Yu-Gi-Oh! Es propiedad exclusiva de Kazuki Takahashi hasta el fin de los tiempos.
Jōnouchi es un niño malcriado, Yura un volcán que necesita poca lava para hacer erupción.
La autora es un bicho raro.
La nieve puede ser azúcar.
Capítulo 9: Nieve Dulce
"No todo resbalón significa una caída."
—George Hebert.
—.—
El mismo asfalto limado con recelo desprendió, una vez más, el sopor de los rayos del sol en su gastado par de tenis azules. Las mantas de nieve aún cobijaban la cuidad cual bebé oloroso en cuna de mimbre, pese al tenue bostezo de los lábiles intrusos con que el sol derretía de a poco el arrullo en las aceras de aquellas calles sombrías donde los vándalos sobreabundaban como las moscas rondaban el azúcar.
Conocía los atajos, extensiones e intersecciones que conectaban un arrabal con otro, menos de tres caminatas bohemias habían sido vastas para ubicar cada escondrijo de hito en hito gozando él sus dieciocho años.
Por un motivo cuyo origen no fue esclarecido en su consciencia, pensó en Yura, tal vez a razón de la coincidencia abrupta que proyectó en su memoria el regalo de la muchacha en aquel antaño.
Sonrió al imaginarla no con la nubosidad del rememoro, sino con la lucidez de su presencia, una tan cruda que frenético agitó la cabeza para no confundirla con la soledad que le acompañaba mientras entraba en la boca de un callejón adoquinado.
No obstante, aquella agitación de sesos trajo consigo un vendaval de recuerdos: sus tímpanos convocaron a la perfección las risas de la chica cuando por su glotonería derramó en su camiseta blanca casi toda la Sopa de Miso humeando dentro del tazón parecido al alabastro, con exactitud escalofriante se remontó a la tarde donde se burló de ella por haber perdido contra él una partida sencilla de Jan-Ken-Po y cuando desgreñándose la melena rubia aceptó a gritos empezar a volverse loco, terminó mareado por vislumbrar a Yura en el rostro espantado de una mujer que le cruzó por el lado asida a la premura de quien tenía a todo un cuerpo policiaco pisándole los talones.
Apoyó la mano en la pared cercana en aras de evitar un encuentro entre su trasero y los adoquines, la traición acostumbrada de tales mareos esporádicos.
La humedad escabullida en las grietas le echó en cara lo que procuró obviar en el trayecto.
Era la rutina adquirida a partir de aquella madrugada en cuyo velo se enarboló la silueta de la albina.
Sentía el celaje de Yura en tanto se vestía todas las mañanas, en los ronquidos hondos de su Viejo creyó oír su voz templada llamarle entre sueños y a causa de ello, con ella había soñado en cada una de las siguientes cuatro noches que vigiló sigiloso su ida al Izakaya.
Tan inmenso era su temor a la demencia, que del apartamento salía más disparado que la bala de un revólver calibrado, buscando solazarse con el sondeo por aquellos lares marginados a fin de mantener a raya su advertencia a los líderes de las gangas, según su Viejo, aliados en la virulenta de hacer en Yura el cebo más atractivo para cazar el pez gordo que suponían los puños metidos en los bolsillos delanteros del pantalón azul marino, sin otro motivo que el de hallarse a la vanguardia de cualquier emboscada furtiva.
Así en los próximos cuatro días, aquellas acciones eran sus actividades rudimentarias: trasladó la búsqueda de empleo a las mañanas, en la tarde era el vigía de los delincuentes y durante la noche inspeccionaba en las sombras el bienestar de Yura antes de partir a sus labores.
Las interminables persecuciones de empleo germinaron fruto al tercer día enemistado con la albina, en la infraestructura de una plaza reconocida por sus segmentos de entretenimiento. Solicitaban la fuerza de un hombre en contraposición al peso en los furgones de comida, además de requerir un vendedor carismático para atraer clientes en la cafetería.
El sueldo era coetáneo a sus necesidades en igual medida al horario flexible, pero solo medio día duró laborando cortesía del sonoro puñetazo y las palabras obscenas que dedicó al dueño cuando, al presentarse en su oficina como el subordinado novicio que era, le halló semidesnudo acosando a una empleada no mayor a los dieciséis años, por cuyos gimoteos se atrevió a no tocar sino patear la puerta.
El hecho recalcó lo ya consabido.
Donde vivía, el sur de Osaka, era un montón de mierda hedionda.
Paranormal hubiese llamado el hecho de no habérsele despedido con los argumentos inapelables como el testimonio cómplice de la chica, quien defendió al puerco imputándole a su persona todas las barbaridades que el verdadero depravado pensaba hacerle bajo la falacia estúpida de ser el susodicho el defensor entre los tres.
Los demás trabajadores, allegados por el alboroto, conjeturaron entonces que él aceptó gustoso el empleo con el único objetivo de acosar a la muchacha.
Desmintió la infamia en vano, y el asqueroso sarcasmo del malnacido aseguró no enviarle a la cárcel por sus bien inculcadas dotes compasivas.
Los mandó a todos al infierno de inextinguible candela, a su criterio moral una sola cuestión era en verdad inapelable: la cochina tenía sexo con el dueño para conservar el empleo, los demás se hacían pasar por sordos y mudos para no perder el propio.
La rabia había viajado en sus venas con tal calentura, que le quemaba las sienes cada tanto revivía la escena. Sin embargo, cedían a tregua de la indignación por fantasear con Yura en una situación semejante.
Se cortó el labio, por migajas de tiempo no quebró el suéter blanco con un rectángulo lila dibujado a la altura del pecho, que precisamente vestía en ese momento, mientras lo lavaba y agredió la pared más próxima rechinándole los dientes en aquella tarde del miércoles.
De la vivencia hizo un condimento al incentivo que convirtió las horas vespertinas en la manía de recorrer las calles pisadas por cuanto ganguero de renombre habitaba en Osaka, aferrado al mástil de dos motivos.
El primero consistía en pulir su memoria con los rostros de las nuevas amenazas, los pupilos neófitos de los cuales debía salvaguardar tanto a Yura como a su persona. En el segundo procuraba cimentar su palabra al no andar calles arriba, calles abajo con la ojiazul, reafirmar su amistad rota queriendo a cambio evaporar la voluntad de los gangueros de acecharla, como él resolvió llevar a efecto entre las cortinas de la noche para comprobar los resultados de su atrevimiento.
Para verla, aunque míseros fuesen los segundos.
Se incorporó. La mano antes sustentada en la pared volvió de nuevo empuñada a su bolsillo derecho.
En esa ocasión sí tenía un escudo contra los sablazos del frío, la chaqueta verde de mangas largas, su favorita, burló sus intenciones de enchinarle la piel.
Aquella misma chaqueta verde.
Reinició su tránsito en compañía de la melancolía.
Extrañaba a Yura.
Así de simple.
El martes a lo mejor hubiese dicho lo contrario por su creencia de ir en camino a la senda correcta, el miércoles tal vez se habría conservado en negación forzándose a distraerse con los vídeos porno ya tan repetitivos que de memoria había predicho todas las escenas, el jueves quizás titubeó en los sermones a sus pensamientos, pero ese viernes…
Ese viernes lo sabía.
Lo sabía por cuánto añoraba su compañía en la chaqueta verde.
"— ¿Qué estarás haciendo sin mí en este preciso segundo? —"
—.—
Por primera vez consideró insidiosos los dos punto cinco estándares de graduación óptica en sus lentes de montura azul celeste, en armoniosa combinación a la blusa cuello tortuga de mangas largas siendo contrastada por el ajustado pantalón de mezclilla beige que relumbraba el avivado crema de los botines prendados hasta topar las rodillas.
—Oh, por Kami. —Su perplejidad titánica le cohibió de enmarcar la expresión con el innato aullido conmocionado, y le noqueó la quijada de tal forma que la sentía desguindada.
—Mírala bien, Kyo. Mírala muy bien. —No enderezó la mirada, bajo los efectos del asombro, hacia la ojiazul que encontró vestida con un pantalón igual de mezclilla, pero diferente en el color blanco, haciéndole cortejo a la misma blusa cuello tortuga de mangas largas solo distinta por ser rosado fucsia, el conjunto regalado al cumplir ella los veinte años, el veintidós de marzo del año pasado.
— ¡Maldita rubia oxigenada! ¡Ya entiendo por qué son rubias la mayoría de las actrices porno! —Exteriorizó su indignación una vez repuesta del estupor, manado de la fotografía revelada y sostenida entre sus dedos—. Aunque seguro por eso embobó a Katsuya, como él es devoto al porno…
—Eso es lo menos importante, Kyo. —Su mejor amiga desde hacía una década tomó asiento en la silla adyacente a la suya, manifestando la postura de reciente adquisición al subir ambos pies descalzos en posición recta de tal manera que las rodillas juntas le tocaban el pecho—. La mejor parte de este embrollo es que yo siempre tuve la razón respecto a esa zorra.
—Eso me sorprende más que la foto dada tu divina mala racha contra Katsuya. Pese a tus intentos él siempre te gana en todo, su desaforada buena suerte siempre me ha hedido a sacrilegio antiguo. —Dejó en suspenso la otra parte de su opinión debido al escalofrío en la espina dorsal de tan solo imaginar los conjuros de un monje, ataviado en collares indígenas, bañando a Jōnouchi con el rocío de unas hierbas marchitas.
—Ya lo has dicho— concordó su interlocutora—, no me explico el origen de esa fuente casi inagotable de buena suerte. ¡Algún día debe acabársele!
—De hecho, creo que con esta fotografía ya empieza a caducar— miró el retrato sintiéndose de inmediato condolecida por su amigo—. Katsuya no lo merece…
Respingó sobresaltada al inmutarse sus oídos con el insospechado derechazo que Yura hizo trastabillar la mesa. Atestiguó el nudo de dedos estacionado en el metal pintado, sufriendo los espasmos de la ira contenida.
—Esa víbora— los ojos ocultos en la sombra de los mechones blancos encogieron la inquina elevada a una magnitud desmesurada—, debe tener la barriga inflada de tanto reír por tener su vida resuelta. Mientras Katsuya es su juguete sexual, Magnum es su billetera portátil. Esa ramera bien sabe que Katsuya no puede complacer sus caprichos a razón de su situación económica, pero no quiere prescindir de él en la cama, por eso seduce a Magnum; un rejuego prehistórico de zorras decrépitas.
A la expresión iracunda se sumó el enraizado crujir de dientes.
Se acomodó los lentes, seguido miró la fotografía con interés renovado.
— ¿Sabes, Yu? Más allá de ser un rejuego prehistórico de zorras decrépitas, es la historia sobreexplotada de la mujer vanidosa que termina enamorada del hombre con quien tiene sexo y por ello renuncia a la fortuna del ejecutivo adinerado con quien engañaba a su verdadero amor, en busca de la felicidad eterna.
—La realidad supera tres veces a la ficción, Kyo. —Amainó la furia con la mirada apaciguada siendo ella su foco de atención.
Cerró los ojos al estar revestidos de la placidez, por costumbre, antecesora a los argumentos tejidos con la precisión de su intelecto literario.
—Pero la ficción es el espejo de la realidad, Yu. —Destapó nueva vez el brillo presuntuoso en los orbes abastecidos por la certeza de lo dicho—. Si minuciosa enlazas el orden de los sucesos, los personajes y la trama, cotejarás la semejanza entre Mai y la mujer vanidosa, el de Katsuya con el pobre diablo que de ella se enamora a través del sexo y a Magnum con el ejecutivo plagado en dinero. —Su amiga se percibió convencida o al menos eso denotó en sus ojos dilatados—. Por consiguiente, y de acuerdo a la Lógica del Cliché, como de cariño lo título, el desenredo de este nudo será el siguiente: Mai al fin se dará cuenta de que a quien ama es a Katsuya, por ello mandará a Magnum derechito al carajo, pero él insistirá hasta el día desgraciado donde nuestro querido amigo los encontrará a los dos en medio del revuelo. Katsuya estará al borde de ser un asesino de tanto que mutilará a Magnum con los puños, pero aun así no perdonará a Mai sino después de hacerse rogar por muchos años luz. La perdonará cuando considere que sufrió lo suficiente para merecer su confianza y luego vivirán felices para siempre. Fin.
Alzó con gracia el dedo índice mientras su sonrisa era tan deslumbrante que, volvió a cerrar los ojos para, así mismo, cerrar la anécdota con broche de oro, no sin antes mirar a Yura quien era entonces la que parecía tener la quijada desguindada.
Al ser su amiga la luz que de nueva cuenta se regó por toda la retina, presenció la sonrisa socarrona tiznándole los labios purpúreos por los caprichos del frío.
—Afirmas tal desenlace porque esos autores, de los cuales supongo te inspiraste, no rompieron tu Lógica del Cliché creando en la amiga del pobre diablo a un personaje como yo. —La ojiazul guiñó el ojo derecho, la Batiseñal del Peligro como ella por terror le impuso.
— ¿Pero no se supone que tú y Katsuya…?
—No necesito volver a ser su amiga para cambiar la historia.
—Tengo miedo.
—.—
Las seis de la tarde menos dos minutos.
¿Eran relajos de su juicio o el tiempo corría a la velocidad de un caracol?
Kyoka se había ido, desalojando la pieza tres horas antes de la consensuada a causa de ser los viernes el día estipulado en el contrato de docencia firmado por el profesor Eiji Yusaku, el último vestigio de la generación encabezada por el icónico diseñador Kamekura Yusaku, quien diseñó un póster para la Expo Mundial del país en los años setenta y en ese mismo Osaka, trazando así las pautas de la primera generación de diseñadores pertenecientes al siglo XX. La pelinegra excusaba su desamparo anticipado arguyendo el respeto que merecía el tutor por el prestigio encasillado en las sílabas del apellido, pero ella descubrió, al cabo de las primeras sesiones de clases, que más gigantesco era su entusiasmo por la enseñanza.
Su mejor amiga se enamoró del diseño a partir de los ocho años, la edad que tenía cuando le conoció. La profesión de la madre, de alguna manera, robusteció su pasión, encarnizando también su amor por la vida a través de las formas, colores y demás aderezos pigmentados.
Mejor profesión no pudo elegir.
Kyoka nació para dar color a vidas de lienzos en blanco.
Ella misma era el vivo ejemplo.
Las seis de la tarde, ni un minuto más ni un minuto menos.
Se sentó en el futón a piernas cruzadas, con los ojos cerrados inhaló el aire frío para exhalarlo en un suspiro, y al reabrirlos miró indecisa las teclas numéricas en la pantalla táctil del móvil.
Pulsó los números entrecortando los movimientos. Apenas el auricular se posó en su oído, comenzó a picarle la garganta. Cada timbrazo fue un calambre a su mano sosteniendo el dispositivo a la altura de la oreja.
— ¿Bueno?
La voz percibió tan apacible como en los sesgos de su niñez, le acarició el oído.
—Tiempo sin escucharnos, Inoue.
No bien balbuceó el nombre cuando la picazón en la garganta se concentró en un borbollón de lágrimas atascadas.
— ¡Señorita Sutori! Me es imposible describir el tamaño de mi gozo al escuchar su voz.
El gélido trayecto de una lágrima estremeció su mejilla y enfrió el contorno del mentón antes de descolgarse en la punta de la barbilla lampiña.
Pese a saber de antemano lo inútil de sus esfuerzos por desbaratar el borbollón tragando en seco, lo intentó, consiguiendo solo el desliz silencioso de otra lágrima salada.
—Tampoco hay medidor para el mío.
—Señorita Sutori…
Sorbió la flema ya en las fosas de su nariz cuando escuchó del otro lado un soplo de ternura e hipó con mesura.
— ¿Se encuentra usted en un lugar con suficiente calefacción? La caída de nieve no es diurna, pero el frío es demasiado crudo en estos días. ¿Lleva puesta una indumentaria compacta al clima, verdad? No olvide abrigarse bien antes de salir e ingerir alimentos tibios para mantener su temperatura corporal en homeóstasis no vaya a ser que se resfríe, también procure no comer tantos postres y cosas muy endulzadas porque eso es en sumo grado perjudicial para su salud, además de…
—Estoy bien, Inoue. Estoy bien.
Una risilla amasó el hipido escurridizo en la segunda oración; empleando el dorso de su dedo pulgar cual si fuera un pañuelo pulcro, secó la estela de las lágrimas en sus cachetes húmedos.
— ¿Cómo están mis pequeños diablillos? ¿Todavía pueden compararse conmigo en mis días de niña berrinchuda?
Naomi e Issei, los nietos consentidos de Inoue. Ambos nombres tenían en la i su terminación en honor a la letra inicial del suyo en calidad de abuelo.
Izumi, la madre e hija única, le condecoró con el detalle para pregonar su orgullo por haberla criado sin el consejo de una esposa. Quizás aquellas eran las raíces del árbol frondoso en cuyo amparo Inoue y su Padre pactaron una amistad con bordados incorruptibles incluso bajo la amenaza de los alfileres del tiempo.
Nunca reflexionó la respuesta a ciencia cierta, pero sí tenía la certeza, e igual la culpa, de avistar en sus sobrinos una oportuna curva de desvío para sus inhóspitas señas de tristeza.
—No exagero al decir que han sobrepasado las huellas de su legado, Señorita.
— ¡Estoy orgullosa!
Afinó la nota lacrimosa, entonada en la exclamación con que atenuó el sollozo ahogado, y a su vez convertido en la llave que liberó las demás lágrimas atascadas en la tubería del esófago.
Plegó los ojos, la mano izquierda cerró el paso a los quejidos en turno al taparse con ella la boca.
—Tal vez por eso tengo el casto presentimiento de que usted los mimaría en peor grado que mi hija.
Añadió al móvil unos ápices de distancia a la altura de su oreja, abrió los ojos arqueando la mirada en dirección al techo, en aberturas conexas al exhalo profundo.
Descendió su mirada tocándose el pecho con la mano previa en la boca, acto seguido ajustó una vez más el dispositivo a la entrada de sus tímpanos.
—Has predicho el futuro.
—Lo imaginaba…
Desató la risa más natural, fresca y jovial que alcanzó a figurar en medio de los latigazos de fuego sentidos en todo el cuerpo sobrecogiéndole las entrañas.
Se entregó al tacto suave de las sábanas, encogiéndose al tamaño de un feto encerrado en el saco amniótico sin cortar la comunicación en su oreja.
—Inoue… ¿Cómo se encuentra él?
—De salud, en perfecto en estado. Sin embargo…
Se mordió el labio, preparándose para sumar peso a la culpa que yacía sobre sus hombros.
—No desayuna, perdió el hábito de merendar con la manzana verde. Se enclaustra en el estudio todos los días desde la diez de la mañana hasta las cuatro de la tarde, la hora precisa en que despachan a los estudiantes de la Escuela Domino.
— ¿Fuma la pipa con la misma frecuencia?
—No, ha extendido la continuidad, ahora cala humo en lugar del desayuno y al finalizar las otras dos comidas diarias. También… En vísperas del anochecer, mientras me despojo del uniforme, a través de los visillos le observo alzar una plegaria a escondidas del Joven Ryō… Creo que ora por usted…
Sintió en todo el cuerpo unos cólicos abrumadores que le hicieron retorcerse con la sensación de que algo en su interior estaba a punto de reventar.
Abrazándose el estómago y con la nariz topándose las rodillas, las gotas de sal humectaron las sábanas. Mordió su lengua, castigándose por las ganas de maldecirse a oídos de quien a sus ojos era un segundo Padre.
—Recuerda nuestra promesa, Inoue.
—Intacta está en mi memoria, Señorita.
—Has alegrado mi día. ¿Cómo está mi hermano? ¿Ha mejorado en sus calificaciones?
—El Joven Ryō se ha conservado en salubres condiciones. Sí ha experimentado mejoras en todas las asignaturas a excepción de las Matemáticas, según él porque…
—Porque "toma el lápiz para escribir un número tan simple como el cero y el estómago le ruega comida".
Sonrió enternecida al evocar su hermano como si recitara la frase estando ambos ojo a ojo.
Le avizoró rascándose la nuca, ensanchando una sonrisa avergonzada hasta volverla una retorcida, con una pequeña gota de sudor deslizándose desde la sien izquierda terminando su recorrido en la barbilla donde finalmente caería junto a la mano de la nuca y la pesadumbre a sus facciones.
Se concibió a sí misma a su lado, doblegada por el encanto en sus gestos tímidos, abrazándole hasta que él gritara la cercanía de un ataque de asfixia gracias al cual ella le soltaría no sin antes haberle besado la mejilla y frotarla con la suya mientras repetía lo tierno que él se veía con tales guiños tersados.
—El Joven Ryō sigue siendo para usted tan predecible como el número de líneas en la palma de su mano.
—Eso me hace más feliz de lo saludable.
—Si eso es usted, imagínese a un pobre viejo como yo.
La alegría formó en sus labios una curva grácil al tiempo que escuchó la resonancia lejana en las voces de sus sobrinos.
—Inoue, debo colgar, de pronto me entraron las ganas de preparar un chocolate caliente que sea capaz de quemarme la lengua.
Aunque falsa era la existencia del apetito, sí reales las posibilidades de persuadirle.
—Comprendo, Señorita. Por favor, intente no agregarle mucha azúcar, ¡y no se queme la lengua!
— ¡Dudo mucho que no suceda!
Se carcajeó, volviendo a ser la niña traviesa que le volvía loco de preocupación con sus fullerías impredecibles, haciendo de cada risa la inyección de un anestésico.
— ¡Señorita Sutori Bakura!
Lloró, y en esa ocasión no supo distinguir si fue de reír o por el ardor de escuchar el apellido de su Madre.
—Te quiero, Inoue.
—Yo la amo tanto como el Señor Sutori jamás ha dejado de hacer.
—Yo nunca dejaré de amarlos, ni a mi Padre, ni a Ryō ni a ti; por eso los entrego a tu cuidado. Confío en ti, Inoue.
Más agua remojó las pestañas.
—Y yo en que, algún día, usted volverá a pisar esta casa.
—Hasta entonces… Inoue
—Cuídese mucho, Señorita Sutori.
El pitido de finalización fue anunciarle la muerte.
Se mantuvo inmóvil, abrigada entre las cobijas del silencio.
Odiaba el silencio.
Lo odiaba por ser el recordatorio incesante de cuán sola estaba en ese momento.
Sin su Padre.
Sin su Madre.
Sin Ryō.
Sin Inoue.
Sin Kyoka.
Sin Katsuya.
Necesitaba oír la melodía sutil en las palabras de su Padre, las orientaciones en cada reproche de su Madre, la inocencia en las risas de Ryō, los cuidados de Inoue, el monólogo de Kyoka y las morisquetas de Katsuya.
Lo necesitaba todo.
Pero no tenía nada.
Estaba sola.
Rasgó el aire con un grito en el que no le importó si se explotaba o no la vena gruesa de la garganta.
Quedó tiesa, sin aliento, como si en el grito hubiese expirado su propia alma fuera del cuerpo.
La respiración se le desenfrenó con el aire devuelta, unido al tacto del celular pegado entre pómulo y oreja por la viscosidad de las lágrimas comenzando a secarse debido a la intensidad del frío atacando su piel blanca.
Quería morir.
— ¡Promételo, Yura! ¡Júrame que jamás te atreverás a si quisiera volver a pensarlo! —
El relampagueo del recuerdo le cayó encima dándole unas fuerzas que desentumecieron todos sus músculos.
Se estiró con presteza a la par que el móvil despegó del pómulo. Electrizada se levantó de entre las sábanas dejando allí el aparato moderno.
Inconsciente o quizás consciente recorrió con la mirada todas las esquinas del cuarto en busca de los ya gastados zapatos grises, divisando el uno al lado del otro en la entrada del baño.
Caminando entre lo que parecía ser una pista de hielo y no el suelo, los prendó a sus pies distinguiendo a su vez la boina gris estacionada en el gavetero.
Aquella misma boina gris.
La tomó frente al espejo, sin mirar su reflejo la colocó sobre sus cabellos albos.
Se dio la vuelta transitando trémula el umbral del aposento siendo el vestíbulo de la puerta principal, cegando sus ojos ante el aliento blanco que salía de su boca como el humo mortecino de un cigarrillo mentolado.
Giró el pomo cenizo.
El silencio debía morir en su lugar.
Necesitaba ruido.
—.—
Tal vez las siete, y del resto, no tenía idea.
Intuyó la aproximación de la hora por el tono negruzco del cielo que no cesaba de rociar la nieve en las aceras donde quedaban tatuadas las suelas de sus tenis azules.
Ya no conservaba las manos en los bolsillos para esconder unos puños, sino para abrigarlas del frío procaz, quien le había pintado los labios de un rosa encendido e unido a sus hebras rubias teñidas de un color cenizo por la posada que en ellas habían tomado los retoños de la nieve. Sus dientes castañeaban, afligidos en el intento de resistir el aliento blanquecino que de su boca se desprendía.
No obstante a lo colosal del frío descendiendo en cada copo, su determinación mantuvo en el espacio tibio donde no cabía la idea de renunciar a la tarea de ser el centinela, una noche más, del bienestar de Yura; pelearía incluso con la impertinencia del invierno si con ello ganaba la paz de ver, aunque fuese a lo lejos, el mismo paso fino, tintineante y de tacto obnubilado.
"— ¡Maldición, hace demasiado frío!—"
Temblequeando con una mueca de fastidio, en la misma brecha de tiempo con que sus ojos ubicaban el comercio siempre dispuesto a ofrecerle la hora en la espaciosa pantalla plana, comprobó el siete, y el resto en los dos ceros por mucho cercanos a las siglas del pasado meridiano.
Pensó esperar la hora faltante con una taza de té humeante, una de las que vendía la anciana sonriente en el ventorrillo a una esquina del poste, en sus rondas, guarida clandestina.
Motivado por el olor imaginario que alborotó sus pensamientos al extremo de concebir el líquido cual si estuviera ya en la punta de su lengua, trotó contento, sacudiendo la nieve a su paso.
Se asustó de pronto, con un calambre en la columna divisó a lo lejos una figura difusa merodeando, al parecer, con la intención de acercarse cada vez más a él.
— ¡U-Un fantasma!— machucó a duros atropellos.
Se dijo que el calambre había sido por el frío y no del miedo para no llamarse a sí mismo "gallina culeca". Se dijo que si los labios le temblaban era por el frío y no por el miedo de que la cosa cada vez más se acercara. Se dijo que si sentía los huesos congelados era por el frío y no por el miedo de que la cosa se llevara su alma. Al final se dijo que ni el frío ni el miedo le quitarían su título de hombre, que no podía huir de la pelea contra un fantasma teniendo el mismo paso fino, tintineante y de tacto tan obnubilado como el de Yura.
Otra vez ella.
Por consiguiente, sintió el impulso de volver a desgreñarse la melena ceniza al estar frente a la disyuntiva de no saber si el fantasma era real o si, finalmente, él había enloquecido.
Deseos de vociferar no le faltaron, mas el aullido en la garganta terminó atorado para no advertir a— lo que sea que fuese la cosa— sobre su presencia.
"— ¡A la mierda! ¡No importa si estoy loco o no, le partiré la nariz! Aunque… Los fantasmas son transparentes… ¿O será un zombi? —"
Reprendiéndose por la estupidez de pensar algo sin importancia en lo absoluto, sacó las manos de los bolsillos con los ojos entrecerrados, tronándose los dedos adoptó una postura ofensiva al tiempo que se acercaba caminando despacio.
La densa neblina empezó a desvestir la figura en tanto él se avecinaba con la misma parsimonia a fin de tener el tiempo de buscar entre sus pensamientos algún insulto que calentara el aire de pelea.
¿Mal aliento transparente?
¿Peste con anemia?
¿Aire de pedo?
"— ¡Caray! Pensándolo bien, es difícil insultar a un fantasma—."
Vagó entonces queriendo hallar el adecuado para un zombi, negó con la cabeza al caer de bruces en la cuenta de la no tanta distancia entre él y el zombi-fantasma. Se paró a media calle, con el puño izquierdo encogido a la altura del costado, con el derecho flexionado hacia delante, el pie izquierdo tersó hacia atrás, el derecho hacia delante, y cuando pensando cualquier disparate intentó ahuyentar el miedo haciéndole cosquillas en el trasero, lo primero que aluzó su mente fue la certeza de que Kazuki, el ventero, en su lugar se habría cagado en los pantalones.
Animado por considerarse mucho más viril que el aludido, esperó al fantasma-zombi con la adrenalina de la lucha entre los nudillos apretados.
La niebla invernal encueró la figura.
Otearla abrazándose a sí misma le desanudó los puños, bajándolos en picada. Escuchar pese a la distancia el titiritar de los dientes le cuarteó las palabras, la mirada ensombrecida extinguió la adrenalina y la boina gris, aquella misma boina gris, lanzó a su pecho una llamarada que le arrugó el corazón, pero al desperdigarse, irradió el calor anhelando en algún punto de su recorrido.
No era un fantasma o un zombi.
—Yura…
Deseó cuestionarla a puro coñazo, traquetearle los hombros, reprenderla por la estupidez de salir a las calles sin abrigo.
Darle calor despojándose de su chaqueta.
Abrazarla, decirle cuanto la había extrañado, que fue ella quien tuvo la razón al gritar en su cara que Mai desconocía su fecha de cumpleaños, que, aunque optó por la decisión de quebrar su amistad algo en su interior rebullía haber cometido un error.
Deseó hacer tantas cosas al mismo tiempo que quizás por ello le fue imposible mover un músculo, más aún tras avistar la pausa en el andar.
"— ¿Qué debo hacer? —"
—.—
Si aquello no había sido morir por diez segundos, era al menos el preludio más cercano.
El aire se paralizó, cada yarda de piel se frisó.
Un flechazo de vida perforó su pecho en cuanto le vio aproximarse con las manos metidas en los bolsillos, y solo cuando atisbó la chaqueta verde, aquella misma chaqueta verde, sus piernas empezaron a tambalearse tanto como la gelatina insípida que los hospitales ofrecían al paladar del convaleciente.
No cruzó por su mente algún pensamiento coherente.
Quería hablar, pero el temblor en los labios le advirtió que gaguearía.
Quería retroceder cada que él más distancia cortaba, pero la euforia en su estómago le acorraló en el intento.
Lo tenía casi frente a frente, asfixiándole por el tenor ilusorio de una palabra, un reproche o cualquier gesto mínimo dirigido hacia a ella.
—Katsuya…
Él permaneció mudo, ladeó la cabeza.
Le cruzó por el lado cual si ella hubiera sido un alma en pena.
Silencio.
Su voluntad se fue con él, quedando esfumada en la brisa fría de aquel roce efímero.
La nieve se convirtió en una arena movediza que le succionaba despacio.
Quería morir.
— ¡Promételo, Yura! ¡Júrame que jamás te atreverás a si quisiera volver a pensarlo! —
Disolvió su propio abrazo al compás de los puños paralelos el uno al otro. Alzó su vista al cielo inhalando todo el aire posible.
— ¡ERES UN IDIOTA! ¡IDIOTA! ¡IDIOTA!
El silencio debía morir en su lugar.
Necesitaba ruido.
—.—
Si aquello no fue revivir en menos de diez segundos, era al menos la sensación más parecida.
No debía contestar.
— ¡Mira quién habla! ¡LA TONTA QUE NO SABE NADAR!
"— ¿Por qué? … ¿Por qué estoy respondiendo? ¡En verdad estoy loco! —"
— ¡Mira quién responde! ¡EL ESTÚPIDO QUE NO SABE HACER UNA BOLA DE ONIGIRI!
Viró sobre sus talones con el orgullo abaleado, enviando al demonio sus cavilaciones.
Su mayor anhelo era siempre poder moldear a la perfección un ovalado Onigiri, nunca se había jactado del logro: o le quedaba como un bollo, más amasado de un lado que del otro o alguien interrumpía su concentración atrofiándole la meta.
Se sorprendió al confrontar su rostro con el pálpito de un desafío en la mirada pese al trecho de distancia imperando entre ambos.
Su pecho saltó feliz de volver a verla, pero no por ello el insulto mermó su indignación.
— ¡Tú cocinas el arroz más desabrido que he probado en mi vida!
Le apuntó con el dedo índice sin saber por qué, aun en su semblante habiendo gestos de exasperación, en forma de culebrilla le corrían por la barriga todas las ganas de reír.
— ¡Tú ni siquiera sabes freír bien un huevo!
— ¡Al menos sé cocer el Ramen!
— ¡Y yo hacer todo tipo de postres!
Dio un paso hacia atrás emitiendo un sonido atragantado, viéndose intrincado por la veracidad del enunciado; rascándose un oído con el dedo meñique pensó otro defecto que sacar a flote. Meditándolo, divisó a los copos siendo traspasados por la luz centellante en las bombillas de una camioneta cuya velocidad ilícita provocó que las llantas salpicaran a sus ropas toda la nieve arrinconada en los contenes.
La arena blanca se aguó en su boca, filtrándose por las grietas de la garganta ocasionó una tos rauca que no le dificultó sacudirse la ceguera en primer lugar, en el segundo la túnica de nieve.
Izando el puño vocero de su indignación o desagrado, se volteó al pie del sendero donde la camioneta se perfiló en el último punto de luz hacia el horizonte.
— ¡Conduces peor que una anciana el andador, zopenco!
Desarraigado de aquel aire denso, en sus hombros revotó una carcajada.
Yura reía.
Una risa sincera, jovial e inmaculada que roció a su carne un bálsamo tibio.
Se giró con el fuero interno hecho un revoltijo, dando rienda suelta a las ganas de reír vibrando en el estómago.
Los dos reían a carcajada limpia, enajenados a diferenciar el motivo. Si era de la risa de él, de la de ella, de ambas, de ninguna o de ellos mismos.
Todo ese lío ignoró mecido entre los brazos del gozo. El gozo de haberla visto, de haberse fastidiado ambos y de volver a reír con ella como en sus memorias atesoraba.
Arrodillado tocó la acera, abrazado a su estómago le dolieron los cueros de la barriga junto a las lágrimas advirtiendo la necesidad de oxígeno. Preocupado por ella hizo acopio del aire, entre la mirada pañosa le vio sentada igual o en peores condiciones.
De haber podido reír más lo hubiese hecho, pero la liberación de aquel gozo le instó a gatear hasta ella. Le obedeció sin objetar, aunque su mente yacía en blanco, carente de ideas para decir o materializar.
Las mejillas sonrosadas, los labios purpúreos y las pestañas postizas por el brillo de la nieve le enredaron las cuerdas vocales, uniéndose a la bulla del revoltijo en su interior, no obstante a permitir que el dorso de su dedo índice rozara con timidez el pómulo mojado de agua salada.
Las palabras huían de su boca y, en el intento de recuperarlas, la abría y cerraba como la de un pez intentado respirar fuera del agua.
No las necesitó.
Yura le abrazó por los hombros. Tan fuerte, con tanto brío, con tanto arrebato que en su mente hubo una explosión de estrellas multicolor cuyo brillo irradió sus ansias de corresponderle.
Le abrazó por la espalda, lo suave de sus hebras albas rozaron las yemas de sus dedos.
—Katsuya, ¿todavía recuerdas aquel día en que el doctor me obligó a usar la escayola por una semana más?
— Sí— contestó a ojos cerrados, emborrachándose con el olor a vainilla que exhalaban los cabellos blancos.
— ¿Recuerdas tus palabras cuando te corrí, cuando te reclamé que me dejaras sola?
— ¡Lárgate, ni tu compasión ni tus buenas intenciones pueden liberar mi pie de este maldito yeso!
— ¡Precisamente por eso no voy a largarme! ¡Grítame, ensúciame, rabea y haz lo que quieras, pero viniste en mi espalda y en mi espalda te irás porque a mí se me pega la gana! ¡No eres nadie para impedirme hacer lo que ya he decidido!
Abrió los ojos en vinculación al jadeo que brotó del asombro.
—…"¡No eres nadie para impedirme hacer lo que ya he decidido!"—
—En ese momento te respondí murmurando berrinches porque tu determinación dejó mudo mi interior. Allí fue cuando me dije que sería alguien afortunada si tuviera otro amigo como tú. Que me gritara la verdad, aunque armara berrinches como cuando era niña. Que se quedará conmigo, aunque yo le exigiera a insultos que se fuera de mi lado… Por eso, tragándome mi orgullo, accedí a que me cargaras en tu espalda y te confesé mi nombre.
—Por cierto, ¿Cuál es tu nombre?
—¿Después de toda una semana viéndonos la cara es que vienes a preguntármelo?
— ¡Wari, wari! ¡Pero es que toda esa semana lo menos que me interesaba era saber tu nombre! Con lo escandalosa que eres…
—Sutori. Yura Sutori.
— Vaya ironía, un nombre demasiado bonito para alguien tan agrio como…. ¡AGH! ¡Ya, ya, ya! ¡Fue una broma, fue una broma! ¡Déjame respirar!
Que pendejo había sido.
— ¡Perdóname, Yura! — Le pegó a él, temeroso ante cualquier descuido que ella pudiera aprovechar para zafarse de sus brazos. Mancillando los dientes su labio bajo, el odio a sí mismo apuñaló de nuevo la cordura—. A esos gangueros de mierda sentí como la espada y a ti, no, a nuestra amistad como la pared. Estaba acorralado. Tú sabes lo mucho que detesto sentirme acorralado, me vuelvo más idiota de lo que soy por el miedo de no saber cómo reaccionar. No saber si lo que debo hacer será o no lo correcto… ¡Decidir es difícil, carajo!
—O tú eres demasiado tonto…
—Creo que las dos.
De nuevo las carcajadas gravitaron entre los copos.
A través del remanso difuminado en el calor de Yura, renació en su piel la candidez de su hogar, tirado en la papelera del olvido. Allí, embalado por aquella esponjosa nube de azúcar, estaba su Madre peinando a Shizuka mientras era espectadora de la partida de béisbol entre él y su Padre.
Todos los reencuentros con Yura se resumían a eso.
Volver a su hogar.
Jamás precisó una respuesta pues nunca se lo preguntó. Tampoco rebuscaba un veredicto final.
Entonces fue cuando, sin pedírselo a la nada siquiera, comprendió el por qué respondió a Yura a sabiendas de que no debía efectuarlo conforme a su decisión.
Yura y él eran amigos indivisibles. Por más veces que discutieran, aunque más de una vez el uno se dejara llevar por el enojo del otro, todas las cosas se confabulaban para unirlos.
Los recuerdos de ambos les reprendían cuando entre los dos amenazaba una distancia. Les recalcaban con improperios lo que habían sido antes de conocerse, en el proceso de conocerse, después de conocerse y ya conociéndose. Les exigían a todo pulmón el proteger ese vínculo asido a la magnitud del que memorizaba solo con Yugi.
Yugi.
Debía reconocer que, sin su mejor amigo al lado, olvidaba con facilidad que la amistad y el orgullo eran enemigos a muerte.
— ¡Joder, esto parece un infierno congelado!
—Yo no tengo tanto frío, tu cuerpo está lo suficiente caliente.
— ¿En serio? ¡Porque yo siento que mis bolas son dos cubitos de hielo!
Vitoreó su dolor por el chichón erguido sobre sus cabellos, el que Yura propició separándose tras el golpe.
— ¡Eso nadie te lo preguntó!
— ¡¿No conoces la libertad de expresión?!
— ¡Entonces no te ofendas cuando hable de la menstruación con un hombre delante!
— ¡Eso es diferente, tú eres mujer!
Abriendo la boca a propósito de reforzar su defensa, se llenó con la nieve trasformada en bola por las manos de la albina.
Acabó ido de espaldas entre risas ajenas. Quedando su silueta marcada en la acera, se impulsó hacia delante escupiendo la tierra blanca derretida al tiempo que, con una mano tras la espalda, amasaba su venganza.
— ¡A ver si con eso se te limpia la boca, Katsu…!
Justo en el blanco.
La nieve vio escurrirse por lo rojo del enojo y de inmediato escuchó la trompeta de guerra.
Una bola, dos bolas, tres bolas.
Una en su rostro, la otra en el hombro impropio, la tercera en su frente e incluso una cuarta en la mejilla sonrosada.
Una lluvia de nieve que degustó azucarada por las risas.
— ¡Oe, oe, ¿no están demasiado grandes para hacer cosas de niños?! ¡Se ven ridículos!
Los dos ladeando la vista con un puñado blanco, el portador de la voz era un niño mejor que ellos abrigado y acompañado incluso, pues todo un séquito de críos le seguía a su espalda.
Él se irguió queriendo intimidarlos.
— ¡¿Qué has dicho, mocoso del demonio?! ¡Respeta tus mayores! ¡Además, la calle es de uso público!
—Katsuya— habló Yura, también de pie a su lado—… Es un niño.
— ¿Y eso qué? Desde niños es cuando debe inculcárseles el respeto a los mayores.
La manada de polluelos estalló en risas.
— ¡¿Mayores dices?! ¡Pero si ustedes dos parecen más niños que nosotros!
— ¡Tengo diecinueve, hijo de…!
—Oye niño, si tan convencido estas al punto de alardear, ¿Por qué no dejas que sea esa bola de nieve quien te otorgue la razón?
Cuestionó aquellas palabras con la mirada furtiva de súbito incrustada en su persona.
Ella le guiñó un ojo y con eso le dijo todo.
La invitación a lo incierto.
Sonrió enseñándole los dientes, donde imaginó prendida una estrellita en cuyo brillo delató su complicidad.
Miró nueva vez a los críos con una sonrisa vuelta petulante.
—Yo tal vez solo valga por la fuerza de una sola persona, pero les aseguro que Katsuya vale por tres. Así que disparejos no estamos.
—El tío Jōnouchi les dará una lección, enanos.
— ¡Ja! ¡Aceptamos el reto, bola de ridículos!
—.—
—Todavía no lo asimilo…
—Pero sucedió.
—Y ahora tenemos un nuevo apodo.
—"Los Tíos Chiflados".
—Al menos es mucho mejor que "Perro Perdedor".
— ¿Quién demonios te dice así?
Yura desbordó el fastidio enarcando una ceja al momento de arquear hacia él la mirada.
—Un mañoso del que no quiero hablar.
— Ya veo. —Prosiguieron juntos aplastando la nieve hecha alfombra bajo sus pies—. Aunque no está del todo equivocado.
— ¡¿Qué dijiste?!
—Lo mismo que oíste. —No perturbó la tranquilidad en su rostro pese a la furia enrojeciendo al suyo—. Se equivocó al llamarte "perdedor". Debió sustituirlo por "pulgoso".
Gruñó a su lado, en cambio ella le volvió a guiñar un ojo.
— ¡Si yo soy un perro pulgoso entonces tú eres una gata roñosa! — Luego se cruzó de brazos, la sonrisa burlona curvilínea en sus labios.
— ¡Entonces cuídate de mis garras!
— ¡Y tú de mis pulgas!
Meditaron las palabras bajo el mutismo solemne al instante rasgado por las carcajadas oriundas de las bobadas con que en su mente llamó a los vituperios.
Cuando el volumen de las risas fue a sus oídos un tenue bisbiseo, los acuosos ojos de Yura se insertaron en la chaqueta.
—Esa chaqueta es…
Sus miradas, una vez más, se fusionaron en la sonrisa enternecida que los dos volvieron a dedicarse con admirable sincronía.
—Sí, es la misma que me regalaste cuando cumplí los diecinueve años. —Renovaron el andar sin sus ojos desenlazarse.
—Fue verte a ti con ella puesta en lugar de al maniquí. Además, era tu color favorito.
—Lo mismo me sucedió con la boina, porque es la misma, ¿cierto?
— Sí, la misma que destapé ese día en que cumplía los veinte.
— ¿No te parece curioso? Es como si nos hubiéramos…
—Conectado.
De la gélida ventisca no haber soplado sus cuerpos, quizá hubiesen permanecido mirándose, casi, sin pestañear. No obstante a remecer, mucho más que sus cabellos y chaqueta, su disposición a donar calor con la prenda.
El viento retomó la docilidad que él llamó perfecta quitándose la chaqueta, puesta sobre los hombros de ella bajo el celo de una mirada enrarecida.
La tomó desprevenida, pero aun así no rechazó el ofrecimiento; por el contrario, terminó de ajustársela pese a lo holgada que se le veía y aunque la blusa fuera de mangas largas.
—Gracias.
Contestó sonriendo. Sin embargo, el rubor en los pómulos ajenos le cayó como el golpe de un ladrillo en la cabeza.
Alarmado le asedió para tocarle la frente con la palma de la mano.
— ¿Qué sucede? No he dicho nada raro, solo te agradecí— interpeló, mostrando una expresión neutra. No pasó desapercibido la evasión a sus ojos.
—… No tienes fiebre, pero estás demasiado sonrojada. ¿Te sientes bien? Si quieres puedo llevarte cargada en mi espal…
— ¡Estoy bien! ¡Es-Es el frío!
— ¡Ahora te pusiste más roja! Anda, súbete a mi espalda. De todas maneras, deberé cargarte si te desmayas a medio camino.
— ¡Que estoy bien!
Bufó malhumorado. Sin querer protagonizar otra rebatiña, en lugar de la boina entrevió un abanico que podría serle útil para desviar el humo de la discordia.
Se la robó de un tirón, colocándola luego sobre sus hebras áureas.
Poniéndose frente a ella y asentando su mentón en los dedos índice y pulgar, gesticuló una sonrisa seductora pensando en los modelos que fungían como portada en las caratulas de sus bebés.
— ¿Qué tal me sienta tu boina? ¿Irresistible, no?
La albina prefirió ignorar su pose sensual clavando sus ojos en la nieve, ostentando el mismo sonrojo esa vez recrudecido.
¿Sería acaso que la chaqueta no le cubría lo suficiente?
— ¡Bah! Ni que fueras actor porno.
Quiso ahorcarla, en verdad que sí.
El pálpito en sus sienes alimentó el insano deseo, suavizado en el bosquejo de una sonrisa caligrafiada por el orgullo más punzante que pudo recabar, con el único fin de embromarle la intención de fastidiarlo.
—Lo dices porque me veo mejor que tú.
—Si ya lo sabes no sé por qué jodes tanto. —No entendió la respuesta sino hasta cuando ella estiró las manos y, empinándose a medias, le acomodó la boina—. Así está mejor, ahora démonos prisa o llegaré tarde al trabajo.
—Ojalá y te despidan pronto. —Caminaban lado a lado, él con las manos guardadas en los bolsillos delanteros del pantalón—. Así no andarías por la calle en altas horas de la noche. Detesto tu trabajo.
—Ya hemos hablado al respecto, Katsuya. No puedo dimitir así como así, en dado caso yo sería la perjudicada. —Suspendió la oración igual que los pasos, sin una razón aparente.
Con la sangre hecha burbuja ante la sospecha de que ella omitiera el acaecer de algún incidente semejante al de la cochina y el puerco, se puso de frente; exigió la verdad agitándola por los hombros.
— ¡¿Por qué?! ¡¿Porque el jefe amenazó con despedirte?!— Ella parpadeó—. ¡Respóndeme, Yura!
— ¡Me asustaste! ¡Y no, no amenazaron con despedirme!
— ¡No me mientas! — Cercó sus rostros—. ¡Dímelo e iré ahora mismo a romperle todos los huesos!
— ¡Cálmate, Katsuya! — Ambas manos contrarias tocaron su pecho—. ¡No es nada de lo que piensas! Trabajo muy a gusto allí. —Libertó los hombros solo cuando, a su parecer, vislumbró sinceridad—. En estos días he reconsiderado mi comportamiento hacia Mai y… Me gustaría que los tres hiciéramos un paseo mañana ya que mi turno da inicio en la medianoche. Quiero las paces.
—Ahora sí ya debes tener fiebre.
— ¡Hablo en serio, pero no confundas mi bondad! Lo haré por ti. Todo sea por ti.
— ¡Muchas gracias!
Emocionado, le abrazó, intercambiando no solo sus regalos de cumpleaños: él fue quien rodeó los hombros mientras ella correspondía frotándole la espalda. Al ser disímiles sus estaturas, la frente sintió recargada en su hombro.
—Katsuya…
Un ligero temblor en su voz le instó a separarse. Las manos fueron a parar en la cintura y ella resbaló las suyas hasta el tórax.
El azul bailando en las cuencas percibió vacilante.
—Katsuya, ¿tú confías en mí? — Creyó escuchar una súplica en vez de una pregunta—. No debes responderme ahora, puedes tardar días, meses… Un año… Pero, por favor, no mien…— posó la mano derecha sobre los cabellos blancos.
—No necesito días, meses, ni un año para saberlo. Confío en ti, Yura. —Enlazó las miradas—. Confío en ti porque somos amigos.
Le arropó con sus brazos nueva vez, otro abrazo que ella profundizó.
—Gracias. En serio muchas gracias.
No había en él sombra de duda.
Allí tomó la verdadera decisión correcta.
La protegería cual si fuere la cuerda floja en la que pendería el resto de su vida.
—.—
En sus proyecciones no fue capaz de visionar la pronta reconciliación con Katsuya, pero un solo gramo de felicidad bastaba añadir a su pecho para que reventara.
Con él devuelta, fluía por sus venas la adrenalina de conquistar el universo, aunque tal no fuera su mayor ambición. Aquella se resumía en la fotografía escondida en un punto muerto de la pieza.
Katsuya era un hombre que arrastraba todo lo estricto de la palabra si a su cuerpo, fuerza, determinación y honradez se refería, mas su mente podía llegar a ser tan ingenua como la de un niño hipnotizado por los colores de un juguete ordinario.
Mai lo sabía, por ello la fotografía no retrató vergüenza u remordimiento.
Ella se encargaría de desnudar el verdadero cuerpo ante Katsuya. No la piel "terciopelada" que tal vez el rubio conocía mejor que la palma de su mano, sino los cueros hechos jirones por las caricias obscenas de fulanos sin enumerar a excepción del capturado por el lente de la cámara.
No sería miel sobre hojuelas.
La amistad estaba en peligro de extinción, pero sin riesgos no había fortuna o desdicha.
El giro inesperado que derrumbaba todas las expectativas del lector, siendo Kyoka el ejemplo cabecero.
Un dulce vértigo a la trama.
—Oye, Yura, pensándolo bien… ¿A dónde iríamos mañana? No tengo capital.
La voz le puso al corriente de la realidad, una en la cual el rubio se rascaba los pelos con un destello avergonzado en sus ojos llorosos mientras poco faltaba para llegar a su pieza.
—Descuida, el dinero no es importante. —Él hizo señas de protesta que ella prefirió desdeñar—. Estoy más preocupada por la condenada lavadora, lleva tres días dañada cuando en la caja yace una montaña de ropa sucia.
Él adoptó una postura meditabunda.
— ¿Revisaste el cableado? Puede ser el enchufe lo que esté realmente dañado o a lo mejor se filtró agua por los engranajes eléctricos y eso provocó un cortocircuito que averió los demás cables internos.
Silbó maravillada.
—Vaya, eres todo un experto— chocó sus hombros a modo de juego, torciéndose los labios con una sonrisa que rozaba el orgullo. Katsuya irguió el pecho hacia delante, inflado de satisfacción por el cumplido—. ¿Crees poder repararla? Así te pagaré con el dinero necesario para nuestra salida mañana.
—La repararé, pero no quiero tu dinero. ¡Somos amigos!
—Eso no tiene por qué cambiar. Además, es para el disfrute de los tres— plegó el ojo por tercera ocasión.
Él suspiró.
—Está bien, está bien.
—Si todavía no te sientes del todo motivado, ¿qué te parece un trato? — El blondo alzó una ceja—. Me quedaré con tu chaqueta y tú con mi boina. No te la devolveré ni tú a mí la boina hasta mañana, cuando la lavadora esté arreglada. ¿Listo?
—… Esa chaqueta es mi favorita.
—También es mi boina favorita.
— ¡Bien! ¡Entonces mañana a primera hora la lavadora estará arreglada!
Soltó una carcajada sigilosa.
—Mañana será un gran día.
—.—
Anécdota: Sí, a pesar de tener veinte años Yura no sabe nadar; Jōnouchi a pesar de ser bueno en diferentes manualidades no ha conseguido dar forma ovalada a sus amados Onigiris y ambos tardaron un máximo de cinco días (la duración aproximada de la regla) para reconciliarse.
No sabía que la palabra "cortocircuito" podía escribirse toda junta. Todos los días se aprende algo nuevo.
Marca de Agua:
¡ MILLONES, BILLONES, TRILLONES DE GRACIAS POR LEER/COMENTAR!
