Capitulo 10: Zoro, ¿estás enfermo?
La puerta de la cocina se abrió de golpe y por ella salió volando Luffy, hábilmente pateado por alguien en el interior que, obviamente, no era Sanji. Mientras el Capitán aterrizaba sobre Usopp, Nami asomó la cabeza y vociferó:
–¡No vuelvas a acercarte a la comida, criatura insaciable!
Cerró de un portazo y volvió a los fogones.
Puesto que Sanji no podría cocinar hasta que no se encontrase mejor habían decidido que tendrían que turnarse. El famoso juego de las pajitas eligió a Nami como "voluntaria", y ahí estaba, intentando averiguar para qué servía cada cacharro que el cocinero tenía en sus armarios.
"Por favor, Sanji-kun, tienes lo menos treinta cuchillos distintos" pensó. "Esto es ridículo, ¿para qué quieres tantas sartenes?"
Los demás la oían trastear por la cocina, no demasiado alto, para que el griposo no la oyese. Sanji se hubiese puesto peor de saber que se estaban sorteando quién entraría en su preciosa cocina, aunque fuese Nami la que estuviese dentro
Cuando empezó a salir humo y Nami abrió la puerta para airear aquel infierno, muchos de los presentes asumieron que comerían mal aquel día. Suponiendo que quedase algo comestible. Sus temores se vieron confirmados cuando la navegante les llamó a la mesa y les puso delante sus respectivos platos:
–Huevos fritos con patatas. Y bacon no hay porque se me ha quemado. ¡Itadakimasu!
Tashigi miró su plato. Ya se había acostumbrado a los elaborados manjares preparados por Sanji, y aquella montaña de patatas casi negras enterrando dos huevos mal cocinados no encajaba. Nami debió ver su cara, porque se apresuró a excusarse:
–No controlo del todo los fogones de éste barco, además, llevo años sin cocinar, en Weatheria tenían cocinero… –luego levantó la voz para dirigirse a todos –. ¡Ya sabéis que a Sanji-kun no le gusta que se desperdicie la comida, así que quién deje algo en el plato verá su deuda multiplicada por mil!
Luego se sentó frente al suyo que, obviamente, era el que menos comida contenía, y la que menos quemada parecía. Nadie tuvo el valor de decirle nada pero, cuando la joven desvió la vista, vaciaron sus platos sobre el de Luffy, que lo engulló todo como uno de esos perrillos que aguardan bajo la mesa a que caigan sobras.
Brook no lo hizo mejor aquella noche cuando intentó hacer sopa y los fideos, de tan pegados se habían fusionado, ni Franky a la mañana siguiente, cuando se puso a hacerle mejoras a la tostadora y se olvidó de hacer las tostadas.
La ensalada de Robin al menos sabía a ensalada, pero apenas les llenó. Por fin, Usopp fue capaz de hacer una parrillada para la cena que ni sabía mal ni era escasa, así que se llevó el premio. A la mañana siguiente Chopper tuvo que obligar a Sanji a abandonar la puerta de la cocina, donde se había apostado con un almohadón, una manta y cuarenta de fiebre, amenazando con patear hasta la muerte a todo aquel que osase volver a profanar su santuario.
Se acabaron los turnos de cocina, así que no tuvieron más remedio que detenerse en la siguiente isla, asumiendo que estarían allí comiendo en los bares y restaurantes más baratos (Todos sabemos que Nami es devota seguidora de la Cofradía del Puño Cerrado) hasta que Sanji pudiese volver al trabajo.
El pobre cocinero, mientras tanto, se aburría como una ostra en la enfermería. Chopper pasaba todo el tiempo que podía con él, distrayéndole, pero el joven quería salir de ahí, después de casi una semana el lugar comenzaba a darle claustrofobia. Robin se había ofrecido a leerle un par de cosas pero, por mucho que adorase a su querida Robin-chan, los enormes tomos arqueológicos que ella solía leer no le entusiasmaban demasiado. Brook intentó ser amable con el enfermo tocándole alguna canción pero, como comprenderéis, si un esqueleto parlante os despierta a las cinco de la mañana con una canción de buenos días os entrarían más ganas de matarlo de nuevo que de escuchar su música. Los cuentos de Usopp terminaban por resultarle cargantes; los ¡Súper! De Fraky, ruidosos; y a Luffy no le dejaban pasar por si rompía algo. El maldito marimo sólo se había dignado a asomar la cabezota por ahí para decirle que enfermar era de débiles. Apreciaba sinceramente la compañía de Tashigi, además de ser una hermosa dama tenía buena conversación, al igual que su querida Nami-san, pero necesitaba salir de ahí.
Una noche, cuatro días después de su "hospitalización", vio algo que le sacó de su aburrimiento.
Debían ser las tres o las cuatro de la madrugada y no tenía ni pizca de sueño. En la enfermería, haciéndole compañía, sólo estaba Chopper, que se había quedado dormido sobre su escritorio.
Aburrido, se incorporó y miró por la ventana junto a su cama.
Estaba demasiado oscuro como para que pudiese ver el suave movimiento del mar, pero la cubierta se distinguía en su mayoría, a la luz de las estrellas.
Desde la ventana cerrada, oyó cómo la puerta del cuarto de los hombres se abría de golpe y alguien salía a toda prisa de allí. Se sorprendió al reconocer el pelo verde-alga de Zoro, y aún más cuando vio que estaba temblando. El joven fue a grandes zancadas hasta la barandilla y se apoyó en ella, claramente intentando tranquilizarse.
Sanji pegó la frente al cristal, intentando ver más mejor la cara de su nakama.
Todos en el barco sabían que, de vez en cuando, Zoro tenía pesadillas. Se despertaba de golpe, se bajaba de la hamaca y salía. No era raro, todos tenían malos sueños alguna vez, y Zoro siempre volvía al camarote a dormir al cabo de unos cinco minutos.
Ésta vez, sin embargo, el espadachín permaneció encorvado sobre la barandilla, apretando la madera hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Sanji abrió una rendija de la ventana, lo suficientemente grande como para oír que Zoro estaba murmurando algo, como una letanía. ¿Estaba el marimo rezando? ¿A qué dios le rezaban las algas con patas, a Glauco1?
Una leve brisa sopló en su dirección trayéndole las palabras del joven.
"No es ella"
¿Ella?
–No es ella, no es ella, no es ella –seguía repitiendo –. Maldita sea, no es ella, sólo ha sido un sueño… no es ella, no es ella…
Sanji cerró la ventana y se tumbó de nuevo, pensativo. Aquello parecía ser más grave que una simple pesadilla. ¿Qué le estaba pasando al marimo?
…
El amanecer sorprendió a Zoro despierto, sentado junto a la barandilla, con la sien apoyada en los barrotes de madera, mirando al mar.
Tal y como había deducido Sanji, había tenido una pesadilla; había soñado con la muerte de Kuina. Era un sueño que se llevaba repitiendo desde aquel fatídico día. Nunca llegó a ver la escena del accidente, pero en sus sueños él estaba en lo alto de la escalera cuando la niña tropezaba. La veía caer. Oía el chasquido del cuello de Kuina al romperse. Y siempre, no importaba el tiempo que hubiese pasado, siempre se despertaba con el corazón en un puño, justo cuando la puerta se abría tras él, empujándole escaleras abajo a reunirse con su amiga.
No era nada grave, simplemente cuando ocurría se levantaba, iba al baño a lavarse la cara y luego volvía a dormir, y al día siguiente apenas se acordaba.
Pero aquella vez había sido diferente.
Aquella vez él estaba abajo, de pie junto a la barandilla, y la veía caer desde la mitad de la escalera. Sabía que alargando un brazo podía detener su caída o al menos evitar que fuese mortal, pero no podía moverse. Y ella moría otra vez.
Como siempre, la puerta se abría y varios de los adultos del dojo bajaban corriendo a ver qué había ocurrido.
No se despertó en ese momento.
El Zoro del sueño se movía despacio hacia los hombres que lanzaban exclamaciones horrorizadas junto al cuerpo de la pequeña espadachina, pero no les entendía. El Zoro del sueño venía entre los pies de los espadachines una mano abierta, de la que había resbalado una katana hasta quedar apartada un poco más allá.
Una katana verde.
Y de pronto, el hombre que había levantado el cuerpo de la niña en brazos se volvía hacia él, con lágrimas en los ojos.
Solo que el Zoro del sueño ya no era un niño, sino un joven de veintiún años.
Solo que la que había muerto ya no era Kuina.
Era Tashigi.
Sacudió la cabeza para alejar el recuerdo del sueño de su mente. Era absurdo. Tashigi no iba a caerse por la escalera, no era tan torpe…
O bueno, sí que lo era, pero no podía tener tanta mala suerte.
¿Y por qué debía importarle si se caía? Con un poco de suerte abandonaría el barco en el próximo puerto…
Se encontró de pronto preocupado por que fuese así, y resopló, molesto. Tendría que largarse algún día, se dijo, porque no solo no era parte de la tripulación, sino que era miembro de una de las organizaciones mundiales que les perseguía y la subordinada del tipo que intentaba darles caza con más ahínco.
Pero ¿Y si ella decidía quedarse?
¿Y si se lo pedía él?
"No" pensó, mientras intentaba alejar ese pensamiento de la cabeza, "me da igual si viene o si va, si se marcha o si se queda. Es sólo una marine. Y ella no es Kuina, así que deja de pensar en ello, porque ha sido sólo un maldito sueño"
Observó en silencio la salida del sol, intentando dejar la mente en blanco. A medida que los rayos iluminaban la cubierta, empezando a disipar el frío nocturno, la mente del joven recordó que apenas había dormido, y ordenó a los ojos que empezasen a cerrarse, y a la boca que se abriese en un gran bostezo. El joven acomodó la espalda en la barandilla, cruzó los brazos tras la cabeza y se dispuso a echarse la primera siesta del día.
…
Tashigi despertó bastante pronto. Hacía un par de horas que había amanecido, pero el barco aún estaba en silencio. Se vistió, cogió una chaqueta de Robin y salió afuera con las manos en los bolsillos.
Cielo despejado, mar en calma.
Se acodó en la barandilla e inspiró hondo, llenándose los pulmones de la brisa marina. Siempre solía hacer aquello cuando iba a bordo de un barco de la Marina, pero en el Sunny no era lo mismo. Allí todo parecía más tranquilo, menos tenso.
El día anterior un barco de la Marina se había acercado demasiado a la isla en la que estaban anclados, así que habían comprado cantidades ingentes de comida para llevar (¡Como un McDonnal's! Hay McDonnal's en todas partes, ¿Habrá McDonnal's en el Nuevo Mundo?), y habían levado anclas. Nadie pareció sorprenderse cuando Tashigi, en lugar de quedarse en el pueblo a esperar a sus colegas, subió con todos al Thousand Sunny e incluso ayudó a desplegar las velas.
Habían pasado dos semanas desde que dejasen Vaikai, casi un mes desde que se encontrase con Zoro en el puerto de aquella isla.
Y hablando de Zoro…
¿Qué hacía ahí dormido en la cubierta con el frío que hacía aún? Iba a coger un resfriado si no se ponía por lo menos una manta.
Se acercó a él, despacio, no queriendo despertarle. Tenía el ceño fruncido, como si estuviese preocupado por algo. Hasta ella, pese al poco tiempo que llevaba en el barco, podía aventurar que algo le pasaba.
Recordó el día que le vio por primera vez; un borrón (recordemos que no tenía puestas las gafas) algo más alto que ella, un borrón de pelo verde que pareció ser el único en agacharse a ayudarla, aunque por algún motivo rompiese luego sus gafas. Cierto era que le había asombrado su osadía en la tienda de katanas, cuando puso a prueba la maldición de Sandai Kitetsu, pero lo que más le impresionó de aquel joven al que acababa de conocer fue lo bien que se portó con ella en todo momento. ¡Al final hasta había pagado por las gafas!
La decepción que sufrió cuando supo que aquel joven era uno de los hombres a los que había jurado arrebatar sus meitou sólo fue comparable a la impotencia de tenerle al alcance de la mano, herido y demasiado agotado para defenderse, en aquel callejón tras la guerra civil de Arabasta.
No había vuelto a verle hasta Punk Hazard, donde él la había salvado de Monet, para luego cargarla por medio laboratorio como un saco de patatas. Podría haberla dejado desangrarse en el suelo, al alcance del veneno. Podría haber dejado que se ahogase durante la huída del cuartel de la marina, el primer día que pasó con los mugiwara.
Pero había cargado con ella.
Pero la había sacado de la celda que se inundaba.
Había dejado claro en todo momento que no quería hacerle daño.
Y ahora se comportaba como si la odiase, como si no quisiese verla más. ¿Qué estaba pasando?
Apoyándose en la barandilla, se arrodilló a su lado y adelantó la mano hasta rozar el pelo del joven. No se había fijado antes, pero le había crecido un poco durante aquellos dos años. Le quedaba mejor así. Sus dedos trazaron el recorrido del pelo a la mejilla, despacio.
La respiración del joven se alteró casi imperceptiblemente y volvió a recuperar su ritmo normal. Tashigi apartó la mano.
"No te despiertes ahora, por favor" deseó, "o volverás a irte."
Oyó pasos a su espalda y se volvió. Robin sonrió en silencio y le tendió una manta. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? Tashigi se la echó por encima al joven dormido sin hacer ningún comentario y se levantó, levemente ruborizada bajo la atenta mirada de la arqueóloga. Ambas volvieron a meterse en el interior del barco.
Cuando escuchó los pasos de las dos mujeres alejarse, el ojo de Zoro se abrió una rendija, lo suficiente para ver el desconcierto pintado en él. Una mano se detuvo a medio camino del lugar donde la joven le había tocado y, como si lo hubiese pensado mejor, desvió la dirección hacia el borde de la manta para cubrirse mejor con ella. El ojo volvió a cerrarse, como si nada hubiese pasado.
Dentro, en el cuarto de estar, Robin se sentó y apoyó la cabeza en la palma de la mano. Tashigi intentó por todos los medios ignorar la mirada divertida de la mujer, pero al final tuvo que romper el silencio:
–Está bien, ya sé lo que estás pensando… –se pasó una mano por el pelo y se colocó las gafas, esquivando los ojos de Robin –. No sé qué me ha pasado yo… estaba tan… estaba…
–Sería mucho más fácil si lo admitieras en vez de justificarlo, Tashigi-chan
–¿A-admitir?
–Que te gusta
–Que me… ¡No! –exclamó. Una de las manos de Robin salió de la nada tendiéndole un espejo.
–No puedes negarlo si te ruborizas tanto –sonrió la mujer –. No pasa nada, es comprensible. Los dos sois muy parecidos.
La joven observó su cara colorada en el reflejo y luego dejó el objeto sobre la mesa. ¿Cómo conseguía aquella mujer saber exactamente lo que le pasaba por la cabeza?
–No se lo digas a nadie, por favor –rogó finalmente –. N-no estoy segura de que esto esté bien…
Robin se echó a reír con su risa suave. No se lo dijo a Tashigi, pero, a esas alturas, probablemente toda la tripulación debía olerse lo que ocurría.
…
Chopper no paraba de trastear entre sus probetas y microscopios. Desde la cama, Sanji le observaba atentamente. El pequeño doctor examinaba una y otra vez las mismas muestras de sangre. Cuando el cocinero le preguntó, el reno le dijo que eran de Zoro. Evidentemente seguía preocupado por aquellos "vuelcos".
Sanji, que no sabía nada de eso, creyó que se trataba de algo grave y (jamás lo admitiría) empezó a preocuparse:
–Chopper, ¿le pasa algo al idiota?
–Les he revisado a todos y ninguno presenta muestras de haberse contagiado –dijo Chopper –. Pero no entiendo lo que le pasa a Zoro. Está muy raro.
–¿A ese marimo? Como se ponga enfermo me voy a reír de él el resto de sus días –masculló Sanji, incorporándose. Puso cara de idiota y empezó a imitar al espadachín –. "Sólo los débiles caen enfermos…" será imbécil…
–No es gripe –explicó Chopper –. Pero tiene unos síntomas que no logro relacionar con ninguna enfermedad…
Sanji escuchó atentamente al reno, que empezó a contarle los supuestos síntomas. Al acabar, todas las piezas encajaron y el joven se echó a reír con ganas. Chopper le miró, sin entender.
–¿Qué tiene tanta gracia? –preguntó –. ¿Sabes qué es?
Casi llorando, Sanji se agarró el estómago y estalló en carcajadas.
Cuando se calmó, se secó las lágrimas de risa.
–Eso que le pasa al marimo no es una enfermedad –explicó –. Y si lo es, es la mejor que existe. ¡Maldito idiota, qué callado se lo tenía!
–¿Cuál es?
Sanji sonrió y le caló el sombrero.
–Tú obsérvale atentamente –le dijo –. No debería costarte mucho saberlo.
…
–¡Usopp!
El tirador dejó el destornillador a un lado y se volvió hacia Chopper. Desde el otro lado del cañón del Sunny, Franky asomó la cabeza para mirar al reno.
–Usopp, Sanji dice que Zoro tiene una enfermedad buena… ¿es eso posible?
–No sé, Chopper, tú eres el experto en eso… –contestó el joven –, aunque yo, a lo largo de mis innumerables viajes…
–No empieces, Narizotas –le cortó Franky –. Cuéntanos, Chopper, ¿Qué le pasa?
Mientras Usopp se enfurruñaba en un rincón, ofendido por no haber podido narrar otro capítulo de Las Increíbles e Inverosímiles Aventuras del Capitán Usopp, Chopper le explicó con todo lujo de detalles lo que le ocurría al espadachín:
–Pues el corazón se le acelera, como una taquicardia, y el estómago le hace cosas raras.
–¿Cómo si fuese a vomitar?
–¡No! No parece que sean náuseas… además, Sanji dice que también tiene problemas para dormir…
–Es verdad, ayer no durmió en su hamaca –Usopp se acercó, disipado ya el enfado –. Al menos no toda la noche.
Los tres se quedaron pensando. Una sospecha empezó a crecer en las mentes de dos de ellos, mientras que el pequeño doctor les miraba, intentando saber en qué les pasaba por la cabeza. Al final fue Usopp, con la mano en la barbilla, el que rompió el silencio haciendo la pregunta clave:
–¿Desde cuando le pasa esto?
–No me lo ha dicho exactamente, pero dice que se dio cuenta el otro día en un duelo con Tashigi… –les miró con ojos angustiados –. ¿Creéis que es grave?
Lo cierto es que Franky parecía que sí que lo creía, porque se echó a llorar escandalosamente. Usopp, en cambio, empezó a reírse a carcajadas, tal y como había hecho Sanji.
–¡Buaaaaaaaahhh, qué bonito! –apenas se entendía lo que decía el cyborg, lo cual preocupó muchísimo más a Chopper. Se marchó corriendo a pedir más opiniones, dejando a sus espaldas al tirador golpeando el suelo con el puño y a Franky, que ya se disponía a sacar una ridícula guitarrita rosa demasiado tiempo olvidada (¿Nadie más echa de menos la guitarrita rosa de Franky?).
El pobre reno corrió hasta donde estaba Brook, seguro de que, si el esqueleto había vivido tanto, sabría qué le ocurría a Zoro. Obtuvo una reacción que era una mezcla entre la de Usopp y Franky: Brook se echó a reír, luego rompió a llorar, y acabó cantando una canción sobre corazones rotos y brisas marinas.
El médico de a bordo estaba al borde del infarto. No solo no había conseguido saber qué enfermedad tenía Zoro, sino que no había conseguido que nadie le dijese qué le pasaba al joven. ¿Qué clase de médico era?
No podía preguntarle a Nami, estaba durmiendo la siesta y mataría a todo aquel que osase despertarla… y Robin y Tashigi estaban hojeando unos libros en la biblioteca, no quería molestarlas…
Sólo le quedaba una salida.
…
–¡¿QUE ZORO ESTÁ ENFERMO?! –exclamó Luffy, dejando caer la caña de pescar.
Chopper lanzó una exclamación cuando el utensilio cayó por la borda, pero el brazo elástico del Capitán llegó justo a tiempo a sujetarlo y subirlo de nuevo a la cubierta. Tras eso, el reno tenía toda la atención del joven, que le miraba con los ojos como platos, sentado en la barandilla.
–No lo sé, no sé a qué enfermedad corresponden los síntomas y nadie me quiere decir qué pasa…
Volvió a describir por enésima vez en el día las molestias que sufría Zoro y esperó la reacción del Capitán.
Luffy se limitó a mirarle sin parpadear. Chopper creyó que podía oír a la solitaria neurona columpiándose en la cuerda que había tendida de oreja a oreja en el interior de la cabeza del joven
–¿Es una Enfermedad Misteriosa? –respondió finalmente –. ¡Hay que investigarlo!
Saltó al suelo, apoyó la caña en las escaleras y cogió en brazos a Chopper.
–¿Dónde está Zoro? –dijo alegremente.
Lo encontraron tumbado cuan largo era en el césped de la cubierta. Chopper no pudo dejar de preocuparse por las ojeras que lucía, pero Luffy… bueno, Luffy saltó literalmente encima de su segundo de a bordo, sentándosele en la tripa con su clásica sonrisa de oreja a oreja.
–¡Zoro, Chopper dice que estás enfermo!
Ahogando una maldición, Zoro apartó a su Capitán de encima de su estómago y, antes de decir nada, se aseguró de que la recién tomada comida no abandonaría su cuerpo por donde había entrado. Luego levantó el puño y golpeó al joven en la cabeza.
–¡Luffy, no se salta encima de la gente, joder! ¡Estaba durmiendo!
–Chopper dice que estás enfermo –repitió el joven, testarudo. Un chichón empezaba a crecerle en la coronilla –. ¿Te sientes mal?
–No –ladró el espadachín, de mal humor –. Chopper, deja de contarle estupideces, que se las cree.
–¡Pero tú me pediste que te hiciese una revisión! –protestó el aludido –. ¡Si hasta te hice unos análisis!
–¿Y viste algo raro en ellos?
–No…
–Entonces deja de preocuparte y dejadme dormir en paz.
–Zooooorooooo… –se quejó el Capitán, pinchándole el hombro con el dedo –. Así no es divertido… si no tienes una Enfermedad Misteriosa me voy a aburrir…
–¡Pues abúrrete en otra parte, joder!
–Zooooooroooooooo…
Odiaba imitar al cocinero, pero la patada que se llevó Luffy mandó al joven a estrellarse de cabeza contra la puerta del camarote de las chicas. El sombrero de paja planeó despacio sobre la cubierta y quedó enganchado en uno de los mandarinos de Nami.
Y hablando del demonio…
–¡¿QUÉ PUÑETAS ESTÁIS HACIENDO?!
Cierta pelirroja, muy cabreada, salió del camarote arrastrando de una oreja a Luffy. Parecía no darse cuenta de que estaba vestida solamente con la ropa interior. Si Sanji hubiese estado ahí se habría desangrado, pero a Zoro le preocupaba más la nube negra que se cernía sobre ellos.
–¡Os dije que quería dormir la siesta y que no me despertarais! –gritó la joven.
"Mira, ya somos dos" pensó Zoro pero, por supuesto, no lo dijo en voz alta, le tenía demasiado aprecio a su vida.
–¡Pero Nami! –se quejó Luffy –. ¡Chopper dice que Zoro está enfermo!
La mirada asesina que recibió le silenció en el acto. La navegante soltó a su Capitán y contempló el estado en que había quedado la puerta de su cuarto. Luego se volvió a los tres causantes del alboroto (Chopper lamentó profundamente no haberse escondido en el preciso instante en que la cabeza de Luffy atravesó la madera de la puerta), y les dijo:
–Vais a arreglar esa puerta antes de cenar u os aumentaré las deudas. No, no pongas esa cara, Zoro, la tuya es tan elevada que me ocupa dos renglones, no creo que quieras que suba…
–Bruja.
–¡Está bien! 1000 Beris más, por insultar. Ahora poneos a arreglar este desastre.
Zoro se alejó a grandes zancadas a buscar tablones de madera, refunfuñando y maldiciendo por lo bajo. Chopper dudó un segundo antes de atreverse a hablar.
–Pero… la enfermedad…
Luffy estiró su brazo para bajar su sombrero del árbol y miró a su navegante, esperando respuesta.
Nami, que ya se había dado la vuelta para ir a buscar algo más de ropa, les miró por encima del hombro y les dijo:
–A ése idiota no le pasa nada, solamente está enamorado.
Luffy miró primero a Chopper, luego hacia la dirección en la que se había ido Zoro y por último a Nami.
–¿De quién?
–¡Por dios, Luffy, piensa un poco! –fue la única respuesta, y Nami desapareció en el interior del barco.
Luffy y Chopper se miraron un momento. Abrieron los ojos como platos, cayendo en la cuenta.
Cuando Zoro volvió con los tablones, se los encontró partidos de risa en el suelo.
–¡Eh, Chopper! –Luffy se levantó el pelo para dejar despejada su frente, cerró un ojo y puso morritos como si fuese a besar a alguien –. ¿Quién soy?
Las carcajadas de Chopper resonaron por todo el barco.
Zoro se limitó a empezar a clavar tablones con el martillo. No sabía de qué se estaban riendo ni tenía el menor interés en saberlo.
Al girarse para pedirles que se callasen y le echasen una mano, vio cerca del timón a Franky y Brook mirando en su dirección, cada uno con una guitarra y llorando a moco tendido. Usopp se partía de risa junto a ellos.
"Genial, se han vuelto todos locos" pensó, y siguió martilleando.
¡Fuuuuuu, 10 capítulos ya! Es el fic más largo que he publicado nunca, casi no me lo creo…
Comentarios aparte, me he reído bastante escribiendo este capítulo, espero que vosotros también al leerlo.
Ruegos y preguntas a los reviews! Se agradecen opiniones y críticas, a ser posible constructivas.
1 ¡Ajaaaaa, acabáis de entrar en mi especialidad, la mitología! Creo que ya os estoy diciendo más de la cuenta acerca de mí… Glauco es un dios menor de la mitología griega. Una vez fue humano, un pescador, pero comió unas algas y su barba se volvió del color de las mismas y sus piernas se convirtieron en una cola de pez, por lo que se vio obligado a sumergirse y pasar su vida bajo el mar, junto al dios Océano.
