Capítulo 10

« Qué oso me aventé con el 'Oso'"... pensaba Mónica mientras conducía su coche blanco sobre Reforma. Regresaba de un evento que se había dado en Polanco —una zona elegante de la ciudad—, con la inauguración de la nueva tienda en México de Louis Vuitton, y había permanecido hasta que empezó la fiesta, donde iban a estar presentes dos o tres cantantes de moda —patrocinados por Vouitton—. La habían invitado a que se quedara y se divirtiera, pero prefirió irse, y ahora conducía en una clara y fresca noche de verano sobre avenida Reforma.

"Otro poco y me atrapa cachondeando con Scarlett", continuaba su pensamiento, recordando el sueño que había tenido mientras dormitaba en el regazo de Omar, su novio, a quien de cariño llamaba "Oso". "Me muero si se entera".

—Ven Mónica, quédate, —le había dicho el mismísimo Luis Vuitton en persona, el gran diseñador reconocido a nivel mundial—. Esto apenas comienza...

Y sin embargo, no se había quedado. Demasiadas cosas le adban vuelta por la cabeza. "¿Qué estará haciendo Scarlett?", se preguntaba.

Scarlett por su parte había tenido un día terrible, había llegado temprano al IMP, donde estaba haciendo su servicio y al parecer no había sido un día agradable para Matthias, su jefe, porque venía con un humor de los mil demonios y se la había pasado gritando todo el tiempo.

—¡Te dije que no le mandaras este correo a los de periódico, Scarlett¡Estás viendo que tenemos un chingo de problemas y tú les mandas a ellos toda la información¡Puta madre!

Scarlett, achicada hasta el infinito, se limitaba a permanecer de pie frente al escritorio de él, abrazando con los brazos un par de carpetas y asentía, embotada.

—S-sí...

Tratando de calmarse un poco —estaba colorado—, Matthias preguntó:

—¿Terminaste el informe? —Scarlett asintió con la cabeza—. Pásamelo.

Le extendió las carpetas. Las empezó a hojear. Ella lo contemplaba todavía nerviosa. Apenas había hojeado un par de hojas, cuando...

Estalló.

—¿Pero qué es esto, puta madre¡Te dije que no incluyeras las cifras de diciembre¡El contador las iba a arreglar¡Puta madre¿qué tienes en la cabeza¡Pareces nueva!

Temblando, Scarlett pensó decirle "bueno, resulta que sí soy nueva...", pero se contuvo y en vez de eso le dijo, en un susurro: — pero si tú me dijiste...

Interrumpiéndola bruscamente, aventó las carpetas sobre la mesa y se puso de pie como una tormenta.

—¿Te dije¿Te dije? —Se acercó amenazadoramente a ella—. ¡Mis huevos¡¿Qué no sabes escuchar¡Por Dios¡Te dije que-lo-de-diciembre-te-esperaras...!

Scarlett recordaba unas palabras bien distintas, pero no discutió.

—¡Y ahora hazlo bien y deja de andarte con mamadas! —la urgió hacia la puerta y la azotó con fuerza detrás de ella.

Sintiéndose chiquita, chiquita, eludió la mirada de sus otros "colegas", que habían escuchado los gritos de "El Jefe" y caminó hasta el cubículo que le habían asignado, desparramándose en la silla más cercana y colocando las carpetas en el escritorio, desanimada por completo.

Una agradable voz la sacó de su abatimiento:

—Así es con todos.

Alzó la mirada. Ah, era Olgui, la gordita y simpática recepcionista, de cabello rojo recogido y sus eternos pants. Ella no se preocupaba demasiado por su arreglo personal.

—¿Qué dices? —preguntó Scarlett, recargándose en su asiento.

Olgui jaló una silla de un cubículo contiguo y se sentó a un lado.

—Que así es con todos este Matt.

Scarlett no comentó nada.

—No te preocupes, nena. Así nos ha tratado a todos... una vez a la semana, mínimo...

—Pero es que él me dijo que le llevara esos reportes, y me dijo que le agregara todo, incluso lo de diciembre... hasta me puso la mano en el hombro y me dijo que hay que ser transparentes con la prensa...

—Ay, nena. Así nos hace a todos. Es que se le olvida, tiene memoria de teflón... y nosotros la pagamos. Fíjate que la semana pasada me llamó como desesperado a su oficina, berreando como un animal... –señaló el teléfono— aunque no sé por qué nunca usa el teléfono...

Scarlett esbozó una sonrisa. Al parecer ya tenía una amiga.

—¿Y luego? —le inquirió a que continuara Olgui con su historia.

—Ah, pues que ya voy corriendo yo toda desesperada, hasta me fui con mi yugur en la mano (ay, es que no había desayunado), y que llego a su oficina y ni me fumó, estaba revisando unas carpetas.

Se llevó la mano al pecho.

—Por los gritos que pegaba pensé que se estaba muriendo o algo así...

—¿Y qué te dijo?

—Nada, seguía viendo sus carpetas como si nunca me hubiera llamado.

—¿Ah, sí¿No que le urgía?

—Eso pensé yo, así que iba a tocar, pero en eso que alza la vista y me mira con cara de... —Olgui imitó el gesto que había hecho— y me preguntó: '¿y usted qué hace ahí parada?'

Scarlett abrió los ojos amargamente divertida.

—¿De veras?

—Sí, y le dije ¡señor... si usted me llamó...!

—¿No se acordaba¡No te creo!

—¡No... ¿Tú crees...!

—Bueno¿y qué te dijo?

—Pues nada, sólo me corrió haciéndome así con la mano —e hizo así con la mano— diciéndome "ah... ya se me olvidó".

Scarlett rió, reconfortada. Olgui continuó:

—Y ya luego me regresé a mi lugar (tiré el yugur, que ya ni me sabía) y cuando ya casi llegaba, que otra vez lo oigo "Olguuiii!"

—¡No¡¿En serio!

—Sí... y ya me regreso toda apurada y me dice "Olgui, ya me acordé qué te iba a decir"... ¿Tú crees?

Ambas rieron, a carcajadas, por la historia que había contado Olgui.

—Se pasa ese Matthias... —dijo finalmente Scarlett, reconfortada por tener a una compañera en su dolor. Y luego agregó—. Es que me gritó muy feo, Olgui... ni mi papá me grita así...

—Ay corazón... —mordió una manzana que había desenvuelto de una servilleta, y al terminar de masticar, dijo—: Así son todos los jefes. Ya te acostumbrarás.

—Pero¿cómo le puedo decir que él es el que me dijo que le enviara esos datos al Reforma?

—No lo hagas— una nueva mordida y una pausa antes de continuar—. Los "jefes"— comillas con los dedos— nunca van a reconocer un error. El mundo se les puede estar viniendo encima por culpa de ellos, pero nunca lo van a reconocer ante los demás —e hizo el gesto con las manos de un mundo que se viene encima—. Es una cuestión de poder¿me entiendes? —Y remató con una nueva mordida a la atormentada manzana.

Scarlett suspiró, mirando por la ventana, que tenía vista allá abajo la fuente de petróleos, enmarcada por la hilera de carros que la rodeaban y, más allá, por la vegetación de Chapultepec.

Nadie le dijo que entrar a trabajar sería tan difícil... ¿Sería por que sólo estaba haciendo el servicio y todavía la consideraban como una "chiquilla de escuela"?

Prefirió pensarlo así, mientras que veía a un automovilista que había bajado de su coche y discutía por la ventanilla de un vochito que al parecer le había golpeado.

—Pero ¿por qué tienen que ser así...? —dijo al fin, a una Olgui que masticaba lo último de su manzana—. El mundo podría ser tan sencillo si ellos fueran de otra forma...

Olgui se encogió de hombros, tirando el corazón de la manzana en el cesto.

—Te digo... —e hizo las manos hacia ella, en un gesto como de alguien que enmarca con ellas algo grande y dijo en un todo de voz ad hoc—: Poder...

Scarlett siguió viendo por la ventana. Ahora, un agente de tránsito revisaba los papeles del conductor y su "enemigo". Desvió la mirada de nuevo hacia dentro de la oficina. Ahora creía que las palabras de Olgui siempre no la habían reconfortado tanto.

—¿A qué horas sales, eh...?

—Scarlett. Me llamo Scarlett —y le extendió la mano.

—Yo soy Olga, Olga Fraga —le correspondió al saludo—. Aunque todos me dicen Olgui. Tú puedes llamarme Olgui.

—Sí, Olgui... gracias —aunque no había hecho falta que se lo dijera, ya que se enteró de eso el mismo día en que entró a hacer su servicio ahí. No le dijo nada, y en lugar de eso, le dijo: —¿Qué me preguntabas?

—Ah, que a qué horas sales hoy— ahora Olgui se arreglaba el cabello.

—Hasta las seis. Quiero quedarme hoy todo el día, para acabar más rápido mi servicio. Además de porque no tengo nada mejor que hacer en la tarde. Hoy no tengo clase.

—Qué lástima. Yo salgo hasta las ocho, te quería invitar un café a la salida —de pronto se acordó de algo —oh, pero vas a comer entonces aquí¿no?

Scarlett sonrió, señalándole su bolsita a un lado del escritorio, junto a la cual tenía una bolsa de plástico con un par de sandwiches envueltos en serilleta y una mandarina, así como su botella de agua—. Es que no tengo lana y me traje algo de comer... Pero si quieres te acompaño...

Olgui negó con la cabeza.

—En el comedor no te dejarán meter eso... —y continuó, resignada—. Bueno, ya será otro día.

Scarlett alzzó la mano hacia ella con gesto solemne y sonriente.

—Mañana, lo prometo.

—Está bien— le respondió Olgui arreglándose una dona en el cabello.

De pronto, un grito estentóreo cruzó la oficina entera.

—¡Olgui!

Ésta dio un salto en su asiento y se apresuró a ponerse de pie.

—Ai' va de nuevo éste...

Se soltó el cabello y guardó en su bolsillo la otra dona que había dejado en el escritorio.

—A ver si no se le olvida otra vez... —le dijo una sonriente y cómplice Scarlett.

—Oum... —Olgui alzó los ojos al cielo— Reza por ello...

—Bye.

—Bye.

Y se apresuró a correr hacia la oficina del "jefe", justo en el instante en el que otro atronador "¡Olgui!" dejaba sordo a más de uno.

Todavía sonriendo, Scarlett acomodó resignada sus carpetas en una repisa y decidió salir un rato al patio, a tomar algún panecillo o donita.

Éste iba a ser un largo verano...

Pasadas varias horas, el reloj de pulsera de Scarlett dio las seis y comenzó a empaquetar sus cosas, lista para salir. Había tenido otro altercado con Matthias, su jefe, y lo único que quería ahorita era largarse, escapar hacia otro lado, cualquiera, aunque había tenido que esperarse hasta esta hora. "Si no, nunca acabaré el servicio".

Por fin, tomó su bolsita, todavía tensa de coraje, y enfiló hacia la salida, a paso apresurado.

al pasar por el escritorio de Olgui —su nueva amiga—, se despidió de ella de un beso, "hasta mañana", se dijeron, y Scarlett reconfirmó su compromiso para el otro día "mañana comemos y platicamos".

—Bye, chula, cuídate.

—Igual, bye.

Y salió.

Una vez en el piso de abajo, salió por las pesadas puertas de cristal del Instituto y la vista de la avenida la reconfortó. La vida, los coches, la gente, lo verde del bosque de Chapultepec, uq ehasta acá llegaba, la tranquilizaron un poco.

Enfiló hacia una callecilla, en donde había dejado su coche, tomó las llaves de su bolso y abordó. Una vez adentro, ajustó el espejo retrovisor y arrancó, uniéndose en seguida al pesado tráfico de Reforma.

El paso con los coches la irritó de nuevo y de plano la exaltó cuando, por obra de maldita-sea-quién, el tránsito se detuvo.

Ahí, de repente, toda la larga hilera de coches, de pronto se congeló, como si estuviera hecha de piedra, ni para atrás ni para adelante, ni medio metro siquiera.

"De seguro otra manifestación", pensó alterada.

El Ángel estará tomado por un grupo de aficionados al futbol que festejan el triunfo de la selección nacional contra algún país desconocido del África, o los campesinos de los vuatrocientos pueblos habrán vuelto a taponar Reforma para protestar —desnudos— contra algún funcionario corrupto, pensó.

Lo que fuera, pero el tráfico de plano no avanzaba.

Pitó el claxon, vociferó, estrelló las manos cotnra el volante, pero nada que avanzaban. Encendió el radio para ver si algo decían sobre aquél embotellamiento, pero nada.

Se le había olvidado que estaba descompuesto.

Resignada, dio un último pitazo al claxon, que para variar no sirvió de nada, y se arrellanó en su asiento, dispuesta a avanzar "paso a pasito", hasta que aquella situación se destrabara.

Luego de dos horas de infierno, "esto es la muerte", pensaba, terminó por llegar a un lado de la Zona Rosa y decidió detenerse por ahí hasta que todo aquello terminara. Entró, no sin tener que abrirse paso entre muchos carros que habían tomado la misma decisión que ella, y después de un rato encontró dónde estacionarse.

Hasta la coronilla, apagó el motor, quitó las llaves del volante y abrió la portezuela, para una vez afuera, cerrar con la misma llave, echarla en su bolsa y partir caminando sobre la acera.

Contemplando los anuncios de los bares y cafés, se acordó de pronto de que en ese rumbo había visto por última vez a Mónica, cuando le pidió "que le diera un tiempo". Maldiciendo su suerte, por venir a parar a este rumbo por circunstancias fuera de su control, decidió olvidar el asunto y se detuvo frente a un aparador que mostraba una botas "fabulosas". Sin dejarse dominar por la tentación, siguió adelante y trató de disfrutar el paseo. Después de todo, la noche no estaba tan mal, hacía fresco y buena música salía de algunos de los animados bares por los que pasaba.

"Como no vengo a ligar..." pensó y decidió irse a un lugar más tranquilo, un café, por ejemplo, donde pudiera pedir algo, una baguette o algo, ya que "ya tengo hambrita".

Justo en el momento en el que pensaba en esto, vislumbró un agradable café a media cuadra, que tenía una agradable terraza con las mesas en la banqueta y bastante gente. El lugar se llamaba Topolino, Café & Gelato, y le agradó la idea. "A lo mejor pido un helado".

Por fortuna, encontró una mesa desocupada en la orilla de la terraza, justo la mesa que daba más hacia la calle y se apresuró a sentarse en ella. Le fascinaban los cafecitos que daban a la calle, al aire libre, se le hacían una costumbre muy europea, aunque no lo pudiera decir de cierto, ya que nunca había estado en Europa.

"Mónica seguro irá...", comenzó a pensar, pero al instante se detuvo, "otra vez pensando en ella... niña..." se autoregañó.

Mejor llamó al mesero, que al instante le trajo la carta y después de pedir algo raro llamado Gelatto Macciato —le explicó el mesero que era algo como café con helado o helado de café, no entendió muy bien—, desvió la mirada hacia la calle.

La gente que pasaba por ahí era multicolor, de todo tipo, y Scarlett se complacía viéndolos. Parejas jóvenes que pasaban agarrados de la mano, o grupos de amigos que seguro iban a divertirse un rato por aquellos rumbos. También pasaba el empleado de oficina, con camisa y corbata, y el saco tendido sobre el brazo, abstraído en sus pensamientos, o el típico par de turistas —turista y turisto—, de cabellos rubios, playera, bermudas y mochilotas a la espalda, que de seguro estarían pasando sus últimos días en la ciudad para luego irse a Cancún o una playa de esas a destramparse en el famosísimo Springbreak...

De repente, le dio una punzada en el pecho a Scarlett y brincó en su asiento. Había visto pasar a dos mujeres agarradas de la mano y besándose... así, sin empacho, a la vista de todos. Se le había olvidado que aquélla era la zona "gay" por excelencia y entre los gays estaban las chavas lesbi, como ella y...

Enmudeció mentalmente.

"Soy gay..." le cayó el veinte de repente al estar contemplando a aquella pareja. En todo este tiempo de su relación con Mónica, aquél beso enloquecedor, su enamoramiento y posterior rechazo, los había vivido como eso, como experiencias, producto de sus miedos y frustraciones por salir del mundo de la escuela —y que hoy había reafirmado con lo que había sucedido con su jefe—, pero nunca los había visto en función de que ella era mujer... y Mónica también...

Ela misma estaba sorprendida de que no se hubiera percatado antes de ello, a pesar de todo lo que había pasado, y ahora que aquella pareja en la calle se alejaba, todavía las manos entrelazadas y la cabeza de una recargada en el cabello de la otra, siguió azorada viendo la luz de esa verdad.

"Soy gay", pensó, abstraída, mientras comía un poco de helado con la cucharilla.

Le costaba trabajo tragar aquello —el pensamiento, no el helado—, y con la mirada siguió mirando hacia la gente en el café.

Sorprendida, le pareció ver en una de las mesas, en una alta con bancos en vez de sillas, a Ulises. Lo vio ahí, sentado, bebiendo un capuchino, inclinado sobre unas hojas, escribiendo algo, con una carpeta a un lado, y mirando hacia la gente de vez en cuando. Alcanzó a ver que él también seguía con la mirada a aquella pareja que ya se perdía entre la muchedumbre...

—Si tan sólo él supiera...

Pero no podía ser él —por qué, no lo sabía—, así que mejor siguió mirando su helado.

"Soy gay", pensó por tercera vez, tomando otro trocito con su cuchara. "¿Qué irán a decir mis papás de eso?"

De pronto, sintió una mano sobre su hombro y volteó, sorprendida. Pegó un brinco en cuanto vio quien era y casi se atasca con el helado.

—¡Mónica! Pe... pero... ¿Qué haces aquí...?

Mónica lucía radiante, hermosa, brutalmente bellísima... y apenada.

—Nada... salí de un evento y me vine a tomar un café... —y agregó— ¿Me puedo sentar?

Scarlett, sin salir de su sorpresa, y tratando de digerir cuatro cosas al mismo tiempo —ser gay, haber visto a Ulises, el helado y ahora a su... amada—, asintió.

Mónica ocupó la silla entrente de ella y se dirigió al mesero, que pasaba por ahí.

—Un capuchino, por favor.

Al alejarse éste con el pedido, Mónica, sin saber muy bien cómo comenzar, alzó la vista y miró a Scarlett, y expresó casi en un susurro:

—Te he extrañado un chingo...

Scarlett se sintió mareada, eran demasiadas emociones para un solo día. Todavía le dolía, y mucho, la manera en como la habían despedido aquel día, pero ahora que la veía ahí, sentada frente a ella, en su mesa, con su cabello más claro de cómo lo tenía antes, luciendo sencillamente gua-pí-si-ma, y diciéndole que la había extrañado "un chingo", todo pareció olvidársele, y una súbita sensación de correr hacia ella, besarla, abrazarla, se apoderó de todo su cuerpo.

Pero sólo atinó a decir:

—Yo también...

Y estirando sus manos a lo largo de la mesa, anhelantes hasta el infinito, las estrechó contra las suaves y delicadas manos de...

...su novia.