·.·´¯`·.·• ƸӜƷ Atrapando Solteros ƸӜƷ •·.·´¯`·.·•

Darien se preguntó si los golpes lo habían dejado sordo.

—¿Qué has dicho?

—Que estás despedido. Ya no eres mi guardaespaldas. Tu hermano tenía razón, esto era una misión suicida.

—No puedes despedirme. Hemos hecho un trato.

—Ya no hay trato. Se acabó —dijo Serena, levantándose de la cama.

Si Darien hubiera podido moverse la habría abrazado. Estaba tan guapa... y se sentía mejor después de haberle contado la triste historia de su vida. Le dolían los golpes, pero era como si se hubiera quitado un peso de encima.

Gracias a Serena. A pesar de su reacción, le habría gustado abrazarla otra vez. Besarla otra vez. En la privacidad de la habitación, no en el muelle delante de cientos de personas...

Darien sacudió la cabeza, intentando aclarar sus ideas.

—Lo digo en serio. No quiero que te acerques a mí.

—Estás loca, Serena. Lo que acaba de pasar debería probarte que necesitas un guardaespaldas. ¿Qué pasa con Otis?

—Nada. He prometido darle lo que quiere —le aseguró ella.

—La mejor puntuación para Rompehuesos — murmuró él, como si acabara de recordarlo—. Pero no lo has dicho en serio, ¿no?

—Haré lo que tenga que hacer.

—No puedes dejar que te chantajeen de esa forma...

—No pienso engañar a nadie. Voy a renunciar a mi puesto de juez.

—¡No puedes hacer eso! —exclamó Darien, incrédulo.

—Claro que puedo.

—Pero Malachite se pondrá furioso. Perderás tu oportunidad de trabajar en El Epicúreo.

—No pienso darle a Rompehuesos una puntuación que no merece —suspiró Serena—, Y me niego a ponerte en peligro otra vez. Otis podría haberte hecho daño de verdad, Darien.

Otis le había hecho daño de verdad, pero no pensaba reconocerlo. Como no pensaba dejar que Serena renunciase al sueño de su vida.

—Mira, tenemos un trato. Yo soy tu guardaespaldas este fin de semana y tú harás una buena critica del Café Romeo.

— ¡Yo nunca he dicho que iba a hacer una buena crítica!

—Sí lo dijiste. En el avión, después de pedirme que fuera tu guardaespaldas.

—Deberías haberte negado.

—Me negué, pero tú no me hiciste caso. Un guardaespaldas a cambio de una buena crítica, ese es el trato.

—No me entendiste bien. Yo acepté darle una segunda oportunidad al Café Romeo, pero nada más.

—De acuerdo. Yo estoy dispuesto a cumplir mi parte del trato —insistió él—. Y no dejaré que nadie te haga daño. Serena. Te lo prometo.

—Lo sé. Por eso tengo que retirarme del concurso.

A Darien le dolía tanto la cabeza que no podía seguir discutiendo. Pero no pensaba dejar que tirase la toalla porque significaba demasiado para ella. Y porque significaba mucho para él.

No, tenía que encontrar la forma de ayudarla.

A la mañana siguiente. Serena iba a entrar en el ascensor cuando Darien la detuvo. —Deberías estar en la cama.

—Estoy bien —dijo él.

Debía admitir que tenía mejor aspecto. El ojo derecho seguía hinchado y tenía varios moretones en el cuello, pero los golpes en el torso estaban ocultos por una camisa de color azul claro. Cuando el ascensor empezó a moverse, Darien se inclinó para atarse las zapatillas y se levantó después con aparente agilidad.

—¿Qué tal la cabeza? —preguntó Serena. Lo había despertado cada cuatro horas para darle ibuprofeno y estuvo vigilando su sueño hasta las cinco de la mañana. Pero seguramente él no se acordaba.

—Me duele.

—¿Y la memoria?

—También me duele —suspiró Darien—. Pero está bien. ¿Por qué?

—Porque anoche te despedí.

—Y yo te dije que teníamos un trato.

—Haré la crítica del Café Romeo, no te preocupes.

—No estoy preocupado por eso, estoy preocupado por ti. No confío en el loco de Otis y no pienso quedarme en la habitación mientras tú andas por ahí.

—Después de decirle a Malachite que renuncio me iré al aeropuerto.

—No tienes por qué hacerlo. Serena.

—Darien, ya hemos hablado de esto. He aceptado no informar a la policía, pero no voy a juzgar el concurso y no voy a dejar que pongas tu vida en peligro por mí.

—Sólo tienes que hacer lo que has venido a hacer sin pensar en mí.

Como si eso fuera posible... Serena tuvo que disimular una sonrisa. Teniéndolo a su lado sentía escalofríos y, al respirar el aroma de su colonia, en lo único que podía pensar era en enredar los brazos alrededor de su cuello y besarlo como una loca...

¿Lo desearía Darien también? ¿Desearía repetir la experiencia?

Afortunadamente, en ese momento sonó la campanita del ascensor anunciando que habían llegado al vestíbulo. Salvada por la campana, literalmente. Es difícil convencer a un hombre de que no quieres saber nada de él si estás pegada a su torso.

Pero no quería seguir allí mientras Otis estuviera vagando por el hotel y ella no pudiera llamar a la policía.

—Serena, escúchame...

—Hola —Melisa Alfa acababa de aparecer a su lado—. ¿Os habéis enterado de la noticia? — entonces se dio cuenta del aspecto de Darien—. ¿Qué te ha pasado?

—Me caí por la escalera.

—¿Qué noticia querías damos, Melisa? —intervino Serena.

—Rompehuesos está descalificado. ¿Te lo puedes creer?

—¡Descalificado!

—Parece que su promotor, Benny Otis, intentó sobornar a uno de los jueces. Malachite se enteró y lo ha descalificado... Y me voy, que quiero estar presente cuando le den la noticia. ¡La que se va a armar!

Serena se volvió hacia Darien.

—¿Tú has llamado a Malachite?

—Esta mañana. Aparentemente, otra de las jueces se había quejado, pero no tenía pruebas. Así que fui a su suite y le mostré las «pruebas» — contestó él, señalando su cara.

Serena alargó la mano para tocar suavemente el ojo hinchado.

—Muy convincente, imagino.

—Ya te digo.

—¿Y si Otis vuelve a atacarte? Se pondrá furioso.

—No te preocupes por mí —dijo Darien—. Venga, está a punto de empezar el último asalto. ¿Lista para demostrarle a W. Malachite Metelia que eres la mejor?

Serena sonrió.

—Chiba, yo siempre estoy lista para eso.

El chef Rubeus Blackmoon, más conocido como Rompehuesos, no se tomó bien la noticia.

Serena y Darien oyeron los gritos antes de entrar en el auditorio. Todos los chefs estaban en su sitio y todos miraban hacia la cocina número 4, donde Rompehuesos estaba a punto de pulverizar a su promotor.

Pero cuando vio a Serena dejó caer a Otis como un saco de patatas. Rompehuesos se quitó el mandil y lo lanzó a la cara de uno de los jueces.

—¡Me voy!

—No te preocupes, no te hará nada delante de todo el mundo —murmuró Darien.

—Olvidas que está acostumbrado a aniquilar a sus oponentes delante del público —dijo Serena—. Mira lo que le ha hecho a Otis... Le gusta actuar delante de la gente.

Rompehuesos se colocó entonces frente a ella.

— ¡Todo esto es culpa tuya!

Darien se colocó en medio. Era un gesto típicamente machista, pero a Serena le encantó de todas formas.

Rompehuesos seguía mirándola por encima de su hombro.

—Me has fastidiado una vez y yo no dejo que nadie me fastidie dos veces.

—Sólo un cobarde amenaza a una mujer —dijo Darien.

—Hablando de cobardes... me sorprende que hayas tenido agallas para presentarte aquí. Otis me dijo que había barrido el suelo contigo. Y si eres listo, te apartarás de mi camino.

—Y si tú lo fueras, te irías ahora mismo —replicó Darien, sin moverse.

Rompehuesos sonrió, una imagen que podría helarle la sangre a cualquiera,

—Prefiero hacerle daño a alguien.

—¡Corre, Darien, corre! —gritó Serena.

—Apártate —dijo él entonces, echándose hacia la izquierda para esquivar un puñetazo.

Eso enfureció al gigante, que saltó sobre él como un puma. En el último momento, Darien pudo evitarlo y Rompehuesos cayó al suelo con un golpe sordo.

Serena podía ver a W. Malachite Metelia mirando la escena, horrorizado, y a Melisa escribiendo furiosamente en su cuaderno.

Un fotógrafo sacó su cámara, dispuesto a no perder detalle... Gran error. Rompehuesos se levantó de un salto, le quitó la cámara y la lanzó contra la pared.

Los espectadores empezaron a apartarse mientras el luchador se volvía hacia Darien, con ojos asesinos.

—Vas a lamentar esto, gallina.

—Atrévete —dijo Darien.

Pero en lugar de lanzarse sobre él, Rompehuesos se dirigió hacia Serena y la golpeó en la barbilla con un codo.

La pobre cayó al suelo, con los ojos cerrados. Oyó el grito de una mujer y esperó el siguiente golpe, pero no llegó nunca.

Lo que oyó fue el sonido de un puñetazo feroz. Y cuando abrió los ojos, Darien no estaba en el suelo, estaba peleando. La transformación era increíble. Estaba erguido, en la típica postura del púgil, con los puños cerrados.

Rompehuesos se limpió la sangre del labio y rodeó a Darien con los brazos abiertos.

—Prepárate.

—Eso hago, animal.

Serena se quedó sin respiración al ver que Darien lo golpeaba de nuevo en la cara, una, dos, tres veces... hasta que el gigante cayó de rodillas.

Entonces, por sorpresa, lanzó una patada que casi hizo trastabillar a Darien. Pero se mantuvo en pie y le golpeó en la mandíbula. Rompehuesos se dobló hacia delante, ofreciendo un objetivo perfecto, y Darien aprovechó para lanzar un gancho con su izquierda que lo dejó noqueado en el suelo.

—¿Te encuentras bien? —gritó Serena, levantándose.

—Sí, sí... ¿te ha hecho daño? —preguntó él, acariciando su cara.

—Un poquito. Pero ahora podremos comparar hematomas —sonrió Serena.

Darien la abrazó con tanta fuerza que apenas podía respirar.

—Si te hubiera pasado algo...

—Estoy bien, de verdad —dijo ella, abrazándolo. Estuvieron así durante un rato, sin pensar en la gente que los miraba ni en los guardias de seguridad que llegaron para llevarse a Rompehuesos.

—Serena, yo...

Ella se pasó la lengua por los labios resecos, temblando al ver cómo se habían oscurecido los ojos azules. Pero no temblaba de miedo. Nunca se había sentido tan segura como al lado de Darien.

De hecho, no quería apartarse. Y eso sí la asustaba.

—¿Sí? —murmuró. Sabía por intuición que aquel era uno de esos momentos que pueden cambiar la vida de alguien.

—Yo... podría estrangularte —dijo Darien.

Él era el responsable de todo lo que había pasado. Si hubiera salido corriendo cuando le pidió que fuera a Chicago con ella...

—¿Qué has dicho?

Darien tuvo que hacer un esfuerzo para no abrazarla de nuevo. Se sentía como un cavernícola, dispuesto a reclamar a su hembra después de haber peleado por ella. Confuso, se pasó una mano por la cara.

—Olvídalo.

—No te entiendo.

—Yo tampoco. A veces, una conmoción cerebral te hace decir cosas raras.

—Ah.

Pero Serena no parecía convencida. Estaba pálida... y, de repente, Darien vio que perdía el equilibrio. Por supuesto, era lo más lógico después de recibir un golpe de Rubeus Blackmoon.

—¿Por qué no te sientas? —Murmuró, tomándola por la cintura—. ¿Quieres que te traiga algo, un vaso de agua, una taza de té?

—Un whisky —contestó ella—. Doble, sin hielo.

Eso lo sorprendió, pero si Serena quería un whisky le llevaría un whisky. Incluso él tomaría un trago.

Una última copa antes de decirse adiós.

Serena esperó hasta que Darien desapareció en el bar y luego corrió al vestíbulo para buscar un telé fono público. Mina contestó al otro lado.

—¿Dígame?

—Mina, ayúdame. Tengo un problema y no sé cómo solucionarlo.

—Tranquila, tranquila. ¿Dónde estás?

—En Chicago.

—¿Rompehuesos sigue detrás de ti?

—No, es Darien Chiba.

—¿Darien está detrás de ti?

—Sí, bueno... no. No estoy segura.

—A ver, respira profundamente y cuenta hasta diez. Y luego cuéntame qué te pasa. Serena obedeció.

—Muy bien. La cosa es... creo que me estoy enamorando de Darien.

—¿En un fin de semana?

—Una persona puede enamorarse en un fin de semana.

—Una persona normal, no. Un conejo, quizá. Lo que pasa es que está muy bueno. Serena. Ya sabía yo que deberías haberte llevado los preservativos...

—Pero si ni siquiera lo conoces.

—En persona no. Pero he visto fotografías suyas. Ese tío es un cañón.

—¿Qué voy a hacer, Mina? Estoy desesperada.

—Acuéstate con él. Es lo que quieres, ¿no?

—Sí, no... no lo sé.

—Nunca te había visto tan indecisa.

—¡Lo sé! Es que me estoy volviendo loca. Antes de conocer a Darien sabía perfectamente lo que quería.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

—El problema es... que ya no sé lo que quiero.

—Pasar un fin de semana juntos no es un compromiso. No va a pedirte que te cases con él.

Serena no dijo nada, percatándose entonces de lo absurdo del asunto. Entonces oyó un maullido.

—¿Es Artemis?

—Sí, pero no te preocupes, está bien —contestó Mina. Otro maullido, más fuerte aquella vez—. Bueno, tengo que colgar. Artemis está metiendo la zarpa en mi pecera.

—Mina, espera...

Genial. Además de todos los problemas, ahora tenía que preocuparse por su gato. Artemis era lo único que le quedaba si le decía adiós al hombre de sus sueños.

—Hola, Serena.

Ella se volvió, sorprendida. Era W. Malachite Metelia, con una sonrisa en los labios.

—Quería verte antes de que empezase el concurso. Me gustaría pedirte disculpas.

—¿Por qué?

—Por todos los problemas que han ocasionado el chef Blackmoon y su promotor. No sabes cuánto lo siento... pero nos encargaremos de él. Los de seguridad han llamado a la policía.

—No te preocupes... son cosas que pasan — dijo Serena, nerviosa.

—Menudo canalla.Y, como chef, una vergüenza.

—¿No te gustaba?

—¿Gustarme? Ese hombre debería tener prohibido acercarse a una cocina. Es una amenaza para el paladar.

—¿No lo has invitado a participar en el concurso?

—Otis me convenció de que sería una buena publicidad —suspiró Malachite—. Por eso quería pedirte disculpas. Desgraciadamente, no es esta la clase de publicidad que le conviene a El Epicúreo. Pero no estoy aquí para hablar de mis problemas. Quiero que hablemos de negocios... si tienes tiempo.

El corazón de Serena se aceleró. El editor de El Epicúreo quería hablar con ella de negocios. ¡Con ella!

—Claro que tengo tiempo.

—Muy bien. Cuando hablé con el señor Chiba esta mañana me dijo que podría sacarte de Saint Louis... por una cantidad razonable —sonrió Malachite, señalando unos sillones—. ¿Nos sentamos?

Ella obedeció, respirando despacio para no marearse. Intentaba imaginarse a Malachite en calzoncillos para no sentirse apabullada, pero no funcionó. Sin embargo, sí podía imaginarse a Darien en calzoncillos. Y la imagen no la tranquilizaba en absoluto.

Le gustaría tocarlo, besarlo por todas partes, mostrarle lo importante que era para ella...

—Serena... —empezó a decir W. Malachite Metelia.

—¿Sí?

—¿Te encuentras bien? Pareces un poco mareada.

Mareada era poco. Una hora antes estaba dispuesta a tirar la toalla y olvidarse del trabajo en El Epicúreo para proteger a Darien. Pero su sueño parecía a punto de convertirse en realidad.

—Estoy muy impresionado con tu trabajo, Serena. He seguido tus columnas durante varios meses y sé que tienes talento. Y creo que lo estás desperdiciando en el Saint Louis Post. Deberías trabajar para una publicación más importante.

—¿Y tienes algo en mente?

—De hecho, sí —sonrió Malachite—. Me gustaría ofrecerte un puesto en El Epicúreo. El salario es negociable, por supuesto. Pero te daré una prima si tu primer artículo sale en el mes de septiembre.

—¿Tan pronto?

—¿Se te ocurre alguna razón para esperar?

Darien. Él vivía en Saint Louis y ella tendría que irse a Nueva York. Pero Darien Chiba había dejado muy claro que sólo estaba disponible durante aquel fin de semana.

—Tienes razón. ¿Por qué esperar?

—Perfecto. Tu columna posee el estilo ameno que necesita El Epicúreo.

Serena se quedó atónita al ver que tenía el puesto con el que tanto había soñado. Sin embargo, no se sentía feliz.

—Bueno, ¿qué dices? ¿El Epicúreo tiene una nueva periodista en sus filas?

—Primero, déjame decirte cuáles son mis condiciones.

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Hola chicas, aquí les dejo un capitulo mas de esta interesante historia… esta historia esta apunto de terminarse… =( lo sé eso es triste… pero quiero aprovechar la oportunidad para pedirles su opinión… este libro es el primero de una serie de tres que se denomina Café Romeo… las otras dos historias son de los hermanos de Darien bueno… la cosa es que no sé que hacer… quiero subir las otras historias, pero no sé si subirlas de nuevo con Darien y Serena como protagonistas… ¿que opinan ustedes?... ayúdenme a decidir…

Besitos Ángel Negro!