Disclaimers: Yami no Matsuei no me pertenece, evidentemente, aunque si Yoko quiere regalarme a Tatsumi san o a Asato chan no se los despreciaré. Bueno, si me quiere prestar a Muraki para torturarlo, tampoco se lo rechazaré.
Comentarios: Es muy poco probable que utilice muchas palabras en otros idiomas, pero si lo hago su significado estará al final del capítulo o al lado mismo de la frase.
—Bla bla bla Dialogo
«Bla bla bla» Pensamientos
Bla bla bla Recuerdos, sueños o palabras con marcado sarcasmo
Advertencias: Este fic posiblemente contendrá shonen ai (aunque, lo siento, ya estoy convencida al cien por cien de que yaoi no), así que los homofóbicos quedan advertidos. Este capítulo también contiene spoilers de la Saga de Kyoto y un detalle de la Saga del Trino del Diablo.
Resumen del capítulo anterior: Las chicas, con la intención de animar a Aya, sobornaron a Tatsumi para que organizase una excursión con las chicas de la clase. Sin embargo las muchachas son más peligrosas de lo que el shinigami había esperado, y arrasan con el primer punto a visitar. ¿Sobrevivirán el hospital, el hostal y el banco?...
Flores silvestres y flores de invernadero
por Ayumi Warui
Capítulo 10 : Urgencias... varias
Después de una nutritiva comida en el McDonald's, las chicas de la Casa del Norte se encaminaron al segundo punto de la visita didáctica: el prestigioso Hospital. Tatsumi, aunque lo consideraba un esfuerzo inútil, les indicó que no debían correr, ni gritar, ni tocar nada, ni separarse de él... es decir, todo aquello que habría sido innecesario explicar a chicas de diecisiete y dieciocho años como lo eran ellas.
Nada más pasar al interior, esquivando el flujo de personas que entraban y salían, se dirigieron al primer mostrador que encontraron, donde Tatsumi se alejó un poco del grupo y empezó a explicar la situación a la mujer que lo atendía.
—¿Son del instituto? —decía ella—. Sí, por la mañana llegó el primer grupo. Esperen que llamo al doctor que los guiará a la zona de medicina nuclear.
—¿Medicina nuclear? —repitió Asami, dando un salto. Tanto Tatsumi como la mujer no parecieron percatarse de que habían sido escuchados, y continuaron con su conversación, en la que Tatsumi se interesó por si el hospital estaba asegurado a todo riesgo—. ¿Se usan bombas para la medicina? —continuaba Asami, por su lado.
—Sí, por supuesto... —murmuró Hisoka, mirándola con ironía.
—Yo tengo entendido que te meten cosas radioactivas dentro —expuso Nami, muy orgullosa de sus conocimientos.
—¿Y la gente muta?
—Por favor —intervino Aya, con voz firme y decidida—. En el museo nos comportamos de manera incorrecta, pero aquí debemos ser alumnas ejemplares e intachables. Pienso vigilaros a todas para asegurarme de que no hacéis nada que pueda molestar a Tatsumi sensei, ¡aunque para ello os tenga que acompañar hasta la taza del váter! —exclamó, desbordada de ganas de estar a la altura de la opinión que el hombre tenía de ella. ¡No pensaba decepcionar al hombre más maravilloso del mundo, el más guapo, el más atractivo, al que más respetaba y admiraba, el más...! en fin, a Tatsumi—. Así que os tenéis que comportar como señoritas, ¡¿entendido?! —ordenó.
—La prefería deprimida —musitó por lo bajo Harumi, haciendo reír a sus amigas.
—Por cierto, Aya chan, tesorito... —empezó Nami, con un tono de voz que puso a la chica los pelos como escarpias—. Cuéntale a tu amiguita Nami qué es eso que tenías en la mano cuando viniste con el profesor y que escondiste después...
—Ya os he dicho que no es nada, que os lo imaginasteis —respondió, sabiendo que si decía que Tatsumi le había regalado unas semillas, ellas se pondrían muy pesadas con el tema.
—Yo te vi meterlo en la mochila —acusó Chie.
—¡Oh, mira, Aya! —exclamó Harumi, señalando algún punto atrás de la muchacha. Cuando la morena se volvió, cayendo en el truco más viejo de la historia, su compañera aprovechó para quitarle la mochila que colgaba descuidadamente de uno de sus brazos—. ¡La tengo!
—¡Eh, devuélveme eso! —se quejó, mientras Nami la sujetaba, diciendo:
—¡Sácalo, Harumi!
—¡Tachán! —exclamó triunfal, arrancando el objeto del cálido refugio del interior de la mochila—. Una... ¿bolsa con semillas? —reconoció, decepcionada—. ¿Para qué nos escondías eso?
—¿Y de dónde las sacaste? —añadió Ruri, sagazmente—. Cuando Asami abrió tu mochila en el bus para filmarla por dentro, las semillas no estaban, y no entraste en la tienda del templo...
—No será... —ató cabos Nami—, ¡¿un regalo de Tatsumi?! —adivinó, haciendo maldecir a Aya que su mejor amiga fuera tan lista—. ¡Es el único que pudo dártelas!
—No digáis tonterías —replicó Hisoka.
—De acuerdo... —musitó Aya—. Lo confieso, me las regaló él...
—¡¿Cómo?! —saltó Hisoka, anonadado, dando un paso atrás—. ¡¿Te las regaló?! ¿Quieres decir que te las dio, porque sí, sin nada a cambio, sin nada que le proporcione mayores beneficios? ¡¿GRATIS?!
—S–sí... —balbució, impresionada porque una chica tan tranquila como Hisoka se exaltase—. ¡Pero no es porque tenga ningún tipo de preferencia por mí! —aseguró, temiendo que Hisoka estuviese celosa porque intentara quitarle a un amigo o algo así.
—Dios mío, Tatsumi haciendo algo gratis... —susurraba el shinigami, sin prestarle atención—, esto debe ser una señal de que se aproxima el Apocalipsis... —Hisoka se percató de que notaba una ausencia, un vacío. Era como si algo faltase en aquel momento y, confundido, reflexionó. ¿De qué podía tratarse? Había enfermeros, médicos y pacientes, lo normal en un hospital. Estaban aquellas chicas escandalosas, Watari montando escándalo también, Tatsumi hablando con un par de médicos que los guiarían en la excursión...—. ¿Tsuzuki? —pronunció, buscándolo con sus ojos verdes, preocupado. ¡Cómo podía haber perdido de vista a un elemento como aquel!
Un suspiro de alivió surgió de sus labios cuando reconoció a su compañero unos cuantos pasos tras él, pero en seguida volvió a inquietarse al ver que la palidez del hombre lo hacía confundirse con las paredes.
—Tsuzuki, ¿te encuentras bien? —se preocupó, caminando hasta él. Algunas de las chicas, al percatarse, no tardaron en unirse.
—Tienes muy mal aspecto, Asako —convino Aya.
—¿Has visto entrar a alguien medio destripado? —añadió Harumi, con su tacto habitual.
—No... Estoy... bien... —aseguró, aunque nadie lo creyó—. Es sólo... que no me gustan los hospitales... todos blancos... llenos de batas blancas... bastas blancas con gente dentro, claro... y de camillas... y de vendas... y con olor a desinfectante... y a tiritas... y a muestras de orina...
—Pues sí que debes odiarlos para ponerte así —comentó Nami, mientras el resto se planteaba a qué olerían las tiritas.
—Creo que me estoy mareando... —confesó Tsuzuki, aunque el bailoteo de sus piernas había hecho sospechar a sus compañeros—. Todo me da vueltas... tengo nauseas... los oídos me pitan... me duele la cabeza... los ojos me escuecen... me moquea la nariz...
—¿Seguro que no has pillado ninguna enfermedad tropical o algo así? —le preguntó Nami, alucinando, mientras Asami lo filmaba todo con la cámara.
—Tal vez deberíamos avisar a Tatsumi o a algún doctor... —propuso Aya.
—Mejor a Tatsumi —se apresuró a decir Hisoka, ya que si un doctor chequeaba a Tsuzuki se descubriría al instante que en realidad era un hombre y no una adolescente... algo que todavía no comprendía cómo podía ser que nadie hubiese notado a simple golpe de vista.
—Nah, nah, mejor no —opinó Harumi—. Tatsumi nos reñirá por ponernos enfermas para molestar o algo así.
—En estos casos —habló Asami—, lo mejor es tumbarla en una camilla para que se recupere del mareo, os lo digo yo, que siempre que me hago análisis de sangre me mareo. El médico siempre me dice que me quede tumbada un ratito y au.
—Pues nada, como no queremos molestar, nos ocupamos nosotras.
—Pero... —empezó Aya, no muy segura.
—Nada de peros —interrumpió Nami—. ¿No ves que, como no nos demos prisa, se caerá al suelo y nos tocará arrastrarla? O peor, potará la hamburguesa y lo dejará todo perdido. Seguro que Tatsumi nos obligaría a limpiarlo a nosotras...
—Vamos, por aquí, Asako —indicó Harumi, llevándoselo a rastras por un pasillo—. No puede ser tan difícil encontrar una camilla en un hospital.
—Y sábanas blancas... y agujas... —musitaba Tsuzuki, en su mundo.
—Bueno, pero en cuanto se recupere volvemos —les recordaba Aya.
—Yo llevaré a Tsuzuki —indicó Hisoka, arrancándoselo de las manos a Harumi. No es que sintiera celos, era difícil sentirlos en una situación así, pero prefería no arriesgarse a que al tacto la muchacha descubriese que Asato no era una chica porque... se le descolocara un pecho postizo, por ejemplo.
—¡Vale, vale! —accedió Harumi—. Busquemos una camilla —decidió, adelantándose, ya que el paso del shinigami era más bien lento, ya que tenía que intentar que su compañero no lo aplastase ni se cayera al suelo.
—Oye, Tsuzuki... —susurró Hisoka, para que sólo él lo oyese. Al distinguir la voz del joven, Tsuzuki dejó de enumerar elementos propios de un hospital para prestarle atención, dentro de lo que era capaz—. ¿Cómo puede ser que los hospitales te pongan así si te pasas la vida metido en la enfermería del departamento?... —apuntó—. Y... ¡un momento! ¡Si hasta te hiciste pasar por profesor de la enfermería en el caso de Hijiri!
—No es lo mismo... —logró decir.
—Supongo... —admitió.
La verdad es que no tenía muchas experiencias con los hospitales, a él, cuando estaba vivo, sólo lo habían atendido los médicos que la familia Kurosaki contrataba. Sus padres no iban a sacar al monstruo de la casa para que los demás lo pudiesen ver...
De pronto Hisoka recordó algo que había descubierto en Kyoto, algo que explicaba perfectamente que los hospitales no fuesen un lugar agradable para Tsuzuki, sino todo lo contrario: cuando aún estaba vivo, Tsuzuki había pasado ocho años encerrado en el hospital que, aunque ninguno de los shinigamis lo supiese, pertenecía al abuelo de Muraki. Allí Tsuzuki había intentado suicidarse muchas veces, hasta que lo consiguió...
Hisoka se sintió mal por haber olvidado algo así y por haber tenido el poco tacto de acusarlo de estar dramatizando. A veces olvidaba que, debajo de esa superficie de infantil y estúpido irresponsable, se ocultaba un hombre muy sensible y atormentado...
—Hisoka... —habló Tsuzuki, sacando al chico de sus meditaciones—. ¿Cuándo me ponga bien me podré comprar una tarta en la pastelería que hay delante del hospital? ¿Si no me quejo y soy silencioso podré elegir el sabor? Es que como en el McDonald's no quedaba McFlurry... No es que no me haya gustado el sundae de fresa, el de chocolate, el vainilla triple thick y las galletas, pero como tampoco había tarta de manzana...
«Me parece que aquí el único de los dos que ha recordado eso soy yo» —pensó Hisoka, tachándose de estúpido y empezando a sospechar que tal vez lo que tenía Tsuzuki no era fobia a los hospitales, sino un empacho.
—¡Kurosaki! —oyó la voz de Nami y Harumi—. Aquí hay una camilla abandonada en el pasillo —anunciaron, contentas.
—Vale, pues vamos a tumbarte un rato, que me estás destrozando la espalda.
—Pero, Hisoka... entonces ¿qué hay de lo de la tarta?...
—Mira, si quitas tu peso muerto de encima de mí, te acuestas y te tapas hasta las cejas para que no tenga que ver las pintas que tienes con ese uniforme y la peluca, y te quedas callado como una tumba para que olvide que existes, podrás comprarte lo que quieras —prometió en voz baja.
—Jo, Hisoka, qué cruel eres... —acusó con los ojos brillantes, eso sí, tampoco parecía muy disgustado con la respuesta, pues fue renqueando y haciendo eses hasta la camilla y, tal y como le había indicado, se cubrió por completo y se quedó en silencio.
—¿Es que tienes frío o te molesta la luz? —se extrañó Aya cuando vio que se echaba la sábana por encima.
—A ver si te van a confundir con un cadáver y te van a llevar a la morgue —rió Harumi.
—Estaría bueno —asintió Nami.
—Dejadla, que así calladita está mucho mejor —declaró Hisoka—. Creo que me voy a buscar una máquina de café, algo me dice que voy a necesitar estar muy despierta... —decidió, yéndose sin esperar a cualquiera que pudiese querer acompañarlo o impedírselo.
—¿Habrá máquinas de esas en un hospital tan prestigioso como este? —se preguntó Asami, filmándolo todo.
—No veo qué tienen de malo para que no haya.
—¿Te sientes mejor, Asako? —quiso saber Aya, hablándole a la sábana que lo cubría, ya que el shinigami no pensaba abrir la boca, se arriesgaba a que Hisoka se enterase y no le dejase hacer la visita a la pastelería a la salida.
Las cuatro chicas (Aya, Harumi, Nami y Asami, ya que las otras habían quedado atrás) no habían intercambiado ni tres frases cuando llegó un enfermero, que guiaba otra camilla con un bulto que todavía respiraba y aparentemente gozaba de buena salud, aunque se dijeron que si estaba allí algo tendría. El hombre se detuvo, dejando la camilla junto a la de Tsuzuki, ya que si no obstaculizaba el paso.
—¿Qué hacéis vosotras aquí? —preguntó—. ¿No sois de la escuela que está de visita? —reconoció los uniformes.
—Esto... sí, pero una de nosotras no se sentía bien y un médico dijo que la tumbásemos aquí —mintió Harumi, sin remordimientos.
—Bueno... Pero será mejor que volváis con los demás pronto —indicó, con algo de desconfianza—. Ahora vuelvo y vamos al quirófano —indicó a su paciente, tras lo cual entró en una de las salas que había cerca.
—Ese seguro que va a llamar a alguien para que avise a Tatsumi —dijo Harumi, convencida—. Deberíamos huir antes de que nos pillen.
—No digas tonterías —pidió Aya—. Alguna de nosotras debería informarlo para que no se preocupe.
—Veo que te ofreces voluntaria.
—¡¿Yo?! —exclamó, sin ganas de ser la elegida. No era que temiese la reacción de Tatsumi o que no desease verlo, sino que no se fiaba dejándolas solas.
—¿Quién mejor?
—¡Chicas! —llamaron Ruri y Chie, que llegaban corriendo—. ¿Ya la habéis tumbado?
—Sip, ahí —indicó Nami, con el pulgar, a sus espaldas, donde estaban las camillas—. Y, Aya, yo creo que Harumi tiene razón. El modo en que el enfermero ha fruncido el ceño me parece que quiere decir que piensa llamar a los seguratas. ¡Seguro que se ha pensado que en realidad tratábamos de secuestrar a una paciente!
—¡O que éramos espías que veníamos a llevarnos los secretos de las investigaciones del hospital! —añadió Asami, haciendo que Harumi echara en falta la mirada que seguro que Kurosaki le habría dedicado de llegar a estar allí para escucharlo.
—¡Pero si no frunció el ceño! —objetó Aya.
—Nada, si hay que huir, se huye —decidió Ruri, sin saber de qué iba aquello—. ¡Nos la llevamos a otro piso!
—¡Genial! —aprobó Harumi mientras Chie y Ruri cogían la camilla con ruedas y la empujaban, emprendiendo su camino por el pasillo, con una velocidad algo inadecuada.
—¡Ey, esperad! —pidió Aya, asustada por lo que pudieran hacer, sobre todo cuando vio a lo lejos que casi atropellan a una abuela que paseaba con su gotero—. ¡Volved!
—Mejor las seguimos —decidió Nami, mirando a Harumi, a su lado—. Tú, Aya, ve a buscar a Hisoka y luego inventad alguna excusa para Tatsumi, como que estamos en el baño porque a Tsuzuki le ha dado diarrea.
—¡Pero...! —empezó a quejarse la joven de ojos violetas, pero sus amigas se apresuraron a huir, más que nada porque si no lo hacían no alcanzarían a sus compañeras.
—No pongas esa cara, Aya, yo me quedo contigo —indicó lo evidente Asami, enfocándola con la cámara—. Ni loca me pongo a correr si no es necesario, que luego me duelen las piernas que no veas...
Cuando Aya se decía que por qué no podían haberle dicho a los profesores que Asako se sentía mal, como habría hecho cualquier persona normal, y temía una posible catástrofe, volvió el enfermero.
—¿Aún seguís aquí vosotras dos? —inquirió—. Iros con vuestras amigas antes de que os perdáis. No hagáis escándalo y apagad esa cámara —señaló, empezando a empujar una camilla, camino al quirófano.
—Espero que no os haya oído... —deseó Aya.
—¿El qué? ¿Lo de los seguratas o lo de que espiábamos para robar sus secretos? Porque, eso que me ha dicho de la cámara me da que pensar, pero ni loca la apago. Por cierto... ¿vamos a por Kurosaki?
—Mejor la esperamos aquí, no sea que realmente nos perdamos...
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—¿Has visto la cara que ha puesto ese tipo cuando nos ha visto pasar con la camilla? —preguntaba Chie, riendo.
—Normal, casi lo atropelláis —señaló Nami, recuperando el aliento. Como sus dos amigas habían tenido que parar para llamar al ascensor, habían podido llegar hasta ellas.
—Seguro que se han quedado rallados al vernos con la camilla —opinó Harumi—. El uniforme del instituto en poco se parece al de una enfermera.
—Igual podríamos birlar alguna bata para disimular —propuso Ruri.
—Mejor no nos arriesgamos —rió Nami cuando se abrían las puertas. Las chicas empujaron la camilla al interior y pasaron, sorprendiéndose de lo espacioso que era aquello.
—¿A qué piso?
—Al más alto. Cuanto más lejos mejor.
Las puertas se cerraron lentamente.
—¿Imagináis que ahora se pone a chorrear sangre por las paredes del ascensor o algo así? —preguntó Ruri.
—Tú has jugado demasiado al Silent Hill —acusó Nami.
—¡Y que lo digas! Estoy atrapada en el dos, en un momento que te quedas en una sala muy pequeña con el tipo ese de la cabeza de pirámide. ¡Es que no lo tumbo ni con la artillería pesada, parece inmortal! Y como él te mata de un espadazo...
—Es que sólo hay que esquivarlo hasta que pase cierto tiempo —oyeron una voz desconocida. Cuando las cuatro, extrañadas, se volvieron, vieron a una mujer que dos de ellas no recordaban de antes, sentada en la camilla.
—¿Y quién eres tú? ¿Y Asako? —preguntó Ruri.
—¡Es la que traía el enfermero! —reconoció Nami—. ¡Os habéis equivocado de camilla!
—Ooops...
—¡Volvamos! —decidió Harumi, empujando a Ruri para dar al botón de planta baja. Ruri, para no caerse, se apoyó en la pared más cercana, pulsando accidentalmente el botón que detenía el ascensor.
—Ooops... —repitió, cuando el elevador se detuvo de pronto.
—¡¿Qué has hecho?!
—No pasa nada. Si hay un botón para pararlo, tiene que haber otro para encenderlo, ¿no?
—¿Y si le damos al de la alarma?
—Buena idea.
Lo pulsaron, pero no notaron diferencia alguna.
—¿Seguro que ha sonado en algún lugar?
—Igual no funciona, a saber cuándo hicieron la anterior revisión... Tanto dinero, tanto prestigio, y luego tienen los botones de los ascensores escacharrados —se quejó Harumi.
—Bueno, alguien se dará cuenta, ¿no?
—Teniendo tantos ascensores, no sé yo... —opinó Nami.
—Esto es pequeño, estamos atrapadas, me falta el aire... ¡quiero salir! —empezó de pronto Chie, sobresaltando a las otras, mientras golpeaba la puerta.
—Tranquila, hija, aun nos quedará un rato de oxígeno —consoló la mujer de la camilla.
—¡¡Socorroooo!!
—¿Nos oirán? —dudó Harumi, impasible al terror de su amiga.
—No sabía que tuviese claustrofobia —señaló Ruri—. Cuando nos cerraron a cal y canto en la clase de cocina no le pasó, y eso que hasta hubo fuego.
—Bueno, es que aquello era grande...
—¿Creéis que el enfermero se habrá dado cuenta del cambiazo o se habrá llevado a Asako al quirófano? —preguntó Nami, pensándolo de pronto.
—No creo que se diese cuenta, creo que ni me ha mirado a la cara —indicó la mujer—. Pero vuestra amiga se quejará, ¿no?
—Si no la sedan antes —añadió Harumi—. Igual creen que le ha entrado el canguelo de la anestesia total y no le hacen caso.
—Y como estaba tan mal, Asako igual cree que realmente le ha dado algo grave y la tienen que operar —añadió Ruri.
—Es capaz —asintió Nami—. Oye, por curiosidad, ¿de qué te tenían que operar? Si sólo es extirparle un riñón o ponerle un marcapasos no es tan grave si se equivocan, ¿no?
—De cambio de sexo.
—¡¿QUÉ?! —corearon todas, incluso Chie, a la que se le había pasado la claustrofobia del susto.
—No sé de qué os sorprendéis, cada vez son más los que se operan para tener el cuerpo que desean...
—¡Van a convertir a Asako en un tío! —exclamó Ruri, sin sospechar que en realidad ya lo era y, como mucho, lo convertirían en chica.
—¡Tenemos que hacer algo!
—Pero estamos atrapadas —les recordó Chie.
—¡Ya sé! ¡Aya, Kurosaki y Asami! —exclamó Harumi—. ¡Avisémoslas para que ellas impidan la tragedia!
—¡Buena idea! —aprobó Nami, sacando su móvil y empezando a encenderlo.
—Pero... ¿no se supone que en los hospitales no hay que encender los móviles porque crean interferencias con las máquinas o algo así? —recordó Chie.
—Bah, qué más da. Esto es una emergencia —señaló Harumi—. Aunque se paren una o dos máquinas no será para tanto.
—Pero ¿no tendrán entonces Aya y Asami el móvil apagado? —objetó Ruri, sin molestarse en nombrar a Hisoka ya que ni sabían si tenía celular, ni conocían su número de poseer uno.
—Por favor... —rió Nami—. Estamos hablando de Aya, la despistada por excelencia. Ya veréis como se ha olvidado de apagarlo...
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Una musiquita escalofriante sobresaltó a Aya cuando caminaba junto a Hisoka y Asami, hacia la zona de maternidad, donde les habían dicho que estaban ahora sus compañeras. La joven rápidamente sacó el móvil de su bolsillo y, tras un claro gesto de decepción al ver "Nami" escrito en la pantalla, dijo:
—Nami me llama.
—A ver qué quieren éstas ahora... —murmuró Hisoka, creyendo que temía lo peor, sin saber que eran capaces de superar sus expectativas.
—¿Nami? ¿Pasa algo?
"¡No te vas a creer lo que nos ha pasado!" —se oía la voz de Nami que, como Aya había activado el manos libres, también escuchaban Hisoka y Asami—. "¡Resulta que antes, cuando hemos huido con la camilla, nos hemos equivocado y nos hemos llevado a la paciente que traía el enfermero!"
—¡¿QUÉ?! —aullaron Hisoka y Aya.
"Por vuestros gritos deduzco que vosotras no os habéis dado cuenta tampoco. ¿El enfermero se la llevó o sigue en el pasillo?"
—¡El enfermero se la llevó al quirófano! —recordó Aya, con terror.
—¡¿QUÉ?! —repitió Hisoka, intentando convencerse de que era una pesadilla—. A ver... un momento... No será 28 de diciembre o algo así, ¿no? No hagáis bromas tan absurdas, no veis que no son creíbles...
"¡Hablo muy en serio!" —replicó Nami.
"¡Corred a sacarla de allí antes de que le hagan la operación de cambio de sexo, idiotas!" —se oyó a Harumi.
—¡¿La operación de qué?!
—Esto es increíble... —alucinaba Asami, asegurándose de que la cámara registrara la conversación.
—¡Pero ¿dónde estáis vosotras?! —inquirió Aya.
"¡Nos hemos quedado encerradas en el ascensor! ¡Sois las únicas que podéis salvar a Asako! ¡Corred!"
"El quirófano al que me llevaban estaba en el tercer piso, primera puerta a la izquierda desde el ascensor número 7" —indicó la mujer—. "Me acuerdo porque lo revisaron a fondo los inspectores que contrató mi madre para que no me pasaran ninguna enfermedad rara."
—¡Volamos hacia allí! —decidió Aya, cortando la llamada, y ni Hisoka ni Asami estaban en contra.
«¿Por qué corremos tan desesperados?» —se preguntó Hisoka, siguiendo a las muchachas hacia las escaleras—. «Esto es un hospital de prestigio, ¡no pueden ser tan estúpidos como para operar a la persona equivocada! ¡Ni creo que Tsuzuki se quede callado y se deje sedar! Aunque, con él nunca se sabe...» —meditó, recordando la promesa de la pastelería—. «De todos modos no me puedo arriesgar a que se descubra que es un hombre y de alguna forma la información llegue a oídos de alguien de la escuela.»
«¡Tenemos que darnos prisa o le pasará algo terrible a Asako!» —pensaba Aya, por su lado—. «¡Sería terrible que no llegáramos a tiempo! ¡Nunca se recuperaría! ¡Y sería mi culpa por haber permitido que le pase!»
«¡Qué emocionante es esto!» —se decía Asami, encantada—. «¡Va a quedar un video insuperable! ¡Mucho mejor de lo que esperaba y sólo hemos pasado por dos de los puntos de la excursión!»
Los tres, al final, llegaron al dichoso pasillo donde estaba el quirófano. Casi no les quedaba aliento, pero aquello no impidió a Hisoka y Aya llegar hasta la puerta.
—¿Adónde creéis que vais, jovencitas? —preguntó una enfermera, interponiéndose en el camino de ambas.
—¡Tenemos que detener esa operación! ¡Tienen a la paciente equivocada! —le resumió Aya, desesperada.
—No seáis absurdas. ¿Cómo podéis insinuar que un hospital con el prestigio que tiene el nuestro iba a cometer semejante error garrafal? Si lo que queréis es llamar la atención, id a la ventana de las incubadoras e intentad que los bebés os miren.
—¡Esto no es ninguna tontería, tenemos que pasar!
—Ven un momento —pidió Hisoka, alejando un poco a Aya de la enfermera—. No creo que la convenzamos por las buenas, tendremos que usar métodos drásticos.
—De acuerdo —aceptó la joven, diciéndose que era lo único que podían hacer.
—Podríamos... —empezó Hisoka a plantear una estrategia cuidada, inteligente, discreta, prudente, eficaz... pero Aya, sin esperar a escucharlo, corrió hacia la enfermera, yendo por uno de sus lados.
—¡¡Bluebell kick!! —grito la joven al tiempo que asestaba una artística patada voladora, que Chun li de Street Fighter habría envidiado, a la desprevenida enfermera, la cual cayó sobre un carrito con bandejas que había cerca, tirándose la mitad por encima.
—¡Magnífico! —exclamó Asami, entusiasmada, mientras Hisoka todavía asimilaba lo que acababan de percibir sus preciosos ojos verdes, cuestionándose si necesitaría gafas con diez dioptrías en cada lente—. ¡Hacía mucho tiempo que no veíamos la patada de la campanilla azul en acción!
—¡¡Vamos, Hisoka!! ¡¡Esta es tu oportunidad!! —indicó Aya mientras hacía a la enfermera una inmovilización de judo que había bautizado como "La higuera estranguladora".
«Será mejor que le haga caso» —se dijo el shinigami, temiendo por la mujer.
Hisoka, sin poder dejar de repetirse que era absurdo que su intervención realmente fuese necesaria, abrió la puerta del quirófano, quedando de piedra ante lo que encontró: Un grupo de dos hombres y una mujer, ataviados con bata, guantes, gorros y mascarilla azul verdoso mantenían a duras penas inmovilizado contra la camilla a un desesperado Tsuzuki.
—¡No te resistas! —exigían los tres, esquivando arañazos, mientras un cuarto médico intentaba anestesiarlo con una jeringuilla.
—¡No, una aguja no! ¡Prefiero una operación en vivo!
—¡Ya has firmado y tu madre nos ha pagado el dinero por la operación, no te puedes echar atrás!
—¡Pero si soy huérfano! —alegó Tsuzuki, antes de morder a uno de ellos.
—¡¡Arg!! ¡Me ha mordido! ¡Por esto me tendrán que pagar un plus!
En uno de los movimientos ágiles con los que el hombre de iris violeta esquivaba el sedante vía intravenosa que intentaban administrarle, vio a los dos jóvenes que observaban la escena desde la puerta, uno alucinado y la otra filmándolo todo con una cámara.
—¡¡Hisoka, has venido ha rescatarme!! —se alegró al ver a su compañero. Incluso tenía lágrimas en los ojos—. ¡¡Diles a estos tipos que se equivoc... ¡au!!!
—¡Por fin! —exclamó triunfante el portador de la jeringa.
—Hi... so... ka... —logró decir antes de quedar fuera de combate.
—¡Un momento! —reaccionó al fin Hisoka, al ver que se armaban con bisturís como si aquello fuera lo rutinario—. ¡Ha habido una equivocación! ¡Tsuzuki no es la paciente que quería hacerse un cambio de sexo, es nuestra compañera de instituto!
Los médicos se giraron hacia Asami y Hisoka, mirándolos con expresión inescrutable (sobre todo porque la mascarilla les tapaba gran parte de la cara).
—¿Esta chica no es Ataúlfa Jacinta Gómez? —se sorprendió uno de los hombres—. Claro... Ya me parecía raro a mí que llevases un uniforme de colegiala en vez del pijama del hospital...
—Sí, es cierto —asintió una mujer—. Y eso de que le hubiesen dejado entrar el reloj también era algo raro.
—¿Y que se resistiese gritando, arañando y mordiendo no les extraña? —comentó Asami.
—Esto... es surrealista... —suspiró Hisoka, con un recién nacido dolor de cabeza asaltándolo.
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Por suerte para Tsuzuki, al final se libró de la operación, aunque lo tuvieron que mantener un buen rato tumbado hasta que el efecto de la anestesia pasase. Mientras, avisaron de que había unas chicas encerradas en el ascensor y las sacaron, se llevaron a la enfermera atacada por Aya para que le tratasen la dislocación de hombro que le había supuesto el combate de judo, y avisaron a Tatsumi y Watari de la que habían montado sus alumnas.
Por suerte para las jóvenes, Tatsumi logró que el hospital hiciera la vista gorda al ataque de Aya o el secuestro de la camilla, ya que no les convenía que saliera de allí la noticia de que se habían equivocado de paciente y habían estado a punto de operar a una persona ajena, algo que de caer en manos de la prensa arruinaría para siempre el buen nombre y prestigio del hospital. De modo que, haciendo como que aquello no había sucedido, abandonaron el lugar, camino a la estación de autobús que los llevaría al hostal donde pasarían la noche.
—Desde luego, vosotras no sois alumnas, sois pesadillas con patas —recriminaba Tatsumi, que no había dejado de machacarlas desde que habían llegado a la calle—. ¿Es que no podéis comportaros como chicas normales de vuestra edad mental y tenéis que hacerlo como mujeres de cromagnon de edad mental de cinco años? ¿Os dais cuenta de que estáis echando por tierra el nombre de vuestra escuela, algo que me importa poco menos que nada, y ponéis en riesgo mi puesto de trabajo? ¿Acaso queréis provocarme una úlcera?
«Qué pesado...» —pensaban Nami, Harumi, Ruri, Asami y Chie.
«Mucho se queja, pero él no se molestó en buscarnos cuando desaparecimos, delegando la responsabilidad de controlarlos en mí» —se decía Hisoka, de malhumor.
«¿Por qué estará Tatsumi tan enfadado con la tarde tan bonita que hace?» —pensaba Tsuzuki, todavía un poco afectado por la anestesia, ya que de otro modo estaría molesto porque al final no habían ido a la pastelería.
—Sensei... —musitó Aya, quien se había detenido. Sus amigas implicadas en aquello, Tatsumi y Hisoka también dejaron de andar, mientras que Watari, seguido por el resto de chicas y un desorientado Tsuzuki, continuaba su camino—. Yo... Lamento muchísimo todo lo que ha pasado... —empezó a disculparse, con voz temblorosa—. No debería haber dejado que las otras se llevasen a Asako sin avisarte, ni que corriesen por los pasillos con la camilla... Tampoco debí golpear a la enfermera, pero es que creía que transformarían en chico a Asako...
—Es cierto que querías ayudar a Tsuzuki, pero ese modo de hacerlo...
—¡Lo siento! ¡Lo siento mucho, Tatsumi sensei! ¡Tú confiabas en mí y yo te he decepcionado! ¡Todo es mi culpa! —exclamó, instantes antes de llevarse las manos a la cara y empezar a llorar desconsoladamente.
—A–Aya... —logró decir Tatsumi, incómodo por la reacción, para él inesperada, de la muchacha.
—¡Hala, profe, la has hecho llorar! —acusó Asami.
—¡Qué insensible! —añadió Harumi, aprovechando la situación para meterse con él en su cara.
—Vamos, Aya... —dijo el secretario, apoyando una mano en el hombro de la joven—. Tranquila, no es para tanto... No me has decepcionado en ningún momento, tú sólo has hecho lo que creías que era lo mejor, pero te has equivocado. Basta con que no vuelvas a atacar a nadie sin mi permiso. Además, era previsible que sólo con la ayuda de Kurosaki no podrías controlar a las impresentables que te rodean...
—¡Ey, que estamos aquí oyéndolo!
—¡Eso, sin insultar!
—¡A nosotras, que sólo corrimos por los pasillos y quedamos accidentalmente atrapadas en un ascensor, nos riñes y gritas, y a ella, que lesionó a una enfermera, la consuelas! ¡Eso es favoritismo!
—¡A callar! —ordenó fulminándolas con una mirada que les quitó las ganas se seguir quejándose—. ¡Iros ahora mismo con Watari!
—Sí... —murmuraron con desgana, obedeciendo, seguidas por Hisoka y su dolor de cabeza.
Luego de esperar a que se alejaran, se giró de nuevo hacia Aya y añadió:
—Vamos, deja de llorar. No vale la pena lamentar las cosas una vez no tienen remedio.
—¿D–de verdad n–no estás en–enfadado conmigo? —inquirió con mirada suplicante.
—Claro que no. No me preguntes por qué, pero soy incapaz de enojarme contigo. Supongo que es porque lo tuyo es simple torpeza mientras que lo de tus amigas es gamberrismo —se dijo, ajustándose las gafas.
—Siento ser tan torpe...
—Bueno, forma parte de tu encanto —reconoció, apoyando una mano en la cabeza de la muchacha—. Ahora seca esas lágrimas y apresurémonos, que me parece que Watari no se daría cuenta de que faltamos y se iría sin nosotros.
—Sensei... —musitó, borrando los restos de lágrimas con su mano—. Gracias.
—¿Puedo preguntarte por qué me las das? —quiso saber, desorientado.
—Es que eres tan bueno conmigo... y eso que yo soy un desastre, incapaz de resolver bien ni uno sólo de los ejercicios que nos mandas —confesó, con una tímida sonrisa—. El día que te conocí casi te tiro al suelo, al caerte encima; días después te tiré una libreta a la cara; te tiré la comida por encima... Y ahora ataco a enfermeras durante las excursiones bajo tu responsabilidad...
—Sí, la verdad es que has estado bastante desafortunada en más de una ocasión. Pero... en fin, tú eres así. No le des más vueltas, y no te esfuerces tanto, porque a veces esforzarse demasiado sólo sirve para que las cosas salgan peor.
—¡Lo tendré en cuenta, sensei! —prometió—. ¡Y te prometo...! te prometo... —repitió, más bajo, con las mejillas teñidas de rojo, mientras Tatsumi esperaba, con expresión interrogante—, ¡te prometo que conseguiré hacer algo bien, por ti, para agradecerte tu amabilidad! —finalizó, hablando muy rápido, antes de darse media vuelta y salir corriendo en la dirección en la que se habían ido los shinigamis y las demás alumnas.
El secretario, mientras la veía alejarse a toda prisa, no pudo evitar que una sonrisa asomara a su rostro.
—Es adorable —se dijo, empezando a caminar.
UUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU
Después de una espera en la parada del autobús de casi tres cuartos de hora, Tatsumi llegó a la conclusión de que el conductor del primer autobús que pasó por allí les mintió cuando les dijo que en aquella parada podrían coger uno que los llevase al hostal. Cuando las alumnas empezaban a pensar que tendrían que acampar allí para pasar la noche, una amable anciana pudo decirles al fin dónde realmente debían esperar.
—Me estás clavando el codo en las costillas —reprendía Nami a Ruri.
—Al menos tú sabes dónde está mi codo.
La muchacha no exageraba con aquel comentario. Puesto que de pronto había empezado a llover, cuando apareció el preciado autobús que los conduciría al hostal vieron que iba tan lleno que la gente estaba empotrada contra los cristales. Aquello, sin embargo, no había sido un inconveniente lo suficientemente importante para Tatsumi quien, negándose a esperar ni un segundo más bajo aquel chaparrón, sin garantías de volver a ver un vehículo de aquellos en al menos media hora más, les ordenó que subiesen como pudiesen. Este es el momento perfecto para que saquéis a relucir a las salvajes que destrozaron el museo , habían sido sus palabras concretas y, dado que a ellas tampoco las ilusionaba pillar una neumonía, se las apañaron para entrar, a base de placajes y anteponer objetos punzantes que los de dentro esquivaban.
—Cuanto más conozco a Tatsumi, menos comprendo qué es lo que ve en él Aya, la verdad —confesó Nami, sin miedo a ser oída por el profesor, dado el escándalo que había ahí dentro—. Por muy bueno que esté, no compensa su carácter malhumorado e interesado.
—Es un antipático y un gruñón —apoyó Chie—. Con lo mal que lo pasamos en el ascensor y él tratándonos como si fuéramos unas criminales.
—Ese hombre se merece un escarmiento —declaró Harumi, cuya cabeza asomaba por allí, aunque no podían ver le resto de su cuerpo—. Deberían darle una lección que nunca olvidase, algo para compensar los gritos que nos da. Como diría Ed: Toka koka.
—¿Ha maquinado algo esa mente tuya que podría provocar la Tercera Guerra Mundial? —intervino Hisoka, temiendo lo peor, como venía siendo su costumbre. No es que lo ilusionase la conversación de las muchachas o le importase demasiado si les apetecía jugarle una inocentada a Tatsumi (de hecho aún no le había perdonado que lo abandonase con ellas en el hospital en vez de buscarlos en cuanto se dio cuenta de que no estaban), pero Hisoka necesitaba mantener sus pensamientos bien fijos en cualquier cosa para no volverse loco con la marea de diferentes sentimientos (la mayoría de ellos de enojo o estrés) que sus habilidades empáticas le regalaban por viajar apretado entre cuatro desconocidos.
—Pues se me está ocurriendo una idea para poner al profe en una situación comprometida y, de paso, echarle una mano a Aya en su plan para seducir al profe.
—Yo no recuerdo que ella nunca haya dicho que desee seducirlo, sino que sois vosotras las que estáis empeñadas en eso —le recordó el chico de ojos verdes.
—Bah, eso es porque es tímida y no se atreve a confesarlo.
—¿Y qué clase de plan es? —preguntaron Nami, Chie y Ruri, las otras tres que oían aquello, puesto que el resto estaba en paradero desconocido dentro del autobús.
—Mejor os lo cuento en el hostal, cuando estén las otras —decidió Harumi, con una sonrisa perversa—. Al fin y al cabo será en el hostal donde tendremos que llevar a cabo el plan y, con suerte, hasta conseguimos algo para poder chantajear en el futuro a Tatsumi, ñij, ñij, ñij...
—Intenta que a Aya no le de un ataque al corazón, ¿eh? —pidió Nami—. Recuerda que el viaje se supone que lo hicimos para animarla.
—Descuida, seguro que se animará. Ya lo verás...
«Nota mental: Conviene no tener a Harumi de enemiga» —pensó Hisoka, con un suspiro, echando de menos aquellos días en los que su máxima preocupación era que Tsuzuki volviese a destrozar la biblioteca de los Gushoshin.
Fin del capítulo 10
Notas de la Autora: Tee–hee! Una vez más, poniendo a prueba la fe que la gente tiene en mí xD Hay que ver cómo se me alarga la excusión esta, yo que pensaba que duraría un solo capítulo... En fin, ya me diréis qué os parece si es que aún queda algún masoca que lee esto. Ah, y ya que estoy: ¡Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo!
Vocabulario:
(No repetiré las palabras traducidas en capítulos anteriores, sino podría eternizarse)
McFlurry, sundaes... — Imagino que esto lo sabe todo el mundo, pero son postres del McDonald's. No es que considere esta explicación necesaria, pero es que lo aprovecho para decir que adoro las hamburguesas de rata del McDonald's. Aaah... Donde esté la comida basura que se quiten las ensaladas.
Seguratas — Más que nada por si lo lee alguien de fuera: es una forma muy coloquial de referirse a las personas que se ocupan de la seguridad de los lugares, vamos, a los que llaman cuando hay que echar a alguien a la fuerza.
Silent Hill — Una serie de juegos de play station y ps2 de terror psicológica muy recomendables (sobre todo el 1 y el 3).
Bluebell kick y La higuera estranguladora — En primer lugar perdón por la rallada de nombres, es lo que tiene que Aya sea una friki del mundo vegetal. Para los que no lo sepan, las bluebell son las flores conocidas como campanillas, por su forma, y que, aunque se supone que son azules, para mi percepción cromática son más bien lilas; y la higuera estranguladora o matapalo es un tipo de árbol típico de selvas y zonas tropicales que crece apoyado sobre otro al que va cubriendo para alcanzar la luz y que acaba matándolo.
Chun li y Street Fighter — ¿Realmente alguien necesita esta aclaración? Street Fighter es uno de los videojuegos de lucha más antiguos que hay (creo que el primero era de nintendo, pero no estoy segura) y Chun Li fue la única chica que había hasta la aparición de Cammy, aparte de ser la que protagonizaba un triangulo amoroso con los dos protas Ken y Ryu (aunque en todos lados la ponen como novia de Ken xD).
Toka koka — Esto sólo lo entenderán los fans de Hagane no Renkinjutsushi (amos, Full Metal Alchemist). Toka koka es la frase más repetida de esta serie (por ejemplo por Edward Elric, al que Harumi alude con "Ed"), que viene a significar más o menos "intercambio equivalente". Lo siento, no he podido evitarlo, estoy muuuuy enganchada a la serie xD
Ahora paso a contestar los reviews:
Elanor Blackriver: Wenas! Ya ves, no me secuestraron, pero eso no mejoró mi periodicidad, si es que soy un desastre con el tiempo, y el poco que consigo tener suelo dirigirlo a mis novelas. Me alegro de que te guste el fic y que te caiga bien Aya Sobre Hisoka y Tsuzuki... Ya llegará, ya. Esperaba que fuera más pronto, pero es que, como he dicho, pensaba que esta excursión sólo duraría un capítulo xD Y, sobre la destrucción en el museo, no sé si lo dije, pero está basado un poco en hechos reales vividos por una amiga mía xD Por suerte no se rompió nada (aunque casi xD) pero sí los echaron del museo y tuvieron que gastar el tiempo en un parque xD
Kaoru Yasami: Gracias por el review, me cuidaré, sobre todo por si empiezan a mandar asesinos a sueldo en busca de mi cabeza por tardar tanto en actualizar xD
Dark–san86: Volví xD Parece que el hermano de Aya crea muchas expectativas entre algunas y me parece genial. Saldrá, saldrá, no lo dudéis, todo a su debido momento... La verdad es que también me parece que Tatsumi y Aya hacen una extraña pareja, pero siempre he opinado que para un hombre tan serio con él hacía falta una chica algo alocada, pero dulce, a ver si lo contagia un poco y deja de arruinar a Tsuzuki con los recortes de sueldo.
Balby: Gracias por el review. Continuo, como ves, aunque muy de poco en poco. Ha este paso ya no me acuerdo ni yo de qué iban los primeros capítulos xD
Miyu Sayan: Siento no haber actualizado antes, una es como es y las cosas salen así. Veo que eres del grupo de las que sospechan gravemente del hermano de Aya que no se deja ver. Comprenderás que no pueda decirte si tienes o no razón, ¿no? Pero, si en el futuro vieses que la tienes, siempre me podrás decir un "lo sabía" xD
The Hawk Eye: La verdad es que tienes razón, soy una especialista en plantar un misterio tras otro y tardar siglos en desvelarlos xD Me alegro de que te haga gracia el fic, la verdad es que cuando lo empecé creía que sería más serio (de hecho la comedia se me da fatal), pero supongo que inevitablemente irá haciéndose así conforme avance la cosa (si es que lo hace, que a este paso los echan del insti antes de que avancen en el caso).
Randa1: No te negaré que tu sugerencia de tirar el proyecto fin de carrera por la ventana y lanzarme yo detrás (con el profe bien asido, aunque eso es de cosecha propia) me tentó mucho, pero al final fui fuerte y lo acabé. Ahora soy oficialmente una lacra de la sociedad (en paro, para entendernos). No conozco esa serie de la que hablas, Trinity Blood, pero me has dejado con curiosidad con lo del vampiro sacerdote.
En fin, muchas gracias a los que tenéis lo que hay que tener para continuar leyéndome pese a lo desastrosa y LENTA que soy actualizando. ¡Gracias a tos! ¡Os quiero! Sniff... :D Como siempre, me despido por un tiempo indefinido. Dudas, sugerencias, abucheos, amenazas de muerte, donuts bomba... ¡pinchad el botoncito de los review, donde pone Go! ¡Nos leemos!
