarme de valor, el va a ser el único hombre que conozca todos mis secretos. – Estoy muy adolorida, inflamada y las vendas que tengo alrededor de mi pecho me están ajustando más de lo normal. – Se ruborizó por la petición que estaba a punto de hacer, pero necesitaba sentirlo más cerca, algo en su interior se lo imploraba. - Necesito que me ayudes a quitármelas.
André sintió morir de solo imaginar que tendría el privilegio de ver su cuerpo, de sentirla al menos un poco.
- Lo que sea que necesites, estoy aquí para ti, siempre. - Su voz se escuchó algo ronca.
Oscar se soltó de su abrazo y dio unos pasitos hacia atrás. André se quedó allí mirándola, esperando sus movimientos.
Después de unos segundos, durante los cuales descubrió que André tenía los ojos más bellos y tiernos del mundo, comenzó a soltar el lazo de su camisa blanca. Se sintió valiente, se sintió femenina por primera vez en la vida, y se juró así misma que sus ojos y miradas serían solo de ella. Se sacó el pantalón y lo colocó encima de la cama. Se sintió aliviada de saber que sus líquidos habían cesado. André se quedó mirando sus blancas y largas piernas. No podía evitarlo pero tenía una gran necesidad de acercarse a ella y arrojarla a la cama, pero debía controlarse, ella estaba esforzándose, tratando de ser por primera vez la mujer que en lo que llevaba de vida se había negado a ser. Finalmente se quitó la camisa y las dichosas vendas quedaron al descubierto.
- Es normal que bajo estas circunstancias sea más difícil llevarlas. - Dijo tan roja como el atardecer.
Oscar le dio la espalda y él entendió que debía comenzar a ayudarla.
La concentración le fallaba al ir quitándole las vendas. Rozar su piel suave y ver que su carne blanca iba apareciendo, hacía su deseo más profundo. Finalmente la venda cayó al suelo y Oscar se dio la vuelta. Su pecho desnudo era una visión que él nunca imaginó. Sus senos eran pequeños, muy blancos y redondos, y él estaba deseoso de tocarlos.
- Eres tan hermosa, todos a tu alrededor lo sabemos, pero verte así… - André fijó la mirada en su pecho. - No encuentro una palabra que califique tu belleza.
Se dio la vuelta para evitar hacer algo que a ella no le gustara, pero ella no estaba dispuesta a dejarlo ir, quería sentirlo suyo. ¿Qué debo hacer para que entiendas que necesito estar en tus brazos, qué quizá no volveremos a tener esta oportunidad, que tal vez pasarán muchos días hasta que pueda estar así contigo? El descubrimiento de su deseo la llenó de valor, sabía que tenía que ser ella la que dé el gran paso.
Con lentitud se acercó a él. Se sentía nerviosa y algo asustada, pero sabía perfectamente que André jamás le haría daño. Lo hizo dar la vuelta y mirarla. Sus ojos estaban en los suyos y la miraban de una forma que nunca imaginó que podría ser mirada. Entonces con miedo tomó una mano de André y la colocó en uno de sus senos. André creyó que perdería la razón. Ella retiró su mano, y él la dejó ahí. Con miedo comenzó a acariciarlo suavemente y Oscar cerró los ojos.
Lo que sentía en ese momento era algo indescriptible, era como una corriente eléctrica que la hacía temblar, algo que jamás pensó que su cuerpo pudiera sentir o que alguien pudiera hacérselo sentir. Entonces abrió los ojos y vio la mirada de André y entendió todo. La miraba con deseo, amor, pasión, ternura, con tantos sentimientos que seguramente habría tenido que fingir en incontables ocasiones. Entendió que él era el único hombre de su vida, que no podría amar a nadie más, que quizá siempre lo había amado, pero que su capricho por Fersen, su trabajosa actuación, los complejos de las clases sociales y otras trabas le habrían impedido ver con toda claridad que era un ser con sentimientos y que el único que siempre había estado allí incondicionalmente era el fiel y noble André.
Él disfrutaba de tocarla y pronto comenzó a utilizar ambas manos. Oscar comenzó a desfallecer. Lentamente se acercó a ella como pidiendo permiso de seguir un poco más allá y ella sonrió con timidez. Él la abrazó, acarició su espalda y rozó suavemente su trasero, besó su hombro desnudo y le habló al oído muy despacio.
- Si continúo tocándote, no habrá fuerza sobre la tierra que me impida llegar a donde siempre he deseado. – Depositó un beso en su cuello que la hizo retorcerse. - Déjame llevar tu ropa, debo comprar unas cosas en el mercado y vuelvo en seguida a tu lado. Ponte esa bata.
- André… no creo que podamos llegar hasta allí porque yo…
- No pienses en eso ahora, cuando regrese, vas a entender cuánto te amo.
No pudo formular respuesta. André le sonrió, se dio la vuelta y salió de la habitación, si seguía viendo casi desnuda a Oscar terminaría por enloquecer.
André dejó la ropa con doña Marie y ésta le entregó la lista de compras.
Como flecha salida de un arco, fue a buscarlo todo. Afortunadamente no le costó ningún trabajo y pronto estuvo de regreso en la casona con todo lo que necesitaba y algo de fruta. Le entregó todo a la mujer y en cuestión de minutos preparó un té con un aroma bastante agradable. Lo colocó en una bandeja y le indicó que se la llevara.
Tocó la puerta y Oscar abrió y lo ayudó con la bolsa de frutas que también llevaba en las manos. Ambos se sentaron en la cama y el hombre le ofreció el té.
- Doña Marie me dijo que esto te hará sentir mejor.
- Está bien.
Obediente, se acabó el contenido de la taza y André comenzó a partir unas manzanas.
En medio de tantas emociones, Oscar recién se percató de la existencia de un viejo espejo de cuerpo entero que había en una esquina del cuarto. Se acercó a él como hipnotizada y vio su imagen reflejada. Era la primera vez en la vida que usaba una bata. Se alegró de darse cuenta que el té había hecho desaparecer el dolor punzante en su vientre y que su sangre ya no se derramaba abundantemente, además, las telas que le habían proporcionado la protegían y hacían sentir más cómoda. Cayó en la cuenta de que su imagen en el espejo era por primera vez la de una mujer. Un poco ruborizada se percató que la bata era algo transparente. De pronto sintió unos fuertes brazos que rodeaban su cintura. La imagen de André apareció en el espejo y él dulcemente colocó un trozo de manzana en su boca. Comenzó a besar su cuello y espalda lo que le provocó un mar de sensaciones en la rubia.
- Déjame sentirte, un poco más.
- Sí…
André comenzó a morder el lóbulo de su oreja de una manera que la hacía retorcerse y no pudo evitar gemir de placer. El hombre se aventuró a tocar un poco más, deslizó sus manos por debajo de la bata y comenzó a acariciar sus muslos y trasero. Oscar no se lo impidió. Ya nada le impediría, ella sencillamente había caído en el abismo de su amor. Con una mano en el muslo y otra en uno de sus senos comenzó a estimularla suavemente, y ella respondía a todas sus caricias con suaves gemidos y colocando sus manos en su densa y negra cabellera. Pronto pudo sentir un hincón en el centro de sus muslos que lo hizo saber que necesitaba de ella más que nada en el mundo. La volteó y la besó. Se quito la camisa y Oscar pudo sentir el contacto de su piel. Sus labios eran tan tibios, como aquella vez en que él la besó, pero ahora era diferente, ya no eran unos niños. Oscar abrió la boca para recibir su lengua. André la desvistió por completo y comenzó a acariciarla toda. Sus manos la recorrían con frenesí y ella tímidamente se encargó de deshacerse de toda la ropa de André, ya ni siquiera le importaba que estuviera en pleno ciclo femenino. Él lentamente la colocó contra el colchón de la cama y se apoyó en sus rodillas y brazos, mirándola.
- Dime que me detenga. – Habló excitado.
- No te detengas, pero recuerda que estoy…
- Eso no me va impedir hacerte mía.
- Entonces haz lo que quieras conmigo.
Volvió a besarla y Oscar seguía otorgándole todos los permisos y entonces pudo sentir algo duro cerca de su pierna, darse cuenta que André estaba sediento de ella le hizo ver la sed que también ella tenía.
– Si sigo, quiero que sepas que no habrá fuerza en este mundo que te separe de mí.
– No quiero que nos separemos, no te detengas por favor, siento que me muero. – Dijo con la voz llena de pasión.
André cayó en su propio abismo y sus caricias incrementaron su desesperación. Oscar solo podía cerrar los ojos para evitar gritar. André besó su cuello y cuando llegó a sus senos comenzó a morder y lamer uno de sus pezones. Se encargó de su pecho por varios minutos hasta que continuó su camino y llegó a su vientre en donde sus besos lograron que éste temblara, y entonces con algo de temor llegó hasta la cumbre de su rosa. Oscar se alarmó.
- André no… no es el momento, no ahora…
- Ya no veo que baje nada, déjame probarte, déjame amarte plenamente, por el amor a Dios.
- Es que… - Oscar se llevó una mano al rostro para acallar un grito.
La lengua de André comenzó a lamerla justo ahí. El placer que sentía le impedía pronunciar palabra. Quería pedirle que no la mirara ahí, que la avergonzaba demasiado, pero lo único que hizo fue arquear la espalda y comenzar a gemir más fuerte.
André estaba en el cielo, su néctar era lo más delicioso que había probado en su vida y escucharla gemir era como música para sus oídos.
Oscar tuvo su primer orgasmo, se retorció en la cama gimiendo y entonces ya no pudo más, subió hasta su boca y la comenzó a besar apasionadamente.
Un dedo fue el preámbulo de lo que venía. La cavidad femenina estaba húmeda y caliente. André comenzó a frotarla con más ahínco mientras seguía comiéndosela a besos.
Inesperadamente se detuvo y Oscar lanzó un gritito de reprobación.
André se incorporó y acercó la punta de su miembro completamente rígido por el deseo. Lo que la rubia vio en ese momento fue lo más masculino de todo el mundo. Los bellos oscuros que adornaban todo su cuerpo, sus músculos marcados, su piel ligeramente bronceada, sus ojos verdes, su rostro brillante por el sudor y su cabello negrísimo como la noche.
Se arqueó nuevamente al sentir que su carne se hacía paso entre sus piernas. Era grande, robusto y entrar completamente le estaba costando algo de trabajo, pero frotó aún más sus labios con su órgano hasta que finalmente lo logró.
Las envestidas comenzaron. André ahogaba los gritos de Oscar en su boca. Ella lo mordió y se quejó un poco cuando sintió que el ritmo se incrementaba. Lo sentía tan adentro, tan caliente y suyo que casi no podía ver, solo escuchaba a André decirle palabras de amor con dificultad y gemir su nombre como si la vida se le fuera.
Oscar sencillamente no podía formular palabra. De pronto el vaivén de sus caderas se hizo más lento, pero el empuje más profundo. Su cuerpo vibraba, sintió su vientre explotar, sintió que iba a morir y solo pudo aferrarse a la espalda ancha de André y éste pudo sentir que toda su esencia era derramada en el cuerpo de la que ahora era su mujer. Llegaron juntos, gritando el nombre del otro, de la mano al cielo. André cayó sobre Oscar aún unidos.
Respiraciones agitadas tratando de hacer llegar más aire a los pulmones.
- Te amo… te amor… - André besó todo su rostro.
- Júrame que siempre estaremos juntos, te amo, te amo… - Unas lágrimas cayeron por su rostro.
- Estaremos juntos toda la vida, porque sencillamente me es imposible estar lejos de ti y aunque nunca me hubieras amado, jamás me hubiera alejado de ti…
- Pero te amo… te amo y no quiero que nada nos separe… nada… - Oscar se aferró a su cuello y besó sus labios con desesperación.
André se imaginó a qué se refería, pero se juró a sí mismo que no habría nada ni nadie en la tierra que la alejara de su gran amor.
André salió de su interior lentamente haciendo que temblara, se acostó a su lado y colocó su cabeza en el pecho suave de Oscar. Ella comenzó a acariciar la mata de cabello azabache.
- Tengo sueño.
- Durmamos un poco antes de regresar.
- Sí…
Oscar sonrió al escuchar esas palabras y cayó en los brazos de Morfeo inmediatamente. André no tardó en acompañarla y ambos durmieron plácidamente, como hace mucho tiempo no lo hacían.
