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CONFLICTO

El silencio de la noche cargaba presagios. Nada, a excepción del murmullo en el exterior producido por el viento entre las copas de los árboles daba señales de vida; Alfred, sentado frente a su ventana a medio vestir, miraba la extensa explanada del campo. No se atrevía a dormir aunque sintiera la necesidad de descansar, su cuerpo no le respondía al intentar moverlo hacia la cama y desistió poco después de la medianoche, cuando se instaló en el alféizar dejando la brisa golpearle el rostro. La confusión y la desesperación lo consumían por dentro, le hacían dudar hasta de sí mismo, severa desventaja para alguien como él. ¿De qué dudaba? De su oportunidad tomada, de su ventaja obtenida; pensaba que sus esfuerzos, por más crueles que fueran, no resultaban para obtener lo que realmente quería y sólo le hacían perder el tiempo y la paciencia.

Y, sin embargo, no quería renunciar. Su orgullo y su honor iban de por medio, echarse para atrás ahora era mil veces peor que haberlo hecho al principio de aquélla treta. Porque ¿qué era más valioso para él, el país más poderoso del continente, si se dejaba ganar por los caprichos de una nación más pequeña, débil y atrasada? Ella, que solamente era una niña caprichosa, engreída, maliciosa, vanidosa y frívola… porque eso era todo lo que María podía ser, ¿cierto?

Junto con el amargo silencio de Alfred volaba otro, uno mucho más dolido y molesto. Aunque la ventana estaba abierta, María no se sentó en el alféizar, sino que se redujo a mirar al exterior con expresión ausente, desganada, mordiéndose los labios mientras paseaba los ojos en el camino lento de la luna entre las nubes. La frustración era lo único que se veía en su cara porque era el sentimiento apropiado, madre de todas sus demás acciones; la pérdida de su hogar y de su libertad, el encierro forzado, la presencia de rostros y voces en quienes no confiaba… y también aquélla otra mujer, la del vestido esmeralda, a la cual sin conocerla ya dedicaba sentimientos de hostilidad casi tan intensos como los que venía sintiendo para con Alfred desde que inició la guerra hasta fechas recientes. Se sentía sola en ese inmenso abismo, donde no sabía qué susurraban aquéllas voces secretas que dirigían su destino y donde su propia voz se había vuelto muda.

Ambos quisieron dejar de pensar en el otro, pero entre más se esforzaban peor era el resultado. Alfred, convenciéndose a sí mismo que su esposa era una nación más, bonita, coqueta y patética, y María recordándose una y otra vez lo déspota y maligno que era su esposo. El sufrimiento era el único idioma que ambos hablaban, y que sólo reservaban de manera mutua, y que el mal tiempo que se venía cuando comenzaron los primeros relámpagos antes de que el reloj marcara la una de la mañana, gritaba con todas sus fuerzas.

A la mañana siguiente, llegó la gota que derramó el vaso, o que por lo menos inició la inundación anunciada. Yue despertó temprano como siempre, dándose un toque de arreglo frente a un espejito redondo decorado con hermosos dibujos de bambú en el marco, peinándose el largo cabello en una coleta y lavándose la cara a conciencia, pensando que, después de todo, era bonita, y poco le importaban los susurros de los demás o su poco deseo de interactuar con ella. Acababa de acomodar bien sus ropas y de atar su delantal cuando recordó que aquélla noche olvidó sus zapatillas en la entrada de su diminuta recámara. Fue a abrir la puerta, lista para salir y tomar la prenda faltante cuando vio pasar a toda prisa un fardo diminuto de color oscuro. Enfocó bien la mirada y se dio cuenta que era un perro.

-Oye tú… -murmuró, alargando una mano para espantarlo. Pero el chihuahua, en vez de atemorizarse, cogió una de las zapatillas y echó a correr. -¡Oye, no! ¡Vuelve acá!

El perro salió en loca carrera a las escaleras superiores y Yue lo siguió de cerca, agitando las manos mientras profería insultos en vietnamita. La criatura frenó al final del pasillo este, dio media vuelta y sin dificultad pasó entre sus piernas, aparentemente muy divertido con lo que hacía. Yue, pálida de rabia, continuó con su violenta persecución haciendo tanto ruido que los otros sirvientes dejaron sus labores para ver, mitad desconcertados, mitad divertidos, a la joven corriendo detrás del pequeño y veloz chihuahua. El animalito logró salir por la puerta trasera, la misma con la que daba la cocina para llegar al pequeño criadero de animales de Alfred, y el verdadero pandemónium se inició.

Chiquito era por naturaleza muy rápido y su diminuto tamaño lo ayudaba a superar todos los obstáculos, pero Yue no, y terminó chocando contra las porquerizas, el gallinero, el tablón del campo de pastoreo y finalmente, llena de suciedad y plumas, se desplomó en un vertedero a donde iban a parar los excrementos de las reses. Chiquito, triunfante, meneaba la cola y agitaba la cabeza con la zapatilla intacta en su hocico.

La vietnamita se puso de pie, tambaleándose y con los ojos desenfocados. Al reconocer la figura del perrito se tiró sobre él, chillando rabiosa:

-¡Bestia maldita! ¡Lo vas a lamentar!

Chiquito, tal vez porque tuvo la diversión que quería o simplemente porque ya no le interesaba más, soltó la zapatilla y huyó al interior de la vivienda mientras Yue, sucia y enfadada, se calzaba y volvía tras el animalito. Se las habría de cobrar como fuera, y quiso su buena suerte que el chihuahua dejara tras de sí unas minúsculas huellas de lodo que la llevaron hasta su escondite.

El perro encontró su refugio en los brazos de su ama, que recién había despertado y al oír el rasguido en la puerta, la abrió y se topó con su mascota manchada de lodo.

-Oh, Chiquito… -se lamentó. -¿Fuiste a jugar con los puercos o qué?

Pero en ese momento, por el pasillo avanzaba Yue, que estiró las manos lista para atrapar al perro, pero éste fue asido a tiempo por María. Ambas mujeres de dedicaron una mirada muy agria, y María se atrevió a hablar primero.

-¿Puedo saber qué le ha ocurrido?

-Ocurre que ese perro es un maldito. –siseó, señalando al chihuahua que volvía a adoptar su aire de inocencia. -¡Mire lo que me hizo!

-¿Chiquito… la ensució de fango? –la mexicana alzó una ceja, incrédula. –No veo huellas de perro en su ropa, señorita…

-Yue. –gruñó la aludida. –Ah, pero ese perro tomó uno de mis zapatos y lo llevó al fango… ¡mire!

La oriental le mostró su zapatilla, pero al verla palideció. En toda la persecución Chiquito pasó por múltiples lugares y sin embargo, la zapatilla permanecía intacta, aún después de que Yue se la calzara. El gesto de contrariedad en su rostro no tenía rival.

-Hmm, ya veo. –dijo María. –Si no le molesta, yo me encargo del castigo de mi perro, si es que se portó mal.

-¡Claro que se portó mal, y como soy la ofendida debo reclamar yo! ¿O no lo hacen así aquí, en América?

-Pos sí, señorita, pero da la casualidad que el perro es mío y nosotros no seguimos el reglamento de los gringos. Así que si me disculpa…

Sin decir más, María cerró la puerta, dejando a Yue con las mejillas enrojecidas. En ese momento, una puerta contigua se abrió y apareció Alfred, bostezando y tratando de acomodarse bien el chaleco. Al ver a Yue, soltó un grito horrorizado.

-What the f…?!... Yue… ¿qué te pasó?

-¡Ha sido el perro de su esposa! Me ha robado un zapato y huyó por los corrales, y yo al seguirlo me he caído.

Alfred se adelantó, llamando con fuerza a la puerta de María. La mexicana replicó con un aburrido "estoy ocupada" que el norteamericano no respetó, y abrió de un golpe. Con toda la indiferencia de que ella era capaz, le miró de reojo mientras se volvía a envolver en su bata.

-¿Se puede saber porqué entras sin permiso, Alfredo?

-Tu perro acaba de hacer otra de las suyas y creo que fui muy claro al respecto de eso.

-Sí, sí, ya oí. Tomó un zapato y esa niña por correr tras él se dio un batacazo. Le pudo pasar a cualquiera… Aaah… -añadió, y una desagradable sonrisa cruzó sus labios. –Pero no le pasó a cualquiera, le pasó a ella… por eso estás aquí tan enojado, ¿verdad?

-Recuerda que aquí, tú también eres una inmigrante. Y si yo deseo, te puedo tratar como tal. –agregó con un dejo de amenaza en la voz.

-Sí, pero según tus leyes quien se casa con un estadounidense adquiere la ciudadanía. Así que lo siento, pero tus bravatas no te sirven conmigo. –los ojos de María se dirigieron a la silueta de Yue, que no entró al cuarto pero permaneció muy quieta en la entrada. –Mire, señorita, lamento mucho lo que mi perrito acaba de provocarle y sobre todo por el estado de sus ropas. Acepte mis disculpas, por favor.

Yue, por toda respuesta, hizo una breve reverencia y masculló entre dientes un "sí, señora" no muy convincente. Luego, miró a Alfred como esperando que él dijera algo más en su defensa, pero para su desconcierto el norteamericano suspiró y contestó a su vez:

-Que no se repita. –y entonces salió de la recámara. María esperó hasta estar segura que ambos se habían alejado para ahogar un sollozo. No sabía porqué, pero aquélla discusión temprana le había herido más que de lo normal.

En el pasillo, Alfred y Yue caminaban juntos, ésta última sujetando el largo de su vestido con pesar.

-Chúa Jones… -dijo de pronto. –Perdone si le pregunto, pero ¿porqué su esposa es tan seria y tan fría?

Alfred sacudió la cabeza, con el dolor retratado en su semblante.

-Porque no le gusta vivir aquí, supongo. No le gusta nada que venga de mí, Yue.

-No puedo creerlo, Chúa Jones, porque es usted un hombre justo y opulento, y sin ánimos de ofender, pero esa mujer se ve tan pobre y desdichada como yo.

Perdido en sus pensamientos, Alfred no notó el extraño doble sentido de las palabras de la vietnamita.

-Yes, I guess… Pero… Olvídalo, Yue, ya no importa. No importa.

Alfred bajó rápidamente por las escaleras, seguido por los ojos de Yue. Ésta dirigió una mirada de rabia a la puerta de la mexicana antes de bajar a cambiarse de ropa, dedicándole los más horribles pensamientos al insidioso cachorrito.

Cerca de mediodía, María salió de su habitación, con la mayor desenvoltura pero el rostro ausente, desganado, como si estuviera en medio de una hipnosis. No llevó consigo a Chiquito, a quien en castigo por su travesura le dio unos golpes con el periódico enrollado y lo dejó encerrado en su dormitorio. Como tampoco tenía derecho de salir, fue a entretenerse en la cocina, a ésas horas sólo habitada por la anciana cocinera. Al darle un vistazo, María se dio cuenta de que esa mujer no era una caucásica como Agnes; su rostro, moreno y rugoso como la madera de nogal, y el cabello canoso atrapado en una suerte de trenza, le hizo pensar de repente en las mujeres rarámuris, y no tardó en entender que ella era una de las últimas descendientes de los indios libres del norte del país.

María tuvo un rato entretenido junto a la anciana, charlando con ella sin ningún tapujo, porque en su experiencia sabía que los nativos reconocían sin dificultad a los países, aún en su representación humana. Se enteró que la mujer era una india cheroki que llevaba viviendo en la casa de Alfred desde hacía treinta años, que su antiguo hogar fue destruido por los blancos y su pueblo forzado a esconderse más al sur. Hablaba bien el inglés porque cuando se mudó con su madre, ambas terminaron en una plantación donde un hombre blanco de buen corazón accedió a dejarle aprender el idioma, y aunque no sabía leer y escribir no lo consideraba importante.

-Las palabras, sabe usted, son cosas que van y vienen con el viento. Son como el agua. El agua que se estanca se ensucia y se evapora, volviéndose la nada, pero el agua que corre puede llegar a muchos sitios, aún si son pequeños arroyos o grandes cascadas, o las corrientes del océano que empujan los navíos de vuelta a su hogar. Por eso ésas cosas de la escritura me parecen banales, son palabras estancadas y condenadas al olvido, mientras que lo que tus sentidos perciben jamás se olvida.

-Comprendo. –dijo María asintiendo dócilmente. Con 73 pueblos indígenas viviendo en su territorio, sentía un gran respeto por los nativos, fueran de donde fueran. Todos ellos le parecían un pálido recuerdo de lo que su madre fue. -¿Entonces ese refrán de que las palabras se las lleva el viento no tiene razón de ser?

-Oh, claro que lo tiene… -replicó la cheroki mientras le ofrecía una cucharada del estofado que preparaba. –Pero ya sabe usted que el viento es inestable y peligroso, ahora sopla tierno y acaricia los árboles, pero más tarde tal vez se vuelva gélido y mate las cosechas, o se vuelva cruel y tiránico y lo destruya todo. Así son las palabras que se dicen, y hay que tener cuidado con ellas. El hombre blanco, por desgracia, no sabe de esto, y no lo entenderá hasta que las palabras se vuelvan cuchillos de verdad y los desgarren por dentro.

-Hmm… sijtli... –preguntó. Gustaba de llamar "abuela" a las mujeres como ella, a modo de respeto. –Si alguien jura que te odia cuando más enojado se encuentra, ¿lo dice de verdad?

Los negros ojos de la india se clavaron en los orbes de oro de la mexicana, como si la traspasara con rayos X.

-El hombre blanco –dijo simplemente. –es uno de los pocos seres que, aún sin portar armas, puede hacer daño. Es presa de su ambición y de sus emociones, casi todas manejadas por el negativismo que vive en su corazón y que le ha hecho creer que es dueño de todo lo que toca, hasta de las vidas que dependen de él.

-Sí, pero lo que yo…

-Tú, como hija de la tierra, entiendes tan bien como yo el alcance de esa destrucción. Ahora bien, el hombre blanco está hecho de emociones violentas, que son como el fuego que, sin intención, incendia todo a su paso. El fuego no es un elemento del todo natural, y sólo una gran fuerza puede contenerlo, y ésa fuerza es la tierra que está siempre sobre él.

Por un momento la cara de María dibujó la más divertida confusión. Pero poco a poco se dio cuenta que se había vendido sin querer. La cheroki sabía que estaba hablando de Alfred.

-¿Y si la tierra no puede contenerlo?

-No es forzoso. Los seres no son de tierra completamente. En toda historia de la humanidad, es el hombre formado de tres elementos: la tierra, o lo que procede de ella, el agua, que le da forma y equilibrio, y el aire, que le da la vida y el entendimiento. ¿Quieres apagar el fuego de la violencia que provoca esas palabras de odio? Sé como la tierra, firme pero bondadosa, sé como el agua, libre y misteriosa, y sé como el aire, poderoso pero noble. Y entonces verás cómo el fuego se apaga y te ofrece su calor.

María asintió, no muy segura de haber entendido las palabras de la mujer. Pero no tuvo mucho más qué pensar porque de pronto la cheroki abandonó su aire etéreo para apresurarse a terminar con la comida.

-Y dígame, señora, ¿es cierto que en sus tierras abusan de los frutos picantes para sus alimentos?

-¿Hmm? ¡Ah!... Pos abusar, lo que se dice abusar…

Oyó entonces una carrera y Agnes apareció en la cocina.

-Missis María, hay un hombre afuera que la busca.

-¿Ah? ¿Y quién? –preguntó desconcertada.

-Dijo llamarse míster Carriedo.

El rostro de la mexicana se iluminó, y sin apenas despedirse de la cocinera echó a correr. En el vestíbulo, mirando con aire crítico la casa, estaba Antonio. No llevaba encima más que una pequeña valija algo desgastada y masticaba aburrido un pedacito de churro. Al verlo, María dio un grito atronador:

-¡Tajtli!

El español sonrió emocionado al verla y extendió los brazos.

-¡María! ¡Mi pequeña princesa! –la mexicana se abalanzó sobre él y se abrazaron intensamente. -¡Mi pequeña, te extrañé más que nunca!

-¡Yo igual, tajtli! ¡Yo igual!

Mientras los dos se dedicaban toda clase de mimos y caricias, Yue pasó cerca del vestíbulo y se topó con la dulce escena. Sin preguntar siquiera, echó a correr rápida como un felino hasta alcanzar el patio exterior, donde Alfred paseaba para revisar a los caballos, pasatiempo poco común en él pero que era necesario a causa de los eventos recientes.

-Deberíamos comprar dos más. –inquirió. –Por si acaso. El asunto de los cuatreros no debe tomarse a la ligera…

-¡Chúa Jones! ¡Chúa Jones! –gritaba Yue mientras se dirigía precipitadamente hacia él. -¡Chúa Jones, acaba de llegar un extraño!

-¿Ah? Who?

-No lo sé. Pero apenas entrar le he visto hablando con su esposa. Y no sólo eso… -los ojos de la vietnamita se abrieron de par en par. –Les he visto abrazándose con mucha pasión y besándose también. Su esposa al verle ha corrido a sus brazos.

Alfred sintió correr la sangre dentro de su cráneo. Le arrebató a Ethan el fuete que llevaba en la mano y entró, como un huracán, seguido por Yue. En esos momentos, María y Antonio estaban en la sala charlando tranquilamente, y la entrada de Alfred quebró el tranquilo ambiente.

-¡María! –exclamó. –Who the…?

María y Antonio se pusieron a la vez de pie. Al reconocer al español, Alfred sintió como si algo dentro de él se desinflara de golpe. La mano con que sujetaba la fusta empezó a temblar.

-Oh… oh… -musitó. –I… I'm sorry… no sabía que… era…

-A mí también me da gusto verte, yerno. –dijo Antonio en un tono de voz que indicaba todo lo contrario. -¿Y ésa fusta?

-Estaba examinando a los caballos cuando me enteré de tu visita. –se excusó antes de salir rápidamente. Yue fue más veloz y se escabulló, pero la punta esmeralda de su vestido alcanzó a ser vista por María, que torció los labios. Antonio exhaló un suspiro y se sentó de nuevo, mirando inquisitivo a su hija.

-¿Qué fue eso? –le preguntó.

-Eso forma parte de una larga historia. Pero mejor te la cuento en mi habitación… ¿Quieres unos tomates?

El resto de la tarde padre e hija la pasaron charlando, acompañados de sendas rodajas de tomate fresco y bañado en sal. Luego de una larga explicación, María parecía más débil que nunca, pero no era del todo malo; todo el mundo se ve débil cuando echa de sí una larga y penosa enfermedad, y eso era lo que ella hacía contándole los pormenores de su matrimonio al español.

-Y entonces esta misma mañana le vi entrar muy molesto por lo que hizo Chiquito. No es que me preocupe esa mujer, pero… pero me parece tan… ah… Desearía no haberme casado nunca, papá.

-No te angusties, mi pequeña. Todos pasamos problemas en nuestro matrimonio, yo también lo tuve. ¿Nunca te conté que estuve casado con Roderich? –al ver que María negaba con la cabeza, prosiguió. –Pues sí, estuve casado con él, los Habsburgo eran nuestros superiores en común y vivíamos como un Imperio doble. Pero resultó que un día yo hice un viaje, el viaje más largo de mi vida, y me topé con una mujer. Era la mujer más hermosa de todos los imperios, y era tan fuerte como bella… y aunque me sabía casado, me enamoré de ella como no me he enamorado de nadie más, y al final entendí que el amor y el deber a veces, van unidos de maneras misteriosas, y eso sólo se da cuando algo muy poderoso ocurre entre dos almas.

-Papá… ¿acaso estás hablando de mi nantli Azteca? –por toda respuesta, el español se sonrojó casi tanto como los tomates que tenía delante.

-Bueno… mi amor y mi deber se volcaron en ti. –explicó. –Tal vez no fui el mejor de los padres, lo admito, pero hasta donde pude traté… Y mírate ahora, eres una nación fuerte y hermosa, tal y como lo fue tu madre.

-No, papá… Mi madre fue un gran imperio, en cambio yo ahora soy un país débil y dependiente de alguien a quien no quiero.

-No te pongas así. Déjame animarte… -el español se plantó frente a ella con los brazos extendidos y empezó a recitar. –Fusosososo… fusosososo… fusosososo… -María echó a reír. Era el método no científicamente comprobado que Antonio usaba siempre para curarlo todo. -¿Lo ves? ¡Sí funciona!

-Sí, papá. Gracias por todo. –contestó ella mientras lo abrazaba.

-Mi pequeña… si tan sólo pudiera protegerte… -se lamentó. –Pero no temas… no estarás sola en esta lucha, te lo aseguro. Ya lo verás. Si tu esposo quiere guerra, guerra es lo que tendrá, y respecto a esa señorita de la que me hablaste no tienes porqué preocuparte. Aunque me sorprende que me dijeras lo molesta que te sentiste cuando los viste tomados de la mano… ¿no será que te sentiste un poco celosa?

-Claro que no. –contestó María, dándose rápidamente la vuelta. –Es… que no me gustó que Alfred se tomara ésas libertades… es decir, no me importa lo que él haga pero me gustaría que fuera discreto, es todo.

-Claro, María. –repuso Antonio, sonriendo indulgente. Conocía muy bien a la latina como para saber cuándo le mentía, aún si ella misma pensaba que estaba diciendo la verdad. Y la verdad, que tanto Antonio como la cocinera sabían, era que el fuego de la violencia estaba a un paso de convertirse en otra cosa.

Que se viene el amor… y otras cosas ;D

Ahora los comentarios n.n hoy… hoy otra vez fueron poquitos *sufre* pero al menos me da tiempo de contestarlos todos *no sufre tanto*

Sheblunar: Mari no va a admitir sus celos, Alfred no va a admitir nada que lo contradiga así que ahí Yue tiene ventaja o_o … al menos en apariencia ;D

Jessy88g: Tácticas lo que se dice tácticas… pos no XD pero de que sí habrá encontronazos de faldas los habrá, y Alfredo se quedará en medio con cara de no entender. Pos por el momento el dulce (ajá) Chiquito ya puso en aprietos a Yue, pero tranqui, ya se redimirá a los ojos de Alfred… sólo que no diré cómo.

IxchelKatharaTerrorist: Y habrá más madrazos! Pues escribir la escena del comienzo me divirtió X'D y lo que viene será aún mejor.

Tamat: Como todos los hombres :/ pos sí, por desgracia Yue ya está viendo con ojitos de amour al gringo, y con lo que hizo Chiquito le va a agarrar idea a María. que comience la guerra de viejas. Ok not.

Lady Raven Baskerville: Los chiquitos son adorables *u* a mí no me gustaban pero me regalaron uno y es un amor. Sip, la explicación de las serpientes fue una advertencia O_O

Chiara Polairix Edelstein: LOOOL xD por alguna razón lo leí con voz de señora de película mexicana de los años 50 (?)

Ghostpen94: ¬.¬ nada de USViet, loco con loco no se junta. O_o ese fic… oooh God ese fic…

Wind und Serebro: Vietnamtonia vs Mextilde… ¿o cómo? XD

NimeriaDyrewolf: "Y así, somos arrastradas lentamente por el USMex…" Ooh sí, buscala, la novela completa está en Youtube n.n y verás lo bitch que es la Antonia (Chantal Andere: haciendo personajes odiosos desde siempre). Jaja, claro que se puso celosa pero no lo va a admitir ;D

Pues como dijo la viejita cocinera, tienen que pasar cosas muy fuertes y pasarán… el siguiente capítulo Ghostpen94 lo odiará seguramente así que como desagravio les recomiendo que lean su fanfic de terror Awe Island, basado en el juego de Slenderman y Shutter Island. Disfrútenlo y adiosito n.n