Capítulo 9
Bella POV
Odiaba a Edward, odiaba lo que me había hecho.
Ni siquiera podía mirarlo a los ojos.
-Bella –susurró mi nombre.
-No digas nada más, por favor –supliqué entre lágrimas.
Bajamos del avión, Esme estaba esperándonos.
-¡Hola! ¡Bienvenidos! –exclamó con una sonrisa.
-Hola, señora Cullen –la saludé y seguí de largo.
-¿Qué sucedió? –preguntó –¿Qué sucedió? –repitió mirando a Edward.
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Al cabo de un día
-Bebé, calma, calma –mi madre acarició mi cabello.
-Quiero estar sola –sollocé acurrucándome en la cama.
-Oh, cariño –intentó consolarme.
-¡Odio a Edward, lo odio! –insistí.
Alice POV
-¿Aún no deja de llorar? –pregunté a mi madre cuando bajó las escaleras.
-No –negó.
-¿Por qué le hizo eso? ¿Por qué la ilusionó?
-No lo sé, cariño, no lo sé.
Llamé a Jasper –¿Cómo está todo por allí?
-Edward está muy mal. ¿Bella?
-Mal, no deja de llorar. Dice que lo odia. ¿Por qué le hizo esto?
-Creo que Edward se enamoró y no midió las consecuencias. Creyó que podría desaparecer de un día para el otro, y que tu hermana seguiría con su vida. No lo sé.
-Ella lo amaba. Le dio todo.
-Lo sé, Alice.
-¿Cuándo será lo de Suiza?
-En una semana –aclaró.
-¿Una semana?
-Sí, a mí también me tomó por sorpresa. Ya está todo arreglado. Aquí su madre anda llorando por los rincones. Su padre ya lo aceptó.
-Que terrible… no puedo creerlo. Que tristeza.
-Necesito verte, estoy mal, me siento impotente.
-¡Oh, Jasp!
-Me odio por no haberlo podido ayudar.
-¡No digas eso!
-No sé porque todo tuvo que suceder así, no puedo comprenderlo. Es tan injusta la vida… tan injusta.
-¿Quieres que nos veamos? Puedo ir a tu casa si lo deseas, Renesmee está tranquila durmiendo. Mi madre está en casa puede cuidarla unas horas.
-En una hora me vuelvo a casa, ¿te paso a buscar?
-Sí, te espero, Jasp, por favor, no llores.
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-Edward ya no quiere levantarse de la cama, dice que va a morir, que no necesita levantarse para rehabilitaciones.
-Qué triste –intenté contener las lágrimas.
-Ya no puedo más… es muy terrible para mí verlo así. Saber que morirá.
-Te entiendo, Jasp.
-No me dejes, Alice, por favor, no me dejes nunca –me tomó de las manos –Yo quiero que sepas que… te quiero tanto.
-Oh, Jasp –suspiré.
-No quiero perderte a ti también. Quiero ser feliz a tu lado –una lágrima recorrió su mejilla.
-Yo también quiero lo mismo.
-¿Lo prometes?
-Lo prometo –besé sus labios.
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Esme POV
-No puedo aceptarlo –sollocé, Kaure intentaba secar mis lágrimas.
-Cálmese, señora, por favor –suplicó.
-¡Eres un maldito! ¿Por qué lo apoyas? –grité mirando a Carlisle.
-Debo hacerlo, Esme, es su decisión –respondió.
-¡Vete al demonio!
-Por favor, Esme, no lo hagas más difícil.
-¿Hacerlo más difícil? ¡Mi hijo quiere morir!
-¡También es mi hijo, maldición! –exclamó furioso.
-¡Pues no lo parece! –grité.
-Señora, calma, calma –Kaure intentaba calmarme con palmaditas en la espalda.
-No puedo, Kaure –la alejé.
-Llámeme si necesita algo –se retiró de la habitación.
-¿Por qué, Dios, porque? –pregunté arrodillándome en el suelo.
Un par de horas más tarde
-Edward –ingresé en su habitación, no había querido levantarse.
-¿Qué?
-Por favor, hijo mío.
-No empieces… por favor te lo pido, madre.
-No me dejes, cariño –sollocé.
-Basta –susurró.
-¿Acaso Bella no es suficiente?
-¿De qué hablas?
-Creí que ella cambiaría tu decisión –suspiré.
-¿Y porque creerías eso?
-Pensé… pensé que tú y ella –hice una pausa –Tú y ella…
-¿Ella y yo, qué?
-¿Acaso no la amas?
-¡Eso no tiene nada que ver! ¡No la merezco, y lo sé!
-¡No digas eso, hijo!
-¡Vete! ¡Por favor, vete! –gritó.
-No –respondí.
-¡Vete! ¡Vete! –repitió hasta que salí de la habitación.
-Lo pones más nervioso –Carlisle me miraba desde la mesa del comedor.
-¿Yo lo pongo nervioso?
-Sí –afirmó.
-Solo deseo entender…
-¿Acaso no lo entiendes? Está parapléjico, Esme, ha estado en esa cama tanto tiempo sin poder hacer nada por su cuenta, se siente inútil.
-¡Eso lo sé! Pero al fin creí que todo sería distinto, creí que Isabella –intenté contener las lágrimas que brotaban de mis ojos.
-Isabella no pudo cambiarlo, se terminó, acéptalo.
-¡No! ¡No lo aceptaré! –me encerré en el cuarto.
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Al cabo de una semana
Bella POV
-Tienes que comer –Alice me sacudió.
-No quiero –bufé acurrucándome aún más entre las sábanas.
-Bella –insistió.
-¡No quiero, Alice!
-¿Acaso piensas morir de hambre?
-Sí –respondí.
-¡Ni lo pienses! ¡Comerás! –me forzó a sentarme.
-¡Alice! ¡Me haces mal! –grité.
-¿Qué sucede aquí? –mi padre ingresó preocupado.
-No quiere comer –Alice abrió su gran bocota.
-Déjenme en paz –susurré.
-Sí claro, te dejaremos en paz después de que tomes esa sopa –indicó mi padre furioso.
Evité responder y tomé la sopa en silencio.
-Bien, quiero que lo bebas todo –señaló.
Asentí.
-Estoy preocupada por ti –comentó Alice –Bella –esperaba una respuesta.
-Estoy bien –mentí.
-No, no estás bien.
-Bueno, lo estaré muy pronto.
-¿Muy pronto?
-Sí, ya mejoraré.
-Oh por dios, Bella, no me vengas con eso –bufó.
-¿Con qué?
-La semana próxima será peor, y lo sabes.
-¡No necesito que me lo recuerdes!
-Edward estará muerto –respondió.
Rompí en llanto.
-¡Debes despertar! ¡Tienes que hacer algo!
-¿Qué mierda quieres que haga?
-Pídele que se quede contigo…
-Ya lo hice –refregué mis ojos.
-¡Insiste!
-¡Lo odio! –grité.
-¡Bella! –me sacudió violentamente, casi lanzo toda la sopa sobre la cama –¡Tienes que seguir intentando! ¡Esta no es la hermana con la que crecí!
-Esa Bella ya se ha ido –coloqué la sopa sobre el aparador y luego me volví a la cama.
-Bien, haz lo que prefieras. Cuando Jasper nos llame para decirnos que Edward murió será demasiado tarde.
-¡Basta! –me dí la vuelta e intenté dormirme.
-Te amo –Edward susurró a mi lado.
-¿Entonces porque quieres dejarme? –solo sonrió –¿Por qué? –insistí.
-Te amo, Swan –repitió.
-No, no me amas. Me has roto el corazón, deja de decir que me amas.
-Necesito que me ayudes, no puedo solo.
-Te ayudé demasiado, te dí mi corazón, te dí todo lo que tenía.
-Insiste un poco más –acarició mi mejilla.
-¿Insistir?
-Por favor, Swan, no me sueltes la mano, aún no.
Desperté alterada –¿Qué sucede? –Alice se me quedó mirando.
-Tengo que ver a Edward –me levanté desesperada –¡Necesito que me lleves a su casa! –grité despertando a mi padre.
-Son las siete de la mañana, Bella, es sábado –bufó.
-¡Lo sé! ¡Tengo que ir a la casa de Edward!
Se levantó sin hacer más preguntas.
Al llegar a la mansión, bajé del coche y corrí a la puerta.
-¡Kaure! –exclamé al verla.
-¡Isabella! –se sorprendió.
-¡Edward! ¡Edward! –grité dirigiéndome a su habitación.
-Se han ido –susurró Kaure detrás de mí.
-¿Ido?
-A Suiza –aclaró.
-No –negué.
-Lo lamento, Isabella.
-¡No! ¡No!
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-Soy una idiota, esperé demasiado –lloré en brazos de mi padre.
-Ve a Suiza, impídelo –respondió.
-¿Qué? ¿De qué hablas? ¿Ir a Suiza? ¿Con que dinero?
-Tenemos unos ahorros –se encogió de hombros.
-¿Ir a Suiza?
-Sí –asintió.
Kaure me entregó toda la información útil para encontrar a Edward en Suiza, volví a casa y armé una maleta –¿A dónde irás? –Alice estaba confundida.
-A Suiza –respondí muy segura.
-¡Esa es la hermana que conozco! –respondió sonriéndome.
Más tarde en el aeropuerto
-Todo saldrá bien, cariño –mi madre me abrazó con fuerza –Pediré por ti –me entregó una estampilla de la virgen.
-Pide por él, mamá –supliqué.
-Pediré por ambos –respondió.
Embarqué, no dormí ni un segundo de las once horas de vuelo.
Llegué durante la noche –Estoy bien –llamé a mi padre desde un teléfono público –Ya llegué.
-¿Aún en el aeropuerto?
-Sí, voy a pedir un coche para ir al hotel.
-Ten mucho cuidado, cariño.
-Lo tendré, te amo –colgué –Quiero un coche –le indiqué a una mujer en atención al público.
No entendía ni una palabra de lo que me decía –Lo siento, no hablo alemán. Solo inglés –aclaré.
Llamó a otra muchacha –Dígame –habló en inglés –¿Qué necesita? –preguntó luego.
-Un coche, necesito llegar a esta dirección –le entregué la información del hotel.
-Bien, le pediré uno, señorita.
Me quedé dormida en el coche –Señorita –el chofer me despertó.
-Oh, lo lamento –me disculpé avergonzada, le pague y me dirigí a la recepción del hotel –Estoy buscando a Esme Cullen –indiqué.
-La señora Cullen se encuentra en la cabaña ¿quiere que le llame?
-Sí, por favor –supliqué desesperada.
Minutos más tarde
-La señora pidió verla, la acompañarán hasta la cabaña –indicó el recepcionista.
Le dejé mis bolsos y seguí al botones.
Caminamos un largo trecho hasta llegar a la cabaña.
-Isabella –Esme estiró sus brazos.
-¿Y Edward? ¿Está bien? –la tomé de los brazos.
-Isabella, no hay más nada que hacer –sollozó en mi hombro.
-¿Qué quieres decir? ¿Esme? –la sacudí.
-El médico vendrá esta misma noche –indicó.
-No, no –negué.
-Isabella –el señor Cullen se apareció por detrás.
-¡Vine a impedirlo! –exclamé.
-Ojalá puedas niña –palmeó mi espalda.
Ingresé a la habitación –Edward –susurré.
-¿Bella? –despertó confundido.
-No lo hagas –insistí.
-¿Qué haces aquí?
-Vine a impedir que cometas una locura.
-Swan –musitó.
-¡No! –grité –¡No morirás! ¡Te amo, me amas! ¡Seremos felices, juntos! –respiré hondo –¡No puedes dejarme! ¡No puedes rendirte, no ahora que me tienes!
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
-¡Seremos felices! ¡Juntos! –repetí –¡Juntos!
-No podré hacerte feliz –jadeó.
-Sí, sí podrás… tú me haces feliz, tú me completas. Por favor, Ed, por favor te lo suplico, no mueras, no me arranques la felicidad. Sin ti no podré ser feliz.
-Bella –una lágrima recorrió su mejilla.
-¡No morirás! ¡Hoy no! –grité furiosa –Y si no cambias de parecer te secuestraré y te encerraré en mi habitación –bufé.
-¿Me secuestrarás?
-¡Sí, lo haré!
-Estás loca, Swan, estás loca –sonrió.
-Sí, estoy loca. Lo sé. Pero tú no morirás, no lo harás, porque nos amamos ¿verdad?
Se quedó en silencio –¿Verdad?
-Sí –respondió.
-¿Sí?
-Sí –afirmó.
-Te amo, Edward –me arrodillé a su lado.
-Yo también, Cisne.
Apoyé mi cabeza en su pecho –Por favor, prométeme que te quedarás a mi lado. ¡Promételo!
-Te lo prometo, Cisne, te lo prometo.
-¿Por qué no decidiste quedarte conmigo antes?
-Creí que era lo mejor, lo lamento tanto –tragó saliva nervioso.
-Eres un maldito imbécil, Edward –gruñí –Me has hecho pasar un infierno todos estos días.
-Lo lamento –podía oír su arrepentimiento.
-¿Cancelo el médico? –pregunto Carlisle asomándose.
-Sí, está cancelado, obvio, cancelado –repetí.
Edward sonrió.
-¡Cancelado!
-¿Cancelado? –Esme ingresó a la habitación.
-Sí, cancelado. Se acabó esta absurda idea –me planté.
-¡Oh, mi niño! –abrazó a Edward.
-Mamá, por favor no empieces –se quejó.
-¡Oh, Edward!
Carlisle puso los ojos en blanco –Deja al pobre niño –la tomó del brazo.
-¡Mi bebé! –gritó.
-¡Mamá! ¡Ya basta! Quiero estar a solas con Bella –insistió Edward.
-Está bien –asintió alejándose.
Pasó a mi lado y me apretujó la mano –Gracias –susurró.
-No puedo prometerte una larga vida, no puedo Bella, me enfermo todo el tiempo, lo sabes.
-Todo saldrá bien –respondí –Con amor, todo se puede.
-¿De verdad lo crees?
-Sí, de verdad lo creo.
-Nunca podré ser como Jake…
-No quiero que seas como él –interrumpí.
-¿Por qué me amas?
-El amor no siempre se puede explicar –sonreí –Solo sé que te amo y que no quiero perderte.
-No será fácil.
-Lo sé.
-No siempre tengo buenos días…
-Eso lo sé muy bien, mejor que nadie –me reí.
-No quiero darte una vida miserable.
-No me darás una vida miserable –negué –¿Por qué crees eso?
-Eres demasiado para mí.
-No, no, no digas eso.
-Tú mereces algo mejor –desvió su mirada.
-Te merezco a ti, y tú me mereces a mí –acaricié su mejilla.
-¿Viniste hasta aquí solo para detenerme?
-Para detener esta locura, sí.
-Estás loca, comprobado.
-Sí, loca de amor –pellizqué su nariz –Te daré una vida feliz, Edward, déjame intentarlo, déjame demostrártelo.
-¿Qué hay de tú felicidad?
-Tú eres mi felicidad –sellé mis palabras con un beso.
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Seis meses más tarde
-¡Isabella, apresúrate! –gritó mi madre.
-Ya voy, ya voy –me miré por última vez al espejo.
-Aquí tienes –Alice me entregó un ramo de flores blancas –¿Nerviosa? –asentí repetidas veces.
El vestido que llevaba puesto tenía un corsé blanco y una falda suave como pompón larga hasta mis pies, de un color rosado en degradé, mis zapatos eran rosados y tenían una flores talladas en la parte trasera.
La música comenzó a sonar –Tan, tan, ta, tan, tan ta, ta, tan.
-Respira, cariño –susurró mi padre mientras me aferraba a su brazo.
-No me dejes caer, papá –supliqué.
-Jamás –respondió.
Se abrieron las puertas, allí en el fondo estaba Edward esperándome con una sonrisa.
Caminé algo insegura sobre los tacones incómodos que había elegido Alice.
-Radiante –susurró Kaure cuando pasé a su lado, ella se había encargado de hacerme el vestido.
Mi padre me entregó a Edward –Bendiciones –susurró mi padre.
-Gracias, señor Swan.
-Gracias, papá –le dí un beso en la mejilla.
-Estás hermosa –confesó Edward.
-Tú también –me sonrojé.
-Damos comienzo a la ceremonia, a la unión de estas dos personas, Edward Anthony Cullen e Isabella Swan –exclamó el cura.
Luego de unas palabras religiosas –¿Señor Edward Anthony Cullen, acepta como su esposa a la señorita Isabella Swan?
-Acepto –respondió.
Su padre, Carlisle, me entregó el anillo –¿Señorita Isabella Swan, acepta como su esposo al señor Edward Anthony Cullen?
-Acepto –lo miré fijamente.
-Te amo –musitó con sus labios.
Me incliné hacia él y le coloqué el anillo –Muy bien, los declaro marido y mujer –concluyó el cura.
Lo besé con ternura –Te amo, Ed.
-Te amo, Bella.
Me levanté el vestido y le mostré lo que tenía debajo, lanzó una carcajada.
-¿No combinan con mi vestido? –me reí, tenía puestos los calcetines de abeja que me había regalado para mi cumpleaños.
-Aun con esos calcetines te ves hermosa –sonrió.
