Advertencia: Esta historia esta basada en "Corazón salvaje" de Caridad Bravo Adams y en su adaptación televisiva (1993). Por tanto, los personajes no me pertenecen, salvo algunas incorporaciones.


Capítulo 9

San Pedro

Juan

Después de pensar largo y tendido sobre el tema, Juan llegó a una conclusión acerca del motivo de sus desvelos. Esperaría por fuera de la casa Altamira hasta que Mónica saliese a realizar sus tareas matutinas. Le hubiese gustado, tocar y esperar ser atendido, pero no confiaba en los buenos modales de la familia frente a su persona. Aunque en un futuro, no lejano según sus anhelos, pensaba presentarse sin importarle los desplantes, en el caso de haberlos, si ella le correspondía. Sin embargo, se vio demorado porque El Tuerto necesitaba hablar urgentemente con él. Esto lo atrasó una hora, el tiempo necesario para que Mónica haya salido, pensó, lamentándose.

Caminó un largo trecho, dirigiéndose hacia la casa de la muchacha. Una extraña sensación de incredulidad le recorrió por completo y una frase cruzó su mente, ¿qué es lo que estoy haciendo? Seguramente ni esté en su casa. Giro sobre su eje y emprendió el camino de vuelta. No dio más de dos pasos hasta que se peleó a si mismo por su debilidad y decidió retomar su objetivo inicial. Subió la leve cuesta que pasaba por el mercado y ni en sus mejores sueños se imaginó lo que se encontraría allí. A ella, tan bonita como el día anterior o más, si fuera posible. El día no puede empezar de mejor manera.

En menos de unos segundos estaba junto a Mónica. Su primer reflejo fue acercar su mano para tocar suavemente su hombro, cerca del hueco desnudo bajo su clavícula. Quería que se volteara para mirarla a los ojos y desearle los buenos días, pero luego se dio cuenta de que así solo conseguiría asustarla. Por ello, optó por hablar directamente.

- Buenos días, señorita Altamira. Volvemos a encontrarnos y en el mismo sitio. – Su voz sonó ronca, pero inexplicablemente suave, como una caricia.

- Buenos días, señor. – Una enorme sonrisa iluminó el rostro de la joven –. Sí, parece que ambos solemos rondar mucho por aquí. – Juan se percató de que las manos de la muchacha alisaban inquietamente su vestido, mostrando su nerviosismo –. ¿Qué tal su día?

- Es una hermosa mañana, ¿no le parece?

- Lo es – dijo Mónica.

- Y ahora que la encuentro, lo es aún más, – lo dijo con la intención de ver sus mejillas colorearse, pero para no hacerla sentir incómoda, rápidamente, agregó – ¿cómo se encuentra el pequeño?" –. Así entraba en terreno seguro y no podía negar que también se preocupada por el bienestar del niño.

- Bien, creo que aún sigue durmiendo. Espero que mi mamá no lo despierte todavía, creo que hacía mucho tiempo que no dormía en condiciones.

- Oh, veo que lo está cuidando bien.

- Noto algo de duda en su voz – lo dijo sin denotar fastidio, usó un tono algo juguetón… inconscientemente.

- Para nada, no creo que exista persona alguna que pueda cuidar de ese niño mejor que usted – la miró fijamente durante un segundo -. En cuanto se recupere, ¿cuáles son sus planes?

- Creo que como todo niño merece ir a la escuela o que la escuela venga a él, así que eso es lo que quiero para Ángel. Aun así, para que mi mamá lo deje quedarse en casa debo emplearlo. Debe ser en algo ligero, que pueda ser tomado como una especie de juego.

- Me parece que ambas cosas le vendrán muy bien.

- Yo también lo creo. – La mirada de él era tan intensa que sentía que le quemaba la piel, así que decidió dar unos pasos hacia un lado, aunque inexplicablemente lo hacía negándose a sus deseos de quedarse donde estaba.

- Eres una mujer maravillosa, ¿te lo han dicho alguna vez?

- Gra-cias – logró articular. Sintió la necesidad de seguir hablando –. Ayer pensaba que lo mejor para él era que yo me encargara de su educación – hizo una pequeña pausa –. No me mire así.

- No la miro de ninguna manera – dijo, Mentira, pensó.

- Sí, me mira sorprendido.

- Bueno, lo reconozco. Es usted una caja de sorpresas. – No era solo sorpresa lo que mostraban sus ojos -. Peeero…

- ¿Pero?

- Pensaba que lo mejor para Ángel era ser instruido por usted, pero...

- ¿Sabe que están construyendo una escuela? – lo interrumpió la muchacha.

- Ya está construida.

- Cierto, pues pienso que esa sería la mejor opción para él. Así tendría compañeros con los que compartir, ¿no cree?

- Tiene razón, Mónica.

- Nos dirigimos hacia allí – le encantó como sonó su propio nombre en los labios de Juan, no obstante se reprendió al momento por ello. Era extraño que se dirigiese a ella tratándola de usted y tuteándola en la misma frase, esas tres palabras parecía marcar el final de un trato formal y el comienzo de relación más cercana.

- ¿Habla de la escuela?

- Sí, mi amiga será la maestra encargada. La señorita que se acerca hacia aquí.

Juan maldijo por lo bajo, no quería que esa conversación terminase, pero era inevitable. Verónica, que había terminado sus compras hacía unos minutos, creyó que era el momento de interrumpir la conversación que entablaba su amiga, si bien tenía la sensación de que no debía hacerlo.

- Buenos días – dijo cuando se encontró a la altura de ambos.

- Verónica, este es Juan – dijo Mónica señalándolo.

- Juan del Diablo, según tengo entendido. – Juan se sorprendió de que una señorita como ella, a la que no conocía, primeramente, supiera atribuirle el rostro adecuado a ese apodo y mucho más que asombrado por su amabilidad. A Mónica no le desconcertó lo más mínimo, así era Verónica –. Verónica Montero, mucho gusto.

- Lo mismo digo – dijo Juan, escuetamente, aunque gentil.

- Creo que deberíamos seguir nuestro camino, porque me temo que como sigamos demorándonos la madre superiora volverá al convento. – Verónica comenzó a caminar. Mónica iba a empezar a despedirse, Juan ingeniaba una buena replica para no tener que dejar de disfrutar de su compañía, cuando Verónica les otorgó unos maravillosos minutos extras –. ¿Qué hacen ahí parados? En marcha. No me mire así, – dirigiéndose a Juan - ¿no se le conoce en San Pedro como el héroe de los pobres? En el lugar hacia al que nos dirigimos, necesitan de la presencia de algunas manos amigas. – Era sólo una mera excusa para que las acompañase, ¿pero quién se podía negar?

- Me otorgan hazañas menos generosas. O eso se dice – dijo entre divertido y sorprendido.

- Tonterías.

Mónica abrió los ojos como platos, pero no osó abrir la boca para rechistar, ni quería hacerlo. Los tres se dirigieron hacia su destino, conversando como tan solo tres almas amigas son capaces.

Mónica.

Tan solo diez minutos después llegaron a la escuela. Las monjas se encontraban en la calle y la madre superiora procedió a cerrar la gran puerta que conducía a la entrada.

- Oh, Señor, lamentamos haber acaparado su tiempo. Parece que las hermanas han sabido arreglárselas sin nuestra ayuda – dijo Verónica con su voz saltarina –. Ahora me disculpan, voy a hablar con la madre superiora – dirigiéndose a Mónica –. No es necesario que me acompañes, querida, yo misma les diré que vengo en tu nombre. Vuelvo en un segundo – se separó de ellos y fue a dar con las hermanas.

- Muy simpática la Señorita Montero.

- Lo sé, también bastante mordaz.

- Cierto. – Una pequeña sonrisa acompaño sus palabras -. ¿Se va a encargar ella sola de todo esto? – esa frase tenía un claro objetivo.

- Se podría decir que sí, – los ojos de Juan se apagaron, deseaba que ella pasase más tiempo por allí – aunque… – ahora rezumaban esperanza – …me pidió que la ayudase de vez en cuando y yo no me voy a negar.

- Por supuesto que no. – Su porte era serio, espalda recta, brazos izquierdo apoyado en la pared, mirada fija en Mónica. Por dentro, sintió un gran alivio. Ella estaría más cerca de él.

- A la madre superiora le parece una buena idea tu candidatura por mi persona. – Las hermanas no se percataron de la presencia de Mónica y Juan, un árbol de regias ramas obstaculizaban su visión. Verónica se encontraba nuevamente a la altura de ellos.

- Creo que es hora de despedirnos, les he robado demasiado tiempo. Señorita Montero, encantado de haberla conocido. – Juan cogió su mano e hizo el saludo ritual, sin llegar a posar sus labios en la mano de ella –. Señorita Mónica, me alegro de volver a verla. Espero que nos volvamos a ver pronto y me traiga noticias de Ángel. – En este caso se lamentó por no besarla, pero estaba Verónica presente y, por otro lado, no deseaba asustar a Mónica. Aún tenía muy presente el contacto de su mano en su boca, se conformaba con eso.

- Creo que la inauguración de la escuela es un acto que no se puede perder, ¿no le parece? – Otra vez la audacia de Verónica –. Será pasado mañana, según me acaba de comentar la madre superiora.

- Aquí estaré, ¿se sabe la hora? – Juan sentía que el día no podía ir mejor.

- Por la mañana, a las diez.

- Perfecto.

- Hasta entonces – dijo Mónica.

- Vamos Mónica, las hermanas nos espera. – Las amigas se dispusieron a caminar agarradas del brazo.

- Adiós. – Juan aun parado junto a la pared, suplicaba para que Mónica se girase y le dedicase una última mirada antes de aquella temporal separación. Así fue. Mónica giró levemente la cabeza sobre el hombro izquierdo y con una sonrisa risueña se despidió.