Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es miaaaaaaa (laralalalá). Mía. Gracias, de nada, buenas noches.

Ok, lean y nos vemos abajo :)


Toda la vida

Necesitaba hablar con Edward. Hablar de hablar. Como esas charlas que te dan tus padres, de esas serias, que comienzan asustándote pero luego terminan por dejarte mucho más tranquilo.

Quiero decir, había tenido conversaciones con Edward de todo tipo. Y cuando digo todo es todo (todo) tipo. Conversaciones sobre política, literatura, la familia, un par de discusiones sobre la marca ideal para comprar la mayonesa, o cómo condimentar las alitas de pollo. En ésas usualmente ganaba él, porque le gustaba ser algo así como el macho alfa, y a mí, realmente, me importaba un comino la ínfima diferencia de sabor entre una mayonesa y otra, si se me permite decirlo. De todas maneras, yo tenía mis días de vencedora, como aquél en el que terminamos bastante enredados en el sofá, luego de pasar la tarde de un sábado en casa hablando sobre literatura.

Dame un beso.

Negué con la cabeza, aparentando enojo, divertidísima por dentro.

No te voy a dar nada hasta que aceptes que hay libros de amor que son de calidad. Dilo.

Frunció el ceño de esa forma que provocaba que quisiera abalanzarme sobre él y llenarle la cara de besos. Levanté el mentón, obstinada. Él estrechó los ojos, intentando evitar una sonrisa, aunque no le salió muy bien.

Los de Nicholas Sparks son pasables.

¡Pasables! exclamé, cruzándome de brazos¿Has leído alguno, por lo menos? ¡El tipo es un condenado genio!

Chasqueó la lengua, rodó los ojos y sonrió.

¿Estás enamorada de él?

Me tocó estrechar los ojos a mí, inclinando la cabeza hacia un costado, las puntas del cabello me hicieron cosquillas en las piernas dobladas contra mi pecho. Sonreí, con ganas de hacerlo enojar.

Tal vez.

Bufó en broma, por lo que me costó muchísimo esconder la sonrisa enorme que se quería dibujar en mis labios. Comenzó a murmurar algo sobre que los libros de amor eran tontos y que "ese Nicholas, maldito Nicholas…". Me reí, estirando los brazos hacia adelante para tomarlo del cuello. Negué con la cabeza mientras él posaba las manos grandes y cálidas en mi cintura y me apretaba contra su cuerpo, sentándome sobre las piernas cruzadas. Cuando acercó su boca a mi oído y susurró "El amor de verdad no se compara en absoluto con el de ficción. No hay quién pueda describir con palabras lo que siento por ti, ni siquiera yo", cerré los ojos con una sonrisa y caí, caí, caí en sus brazos con el corazón saltándome en el pecho como si fuera una pelota, con el alma revoloteando por la habitación como un pececillo en el mar. Sus palabras. Si sólo sus palabras me hacían feliz, todo lo que él significaba podía hacerme volar estando acurrucada en su regazo.

Ése era un recuerdo muy bonito, de esos que al estar lejos de la persona te hacen sonreír.

La cuestión que en ese momento me tenía preocupada, no estaba para nada relacionada con alitas de pollo, o literatura romántica. Era él, yo, Sophie, nosotros. Parecíamos una familia pero, ¿hacia dónde se suponía que estábamos yendo?

Había que tener en cuenta que un mes de convivencia era bastante poco en los parámetros que estimaba lo normal.

—Lo normal apesta —susurré, caminando rápidamente sobre las aceras húmedas de Nueva York. Era uno de los últimos días del invierno, todo estaba mojado por la lluvia reciente y las personas cargaban paraguas, sin excepción. Me ajusté con firmeza el abrigo negro hasta la rodilla que llevaba puesto y corrí de mi rostro un par de mechones de cabello que escapaban del gorro de lana blanco, sosteniendo una bolsa de papel en la otra mano. Edward se había quedado en casa con Sophie ese domingo, y yo necesitaba un par de cosas de la tienda, y salir un poco del departamento, que cada día me parecía más pequeño. Me encantaba ese piso, el color de la cocina me alegraba entre tanta nube gris y los dormitorios eran cómodos y amplios. Pero era algo chico para tres personas, sobre todo para dos adultos y un niño.

Y aunque esa pequeña nariz de poroto y ese gran payaso que tenía en casa (que vaya Dios a saber por qué se quedaba con alguien como yo) eran mi vida entera, un poco de aire me hizo bien, dejar de escuchar el sonido de la lavadora y la lluvia gotear contra el balcón era algo agradable, sobre todo luego de haber pasado el último mes encerrada allí. Claro que esa había sido mí decisión, porque era difícil salir con Sophie, con todas las enfermedades que rondaban en esa época era mejor dejarla en casa. Le habíamos dado las vacunas pertinentes del primer mes, y no había llorado tanto como ambos esperábamos. Bueno, un poco.

En fin, la idea que rondaba mi mente hacía una semana, por lo menos, era algo loca. Loca como mi vida ese último bendito mes, claro, mis ideas no tenían por qué desentonar. La cuestión era la respuesta que daría Edward a dicha idea.

Suspiré cansinamente, mientras saludaba al señor Lewis, mi portero, y subía el ascensor con esa parsimonia tan característica. Maldito, lento, estúpido elevador, pensé. Muévete.

Cuando abrí la puerta dándole vuelta a la llavecita dorada, resonaron en mis oídos esos ruidos que no podían faltar en mi hogar. Las melodías de piano que daban vueltas en los CD's de Edward, los gorjeos de Sophie, algún que otro sonajero, la gotera que resonaba en el balcón, cacerolas chocando en la cocina, la voz de Edward tarareando las mismas melodías que se escuchaban en los CD's. Sonriendo, cerré la puerta a mis espaldas y me acerqué al moisés de mi nena, que permanecía en la sala para estar cerca de nosotros.

—Hola bebé —Sophia sonrió al escuchar mi voz. Hacía poco había comenzado a hacer eso, y me daban ganas de llorar de ternura cada vez que la veía. Le acaricié la pancita y ella se removió feliz, aún mostrándome todas las encías rosadas de su boca.

Al acercarme a la cocina, noté que Edward intentaba preparar el almuerzo y no se había dado cuenta de mi llegada. Caminé en puntitas de pie hasta su espalda y susurré:

—Hola, amor —él casi suelta la sartén que tenía en la mano. Me reí y le di un beso en la mejilla—. ¿Qué estás haciendo?

Me miró con reproche y contestó, enfurruñado:

—Antes de que me dieras un síncope, intentaba hacer el almuerzo.

—Sabes que no tienes que hacerlo, descansa.

—Pero me siento inútil —hizo un puchero, lo cual era bastante ridículo en su rostro de mandíbula cuadrada y fuerte, con barba de dos días y una espalda que doblaba a la mía en tamaño. Ni hablar de su altura. Reí y pasé los brazos por su cuello, callándolo con un beso.

—Tú trabajas de lunes a viernes y yo no. No eres inútil. Es más, la que es inútil soy yo.

—¡Sí, claro! —dijo sarcásticamente, pinchándome la nariz con un dedo— Como si cuidar del monstruito fuera fácil.

—¡Hey! —me carcajeé— Mi niña no es ningún monstruito, retráctate.

Me abrazó por la cintura y susurró:

—Claro que la princesa no es un monstruito. Que quiera comer mi nariz cuando la acerco a mi cara no es indicio de nada.

Ambos reímos por el recuerdo. A Sophie, al parecer, le atraía mucho la nariz de Edward. En realidad bastaba sólo con acercarla a su rostro para que le babeara toda la cara, pero la nariz era su punto de acción favorito.

—Entonces, Eddie —dije melosamente, para hacerlo enojar. Él bufó y yo sonreí— ¿Qué pretendías cocinar?

Se ruborizó un poco.

—Mhpph… Mññsñm —murmuró. Levanté las cejas y solté una carcajada.

—¡Has aprendido a hablar en cetáceo! ¡Muy bien! —felicité. Él rió y negó con la cabeza, rodando los ojos.

—No sé… ¡es muy difícil cocinar! —se quejó.

—Es fácil, sólo hay que tener imaginación. Eres pianista, por el amor de Dios, si tú no tienes imaginación, no sé quien la tiene —reclamé sonriendo.

—¡Se olvidaron de implantarme la imaginación para cocinar antes de nacer! Ahora ya es tarde —fingió lamentarse, antes de encogerse por el golpe que le atiné con el guante de cocina— ¡Auch!

—Ahora… podemos hacer pollo al horno con papas, ¿quieres? Es fácil.

Él asintió, no muy convencido. Rodé los ojos y le puse un delantal por el cuello, antes de colocarme uno a mí. Rápidamente, tomé el pollo del refrigerador, mostaza, miel y salsa de soya.

—¿Te gusta agridulce? —le pregunté, sorprendida de no saber la respuesta. Él asintió, sonriente. Le devolví el gesto y comencé a explicarle lo que hacía, cómo debía adobarse el pollo, la forma de envolverlo en aluminio y el tiempo que debía permanecer en el horno. Él cortó las papas en cubitos y las puso en una fuente con algo de aceite.

Cuando terminamos con todo y solo quedó esperar, fuimos al sofá con una limonada en las manos.

—Si me dices que eso no fue fácil, te golpeo —le advertí sonriente, mientras dejaba el vaso y tomaba a Sophie.

Levantó las manos en señal de paz y asintió.

—Está bien, fue fácil. Pero sólo porque me dijiste cómo hacerlo.

Rodé los ojos y lo dejé correr. Si no le gustaba cocinar, no le gustaba y punto.

—Hola Sophie, linda, ¿has visto qué terco es Edward? —le susurré a mi hija, que sonrió.

Edward me ignoró y de repente exclamó:

—¡Mira! ¡Ella frunce la nariz como tú cuando sonríe! —observé a Sophie y me di cuenta que él tenía razón. Sonreía exacto como yo. Edward no cabía en sí de la felicidad, la tomó de mis brazos y la acercó a su rostro para mirarla más de cerca. A la niña todo eso le encantaba.

Me arrodillé en el sofá y acerqué mi rostro al de los dos para mirarla igual de embobada que él.

—¿Crees que lo heredó o que lo imita? —pregunté.

—No tengo idea, pero espero que siga sonriendo así por el resto de su vida. Amo esa sonrisa.

Tuve que reírme por el comentario. Estando con nosotras era demasiado tierno, demasiado bueno, demasiado perfecto. Demasiado Edward, y lo amaba.

—Ed…

—¿Acaso no es hermosa? —preguntó sin siquiera haberme escuchado.

—Lo es —dije con dulzura—. Pero, Edward…

—¿Mi madre compró este vestidito rosa? Es muy bonito.

—¡Edward! —exclamé. Me miró alarmado.

—¿Qué pasa? —preguntó con los ojos abiertos como platos.

—Vivamos juntos —solté de repente, fue un simple impulso. Tenía pensado decirlo de una manera… más fina. Me tapé la boca de inmediato, cerrando los ojos.

Cuando él no contestó, abrí uno solo para ver que le pasaba. Estaba pasmado, con la boca abierta y Sophie sobre su pecho. Me aclaré la garganta, intentando ser lo valiente que no era, y continué con nerviosismo—. Creo que sería más conveniente para ti, porque de todas formas vienes aquí todo el día, y a Sophie le encanta estar contigo y nos convendría a ambos porque pagaríamos la mitad del alquiler y—suspiré—… y porque te amo y te quiero aquí conmigo siempre —confesé. En su rostro se fue formando lentamente una sonrisa cada vez más inmensa. Yo sonreí un poquito, mirándolo fijamente con los ojos esperanzados.

Sorprendiéndome, se paró con lentitud del sofá y dejó a Sophie en el moisés. Se volteó hacia mí, serio, y tomó mi mano entre las suyas. Cerré los ojos de nuevo, temerosa por una inminente negativa, cuando sentí sus labios chocar contra los míos con fuerza. Parpadeé sorprendida y observé cómo me tomaba la cintura y profundizaba el beso. Un minuto entre sus brazos, dos, tres… perdí la cuenta porque se estaba tan bien allí que contar el tiempo sería absurdo, imposible. Sólo pensar era imposible.

Al separar los labios de los suyos para poder respirar, parpadeé extasiada y le pregunté:

—¿Eso es un sí?

—Eso es un demonios, sí —contestó sin caber en sí de la felicidad, alzándome del suelo fácilmente para dar una vuelta en el medio de la sala. Yo chillé y lo abracé, llenándole la cara de besos. Soltó una carcajada y buscó mis labios para juntarlos con los suyos en medio de una sonrisa.

—¡Vamos a vivir juntos!

Paró de girar de sopetón y me observó seriamente, agarrándome con sus brazos alrededor de mi cuerpo. Me había dejado atrapada física y emocionalmente, porque sus ojos verdes observaban los míos con fijeza y profundidad, y jamás los hubiera podido apartar, ni aunque hubiese querido hacerlo.

Entonces me soprendió al tomarme suavemente la nuca con una mano y acunar mi cuerpo en el suyo. Con la mejilla en su pecho, escuchando su corazón, rodeé su cintura con fuerza y él me apretujó con los brazos, provocando que sonriera. Cerré los ojos mientras él decía con suavidad:

—Jamás creí que pudiera tener a alguien de esta manera.

Si hubiese sido otro, si hubiera sido el padre de Sophie el que decía esas palabras, me habría alejado y dicho que yo no le pertenecía a nadie, que no era un objeto, que si quería tener algo que fuera y se comprara un perrito.

Pero no era nadie más que Edward el que afirmaba que me tenía. Y solamente Edward podría haberlo hecho.

Negué con la cabeza y murmuré "yo tampoco". Y luego no hizo falta nada más, porque con estar entre los brazos del otro, sin haberlo soñado jamás, sabiendo que había mucho más que un par de compromisos, queriendo tenerlos, deseando vivirlos, había palabras que hubieran sobrado. Era más que un beso, era más que acostarnos juntos, era decir sin decirlo: "Estoy aquí y te apoyo, míralo por ti misma. Te sostendré cuando estés por caer y te ayudaré a levantarte. O, si todo falla, caeremos juntos. Y después podremos levantarnos igual."

Su perfume amaderado invadiendo mi nariz, sus brazos alrededor de mi cintura, el cabello rebelde de su nuca que me encantaba enredar entre los dedos, los besos que depositaba por mi cuello, los latidos pausados de su corazón de oro, la sonrisa que sentía sobre la piel, las manos grandes que podían contener mi rostro mientras reía, lo besaba o lloraba, y al mismo tiempo colocar detrás de la oreja los mechones molestos de pelo que estorbaban; todo eso me aseguraba en su abrazo que nunca me iba a dejar.

—Te quiero tanto y de una forma tan profunda y extraña que no encuentro nada que pueda expresar todo junto. Nada tan largo ni tan corto ni tan específico o perfecto. No existe —susurré en su oído, inclinado para, como siempre, escuchar hasta el último aliento de lo que tuviera que decirle.

—Supongo que tendremos toda una vida para acumular esas cosas que puedan decirlo. ¿Me crees?

—¿Toda una vida? —pregunté con los ojos clavados en los suyos.

—Sí —aseguró. Y ese fue el gesto más serio, solemne y verdadero que presencié en toda mi vida. Sólo esa sílaba. Corta, concisa, real.

—Te creo —dije entonces. Sus ojos destellaron y sonrieron y bailaron de felicidad sin siquiera moverse de los míos. Sus labios se curvaron, sí, pero sus ojos lo dijeron todo.


Oooh, ya se que son cortos los capitulos :( yo escribo así, espero que a pesar de eso les agraden. Pero antes que eso: PERDON. Perdon por no actualizar hace un montooooon, en serio: perdón. Mi compu murió, y la acabo de recuperar y bueno, aquí estoy. Para complicar más las cosas comencé el colegio, así que tardaré más de una semana en actualizar (intentaré que sea una semana, pero lo veo poco provable). Pero lo haré, lo juro. Y voy a intentar de no tardar tanto como esta vez. Lo lamento mucho, en serio.

Gracias por los reviews y el apoyo, y a ver si me dicen que les parece éste ;) Las quiero y graciaaaaaaaaaaaaaas (L)

Muchos abrazos y besos,

Caroline