¿Tienen idea de lo complicado que es escribir un capítulo de esta pareja en el mundo de la Bella y la Bestia? No, no es ese el capítulo que leerán a continuación pero estoy escribiéndolo y... ¡Tengo tanto que contar, tantas explicaciones, tantos diálogos! Apenas voy por el primer capítulo y eso que he estado pensando en dividir la realidad en tres de ellos aunque si no les importa leer demasiado quizás los haga en dos... Aún no lo sé...
En fin, esa es la razón por la que no actualicé antes: no subo un capítulo hasta que haya terminado de escribir otro.
Este, que leerán a continuación es algo... inusual... ya lo verán.
Saludos, queridos, y gracias por leer.
Rosangela: Muchas gracias por seguir leyendo esta y mis demás historias. Escribir, en realidad, no es difícil sólo es un arduo trabajo que se aprende a hacer... yo aún aprendo.
...o0o...
Paulina: ¡La seguiré! No lo dudes.
...o0o..
Uchiha Nai: Me alegra saber que te gustó la realidad que te dediqué. Después de todo, fue tu idea la de una historia de piratas. No tienes que disculparte, entiendo perfectamente que los lectores, al igual que los escritores, tienen vidas que no siempre son compatibles con la lectoescritura de fanfics, jajaja.
JUEGO DE NIÑOS
"La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir. Nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras"
Jean Jacques Rousseau.
Draco sintió que una mano suave acariciaba su rostro con lentitud, una mano cálida y que desprendía un bonito olorcito a jabón perfumado. Aspiró profundamente, abriendo los ojos con cuidado para ver a su madre inclinada sobre él, sonriéndole de manera afectuosa.
—Es hora de levantarse, dormilón—le dijo apartando su mano—Hoy es tu primer día en el jardín… ¿Estás emocionado?
Una emoción extraña lo embargó por unos segundos después de oír estas palabras. Sin embargo, inmediatamente después, llegó la confusión. ¿Jardín? ¿De qué hablaba? ¿Y desde cuando su madre le hablaba de ese modo? Se sentó en la cama, viendo como Narcissa recorría una habitación que le resultaba completamente extraña. Juntaba juguetes esparcidos por el suelo y la ropa que encontraba la doblaba con maestría. Abrió la puerta de un armario y, tras guardar esas prendas, sacó otras.
—¿Te gustaría llevar esto?—le mostró una remera azul que tenía un extraño logo en el centro que parecía formar una S—Puedes usar hoy tu camiseta de la suerte…
Draco no lograba responder. Sólo atinaba a contemplar el rostro tan familiar de esa mujer que era su madre pero que a la vez no se parecía a ella. Su actitud era tan diferente. Miró a su alrededor, notando que la habitación en la que estaba era muy infantil. La pared era verde, lo cual no le importaba, pero tenía muchos aviones de juguete colgando del techo oscuro, en el cuál había estrellas blancas dibujadas. Había cajas de juguetes, libros de cuentos, lápices de colores y hojas con dibujos pegados con pinches en un cuadrado en la pared. Anonadado, bajó sus ojos hacia su propia cama, notando que no sólo era individual sino que también tenía una colcha con figuras de planetas y estrellas. Cuando su mirada se topó con sus manos, gritó.
—¡AAAHHHHH!
Narcissa dejó caer la ropa que tenía en sus manos y, tras dos zancadas estuvo a su lado.
—¿Qué sucede, Draco?—posó su mano en su frente para tomarle la fiebre—¿Qué tienes, amor? ¿Te duele algo?
Draco no podía hacer más que tomar aire rápidamente con los pulmones, sintiéndose tan ridículamente pequeño e indefenso. Que su madre estuviera comportándose tan cariñosa como nunca antes en su vida, no ayudaba.
Se apartó de esa mujer, bajó de la cama y, sin pensar realmente a donde iba, salió corriendo de su habitación. No se tomó el tiempo para contemplar el pasillo, ni para darse cuenta que justo del cuarto del baño salía un hombre que, para su corta estatura, era increíblemente alto. Chocó inevitablemente contra él pero no logró moverlo. El hombre posó sus manos sobre sus hombros para detenerlo.
—¿Draco?—cuestionó—¿Qué sucede?
Cuando el rubio alzó sus ojos hacia él, éstos se abrieron como platos. ¡Lucius Malfoy estaba delante de él! Pero tampoco era el Lucius que él conocía. No, este era un hombre menos rígido, claramente preocupado y con el cabello corto.
Su pobre mente no pudo soportarlo y cayó inconsciente al suelo antes de que su padre pudiera atraparlo.
…
Draco abrió los ojos horas más tarde, después de pasar casi treinta minutos consciente, preguntándose si valía la pena o no hacerlo. La habitación estaba a casi a oscuras y eso le impidió ver que su madre estaba sentada en una silla mecedora ubicada en la esquina del cuarto, al lado de una ventana. Sólo un velador a su lado estaba encendido, dando una luz tenue. Creyéndose solo, se sentó en la cama y se miró a sí mismo. Manos pequeñitas, piernas cortas, una pancita algo abultada pero no demasiado y unos bracitos delgaditos. Uno de sus codos tenía un feo raspón que no dolía pero que picaba. Todo su cuerpo estaba cubierto de un pijama de dos piezas, también azul y con esa letra S de nuevo. No se preocupó demasiado en preguntarse qué rayos significaba porque algo muy grave sucedía en aquella realidad ¡Era un jodido niño! Algo interiormente le decía que tenía cinco años y, a pesar de que no sabía de dónde venía ese conocimiento, lo aceptó sin cuestionarse demasiado.
Aún incrédulo y disgustado por la forma en que lo trataba esa realidad, se sentó en la cama.
Había esperado cambios, obviamente, pero nunca tan magnánimos. ¡A Granger sólo le había tocado tener el cabello lacio o la piel más oscura! Pero él… ¡él era un crío! ¡Y sus padres eran dos cosas raras! Le había impactado, aunque no tanto, ver a su madre tan amorosa. Lo que más incrédulo lo tenía era Lucius. Eso sí había sido algo difícil de creer. ¡Y tenía el cabello corto! Si su padre se llegaba a enterar de eso se volvería loco. Cuando regresara al mundo real no se lo diría, no fuera a enfadarse tanto que terminara castigándolo por…
Detuvo ese pensamiento de inmediato. ¿Qué demonios le sucedía? Él era un joven adulto de diecinueve años, no un niño de cinco que temía ser castigado. Agitó su cabeza, frustrado con su propia mente.
Cuando levantó el rostro vio por mera casualidad a su madre dormida en la silla mecedora. Estaba con la cabeza hacia un lado y tenía la boca ligeramente abierta, por donde salían suaves suspiros. La miró fijamente, sin poder dejarse de asombrar aún. Usaba ropa muggle, una blusa roja y unos pantalones de jean, y su cabello estaba recogido en un desordenado moño. Él nunca había tenido esta clase de pensamientos pero no pudo evitar pensar que su mami era la más bonita de todas. ¡Era la mejor mamá de todo el mundo!
—¿Qué rayos…?—preguntó molesto.
¿Primero temía ser castigado y luego le decía a su madre "mami"?
—¿Draco?—su madre había oído que alguien hablaba e inmediatamente había despertado. Al ver a su hijo menor sentado en la cama, se puso de pie y se acercó rápidamente—¿Amor, cómo te encuentras? ¿Te duele algo?
—No, madre.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Madre?—le sonrió suavemente aunque sin dejar la sorpresa—¿Mi niño se desmaya y se despierta siendo un adulto que me llama madre? ¿Qué pasó con mami? Me gusta que me digas mami…
Ella casi parecía estar rogándole así que se recordó que, con el fin de interpretar su rol, en el futuro la llamaría "mami".
—Yo… creo que me duele aquí—le mostró su cabeza.
Narcissa inmediatamente tomó su rostro con suavidad, contemplando la zona.
—No tienes ningún chichón—aseguró—Y el médico que te revisó me aseguró que estabas bien. Te desmayaste, amor, ¿Lo recuerdas?—Draco asintió—Quizás estabas demasiado nervioso por el día de hoy… Ir al Jardín de niños es muy importante porque el año que viene ya entrarás en la escuela primaria.
No, él había estado jodidamente conmocionado al ver a su papi… a Lucius; pero, claro, eso no se lo podía decir.
Un gruñido que salió de su panza hizo sonreír a la mujer.
—Veo que tienes hambre. ¿Quieres que te traiga algo de comida aquí o prefieres levantarte a la cocina? Pero si no te sientes bien, quizás es mejor que te quedes.
Él se sentía perfectamente pero la oportunidad de ser consentido por su madre era demasiado tentadora como para dejarla pasar. Además, nunca en su vida había tenido esa posibilidad.
—Creo que me quedaré aquí—dijo intentando poner su mejor cara de dolor.
—¡Mi niño mañoso!—exclamó ella antes de ponerse de pie—Pero no te acostumbres—le advirtió sin reprenderlo verdaderamente—Sólo será hoy, porque ya se te hizo tarde para ir al Jardín pero mañana no será igual—le dijo antes de salir a buscarle el almuerzo.
Draco se recostó en la cama, sin sentir ni un poco de culpa por haber engañado tan inocentemente a su madre. Después de todo, necesitaba al menos descansar unos momentos. Ir de realidad en realidad era agotador.
Comió, durmió una siesta y recién después se levantó de la cama. Su madre le dijo que se quedara quieto, no fuera a desmayarse de nuevo, por lo que se entretuvo en la sala mirando televisión. No le molestó. En una realidad anterior, en una muy mala, había descubierto que aquel aparato podía ser increíblemente intrigante. Esta vez se sintió cautivado por un programa de viajes al espacio, de futuras exploraciones de planetas que sólo había visto a través de un telescopio. Sólo se distrajo cuando sintió que alguien, bruscamente pero sin causarle daño alguno, le pegó en la parte de atrás de la cabeza.
—¡EY!—se quejó.
—¡Alsham[1]!—gritó Narcissa desde la cocina—¡Deja de molestar a tu hermano!
Si Draco había creído que nada más sorprendente podría ocurrir en esa realidad, aquello demostraba cuán equivocado había estado. El joven que tenía delante de él era igual de rubio, tenía los mismos ojos platinados y esos rasgos finos y piel pálida. Parecía tener unos doce años aproximadamente.
—¡Pero si yo no hice nada!—exclamó Alsham con la más pura expresión de inocencia—Sólo vine aquí a preguntarle cómo estaba.
Draco le lanzó una mirada molesta a su hermano. ¿Preguntarle cómo estaba? ¡Sí, claro!
—¡Eres un mentiroso! ¡Me pegaste!
Narcissa salió de la cocina y contempló a sus dos hijos con el ceño fruncido.
—Niños, ustedes saben muy bien que no deben pelear… ¿Qué es lo que les dijo su padre?
Draco no tenía idea alguna pero su hermano respondió con un suspiro resignado.
—Que no nos llevará al parque el fin de semana.
—Así es—corroboró Narcissa—Por lo que nada de peleas sino quieren pasar el fin de semana castigados, ¿entendido?
—Sí, mamá—respondieron los dos al unísono.
Cuando Narcissa volvió a sus quehaceres su hermano le lanzó una mirada burlona antes de arrebatarle el control remoto del televisor y cambiar de canal para mirar una película de guerra. A Draco podría haberle importado de no haber sido porque estaba demasiado ocupado lanzándole una mirada curiosa.
La simple idea de tener un hermano era de por más extraña. Cuando era pequeño, en varias ocasiones, se preguntó porqué no tenía un hermanito y la vez en que se lo dijo a su madre, esta le aseguró que no necesitaba un hijo porque ya tenía un niño hermoso al que quería demasiado. Esas palabras lo habían contentado suficiente como para hacer que olvidara el asunto. Sin embargo, ahora que lo pensaba, se daba cuenta que en sus antepasados siempre habían habido hijos únicos. Quizás por una cuestión de herencia. Si una pareja tenía un solo hijo, no tendría que preocuparse en el futuro en dividir su fortuna o tener que pensar en problemas al respecto.
A pesar de que encontraba cierta lógica en ese pensamiento, iba a admitir que de haber tenido hermanos su infancia antes de los años de colegio no habría sido tan solitaria.
—¿Por qué me miras tanto?—preguntó Alsham al darse cuenta que su hermano menor no le quitaba la vista de encima—¡Deja de mirarme así!
—¿Cuántos años tienes?
El joven frunció el ceño.
—Casi doce, lo que significa que soy mucho más grande e inteligente.
—Quizás seas grande pero tienes cara de bobo—dijo con cierta molestia por el comentario.
Draco se reprendió mentalmente de inmediato por haber dicho algo tan estúpido e infantil pero luego recordó que parecía tener sólo cinco años. Aquella realidad parecía haber hecho que su comportamiento se adaptara a la edad.
—¡Y tú eres nenito de mamá!
—¡No lo soy!—gritó Draco profundamente ofendido.
—¡Sí!
—¡No!
—¡Sí, sí, sí!
—¡NO!
—¡Suficiente!—se oyó de pronto el grito de Narcissa, apareciendo delante de ellos para tomar el control y apagar el televisor.
—¡Pero yo estaba mirando eso!—exclamó indignado Alsham.
—Ninguno de los dos va a mirar nada hasta que no aprendan a llevarse bien. Tú,—miró a su hijo mayor—ve a hacer los deberes que tienes para mañana… y tú—miró a Draco—ve a jugar a tu habitación porque no volverás a tocar el televisor en toda la semana.
—¡Pero…! ¡Es injusto!—dijo Draco—¡Él empezó!—señaló con su dedo acusador a su hermano.
—No me importa quién empezó—la rotundidad de las palabras de Narcissa logró que ninguno de los dos volviera a protestar.
Alsham le lanzó una mala mirada a su hermano, culpándolo de lo sucedido, antes de ir a buscar sus útiles y comenzar a hacer la tarea sentado en el comedor. Draco no tuvo más opción que irse a su propio cuarto, malhumorado. Sin embargo, siendo un niño de cinco años, cuando notó un cofrecito colocado en una esquina, se acercó a él, movido por la curiosidad. Lo abrió y descubrió que estaba lleno de bloques de juguete.
Fue absolutamente incomprensible para él porqué se sintió tan fascinado al respecto pero sin duda alguna, nada más verlo, supo que quería jugar con ellos. Los sacó uno por uno, admirando sus formas y el modo en que se unían unos con otros para formar figuras. Armó un avión que él creyó que era gigante, a pesar de que no tenía más que veinte centímetros; hizo un cohete para viajar a la Luna y otros tipos de aeronaves que por alguna extraña razón le parecían tan fascinantes.
Sólo se desconcentró cuando la puerta de su habitación se abrió. Giró el rostro, dispuesto a reprender al que entraba sin tocar cuando se dio cuenta de que era su padre. Sus ojos aún no se podían adaptar a la idea de verlo con el cabello corto y esa sonrisa tan sincera en los labios.
—Hola, Draco… ¿A caso no me vas a saludar?—le preguntó, sentándose al borde de su cama mientras lo observaba—Tu mamá me dijo que ya te sientes mejor.
—¿A dónde fuiste?—inquirió el pequeño rubio, dándose cuenta que no lo había visto en todo el día.
—¿Ir?—preguntó extrañado—Me fui a trabajar. De otro modo, no tendría dinero para comprarte esos bloques que te gustan tanto.
—¿Tú trabajas?
—¿Por qué suenas tan sorprendido? Trabajo desde antes de que tú y tu hermano nacieran—le explicó con cierta diversión.
Draco no pudo evitar reír suavemente. Su papá de aquella realidad era tan chistoso. ¡Trabajaba! Su padre, el verdadero, era tan rico que nunca había tenido la necesidad de trabajar en nada de nada.
—¿Eso te parece gracioso?—le preguntó Lucius—Ya veremos qué piensas cuando tengas que trabajar.
—¿Voy a trabajar?
—Cuando seas grande, sí.
—¿De qué?
—Bueno, si estudias y te esfuerzas, puedes ser lo que tú quieras.
—¡Quiero ser astropauta!—exclamó de repente, sorprendiéndose a sí mismo ya que era una profesión muggle que ni siquiera había cruzado una vez por la mente antes.
—Astronauta—lo corrigió suavemente—Bien, si es lo que quieres—dijo lanzando una mirada hacia las naves que había estado construyendo con bloques—Aún eres muy pequeño para preocuparte para trabajar. Lo que te tiene que importar ahora es tener las manos limpias para la cena, ¿sí?
Draco asintió y rápidamente fue a lavárselas para cenar.
Esa noche cuando fue a acostarse, recién después de haber recibido un beso de parte de sus padres y un coscorrón amistoso de su hermano, se dio cuenta de lo irreal de todo lo acontecido aquel día. Primero se había despertado en aquel lugar y luego su mente había viajado de un extraño al otro: del adulto que era al niño en el que se había transformado. Era como un vaivén que no mareaba sino hasta que uno era muy consciente de lo que sucedía. Tenía actitudes tan infantiles a veces, tan inocentes que no sabía si molestarse y decir alguna de esas palabras feas que hacían que su mamá lo castigara cuando las pronunciara o si era preferible dormirse y dejar de pensar. Como ya era demasiado tarde, prefirió esa última opción.
…
—¿Te portarás bien?
—Sí, mami.
—¿Me lo prometes?
—Sí—casi rodó los ojos.
—¿Y tampoco pelearás con nadie? ¿Y harás lo que tu maestra te diga?
Draco asintió, impaciente de que su madre lo dejara de una vez y se fuera. Ella lo contempló por unos momentos de una forma que él no supo entender. Sus ojos brillaban mucho y tenía una especie de sonrisa triste en los labios. De repente, sus brazos lo rodearon, atrayéndolo a su pecho. Se dejó abrazar pacientemente hasta que lo soltó.
—Lo siento, te extrañaré mucho—dijo, pasándose una mano por los ojos con disimulo para que no viera que se le habían llenado los ojos de lágrimas—Ven— le tendió la mano para que la tomara y cuando lo hizo, ambos comenzaron a alejarse del automóvil y a caminar los pocos metros que faltaban hasta llegar al jardín de infantes—Te vendré a buscar dentro de unas horas, ¿sí?
Cuando se abrió la puerta de entrada descubrió una habitación no muy grande con paredes blancas en las que había dibujado un gran mar azul con barcos de muchos colores. Draco frunció el ceño, pensando que un cielo oscuro con estrellas y planetas y un cohete espacial hubieran quedado más lindos.
Una mujer con el cabello lleno de trenzas pequeñas y una enorme sonrisa le dio la bienvenida casi cantando y luego, tras despedirse de su madre, lo acompañó hasta el salón de clases donde había mesitas redondas con sillitas a su alrededor y un montón de juguetes. Sus ojos se iluminaron al ver bloques pero se sintió enojado al ver que una niña estaba sentada en el suelo jugando con ellos.
—¿Por qué no vas a jugar un momento hasta que vengan los demás?—le preguntó la mujer.
Él asintió, sin quitar la vista de la niña que le daba la espalda. Se le acercó lentamente, viendo su cabello rizado atado en lo alto de la cabeza con una cinta roja. Solo cuando estuvo cerca de ella pudo reconocerla.
¡Hermione Granger!
Fue como una revelación para él. Toda esa condenada mañana había actuado como un niño, sin pensar en ningún momento que aquella realidad era falsa. Tampoco recordó que era un mago, que había viajado allí por error y que debía de encontrar a la chica… hasta ese momento. El verla allí lo sacó de esa ensoñación en la que había caído y le permitió darse cuenta cuán fácil podía ser dejarse llevar y olvidar todo lo demás.
—¡Granger!—la llamó.
La niña giró el rostro y lo contempló. Primero pareció no reconocerlo pero luego sus ojos se llenaron de comprensión. Lo miró fijamente y luego se miró a sí misma.
—Malfoy… ¿Qué…? ¿Cómo…? ¿Cómo es posible?—se puso de pie y caminó hacia él con la confusión pegada al rostro—No recordaba nada. Estaba con mi mamá y mi papá y todo fue como antes y no me di cuenta que nada era real.
Draco sí se había dado cuenta porque nada de aquello se parecía en absoluto a su niñez pero no le había costado más que unas horas adaptarse y olvidar todo lo demás, motivado, quizás, por el anhelo de desear algo que nunca tuvo. Pero eso no iba a explicárselo.
—Yo tampoco pero ahora que…
—¡Chicos!—se oyó la vez de la mujer de trenzas—Ahora que llegaron todos comenzaremos. ¿Quién tiene ganas de cantar una canción?
La mujer comenzó a tocar una guitarra y a cantar un tema infantil muy conocido por lo que los niños no tardaron en sumarse. Hermione cantó por unos momentos hasta que volvió a mirar a Draco.
—Ayer no viniste—dijo recordando de pronto que el día anterior había sido el primer día.
—No.
No iba a decirle por nada en el mundo que se había desmayado de la impresión al ver a su papá con el cabello corto.
—¿Por qué?
Hermione lo contemplaba con curiosidad, con esos enormes ojos sin malicia alguna.
—Porque no.
—¿Pero por qué no?
—¡Qué te importa!—exclamó casi gritando, exasperado ya que ella hacia demasiadas preguntas.
El sonido de la guitarra se detuvo de repente.
—¿Draco? ¿Qué sucede?—preguntó su maestra.
—¡Ella me molesta!—exclamó señalando a Hermione.
La niña abrió inmensamente sus ojos.
—¡No es cierto!
—Hermione, ¿por qué no vienes aquí delante conmigo?—le preguntó la mujer con tono amable pero que no dejaba en dudas que era una orden.
Molesta, le sacó la lengua y luego fue allí con la cabeza en alto.
Esa fue la última vez en esa realidad que fueron conscientes de lo que sucedía y supieron diferenciar sus pensamientos de los de los niños en que se habían transformado. Luego, se dedicaron a interpretar sus roles sin ser conscientes de ello pues creían que vivían en el mundo real, siendo muggles de cinco años, creyendo que la magia sólo existía en los libros, la tele y en Navidad, cuando Santa les traía regalos.
En el jardín de infantes [2]no se llevaban bien a pesar de que ambos eran niños más bien solitarios y cada vez que uno ocupaba los bloques, el otro no dejaba de lanzarle miradas de molestia que pretendían ser intimidantes. En muchas ocasiones se peleaban, discutiendo a gritos, consiguiendo que tuvieran que llamar a sus padres para advertirles del mal comportamiento de sus hijos. Cada vez que eso sucedía, Draco se quedaba sin la posibilidad de ver televisión o de comer helado y eso conseguía que su resentimiento hacia Hermione aumentara.
Un día, sus padres se le acercaron, dispuestos a aclarar la situación de una buena vez.
—¿Qué sucede con Hermione?—le preguntó Lucius—¿Por qué peleas con ella?
Él, algo avergonzado por el interrogatorio, miró al suelo y se encogió de hombros.
—¿A caso es mala contigo?—quiso saber Narcissa.
—No—negó con la cabeza—Es boba… y fea.
—¿Así que es boba y fea? Bueno, tu mamá me ha dicho que es una niña muy inteligente, por lo que ha mencionado tu maestra. Sabe contar e incluso ha comenzado a leer—comentó su padre.
Draco lo sabía y eso le molestaba aún más porque él aún no podía leer tanto como ella.
—Y, con lo de fea… No puedes decir eso—dijo su mamá.
—¿Por qué no?—exigió saber.
—Porque no es caballeroso—aclaró—No importa que una niña te parezca fea, no puedes decírselo porque eso puede herir sus sentimientos.
—Pero si yo no se lo dije a ella—insistió.
Narcissa se armó de paciencia.
—Lo sé, pero es igual. No puedes decirlo. Eres mi hijo y no irás diciendo esas cosas tan malas.
Él aún no entendía pero de todos modos asintió.
—¿Prometes que no discutirás más con Hermione?—preguntó su padre.
No quería prometer una cosa tan loca como aquella pero, nuevamente, asintió.
—Espero que lo digas en serio—advirtió su madre—porque esta tarde vendrá a casa a jugar contigo. Su madre la traerá.
—¡Nooooo!—imploró.
Ese día era domingo y había pensado que no tendría que ver más a aquella niña pesada, al menos, hasta que volviese a ser lunes.
—Draco, ¿quieres comportarte?—pidió con más dureza su madre.
—¡Pero, mami! ¡Ella querrá jugar con mis bloques!
—Compártelos—dijo Lucius.
—Pero no quiero…
—¿A caso no te enseñamos a compartir tus cosas? No debes ser egoísta.
Draco asintió a pesar de que estaba malhumorado. Odiaba cuando su madre le recordaba que debía de ser bueno y él no quería serlo. Pero como aquella vez sabía que debía de hacer su mejor esfuerzo para no ser castigado, nuevamente, se dijo a sí mismo que intentaría compartir los juguetes, especialmente sus preciados bloques con esa fea… con esa niña a la cual no tenía que llamar fea ni boba.
Más tarde, cuando el timbre de la casa sonó anunciando visitas, Draco, sabiendo que se trataba de Hermione y su madre fue a esconderse a la habitación de su hermano a pesar de que sabía que no debía de entrar allí porque a Alsham se lo había prohibido. Nada más entrar, vio a su hermano sentado frente a la computadora jugando un videojuego de guerra.
—Pensé que mamá te dijo que estudiaras.
Alsham giró el rostro rápidamente hacia él y frunció el ceño.
—¿Qué haces aquí, mocoso?—le preguntó, poniéndose de pie y yendo hacia él para comenzar a empujarlo fuera—Te dije que jamás entraras aquí.
—¡No! ¡No, por favor, no!—imploró Draco—¡No quiero ir! ¡Hermione es boba! ¡Y fea!
Su hermano se detuvo y lo contempló con curiosidad.
—¿Quién es Hermione?
—¡Una niña! Mamá y papá quieren que juegue con ella pero yo no quiero porque va a querer tocar mis bloques y luego mis aviones y mis juguetes y…
—Es sólo una niña, empújala y listo—aconsejó Alsham rodando los ojos.
—¡Pero me acusará con mamá!—protestó.
—Entonces juega con ella y listo, se irá dentro de un par de horas… y esconde tus bloques si no quieres que los toque.
—Ya los escondí—aseguró Draco—En el cesto de ropa sucia.
Alsham agitó la cabeza.
—Principiante—murmuró, creyéndose experto en las artes del engaño y la ocultación—Mira, si tanto te molesta esta niña, yo haré algo para que no quiera volver nunca más a esta casa…
—¿En serio?
—Sí, pero con la condición que cuando me veas jugando videojuegos no le digas nunca a mama… ¿Trato hecho?—preguntó extendiendo su mano para que Draco se la estrechara—Tienes que tomar mi mano y decir "trato hecho"—instruyó.
El rubio más joven lo hizo de inmediato, sin entender muy bien porqué pero no queriendo parecer un tonto por no hacerlo.
—Trato hecho.
…
Cuando Draco llegó a la sala vio a Hermione sentada en un sillón junto a su madre. Tenía el cabello acomodado en dos trenzas que caían a cada lado de su cabeza, sobre sus hombros y tenía sobre sus rodillas un libro grueso de cuentos de hadas que leía en voz alta con mucha precisión. Las dos mujeres la oían maravilladas, sonriendo con profundo orgullo. Eso no hizo más que molestarlo.
Siguió avanzando, pisando con demasiada fuerza el suelo para hacer la mayor cantidad de ruido posible. Cuando ella alzó el rostro, deteniendo su lectura, se dio por satisfecho y fue hacia su madre para sentarse a su lado y abrazarla, como marcando su territorio. Narcissa acarició suavemente su cabeza.
—Draco, ¿Has oído lo bien que lee Hermione?
Él no quería responder o, más bien, prefería hacerlo con alguna de esas palabras malas que harían que su mamá lo castigara, pero como no quería levantar ninguna clase de sospechas, asintió.
—Lee bien.
Hermione se ruborizó levemente por esas palabras.
—Gracias.
¡Qué niña tan pesada!, pensó al oírla.
—¿Quieres ir a jugar?—le preguntó de repente.
La niña asintió y saltó del sillón, dejando su libro cuidadosamente en las manos de su madre. Las dos mujeres los vieron salir con una pequeña sonrisa, creyendo que ese sería el comienzo de una buena amistad.
…
Draco miró a la niña apilar sus bloques y construir una casa. Sus ojos no dejaban de posarse en sus manos tocando aquellos juguetes que él tanto cuidaba, preciándolos con demasiada fuerza, lo que seguramente provocaría que se rompieran y luego sus padres se enojarían y no querrían comprarle nunca más bloques nuevos. Él estaba haciendo un enorme esfuerzo para no adelantarse y quitárselos con brusquedad. Si no lo había hecho ya era porque esperaba a su hermano. Él había prometido conseguir que la chica no quisiese venir nunca más a la casa y, hasta el momento, ella había merendado con él, había jugado con sus juguetes, tocado sus aviones y ¡su hermano aún no había aparecido!
—¿No es bonita?—le preguntó Hermione mostrándole la casa finalizada.
Draco miró la construcción con enfado. Lo era pero eso no iba a decírselo ya que él nunca había logrado construir casas de ese modo.
—Es rara.
—¿Rara?—Hermione miró su construcción fijamente, sin entender lo que el rubio le decía—Claro que no. Es una casa común.
—No, es rara—la contradijo por el simple placer de hacerlo.
—¡No lo es, Malfoy! Quizás tus casas sean unas deformidades pero las mías no. Son bonitas.
—¡Eso no es bonito es una mier…!
—Draco, Draco, Draco…—su hermano entró a la habitación en la que estaban jugando con una actitud calma, manteniendo las manos detrás de su espalda, como si estuviese ocultando algo—¿A caso no sabes que a las niñas no les gustan esas palabras feas como las que estabas a punto de decir?
—Tú también lo dices—lo acusó.
—Sí, pero nunca me descubren—le recordó. Sus ojos se desviaron hacia los bloques—¿No los habías ocultado?—le preguntó.
—Mamá los encontró—admitió malhumorado.
—¿Escondiste tus bloques?—inquirió Hermione.
—Eso no importa—dijo Alsham antes de que su hermanito dijese una tontería—¿Eres Hermione?
—Sí—respondió la niña mirando con sospecha al hermano mayor de su compañero.
—Tengo algo para ti—sacó las manos de atrás de su espalda descubriendo una caja de cartón de unos cuantos centímetros que estaba cerrada—¿Quieres verlo?
—¿Qué es?—preguntó Hermione, queriendo mirar lo que tenía allí pero aún no queriendo confiar en ese chico—¿Qué hay ahí dentro?
—Dime qué es lo más maravilloso que puede contener esta caja—le pidió Alsham.
Draco también comenzaba a sentir curiosidad. ¿Qué tenía su hermano allí? Miró a Hermione, quien parecía pensar seriamente en esa pregunta.
—Dulces—dijo finalmente.
Alsham negó con la cabeza, sonriendo.
—Frío… ¿Alguna otra idea?
—¿Galletas de chocolate?
—Aún estás congelándote… Piensa, Hermione.
La niña se esforzó mucho más. La caja no era grande pero tampoco pequeña. Ella no sabría decir cuánto mediría pero estaba segura que tendría el tamaño de sus dos manos juntas y que allí podrían entrar muchas cosas. Pero, si no eran galletas ni dulces, ¿qué más podría ser?
—¿Una mariposa?—aventuró.
La sonrisa del Malfoy mayor se volvió más amplia.
—Te estás acercando—admitió—Es un animalito muy lindo el que tengo aquí. ¿Quieres verlo?
Hermione, que a su corta edad sólo pensaba en gatitos, perritos y conejitos pomposos, asintió entusiasmada y se acercó a mirar el contenido de la caja. Sin embargo, cuando Alsham la abrió y tomó por la cola a aquel animal, no pudo hacer más que gritar aterrorizada y retroceder.
—¡Una rata!—exclamó el hermano de Draco—¿No es hermosa? ¿Quieres tocarla?
—¡No!—gritó ella, retrocediendo sin detenerse cuando él se le acercó, haciendo que aquel feo animal se balancease hacia ella.
Draco frunció el ceño. De todas las cosas que podría haber pensado, aquella nunca fue una. Además, dentro suyo comenzaba a formarse una sensación desagradable al ver a su hermano molestando a Hermione de aquel modo.
—Ya, déjala—le pidió.
Alsham lo miró como si de pronto tuviera un tercer ojo en su frente.
—¿Estás loco? ¡Está fue tu idea!—le recordó antes de lanzar la rata hacia Hermione.
La niña gritó con todo el poder que tenían sus pulmones, que era mucho, y comenzó a intentar treparse a cualquier cosa. Draco, molesto con su hermano, lo empujó bruscamente, ganándose una mirada incrédula de su parte, y luego, sin siquiera pensarlo, tomó a Hermione de la mano y comenzó a correr con ella lejos de allí.
Ella seguía asustada y él sólo podía pensar que debía de protegerla. No lo entendía y tampoco le importaba. Mientras corrían por aquella casa, el temblor volvió a surgir pero ellos ni siquiera lo notaron. Se marchaban de esa realidad en la que la más pura inocencia los había unido de un modo que aún no podían comprender.
[1] Es el nombre de una estrella.
[2] El jardín de infantes es el nombre que también se le da en mi país al Preescolar. Es esa etapa que cursan los niños de cuatro o cinco años antes de entrar a la escuela primaria.
Adelanto del siguiente capítulo: ¡Estoy segura que les fascinará el siguiente! ¡Tiene un plus que muchos han de estar esperando!
—¿Papá?—lo llamó—No estarás pensando en serio dejar a Hermione en el altar, ¿verdad?
—No, ella sería muy capaz de cumplir con esa estupidez—gruñó y luego lanzó un suspiro—¿Qué hice para meterme en esto?
Aquella pregunta no había sido hecha para que nadie la respondiera pero, como Ariana estaba allí, no tardó mucho en contestarle.
—Te enamoraste irremediablemente de mi profesora de Historia, lo cual es lo más terrible que le puede suceder a una adolescente—le aseguró mientras iba a su lado y le acomodaba la corbata oscura—pero ya te perdoné.
