Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es mía.

Capítulo X

"Mala Noche"

Alerta de capítulo muy largo.

Con los nervios a flor de piel, Bella fue incapaz de conciliar un sueño profundo, y la única vez que lo logró, las pesadillas la hicieron despertar con una confusión entre lo real y lo que únicamente era producto de su imaginación.

Por aquello, al siguiente día, tenía unas grandes manchas de color morado bajo los ojos y el rostro cansado. Con mucho esfuerzo logró salirse de su habitación y llegar a la cocina.

— Buenos días, cariño— saludó Esme radiante, sin embargo, al contemplar con más detenimiento el rostro de la joven, frunció el ceño. — ¿No has dormido bien?

Bella casi gimió al escucharla, esperaba no ser tan obvia.

— No mucho. — Sinceró en medio de un suspiro, cogiendo un vaso de leche y pan.

— ¿Y eso? — Detuvo su supervisión, para sentarse junto a la muchacha de rostro abatido.

La castaña la midió un instante.

— El Lord me ha ordenado acompañarlo a un baile. — Le confesó, jugando con el vidrio.

— ¿Pero eso no es algo bueno? Son lugares hermosos, los vestidos, el color, las personas…

— No quiero ir. Es… es como remover todo lo que creí olvidado. — Musitó distraída, llamando la atención de la mujer.

— ¿Lo ha pedido u ordenado?

— Fue una orden. — El semblante de Bella decayó un poco más al recordar la fría actitud del hombre que ocupaba la mayor parte de su mente. — Y realmente no entiendo por qué quiere que yo vaya allá con él. A veces me da la impresión de que sólo desea mi desdicha.

— Ah, no lo creo Bella— maternalmente, Esme acomodó el cabello de la chica. — Pienso que sólo quiere tu compañía.

— No, señora Esme. — Le sorprendió ver el fugaz atisbo de pesar en la mirada clara— Él está jugando, aún no sé a qué, pero eso es lo que hace. Y realmente, no sé si seré capaz de seguirle. — Comió un trozo de pan y se levantó. — Iré a ver en qué soy útil, con permiso. — Y dejando casi todo el desayuno, se retiró de la cocina, justo cuando Eleazar venía ataviado con unas verduras.

La mujer lo auxilió de forma despreocupada, mientras daba vueltas a los sucesos. Al menos, tenía certeza de que algo ocurría entre ellos. Y al parecer, ese algo estaba lastimando a la joven castaña.

Sacudió la cabeza, y prosiguió su labor, ella no tendría nada qué hacer entre ambos y era mejor no intervenir, a menos que fuera una necesidad. Por el momento, no veía peligro en el horizonte para Bella. Porque de los dos, la chica era la más vulnerable. Era como una pequeña cría de gacela enfrentándose a un león experimentado en la caza.

-o-

Bella se encontraba limpiando unas ventanas, cuando oyó su profunda voz.

— ¿No dejé claro ayer, que quería que te prepararas desde temprano? — A la castaña le dio un vuelco al corazón y de suerte logró mantener el equilibrio— y qué haces trepada ahí. Ven. — Ordenó con voz gélida, extendiendo los fuertes brazos hacia ella.

Enfadada por el trato recibido, se negó, volteando y bajando a continuación por sus propios medios de la silla.

Sacudió su desvaída falda y acomodó el mechón tras su oreja.

— Lo oí perfectamente, Lord. — Lo observó a los ojos en una mirada de claro desafío, y luego de hacer una ridícula reverencia, se retiró de la habitación.

Al entrar, cerró la puerta y soltó un gruñido mientras lanzaba lejos el delantal. Violenta, se dirigió a la ventana y respiró profundamente.

Aquel no era un buen día para salir, pensó. Las nubes en el cielo indicaban que dentro de poco se dejaría caer un aguacero. El viento frío le despeinó el cabello todavía más y ella se permitió cerrar los ojos y dar rienda a sus temores.

El primero de todos, era ser descubierta. No deseaba que nadie supiera nada de ella, no ahora, no cuando era la dama de compañía de alguien. Sabía cómo eran esas gentes, las conoció gran parte de su vida y lo único bueno que trajo su abuela, fue apartarla de ellos. Con sus padres se había sentido segura, pero de eso poco quedaba. La seguridad estaba casi olvidada, hasta que conoció al Lord, por supuesto.

Enfadada, apretó las manos y se apartó de la ventana.

No había modo en que no se sintiera ofendida por el proceder de Edward. Ella no entendía por qué jugaba de aquel cruel modo con sus sentimientos. No veía el caso en tratarla suavemente un instante y al siguiente despreciarla como si fuera lo peor de la sociedad.

A veces, perdía el norte y se olvidaba de quién era en esa casa. Era una simple querida, nada más que eso. Que él se lo tomara como un juego, era otra cosa. Y si Bella caía en ese encantamiento pasajero, era la única culpable.

Se dejó caer en la cama, ocultando su rostro entre sus dedos. Al abrir los ojos, contempló lo arruinada y lastimada que tenía la piel. De su pasado, de aquella niña amada por sus padres y de vida acomodada, no quedaba nada. Nada, excepto sus recuerdos.

La tentación de llorar le oprimió el pecho e hizo sus ojos arder. Y justo cuando sus pensamientos llevaban a la muerte, otra vez. La puerta se abrió.

— ¡Irás a un baile y soy la encargada de ayudarte! ¿No es maravilloso? Es como un cuento de hadas. — Rió Alice, voceando encantada. La castaña se incorporó, secando sus húmedos ojos antes de verla. — Oh, pero tú no te ves alegre— murmuró por lo bajo al contemplar el rostro cansado y pesaroso. — ¿Qué ocurre? — Le tocó el hombro con suavidad.

— No dormí bien. Y realmente, no tengo ganas de asistir a ese tonto baile. ¿Qué tengo que hacer yo allí? Mírame.

— Veo a una fabulosa dama, algo abatida, pero hermosa. — Susurró la pelinegra. — Veamos qué tienes para ponerte.

Y entonces se volvió al armario y sus escuálidas prendas.

— Mmh. Creo que tendremos un problema, nada de esto es adecuado. Quizá si le pido a Esme, podrías ajustarlo y…

— Hay un vestido en el arcón. — Dijo sentándose en la silla de una esquina, sosteniendo sus piernas cerca del pecho. Distraída, observó a la muchacha sacar la caja y con cuidado abrirla.

— ¡Vaya! ¡Esto es una hermosura! — Comentó maravillada, acariciando la seda azul y bordados delicados. — Podría dormir sobre él, es tan suave. — Lo rozó con la mejilla. — Anda, dime ¿de dónde lo has sacado?

— Fue un regalo del Lord. — Destiló desprecio al decirlo, pero si ella lo notó, lo omitió deliberadamente.

— Tiene buen gusto. Te quedará perfecto.

Bella evocó la imagen en el espejo y bufó. Sentía tanto enfado, que era capaz de decirle toda la verdad acerca de ella y el Lord a Alice, con el simple afán de dejar en evidencia que las acciones del señor de la casa no eran tan buenas como todos se creían.

— Anda, emociónate un poco. Será divertido.

— Dormir en el establo sería divertido. Esto es tortura.

— ¿Por qué tanta aversión? — La joven guardó silencio. No podía decírselo, aunque quisiera.

Volteó el rostro en dirección contraria.

— ¿Qué es lo que ocurre Bella? — La oyó pronunciar con cautela. — Puedes confiar en mí.

En aquel momento, Bella sentía que no podía hacerlo. Todos estaban encantados con la idea del estúpido baile, y con que el Lord tuviera atenciones con ella.

No hizo falta que se esforzara en responder. Pues oyeron toques en la puerta y luego a Rosalie entrando.

— Hola— saludó sonriente— Esme me mandó a traerte esto. Son guantes, unas botas decentes y algunas cosas para el cabello. Ahí Alice hará su magia— les guiñó el ojo.

—Luces radiante hoy. — Molestó Alice, curioseando entre las cosas traídas por la rubia. Bella se esforzó en mejorar su semblante, pese al creciente nerviosismo.

— Sí, porque no me meto en la vida de los demás y me dedico a mi felicidad.

— Ay, por favor. Por qué tan quisquillosa. ¿Emmett no estuvo bien anoche?

Bella no pudo evitar sonreír ante el comentario de la pelinegra y el rostro enrojecido de Rose.

— ¿Por qué te importa tanto lo que haga o no con Emmett?

— Discúlpame la indiscreción, es la curiosidad de una virgen.

La castaña rió.

— Vale, te lo acepto. Pero no voy a responder tus preguntas indecorosas.

Se volteó hacia la cama y miró el vestido.

— Es hermoso, ¿de dónde lo sacaron? — Lo cogió y puso sobre sí.

— El Lord se lo dio a Bella. — Comentó distraída la pelinegra, consiguiendo que los ojos azules de la rubia se posaran sobre ella. Nerviosa, apretó más el agarre en sus piernas.

— ¿Qué te traes con él, eh? — Molestó con voz melosa. — De cualquier modo Alice, Bella también puede contestar tus preguntas.

La castaña se ruborizó.

— Él tiene debilidad por las chicas bonitas. Y si tiene su atención en ti, dentro de poco serás una experta— rió tontamente, incomodando a Bella.

— Él y yo no hemos hecho nada, Rosalie. — Explicó lenta y fríamente. — Agradecería que dejaras de decir eso.

La rubia dejó el vestido y asintió, mirándola aún de manera coqueta.

— De todos modos, ahora que lo pienso. No eres muy del tipo del Lord. Le gustan las mujeres de cabellos rojos o rubios, de ojos de color y que arreglan siempre sus cabellos y ropas, además de que sean más voluptuosas. Ya sabes, todo lo que un hombre siempre busca en una chica. — Comentó Alice.

— ¿Lo has visto con una de sus conquistas alguna vez? Jamás ha traído ninguna aquí. — Comentó Rosalie, mientras Bella sentía una indeseada molestia al oírlas hablar de sus amantes. Ridículo, por supuesto.

Se levantó con pesadez, pero más que dispuesta a cambiar el tema de conversación.

— Creo que sería bueno comenzar, ¿no lo creen? — Ambas chicas que discutían la vida amorosa del señor de la casa, se volvieron y asintieron.

— Yo puedo ayudar con el maquillaje— apuntó la rubia. — Alice se encargará de tu cabello.

La chica simplemente asintió, dejándose caer en la silla frente al tocador.

No supo exactamente cuánto tiempo pasó allí, soportando tirones y productos sobre su rostro.

— No exageré con lo mío, tu piel es bonita y creo que no te sentaría un exceso. He visto a chicas abusar y se ve terrible. — Apuntó Rose, soplando unos polvos sobre las facciones fingidamente pacíficas de la castaña, pues por dentro era un hervidero de nervios. — Tapé tus ojeras, y vaya, creo que tengo cierto talento. — Rió.

Bella abrió los ojos lentamente, sintiendo que utilizaba una máscara, pero no se los diría. Se habían esmerado ayudándola.

— Ya está. Me esforcé en hacerte un peinado hermoso, y lo más cómodo que pude. Aunque tuve que ponerte varias horquillas para sostenerlo. ¡Qué suerte que tengas rizos! Así luce mucho más. — Sonrió levemente antes de mirarse en el espejo.

El reflejo la dejó sin aliento y con la tentación de tocarlo, para asegurarse de la verosimilitud de lo que contemplaba.

No era amante de hacerlo, no valía la pena. Pero en esta ocasión, no podía evitarlo.

Tenía las pestañas oscurecidas, lo que profundizaba sus ojos, su piel se veía perfecta y estirada. Los labios los tenía ligeramente rojos al igual que las mejillas naturalmente pálidas. Su cabello era una obra de arte. Las trenzas en lo alto se unían de forma elegante y casi mágica, era incapaz de distinguir de dónde comenzaban. Parecía un verdadero tejido, un lienzo con una pintura bellísima y exquisita.

Definitivamente no era ella. Ni siquiera guardaba parecido con la niña que solía ser, y que asistía a reuniones sociales tomada de la mano de su padre.

— Te ves hermosa, ¿no lo crees? — Se tocó el cabello, sintiendo y observando a medias las flores que Alice había metido en el trenzado. Lucía maravilloso.

— Eh… chicas, ustedes son mágicas. — Comentó sorprendida, ganándose unas risillas.

— Qué va, te sienta perfecto. Naciste para ser de la nobleza. No tuvimos mucho que hacer, sólo realzar lo que ya es tuyo. — Comentó Alice. — Pero ni creas que hemos terminado. Viene la parte complicada.

Las tres se observaron y luego la cama.

— El vestido— gimotearon.

— Hacen falta unos cordones y el corsé. Iré por ellos y algo para comer, nos perdimos el almuerzo. — Apuntó Rose, saliendo rauda de la habitación.

Cuando se quedaron a solas, Bella se permitió suspirar.

— ¿Qué te asusta tanto? — Preguntó.

— Todo, la gente, los desconocidos… no saber lo que pasará me aterra. Aquí me he acostumbrado a una rutina, a hacer ciertas cosas metódicamente. Mientras que eso es…

— ¿Te pone nerviosa el Lord?

¿Lo hacía? Se preguntó seriamente, ¿qué es lo que pensaba o sentía cuando él estaba cerca? Los recuerdos de los encuentros que habían tenido, le dejaron claro que cosas inocentes precisamente no.

— No lo sé.

— Ay, Bella. — Se mordió el labio mientras la hacía verla. Vio una extraña compresión en los ojos de Alice. — Te prometo que cuando regreses, estaré esperándote y hablaremos. ¿Te parece? Nunca he ido a un baile y realmente me da mucha curiosidad, ¿crees que puedas observar y memorizar para mí? — Bella frunció el ceño ante la particular petición, pero de todos modos terminó asintiendo. — Perfecto. — sonrió, yendo de un salto hacia la cama.

Justo cuando Rosalie entraba ataviada con unas frutas, jarras, un corsé y cordones. Realmente lucía graciosa, por lo que se permitió sonreír.

Mientras la ayudaron a ponerse el incómodo aparataje, y jalaron de los lazos hasta que estuvo todo en su lugar, comieron trozos de frutas y bebieron.

Por un rato, Bella olvidó lo que venía pronto, y se relajó al punto de bromear y reír de los comentarios de ambas.

Sin embargo, cuando el sol comenzaba a meterse, regresó a la realidad. Puesto que una vez se encontró lista, las risas cesaron y simplemente quedó su nerviosismo en las entrañas.

— Te sienta perfecto. El Lord tiene buen gusto, y sabía tus medidas. — Algo incómoda por la ligera implicancia íntima que Rosalie le confirió al tono, Bella prefirió voltearse hacia el espejo.

Se ruborizó por lo mucho que el vestido revelaba, sobre todo en el frente. Parecía que sus senos eran demasiado grandes para la prenda y que saldrían libres en cualquier momento. Ella tenía sólo diez cuando se puso el último ropaje similar y en ese entonces, su cuerpo era el de una niña. Ahora, la tela se ceñía indecentemente a la cintura y pecho, abriéndose sólo un poco a la altura de sus caderas.

Ella no guardaba registro de su silueta así, realmente, nunca se había visto a sí misma como una mujer. Y menos, como la que se encontraba allí, era como ver a una extraña.

— Mmh, ahora tengo mis dudas sobre las preferencias del Lord— molestó Rose con una risilla. El comentario fue como un balde de agua fría; con aquellas ropas, era difícil precisar la reacción del señor, sobre todo con el antecedente de su errático proceder con ella.

Mientras pensaba en qué decir, oyó el reloj indicar las seis de la tarde. Y no tardó mucho más en escuchar los pasos por el pasillo. Nerviosa, deseó volver por sus desgastadas ropas. Ellas eran mucho más seguras que lo que traía puesto.

Oyó los toques en la puerta, y tardó unos segundos en encontrar su voz.

— Bella— era Tommy que al verla se quedó boquiabierto. — ¡Estás muy guapa! — Exclamó, acercándose para tocar el vestido— casi no pareces tú, luces como esas señoritas que vemos en la ciudad con mamá.

— Hey, ¿no tenías algo que decir? — Preguntó Alice.

— ¡Sí! Que el señor te espera abajo. — Le dio una sonrisa deslumbrante, con aquellos dientes que comenzaban a crecer, mientras los otros caían.

— Muchas gracias— le acarició el cabello y el pequeño salió corriendo.

— Le contaré a Emily cómo te veías. — Aseguró encantado.

— Bueno, mi querida— Alice cogió sus manos— es tiempo que te comportes como toda esa dama que sé guardas dentro.

— Cuidado con embelesar a todo el mundo, eh. O te acusarán de provocadora y serás azotada en público— bromeó Rosalie. Simplemente fue capaz de sonreír levemente, alzar la barbilla y decidirse a bajar, luego de agradecer la colaboración de ambas mujeres.

-o-

Impaciente, Edward daba vueltas en el vestíbulo. No había olvidado el comportamiento desafiante de Bella aquella tarde, y aunque se aseguraba a sí mismo que sólo quería verla para reprenderla, sabía, que realmente deseaba contemplar su rostro de porcelana.

En una de sus vueltas, tuvo la buena idea de alzar la mirada hacia las escaleras. Al principio, creyó que era una especie de alucinación. Sin embargo, al echar un segundo vistazo, supo que estaba equivocado. Era Bella, derrochando su belleza.

Se sentía como un incauto cayendo en una especie de trampa.

— Lord. — Bella hizo una reverencia estúpida, con el único afán de molestarlo. Su rabia se dirigía totalmente a aquel ser la que reconocía una y otra vez, con rostro bastante estupefacto. Sintiendo insultada, terminó de bajar y se volteó. Para su suerte, venía Tommy por aquella dirección.

Edward permaneció de pie, estático, desconfiando de sus futuras acciones. En su interior, sólo deseaba coger a la bella mujer y encerrarse con ella en su alcoba. Pero por el otro, sabía debía cumplir sus obligaciones.

De todos modos, dudaba de poder concentrarse con semejante belleza a su lado. Le costaría apartar la mirada de esos ojos oscuros, o de su piel tan blanca y pulcra, desde su frente hasta los abultados senos. De inmediato se fijó en esas formas, que contrastaban a la perfección con el azul del vestido que la envolvía. Cuando vio aquella prenda, jamás pensó que le sentaría tan bien. Era casi demasiado verla, su atractivo era fatal.

La vio agacharse hasta la altura del niño, y sonreírle del modo en que sólo ella podía. Embelesado, no pudo hacer otra cosa que contemplarla. Su postura, su cabello perfectamente bien arreglado, los detalles de su maquillaje ligero. Sólo quería atraparla entre sus brazos e impedirle cualquier ruta de escape.

— Es un precioso detalle, Tommy— musitó, acercándose sigilosamente hacia la mujer que se tensó al sentirle. Su aroma bromeaba con sus sentidos. — Permíteme ayudarte— pidió con voz ligeramente ronca, cogiendo entre sus grandes dedos la flor de color violáceo que el pequeño había traído.

Con una línea de disgusto en los labios, Bella asintió, sin despegar la mirada enfadada de la del Lord, que parecía del todo ajeno. Y no era para menos, era imposible mostrar otra emoción que no fuera agrado frente a semejante beldad.

Con sumo placer, se dio el trabajo de acomodar la delicada flor entre las otras que adornaban el cabello caoba, jamás lo había seducido tanto la textura de las finas hebras de una mujer.

Observó con detenimiento los rasgos serios de la joven y justo cuando iba a decir algo, irrumpió Jasper, vestido para la ocasión.

— Señor, el carruaje está listo. — Edward asintió, francamente disgustado por la intromisión. Eso es lo que precisamente debía evitar a toda costa, sentir que las demás personas y lo que ellas tuvieran para decirle, le molestara por el simple hecho de apartarlo de la castaña.

Tomó una lenta respiración antes de ofrecer el brazo, que fue rechazado. El hecho no le sorprendió. Por lo que simplemente la siguió hacia afuera.

También declinó la ayuda para subir y prefirió, a cambio, que su rubio amigo la auxiliara. Rodó los ojos y se concentró en mantener la compostura.

Dentro, el espacio se le hacía demasiado reducido como para evitar verla. Observó hasta el cansancio la barbilla altiva, los ojos fijos en el paisaje nocturno y la postura rígida. Sin quererlo, soltó una carcajada.

— ¿Qué es lo que despierta su diversión, señor? — Interrogó Bella con una ceja arqueada. Dentro de la pequeña cabina, sólo iban ella y él, era obvio que el objeto de risa era su persona.

— Tú. — Dijo con expresión casi juguetona.

— Vaya, es justo lo que quería lograr al disfrazarme de esta manera. — Bufó por lo bajo, regresando su atención a la ventana.

— Parece que te diriges al purgatorio.

— No pude haberlo dicho mejor. — Espetó con voz neutra, sin siquiera mirarlo.

— ¿Por qué estás tan enfadada? — Interrogó de repente.

— No es de su incumbencia. — El comentario lo irritó.

— ¿Es porque no te permití cumplir con tu cita de hoy? — El tono fue casi burlesco, pero ella podía notar perfectamente bien la rabia implícita. Su primera reacción fue preguntarle de qué hablaba, mas, cambió de opinión en el último minuto.

— Exactamente. — Aquello fue como un balde de agua fría en la mente del Lord. Definitivamente, no esperaba esa respuesta. Contrariado, pero molesto, se apoyó en el asiento y le dirigió una última mirada antes de voltearla a otro lugar.

Así fue como ambos llegaron, luego de un largo viaje, al hogar del anfitrión.

Se trataba de una finca de proporciones inmensas, con una mansión que derrochaba en detalles. A Bella le pareció excesivo, pero calló mientras bajaba del carruaje, con los nervios nublando su razón.

Deseó no soltar la mano de Jasper, puesto que la expresión del Lord distaba mucho de la amabilidad o siquiera de alguna emoción. Sus facciones estaban perfectamente tensas, dándole un aspecto arrebatador y al mismo tiempo severo, de esa clase de severidad a la que Bella temía.

Por tanto, reacia se vio forzada a aceptar su brazo. Se contuvo de aferrarlo al caminar hacia el interior, donde se distinguían las risas, las notas que los músicos producían y el ir y venir de gente.

Respiró profundo, hundiendo los hombros y tratando de hacerse pequeña. El anhelo de simplemente correr, tiraba de su razonamiento.

Observó por sobre su hombro, midiendo hasta dónde podría correr sin ser atrapada. Quizá, si ponía empeño lograría dar con la entrada.

— Ni siquiera pienses en huir. Ordenarían a los perros seguirte. — Bella tragó grueso ante la amenaza y contempló el gesto inescrutable del Lord, preguntándose con pesar a dónde había ido el encantador hombre que había conocido. Puesto, que a este, al que tenía al frente, jamás pensaría en besar o siquiera acercársele.

Inspiró y acumuló el aire suficiente como para erguirse.

— Sonríe. — Ordenó a su oído y detestó estremecerse.

No le obedeció, no podía hacerlo aunque quisiera.

De inmediato, al entrar, muchas personas se acercaron a saludarlo. De todas ellas, la mayor parte eran mujeres. Aquello no la sorprendió, ni tampoco que se portara tan galante con cada una de las féminas.

Con cierto pesar, descubrió que las jóvenes que se morían por ganar un poco de su atención, eran tan cual como Alice y Rosalie las habían descrito. Despampanantes, era la palabra adecuada.

Sin embargo, al tratar de apartarse, notó que el Lord la sostenía firmemente a su brazo. El hecho la tomó por sorpresa un instante, justo el que necesitó para darse cuenta que quería que lo viera interactuando con ellas, ¿para qué más la querría ahí?

Se concentró en canalizar sus emociones, no quería sentir lo que sentía. El dolor sordo la irritaba, porque suponía o se convencía de que no le gustaba Edward de nada, mas, había caído en su realidad de la forma más horrible posible. Prácticamente se sentía humillada por creerse merecedora de la atención de aquel hombre. No era nada, el vestido que llevaba puesto pertenecía a él, los guantes y botas eran prestados. Nada más que su propia piel era suya.

¡Basta ya! Se dijo de pronto, no iba a victimizarse ahora. Gracias a Alice, tenía una misión. Por lo que se avocó a observar el esplendor del lugar. Los adornos de vidrio, los hombres vestidos a juego que distribuían bebidas y comestibles, los finos vestidos y la galantería de los jóvenes. Seguramente, era la primera temporada de muchas chicas que buscaban marido, se preguntó si ella ya habría encontrado al suyo. Se permitió soñar un instante con el futuro alterno que habría tenido de seguir vivos sus padres. Sin embargo, esa ensoñación no tuvo demasiada vida, pues el Lord jaló, llamando su atención.

— Vamos. — Pese a su voz ruda, fue delicado al guiarla más allá del pasillo, hacia uno de los salones. Las risas de las señoras, la hicieron dar un brinco.

— ¡Edward, querido! — Oyó a una mujer regordeta, que destilaba entusiasmo al verlo. — Qué gusto que haya venido. Mi esposo anda por allí, haciendo vida social. ¿Quizá le gustaría unirse?

— En esta ocasión no, Madame. Traigo compañía. — Recién entonces reparó en la figura trémula de Bella, que se esforzó en sonreír y componer su postura. ¿Qué diría su madre de su comportamiento? Sólo por eso se portó cómo a ella le hubiera gustado, no por su bien, no por complacer el Lord, no por las personas. Por su querida madre. Casi podía ver su rostro sonriendo o su mirada de reproche al proceder de manera errónea.

La tomó por sorpresa, el valor que logró reunir. Después de todo, ella era una dama.

— Ah, un placer, soy Ángela Weber— sonrió la mujer, midiendo a la chica a su frente. Era guapa, pero conocía las preferencias del Lord y no entendía por qué la habría escogido como compañera de noche.

— Mi nombre es Bella, un gusto conocerla. — La castaña hizo una breve y fina reverencia que cautivó a Edward. Y encantó a la dama.

— Encantadora mujer, Lord. — Bromeó coquetamente con el cobrizo, batiendo su abanico. — ¿De dónde la ha sacado?

Bella se tensó, pero mantuvo la sonrisa afable.

— Es una amiga, mi lady. —Incómoda por la aparente camaradería entre ambos, desvió la mirada. Encontrándose con varios pares de ojos fijos en su persona y que cuchicheaban. No debía ser muy inteligente para adivinar que el centro de los cotilleos era ella. Realmente, ¿para qué el Lord la había llevado allí?, ¿para exponerla? No tenía sentido para Bella.

Sin embargo, con el curso de la noche lo descubriría.

Al principio Edward no la soltó, y Bella simplemente soportó los comentarios, las miradas de odio por parte de las mujeres, poniendo una sonrisa de falsa alegría. Pero llegó un momento, que todo cambió. Y la castaña lo recordaba a la perfección.

Se encontraban frente a otra pareja acomodada, que relataba aburridas anécdotas, cuando él la vio. Sólo hizo falta que siguiera el rumbo de sus ojos verdes.

La mujer que aparecía era quizá, la más bella que había visto. Su cabello era eterno, de un color rojo natural y rizos que pendían graciosa y ordenadamente por su espalda. Era delgada, de piel blanca y rasgos hermosos. Sus ojos eran grandes, los labios rojos distaban mucho de verse vulgares en semejante fémina. Su vestido, era otra obra de arte. Aunque gracias al Lord, no tenía nada que envidiarle. Sólo la persona que lo vestía deslucía.

Maldición, pensó. Le dolió que la viera como un tonto, y eso la molestó más. Aquella vez, cuando quiso soltarse, él apenas lo notó.

— Lord Cullen— musitó la dama, con voz cantarina y suave, sonriéndole seductoramente. — Un placer volver a verlo. — Le tendió la mano con un guante de encaje delicado, y el hombre no demoró en hacer gala de sus encantos, besándola y devolviéndole la curvatura de labios.

— Lo mismo digo, Lady Tanya. — No tuvo que ser adivina, para saber que habían sido más que simples amigos. El resto de la gente, se apartó y pretendió hacer una salida limpia, cuando ella la miró.

— Oh, qué encantadora niña— murmuró con cierto tono de desdén. Sus ojos claros, expresaban el odio que su boca no. Se preguntó, si era la única que lo notaba.

Repentinamente el Lord la vio y algo pareció endurecerse en su mirada. Desconcertada, dio un paso atrás. No entendía la reacción, casi lucía disgustado con verla aún allí.

— Tanya. — Dijo secamente Edward. — ¿Querrás salir conmigo un instante? — Ofreció para la perplejidad de la castaña. ¿Pensaba abandonarla en el lugar que hervía de desprecio hacia ella?

— Claro, mi Lord. — La mujer le dedicó una gélida sonrisa antes de voltearse, tomar el brazo de Edward y alejarse, moviendo las caderas de forma provocadora.

No sabía qué pensar, ni cómo proceder ahora. No esperaba que la dejara sola. Su valor pareció esfumarse de un momento a otro, y nerviosamente observó alrededor. Muchas chicas, parecían complacidas con su abrupta soledad y sintió de pronto, que correr y esconderse era lo más sensato. Pero no se dejaría apesadumbrar por las otras, por lo que irguió el rostro, dibujó una sonrisa y ocultó sus temblores. Gracias al cielo, sus piernas estaban ocultas por el vestido, pues sabía se le estremecían más que a un cervatillo recién nacido.

Entonces, cuando se dirigía al borde del centro de un salón, donde algunas parejas bailaban, fue interceptada por un hombre desconocido.

— Buenas noches, bella dama. — El que le hablaba era un joven de cabello rubio, piel blanca y ojos azules, que sonreía amablemente. Algo cohibida, sonrió tímida.

— Buenas noches. — Hizo una pequeña reverencia con la cabeza.

— ¿Puedo saber su nombre? — Interrogó con voz suave— disculpe no me atreviera a hablarle antes, pero se encontraba con el Lord Cullen y él es algo, ya sabe, gruñón.

— Mi nombre es Bella. — Se limitó a decir, con tono meramente cortés.

— El mío Mike Newton, un placer conocerla. — Antes que pudiera preverlo, cogió su mano y depositó un beso sobre el guante. Se alegró de traerlos puestos, de lo contrario, su piel áspera habría sido otra incomodidad. Notó la mirada intensa del muchacho, y ya había visto algo similar antes. En el Lord, cuando la besaba. Por lo que como un reflejo, apartó la mano de la forma más suave que pudo. — Es usted una mujer hermosa, si me permite decirlo. Y me preguntaba, ¿qué era del Lord?

¿Cómo respondía a eso? Nerviosa, pensó.

— Es… un amigo. — Repitió sus palabras y la contemplación del joven se hizo más osada, pues vio con facilidad el rumbo hacia su pecho.

— Puedo suponer, que entra en la lista de las mujeres del Lord entonces.

— ¿Disculpe? — Él señaló hacia una esquina, donde un grupo de féminas observaban la escena. Era el mismo séquito que los había seguido toda la noche. Confusa, frunció el ceño.

— Las compañeras de alcoba, mi lady— rió, viéndola de aquel modo sucio otra vez. — Ellas saben que él les presta atención esporádica, por lo que el resto del tiempo la pasan con los otros mortales. Si me permite decirlo, soy el preferido. No las decepciono nunca. — Le guiñó un ojo e insultada, Bella endureció la expresión.

— Lamento su confusión, señor. Pero no soy esa clase de mujer. Si me disculpa. — Quiso huir, mas, él la cogió del brazo, deteniéndola.

— Mi lady— rió— no es necesario que guarde recato conmigo. Si está con el Lord, estoy seguro que el único uso que tiene es el de complacerlo, por el momento, claro está. — Indignada contuvo el deseo de abofetearlo. Se zafó con brusquedad.

— Las mujeres hacen más que simplemente pasársela complaciendo a los hombres. Y le ruego de la forma más encarecida, que no se me acerque en lo que resta de noche. — Anduvo decidida y rápidamente hacia la zona donde algunos ancianos hablaban. Se apoyó contra la pared y respiró profundo para calmar su genio. Se preguntó dónde estaría el Lord y por qué la sometía a eso. Era una obviedad lo que la gente pensaba de ella, todo lo que siempre se negó a ser.

A donde quisiera que viera, se encontraba un par de ojos femeninos que irradiaban desdén y de los hombres sólo obtenía miradas lascivas, que sentía se deslizaban por su joven cuerpo como serpientes. Asqueada, se apresuró en encontrar una salida.

Si huía al carruaje, Jasper estaría ahí. Él era pareja de Alice, podía confiar en él. Decidida, recogió sus faldas, y emprendió la marcha, soportando el peso de sostener su frente en alto. Ella no había hecho nada malo, no merecía tal trato. Antes de que fuera tarde y terminara desmoronándose, apuró la marcha hasta llegar a una puerta abierta.

La gente la miraba con apreciación mientras se movía con garbo por la estancia, muchos cautivados por su extraña y llamativa belleza, otras, molestas por la atención que Edward le brindaba. Para ellas, que Tanya se lo quitara, era motivo se celebración, eso le enseñaría que no era más que una simple amante.

Casi de acuerdo tácito, lograron hacer que la muchacha se dirigiera justo donde ellas querían, sin que se diera por enterada.

Bella se extrañaba que por donde quisiera salir, le fuera imposible, por lo que se alegró una vez que dio con un sitio abierto y despejado de personas.

Casi suspiró de alivio, pero lo contuvo al observar dos siluetas en el pequeño balconcillo. No tardó en reconocer la masculina, se trataba del Lord. Y la otra, correspondía a Tanya.

Con el corazón ligeramente acelerado, se ocultó tras un pilar. Le molestaba que estuviera con ella.

— ¿Quién es, Edward? Aún no me respondes la pregunta— la vio inclinarse hacia Edward, que la rechazó en primer momento. El atisbo de alegría y satisfacción que sintió, la avergonzó. Poco le faltaría para ser como aquel séquito de mujeres tontas. — ¿Me rechazas por ella? — soltó medio mofa. — Vamos, es una niña pequeña. ¿Cuántos años tiene? —Interrogó con mofa. — Casi pareciera que le faltó desarrollarse. No como yo, claro…— hizo que la atención del hombre se desviara a sus voluminosos senos.

— Tanya, no es un asunto del que quiera hablar. — De modo que era un asunto, para él. Claro que eso era ¡sólo quería su vientre! Y ahora entendía por qué, ninguna de sus amantes querría arruinar su figura por el hijo de nadie. Eran jóvenes, bonitas y con futuros radiantes. De pronto, sintió tanto odio por su abuela, que le sorprendió. Nunca había experimentado una sensación tan fuerte, cuyo vigor de inmediato la hizo consciente de la fragilidad de su razonamiento.

— Pero dime, ¿qué planeas con ella? ¿Quién es? — Esta vez la admitió en sus brazos y ella odió haberse dejado engatusar, por haberse permitido acariciar por esas pecadoras manos. Detestó su debilidad y lo despreció más por hacerla sentir tan miserable por sus sentimientos.

— No es nadie Tanya, ¿de acuerdo? — Eso fue una puñalada directa a sus ilusas ensoñaciones de joven seducida por los encantos de un varón. Sus entrañas y pecho, lo indicaban como el único culpable de su dolor. Sin embargo, sabía que la mayoría de las recriminaciones debían dirigirse a sí misma, él jamás le dijo una palabra que alentara su atracción más allá de lo carnal y en más de una ocasión, le dijo que la deseaba, no que la quería.

Era obvio, en ese instante, que no buscaba en ella nada más que un heredero, se había permitido fantasear y este era el precio que debía pagar. Había perdido esos derechos con la muerte de sus padres.

Se volteó antes de seguir escuchando, y se adentró en el tumulto, con los ojos ardiendo y el temple reducido a una miseria. Quería volver a la casa, quería sólo dejar de estar ahí.

Consciente de las miradas, se aseguró de parecer calmada y tranquila.

— Esas chicas son unas pesadas— oyó una profunda voz masculina decir. Se tensó, sintiéndose incapaz de sostener una careta de indiferencia en ese instante. ¡Estaba a punto de llorar!

Vaciló antes de voltear, pero con un suspiro cedió.

— ¿Disculpe? — El hombre era mayor que el anterior rubio, y tenía el cabello corto de color negro. Sus ojos eran grises y tenía una sonrisa atractiva. Le pareció muy guapo, y de una edad similar a la del Lord.

— Las amantes de Edward lo planearon, querían que oyeras justo lo que oíste. — Murmuró.

— Ah. — No supo qué más decir, por lo que estudió al varón. Por lo menos, no había mirado sus senos. — No entiendo su odio. — Se animó a decir, viendo cómo un par contemplaba aquella interacción a hurtadillas.

— Yo sí. Son celosas de Edward, aunque no tienen ni idea de lo que él piensa de ellas. — Rió suavemente. Había algo acerca del sujeto que no la atemorizaba como el resto, casi parecía amable. — Por cierto, soy Benjamín Malek.

— Bella. — Tendió su mano y él depositó un beso cortés en ella. Pero no la soltó como esperaba, sino, que la cogió y acomodó sobre su brazo. Le dio una tierna palmadita.

— Adorable diminutivo, querida. Pero creo que no es tu nombre real, ¿o sí? — rígida, lo vio con el corazón acelerado. — Tranquila, que no soy un cotilla. — Rió nuevamente— si me lo permites, quisiera hacerte un poco más agradable la velada, ya que ese bastardo no ha sabido comportarse. — Su voz ronca era seductora, y pese a ello, Bella se sintió tranquila.

— No creo que eso sea adecuado. — Musitó tratando de zafarse. — Yo…

— Tranquila mi lady, comparto sus preferencias de género. — La castaña abrió los ojos confusa.

— ¿Cómo?

— Creo que Edward es muy guapo, pero un arrogante estúpido. — Sorprendida por el comentario, no pudo hacer más que reír. — Ves, en menos de dos minutos he podido deleitarme con tu suave risa. — Divertida, volvió a soltar una carcajada ligera.

— Sinceramente, no me lo esperaba. Lo siento.

— ¿Pensabas que quería seducirte y llevarte a mi cama? — Bromeó.

— Bueno, todos aquí piensas que pueden invitarme a sus camas porque vengo con el Lord Cullen.

— ¿No eres su amante? — Negó. — ¿Entonces?

— Es algo complicado de explicar, y realmente, no tengo deseos de hablar de ello.

Benjamín, asintió. Le gustaba la frescura de aquella muchacha, la había notado desde su entrada. Había algo diferente en ella, por simple instinto, había seguido sus pasos.

Divertido y admirado de su fuerza de voluntad para alzar con orgullo la barbilla, decidió acercarse y tratar de suavizar las cosas. Estaba complacido de su decisión.

— ¿Te gustaría bailar? — Invitó. — Rara vez logró divertirme en estos sitios, pero vengo por obligación. Me alegra haber encontrado a una potencial pareja— rió.

— Yo… desde hace mucho que no bailo, señor.

— Por favor, llámame Benjamín. Y vamos, sabré guiarte. Se supone soy un esplendido y viril caballero cortejando damas para satisfacer mis placeres carnales, no me hagas quedar mal. — Bella terminó asintiendo con una sonrisa genuina. Aquel hombre había caído del cielo en el momento que más necesitaba una mano amiga.

— De acuerdo, Benjamín, pero si te piso, no tienes derecho a quejarte. — Sentenció cuando la guió hacia el centro, donde comenzaba una nueva melodía.

Tomó posición, ligeramente nerviosa, puesto que desde hacía mucho no participaba de un baile. El último, había sido con su padre y bailaron durante horas, aún podía recordarse riendo.

— ¿Estás lista? — La llamó Benjamín. Tomando un respiro profundo, movió afirmativamente la cabeza.

Las primeras notas comenzaron, y ella observó alrededor para ubicar sus pasos. Por suerte, sus pies parecían tener memoria propia.

— ¿Cuántos años tienes, mi lady? — Interrogó la primera vez que se tomaron de las manos.

— Dieciocho. ¿Y tú? — Volvió a su lugar, dio una vuelta con la chica del lado y regresó, cruzando los pies a continuación para dar suaves saltitos.

— Veinticuatro. Algo mayor, me temo. — Cogió sus manos con suavidad, y ella fue consciente del calor que irradiaban. — Bailas muy bien, creo que me engañabas.

— Para nada. No digo mentiras. La última vez que bailé tenía diez años.

— Debiste ser toda una eminencia, entonces. — Rieron, para después aplaudir dos veces. Intercambiaron de pareja.

— Mi padre bailaba mucho conmigo. — Explicó cuando se encontraron de nuevo.

— Ya veo. ¿Y él dónde está ahora?

— Bueno, ambos murieron.

— Lo siento. — Bella asintió, luchando para no modificar su expresión. Estaba divirtiéndose con Benjamín y no quería estropearlo. Era como una pequeña hoguera en un día de invierno más crudo.

— Fue hace mucho. — Apoyaron palma contra palma, para girar al son de la música.

— Yo tengo una hermana pequeña. Es una dulzura.

— Adoro a los niños.

— Lo imaginé apenas te vi. — Ella se acomodó un mechón de cabello.

— ¿Por qué? — Sonrió.

— Tienes un rostro muy amigable, tu sonrisa es tierna y la mirada calma. Justo lo que un hombre busca para la madre de su hijo. Y bueno, eres hermosa. — Bella lo contempló confusa por el cumplido. — Sé apreciar la belleza, querida mía.

La castaña simplemente sacudió la cabeza.

— No soy como esos torpes que sólo ven un par de cosas— hizo la forma redonda de unos pechos y el hombre de junto se lo quedó viendo. Bella rió— yo veo el cuadro completo, y realmente eres bella. Créele a un pintor, mis pinturas son codiciadas, me sobran modelos. — Alzó las cejas, provocando otra risilla en la mujer.

Así fue que Edward los encontró. A ella riendo, muy cerca de aquel hombre.

Los puños se le tensaron e iracundo se dirigió a donde se desarrollaba el baile, sin embargo, recapacitó en el último minuto. Si hacía una escena, jamás se lo perdonaría.

Por lo que soportó verlo tocarla, y que ella nunca dejara de sonreírle, hablando muy cerca el uno del otro, como si fueran grandes amigos.

— Así que de ahí viene mi apellido, querida, soy de ascendencia Egipcia.

— No puedo creer todas las mentiras que me he creído esta noche. — Rió incontenible Bella.

— Esta sí es verdad, te lo aseguro.

— ¡Me dijo que era un vampiro de Transilvania! Discúlpeme, si me cuesta creerle, señor. — Para la pena de la castaña, el baile terminó y no le quedó más remedio que aplaudir. Tenía las mejillas sonrojadas y el aliento entrecortado, pero su corazón se sentía vivo. Había olvidado lo mucho que disfrutaba de la danza.

Benjamín acomodó su cabello y la flor que Tommy le había dado. Y justo cuando se acercaba para decirle algo, fue jalada hacia atrás con brusquedad.

Desconcertada, volvió la mirada y se congeló.

— Supongo que ya ha finalizado el espectáculo. — La voz del Lord parecía venida del infierno. Y se le erizaron los vellos del cuerpo.

— Buenas noches, Lord Cullen. ¿Hay algún problema? — Interrogó severo Benjamín. No le gustó ver ese comportamiento con la mujer. Ya había pasado una noche bastante horrible por culpa de ese sujeto.

— No es tu asunto. Ella es mi asunto. — Espetó.

Repentinamente atemorizada, Bella se volcó a sí misma, concentrándose en elevar aquellas paredes que la mantenían a salvo.

— El maltrato hacia una dama, es asunto de cualquier caballero.

— Yo no la he maltratado. Nunca lo haría. — Refutó con los dientes apretados Edward. — Vámonos, ya ha sido suficiente por esta noche.

— Buenas noches, Bella.

— Adiós Benjamín Malek. — La castaña le ofreció una tensa sonrisa antes de ser arrastrada por el colérico Lord. Su impulso fue ir tras ellos, no correspondían tales modos con la fémina, pero prefirió quedarse, para ahorrarle cualquier inconveniente a la adorable castaña.

Bella se forzó a seguir al cobrizo por los pasillos, pues iba demasiado rápido para sus piernas restringidas por el vestido, aunque a él no le importaba. Sólo quería salir de aquella casa y volver a la suya.

Sin embargo, cuando ella casi cayó al bajar las escaleras, la atrapó en sus brazos.

— Lo siento. — Dijo con voz pequeña y sin verlo. Lo sacó de sus cabales.

— ¿Ahora fingirás timidez? Eres una mentirosa. — La acusó con dureza, a unos metros del carruaje. La apartó de su cuerpo con rapidez y Bella se sintió fatal, pese a que mantenía apresado su brazo.

— Yo no soy una mentirosa. — Rebatió.

— ¿Ah, no? ¿Y esa actuación en el salón qué fue? Eres experta en seducir hombres con tus sonrisas y gestos.

— No tiene derecho a decirme esas cosas, menos si fue usted quien me dejó sola y permítame decirle, que se marchó con una mujer a la que seguramente sedujo del modo en que me acusa. Yo sólo bailé con Benjamín, y eso no tiene nada de malo. Después de todo, soy una mujer libre, ante los ojos de Dios y del mundo. No estoy ni comprometida, ni casada. — Se zafó del agarre del Lord.

— Quizá no. — Dijo con frialdad. — Pero te guste o no, me perteneces. Pagué por tenerte y eso debes aceptarlo pronto. Quizá, después que hagas lo que deseo, te puedas lanzar a los brazos de Benjamín o de Jacob o de ambos juntos. No me importará. Sin embargo, antes de que no des a luz a mi heredero, sólo estás para mí.

— No.

— ¿No? — De pronto la cogió de la cintura. Bella luchó por zafarse, pero la redujo al apretarla más contra su cuerpo. — Veremos si tu piel piensa lo mismo.

Y sin más la besó con dureza. Atrapó sus labios. Pero ella los frunció con rabia y dolor. Él la había lastimado más que las golpizas de Sue, y lo que menos deseaba era un beso suyo. Forcejeó contra su agarre y también contra sus lágrimas. No iba a rebajarse a tanto, no permitiría que él la viera llorar otra vez.

Finalmente, Edward logró abrirse paso a su boca apretada. Su pasión pudo más que la rabia, y acarició con dulzura su espalda. Su cintura estrecha. Era la mujer que quería, ninguna otra podía hacerlo sentir así.

Sin embargo, ante su descuido en la fuerza, Bella lo empujó.

La expresión de sus ojos lo dejó petrificado. Era odio, dolor, angustia… muchas emociones, pero ninguna cálida como las que había visto antes.

— Te odio, Edward. — Se limpió la boca con el dorso de la mano y sin dedicarle otro gesto más que la frialdad, se volteó, yendo hacia el carruaje que Jasper diligentemente había acercado.

Incapaz de ordenar sus ideas, siguió los pasos de la única mujer que no era capaz de controlar.

-o-

El trayecto fue silencioso, incómodamente silencioso. Bella se apartó todo lo que pudo, se abrazó e ignoró por completo la presencia de Edward.

En la mente de él, luego de superada la bruma de enfado, sólo se repetían una y otra vez los errores que había cometido, de principio a fin en la velada. Jamás debió dejarla sola, nunca debió ir con Tanya, aunque fuera necesario, podría haberlo hecho en otra ocasión. La había expuesto a la opinión de la gente. Decía tener fuertes instintos de protección, pero no había hecho otra cosa que desampararla aquella noche. Sin embargo, lo que más le dolía… era su mirada de dolor, y las palabras que salieron de sus labios.

Ni siquiera se dio cuenta cuando llegaron, pero al tratar de tocarla para ayudarla a bajar, lo apartó con brusquedad. Y del mismo modo dirigió sus pasos hacia la edificación. La observó desaparecer en el interior.

Apenas se sintió lejos y fuera de la vista del Lord, Bella corrió escaleras arriba. En el segundo piso, se permitió recuperar el aliento que el corsé le impedía tomar y coger rumbo a la habitación donde dormía.

Aguantó estoica la tormenta en su mente, mientras luchaba con los lazos del vestido. Era imposible que se los quitara sola, pero no deseaba salir nunca más de esas cuatro paredes.

Sus ojos escocieron, la garganta se le cerró y se sintió temblar, mas, no se detuvo en su frenética pelea con el vestido. Quería meterse a la cama y desaparecer bajo las mantas, hasta que pudiera recoger las partes de su ser que se destruyeron en el maldito baile.

Tan ensimismada se encontraba, que no se percató del momento en que Alice ingresaba al cuarto.

Sólo sintió sus manos trabajando en los nudos.

— Tranquila, Bella. Yo te ayudo. — La castaña dejó caer los brazos y respiró profundo. Por unos minutos sólo se oyeron los cordones desapareciendo de la ropa. Cuando se sintió libre del corsé, se permitió soltar el suspiro que se había estado guardando. — Mala noche, ¿no?

Al ver los ojos verdes de la chica, perdió la batalla. Se derrumbó sobre su hombro, liberando las lágrimas que celosamente quiso eliminar.

— Oh, aquí estoy Bella. — Sintió que acariciaba su espalda y por una vez no le importó si sentía sus cicatrices. Estaba harta de guardarse cosas.

Perdió noción de cuánto llevaba en ese estado, pero para al final, apenas sollozaba y ya podía dejar de derramar lágrimas.

— Creo que sé qué necesitas. Espérame aquí, volveré en un minuto. — La castaña asintió, secando sus ojos.

Se sentó en la cama y comenzó a quitarse las horquillas en silencio. Sus bucles cayeron, y la cabeza dejó de dolerle por el peinado. Le gustó sentir el cabello cubriendo sus hombros, pechos y espalda, era como un capullo de seguridad.

No había movido un músculo cuando oyó a Alice entrar y dejar unas cosas sobre el tocador. A continuación la vio encender unas velas.

— Traje agua para que te laves la cara. Todos duermen, así que no te preocupes de nada.

Lentamente la joven se dirigió al lavatorio, donde se mojó el rostro hasta sentirlo libre de maquillaje y la salinidad de sus ridículas lágrimas.

— Sé que no debería hacerlo, pero traje esto y esto. — Bella observó la botella de licor y los trozos de pan que había traído.

— Gracias por ser tan dulce conmigo Alice. Soy una estúpida.

— Me considero tu amiga, esto es lo que las amigas hacen. — La hizo sentarse en el suelo, frente a ella. — Se emborrachan juntas— Bella sonrió, sorbiéndose la nariz.

La pelinegra luchó un momento con el corcho, hasta que finalmente abrió el recipiente.

— ¿Quieres el primer trago? — Ofreció con una sonrisa...


Hola! ¿Qué les pareció el cap, aparte de larguísimo? Estos me desesperan, a ustedes no? Creo que tendré que agilizar las cosas jaja, bueno, ya me dirán.

Primero ¡feliz año nuevo! Les deseo lo mejor para este nuevo comienzo, hagan que cada día valga la pena y disfruten al máximo ;) por otra parte, no alcancé a terminar todo lo que quería para antes de año nuevo, pero aquí estoy jaja, cuando son las 3 y algo de la madrugada en mi país. Espero hayan disfrutado la celebración con sus seres queridos y estarlas leyendo prontamente.

Ahora me despido, porque voy a dormir jaja, no sé cuándo pueda volver a publicar, pero trataré de que sea lo más pronto posible, puesto que según mis cálculos, quedan alrededor de cinco o seis capítulos más. Quiero agradecer, antes, por los reviews que me dejan y los buenos deseos, ¡gracias de verdad! También por los favoritos, alertas y los lectores silenciosos que sé están ahí.

Bueno chicas, me despido hasta la próxima.

¡Un abrazote y muchas bendiciones!

Pd: Lamento cualquier error ortográfico y/o de gramática que pude haber pasado por alto.