Capítulo 10
"13 AÑOS DESPUÉS".
KANON.
En la soledad es cuando uno se conoce en realidad.
Solo, conmigo. Con todos mis dones, mis imperfecciones, mis delirios de grandeza y mis ideas disparatadas que propiciaron que buena parte de mi tiempo me la pasara encerrado en una prisión en el que en lugar de purgar mis penas, fomenté mi espíritu vengativo y maldito.
Nada ganaba con blasfemar a los dioses, pero hacerlo era un placer tan delicioso que era lo único que me mantenía con vida. Blandir los puños, retar a la muerte y esperarla en silencio, en una vigilia interminable. Rayar en las paredes los días que pasaba encerrado, sin hacer nada más provechoso que contemplar el fondo marino y algunos de los esqueletos de los desdichados prisioneros que al igual que yo, estuvieron ahí una vez. Pero ellos no salieron. Yo sí. Y no sé si eso me haga un ganador.
Saga¿por qué?...
No dejaba de preguntármelo. Y tuvieron que pasar largos 13 años para que conociera la respuesta. Eres dichoso hermano mío. A nadie he canalizado tanto un odio como lo hice hacia ti. ¿Para qué miento¡Te detestaba con todo mi corazón! A veces tenía ganas de volver al pasado, sólo para asesinarte mientras dormías plácidamente en la noche en la cama que estaba a mi derecha. Detener tu acompasada respiración y manchar de sangre las inmaculadas sábanas blancas que cubrían tu cuerpo. Por supuesto, todo eso lo pensé mientras estaba prisionero. No cuando te tenía a mi lado.
Y te debes de estar carcajeando por que pensarás que estoy mintiendo cuando nunca antes había dicho la verdad como ahora. Eras mi hermano mayor… ¡qué honroso título! Sentía que cuando me acercaba a ti tenía que mirarte hacia arriba y tu fulgor me mareaba. Como te gustaba alardear de lo fuerte que te estabas volviendo, de que seguramente tú serías el que portaría la armadura de géminis. Francamente, yo también lo sabía. No sólo era por tu extraña obsesión de perfeccionismo, sino porque eras el que entrenaba más, el que se esforzaba. Cuando tú entrenabas, yo simplemente estaba distraído contemplando el paisaje que nos rodeaba y nada más cuando me llamaban la atención me resignaba a mirar al maestro y prestarle un mínimo de atención.
No te estoy reclamando nada, Saga. No quiero empezar otra de nuestras interminables peleas. Al contrario, aunque no lo creas, te estoy agradeciendo porque en buena parte cumpliste la promesa que me hiciste: de protegerme. Siempre alardeaste de ser el mayor (¿por… qué serán, dos o tres minutos?) así que ahí estabas: adoptando tu tono más paternalista y gruñón posible mientras yo me jactaba de mi nueva travesura en el santuario y me reía de tu cara de desaprobación (aunque no finjas hermano, sé que también querías reírte pero tu "posición" te lo impedía)
Siempre pensamos que estaríamos juntos. Yo, escondido detrás de ti. Tú, protegiéndome de los que creías que debías hacerlo. Pero había algo naciendo en mí, Saga. Siempre que me encontraba en la soledad, las más atroces ideas surcaban mi mente. Todas ellas, repletas de ambición. Quería desechar esos pensamientos, pero no podía y regresaban a mí con una intensidad que me daban miedo; y no sabía porque me sentía así.
-Juntos… con tu gran poder… podríamos tener al mundo en nuestras manos¿es que no te das cuenta? Nos hemos pasado la vida entrenando aquí y no somos apreciados. – Recuerdo que ese día habíamos entrenado mucho y sé que con esas palabras, te toqué una fibra sensible.
-Kanon¿por qué? – Las lágrimas inundaban tus ojos. Buena pregunta.
Jamás la pude contestar. Sólo sé que tenía que ser así. No podíamos estar juntos en el mismo lugar. Yo tenía demasiadas ideas, tú eras un súbdito más. ¡Me asfixiaba y no te dabas cuenta!
Que dramático puedo sonar.
Así que todo pasó como se supone que debía pasar. No podía estar eternamente encerrado ahí y cuando me hube liberado de la prisión, ni siquiera sentí deseos de buscarte. No tenía sentido. Se abría una nueva familia ante mi, un nuevo dios al que podía manipular. Que si usurpé una armadura que no me correspondía, tal vez les hice daño a los generales marinos pero los momentos en que estuve con ellos me sentí dichoso. De hecho, hasta dejaba de pensar en ti, hermano. Ya no te aparecías en mis pesadillas. La vida tenía tintes coloridos. Creo que, descontando mi infancia, el tiempo que estuve con Poseidón fue una de las mejores épocas de mi vida. Y dirás que es por mi vanidad: "Claro, es porque te volviste el líder". Si. Fui el líder. Tuve el poder en mis manos, me gustó y… abusé de él.
Realmente la prisión no sirvió para purgar mis penas, sino que fue un excelente momento para trazar planes que si bien al principio eran perfectos, después se volvieron en mi contra. Y el resto es historia.
Aunque hay algo que quizá no sepas. Cuando me enteré de tu muerte, de tu suicidio frente a Athena sentí coraje. No sé porque. Tal vez no sea la palabra correcta, pero me indigné y sentí vergüenza de ti. Al menos eso creí al principio. Ese día, aún lo recuerdo muy bien…
-¿Vienes a comer? – Preguntó el jovial Isaac.
No le presté demasiada atención. Estaba absorto en mis propios planes para pensar en algo tan trivial como comer.
-¿Kanon… sigues ahí? – Repitió el Kraken.
De un brusco respingo, miré a Isaac sin responderle. Aún recuerdo que me miró raro y se sentó a mi lado, poniéndome una mano en el hombro.
-¿Qué ocurre, porqué lloras? – Inquirió consternado el muchacho. Yo lo miré sorprendido.
Me pasé una mano en el rostro. Estaba llorando. En verdad, las lágrimas salían a borbotones de mis ojos y resbalaban en mis mejillas. No podía contenerme, aunque traté de detenerlo.
-No me pasa nada. – Bufé sin convicción – Vete de aquí, déjame solo.
Isaac lo pensó dos veces antes de ponerse de pie. Para cerciorarse de que estaba bien, se alejó despacio y constantemente giraba la cabeza para mirarme. Cuando ya no estaba en su campo de visión, me derrumbé. Hundí mi rostro entre mis manos y lo supe: Habías muerto. Tu cosmos se había apagado. Una estrella más se sumaba al firmamento. ¿Por qué… por qué lloraba así? No lo comprendía. Tal vez era la conexión. El hecho de saber que ya no estarías ahí, nunca más. Que las cosas habían acabado mal. Tal vez, pensé, es porque apenas teníamos 28 años y 13 de ellos, la habíamos vivido odiándonos. Pero no podía detener ese torrente de imágenes que pasaron frente a mí… de nosotros. Y algo que sentí de nuevo, una sensación a la que ya estaba acostumbrado: culpa.
No pude encerrarte en algún feo rincón de mi memoria. Es curioso. Cuando alguien muere, es como si todo lo malo que hubiese hecho ya no existiera; y creo que este caso no fue la excepción. Olvidarte… lo intenté. Y no lo logré.
Después nos tocó el turno de pelear contra esos 'insectos' de bronce. Todo iba tan bien¿no?... Hasta que me descubrieron. Hasta que mi maldito plan fracasó de nuevo y hasta que conocí a la mujer por la que habíamos muerto. Athena y su canto celestial… que purificó mi alma. Fue extraño como su mensaje, su cosmos me embargaron el alma y conocí algo que creí que no existía: el perdón. Y un sentimiento que ya había olvidado, que había muerto junto con el antiguo Kanon: el amor. Saga… yo también traté de hacerme el héroe interponiéndome entre Julián, su tridente y Athena. "Voy morir", me dije. Pero luego lo medité: "Nos veremos de nuevo, hermano…" y el dolor cesó.
Pensé que moriría. No hubiera estado nada mal. Todo estaba demasiado oscuro y me preguntaba si esa sería la muerte. Que decepción. ¿Eso era todo¿Estar a oscuras¿Tener conciencia de que se está muerto y no poder hacer nada por modificarlo? Sentí miedo y traté de pensar en otras cosas. Mis sueños me transportaron a lugares utópicos, a mundos pacíficos que yo nunca había conocido. En mis sueños, apareciste un par de ocasiones no como el hermano que me reprendía sino como el que me protegía. También en una ocasión, me pareció ver a mamá; lo cual es realmente curioso pues nunca la habíamos conocido. Ni siquiera teníamos una foto suya que nos revelara el rostro de aquella mujer que "nos amo antes de conocernos"…
Pero la utopía desapareció. Abrí los ojos para encontrarme con las pupilas azules de Athena y su mano sostenía la mía. No me odiaba ni sentía rencor por todo lo que le había hecho a sus seres humanos, a sus caballeros que estaban desfallecidos, a ella misma. Susurré un "perdóname" y ella me silenció de inmediato. Cerré los ojos y ya no recuerdo nada más. Pero si estaba muerto, me lo merecía. Si iba a ser juzgado, me merecía el infierno.
Pero la vida tenía otros planes para mí.
La Guerra Santa contra Hades me brindó la oportunidad de ver algo que creía imposible. A ti, de nuevo. Enfundado en tu brillante armadura oscura, con una palidez extrema y un semblante triste y dos de mis otrora compañeros con la misma mirada y las mismas armaduras.
Sólo recuerdo que llegué ante Athena, ofendido por lo que habías hecho, por haber reaparecido como un enemigo cuando habías jurado que no le harías daño y ella te había concedido el perdón. De nuevo, su infinita bondad me permitió portar la armadura de géminis.
Y no pude detenerte. Eres demasiado listo, Saga. Tú acabaste hiriéndome aunque no demasiado. Ni siquiera pude verte, pero escuché cada una de las palabras que usaste. Te burlaste, como siempre. Ni siquiera me creíste. No me extraña.
Lo que pasó después, aquel encuentro con Milo, fue la prueba definitiva de que yo ya era un Santo de Athena que ocupaba el lugar que tú habías abandonado. Que portaba la armadura que nunca usaste de forma correcta. Milo casi me mata. Aunque después me di cuenta de que simplemente, me estaba probando. Por medio de sus mortales agujas escarlata, midió mi lealtad. El dolor era indescriptible. Pero sus palabras… jamás me habían hecho sentir tan dichoso.
-¿No temes dejar a un enemigo frente a tu diosa? – Pregunté al escorpión, sin poder respirar. Cada inhalación y exhalación era una tortura para mi herido cuerpo.
-No hay ningún enemigo en este lugar. Él que está aquí es nuestro aliado, Kanon de Géminis. – Dijo Milo, apenas mirándome.
Creo que está demás explicar todo lo que sentí cuando acabaste con Shaka de una manera cobarde, pues esos sentimientos están de más ahora porque en ese momento te juzgué precipitadamente. No conocía tus intenciones, pero me asombraba el grado al que habías tenido que llegar para cumplir tu objetivo.
Hasta que ocurrió…
Al principio, tuve que entornar los ojos para poder mirarte mejor cuando Mu te traía a rastras consigo. Pensé, obviamente, que ese no eras tú. Tenía que haber un error. Pero no lo había. Eras tú, Saga. Completamente desahuciado como para poder caminar por ti mismo y apenas podías alzar la mirada. Creí escucharte en mi cerebro cuando dijiste mi nombre; pero fingí que te ignoré. No debía aliarme a los traidores. No de nuevo.
Mu, Milo, Aioria y yo contemplamos con horror como Athena te ofrecía su cuello desnudo para que le arrebataras la vida con aquella arma que ya habías utilizado en una ocasión. Ni siquiera pudimos hacer nada para impedirlo. Ella era nuestra diosa y como tal, había tomado una decisión que nosotros no entendíamos pero que nos dolía demasiado.
Y lo hiciste.
La mataste. Aún puedo recordar tu rostro compungido, tus manos manchadas de sangre y tu grito silencioso que lastimó mis oídos. Eras tú él que trece años atrás la había intentado asesinar sin conseguirlo y a cambio de su vida, la vida de otro joven se había extinguido. Sonará inverosímil que alguien como tú que ultimó a sangre fría a un líder como lo era el Patriarca estuviese tan arrepentido, tan atormentado por sus demonios internos que no lo dejarán dormir jamás en paz. Esta había sido la última prueba que tenías que atravesar y lo conseguiste porque no sólo te habías redimido, sino que además yo sabía que me habías perdonado. Y yo también te había ya perdonado. Era inútil seguir acumulando todo ese odio en nuestro fuero porque esta era la última página de nuestra vida. La última vez que nos veríamos antes de emprender el camino hacia la eternidad… hacia la inevitable muerte.
Nunca sabré si fuimos vistos como grandes héroes o como los traidores de toda la estirpe; pero lo que si sabía es que esto había sido parte de nuestro destino. Todo estaba perfectamente planeado y no pudimos ni quisimos evitarlo. Tal vez si hubiéramos sido más listos pudimos haber detenido todo ese derramamiento de sangre que hubo; hubiéramos peleado juntos en la guerra contra Hades. Pero los hubiera jamás han existido. Y tú y yo éramos prueba viviente de ello.
Mi papel de héroe acabó cuando me di cuenta de que era inútil pues la armadura se había marchado contigo. Me di cuenta entonces que tenía que sacrificar mi vida si es que quería acabar con Radamanthys. Nunca había visto a un sujeto oponer tal resistencia como lo hizo él. Pero estaba de más. Yo lo tenía aferrado con tal firmeza que ni siquiera sentía mis propios puños. Pero lo que si sentí fue su corazón; lo sentí latiendo rápidamente y temí que yo estuviera igual de asustado. Pero no lo estaba.
Tal vez había algo que me impulsaba a cometer tal… osadía. Supongo que eras tú, hermano.
Por ti me dirijo ahora hacia el Infierno, si tengo suerte. Hay una gran oscuridad y ni siquiera puedo ver mis propias extremidades, si es que las conservo aún. Aquí no se siente dolor. Pero demonios, desearía ver algo. Algo, aunque sea la famosa luz que muchos han descrito. Pero no hay nada. Que escalofrío me recorre de repente.
Y… ¡ahí estás!
Comentarios de la autora: Dos capítulos de tortura más, no se preocupen. Líneas Paralelas va llegando a su final. Gracias a todos los lectors anónimos o no, que me siguieron en esta larga travesía. Aunque aún no me despido, nos seguiremos encontrando.
Por lo pronto, no olviden mandar sus Camusitos por mi cumpleaños, este 15 de febrero, jajaja. No se crean. Sniff, me entraré a la 2a edad. En fin...
Au Revoir!
