CAPÍTULO 010

Richard pegó un bote de la cama cuando se despertó y comprobó que Kate no estaba a su lado. Se vistió y salió a la cocina, despeinado y sin aliento. Las risas desencajadas de Bella y su inspectora lo tranquilizaron de inmediato.

- ¿Has visto a un lobo? - sonrió Kate al verlo.

- Pensé que había sido un sueño... - se encogió de hombros, tímido y algo incómodo por confesar su miedo sin pudor.

- ¿Qué sueño papi?

- Uno muy bonito, Bella. - se acercó hasta ella y le dejó un tierno beso en la mejilla - ¿Has dormido bien?

- Sí, papi. Estamos pensando en una comida que vamos a hacer hoy.

- Creo que me apuntaré a vuestro plan.

- ¿No tienes que escribir? - preguntó Kate.

- Prefiero estar con vosotras. - se sentó para desayunar.

- No nos vamos a ir a ninguna parte sin ti, ¿verdad Bella? - Kate.

- No te vamos a dejar solito, papi. - Bella.

- Por si acaso... - se metió un bocado sin ser capaz de mirar a Kate a los ojos.


Martha se ofreció a cuidar de Bella mientras ellos se preparaban para poder ir a comisaría. El escritor se adelantó a la habitación, al mismo tiempo que Kate telefoneaba a sus compañeros para recibir las primeras novedades del día.

- ¿Hemos adelantado algo?

- Tenemos un perfil elaborado Beckett, pero poco más. Es bastante escurridizo. - Espósito.

- Richard y yo nos vamos a pasar por allí y nos llevaremos también a Bella, prefiero que esté con nosotros en todo momento.

- Claro, cualquiera de nosotros podemos hacer turnos para estar con ella en una de las salas y que no se aburra - se ofreció.

- Gracias Espo.

- ¿Habéis puesto al tanto a Alexis de todo? - Espósito.

- Richard lo hará hoy mismo. Mejor que lo haga desde allí.

- Sí, opino lo mismo.

- Tampoco estaremos mucho tiempo, calcula una hora o dos a lo sumo. Pero si que necesito que un segundo cuerpo nos cubra tanto para ir a comisaría como para volver. ¿Podrías enviarlos?

- Eso está hecho. En cuanto estén abajo, te aviso.

- Perfecto. Nos vemos en un rato.


Kate cortó la comunicación y miró aquel despacho. Su despacho. Desde donde habían salido las novelas que le habían rescatado de su oscuridad. Esa sensación de frío abrumador del que no puedes escapar cuando sientes que todo lo que cerca tu espacio, es falso y resbaladizo.

Escuchó a Richard quejarse por algún golpe tras salir de la ducha. Sonrió. Caminó hasta él. Lo vio con su toalla en la cintura, concentrado, mirando su barba incipiente.

- No te afeites...

- ¿No? - la miró extrañado

- No... - le sonrió insinuante - A mí me gusta bastante así.

- ¿Segura?

- Muy segura. - lo abrazó por detrás.

- Entonces, tus deseos son órdenes para mí. - sonrió.

- Entonces, deseo que confíes en mí porque no pienso desaparecer de tu vida. He aprendido la lección.

- Kate...

- Esta mañana has salido de la habitación creyendo de verdad que no estaba.

- Me asusté un poco. Es cierto.

- Porque no confías en mí.

- Lo siento. Yo...

- No te echo en cara nada, Rick. Te entiendo. Te alejé de mi vida. Es normal. Iremos poco a poco... No tengo prisa. - beso su espalda. Aspiró su aroma. Se impregnó de aquel olor a jabón tan familiar. - Soy yo o creo que reconozco este olor.

- No sé de qué me hablas. - se puso nervioso y se soltó de sus brazos, buscando un pantalón y una camisa.

- Rick... - se puso en medio, cortándole el paso.

- Nada... - evitó su mirada.

- Eso no es nada. Si fuese nada, me mirarías. Y, además, ¿qué tiene de malo que el olor me resulte familiar?

- Ya lo he dicho, nada... - se zafó, entrando en el baño. Como un niño pequeño que huye de una regañina.

- Rick... - evitó que cerrase la puerta.

- Te vas a reír. - se justificó nervioso.

- ¿Tienes miedo de que me ría?

- Hmmm... - asintió.

- Está bien. Prometo no hacerlo. - levantó su mano, reafirmando sus palabras.

- No te creo Beckett. Te conozco.

- Deberías creer más en mi palabra, Castle. - acarició la mano con la que Richard se aferraba a la puerta - Venga...

- Está bien. - bufó, rendido y dejando la puerta libre - Uno de los días que fui al supermercado, cuando dejamos de vernos, un niño estaba jugando con varios botes de jabón. Me vino un aroma familiar. A ti. A tu aroma a cerezas. Lo compré. - se encogió de hombros, sonrojándose sus mejillas - Así era como tenerte cerca, aunque no te viese.

- ¿De verdad? - sonrió.

- ¡Prometiste que no te reirías! - se cruzó de brazos, frunciendo el entrecejo.

- Es lo más dulce que me han dicho nunca, Rick. - soltó sus brazos y se abrazó a él - Me encanta que huelas a cerezas. - besó su pecho.

- Será nuestro secreto... - susurró sonriendo.

- Prometido. - buscó sus labios y los rozó suavemente - Tenemos que ir a comisaría. Nos llevaremos a Bella. Solo serán un par de horas.

- ¿Es seguro hacerlo?

- Una patrulla nos escoltará.

- ¿Tienen alguna pista?

- No algo muy importante, pero quizá, el dibujo te resulte familiar.

- ¿Y si no lo conozco?

- Tendremos que intentarlo por otro lado. - acarició su mejilla - ¿Estás bien?

- Me preocupa Bella. Ya lo ha pasado bastante mal...

- La protegeremos. No le pasará nada.

- Gracias. - la besó.


La comisaría estaba revolucionada. Cuando Kate, acompañada por Bella y Richard, salió del ascensor, a punto estuvo de chocarse con varios de sus compañeros, que corrían hacia la misma sala. Se extrañó, pero no dijo nada. Mucho menos, con la pequeña a su lado. Así que, continuó hasta su escritorio, buscando a Espósito y Ryan.

- ¡Al fin llegáis! - se adelantó Espósito.

- ¿Qué pasa? - Kate lo miró sin entender su nerviosismo.

- ¡Hola Bella! Soy Ryan. - se agachó a la altura de la pequeña - ¿Quieres pintar conmigo?

- ¿Puedo papi? - miró a Richard.

- Claro, cariño. Ve con él.

Bella cogió la mano de Ryan feliz y se fue con el detective a la sala de descanso.

- ¿Se puede saber qué ocurre? - Kate.

- Venir conmigo. - Espósito comenzó a andar hacia el tumulto de gente - Dejar paso chicos. - fue apartando a cada uno de sus compañeros.

Kate y Richard, tras él, se quedaron frente a una pequeña tumba, con tierra aún esparcida por la madera.

- ¿Qué es esto?

- Ha llegado a comisaría hace una media hora. Con esta nota. - le tendió un papel a mecanografía escrito.


'Les hago entrega de un regalo. Seguro que a su consejero, Richard Castle, le refrescará la memoria.'


Richard cogió la nota de la mano de Kate. Se fijó de nuevo en aquella pequeña tumba.

- Dentro está el cuerpo de un bebé. – Espósito.

- Paul... - susurró Richard, palideciendo. Acarició uno de los extremos con una sencilla y diminuta inscripción. 'K & R'.

- ¿Paul? - Kate lo miró contrariada. Se asustó al comprobar su palidez y acercó una de las sillas para que se sentase.

De poco sirvió. De pronto, Richard, cogió la pequeña caja y salió de allí.

- ¡Castle! - gritó Kate, interponiéndose en su camino y frenándolo en seco - Entra aquí. - le indicó una sala vacía - Ahora, Castle. - lo miró con cara de pocos amigos. Y, el escritor, confuso por todo lo que estaba pasando, entró sin pronunciar palabra.

Richard se sentó en el sofá, aferrando su caja. Kate, se sentó frente a él.

- ¿Qué es lo que ocurre?

- Tengo que llevarlo... - susurró.

- ¿Quién es Paul?

- Mi hijo... - exhaló.

- ¿Tú hijo? - abrió sus ojos sorprendida ante sus palabras.

- Mi hijo...y el de Kyra. - acarició la inscripción. Muy suave. Como si esa misma suavidad pudiese traspasar aquella madera y llegar hasta los restos de su hijo.

- ¿Un hijo? ¿Con Kyra? - lo miró contrariada.

- Murió a las pocas horas de nacer. No fuimos capaces de superarlo. Ella se trasladó a Londres y yo me quedé aquí.

- Está bien... - entrelazó sus manos intentando pensar con claridad - Esto quiere decir que la amenaza ahora es sobre ti... La persona que mató a Kyra, también te conoce a ti y no piensa parar...

- Tengo que llevar a mi hijo... - repitió.

- Rick... Tenemos que analizar si hay huellas.

- No. - negó rotundo.

- Por favor...

- No.

- No puedo ponerme en tu piel ahora mismo pero entiendo el shock en el que debes estar... Por favor... - se acercó, sentándose a su lado - Necesito que me ayudes a encontrar a este loco.

- Kate...

- Te prometo que no tardaremos nada. Lanie lo revisará y llevaremos a tu hijo. Confía en mí. - acarició su mejilla. Richard inclinó su cara, recibiendo su toque como esa sensación de paz necesaria para no perder la razón.