Ni la historia ni los personajes son míos, solo soy una simple mortal que ha querido adaptar esta historia con los personajes de Stephenie Meyer.


Bella había hecho la maleta y estaba preparada antes de las seis, aunque el helicóptero que iba a llevarla a Roma para subirse al vuelo que la llevaría a Honolulú no llegaría hasta dentro de unas horas.

Tomó el desayuno en su habitación, decidida a no encontrarse con Edward antes de marcharse, y se quedó mirando con tristeza por la ventana, viendo cómo los pájaros marinos daban vueltas alrededor de los acantilados y envidiando su facilidad para salir volando.

Hacía un día precioso. Más tarde haría calor, cuando el sol hiciera sentir su presencia, pero por el momento la mañana se presentaba clara y fresca, con una ligera brisa. El tiempo invitaba a salir. Le esperaba un vuelo largo, iba a hacer transbordo en Kuala Lumpur para dirigirse a Honolulú. Debería aprovechar la oportunidad de estirar las piernas mientras pudiera. Rosalie le había enseñado dónde estaba el camino del acantilado, y se dirigió hacia él rodeando la resplandeciente piscina antes de llegar al sendero que había entre arbustos bajos y flores que llevaba a la cima del acantilado.

Subió por el serpenteante camino que llevaba a la ciudad de Velatte y al bullicioso puerto que quedaba debajo. Contempló zarpar y entrar a los ferries y aspiró el aire perfumado y dulce, y luego regresó al castillo. Había hecho lo correcto. Las horas que había pasado dando vueltas en la oscuridad la habían convencido de ello. No podía haberle permitido que se quedara, no podía haber dejado que le hiciera el amor. No habría podido soportar que descubriera la verdad... y lo habría hecho. Habría sido humillante.

Era mejor que pensara que sólo había querido buscar venganza. Eso era mejor que admitir que había algo raro en ella, que era una especie de bicho raro.

A medio camino estaba el antiguo trono hecho de roca. El frío granito se calentaba bajo los rayos del sol matinal. Bella consultó su reloj, vio que todavía era temprano y se acomodó en aquel asiento desgastado por el tiempo que daba al mar, acariciando distraídamente la suave textura de piedra mientras observaba cómo un ferry desaparecía en la distancia.

Veintinueve años y todavía virgen. ¿Por qué no podría haberlo hecho al menos una vez? Había tenido novios. No había llevado precisamente una vida de monja. Y en sus clases de diseño había al menos un par de tipos que no eran gays y que no tenían novia. Podría haberse acostado perfectamente con alguno de ellos. Tuvo suficientes invitaciones, fiestas de sobra acompañadas de vino barato y música suave.

Podría haberse dejado llevar. Pero ¿qué habría significado eso?

Nada más que sexo. Ella había querido siempre algo más que sexo. Se rió mientras miraba hacia el mar y observaba la eterna nube de pájaros marinos que coronaba la cima de la Pirámide de Iseo.

Emmett la había acusado siempre de ser una romántica. Amor y sexo. Sexo y amor. ¿Tan difícil era tener las dos cosas juntas?

Además, tampoco tenía pensado seguir siendo virgen hasta la madura edad de veintinueve años. Sencillamente, había sucedido así. Si por ella hubiera sido, no habría sido virgen al cumplir los diecisiete.

Una seductora fracasada a los dieciséis. Una amante fallida a los veintinueve. Por el camino que iba, seguiría siendo virgen a los veintinueve. ¿Qué dirían las revistas y los periódicos al respecto? La princesa Bella, la virgen eterna. Y teniendo en cuenta la cantidad de artículos que había sobre aventuras amorosas entre la realeza y los famosos, lo realmente novedoso sería que alguien hubiera logrado permanecer virgen durante tanto tiempo.

La piedra le calentó los vaqueros y la piel de debajo, recordándole otro calor diferente. Y sobre todo, aquel deseo incómodo. Y a pesar de saber que había hecho lo correcto al echar la noche anterior a Edward, una parte de ella deseaba que las cosas hubieran sido distintas, que hubieran hecho el amor para poner fin a aquel interminable deseo.

¿Qué decía eso sobre su espíritu romántico? La noche anterior no estaba preocupada por el amor, sino por el sexo. Era pura lujuria animal.

Había escogido al hombre menos adecuado para la lujuria.

El ferry había desaparecido hacía rato. El mar azul se había tragado su estela de espuma cuando Bella se levantó por fin. Empezaba a hacer calor, y sin un sombrero podría quemarse. Ésa era la maldición de la piel blanca que había heredado de su madre. Con eso podía vivir. Pero le gustaría no haber heredado también la maldición del fracaso amoroso de su madre. ¿Qué les pasaba, por qué tenían que enamorarse las dos del hombre equivocado?

Su madre de un príncipe que ya tenía un heredero legítimo y no necesitaba que ninguna otra mujer diera a luz un hijo bastardo, y ella, que había dejado que un amor adolescente y sus ideas románticas manejaran su vida.

Ya estaba regresando cuando vio a un hombre corriendo hacia ella, llamándola. Iba seguido por un grupo de guardias de palacio. Bella entornó los ojos para protegerse del sol. ¿Alec? Pero ¿por qué? ¿Qué estaba sucediendo?

— ¿Qué ocurre? —le preguntó cuando lo tuvo lo suficientemente cerca como para que pudiera oírlo. La mayor parte de los guardias pasaron por delante de ella, rumbo hacia el sendero. Sólo cuatro se quedaron con el ayuda de campo de su hermano.

Alec se detuvo y se llevó la mano al pecho mientras respiraba agitadamente intentando recuperar el aliento.

—Princesa Isabella —jadeó—. El príncipe Emmett estaba preocupadísimo buscándote. Debes volver al castillo de inmediato.

—Pero ¿por qué? —Preguntó ella mientras el hombre se daba la vuelta para dirigirse a la aparente seguridad del viejo castillo—. ¿Qué ha pasado?

—El príncipe te dará los detalles en cuanto estemos a salvo entre los muros del castillo.

— ¿A salvo? ¿De qué estás hablando?

—Debes darte prisa, princesa.

— ¿No puedes decirme por qué?

—Por favor —insistió Alec—. Debes apresurarte. Puede que aquí fuera estés en peligro.

Para sus nervios fue horrible volver a ver a Edward. El corazón, que ya le latía con fuerza, le dio un vuelco cuando entró en la biblioteca. Porque él estaba allí de pie al lado de la ventana cuando ella entró, con los brazos cruzados y las facciones inescrutables bajo el haz de luz que había detrás. Pero no tenía que verle la cara, podía sentir su ira en su postura.

¿Dónde estabas? —Su voz resonó por la habitación—. Todo el palacio te ha estado buscando.

Bella se cruzó de brazos y luchó contra el impulso de darse la vuelta y volver a salir por donde había entrado.

—Siento haberos preocupado. Salí a dar un paseo. No caí en que tenía que haber pedido permiso —y entonces, como se dio cuenta de que había sonado algo maleducada, atemperó el ataque—. En cualquier caso, ¿qué está pasando? Alec dijo que hay algún tipo de peligro.

—Edward sólo estaba preocupado por ti, igual que todos los demás —la voz de su hermano cortó la tensión de la habitación.

Y ella enfocó la mirada para ajustarse al interior. Edward había sido la primera persona que vio, tal vez porque estaba al lado de la ventana. Pero ahora se dio cuenta de que su hermano y su esposa estaban también allí, sentados juntos en un sofá bajo. Rosalie tenía las manos entrelazadas con las de su marido.

Bella cayó en la cuenta de la injusticia. Fuera lo que fuera lo que estuviera ocurriendo, el peligro que hubiera, había interferido en su luna de miel. No era justo.

Emmett alzó una de las manos de Rosalie y le besó el dorso antes de volver a ponérselas en el regazo y levantarse.

—No estabas en tu habitación. Todos estábamos preocupados.

—Salí a dar un paseo —dijo Bella con voz pausada ahora que no le gritaban—. No quería preocuparos. No sabía que...

—Ya lo sé.

— ¿Qué está ocurriendo? ¿De qué clase de amenaza estamos hablando?.


Hoolaaa mis lindaaaas! Cómo están? Aquí les traigo un nuevo capitulo, espero que lo disfruten muchísimo y nos vemos para la siguiente.

¡Las quiero!