MLB: Arenas de Tiempo
Hola mis Ladies y mis Lords
Aquí con un nuevo capítulo… pero no uno cualquiera, este capítulo estará centrado a…
¡UN MARICHAT!
Así es mis lindas maripositas como todo el mundo lo ha estado esperando un momento Marichat.
ADVERTENCIA: Este capítulo contendrá algunos SIN no tanto explicito pero que probablemente se les alborotara las hormonas. (Ok no debi mencionar eso, pero ñah, es parte del show)
Quiero agradecer a:
1397L
ForeverStayStrong
Por haber comentado y seguir cada capitulo que he estado publicando.
No tengo nada más que decir… aunque sólo esto…
¡QUÉ COMIENCE EL SIN!
Disfruten de la lectura.
Capítulo IX: MariChat: The Meeting Of Sin
(El Encuentro del Pecado)
– ¿Khepera?
Al escuchar la hermosa y dulce voz de Maat, cual campanillas se escuchaban, Khepera sintió su corazón derretirse y a la vez acelerarse. Sus mejillas le ardían al ver el hermoso rostro de su esposa mostrando inocencia junto con la incredulidad que le hacían ver envidiablemente hermosa para cualquiera que la viera. La mirada azul y verde de ambos jóvenes no se despegaban ni por un segundo, mientras que sus corazones latían al unísono.
– ¿Acaso estoy muerto? – dijo Khepera haciendo que Maat lo mirara confundida.
– ¿Por qué dice eso Guerrero de Bastet? – preguntó ella con inocencia.
– Porque en estos momentos estoy viendo el ser más hermoso y divino que los dioses han creado a la perfección femenina. – replicó él haciendo sonrojar a la princesa.
– Yo…
– ¿Qué hace una bella joven de hermosa belleza levantada tan tarde?
– Umm… hoy hace una hermosa noche que decidí en contemplar a la diosa lunar; Bastet. ¿Y qué hace usted, Guerrero de Bastet, está noche en mi balcón? – preguntó Maat tratando de controlar los acelerados latidos de su corazón.
– Supervisando de que Menfis no esté bajo ataque hasta que usted, mi diosa, ha aparecido esta noche en mi camino. – Maat se ruborizó al ver a Khepera reverenciándose ante ella a la vez que había tomado su mano para después besarla en ella. – Afortunado el hombre quien desposó a una deidad terrenal y bendecida entre todas las mujeres por nacer como la mujer más hermosa de todas.
– Por favor, ya no digas más, solamente soy una simple mujer mortal como todas las mujeres de todo Egipto, Guerrero de Bastet.
– Khepera, llámeme sólo Khepera, mi diosa. – dijo el héroe de Egipto depositándole otro beso en el dorso de la mano de su joven esposa.
– Perdone por mi osadía, Khepera, pero, que usted no debería de estar al lado de la Guerrera de Maat; Ladybug.
– De hecho sí. – susurró él en un tono sedoso. – Sí debería estar al lado de Ladybug, pero, ella no apareció en el punto de nuestro encuentro. – Maat sintió un nudo en el estomago al ver aquella mirada triste de Khepera, igual que en su tono de voz también lo delataba, se maldijo asimisma por no haber asistido al punto de encuentro con su compañero. – Y no puedo culparla, porque, después de todo, ella, ya es una mujer casada. ¡Qué afortunado el hombre con quien se casó con aquella maravillosa mujer!
– Lo siento, no sabía nada de eso. – mintió ella sin dejar de observar al héroe de Egipto.
– Usted no tienen nada que disculparse, mi diosa, puesto a que usted no lo sabía ni tampoco Egipto lo sabe, a excepción de mí y de los dioses.
– Supongo que usted tiene mucha razón. – replicó ella ya algo aliviada.
– Le digo algo, usted es una mujer única. – comentó Khepera haciendo que Maat lo mirara confundida.
– Y se puede saber, ¿Por qué piensa usted eso de mí? – preguntó ella.
– Porque para un egipcio normal me estaría recibiendo en su casa ofreciéndome acobijo, alimento y bebida, pero en su caso, usted me recibe como un ordinario hombre. – Maat palideció en ese momento para después sonrojarse al extremo de su vergüenza.
– ¡Pero que osadía la mía! ¡Lamento mucho en no recibirlo como usted merece! ¡De seguro la diosa Bastet desatará su furia con todo Egipto por mi falta de cortesía hacia usted!
En ese momento, la joven princesa se calló. Su mentón estaba siendo sostenido y levantado por los dedos de Khepera, quien la miraba fijamente con aquellos ojos de felino verde, Maat sintió sus mejillas arder mientras que su pobre corazón latía aceleradamente.
– Vuelvo a decirlo, eres una mujer única. Mi gran deseo es que fuera recibido como el egipcio que soy y no como el "Guerrero" o el "Elegido" de Bastet. Después de todo sigo siendo un hombre mortal oculto tras de esta mascara.
– Pero aun así… es una falta de respeto hacia los dioses en no recibir a sus "Guerreros" tal como se merecen. Ni siquiera el Nafeer mismo puede desobedecer las órdenes de los dioses mismos. Ni tampoco mi marido ni yo debemos… – Maat entró aún más en pánico al recordar que ella ya era una mujer casada. – Oh, por Ra. Mi marido. D-Debe retirarse cuanto antes. Como usted sabrá soy una mujer casada, si mi marido se entera de que hay un hombre en mis aposentos…
– Tranquila, entiendo su posición como la esposa real del Ata, y debo respetarlas. Recuerda que detrás de este antifaz simplemente soy un hombre mortal, es por eso que me retiro ahora, mi diosa.
– ¿Mi diosa? ¿Por qué me llama de esa forma? – preguntó la princesa con u rubor en sus mejillas.
– Perdona, no era mi intención incomodarla e insultarla… – antes de Khepera siguiera hablando fue interrumpido por ella.
– No, no, no. No quiero malinterpretar las cosas, es sólo que, me ha dejado impresionada en que me llamara de esa forma.
– Entonces eso significa que no le molesta que le diga de esa forma, ¿Mi diosa?
– Por favor no vuelva a llamarme así. – comentó apenadamente.
– ¿Y por qué no? – preguntó sedosamente el felino héroe.
– Porque sería un insulto para las deidades. – respondió Maat agachando la mirada.
– Lamento haberla incomodado con eso. – Maat se tensó sólo un poco al sentir una suave y cálida acaricia en su mejilla izquierda. Al levantar la mirada se encontró con aquel par de ojos felinos del muchacho quien la miraba con gran ternura. – Pero la verdad, es que usted sí parece una diosa.
Maat soltó una pequeña risa nerviosa junto con una sonrisa tímida, cosa que causó que el corazón de Khepera latiera frenéticamente. Justo cuando el héroe de Egipto iba a abrir la boca para mencionar algo, el sonido de un pitido se escuchó en su anillo. Ambos observaron el anillo y vieron que la última garra estaba a punto de desaparecer.
– Debo irme. Fue un gran honor verla princesa. Nos veremos en otra ocasión. – antes de que Maat pudiera decir algo Khepera ya se había ido.
– Khepera. – susurró ella en un tono cariñoso y soñador, aquel nombre que sus labios habían pronunciado era tan excitante y prohibido que su lengua podía saborear.
Maat se llevó sus manos en su pecho, sintiendo como su mortal corazón se aceleraba a cada segundo al recordar a su amor prohibido.
Entre tanto, aten se había des-transformado mientras que una sonrisa había decorado sus labios, a la vez, que una calidez y gozo había inundado su pecho, al ver a Maat con aquella intensa mirada de asombro y calidez no pudo evitar soltar un suspiro nombrando a su vez el nombre de su esposa.
– ¿La has visto Plagg? ¿Has visto la forma en como ella me miraba? ¿Me sonreía? Fue hermoso que siempre lo atesoraré eternamente. – suspiró enamorado Aten a su compañero, quien sólo lo miró con repulsión.
– Bueno, básicamente ella se las dedico a Khepera y no a ti, así que no te ilusiones principito. – dijo Plagg.
– Aun así… quiero verla… quiero ver más allá de ella. Quiero conocer más a mi esposa.
– Si, solamente que hoy no, estoy realmente cansado y hambriento que me merezco mi recompensa. – al decir aquello el kwami tomó de una mesa un trozo de pan se lo devoraba felizmente, entre tanto, Aten recargo en el marco de la entrada del balcón observando y susurrando soñadoramente el nombre de su esposa mientras que su corazón se regocijaba de la inmensa alegría al recordar aquella inocencia reflejada en la mirada de la joven.
Lo que ninguno de los dos jóvenes se imaginaron era; que aquel encuentro los llevaría a un destino. Un destino que los marcaría a ambos. Un destino que los llevaría a los brazos de la lujuria y el deseo prohibido. Un destino que lo llamaría…
Pecado.
A la mañana siguiente todos en el palacio vieron el gran cambio de Maat, al igual que la de Aten, se le veía más sonriente, alegre, llena de vida, suspirando soñadoramente, mirando un punto invisible del jardín acompañada de una sonrisa soñadora y secreta. Mientras tanto, Aten era historia; a él se le encontraba más sonriente y vivo como nunca antes se le ha visto. Suspirando cariñosa y soñadoramente el nombre de su esposa, se le veía oculto espiando a Maat mientras que ella se encontraba perdida en sus pensamientos.
Aten no podía evitar sonreír al recordar aquel acercamiento que tuvo con su esposa aquella noche transformado en Khepera, quería repetirlo nuevamente, aunque sea como el héroe de Egipto, quería repetirlo. Quería sentir esa calidez en la mirada de su esposa dedicándosela a él, y sólo para él. Quería ver aquel sin fin de expresiones diferentes en el rostro de ella cuando estuviera cerca de ella. Quería escuchar su risa angelical cual sería envidiada por todas las mujeres de todo Egipto. Y es por eso que él ya lo tenía decidido y planeado, para esa noche le haría una visita a su esposa como Khepera.
– Plagg necesitarás toda la energía posible. Esta noche le haré una visita a Maat. – dijo Aten a su kwami.
– si tanto quieres visitar a la princesita. ¿Para qué me pides que haga eso? – bostezó con pereza Plagg.
– Porque va a ser Khepera quien lo hará. – comentó el Príncipe de Tebas. – Es más, ve por el lado bueno, tendrás toda la comida que quieras comer sin ninguna interrupción por mi parte, ¿Qué dices? ¿Aceptas el trato?
– No espero más. – dijo con ilusión el kwami negro mientras devoraba cada bocado de la comida.
– Si sigues comiendo de esa manera te va a causar molestias en el estómago. – dijo Aten pero éste había sido ignorado por su compañero. – Te daré la más grande sorpresa de tu vida, mi diosa. Mi querida Maat.
Mientras tanto en la biblioteca…
– Khepera. – susurró Maat soñadoramente, mientras que ella leía uno de los pergaminos de ella misma junto a su compañero de batallas. – Mi amado Mau.
– ¡Enhorabuena Maat! – el grito de Auset resonó en cada rincón de la biblioteca haciendo que la pobre de la princesa se espantara y brincara como gato.
– ¡Auset! ¡Oh, por Ra! ¡Qué susto me diste! – dijo ella tratando de recuperar la calma que su amiga le había arrebatado.
– Bueno lamento por haber hecho eso. Pero eso no quiere decir que cambie de conversación. – dijo la sacerdotisa.
– ¿Conversación? ¿Qué tipo de conversación? – preguntó sin entender la princesa.
– De eso es lo que te voy a hablar, amiga mía. – Maat miró atentamente a Auset quien respiró hondo y dijo en un tono emocionado. – ¿Es cierto que tú les diste la oportunidad a tu marido de entrar a tu vida?
– ¿Por qué lo preguntas? – preguntó Maat sin entender.
– Bueno, según los rumores que corren aquí en el palacio es que la Jumoke le dio la oportunidad al Ata Aten de entrar en su vida para protegerla de todo aquel quien ose en lastimar a nuestra princesa. ¿Es cierto eso? – la pobre chica estaba completamente roja y en shock por aquel comentario que dijo su amiga; que incluso hasta escuchó la risa divertida de la pequeña Tikki escondida detrás de su cabellera. – Por lo que estoy viendo en tu mirar ahora, es cierto, oh Maat esto sí que son buenas nuevas. Por fin, Hut-Hor ha escuchado nuestras plegarias. – exclamó de alegría Auset haciendo sentir un tanto incomoda a su amiga.
– Oh, Auset. – rió nerviosamente Maat.
– ¿Y bien? ¿Le has dado la oportunidad al Ata de Tebas de entrar a ti vida, Maat? – preguntó la sacerdotisa.
– Ni siquiera yo misma lo sé Auset. Por una parte quiero hacerlo… pero… tú más que nadie sabe mi secreto.
– Pero Maat ya eres una mujer casada. No puedes pensar o desear a otro hombre que no sea tu marido. Y tú sabes bien lo que puede pasar si llegas a esos extremos.
– Lo sé. – dijo Maat abatida y angustiada. – Sé que puedo perder no además el respeto de todo Egipto, el de mis padres y el de Aten; también puedo perder todas mis posesiones; mi nariz; y sobre todo mi vida si cometo esas faltas a mi… marido.
– Amiga, mi querida Maat, te ruego y te suplico que dejes a un lado a ese hombre. Tú ya no eres más una mujer libre Maat, eres una mujer casa ahora, así que, por favor, ya no pienses más en ese hombre y no le hagas más daño a tu marido. – suplicó Auset a su amiga quien simplemente quería negarse.
– Aunque quisiera sacarme a ese hombre de mis pensamientos y de mi vida, no puedo hacerlo Auset, porque que ese hombre ha saqueado este corazón desde el primer momento en que le vi. – Auset no podía creer lo que su amiga le estaba diciendo, desde el día en que Maat le confesó justo el día de su boda que estaba enamorada de otro pensó que tal vez era un amor pasajero, pero, ahora que ella lo ve de cerca vio en la mirada de azulada de la princesa un intenso brillo que nunca antes había visto en su amiga.
– Oh, por Ra… Maat… tú… no me digas que tú… oh por todos los dioses egipcios dime que lo estoy viendo y escuchando ahora no es más que un mal juego…
– Hut-Hor me ha bendecido en el amor Auset… pero no con Aten… sino con el hombre que ha entrado sin permiso en este corazón cautivado en el amor.
– Oh, Maat…
– Ya no sé puede remediar las cosas, ¿Verdad? – preguntó la princesa.
– No sabría responder bien a tu pregunta Maat. Si Hut-Hor te ha bendecido en el amor con aquel hombre entonces no habrá nada que hacer… que los dioses se apiaden de ti y de ese hombre.
– Gracias por preocuparte por mí, Auset.
– ¿Cómo no me voy a preocupar por ti Maat? Eres como una hermana para mí. – ambas amigas se abrazaron mientras reían divertidas.
Lo que ninguna de las dos sabían era que alguien había escuchado toda su conversación.
*…*…*…*…*…*…*…*…*
La noche había llegado y la luna había salido a reinar en el cielo nocturno, Maat se encontraba en su habitación buscando entre las sombras de la noche la silueta del felino desde su balcón. Desde aquella tarde, cuando ella entró a su habitación encontró un pedazo de papiro en la cama matrimonial, era un mensaje de Khepera, avisándole que esa misma noche la visitaría. Su corazón no había parado de latir frenéticamente mientras trataba de controlar aquella ola de euforia que intentaba salir a través de un grito de su garganta, tenía que apretar fuertemente sus labios para evitar que ese problema no la delatara a ella o a Khepera.
Mientras tanto, Aten ya se encontraba impaciente debido a que su kwami se le ocurrió comer para así "recargar" toda la energía necesaria para esa noche. Al no aguantar más Aten le ordenó a Plagg que lo transformara haciendo que a la pobre criatura negra fuera absorbido en el anillo de su portador. Una vez transformado, Aten-Khepera, salió por el balcón de su habitación supervisando primero que no hubiera nadie en los alrededores fuera del palacio. Al no ver ninguna señal de su amado secreto, Maat dejó escapar un suspiro resignado y triste, justo cuando ella decidió en irse a descansar una voz familiar le había llamado su atención haciendo que su corazón soltara de gozo.
– ¿Es mi imaginación o cada noche tu belleza resplandece más, mi diosa? – Maat se dio la vuelta mientras que su mirada azulada brillara con intensidad. – Hoy luce realmente hermosa, mi diosa, que usted hace que me robe el aliento.
– Estoy agradecida por esas hermosas palabras que dice usted de mí, pero debo recordarte Khepera que yo soy una simple mortal más en este mundo. – dijo la azabache en un tono apenado.
– Puede que usted piense eso de usted misma. Pero. Para ante la mirada de los dioses y los míos eres única y diferente entre todas las mujeres mortales. – comentó Khepera acercándose a una sonrojada Maat que estaba a punto de desmayarse de lo eufórica que estaba.
– Khepera. – susurró el nombre de su amado en un tono tierno y dulce.
– Eres hermosa y resplandeciente, mi diosa. – dijo él, una vez que ya se encontraba cerca de ella. – Afortunado el hombre con quien se casó contigo y disfrutar cada momento a tu lado.
– Sí… puede ser… – susurró ella mientras que en su interior se sentía culpable de engañar a Aten con el héroe de Egipto. – Pero que descortés soy.
– ¿Por qué dice eso de usted misma, mi diosa?
– Porque en este momento usted debe tener hambre y sed. – dijo con gentileza y ternura la princesa, cosa que hizo que Khepera se le acelerara el corazón. – Por favor, pase a mis aposentos que le he preparado para usted un banquete digno para un héroe enviado por los dioses.
– Debo agradecer por su gran invitación, aunque no era necesario en que me dé ese lujo, como le había comentado la noche anterior, sólo soy un simple mortal.
– Pueda que usted tenga razón. – dijo Maat en un tono apenado. – Lamento mucho si le incomode con eso.
– No tiene nada de que disculparse, mi diosa, aceptaré su invitación con una condición.
– ¿Y qué condición es esa? – preguntó la princesa.
– En que usted me acompañe en este banquete. – replicó él susurrándole al oído en un tono sedoso y tranquilo. – ¿Aceptaría mi invitación, mi diosa?
– S-Sí. – Maat apenas si podía hablar y respirar, mientras sentía como su corazón latía frenéticamente y que en cualquier momento éste saldría disparado de su pecho.
Al entrar a los aposentos de la princesa, Khepera se sentó a la mesa y disfrutó de la deliciosa de aquel banquete que su esposa había le preparado por él mismo; aunque muy en el fondo se sintió celoso de su alter ego por la atención que recibía de su amada esposa. Entre tanto, Maat se encontraba nerviosa por la cercanía que tenía con Khepera, ya que, ella se había ofrecido en atenderlo; sirviéndole en su copa el delicioso vino que recién habían preparado los sirvientes esa noche y alimentándolo con los exquisitos manjares que los cocineros le habían preparado para ella. Al momento en que la princesa le había servido su sexta copa de vino al héroe de Egipto, Khepera, le mencionó algo que dejó a la pobre chica al borde del desmayo.
– Aliméntame de ese vino con tus labios, mi diosa.
– ¿Qué? – jadeó ella nerviosa, sintiendo como el aire se había escapado de sus pulmones a la vez que su garganta se cerrará.
– Quiero beber el vino con tus labios. – volvió a decir el chico mientras había acercado a la chica.
– Yo… – Maat tragó nerviosamente su saliva, sintió sus mejillas arderle con intensidad después de sentir la suave caricia de Khepera en su mejilla derecha.
– Estoy mareado… pero… aun así quiero beber del vino con tus labios. – susurró él en un tono ronco y seductor.
El aliento del vino junto al aroma varonil hizo que Maat se embriagara en él, entrecerró sus ojos cuando sintió aquel roce de los labios y el frío aliento de Khepera contra los suyos.
– ¿Aceptas? – preguntó roncamente Khepera, haciendo que Maat sintiera un cosquilleo en su vientre a la vez que una corriente eléctrica recorriera en cada poro de su cuerpo.
– Sí… acepto… – dijo ella sumisamente.
Khepera se alejó de ella mientras que la azabache, nerviosamente, agarró la copa entre sus manos para luego levarse el objeto a sus labios y comenzar a absorber el elixir oscuro sin bebérselo. El héroe felino no le dio a la joven de dejar la copa sobre la mesa cuando éste ataco salvaje y ansiosamente los labios de ella, haciendo que la copa que aún tenía en manos la chica lo soltara y éste chocara contra el suelo esparciendo el líquido entre los dos amantes. Maat, ante su excitación, abrió su boca y poco a poco le fue transmitiendo la bebida dentro de la boca de Khepera, quien consumo cuidado bebió el delicioso líquido hasta la última gota. El héroe de Egipto soltó un gruñido ahogado cuando metió su lengua dentro de la cavidad bucal de la chica, saboreando y disfrutando el sabor dulce y amargo de ella junto con la bebida; "una combinación perfecta", fue lo que pensó para sí mismo Khepera.
Entre tanto, Maat tampoco se había quedado atrás. Con sus manos temblorosas recorrió los brazos de su amada, trazando con la yema de sus dedos cada textura, cada poro, cada piel de aquellos fuertes brazos hasta que por fin ella se decidió en rodear con sus delgados brazos alrededor del cuello de su amante. Khepera gruño y ronroneo gustosamente cuando sintió los delgados y pequeños dedos de su esposa masajeando su cuero cabelludo, entre tanto, él aprovechó en tomar a su esposa de la cintura para jalarla hacia él y sentarla en su regazo. Maat se separó de la boca de su amante soltando a la vez un placentero gemido cuando Khepera atacó su cuello, la azabache ante el mar de lujuria y deseo que la envolvía hizo para atrás su cabeza permitiéndole más acceso a su cuello a su amado.
Lengüetazos, mordidas y besos mojados Khepera trazó un sendero de saliva por todo el cuello de su amada esposa, a la vez que le arrebata de ella placenteros suspiros y gemidos junto a su nombre. Acto seguido, el héroe de Egipto llevó a Maat en la cama depositándola gentilmente en ella, se colocó encima de ella mientras observaba aquellos orbes azules oscurecidos por el deseo y lujuria, sus labios se encontraban hinchados y enrojecidos mientras se encontraban entreabiertos. Maat se sentía excitada y deseada, su mente se encontraba nublada por el deseo, se sentía tan sumisa delante de aquel joven que con su toque divino, quería más. Quería más de él, ansiaba por ser poseída, ser tocada, ser besada, ser marcada por aquel divino ser creado a la perfecta imagen masculina por los mismísimos dioses. La manos de la chica comenzaron a acariciar el masculino rostro de su amado, mientras veía como la mirada esmeralda de él se cerraba dejándose llevar por delicado roce de ella, sus dedos se enredaron en los mechones dorados de su amante hasta tocar las orejas felinas de él haciéndolo ronronear del placer.
Khepera acercó su rostro mientras que sus labios rozaron el oído derecho de Maat, y en un tono ronco y erótico le dijo.
– Lo siento… lamento mi osadía por hacerle esto, mi diosa. Usted que me ha abierto las puertas de su hogar le pago con esto. – Maat no dijo nada más sólo se limitó en escucharlo. – Usted no se merece este trato, ni menos de mí. Sé que usted es ahora una mujer casada… y yo… yo sólo soy un hombre que no sabe lo que ahora está haciendo. Más le pido compasión de mi locura y de mi alma, pero, estos deseos que tanto me han estado rodeando desde la noche que la conocí, no puedo evitarlo.
– Está bien. Te perdono Khepera. – el joven se separó de ella para después mirarla, al ver a su esposa ahí tendida en la cama con el cabello esparcido entre el suave cojín, sus labios rojos e hinchados, y sus ojos azules tornados en un color oscuro reflejando la lujuria y el deseo, hicieron que Khepera casi perdiera el control de sus impulsos.
Si no fuera por el pitido de su anillo probablemente él ya estuviera iniciando un acto de pasión y placer con su hermosa azabache.
– Creo que es hora de que te vayas. – dijo Maat soltando una pequeña risa.
– ¿Acaso escuchan mis oídos que mi diosa quiere que me vaya? – preguntó divertido Khepera recuperándose de su poca borrachera. – ¿No quieres saber quién se oculta detrás de esta mascara?
– Preferiría no tomar ese riesgo. – comentó coqueta mientras que ella junto al rubio se sentaran en el colchón.
– ¿Tienes miedo de caer enamorada de este simple hombre? – Maat frunció un poco el ceño mientras tenía pensado en darle una buena tunda al chico, pero se contuvo después de que él le dedicara una sonrisa tierna.
– Eso en tus sueños. – dijo ella.
– Créeme que siempre lo hago, Maat. No hay ni un solo día o noche que te llevo en mis sueños. – pensó Khepera. – Bien ya es hora de que me vaya, le agradezco mi diosa por esta increíble cena que usted ha preparado para nosotros dos.
– ¿Nosotros dices? – alzó una ceja la azabache mientras que ella junto a su amado se dirigieron hacia el balcón.
– Hay que ser siempre compartidos, mi diosa. Hasta la persona más pobre comparte el último trozo de su pan a sus invitados.
– Khepera. – susurró el nombre de su amante en un tono compasivo y sorprendido. Mientras no dejaba de observar aquellos orbes felinos esmeraldas que mostraban calidez y sabiduría en ellos.
– Hasta entonces, mi diosa. – Khepera tomó la mano de su esposa, depositándole un beso en el dorso de ella. Con eso último se fue, perdiéndose entre la oscuridad de la noche, siendo solamente la obscuridad, las estrellas, la luna, la noche y el silencio los testigos de esa visita secreta y divertida de ambos esposos.
– Adiós. – susurró ella, dejando que aquellas palabras se las llevara el viento.
Y bieeeeeeeeen…
¿Qué les pareció?
Háganmelo saber con sus comentarios y críticas.
Tal vez ustedes pensaron en un principio que esto sería un LEMON (o como ustedes le llaman CATACLISMO), y lamento haberlos ilusionado y decepcionado a la vez, pero les aseguro que dentro de algunos capítulos más adelante tendrán su CATACLISMO merecido, sólo sean pacientes. ¿Sí?
Me despido.
Bye, bye pettite papillion.
Atte.: Queen-Werempire.
1397L: Sé que el carácter de Maat es algo complicado de entender, pero no es una princesa mimada, sólo imagina estar en su lugar. Me alegro que no la odies por su difícil carácter rebelde.
ForeverStayStrong: Te agradezco mucho que te haya gustado el capítulo, y sí, debo confesar que al escribir el dialogo de Aten también me cautivo. Espero que te haya gustado el momento MARICHAT.
SABÍAS QUÉ…: En el antiguo cuando una mujer adulteraba le cortaban la nariz, ya que, para los egipcios lo que veían irresistible en una mujer era por su nariz.
