Texto: Letra normal

Diálogos: - Letra normal

Pensamientos: "Letra cursiva"

Rated M por strong language, escenas crudas y contenido para adultos

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto. La historia y los personajes que no son de la serie son míos, especialmente Mei.

Historia basada en Naruto con algunas pinceladas de películas del Studio Ghibli.

Dark horse cover – Our last night


Capítulo 9. El abanico y el lobo

En la sala donde se reunían todos los jefes de los clanes más importantes de Konoha se podía cortar el ambiente con un cuchillo de mantequilla. Hacía horas que iniciaron el debate que daría lugar a la elección del Primer Hokage de la aldea y, puesto que tanto Hashirama Senju como Madara Uchiha habían sido los fundadores de la misma, elegir a un único jefe era algo complicado.

Había clanes que apoyaban a los Uchiha, pero sí era bien cierto que parecía que Hashirama contaba con más apoyo para convertirse en líder. La verdadera discusión comenzó cuando el propio Hashirama dijo que proponía a Madara como Primer Hokage. Los clanes que habían manifestado su preferencia por el Senju comenzaron una fuerte discusión con los que lo hicieron por Madara. Estos observaban y escuchaban la opinión de los representantes de su aldea.

- ¡No puede ser! Hashirama… ¿Es que te has vuelto loco? De acuerdo que los Uchiha ahora son aliados, ¿pero es que se te ha olvidado todo lo que ocurrió durante las guerras? Son demasiado peligrosos, no p-

- ¡Basta! ¡Los Uchiha también perdieron mucho en todos esos conflictos! ¡Lo que pasa es que teméis el Sharingan! ¡Cobardes envidiosos!

- ¡Hashirama le perdonó la vida! ¡Fue él quien comenzó la fundación de la aldea en realidad!

- ¡Sin los Uchiha Konoha no existiría ahora!

Tobirama y Mei estaban presentes también, escuchando todos esos argumentos que iban subiendo de tono. El hermano menor del Senju estaba por petición del propio Hashirama, y Mei representaba al Clan Haruno. Era la única mujer de la sala. Ella se había mantenido imparcial en el asunto, no podía decantarse por uno o por otro. Si por ella fuese, los dos serían Hokages, pero sabía que sólo podía haber uno. Fuera como fuese, le daba igual. Lo que le preocupaba era la reacción de Madara si no era elegido, sobre todo después de estar escuchando cómo tachaban al Clan Uchiha de peligrosos para Konoha.

Llevaba un buen rato con la barbilla apoyada en los dedos entrelazados, callada, mirando a cada jefe que tomaba la palabra que se dirigía a Hashirama o a Madara, o a alguno del resto de los jefes que se oponía a su opinión, pero había una persona que no le quitaba la vista de encima. Los ojos anaranjados de Tobirama escudriñaban la expresión de la diosa lobo, como si estuviera recordándole constantemente lo que él había descubierto la tarde en la que se acercó a la casa de Madara.

No, aún nadie sabía nada de ese hecho más que los propios implicados y Tobirama. Ella intentaba no prestarle atención, sabía que lo estaba haciendo a posta. Pero llegó un momento, sobre todo cuando los jefes comenzaron a elevar demasiado sus voces, pisándose en la discusión unos a otros, en el que Mei desvió los ojos para clavarlos en el del pelo blanco con las cejas fruncidas. "Qué". Tobirama no quitó la vista, y ese choque no verbal no pasó por alto a Hashirama, quien estaba sentado a la derecha de su hermano. El Senju miró confuso a ambos. Al ver que Hashirama no prestaba atención al debate, Madara, sentado al lado de él, también se metió en esa discusión de miradas.

Cuando él llegó a la casa donde le esperaba Mei, todavía sentada a la mesa del salón principal, ella le contó que Tobirama la había encontrado allí, que sabía que habían estado juntos y que venía a avisarle de la reunión con los jefes de Suna. Madara al principio se molestó por el atrevimiento de Tobirama de entrar en su casa así sin más, pero luego no le dio más importancia. Al final iba a saberlo todo el Mundo Shinobi, así que le daba igual.

Lo que les preocupaba más era decírselo a Hashirama. Estaban buscando el momento, pero con esto de elegir al nuevo Hokage, no había ocurrido la situación y momento indicados. Sin embargo, Tobirama opinaba que ESE era el momento ideal.

- ¡Silencio! – Tobirama se levantó de la silla en un brusco movimiento mientras golpeaba la superficie de la mesa para mandar callar a los jefes. Todos los presentes hicieron silencio al notar el cambio en su chacra y al ver que Tobirama se levantaba de esa manera. El hermano de Hashirama no había pronunciado palabra hasta ese momento. – Todo esto es inútil. Sabemos perfectamente que el Primer Hokage debe ser Hashirama. Fue el primero en dar el paso de acercamiento a los Uchiha, siempre quiso zanjar las guerras con ellos y sí, no sólo perdonó la vida a Madara Uchiha, sino que estuvo dispuesto a dar la suya para proteger a su familia aún con los Uchiha derrotados en combate. – Todos le prestaban total atención. Madara no habló, aunque le fastidiara. Al fin y al cabo eran hechos que habían ocurrido. – Sabemos que el Sharingan es un poder aliado muy valioso, pero no debemos olvidar el odio que corre por las venas de sus portadores cuando pierden a alguien querido y se vuelven contra todos, por eso creo que deben ser aliados de Konoha, pero no dirigirla.

- Precisamente por portar ese gran poder podrían liderar y defender Konoha perfectamente. – El jefe del Clan Nara estaba a favor de la dirección de los Uchiha.

- Pero es cierto que si ocurre algo que desencadene la Maldición de los Uchiha contra algún clan, tendríamos muchos problemas. – Los Hyuga, el tercer clan más poderoso de Konoha apoyaba a Hashirama sin dudarlo.

- Exacto. – Tobirama volvió a retomar la palabra. – Y no sólo eso, ¿qué pasaría si además los Uchiha tuvieran algo más que el Sharingan a su alcance si ocurre algún conflicto de nuevo…? - Tobirama hizo una pausa y miró directamente a Mei. Ella le miró confusa en un primer momento. "¿Qué pretende…?". Al instante la chica comprendió. Su rostro dibujó una expresión de sorpresa para pasar a la de la ira mirando a Tobirama. "No puedo creerlo… ¡Maldito imbécil!". Madara también lo había entendido y saltó.

- Tobirama, a qué narices estás jugando.

- A qué juegas tú, deberías decir. Y ella. – Tobirama señaló con el índice primero a uno y luego a otro. – Vamos, niega ahora mismo delante de todos los jefes de los clanes de la Aldea Oculta de la Hoja que Mei Haruno, la dueña del espíritu de Okami, no está enredada contigo.

- ¡¿Qué?!

- ¡¿Cómo?!

- Esto es lo último.

La revelación de Tobirama generó tal revuelo que apenas se podía distinguir lo que decían los unos de los otros. Y las voces y gritos fueron todavía más enérgicos cuando Madara sólo miraba a Tobirama, con el Sharingan girando en sus pupilas, pero no negó lo que había dicho. Y Mei tampoco. La chica tenía la cabeza gacha, haciendo que el pelo le cayese por ambos lados del rostro y se lo ocultase por completo. Se agarraba las dos manos fuertemente sobre sus muslos, haciendo que los músculos de los brazos se le tensasen.

- ¿Cómo es posible? ¿Desde cuándo sabes esto, Tobirama Senju? – uno de los jefes que apoyaba a Madara se hizo oír entre el griterío. Se callaron para escuchar la respuesta del nombrado.

- La noche del ecuador de la época cálida dio para mucho. – Contestó sin más. Mei ya no se pudo contener. Sin levantar la cabeza, comenzó a hablar y su voz sonó dura y llena de rabia. Se notaba cómo apretaba los dientes al hablar.

- Tú… Maldito retorcido… ¡HAS ESTADO ESPERANDO HASTA ESTE MOMENTO PARA SOLTARLO Y QUITAR A MADARA DE EN MEDIO PARA SER HOKAGE! – los gritos de Mei retumbaron por toda la torre. Mientras gritaba esto último, se levantó tan bruscamente que la silla en la que estaba sentada salió disparada hacia atrás. Golpeó con los puños la mesa con tanta fuerza que se tambaleó, a pesar de ser una mesa de mármol puro. Algunos de los presentes saltaron de la sorpresa por toda esa expresión de rabia.

Sucedía todo a la vez. Madara se levantó también al instante sujetando a la chica por un brazo, ya que su arranque había sido tan violento que parecía que iba a saltar sobre Tobirama. Hashirama, hasta esos momentos impetérrito, también saltó de su asiento para poner a su hermano detrás suya, protegiéndolo estirando un brazo hacia él. En ese momento, los ojos de Mei se cruzaron con los de su mejor amigo. Ella tenía las pupilas rasgadas verticalmente y estaba comenzando a jadear, intentando controlarse. Incluso parecía que los colmillos estaban ligeramente más grandes. Parecía más que nunca una criatura salvaje. Su respiración se fue calmando cuando sus globos oculares captaron la expresión del mayor de los Senju.

Dolor.

Un dolor muy agudo y profundo ensombrecía los ojos oscuros de Hashirama. Estaba intentando que su cara no mostrase ninguna emoción, pero la diosa lobo le conocía muy bien, sabía que le había partido el corazón en mil pedazos y, por mucho que ella estuviera convencida de que lo aceptaría, su propio corazón también se encogió cuando se vio enfrentándose a ese momento. Nunca lo hubiera querido así, quería habérselo dicho ella misma junto con Madara, en la intimidad, no delante de todos los representantes de la aldea y de esa manera.

La furia desatada de Mei fue entremezclándose con la culpa y la tristeza. Reparó en la mano de Madara, que le estaba sujetando el brazo e hizo presión para llamar su atención. Le miró. "Ya está. Cálmate." De repente pareció darse cuenta de su postura y de dónde estaba. Miró al resto de jefes con la expresión aturdida y, tras sacudir la cabeza, volvió a mirar a Tobirama.

- Entended que, tras saber todo esto, no podemos fiarnos de que el Clan Uchiha no vaya a imponer su palabra en toda Konoha, terminando en un mandato dictatorial, y con tal poder sería un auténtico baño de sangre si se desata una guerra civil. – La voz del hermano pequeño de Hashirama sonó tranquila, pero firme. Mei viró la cara hacia el suelo. No quería ni mirarle a la cara. Lo había planeado todo.

- Estoy de acuerdo.

- Yo también.

Poco a poco, y tras el shock inicial tras la noticia, los jefes de los principales clanes de la Aldea Oculta de la Hoja manifestaron su apoyo al Clan Senju para dirigir Konoha, esta vez con una prueba difícil de rebatir. Tanto era así, que los clanes que en un principio apoyaban a Madara no dijeron nada o se posicionaron ahora a favor de Hashirama. Estaba hecho.

Cuando la reunión terminó con Hashirama nombrado como Primer Hokage de Konoha, Mei salió disparada de la torre, con los ojos llorosos de la rabia contenida. Nadie la detuvo. Madara y Hashirama se quedaron en la sala cuando todo el mundo la hubo abandonado. Tobirama se quedó unos segundos en la puerta mirando a su hermano mayor, quien le hizo un gesto con la cabeza y el del pelo blanco se marchó cerrando la puerta tras de sí.

Hashirama se levantó de la silla y se acercó al ventanal desde donde se veía una gran parte de la aldea. La luz naranja-rojiza del atardecer engullía toda la habitación, haciendo que pareciera que estaba en llamas. Madara también se levantó de su asiento y se giró para mirar a su amigo.

- ¿Cuándo ibais a decirlo? – A pesar de estar aguantándose como podía, el tono del Senju fue sereno.

- Pronto. Pero no era el momento, ni lugar, Hashirama. Tobirama ha jugado muy sucio. – Madara también estaba haciendo un esfuerzo soberano en no ir detrás de él y partirle en dos. – No tenías que enterarte así. Ha sido deshonroso. Para nosotros y para ella.

- ¿La quieres? – El castaño se giró bruscamente, mirando con intensidad al Uchiha. Madara le sostuvo la mirada con firmeza.

- Sí. – No iba a dar una respuesta más larga. Tras unos momentos que parecieron eternos, Hashirama bajó la mirada, lanzando un larguísimo suspiro, como si estuviera echando un enorme peso de su interior. Cerró los ojos y de repente parecía que se había echado 10 años encima.

- No sé por qué me sorprende… - Murmuró más para sí mismo que para que Madara lo escuchara. – Tú siempre estuviste un paso por delante de mí en su corazón y yo lo sabía.

- Hashirama… - A Madara sólo le importaban Mei y su mejor amigo fuera de su clan. Ver a su eterno rival y compañero así le hizo sentir muy, muy mal.

- Me alegro. – Madara se sobresaltó ante esa declaración. Hashirama le miraba con los ojos llenos de tristeza, pero le sonreía. – Está claro que Mei es un bicho más raro aún por escogerte a ti, pero me alegro… Sois mis mejores amigos, vuestra felicidad… Es la mía. – Hashirama extendió una mano hacia el moreno, en un gesto de conciliación. "Hashirama…" Sí, sería un gran Hokage, eso estaba claro. Muy en el fondo, Madara estaba realmente cabreado porque el Senju fuera a ser el Primer Hokage de la Hoja, pero en esos momentos ese pensamiento quedó apartado.

- Gracias… - el líder de los Uchiha le estrechó la mano con fuerza. Madara no habría conseguido ser Hokage, pero había conseguido algo que no estaba bajo ninguna votación de los jefes de los clanes, ni bajo ningún papel oficial. Se había llevado a Mei. Había ganado más que perdido.

- Tenemos muchísimo que hacer, Madara. Mañana será la ceremonia de nombramiento y, a pesar de que vaya a tomar esa posición, tú seguirás siendo parte de todas las decisiones en Konoha… Mei también. Aunque bueno… No sé… Me imagino que ella ya no será una Haruno… - Hashirama se llevó una mano detrás de la cabeza.

- No le he pedido matrimonio… Todavía. – Todo lo que estaba ocurriendo era un verdadero quebradero de cabeza. El nombramiento del Primer Hokage, Mei como futura matriarca del Clan Uchiha… Eso hizo que el mal humor perenne del moreno creciese.

- ¿Tu clan estará de acuerdo con todo esto?

"No" – Mi clan estará de acuerdo con lo que yo crea mejor, Hashirama. No tienes que preocuparte por eso. – pero en realidad sí tenía que preocuparse. Más adelante, el hecho de estar por debajo de los Senju en Konoha ocasionaría en el clan del Sharingan un malestar creciente.

- De acuerdo… Ahora, quisiera estar solo un momento. Muchas emociones… - Tenía que dejar que el tiempo curase la herida abierta en su corazón. Y quedaba hablar con Mei. Hashirama frunció el ceño, molesto.

- Claro… Shodai Hokage. – Madara le dio la espalda y se marchó, dejando a Hashirama perdido en sus pensamientos mientras volvía a mirar por el ventanal de la torre. Torre que se llamaría la Torre del Hokage a partir de esos momentos y desde donde Hashirama velaría por los aldeanos de la Hoja.

El Senju no terminaba de asimilar todo lo que había ocurrido en tan poco tiempo. Mei estaba con Madara, le había elegido a él. Ese hecho eran piedras en su alma. Amaba a su amiga y el egoísmo del amor hacía que sintiera el fuego de los celos recorrerle el pecho, creando en su interior un sentimiento oscuro hacia su mejor amigo. Incluso hacia la chica en unos primeros instantes, ya que se había sentido traicionado de alguna manera. Pero no. No era así en realidad. Mei no era nada suyo. No era de nadie en verdad. Y ella siempre se había inclinado por el Uchiha. Siempre. Al fin y al cabo, eran dos personas que quería muchísimo y eran de suma importancia en su vida. Si ellos eran felices, suponía que él también lo sería.

"Entonces, ¿por qué no dejo de sentir como si me estuvieran clavando y retorciendo un cuchillo por dentro…?" Hashirama sabía que tendría que tragar con ese sentimiento de pérdida. No lo podía evitar. Volvió a suspirar pesadamente. "No he luchado por ella como tal… Tomé una postura de resignación. Si hubiera decidido ir por ella, seguro que Madara y yo nos hubiéramos peleado. No. No podía ser eso. Somos los fundadores de Konoha, debemos proteger la aldea, no matarnos por una mujer. Ahora yo debo ser el mayor protector de la Hoja. De mi familia. Y ellos son parte de ella. El tiempo… Sabrá poner cada cosa en su lugar". La mente del castaño intentaba con todas sus fuerzas dar sentido a que, si era normal que Mei estuviera con el Uchiha al fin, por qué él no dejaba de tener el corazón roto. Hashirama se quedó pensando en todo esto hasta que la luna se elevó en el cielo. Otro día más en Konoha. Y unas horas más tarde, sería nombrado Hokage.

Lejos de allí, en los frondosos bosques de alrededor, los ojos escarlatas de Madara rastreaban toda la zona en busca de Mei. Desde que se había ido de la torre esa tarde, no había podido encontrarla. No estaba en su casa ni en la de él. Tampoco la sentía en la aldea, así que supuso que se había marchado al bosque.

Ella hacía eso algunas noches, sobre todo las de luna llena, salía en mitad de la oscuridad para convertirse en esa estela blanca que corría a toda velocidad por las lindes de Konoha. De cuando en cuando, se escuchaba a lo lejos el bello lamento del aullido de Okami. Lo que ahora ocurría es que parecía que se la hubiese tragado el bosque. Madara se estaba empezando a impacientar. No estaba preocupado por ella. Sabía apañárselas solita. Pero quería verla, hablar con ella de lo que había ocurrido. Le inquietaba profundamente que Mei no estuviera bien y el sentimiento de partirle la cara a Tobirama era igual de intenso.

Cuando su cerebro le jugó una mala pasada y se le cruzó la idea de que ella podría romper la reciente relación que había florecido con él por todo lo que estaba ocasionando, comenzó a llamarla a gritos. Ya le importaba un cuerno parecer estúpido, sólo quería encontrarla. Se tiró otro buen rato vagando entre los altos troncos de los árboles, cuya corteza parecía ahora tan negra como su pelo. Entre las copas, se colaba de cuando en cuando la luz plateada de la luna, pero era muy escasa, apenas se veía nada. El Sharingan del Uchiha giraba lentamente en sus ojos, proporcionándole visión suficiente para que la oscuridad no fuera un problema.

Ahuecando las manos alrededor de su boca, siguió llamando a su pareja, sin éxito. Terminó dando con sus huesos en un enorme claro en mitad del bosque. La hierba era corta y tierna, parecía una moqueta de naturaleza mullida colocada a posta. Madara vio una enorme piedra gris con la superficie plana en medio de la abertura circular que constituía el lugar, libre de árboles. Entre las briznas de hierba y en el aire, podía adivinarse alguna que otra luciérnaga. Madara se sintió como en un deja vù, pero entonces se dio cuenta de dónde se encontraba. Era el claro donde, en las noches de bochornoso calor, Mei y él se habían sentado encima de la roca a contemplar el cielo nocturno. Donde el jovencísimo Uchiha empezó a pensar en Mei como en algo más que una compañera de juegos.

Suspiró, cansado, y se acercó lentamente a la piedra que surgía desde la tierra. De un solo salto, subió encima de la pétrea formación y se sentó. Echó su cuerpo hacia atrás, apoyando las palmas de las manos, y elevó sus ojos rojos al techo negro-azulado. Rememoró los momentos con Mei en ese mismo lugar, perdiéndose en sus recuerdos.

"- Oye, ¿alguna vez has visto tú a esa loba blanca…? Esa de la que habla tu hermana y que Hashirama y yo vimos en el río… Esa… Loba Okami. – Mei le miró al escucharle, algo despistada al salir de su hipnosis por el satélite blanco.

- ¿Okami?... La loba… Mmmmm, puede… - Se encogió de hombros sonriendo. – Puede que la haya visto alguna vez.

- ¿Puede? Eso no es una respuesta, o la has visto o no la has visto. – Madara pensó que a veces le costaba pillar a su extraña amiga.

- ¿Y si la llamamos? – Ahora Mei se inclinó hacia él para acercar su cara, mientras enseñaba los dientes en su sonrisa, con un destello travieso en los ojos. Madara la miró confuso y asombrado, inclinando su cuerpo levemente en el mismo sentido que en el que Mei se le había acercado, alejándose mientras elevaba un brazo hacia ella para impedir que se pegara tanto.

- ¿Cómo que si la llama…? – La pregunta murió en sus labios y abrió mucho los ojos cuando Mei echó la cabeza completamente hacia atrás y lanzó un aullido al cielo.

- ¡MEI! ¿¡Qué haces!? ¿¡Estás loca?! ¡Puede oírte alguien, so boba! ¡Ladrones o algo peor! – Madara sacudió su hombro furioso para que dejara de aullar. La verdad es que estaban muy metidos en el bosque, a bastante distancia de su aldea.

- ¡Vamos, Madara! ¡Ayúdame a llamar al espíritu del lobo blanco del bosque!"

Madara sonrió. A veces había pensado en hacer lo mismo cuando Mei se marchó definitivamente de su vida aquel día en que sucedió el encontronazo entre su familia y la de Hashirama en el río. Abrió los ojos y lanzó una corta carcajada.

- Debo de estar completamente gilipollas por ella para terminar haciendo esto. – se dijo a sí mismo en voz alta. Volvió a colocarse las manos alrededor de la boca y esta vez, en vez de llamar a Mei por su nombre, lanzó un aullido simulando a un lobo. Era algo ridículo y raro ver al orgulloso jefe del Clan Uchiha en medio de un claro, solo, aullando. Eso fue lo que pensó el moreno cuando terminó su cómica acción. De imaginarse a él mismo, volvió a reírse por dentro. Pero instantes después, notó algo hacia el este desde su posición. Su enorme capacidad sensitiva como ninja le alertaba de presencias mucho antes que otros shinobis. Se quedó quieto, dejando que le llegara la información de esa esencia.

La reconoció a medida que se fue acercando y esperó paciente encima de la roca. Una figura canina enorme y blanca asomó entre los troncos que rodeaban el claro. Okami no hacía nada de ruido al moverse, dejando que los grillos y pequeños sonidos de otros animales del bosque formasen la orquesta nocturna. La loba elevó su hocico, olfateando. Madara la observó desde su posición. No se cansaría nunca de mirarla. Ya fuera en forma humana o en forma de lobo. Mei y Okami eran tan hermosas que parecía casi imposible que fueran reales. Pero sí lo eran y ahora la diosa del bosque le devolvía la verde mirada.

En completo silencio, Madara se bajó de la roca. Okami avanzó despacio hacia él. El Uchiha volvió a sentir que tenía apenas 14 años y que todavía no sabía que la mujer a la que amaba y la enorme loba compartían sus identidades. Cuando Okami estuvo suficientemente cerca como para tocarla, Madara elevó una mano y acarició el largo hocico, subiendo entre los enormes ojos del animal. Hundió sus dedos en el pelaje de la cabeza y se acercó por un lateral de la misma para rodeara el cuello de Okami con el otro brazo. La loba movía la esponjosa y nívea cola lentamente de un lado a otro hasta que bajó sus cuartos traseros, sentándose en la mullida hierba.

Madara recostó su cara en el comienzo del cuello de Okami. Los sonidos nocturnos del bosque, las luciérnagas pululando y la suave brisa junto con la calidez y suavidad de la loba hicieron que el Uchiha relajara cada músculo de su cuerpo y cerrara los ojos, libres ya del rojo de su Kekkei Genkai. Aspiró profundo por las fosas nasales. Okami olía a hierba mojada, a sol, a hojas, a corteza… Todo mezclado. Lo transportaba a cuando era muy pequeño y se perdía en el bosque que rodeaba su casa. Sintió los fuertes pero lentos latidos del corazón del can.

Pum, pum. Pum, pum.

Esos momentos en los que Mei le regalaba la presencia de Okami sólo para él pasarían a formar parte de los recuerdos más preciados del joven Uchiha. Madara se perdió en sus pensamientos mientras acariciaba distraídamente el costado de la loba, viendo cómo sus dedos aparecían y desaparecían entre el pelaje blanco-plateado. Okami ladeó la cabeza y envolvió un tanto a Madara por la espalda, simulando una especie de abrazo.

- Necesito decirte algo.

Okami movió las orejas al escuchar la voz del moreno romper el silencio de la noche. Madara seguía acariciando al animal mientras hablaba.

- Hashirama será el Primer Hokage de Konoha, como bien sabes. – Okami movió la nariz, recogiendo olores del entorno, mientras ponía las orejas puntiagudas tiesas en dirección a su interlocutor. – Creo que no hace falta que explique por qué muchos dirigentes de mi clan van a poner el grito en el cielo ante tal hecho. No van a quedarse de brazos cruzados… - Madara endureció el gesto. Él mismo no estaba del todo calmado con ese tema. Se sentía despreciado y le estaba costando acallar la voz interior que le susurraba que el Hokage tenía que haber sido él y que por culpa de Tobirama todo se fue al garete. – Además, justo ahora nosotros… - hizo una pausa y tragó saliva. Si tenía que hacer un largo discurso sobre guerra, su clan o ninjutsus, Madara podía ser el hombre más hablador de todo el Mundo Shinobi. Sin embargo, como era costumbre, le costaba horrores salir de esos temas para tocar las relaciones personales y los sentimientos, pues se sentía expuesto. Era comprensible. Las personas amadas de los Uchiha eran su punto más débil, con lo que ellos mismos creaban un sólido escudo hacia el exterior de esos sentimientos. Tenían mucho que proteger tras ese escudo. – No te lo voy a negar, no harán una fiesta al enterarse de que te he escogido como compañera. Sin embargo, yo soy el jefe. Y cuando vean que tu espíritu del bosque es una Uchiha, terminarán por aceptarlo de buena gana. – Okami levantó la cabeza, olisqueando todavía el aire. La coronilla de Madara quedaba justo debajo de su mandíbula inferior.

El moreno sintió cómo la energía del lugar cambiaba de espectro y contempló la transformación de la loba entre sus brazos. Las imágenes de Okami y Mei se superponían poco a poco a la vez que la figura de la loba cambiaba de tamaño y forma. Ahora eran los ojos de Mei los que miraban a Madara. Él no había movido sus brazos y ahora quedaban a la altura de la cintura de la chica, y ella había descansado los brazos entorno a su cuello. La mirada de Mei titiló.

- ¿Por qué la gente busca poner una losa encima de los Uchiha? Como si fueran monstruos que sujetar con una correa. Como si por tener el Sharingan necesariamente tuvieran que destruir todo a su paso… - Mei agachó la cabeza. Bajó los brazos un poco y cerró los puños sobre las clavículas de él. – No saben ver… - La mirada de Mei se entristeció.

- El miedo. – Mei levantó la vista, confusa. – Cuando las personas tienen miedo por algo que no comprenden, se defienden de ello.

- ¡Já! – Mei se separó de él dándole la espalda y se cruzó los brazos, molesta. - ¿Es lo que le pasa a Tobirama? ¿Es un miedica?

- No. Tobirama tiene razones para meternos una katana por el culo si por él fuera. – Mei se giró sorprendida ante la dureza de sus palabras. – No somos santos, Mei. Ni los Senju, ni nadie. Todos tenemos las manos manchadas de sangre. En concreto, Tobirama las tiene manchadas de la sangre de mi hermano. No tienes ni idea del esfuerzo que tengo que hacer cada día para no rebanarle el cuello. – El tono de Madara sonó peligrosamente grave. Mei se inquietó. – Si no lo he hecho, es por Hashirama. Yo también llevé a la tumba a muchísimos Senju. Si te dijera que me arrepiento, te mentiría. – Mei volvió a bajar la cabeza con el rastro de la tristeza pintando sus facciones. – Pero ahora Konoha es nuestro hogar. – Él se acercó a ella para posar su mano bajo su barbilla y obligarla a mirarle. – Tú eres mi hogar. Me pesa más mantener lo que hemos construido y que tú estés conmigo que matar al asesino de Izuna. – Mei abrió mucho los ojos. Tenía que ser durísimo para Madara mantener equilibrada esa balanza entre el amor y el odio que sentía en la Hoja. – Mei… Sé mi mujer. Sé la líder del Clan Uchiha. – Ni pregunta, ni de rodillas, ni nada. Madara le pidió matrimonio a la chica de esa manera que sólo los Uchiha podían tener. Orgullosa, pero cargada de sentimiento en cada fibra de su ser.

Mei pasó de la tristeza a la sorpresa para terminar con una sonrisa que no le cabía en la cara. Selló la respuesta con un beso en medio de su claro. Donde poco a poco esa historia fue naciendo y que ahora los veía crecer.

Por unos instantes, el beso fue simple, calmado. Sólo disfrutaban de su presencia. Se separaron y el Uchiha pudo ver otra vez ese destello especial en las redondas pupilas de la muchacha.

- Sólo si me haces mujer ahora. Aquí mismo. – Ella era perfecta para los Uchiha. Directa, orgullosa, con muchísimo carácter, fuerte. Y a la vez cariñosa, alegre, bondadosa y sobreprotectora con sus seres queridos.

- No lo digas dos veces. – Madara le hundió tanto la mano entre su pelo castaño como la lengua en su garganta. Como si una chispa minúscula hubiera caído en un charco de combustible, el fuego imparable del deseo volvió a engullirles las entrañas. Mei también introdujo sus manos en la parte posterior de la cabeza de Madara, atrayéndole más hacia ella, si cabía. Madara la sujetó por la cadera y ladeó la cabeza para posar su boca sobre el cuello de Mei. Ella ronroneó con gusto.

Lamió desde el final del hombro hasta la parte inferior de la mandíbula de la mujer, mordiendo de vez en cuando la sensible zona. Mei lanzaba suspiros pesados al aire, diciéndole entre ellos que siguiera. Entonces Madara subió un poco más, hasta el lóbulo de la oreja iziquierda de ella. Atrapó entre sus labios esa zona tan erógena. Mei se volvió loca.

- ¡Mmmmmmmmmmm! ¡Ah! ¡Qu-Qué haces…! – Mei cerró los ojos con fuerza para soportar la intensidad de ese violento estímulo para su cerebro. Nunca, jamás, nadie le había hecho eso. Sus oídos eran muy sensibles. No sabía si era porque era así o porque compartía la sensibilidad con su forma lobuna.

- Sssssh… Déjame decirte algo… - El aliento cálido del moreno golpeó suavemente su pabellón auditivo. Entre la saliva, el calor y los cosquilleos de los susurros, Mei entró en una espiral de placer muy, muy intenso que hizo que no pudiera controlar los gemidos que salían de su garganta. Se colgó como si fuera a caerse en cualquier momento de la ancha espalda de Madara y se agarró a su suave y largo pelo negro como ala de cuervo. – No es normal lo que me haces. Me vuelves loco, mujer. – Él alargó la última letra de la última palabra que dejó en el oído de su amante simulando un suave ronroneo. Mei creía que podía morirse ahí mismo. Una cosa era que la encendiera el cuerpo y otra, la mente. Por no decir que era él, Madara. No se hubiera imaginado nunca esa faceta tan ardiente. Y simplemente la estaba fascinando. – Me encanta tocarte… Eres mía. Mía. – pasó sus dedos a lo largo de la longitud de las hebras semidoradas de la chica. – Toda mía… - Regresó sus labios los de ella, besándola, mientras comenzaba a bajar los tirantes de la sencilla camiseta de lino gris que llevaba Mei. Ella se rió contra su boca y se separó unos centímetros. Le miró con los ojos entrecerrados y húmedos.

- ¿Y tú eres mío? – le lanzó un mordico al labio inferior. – Dilo. Di que eres mío.

- Soy tuyo. – Mei temblaba de emoción. El más poderoso de todos los Uchihas, tan soberbio y prepotente. Tan oscuro y atractivo, deshecho de deseo entre sus dedos. Era demasiado placentero. Sentía su ego henchido de orgullo. Que ese hombre fuera como un gatito cuando le dejaba tocarla y la intensa adoración que le transmitía cuando la miraba así hacía que se sintiera la mujer más poderosa del País del Fuego.

- Oh, Madara… - La chica lobo agarró sus pequeñas manos por encima de las fuertes de él y comenzó a guiarlas por su cuerpo. El cuello, los hombros, los pechos, los costados. Mei hizo presión para que una de las manos de Madara se escurriera por dentro del dobladillo de la falda larga roja oscuro que llevaba y llevó la otra a su cara, donde hizo que el joven Uchiha posara la palma en su mejilla y mordió suavemente el dedo gordo que le quedaba a la altura de la boca. Luego, lamió su dedo sin dejar de mirarle y sin retirar su mano de la parte superior de la propia mano del chico que se encontraba debajo de su vientre. Como si estuviera tocándose ella misma, movió los dedos de su amante entre sus pliegues, dirigiendo sus dedos en movimientos circulares.

Ahora fue la chica la que dejó a Madara con la boca abierta, jadeando. ¿Es que el descaro de la diosa lobo no tenía límite? La joven paseó su lengua por el dedo del Uchiha y terminó succionándolo entre sus labios. La mente de Madara estaba borracha de la imagen sumamente erótica que le regalaba Mei. Las ganas de abalanzarse sobre ella fueron insoportables. De un brusco movimiento, quitó sus manos de donde las tenía sujetas Mei y se las llevó al trasero, impulsándola para que ella enroscada sus piernas alrededor de su cintura. Lamiéndole los labios con desesperación, como si se muriese de sed si no bebía de ellos, caminó con Mei encima hasta posarle la espalda en la fresca superficie de la roca del claro. Dejándola algo apoyada, le subió la camiseta hasta dejar sus turgentes senos a la vista. La piel cremosa de Mei resplandecía en la noche. Tenía los pezones duros como la propia formación rocosa en la que se apoyaba. Madara se revolvió para quitarse la camisa cruzada típica de los Uchiha y con una mano se bajó los anchos pantalones, arrastrando la ropa interior, mientras que con la otra sujetaba todavía a la chica.

Madara comenzó a restregarse contra ella por encima de la telilla de la ropa interior femenina. Las mejillas de Mei estaban encendidas y le brillaban los labios entreabiertos. Gemía al aire, sin pudor. Madara pellizcó su pezón derecho mientras que lamía de nuevo su cuello sin dejar de realizar el vaivén de su cadera contra ella. Las uñas de una de las manos de Mei comenzaron a dibujar surcos sobre la piel que envolvían esos músculos de acero de la espalda. El suave dolor rozaba el placer, y él también terminó por no poder controlar los sonidos de su garganta.

Con la respiración descontrolada, Madara hizo un esfuerzo por separarse un poco y mirarla directamente a los ojos.

- Pídemelo. – Soltó en una violenta exhalación.

- ¿Qué…? – la cabeza de la loba estaba embotada en deseo y le miró confusa.

- Pídeme que te la clave hasta que veas las estrellas. – la voz ronca de Madara hizo cosquillas en su corteza cerebral, haciendo que su columna le mandara un rayo que le recorrió el estómago y punzó en el centro de su sexo.

- Sí. – Mei no iba a hacerse de rogar. No ahora, por Kami. Que le pidiese lo que quisiera. – Sí, hazlo. Hazlo. ¡Clávamela hasta que me hagas perder el sentido!

Madara se pegó a su cuerpo, sujetando sus glúteos con fuerza, marcándole los dedos en la piel para levantarla un poco más. Dejó su boca justo en su oreja, como antes, y volvió a susurrarle.

- Retírate las bragas… - Estaba siendo el momento más ardiente de toda su vida. Mei metió una mano entre ellos y se echó hacia un lado la fina ropa interior roja que llevaba. Madara movió la cintura para colocar su miembro, duro en su plenitud, en la entrada de la joven. - ¡Hmpf…! Joder… Estás ardiendo… - Madara fue introduciéndose muy lentamente entre los labios de su coño, empujando despacio pero sin parar. Mei notaba cada trozo de piel, cada vena y cada pliegue del sexo de su amante metiéndose dentro de ella. También notaba el calor que él desprendía. Se le nublaron los ojos y la mente. Madara hizo mucha presión cuando la base de su tronco llegó a hacer tope con la piel de Mei. Gimieron muy alto.

- Muévete. – fue una orden. Apoyada en la roca, sujetándose al cuello de Madara a la vez que él la elevaba del suelo entre sus fuertes brazos, Mei presionó los talones en los glúteos del Uchiha, instándole a moverse. Madara movió la cara para mirarla. Las pupilas de Mei se rasgaban un poco en vertical, salvaje, como era su esencia.

Madara comenzó a salir lento de ella para volver a ejercer presión y meterse.

- No. No… Más rápido… - Mei estaba que reventaba. Necesitaba que la follara sin gentileza, sin miramientos. Madara obedeció, puesto que él también estaba conteniéndose para ser un poco más "caballero". Pero si ella lo quería así, así sería. Pronto se comenzaron a escuchar los duros choques que hacía la cadera de Madara sobre la de Mei.

Se llenaron de arañados, mordiscos y saliva. Parecía que no hubiesen estado juntos en años. Mei agarró fuertemente el pelo de Madara y le tiró igual de fuerte hacia abajo, haciendo que él elevara la barbilla al cielo con un quejido. La tráquea de él quedó al descubierto y Mei se inclinó para sacar la lengua y recorrer de arriba abajo la piel de la zona. Un sonido gutural se escapó de la boca de Madara. Él cerró los ojos, llegándole todos los estímulos que le proporcionaba las células sensitivas de su piel. Calor, suavidad, humedad. Sin dejar de moverse hacia delante y hacia atrás, le revoloteó una media sonrisa en la comisura de los labios. Si tuviera que morirse algún día, que fuera así.

Mei dejó de tirar de la base de su cuero cabelludo y él pudo volver a bajar la cabeza. Se besaron. Sus lenguas se retorcían la una sobre la otra por fuera de sus bocas. El acto estaba desbordado de lujuria. Querían quemar toda la química que les corría por las venas, y así estaba pasando.

Cuando Madara notaba que si seguía así, terminaría por explotar, decidió parar. Se agachó un poco para hacer que los pies descalzos de su chica llegaran a la hierba y, cuando ésta estuvo en pie, la cogió de los hombros y la giró, haciendo que quedara contra la roca, esta vez de cara. Mei, sabiendo sus intenciones, se puso de puntillas.

Madara terminó por quitarle la fina tela roja de sus bragas, las cuales quedaron enrolladas en uno de los tobillos de Mei, apoyó una mano en la estrecha espalda de ella y con la otra se guió hasta volver a colocarse en ella y meterse. Desde esa posición, Madara llegaba hasta puntos que hacían que Mei encogiera los dedos de los pies.

- Pffff… Sí… - Madara se echó sobre ella y llevó las manos a sus pechos, estrujándolos, a la vez que posaba los labios entre sus omoplatos.

Mei jamás había dejado que nadie se posicionara de esa manera al tener sexo con ella. Para la chica lobo era especialmente íntimo que un hombre la montara como hacían la mayoría de mamíferos. Le ardía la cara. Tenía lágrimas aguando sus ojos y no pudo evitar sacar la lengua mientras jadeaba. Sintió cómo sus dos almas, la propia y la de Okami, se entrelazaban en ese momento en su interior, experimentando esas oleadas de placer al ser tomada así por Madara.

No pudiendo contener el fuerte orgasmo que contraía sus músculos, Mei arqueó la espalda hacia atrás, dirigiendo su cara hacia arriba. El gruñido que tronó en su garganta fue salvaje al estallar sus células nerviosas en millones de endorfinas. Madara notó cómo se iba su compañera, pero él todavía no había terminado. Para no incomodar a la deshecha Mei, bajó muchísimo el ritmo, dejando que las paredes del interior de la chica terminaran de sufrir los últimos espasmos.

Después, Mei, apoyándose con las manos en la piedra, giró su cara para mirarle. "Sigue" No lo dijo. Él lo leyó en sus labios. Que ella le mirara de esa manera al tenerla así y le animara a seguir… Mei seguía sin retirar la mirada. La expresión de su rostro era de una sensualidad sin parangón. Madara la cogió de los brazos, echándoselos hacia atrás para sujetarse mientras la penetraba más deprisa. Gracias al orgasmo, los fluidos de ella hacían que la longitud del Uchiha resbalara con totalidad. El calor era insoportable. Ella se mordió el labio inferior. "Dioses…" No pudo frenar y el moreno explotó en una violenta corrida. Se agarró desesperado a la cintura de Mei y se inclinó hasta apoyar a frente en su espalda, mientras apretaba los dientes y se dejaba liberar.

Notaba cómo el Sharingan había saltado en sus ojos justo antes de eyacular. "¿Es que no puedo tener el más mínimo control con esta mujer…?" Las respiraciones de ambos fueron acompasándose a medida que los latidos de sus corazones regresaban a la normalidad.

Madara, con un quejido por parte de los dos, salió de ella. Mei tardó unos segundos en incorporarse del todo y darse la vuelta. Se colocó de nuevo bien la ropa y se dejó caer hasta el suelo, apoyando la espalda en la piedra. Él también hizo lo propio, colocándose mínimamente de nuevo las prendas, y se sentó a su lado. Mei pasó sus piernas por encima de las de él, recostándose de lado en su pecho, abrazándole por la cintura. Madara la rodeó con sus brazos y apoyó la nariz en su coronilla. Cerraron los ojos un momento.

- Madara… - Mei le llamó en voz muy baja.

- ¿Mmm? – él estaba traspuesto tras el intensísimo momento que habían tenido.

- ¿Crees que nuestros hijos heredarán algo de Okami y el Sharingan?

"Hijos… Mis hijos, y los de Mei" Madara sonrió aún con los ojos cerrados.

- No lo sé. Tendremos tiempo de averiguarlo. – "Una familia…" Algo más latió en su pecho esa noche, a parte del inmenso amor que había terminado de florecer por la mujer que tenía entre sus brazos. La esperanza de que, en un futuro próximo, tendría de nuevo una familia propia.


Pasó un tiempo desde aquella tarde en la que toda Konoha se enteró de que Mei Haruno y Madara Uchiha estaban comprometidos. Al principio el revuelo y expectación que supuso ese enlace no se hicieron de rogar y fue la comidilla de toda la aldea. Pero mucha gente había visto cómo los dos tenían una cercanía especial cuando iban por las calles de la Hoja y, con la noticia de que Hashirama, apreciado por la mayoría, iba a ser el Primer Hokage, el suceso se tomó como algo medianamente positivo.

La villa quería a Mei. Se había ganado el cariño de mucha gente, y que fuera a ser la matriarca de los Uchiha era algo que la gente veía con buenos ojos. Tendrían a una persona apreciada entre el clan que despertaba todavía dudas y temor.

La tarde del nombramiento de Hashirama Senju como Hokage fue una auténtica celebración. Mei y Madara estuvieron presentes y esa noche la aldea organizó una pequeña fiesta improvisada. Cuando cada uno iba un poco a su bola, Mei aprovechó para acercarse a su mejor amigo. Hashirama vestía con el traje característico de Hokage y se apartaron un tanto.

- Hashirama… Felicidades. – Mei le dio un suave abrazo.

- Gracias. – él la miró. Oh, todavía dolía. – A ti también, supongo.

- Sobre eso… No tendrías que haberte enterado así…

- Madara me dijo las mismas palabras. – Hashirama la cogió de la barbilla para hacer que le mirara, pues ella tenía la cabeza gacha y la mirada crispada. – Sólo déjame un poco de tiempo para aceptarlo. Sois mis dos mejores amigos… Y me alegro. – las lágrimas comenzaron a surcar las mejillas de ella. Se sentía tan mal por haberle roto el corazón. No lo merecía. Pero era un daño colateral que no podía evitar.

- Hashirama… Gracias. – Volvió a abrazarle, esta vez por completo, mientras apaciguaba un poco el llanto, mojando la túnica del Shodaime.

Poco a poco, fue normal ver a Madara y Mei juntos por las calles de Konoha. Su boda iba a celebrarse en pocas semanas, ya que en aquel entonces que un hombre y una mujer estuvieran juntos sin casarse estaba muy mal visto. El Clan Uchiha fue un hervidero de tensiones y conflictos hasta que se calmaron las aguas un tanto. Si con tener a Mei en el clan los del Sharingan fueron abriéndose un poco y hasta aceptaron bien el tener a Okami entre ellos, no fue así con el hecho de que un Senju hubiera sido nombrado Hokage. Ese pensamiento aún flotaba en el barrio Uchiha.

Sin embargo, el día de la boda entre Madara Uchiha y Mei Haruno, no hubo espacio para conflictos. Se les permitió asistir a los jefes de los clanes de Konoha y su familia, pero no más. La celebración fue sencilla y rápida. Mei vestía un kimono tradicional blanco con el abanico del clan bordado a la espalda. Ese día el calor dio una tregua y soplaba una agradable brisa fresca. La época cálida estaba llegando a su fin.

Por supuesto, Hashirama Senju estuvo presente en la ceremonia. Aunque había sido un golpe muy duro para él, el tiempo hacía lo suyo y el castaño comenzaba a aceptar que sus amigos estaban juntos. Se alegró de corazón cuando Mei pasó a llevar el orgulloso apellido de los Uchiha. Ella brillaba con luz propia. Se notaba que no podía estar más feliz.

Cuando el sol avanzaba sin pausa por el cielo y comenzó a teñirlo de rojos y naranjas, Hashirama se llevó a Mei a un sitio más apartado de donde estaban todos los invitados. Madara en esos momentos estaba conversando con los hombres más relevantes de su clan después de él.

- Ahora te tocará convertirte en una buena ama de casa y tener cinco hijos por lo menos, ¿no? – bromeó el Senju.

- No voy a ser una ama de casa, Hashirama. Pero sí quiero tener muchos hijos. – Mei le sonrió apaciblemente.

- Sé que lo harás bien. Ser la esposa del jefe de los Uchiha y Okami a la vez va a ser una aventura más. – Hashirama la abrazó. Cómo la quería… Seguiría queriéndola hasta el final de sus días.

Pasearon un poco entre el hermoso jardín de la casa del barrio Uchiha que había sido el lugar elegido para su boda. Había flores de todos los colores adornando la linde del claro donde habían organizado la celebración. Un pequeño riachuelo corría en la parte izquierda. Hashirama y Mei llegaron a la pequeña orilla del río mientras hablaban de forma amena sobre la aldea.

- Oh, Mei, quería darte un regalo, espera. – Hashirama se marchó momentáneamente y volvió con un paquete rectangular entre sus manos.

- ¿Qué es? – los ojos de Mei brillaron de curiosidad, dándole por un segundo un aspecto infantil, como cuando se conocieron en la orilla de su río.

- Tú ábrelo. – la chica retiró la tapa de la caja de color rojo y cogió lo que había en su interior. Cuando Mei lo sostuvo para verlo entero, se le llenaron los ojos de lágrimas.

- Oh, Hashirama… Gracias, es precioso. – el Senju sonrió. Sabía que le gustaría. Era una réplica de su eterna capa blanca de pelo, sólo que tenía forma de chaleco y en la espalda lucía bordado en hilo dorado, escarlata y blanco el símbolo de su nuevo clan. No sólo significaba una prenda que caracterizaba a Mei, sino que era una forma de decirle que definitivamente aceptaba que fuera una Uchiha. Un gesto de completo amor hacia ella y su felicidad.

Mei lo sabía y por eso no pudo evitar ponerse de puntillas, aún con el chaleco blanco entre sus manos y darle un beso en la boca a Hashirama, tan efímero y suave como el aleteo de una mariposa sobre sus labios. Estaría eternamente agradecida a Hashirama por quererla libre de decidir a quién amar, aunque eso supusiera el sufrimiento de dejar ir sus sentimientos por ella.

Tras ese gesto de agradecimiento infinito, le abrazó mientras lloraba. Hashirama se quedó un poco en shock, pero luego le devolvió el abrazo cariñosamente.

- ¿Volvemos? – los dos amigos regresaron con el resto de comensales para entrar en la inmensa casa y dar comienzo al banquete, donde la mayoría terminó harto de comer y ebrios de sake cuando llegó la noche.

Los días pasaban en la Aldea Oculta de la Hoja, donde cada vez había más casas, más comercios y más vida. El rostro de Hashirama tallado en la pared rocosa del monte que coronaba la villa observaba la rutina de los aldeanos con cada amanecer.

Llegaba la época fría, donde Konoha tuvo que hacer frente a más batallas y guerras de diversos clanes o aldeas enemigas. Cada vez eran menos los que se atrevían a intentar atacar Konoha, pues el enorme poder que tenía con todos sus clanes y, en particular, los Uchiha con la inmensa loba blanca que montaba su líder cuando tenían que hacer frente a los enemigos, corrió como la pólvora en el País del Fuego.


- Fueron tiempos más tranquilos. La aldea seguía creciendo y prosperando. Yo protegía Konoha cada vez que era atacada junto con el resto de shinobis y, con el apoyo de Madara y Mei, tuvimos una auténtico período de paz y felicidad. – en el Templo Nakano, Hashirama sonrió ante las épocas de paz que lograron entre todos a pesar de los conflictos personales.

- Claro. Además los Uchiha tenían el poder del amor y ese monstruoso lobo para comerse a todo el que intentara meterse con ellos – Suigetsu a veces era verdaderamente idiota. O eso pensó Sasuke.

- Shodaime… - Orochimaru no dejaba de pensar en esa criatura. – Antes has dicho que Minato no conoció a esa mujer porque llevaba mucho tiempo enterrada… - Una idea se estaba comenzando a formar en la mente de la Serpiente de Konoha. Si Mei se casó con Madara Uchiha y pasó a ser una Uchiha ella misma…

- Fue la noche en que Madara y yo discutimos por mi nombramiento como Hokage. – Hashirama Senju interrumpió los pensamientos del Sannin. – A pesar de que incluso una parte del Clan Uchiha apoyaba la situación, la mayoría estaba ejerciendo demasiada presión. El clan estaba muy ofendido por el presente que les tocaba y Madara vino a hablar conmigo varias veces. Al principio estuvimos de acuerdo en que era la decisión de toda la aldea, pero la cosa se torció, y Madara cambió de actitud. – Hashirama cerró los ojos, ofuscado, una vez más. Los recuerdos dolían. – Una noche, estábamos en este mismo lugar. Madara me contó lo que estaba escrito en una piedra del Clan Uchiha en una escritura que sólo el Sharingan podía leer. Yo sabía que… - miró a su hermano pequeño – El hecho de que yo fuera el Primero daba pie a que Tobirama fuera mi sucesor. Y eso sí que no podía controlarlo. Intenté por todos los medios que Madara se calmara y que lograría que él fuera el Nidaime. Pero fue inútil…

Sasuke se pudo imaginar por dónde iban los tiros. Y el propio Hashirama confirmó su sospecha cuando continuó hablando.

- Madara quiso que el Clan Uchiha huyera de Konoha, puesto que si Tobirama iba a ser el Segundo Hokage, la tensión sería tal que acabaría desembocando en una guerra civil. – Tobirama, de pie, al lado de su hermano mayor, frunció el ceño y soltó un bufido. – Además, Mei no podía defender a Tobirama después de lo que había sucedido en la reunión para elegir al Hokage.

- Eso fue muy sucio… - a Suigetsu se le escapó el comentario en voz alta.

- ¿Cómo has dicho, mocoso? – Tobirama dio un paso hacia delante y apretó los puños. El Hozuki tembló.

- ¡Tobirama! – el Senju alzó la voz. Tobirama miró unos instantes a Suigetsu y después retomó su posición. – Él y Mei no se tragaban al fin y al cabo, por lo que no podía tener el respaldo de la jefa de los Uchiha. Lo peor fue cuando supimos que Madara le había otorgado a Mei el poder del Sharingan.

- Qué… - de nuevo, las mandíbulas de los oyentes se descolgaron hasta el suelo. A Orochimaru se le iban a salir sus ojos viperinos de las órbitas. "Esto no puede ser tan bueno". El shinobi dibujó una sonrisa ladina en su afilado rostro. "Una criatura como esa con el Sharingan… ¡Jajaja! Esto es genial…"

- El Sharingan en una persona que no nació Uchiha… - Sasuke estaba muy confuso. ¿Hasta tal punto llegaban los sentimientos que podía despertar alguien en uno de los suyos como para llegar a concederle su más preciado poder?

- Como sabes, el Sharingan es un poder que se transmite genéticamente generación tras generación, pero también puede portarlo alguien ajeno al Clan Uchiha. No tiene el mismo poder que un Sharingan heredado por sangre, pero…

- Hmp… - Sasuke pensó automáticamente en su antiguo sensei, Kakashi. Obito le dio uno de sus Sharingan.

- Como decía, la cosa empeoró cuando supimos que ella había adquirido el Sharingan, puesto que el conflicto que se podía desatar con que Tobirama fuera a ser el Segundo Hokage era un hilo demasiado fino y teníamos más que perder que ganar. Okami, con los ojos del Sharingan contra Konoha… - la imagen era muy turbadora. – A pesar de amar la aldea, ella tuvo muchos roces con los jefes de los clanes y el clan que ahora era su familia lucharía si se veían acorralados por Tobirama.

El Senju de pelo blanco intercedió.

- No iba a acorralar a nadie, pero… - hizo una pequeña pausa.- Los Uchiha eran uno de esos clanes en los que había que tener puesto un ojo constantemente.

- Quizá precisamente por eso los Uchiha estaban hartos de sentirse vigilados, como si fueran criminales, ¿no? ¿Nidaime? – Sasuke miró duramente a Tobirama.

Hashirama no le dio tiempo a su hermano para contestar nada.

- Madara me terminó diciendo que iba a abandonar él la aldea. Sin líder, los Uchiha terminarían reculando hasta aceptar ser un clan más de Konoha. Además, Madara no sentía que su clan confiara plenamente en él después de haber aceptado en un primer momento no ser Hokage. Yo no le creí… Que fuera a abandonar así Konoha y, además, ¿dejaría a Mei allí? No, no le di crédito pero… Sí que iba en serio. Por supuesto, se iba a llevar a su mujer. Y eso sí que no iba a permitirlo. Mei era mi amiga. Una cosa era que me la arrebatara justamente en el plano personal, pero que la obligara a marcharse… - el ambiente de la sala se volvió más pesado. – Le seguí hasta unos kilómetros fuera de las murallas de la aldea. Mei no estaba en el lugar.

- ¿Pero no fue esa noche cuando…? – Suigetsu se había perdido un poco de la trama. El Nidaime le había dado bastante miedito cuando sintió su poderosísimo chacra elevarse ante lo que soltó sin pensar.

- Sí. – para sorpresa de Suigetsu, fue Tobirama quien contestó. – Fue esa noche. Y… - miró a Hashirama con la mirada crispada. Su hermano no le devolvía la vista. – Fui yo quien la mató.


Notas de autor: ¡Eyooooo! ¡Chan, chan, chaaaaan! ¡Aquí les dejo otro regalito! No pueden quejarse amigos. Esta vez he actualizado súper rápido, y con un capítulo completito. Mucha tensión, otro lemon y esta vez algo más detallado y largo, y el final... En el próximo capítulo doy por finalizado la etapa de Hashirama y Madara para centrarme en la época actual, donde Sakura, Naruto y Sasuke van a aparecer en el campo de batalla de la Cuarta Guerra. Hashirama y Madara se reencontrarán también. Y a Orochimaru se le ha ocurrido una idea un tanto retorcida. Creo que aquí contesto a las dudas sobre si iba a continuar o no la historia hasta los tiempos actuales.

Por otro lado, jajaja sí, comprendo. He estudiado toda mi vida en España, por lo que en mi escritura tengo la gramática del español de este país. Sorry si se me cuela algún nacionalismo que no se entienda bien. "Tortazo" es "cachetada". Si tienen alguna duda sobre alguna expresión o algo así, no duden en decírmelo y yo con mucho gusto lo aclararé.

Espero que este capítulo también sea muy intenso y mantenga la intriga sobre cómo continuarán los hechos. Tengo más o menos montado cómo va a desarrollarse la trama, pero sí que es cierto que hay capítulos, como este, que no me cuesta escribir y los tengo rapidito, pero otros se me resisten, así que ¡sean pacientes, please! Millones de gracias por el apoyo y por tomarse el tiempo de leerme al final de cada cap. Eso alegra infinitamente a mi inspiración. Ya saben, los autores se retroalimentan de la opinión de sus lectores, ya sean para recibir la recompensa al esfuerzo de la escritura si les gustó o para reflexionar sobre si algo no convenció y mejorarlo.

Sin más, les dejo que disfruten del episodio y les prometo muchísima emoción en el siguiente.

¡Nos leemos, amigos del bosque! ¡Un fugaz saludo!

Shirokami Mori :3